jueves, 4 de junio de 2026

Quince textos de Ysbel Mejías

Título: Comunión de infieles (1979)

Autor: Antonio Cabezas


1.


Una mujer se acerca a la cuerda floja

y la tensa con los dedos meñiques

se acuesta en la alfombra 

de espinas.

Vomita palabras

 -su garganta estalla en una tormenta de estrellas-

baila al ritmo de los lobos en el viento.

Una mujer cosecha trigo, siembra semillas, come frutos: es la tierra.

Una mujer escribe, lee, canta, alza vuelo: 

va saltando planetas.

Una mujer llueve en poesía.


2.


Secretos


Esta mañana el viento

ha llegado con su voz,

susurrando los secretos

de una niña que observa al mar.

Los oídos se enrojecen

y los labios tiemblan

frente a las olas de carcajadas

chocando contra los riscos.

Con ojos llenos de agua

la niña señala los puntos

de luces intermitentes

en el cielo nocturno.

El vaivén del cuerpo

flotando en el mar

ha soltado el último soplo de vida.

Las penas se han ahogado

en la vergüenza del abandono.

Ya no hay anclas

la luna acompaña el viaje perpetuo

del alma peregrina en altamar.

Salir del cascarón

es un trabajo de parto.

Vuelve el cuerpo a la orilla

a bañarse en la arena blanca

y susurrar en mis oídos

los secretos del viento

y la luna,

los secretos de las estrellas

y las mareas,

los secretos de los fósiles

y el tiempo.


3.


Contrastes


Una niña recorre la calle

con ojos curiosos.

Transita

entre vagones

de trenes

detenidos.

-mientras escucha-

Pequeñas piezas musicales

de una vendedora de globos

cuando los infla.

Los ofrece

a caminantes apurados

por llegar a ningún lugar

a tiempo.

La ciudad es ese concreto herido por la guerra.

-los trenes hacen huelga

en el subsuelo-.

Arriba carriolas en movimiento

y cielo con papagayos,

anuncian

la huida de los

bombarderos.

-llegan las verbenas-

La única nota de gracia

en medio de un paisaje gris;

lleno de humo y escombros.


4.


La ciudad es un cóctel con sabor caótico.

Imagino bailar

entre grandes colas de vehículos

al calor de motores ansiosos.

Las mujeres

de pieles marcadas

por el tiempo

buscan caricias

de manos suaves.

Hombres vestidos con elegancia femenina

exhalan sensualidad

a través

de miradas cómplices

reflejadas en copas de vino.

La noche en los bares es ascenso y descenso de voces alteradas con licor.


5.


Sombras


El ruido intenso

nubla cualquier sonrisa.

Las nubes mueven

el monóxido

respirado por transeúntes

embebidos

entre el tiempo y la pantalla.

Sobre ruedas

transitamos

hacia las máquinas

demoledora de almas.


6.


7 máscaras


Descubrí una mañana

en la lírica de un rapero,

lo esclavizante de la rutina

cuando las metáforas

se aíslan en los rincones de mi cerebro.

Los beat suenan repetidos

bajo el compás 4/4,

esa métrica es sinónima

de una cárcel

en movimiento.

En ella dioses industriales

se visten de calle,

envuelven los caminos:

bendecidos por el smog

-transpirado en las pieles

de cada desenmascarado. -

Ya no tengo 7 máscaras

para los días de la semana.

Mi rostro está expuesto

en los charcos después de la lluvia.

Estoy loca y camino hacia el sol en la punta del universo.


7.


Ruedo por el asfalto carcomido de amargura.

Con mirada de una niña cazadora

-busco formas en las nubes-.

Tengo ganas de asaltar el cielo

y repartirlo entre miradas solitarias.

Suelto la sensación oscura

de un vallenato empecinado

en acabar con el trino de las aves.

El vaivén de las olas

sigue instalado en la mirada de una niña

apretada en edades fogosas.


8.


Demencia masiva


Tras el monóculo de cualquier pantalla

se transmite la información

dirigida hacia el recorrido

hecho por las presas

del tiempo y la tecnología.

Sigo mutando entre el encierro y la libertad controlada.

Me muevo

a través de ventanas

en la casa de locos

-de reojo observo el mundo-

dentro y fuera.

