jueves, 22 de octubre de 2026

La nariz grande | Cristóbal Camejo

A las tres de la tarde, cuando el aire de la calle Inocencia se ponía espeso como un caldo de hollín y bocinas, Julio descubría que su nariz no le pertenecía del todo. No era una nariz cualquiera; era una península de hueso y piel, una proa insolente que inauguraba el espacio dos segundos antes de que llegara el resto de su cuerpo. Los demás la miraban con esa compasión incómoda que se le tiene a los deformes o a los poetas, pero Julio guardaba un secreto doméstico: su nariz era, en realidad, una sutilísima máquina de navegar el reverso del mundo.

Julio le hacía trabajo de lavandería a varios equipos femeninos de fútbol, basquet, béisbol y voleibol. Allí en su soledad, mientras escuchaba Mozart a todo volumen, lavaba los uniformes y hasta la ropa íntima sucia y sudada de las atletas. Era un negocio propio de muchos años que había heredado de sus bisabuelos, fundadores del barrio, además también recibió un hermoso jardín y allí descansaba perfectamente porque le gustaba, con cierta locura, oler las flores. Pero no como huelen los cronopios, con un entusiasmo ruidoso que deshoja los pétalos, ni como los avaros, que calculan el precio del perfume por centímetro cúbico. Julio olía en profundo silencio, casi pidiendo disculpas a los ángeles.

Cada martes, al cruzar la plaza, luego de haber trabajado fuertemente, se detenía ante el puesto de cualquier florista. Había allí un balde de zinc con jazmines del país. Julio se inclinaba —un arco perfecto del torso para no derribar el puesto con su propia proa— y aspiraba poéticamente.

Entonces ocurría el milagro físico. El aroma no se quedaba en las fosas nasales; entraba por ese conducto desmesurado y, debido al largo trayecto, el olor cambiaba de naturaleza. El perfume del jazmín, al recorrer los pasadizos secretos de su gran nariz, se transformaba en una luz blanca que le inundaba la boca del estómago. Si olía una rosa de té, el pasillo oscuro de su rostro se llenaba de un eco de pianos lejanos y salones con muebles tapizados de terciopelo verde. Su nariz era un puente hacia otra parte.

Una tarde de octubre, el cielo se puso del color de un resfriado imprevisto. En el puesto solo quedaba una solitaria orquídea salvaje, de un color violeta casi negro, traída de las selvas del norte.


—Cuidado, don Julio —le dijo la florista—, esa huele raro. Huele a tiempo atrás.


Julio sonrió con el lomo de su nariz y se agachó. Apoyó el tabique contra el pétalo frío. Aspiró.

El viaje fue más largo que de costumbre. El aroma subió por la inmensa rampa, dobló a la izquierda detrás de sus ojos y, de pronto, Julio sintió un tirón violento en el centro del pecho. El olor a tierra mojada, a hojas podridas y a sol antiguo era tan ancho que no cupo en su cabeza.

La florista pestañeó. En la vereda ya no había ningún hombre con cara de pájaro. Solo quedaba la orquídea, balanceándose suavemente sin viento, y un sombrero de fieltro gris que caía despacio, como una hoja, sobre el balde de zinc. Del fondo de la flor, un hilillo de aroma con forma de silbido se perdió en la dirección de los tranvías. Julio siempre estuvo en la soledad de su lavandería.

Biografía de un taller literario | Luis Britto García


Es un placer narrar


Para quienes son, fueron o serán escritores


 1 


No es artificio pensar en un taller cuando se menciona la literatura. El proceso creativo parte de materias brutas que deben ser trabajosamente rastreadas, seleccionadas, elaboradas, ensambladas y pulidas. Al lector le parece que el texto feliz nace de un solo golpe, íntegro y perfecto. Sabe el autor que es sólo una de las posibles reelaboraciones de una idea que jamás cristalizará en forma definitiva. 


 2


Al crear, nos creamos. En todas las sociedades originarias existe el visionario que vive en dos mundos, el invisible y el visible, y trae noticias del uno al otro. Ese tráfico de sueños origina la cultura. El paso del tiempo la ramifica, la separa, la segrega en los dominios de la religión, la filosofía, la ciencia, el arte. La narración lo es todo. Intenta el narrador reconstituir en cada obra la espléndida unidad primordial del mundo. 


 3


Al llegar a un taller literario es frecuente que por alguna disfunción burocrática encuentre uno la puerta cerrada. No hay que resentirlo: la puerta simboliza la separación y la conexión entre mundos, la frontera entre inconsciente y conciencia, el límite entre lo que existe y lo que está por venir. La puerta fascina con su contradictoria condición de muro y de conducto hacia todos los mundos potenciales todavía prohibidos. Crear es trasponer umbrales, emprender viajes y regresar para relatar la travesía. La puerta es la guillotina que nos separa de nuestros dobles. Al cruzarla, estas siniestras réplicas o negaciones dejan de pertenecernos, adquieren autonomía, quizá nos sobrevivan. 


 4


Dos veces nace una ficción literaria: en la mente y en el papel. Hay ideas que llegan completas y luminosas, como un relámpago, y otras que deben ser completadas y reelaboradas como un rompecabezas. A veces el tema nos encuentra y se nos ofrece, a veces tenemos que conquistarlo laboriosamente. Como el enamorado, el creador sólo puede aportar la entrega y la paciencia. A la hora de pasar a los hechos, como el conquistador, ha de elegir la línea de menor resistencia. Se debe empezar a redactar un relato por la parte que el autor considere más resuelta. A partir de ella se retrocede o avanza, o quizá se encuentra que es innecesario todo avance y todo retroceso. Escribió Scott Fitzgerald angustiado sobre los arranques en falso. Se pueden acumular cuantos sean necesarios: el único arranque en falso es no comenzar. 


 5


Todos los temas están desarrollados en la Biblia, en Las mil y una noches, en La comedia humana. Georges Polti redujo a 36 las situaciones dramáticas; Jorge Luis Borges las sintetizó en dos: el combate y la búsqueda, ejemplificadas en La Ilíada y La Odisea. Parecería que los temas se reducen a situaciones de equilibrio que progresan hacia el desequilibrio o viceversa. Tales mutaciones pueden darse en la persona externa, en la persona interna, en los hechos, en el imaginario, en la realidad visible o en la trascendente. 


 6


Los temas imponen reglas y las reglas definen los llamados géneros. Las reglas se han hecho para violarlas. Lo único que se puede hacer con los géneros es destruirlos, mezclarlos, o volver a ellos como ironía o nostalgia o distancia.


 7


Parecería distinguir a la narrativa de la poesía o del ensayo el hecho de que sus actantes o protagonistas sean simulacros de seres humanos. Un personaje puede ser un exagerado retrato, o la encarnación de un principio. Sin embargo, ha demostrado Edgar Allan Poe en “La fosa y el péndulo” y en “Un barril de amontillado” que un pozo y una cuchilla o una pared de ladrillos pueden ser los personajes. Puede el paisaje ser el protagonista de una obra, como sucede en Cantaclaro de Rómulo Gallegos y en La vorágine de José Eustasio Rivera. También pueden protagonizar un relato una organización, como la de El proceso de Franz Kafka, o una idea, como la de “El Aleph”, de Jorge Luis Borges. 


 8


La materia sensible de la ficción es el lenguaje, o los lenguajes. Pensó George Orwell que podía haber una escritura transparente como una ventana: no comprendió que a través de ella sólo se pueden divisar panoramas hechos de escritura. Cree el principiante que hay un solo lenguaje; sabe el estudioso que son infinitas las hablas, y que cada grupo social, cada ser maneja una propia. Cada tema elige su habla, y quizá cada personaje dentro del tema deba expresarse en la suya. Salvo para parodiarlas, debe el narrador huir del habla acartonada del ensayista y de la endomingada del periodista. Puede también el lenguaje ser el protagonista del relato, como sucede en el Finnegan´s Wake. Como tal, requiere más discernimiento, más elaboración, más cuido que el resto de la obra. 


 9


Debe el narrador reunir dos personalidades, la del libertino y la del censor. Como libertino debe pecar y engendrar. Como censor ha de podar todo lo superfluo, lo redundante. Nunca dejó de agradecer Luis Buñuel al inquisidor franquista que le vetó el obvio final de Viridiana en el cual la protagonista se metía en la cama con su primo. La censura lo forzó a sustituir la escena por la partida de tute con el primo y la criada, atroz símbolo del menage a trois, de la cotidianidad, del vacío. Escribió Mark Twain un venenoso artículo en el cual demostraba que un párrafo de doce líneas de Fenimore Cooper podía ser reducido a doce palabras sin pérdida de sentido. Honorato de Balzac rehacía decenas de veces sus manuscritos hasta que daban la impresión de espontaneidad. 


 10


No conocemos nuestro relato hasta que deja de pertenecernos. Cada lector lo hará suyo o lo rechazará de una manera diferente. Un taller es la forma de conocer algunas de las infinitas lecturas que un texto suscita.

Versos habitados (V) | Emalida Viloria


 De desamores y otras cosas…


I

Corazón moribundo


Hastiado de bombear en el vacío... un corazón decidió un día mudarse de cuerpo y se deslizó suavemente por la garganta aprovechando un bostezo nocturno. Recorrió las calles oscuras buscando un pecho que latiera a su mismo ritmo y esquivando pasos apresurados, sólo encontraba cuerpos inertes, sin esperanzas.

A la mañana siguiente, frente al espejo empañado del baño, vio que su reflejo era una mancha borrosa, como una fotografía lavada por la lluvia; era una silueta pálida que apenas lograba empujar la sangre, pues quedaba poco tiempo para volverse aire y desaparecer.

Desesperado por quedar anclado en la tierra, salió en horas de mucho tránsito a la calle, ya que necesitaba el roce de alguien que chocara contra él y sentir el latido fuerte de un corazón bravío aunque fuera para insultarle y no sentirse muerto en un mundo de zombies.

Ya cansado de buscar en vano y sin fuerzas, oyó a lo lejos algo que llamó su atención... era una caja de música abandonada en una vetusta casa; jadeando y exánime, entró y allí en un cuarto oscuro, encontró al menos un pulso constante que le hizo vivir y vibrar. 


                 

II


Dura reflexión


La Verdad se desnudó para bañarse en el río, cansada de cargar el peso de sus ropajes históricos. Mientras nadaba, la Mentira, que la acechaba escondida tras la maleza, aprovechó un descuido para robarle la ropa y vestirse con ella.

La Verdad, al salir del agua, descubrió el hurto y horrorizada ante la idea de ponerse unos harapos sucios que había dejado tirados la Mentira, prefirió caminar sin ropa.

Desde entonces, la humanidad ha preferido abrazar a la Mentira disfrazada con los ropajes de la Verdad, antes que contemplar a la Verdad desnuda.


III


       Amor verdadero


El amor verdadero no sabe de jaulas ni de candados, sino de alas y horizontes compartidos.

Si abres la puerta de la casa... verás que me marcho y tendrás miedo a la soledad.

Si la dejas cerrada, me quedaré a tu lado, pero sólo verás mi cuerpo y no mi alma.