Las mentes se diluyen en tenazas especializadas

-los fármacos son adecuados-.

Continúo la travesía.

La sensibilidad está distraída en la industria

de la demencia masiva.


9.


Me despido del mar


Incompresible espíritu a veces faro a veces mar.

Molloy, Samuel B.


El viento sopla de norte a sur sobre mi cuerpo.

Apenas logro mover un dedo.

Es casi imperceptible.

Mis órganos

se van secando

hasta pulverizarse.

Dentro soy arena a orillas del mar.

En el verano las ramas de los árboles resisten,

suspendidas se observan pequeñas hojas amarillas

a la espera de las primeras gotas de lluvia

a la espera del olor a hierbas frescas.

Sigo aquí en este pequeño lugar de paredes húmedas

agrietadas -observo el techo-

iluminado con luces de alerta frente al arrecife.

Mi cuerpo ha enmudecido,

una crisálida me envuelve

cierro los ojos; extiendo mis alas

a media noche

saldré a buscar el polen en flores nocturnas

y me despido del mar.

Comparto la falsa turbulencia del mundo exterior.


10.


Fronteras


Me resbalo

por toboganes de hojas secas,

el agua no alcanza jamás

a tocar esta forma amorfa

dando vueltas sobre sí misma

unas noches más y otras menos.

La piel reseca muestra grietas

y brotan espinas,

sigo el camino de las rocas

cayendo eternamente.

Una voz a lo lejos grita mi nombre,

me confundo entre ladridos de perros,

a la media noche cierro los ojos.

Sigo cayendo en picada.

Del cielo caen virutas de estrellas

y se clavan en mis pies inmóviles

que se entierran poco a poco

acariciados por orugas ciegas,

ellas me invitan a mirar

la tierra de relleno en mis uñas.

De repente una de las piernas crece,

puedo soltar las muletas

a toda prisa mientras

mis brazos desaparecen

y respiro con dificultad.

Se abre una puerta

hacia la sala de la casa de mis hijos

camino con lentitud,

mi bata está sucia

y con un olor peculiar,

veo espejos cubiertos

con sábanas de nuevo

he caído al suelo

me arrastro con la ayuda de un tronco

lo empujó con mi cabeza.

Los brazos se han ido

sólo me queda esta pierna crecida,

mientras la otra desaparece

y mis ojos enceguecen.

Intento dar vueltas

en las cortinas colgadas

de los ventanales de la casa,

estoy colgando de las telas

todo sigue marchando en el tiempo

cómo le dije a mis hijos.

Ellos no están,

solo escucho sus recuerdos,

sus carcajadas

y el sonido de un piano a lo lejos

anunciando la partida de este mundo.

El cuerpo se fragmenta cuando como.

He dejado de comer.

Ahora solo tomo un líquido viscoso,

el agua se escapa de mí

y reseca mi piel quejumbrosa,

agrietada y sin color.

Vuelvo a rodar por senderos

llenos de hojas verdes

y azules ya no están secas.

Mi cuerpo está roto,

aun así, avanzo hasta las fronteras

del mundo que conozco,

uno donde la lluvia

refrescaba las pieles

y llenaba de aromas gratos los paisajes.

Con el cuerpo despedazado

lleno de esquirlas caigo al vacío.

Dibujo mi propia frontera,

ya no hay más agua,

ni hojas verdes o azules

es un mundo donde mis hijos no están;

solo sus carcajadas

y pedazos de mi cuerpo

que algún día alguien decidirá recoger

y lanzar al mar.


11.


Solo es posible la ciudad exterior a través de la ciudad interior.

L. Wittgenstein


Cruzó dos ciudades

con una veleta

en la mano

y la brújula en sus labios.


12.


La poesía surge 

de las rabias irracionales,

se desnuda en el dolor.

Macera su cuerpo poema dentro del licor

de las dudas

y amasa palabras en la tristeza.

La poesía se mueve entre pensamientos

y baila con la razón,

vuela

entre el decir y el hacer cotidiano.

La poesía se despliega en esencia

con la fuerza de observar sentir pensar, razonar.

La poesía es también filosofía.


13.


Narcosis


El clavel me había poseído...

por más que intentara no podía dejar de bailar.

Amparo Dávila. El desayuno


Cada aro de humo es un escalón

por el que descienden

millones de animalitos transparentes.