Sé que sin egoísmo abrirás la puerta de par en par, para verme extender las alas; elevarme al cielo azul y saborear la inmensidad del mundo y te veré sonreír con nostalgia, al verme brillar feliz. Pero al caer la tarde, cuando el frío comience a asomarse, sentirás mi suave aleteo rompiendo el silencio y sabrás que he regresado para abrigarme en tu pecho y finalmente comprenderás que el amor real no retiene, sino que ofrece un lugar seguro al cual siempre se querrá volver.

martes, 20 de octubre de 2026

Aforismos de María Jesús Silva


Autor: José González


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Esta entrega de ZdT rinde homenaje a María Jesús Silva, una figura luminosa y polifacética que desafió los moldes de su época para abrir caminos en las letras, la diplomacia y la vida pública venezolana.


Rafael Ortega

@rafedort


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Las guerras glorifican el crimen.


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Muchos de los seres humanos hacen de la pose un traje. Se lo quitan del yo.


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El perezoso no despierta a tiempo. Es de voluntad lenta, por eso llega a viejo cansado de reposar.


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El bien hay que ejercitarlo para desarrollarlo.


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El misterio es menos intrincado que el misterioso.


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El logro es el orgasmo del esfuerzo.


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Si olvidamos a nuestros mayores nos quedamos como un árbol sin raíces.


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Es preferible tener tropiezos en el amor que no haber tenido ninguno.


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Es más fácil saber cómo se debe proceder que proceder.


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Quien celebra una falacia se hace cómplice de ella.


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Un silencio significativo es más sonoro que un escándalo.


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Una caridad tardía se torna miserable.


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La contemplación es una sutil masturbación.


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Una verdad a medias es una mentira completa.


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El adulante es un mendigo complaciente.


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Si no me vieras como me miras, yo dejaría de mirarte como te veo.


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La muerte es una zancadilla de la vida.


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La sonrisa es una timidez de la carcajada.


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La gracia del poeta no es adornar con flores el poema si no hacerlo florecer.


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Para llegar a la verdad hay que practicar la meditación.


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Los consejos de los viejos son sus rectificaciones.


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La humildad del río consiste en dejarse llevar por la corriente.


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Para dar un golpe de gracia no es preciso ser gracioso.


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Se le pone punto final a una relación amorosa cuando ya no tienen lugar los puntos suspensivos.


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El que odia la soledad es porque se considera a sí mismo su peor enemigo.


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María Jesús Silva nació en Upata, estado Bolívar, el 6 de marzo de 1923. Sus padres, Felipe Silva Yépez, quien en su juventud se dedicó a la pintura, y Elvira Inserri Peck, pianista y compositora de gran sensibilidad, inédita. Su núcleo familiar estuvo ligado a las artes y a la cultura, por lo que desde su infancia, que transcurrió entre Tumeremo, Upata y Ciudad Bolívar, fue llamada a la creación literaria, escribiendo su primer poema a los 8 años. A los 23 años se trasladó a Caracas y llegó a ser candidata al Miss Venezuela por su estado natal en 1945, aunque el concurso fue suspendido por el golpe de estado al presidente Isaías Medina Angarita. En 1947 fue designada Secretaria de Gobierno del estado Bolívar, lo cual la convirtió en la primera mujer en alcanzar tan alto cargo en Venezuela. Con esta responsabilidad pudo promover la creación del Cuerpo de Bomberos de dicho estado. En 1958 estudió inglés avanzado en el Queen’s College de Nueva York. En 1961 fue responsable de reorganizar la Sección Consular de Venezuela en México, desempeñándose con mucha propiedad. En dicha nación contrajo matrimonio con Albert Seelbach Alarcón al año siguiente, divorciándose 15 años después. En 1975 se graduó como Relacionista Pública en la Escuela Superior de Masas. Viajó a diversos países europeos, incluyendo la Unión Soviética. En pleno proceso de renovación de la Universidad Central de Venezuela, asistió en calidad de oyente a la Escuela de Letras, recibiendo luces de escritores como Adriano González León, Jesús Sanoja y Orlando Araujo, entre otros. Se destacó también como deportista, en particular participando en campeonatos de voleibol, softbol, boliche y bolas criollas. Recibió diversos reconocimientos entre ellos la declaratoria como Hija Ilustre de la ciudad de Upata, en el 2007. Fue colaboradora de diversas revistas y periódicos. Fue miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Escritores de Venezuela y fundadora de su filial en Upata. Desde el año 2000 se radicó en Los Teques, estado Miranda. En el año 2008 la Fundación Casa del Artista le rindió un merecido homenaje. Su desaparición física ocurrió el 7 de marzo de 2010.

Entre sus publicaciones se cuentan: Versos al viento (Casa de la Cultura de Upata), De Narciso y otros relatos (Asociación de Escritores de Venezuela, Editorial Orlando Araujo), Poemas (Casa de la Cultura de Upata), Homenajes (Dirección de Cultura del Estado Bolívar), Pensamientos de los años (Conac y luego por Monte Avila Editores), De ayer, de hoy (Conac e Ipasme), Poemas puntadas y sentencias (Fundación El Perro y la Rana, 2008).

lunes, 19 de octubre de 2026

Sobre prestar libros | Ingrid Chicote

«Nunca prestes libros, nadie los devuelve jamás; los únicos libros que tengo en mi biblioteca son libros que me han prestado otros.»

Anatole France


Una de las discusiones más viejas y amargas en el mundo de la lectura gira en torno a ese acto de fe que se resume en prestar un libro. Durante décadas, la frase de Anatole France ha servido como una coartada perfecta, un salvoconducto cínico que convirtió la deshonestidad en una suerte de "tradición literaria". Con esa ironía de salón, muchos justificaron quedarse con lo ajeno, amparándose también en aquel dicho popular que sentencia: «Es tonto quien presta un libro, pero más tonto es quien lo devuelve». 

Yo me niego a aceptar esa lógica perversa. Pienso que quien no devuelve un libro no es un bibliófilo astuto ni un heredero de la ironía de France: es un traidor a la confianza empeñada, un deshonesto y un ladrón.

He perdido libros al prestarlos. Libros míos, únicos, preciosos. Nunca pude negarme a compartir la lectura porque para mí leer es una experiencia colectiva, un fuego que no se puede apagar ni guardar en soledad. Al entregarlos en manos ajenas, siempre dije:


—Por favor, léelo y devuélvemelo. Me lo regaló el autor.


—Por favor, cuídalo y devuélvemelo, es mi único ejemplar.


Pero fue en vano. Presté libros autografiados por sus autores, dedicados por mis amores más entrañables y por mis familiares. A pesar de la fe que deposité en esas personas —cuyos nombres me reservo, aunque les haré llegar esta entrada—, jamás los regresaron a mis manos. El costo de esa pérdida no fue solo material: acabó con el respeto que les tenía y liquidó, de golpe, la amistad.

No devolver lo prestado no es una distracción inocente ni un olvido excusable; es una forma de apropiación indebida amparada en la condescendencia. El deshonesto se escuda en la frase «es solo un libro» o en la gracia prestada de Anatole France para disfrazar un hurto, ignorando que se está quedando con la memoria, el afecto y el patrimonio emocional de otra persona.

Yo, que no puedo comprar todos los libros que quisiera leer, devuelvo religiosamente los que me prestan como un acto elemental de gratitud y decencia, aunque confieso que he perdido libros ajenos. Cuando tengo un libro de papel ajeno entre las manos, uso un cuaderno para tomar notas de lo que más me impacta, de las frases que me hacen pensar, de mis propias reflexiones. Tengo cuadernos llenos de poemas y epígrafes que tal vez use algún día. 

Con esas anotaciones he construido mis propios cuadernos, que hoy son parte vital de mi biblioteca personal sin necesidad de despojar a nadie.

Con el tiempo me he percatado de que prestar un libro es como ceder un riñón, un pedazo de hígado o una bolsa de sangre. Sin embargo, quien lo recibe a menudo no lo aprecia; es incapaz de entender esa sensación de desgarro y miedo que sólo es vencida por la promesa empeñada: «Te lo devolveré».

Borges decía que, mientras la espada o el arado son extensiones de nuestras manos o de nuestros brazos, el libro es algo mucho más sagrado: es la extensión de la memoria y de la imaginación. Por eso, haber perdido libros me ha dolido en las entrañas, porque perderlos es sufrir una mutilación. 

Para mí, ese despojo es un duelo real: un dolor metafísico, como si me hubieran quitado la bombona de oxígeno o el marcapasos. No es una exageración: es una herida auténtica. Quien ha recibido un libro de mis manos y no lo devolvió, se quedó con un fragmento de mi propia memoria, dejando un vacío afectivo y una decepción profunda.

Prestar un libro era mi forma de celebrar la amistad como «el invento más bello del hombre», como decía Aquiles Nazoa. Pero la amistad, como todo bello invento, también tiene sus disfraces, sus grietas y sus calibraciones. Quien no devuelve lo que le fue confiado, además de ser un ladrón de papel, es un traidor de la fe humana.

Pese a todo, yo seguiré apostando a la lectura y a la fraternidad. Seguiré compartiendo mi biblioteca, pero de ahora en adelante me reservaré los libros únicamente para mi corazón.


15 de octubre de 2026

Máximas para agarrar mínimo (VIII) | Luis Valero


***


Lo fidedigno de la vida, solo lo entiende la belleza.


***


Los libros escogen a sus lectores.


***


La lluvia es un río que nace del agua.


***


El negro de la noche es una oscuridad iluminada.


***


El miedo es ausencia de amor.


***


Entre lo conveniente y lo apropiado está el resultado final.


***


Vamos donde la vida nos lleva.


***


Debemos trabajar a favor de la vida, no en contra.


***


Quien se crea superior, descubrirá el lado equivocado de la existencia.


***


En la totalidad de la nada, está el secreto de todo.

Cinco poemas de Leonardo Maicán

 


Otredad


No busque imágenes en la otredad. 

Aquí todo ha sido arrasado:

El Amor, el paisaje, la risa, 

los colores...


¿Ve aquel pájaro congelado

en lo cálido del cielo?

Evocado desde otra otredad

perdió el rumbo,

las plumas, el canto.


Váyase, poeta.

Recoja sus metáforas y lárguese.

Si a la puesta del sol sigue aquí

la noche lo dejará pegado como chicle

en la cara oculta de la luna.


***


Esos frutos míos 


 Estos calcetines míos

rotos de esperanza.

¡Vuelen como gorriones! 

Y que al pasar entre nubes

digan mis amigos: 

Allá van volando

los frutos de Leonardo.


***


Vieja acacia


Tantos años tenía la acacia

que ya sus flores no eran rojas

sino blancas

De un albor de canas

que llamaba al respeto

Albor de nieve que helaba la sangre

aun en la canícula.


***


Ayúdenme 


Yo solo no puedo

enderezar el mundo.

Encauzarlo.

Ponerlo en la dirección del águila

para que anide tonterías

en la cumbre de la Humanidad.


Ardua tarea encomendada

por mi siquiatra.

Tan difícil como diagnosticar el Párkinson

en la efigie de una moneda romana.


Ayúdame, malandro.

Tú también, joven ninfómana.

Es que yo solo no puedo.

Me canso como Hércules.


***


Madrugada: 15 de octubre de 2026


Yo no quepo aquí.

En este rincón del mundo,

yo sobro.


El mono y el monolito | Bernardo Vernáez


“La regla de oro”


Aunque para muchos la idea de reglas en los tiempos de las cavernas resulte un poco abstracta, la verdad es que existían pequeños códigos de conducta que les daban a nuestros antepasados una idea bastante aproximada de dónde, cómo, cuándo y sobre todo qué hacer ante una determinada situación.