Sus cuerpos

son gotas de agua.

En el centro de la habitación

un hombre recostado sobre un sofá,

observa absorto aquel desfile

de pequeños seres.

Caballos, ranas, grillos, peces, gatos, perros

y otros animales

continúan bajando

a través de las bocanadas del hombre.

Las graciosas criaturas

se congelaban alrededor del sofá;

ahora son figuritas de cristal.

Comienzan a aparecer

entre las grietas

de las paredes

saxofones, trombones, 

trompetas, flautas 

y tubas

todos en dirección al hombre.

Con el sonido

la habitación tiembla

y los animalitos

de cristal

-estallan-.

Partículas pequeñas

de vidrio se juntan

para clavarse en el pecho.

El corazón vibra

entre sonidos estruendosos.

El olor ferroso

inunda el lugar.

Mi madre enciende

la luz.


14.


Mandrágora


Sentada frente a la taza de café observa las tijeras, piqueta, pala y otras herramientas para limpiar el jardín. Saborea el último sorbo con los ojos cerrados, todo en la casa huele a café; antes de salir hacia el jardín toma las tijeras de cortar flores las limpia cuidadosamente, saca filo de las hojas que están un poco oxidadas y amelladas.

Agarra la piqueta y la pequeña pala camina hacia el patio delantero de la casa y observa; cuenta las veces que pasan las motocicletas a esa hora de la mañana. Las plantas y flores se encuentran a la espera de la jornada de limpieza. La mujer, se sienta con parsimonia frente a su pequeño jardín y recoge las tijeras del piso, sus dedos caen uno a uno como pétalos secos sobre la tierra húmeda. La mandrágora se alimenta y el embarazo aún no llega.


15.


El susto de las arañas


Había allí delante de ellos

una vida que se acababa,

desangrándose día a día

El almohadón de plumas, Horacio Quiroga


Sobre un almohadón de plumas, caminan las arañas asustadas con un rosario colgando en sus cuellos.

Todos sus tejidos han desaparecido de las paredes y lámparas y ellas no encuentran explicación a esta extraña situación. Prefieren orar a la viuda negra, moviendo sus ocho patas sobre ese almohadón en el que entre sus plumas las observa un sigiloso insecto de grandes colmillos afilados.

Él se alimenta de tejidos de araña, prepara grandes platillos y deja a las dueñas sin hogar. Se esconde como un niño travieso que acaba de comer chocolate mezclado con algodón de azúcar.

Las arañas atemorizadas y sin hijos inician nuevamente el tejido para desovar en la gran tela y criar a sus pequeños. Rezan para que los huevos eclosionen antes que desaparezcan de nuevo los tejidos

El insecto vampiro, las observa con un telescopio a través de las plumas del almohadón, con su lengua saborea los huevos envueltos en chocolate hirviendo mientras afila sus colmillos con una lima de hierro.

Pasolini: una voz que se apagó

-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje

J.S.P.

‎En noviembre del año pasado se cumplieron cincuenta años del asesinato de Pier Paolo Pasolini; asesinato que todavía nos conmueve no sólo por la virulencia del acto en sí, sino por sus connotaciones: se asesinaba en Pasolini un determinismo vital, una forma de criticar la hipocresía escondida en las instituciones, una manera nada complaciente de expresar al mundo. Días después de consumado el hecho la periodista Oriana Fallaci le dirigió una carta póstuma en donde comparte algunos de los rasgos más resaltantes de este polémico cineasta y escritor. 


****


Una carta de Oriana Fallaci


‎Roma, 14 de noviembre de 1975


‎En cualquier parte, Pier Paolo, mezclada entre las hojas de los periódicos y apuntes, debo tener la carta que me escribiste hace ya más de un mes. Aquella carta era cruel, despiadada, en la que me golpeabas con la misma violencia con la que te han asesinado; pero la he llevado conmigo durante dos o tres semanas, la he hecho dar la vuelta a medio mundo, hasta Nueva York; luego la he puesto no sé dónde y me temo que algún día la encuentre. Espero que no. Verla de nuevo me hará más mal que cuando la leí y quedé interesada en fijar sus palabras, esperando poder olvidarlas. No, no las he olvidado; por el contrario casi puedo reconstruirlas de memoria. Dice más o menos así.