Pero, como la mayoría de las cosas en los primeros años de existencia de los seres humanos, estos códigos de conducta conservaban un cierto encanto. Y este se encontraba profundamente ligado a la combinación entre sencillez y practicidad, dos aspectos claves para garantizar una de las cosas más valiosas de aquellos tiempos; la cochina supervivencia.

Mucho antes de que al sapiens le diera por embellecer estos códigos poniéndolos por escrito y llamándolas “leyes”, ya las primeras sociedades contaban con un método infalible y didáctico para poder transmitir estas enseñanzas a las nuevas generaciones, la palabra. Ya sea que se tratara de un virtuoso como Uhk que comprendía a la primera, o algunos un poco más “lentos” como Ohk que necesitaban un refuerzo adicional, preferiblemente algo que le dejara un chichón que le ayudaba a recordar, al final todos entendían, practicaban e integraban con eficiencia a su vida.   

Y de entre todas las que se tenía o se fueron incorporando, principalmente por conveniencia, pocas eran universales como “la regla de oro”.

“Si te paras continúas, si no, te dejo”. Una norma que no solo reflejaba la importancia de la locomoción y su relevancia como reflejo del estado anímico de la persona, sino también lo poco práctico del hábito, transformado en código moral por los sapiens, del placer de llorar por aquello que no contribuye en nada.

Después de agosto nos seguimos leyendo / XII

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001.


Mirih Berbin es poeta y traductora, su trabajo está concentrado en tres poemarios, también ha practicado la columna de difusión cultural y en esta oportunidad compartimos un cuento donde el deseo, la realidad y el azar juegan un papel inesperado. 


(mcabesa)


***


Sólo mi libro quedó


-Mirih Berbin-


Un día visitando la alcantarilla de Puerto Cabello, donde viví por muchos años, escuché que habían atropellado a alguien. De reojo vi y ahí estaba Juan, todavía en el suelo. Él es un hombre con el que tuve un acercamiento una vez. Salí corriendo a auxiliarlo, detuvimos un taxi entre varios y él y yo llegamos al hospital Prince Lara. Al ingresar a emergencias, Juan, que apenas podía caminar, se apoyaba de mí, su proximidad en silencio aceleró mi pulso. Juan era el músico más ordenado que había conocido en los tiempos que viví en el Puerto, él planificaba cada día como la partitura de una canción por escribir. Esos breves pasos me llevaron al momento donde nos conocimos, en la biblioteca municipal. Él me abordó al reconocer mi pensamiento caótico y mi imposibilidad de encontrar el orden de la biblioteca. Por varios encuentros, estuvimos hablando muy de cerca con la excusa de buscar libros entre los anaqueles mientras susurrábamos en algún pasillo para que no nos regañaran por irrumpir el silencio y mi pulso se aceleraba tanto, tanto. Pero la marca sin sombra en su dedo anular me recordaba a Rousseau cuando decía que la libertad es no someter la voluntad de otros a la nuestra. Juan no era libre.

Caminando, tan próximo a mí, yo sentía que su cuerpo me pedía lo mismo. Afuera doctores y enfermeras hacían su trabajo, adentro un breve instante nos asomó un portal. Comencé a limpiarlo, entre él y yo un mar de palabras no dichas. El doctor nos hace saber que va a llamar a una enfermera para que suture la herida de la pierna derecha. Estábamos solos, como en aquellos anaqueles y en el pecho caballos corriendo a la orilla de la playa. Estando tan cerca de él, su mirada en la mía, me fue imposible dejar de acercarme a su rostro y él al mío, un pequeño beso se sintió en los labios. Una breve risa entre ambos y la llegada de otros terminó con el tiempo detenido.

Pasado el rato, yo estaba sentada leyendo el libro _Canaima_ de Rómulo Gallegos, al lado de la camilla donde estaba Juan dormido. Una hora antes, me había pedido que le escribiera a la verdadera testigo de sus días para que viniera por él. De pronto, levanto la mirada y estaba ella hablando con el guardia de la entrada, me levanté de prisa, es decir, no sé absolutamente nada de ella, para mí es sólo una foto de perfil, pero esa era toda la información que necesitaba, entonces hice lo que cualquier persona haría en mi lugar, retirarme. Tomé el maletín de Juan, su instrumento, un eco y una placa que le habían hecho ahí mismo, los dejé en su camilla por orden de tamaño e importancia, como si se tratara de su biblioteca ambulante. Arreglando todo, observé que venía caminando la mujer, ya casi estaba en el sitio, tomé mi bolso de prisa y salí apurando el paso, ella no me vio. A la salida me di cuenta que había dejado mi libro y ya no podía regresar a buscarlo, entonces seguí mi ruta sin mirar atrás.

Juan se despertó con las preguntas de ella, quería saber lo que le había pasado, él iba respondiendo y mirando para todos lados hasta que se dio cuenta que yo ya me había ido, vio sus pertenencias como una biblioteca ambulante y sonrió, siguió mirando y ahí, en la silla de visitantes, estaba el libro _Canaima_ , supo que se me había quedado, siempre yo tan olvidadiza y desordenada. Desde entonces, mi libro _Canaima_ forma parte de una colección poco convencional, una colección de historias que viven secretamente dentro de su biblioteca.

La vida satisfactoria | Rubén Wong Subirat

¿Dónde está la vida 

satisfactoria que nos deben?


El plato en la mesa

sin el esfuerzo de una esclava 

en el Egipto bíblico.


La noche frente al mar

con tu novia 

sin que después haya un desastre. 


La madrugada sin niños muertos.

(En la tele una madre enseña 

las manos llenas de sangre 

mientras un presidente 

sonríe orgulloso. 

Ha eliminado a los enemigos 

de la civilización. 

Yo apago la luz y no puedo dormir).


¿Quién es el culpable de la vida 

satisfactoria que nos deben?


¿Dios?


¿Algún demiurgo esotérico?


¿Las probabilidades del átomo?


(Hay maestros que dicen: 

"Todo está bien". 

He visto sus caras 

en folletos de buena calidad. 

No saben callar 

ante las mujeres que lloran).


¿Quién sospecha la imposible, 

obligada, 

satisfactoria vida que nos deben?


El que no puede encerrarse 

en el diagnóstico de un siquiatra, 

ni en la enseñanza 

espiritual de moda. 


El que no puede ser vencido 

con estupefacientes.


El que no tiene salvación 

ni es perdonado 

en las conversaciones.

ReverdeSiendo (II) | María Corina López (La Colibrina)

 


¿Qué es ReverdeSer?


Hay momentos en los que la cultura necesita respirar de nuevo, volver a los valores y al arte, de esa necesidad renace Reverdesiendo

En Aragua existen diversos grupos literarios y culturales que han editado libros, hacen eventos mensuales, estudian escritores y dictan talleres internos son como pequeños clubes, contados son los que buscan repoblar de forma natural los senderos que poetas como: Williams Alberto Hernández crearon por los años 80 en el Eje este de Aragua, luego, en los 90… vino un vacío, un silencio y casi un olvido, en especial en el municipio Ribas, el cual solo quedo vestido de danza y canto, mientras los municipios Bolivar, Revenga y Las Tejerías se orientaban a la historia de su inventario interno de artistas y tradiciones. El municipio Tovar, siempre característico por su celo en protección cultural se mantuvo (como hasta ahora) como espectador.  

Cuando algunos amantes de la lectura en la ciudad de la juventud notaron este triste panorama, buscaron apoyo para la creación de un círculo de lectores en Ribas los egos de diversos docentes y escritores amateurs prevalecieron ante la real esencia de realzar lo que un día Ribas fue: la Atenas de Aragua…era triste ver como se perdía espacios (actualmente La Victoria no cuenta con biblioteca pública) haciendo más fácil que los jóvenes caigan en las redes de la IA (Inteligencia artificial) que les brinda el facilismo de no pensar y menos de leer

Max Bembo, Alexis Escalona y otros en Revenga y Las Tejerías hacen bulla para que otros se sumen al arte de declamar, leer, escribir o conocer por lo menos el placer de oír poesía . En Bolívar muy tímidamente también hay literatura resurgiendo con la visita de poetizas y escritoras de municipios vecinos…Ribas, aun con el cobijo eventual y firme de la Ruta Latinoamericana de la Poesía “La Victoria” que hace articulación con su amiga y colaboradora María Corina López (coordinadora general del movimiento cultural ReverdeSiendo) se efectúan sencillos pero memorables eventos con la finalidad de la semilla de la literatura.

Al ser un movimiento cultural se cuenta también con el respaldo de artistas de otras areas: Muñequería de trapo (María Lopez), narración oral (Juan Páez, Orlando Palacios), Iván Mora (tallado de madera), Dinora Fernandez (pintura), etc…

El ReverdeSer en la comunidad victoriana y del eje este de esta maravillosa tierra aragüeña también se da con el hecho de talleres virtuales aprobados por especialistas en el área: por ejemplo: Arteterapia: psicólogos y artistas plásticos, Musañecas: escritores y muñequeras, y así conectamos el mundo interior del participantes con el arte.

Ven contáctanos y no dejes de creer en el diamante que eres artísticamente y sana en plenitud.

Instagram: @MCreverdesiendo o al 04125380146

domingo, 11 de octubre de 2026

Nueve poemas de Arturo Álvarez D' Armas


El río devuelve

un mundo perdido

sin rascacielos ni asfalto

la bora flor de loto

río arriba

río abajo

sigue el curso

de los que mueren

en el océano.


Allí va el bongo

con sus peregrinos

Arismendi

la Unión 

Camaguán

San Fernando


llevan y traen

nacimientos y muertes

queso carne

mantequilla.


Ese mundo

se vive

se muere allí.


Es la planicie donde reina

el caballo

la res

el bongo.

                              

(a Ana Victoria)


***


Ay Negra


El único miedo a que llegue la muerte

es que salgas de mi memoria

no recuerde las formas en que hacíamos el amor

el toque de tus senos

piernas

labios.


No estaremos frente a frente

con nuestros sueños y anhelos

confundidos cuerpos y labios.


La muerte es un largo silencio.


(a Nora Carrasquel)


***


Bajo una prolongada lluvia

agarré tu desnudez

para hacer el amor oculto


bajo ramas tupidas

un azulejo de tiernas plumas

nos observa con sorna


imploré a Dios

le dije: no pares la borrasca


el ardor me despertó

había resolana

en la calle.


***


Limpiamos a la carrera

el piso del cuarto

admiré tu cuerpo de ébano

no había sombras

columna inmóvil.


En ese lugar                                  

te despojé la vestimenta

anduvimos meses años

uno tras el otro

tú allá yo aquí

pero nos amamos.


***


Retorno a la calidez de la comarca


cotúas, garzas, corocoras

yantan en la laguna


fuego y humo

tierra yerma


braman reses

en la sabana desnuda de pasto


la muerte acecha en verano.                                                         

Mi árido corazón                              

necesita la llovizna. 


***


A media mañana

el bulevar

es sacudido por un viento feroz

pájaros alborotados

en grandes remolinos

buhoneros

detrás de la mercancía voladora

arribaron los alisios de febrero

silba como en la madrugada


es Eolo

Dios de los vientos

vencedor de Helios


espejismo de un día.


***


Mi vida es un rocío

suspendido entre hojas de árboles.


Al igual que Ulises

en la orilla del río

veo la bora como sirena sumergida


lluvia espesa


aguas cambiantes

en su rugir

corren sin cesar


iluminado por la luna

voy protegido por mis libros

mientras el agua

se desplaza hacia el infinito.