‎"He recibido tu último libro. Te odio por haberlo escrito. No he pasado de la segunda página. No quiero leerlo más. No quiero saber qué hay dentro del vientre de una mujer. Perdona, pero aquel disgusto lo llevo desde que era un bambino, cuando tenía tres años, me parece, o quizás seis y oí a mi madre susurrar que..." 

‎No te respondo. ¿Qué se responde a un hombre que llora su desesperación de ser hombre, su dolor de haber nacido del vientre de una mujer? No era una carta dirigida a mí, sino a ti mismo, a la muerte que ha puesto fin para siempre a tu rabia por haber venido al mundo del vientre inflado, unido a un cordón umbilical que se desata en la sangre. ¿Y cómo consolarte? Las palabras estaban en el libro que tú rechazaste con ira, el único modo de aplacarte hubiera sido tenerte entre mis brazos y amarte como sólo una mujer puede amar a un hombre. Pero tú no le has permitido nunca a una mujer que te tome en sus brazos y te ame.

‎Porque tú amabas a tu madre, como a una virgen puesta encinta por el Espíritu Santo, olvidándote que habías estado unido a ella por el cordón umbilical. 

‎¿Soy cruel diciéndote esto?... Quizá, pero tú me enseñaste a ser sincera aun a costa de parecer odiosa, honesta a costa de resultar incómoda y siempre valiente diciendo aquello en que se cree, aunque resulte cruel, escandaloso o peligroso. Tú escribiendo insultabas, herías directamente en el corazón. Y yo no te insulto, diciéndote que no ha sido ese muchacho de diecisiete años quien te ha asesinado, porque has sido tú quien se ha suicidado sirviéndote de él.

‎Yo no te hiero diciéndote que invocabas la muerte como otros invocan a Dios, que deseabas encontrar a tu asesino, como otros buscan el Paraíso.

‎Eras tan religioso, que te presentabas a ti mismo como ateo. Tenías tal necesidad de lo absoluto, que te obsesionabas con la palabra "humanidad". Sólo con la muerte pudiste desprenderte de tu angustia y apagar tu sed de libertad. Y no es cierto que detestaras la violencia; con el cerebro la condenabas, pero con el alma la invocabas, como único medio para complacer y castigar al demonio que ardía en ti. No es cierto que maldijeras el dolor; te servía en cambio como un bisturí para extraer el ángel que había en ti.


‎Yo me acuerdo del primer encuentro que tuvimos en Nueva York, hace ya diez años. Y lo que más me impresionó fue tu genio exultante, tu cultura irritante, tu fantasía desencadenada. Escapabas cada noche a los barrios bajos, donde la policía no se atrevía a entrar sin estar armada. Te gustaba desafiar el peligro, tocar lo horrendo, mezclarte con los adictos a la droga, con los invertidos.

‎Recuerdo aquel día en Nueva York; llegaste a mi apartamento; te sentaste sobre el viejo diván, bebiste una Coca Cola (no te he visto nunca borracho) y me dijiste que аmabas Nueva York porque era "un porquerizo sin alma". 

‎De aquella ciudad extraordinaria viste solamente la miseria moral, de ex colonia, decías, de subproletarios y de una pobreza que se parangonaba con Calcuta, Casablanca y Bombay. 

‎Una tarde exclamaste: "Me disgusta no haber venido veinte o treinta años antes para quedarme. No me había ocurrido nunca enamorarme así de un país. Sí, tal vez en Africa; pero en Africa quería quedarme, pero no morir; Africa es como una droga que prende, pero no mata... Nueva York, en cambio, es una guerra en la que te juegas la vida". 

‎¿Convertirnos en amigos?... ¿Nosotros amigos?... ilmposible! Yo, la mujer normal y tú el hombre anormal; al menos eso dicen los cánones hipócritas de la considerada sociedad; yo, enamorada de la vida; tú, enamorado de la muerte. Yo tan dura y tú tan suave. Había una dulzura femenina en ti; una gentileza femenina. Tu misma voz tenía algo de femenino y resultaba extraño, porque todo en ti era de hombre, seco, feroz y todo ello se transmitía a tu cuerpo pequeño y delgado; pero cuando hablabas o reías, o movías las manos, había algo femenino en ti, gentil como una mujer, suave como una mujer. Y yo me sentía embarazada por no poder descifrar aquel misterio que llevabas en ti. 