***


Kibo 


Cuando venga la Parca

un bote me llevará

por el río Congo


mis acompañantes

arena y agua

de la tierra atávica


sin adioses

sin honores


volveré a la semilla

volaré con Shangó y Yemayá

al cielo del Kilimanjaro.


(a Tibisay Vargas Rojas)


*** 


Sonny


Golpe a la barbilla,

forcejea con la felicidad,

recibe gancho al costado,

un uppercaut,

cae.


Cuenta máxima,

por su mente pasa el fénix

de otras derrotas,

triunfos que van a la nada:


Colorado Kid 

Ciro Moracén 

Chicharrita Medina

Willie Pep 

Ultiminio Ramos.


Dios lo lleva al centro del ring

contraataca lo imposible.


Pepe Pedroza anuncia

la próxima pelea.


Camino a San Agustín

es vencido por el licor y el amor.


(a Víctor Adams)


***


Arturo Álvarez D´ Armas. Caracas: 1950. Poeta. Aficionado a la fotografía. Autor de los poemarios: Nervaduras de amor (2001), Plantado en tierra llana (2003), Poemas (2009), Yo pecador (2013).

El sueño de Bill Gates | Alejandro Ramírez

 


A María José y Victoria de Stefano


Bill Gates caminaba por un parque que bordea una plaza de toros en una remota y cálida ciudad sudamericana. Lejos quedaba su lujosa mansión en la querida Seattle.

Se había alojado en una buhardilla de emigrante pobre y salió a caminar sin saber que estaba soñando.

El hombre taciturno prolongó el paseo un tiempo indefinido poseído por esa inercia del caminante solitario que mide el desamparo de las calles como si midiera su propio vacío hasta el azar o la pura insistencia de los ojos le devolvieron un hallazgo providencial: una lata de sardinas y una bolsa con restos de pan rancio, áspero al tacto pero asombrosamente valioso en mitad de aquella intemperie. Bill Gates comió despacio, no tanto por saciar su estomago sino por el puro asombro de sentirse vivo, experimentando la urgencia callada de quien mitiga un hambre vieja. Mientras masticaba, sintió bajo los párpados la presencia expectante de una bandada de pájaros minúsculos que aguardaban a unos pasos de él. Una oleada de inesperada compasión -ese deseo tan humano de no sentirse el único náufrago en el mundo- lo impulsa a desmenuzar las sobras y arrojar al suelo, buscando una suerte de comunión secreta con aquellas criaturas.

La tregua de los pájaros duró apenas un instante. De pronto, la llegada de unas aves más grandes y voraces rompió la armonía con un estrépito de picos y aletazos violentos que dispersó a las aves más pequeñas. Se desató entonces una de esas disputas feroces que ocurren en los márgenes de la vida. Las criaturas pequeñas insistían con terquedad, conformándose con las briznas que saltaban cada vez que un pájaro grande picoteaba el pan; otros más astutos y calculadores observaban el combate desde la seguridad de las ramas, esperando el descuido ajeno para arrojarse en un vuelo veloz, robar el botín y regresar de inmediato a su refugio. Él miraba todo aquello con melancolía, fascinado y herido a la vez, creyendo descubrir a la vez en aquel desorden algo más que el simple instinto animal. Su mente, habituada a buscar orden o alguna condena en lo que observa, vio allí el teatro invariable del mundo, la eterna comedia humana o acaso el modo implacable de la lucha de clases. Se quedó allí, suspendido en una larga reflexión, abrumado por la certeza de que los hombres no eran distintos a aquellos pájaros hambrientos.

Cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a astillar el aire, sacudiéndolo de su letargo, inició el regreso hacia la penumbra protectora de su buhardilla. Antes de partir, realizó un gesto que revela su obsesión por el orden y la dignidad en medio de la miseria; dobló la bolsa de papel con parsimonia casi sagrada. Resguardándola de la humedad en una rendija del banco público. No era un acto mecánico, era un pacto silencioso con el porvenir. Dejaba aquella bolsa de papel intacto para el próximo desdichado que lo necesitara. Sabiendo bien que el papel higiénico se había convertido en un lujo incansable. La previsión era la última forma de resistencia que le quedaba.


Tomado de El vendedor de vapor ©henderalejandroramirez (Caracas, Venezuela, 2017). Premio Nacional de Literatura Ramón Palomares, mención Crónica 

sábado, 10 de octubre de 2026

Los días 16 y 17 de octubre | Celebrarán 3er Encuentro de Libreros "Libros, pan y café" en la Casa de la Cultura de Maracay

Prensa ZdT

Los espacios de la Pérgola de la Casa de la Cultura de Maracay servirán de escenario para la celebración del tercer Encuentro de Libreros "Libros, pan y café" los días viernes 16 y jueves 17 de octubre, a partir de las 9:00 am hasta las 3:00 pm.

La actividad es organizada por la Fundación Librerías del Sur-Maracay y el Festival Otro Beta con el apoyo de la Secretaría de Cultura del estado Aragua en el marco de la celebración del Día Mundial de las Bibliotecas y el Mes de las Escritoras.

Durante los dos días del evento se realizarán expoventas de libros y gastronomía, así como talleres, conversatorios, lecturas de textos literarios y música en vivo.

En cuanto a la programación, se pudo conocer que a las 9:00 de la mañana del viernes 16 de octubre está pautado el conversatorio "El rol cultural de las bibliotecas públicas ante el desafío tecnológico", a cargo de la licenciada Yureima Alcántara, directora de la Biblioteca Pública Central Agustín Codazzi de Maracay.

Seguidamente a las 10:00 am, el público tendrá la oportunidad de disfrutar de un intermedio musical por parte de Rastick Selector y a las 11:00 am el Colectivo Poetisas a Viva Voz subirán al escenario para deleitar a los presentes con un regio recital de poesía.

Para darle continuidad a la programación, el sábado 17 de octubre a las 9:00 am el director de la editorial La Espada Rota, Jesús Salazar, disertará sobre su vasta experiencia en el proceso editorial.

Al finalizar el conversatorio, aproximadamente a las 10:00 am, la cantante Camila Rada y el guitarrista Alejandro Tinedo serán los encargados del intermedio musical como preámbulo a la lectura de los participantes del taller de microrrelatos "Mínima expresión", dirigido por el escritor y periodista Rafael Ortega.

Y como cierre de las actividades se llevará a cabo el taller práctico de recuperación y rescate "Hospital de libros", a las 11:30 am, con cupos limitados. 

Es preciso destacar que todas las actividades son de libre asistencia y participación para los amantes de la lectura, la música y la gastronomía.




Ocho poemas de Ysbel Mejías


La palabra 

esa menudencia 

presente 

en el tiempo. 


***


La palabra 

es un murmullo

recorriendo

túneles 

de silencios.


Detonando sonidos 

se vuelve esencia.


***


Ahora las nubes 

se abren paso 

entre las ramas 

de los árboles, 

la lluvia 

queda en silencio; 

escondida 

detrás del frío 

en el amanecer.


***


Lo nuevo se impregna 

como rocío mañanero 

en las manos, 

en el rostro. 


Es una estela 

de pétalos 

en el aire


-respiramos-. 


Lo nuevo recorre 

con sigilo 

las neuronas 


-se detiene-


Como polvo 

de estrellas baña 

el pensamiento;

hecho poema.


***


Mirar el agua


A la orilla de un río 

las palabras navegan 

en silencio. 


El mar sobre la cresta 

de sus olas ofrenda 

sonidos a las palabras. 


En la lluvia 

se escriben palabras 

gota a gota 

como un abrazo 

eterno 

hacia las nubes.


***


Fotografías


De la niñez 

guardo en la memoria,

los viajes largos 

con mamá 

a la casa de los abuelos. 


Viajes.


Comíamos señoritas 

y dormíamos chocando 

nuestras cabezas; 

mientras el bus rodaba 

por la recta larga 

del oriente. 


Ahora estoy sentada comiendo galletas saladas, 

mojadas en chocolate caliente 

y esperamos 

la torta de casabe 

y el guiso de chipichipi. 


Desayunos.


***


¿Dónde se origina el amor?


Tengo amor 

y peces guardados 

en el tiempo 

que va y viene 

donde la vida nace. 


-el mar-. 


Voy al pasado 

y regreso

entre los dedos 

de Neptuno,

junto a las sirenas

canto

en tu pensamiento. 


-la tierra-. 


Me preguntas:

¿Dónde se origina el amor?


Te respondo:

en el vaivén de las olas

sobre nuestras pieles

saladas, 

sudorosas 

en aquellas rocas

frente al mar.


***


Variantes


I


Estudio pieles difusas

Camino rocas

silenciosas.


Jadeo mar;

escucho gotas

incrustadas

oídos sensibles.


Cuerpos 

decadentes 

ríos 

amorosos. 


II


Estudio pieles

Camino rocas.


Jadeo mar;

escucho gotas.


Cuerpos 

ríos .


III


Pieles difusas

camino 

silencios.


-rostros-


Jadeo mar;

escucho gotas


-cuerpos-


Amor.

jueves, 8 de octubre de 2026

Tres microrrelatos de Julio César Pérez

 


Muchachadas


Había llovido copiosamente, la vía estaba empantanada. Decidimos competir como en motocros. Al principio tomé la delantera, pero su bicicleta estaba en mejores condiciones que la mía y me rebasó fácilmente. Vimos el promontorio de tierra y hacia allí nos dirigimos emocionados por la posibilidad volar como en los videos. Casi lo alcanzaba cuando subió por el promontorio y desapareció al otro lado. Habían excavado para una toma de agua, suerte que el hueco estaba lleno de agua de lluvia y solo fueron raspones.


***


Adiós 


Mi perro fue el primero en percibir que algo ocurría. Se me acercó, me miró y lanzó unos quejidos. Reculó y se fue a echar lejos. Algo extraño si se quiere, ya que siempre lo hacía a mis pies. 

La sensación de vacío no me abandonaba y la inquietud del perro terminó por interesarme en saber qué me ocurría. Intenté levantarme de mi silla especial, esa que tiene el espaldar seminclinado, con unos posabrazos que hacen que sentarme en ella sea placentero por su comodidad. No tuve apoyo, mis manos pasaron de largo como si ya no estuvieran los posabrazos. Mire mis manos transparentes, igual que mis brazos y el resto de mi cuerpo, entonces supe que ya era un fantasma. No me quedó de otra que asustarme de mí mismo.


***


¡Sorpresa!


Después de hora y media sin luz, decidí acariciarle las piernas. Al principio se inquietó, pero en vista que el racionamiento eléctrico dura seis horas, terminó aceptando las caricias. De allí a acariciar su intimidad fue cosa de unos quince minutos; aún más, extraje mi miembro, erecto desde que le rozaba las piernas y coloqué su mano para que correspondiera a mi accionar. La oscuridad era total, de tal manera que su madre, que le daba a la sinhueso sin parar, no se percataba de nuestro placentero manoseo. 

Pero como en el primer día de la creación, se hizo la luz. Era una falla, no el Plan de Administración de Carga que tocaba ese día.

Después de agosto nos seguimos leyendo / XIII

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001.


José Donoso hubiese cumplido el pasado 5 de octubre 102 años. Es sin duda alguna uno de los nombres imprescindibles de la renovación novelística latinoamericana de los años 60. El mundo claustrófico de sus historias refleja su mirada a la alta sociedad chilena a la que pertenece. El siguiente relato es una pequeña muestra de su minucioso estilo. 


(mcabesa)


***


Una señora


-José Donoso-


No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:


—¡Imposible!


La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?… Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.