‎Dicen que tú fuiste capaz de ser alegre, gracioso y que por eso te gustaba la compañía de la juventud; jugar al fútbol, por ejemplo, con los muchachos de las barriadas. Pero yo nunca te he visto así. La melancolía la llevabas también como perfume y la tragedia era la única situación humana que tú entendías verdaderamente. Si una persona no era infeliz, a ti no te interesaba.

‎El destino hizo que nos encontráramos otra vez, un año después. Fue en Río de Janeiro, donde habías llegado de vacaciones con María Callas. 

‎Los diarios escribían que eran amigos. ¿Lo eran?... Sé que sólo dos veces en la vida has tratado de amar a una mujer, pero no creo que una de estas mujeres fuera María. Eran demasiado distintos, demasiado diferentes, estéticamente, psicológicamente y culturalmente, y al mismo tiempo parecían unidos por una misteriosa complicidad. Mis sospechas era de que tú la habías adoptado como hermana, para hacerla olvidar el abandono de Onassis, siempre paciente, siempre indulgente, como un enfermero de Lambarené. 

‎Ningún sacerdote me ha hablado de Jesús como tú lo has hecho, de Jesucristo y de San Francisco. Una vez me hablaste también de San Agustín, del pecado y de la salvación. He comprendido en esa ocasión que buscabas el pecado, buscando la salvación; cierto es que la salvación puede venir sólo del pecado y cuanto más profundo es el pecado tanto más libertadora es la salvación. ¿Por qué tal himno de amor en un hombre que no cree en la vida?

‎Cuanto me has dicho lo he puesto en el libro que no has querido leer; lo he puesto en boca del bambino cuando interviene en el proceso contra su madre.

‎Tu virtud más espontánea era la generosidad; no sabías decir no; la regalabas a manos llenas a quien la quisiera, se tratara de dinero, de trabajo o de amistad; a Panagulis, por ejemplo, le regalaste el prefacio de su libro de poesías.

‎Pertenecías a todos nosotros y nosotros no te pertenecíamos a ti. No había otro en Italia capaz de desvelar la verdad, tal como tú la desvelabas, capaz de hacernos pensar, de educarnos en la conciencia civil, como te educabas tú. ¡Y te odiaba!... Y te maldecía, con admiración, diciéndome... "Qué hombre tan valiente"...

‎Veinticuatro horas antes de que te despedazaran, llegué a Roma con Panagulis. Venía decidida a verte, a responderte directamente a aquello que habías escrito. Era un viernes, y Panagulis te telefoneó a tu casa, pero al marcar la tercera cifra, se oyó una voz que decía: "Atención, a causa del sabotaje está interrumpida la central del EUR; los servicios cuyo número comiencen en 59 están suspendidos por el momento".

‎Nos disgustó, porque queríamos cenar contigo el sábado a la noche, pero nos consolamos pensando que podríamos hacerlo el domingo a mediodía. 

‎El domingo nos encontramos con Giancarlo Pajetta y Miriam Maffei, en Plaza Navona, tomaríamos un aperitivo y luego nos iríamos a almorzar. A eso de las 10 te telefoneamos de nuevo; pero escuchamos el mismo mensaje "el teléfono no funciona, etc...", y allí estábamos en Piazza Navona, sin ti. 

‎Era una bella mañana, una mañana llena de sol; un muchacho que vendía _L'Unitá_ se acercó a Pajetta y le dijo: "han matado a Pasolini"; lo dijo sonriendo, como si anunciara un resultado de fútbol. Pajetta no entendió o no quiso entender... "¿Qué, que han asesinado a quién?" y el muchacho repitió... "A Pasolini"; y absurdamente preguntamos... ¿A qué Pasolini?... ¿Cómo qué Pasolini? "¿Cuál va a ser?... ¡Pier Paolo!" 

"‎¡No es cierto!"... dijo Panágulis... "Es una broma" -apuntó Miriam-, pero corrió a telefonear para comprobar si de verdad era una broma; regresó pálida y dijo: "Es verdad, lo han asesinado, lo han matado en Ostia esta noche". En la Plaza la gente cantaba y reía. No fuimos a comer y nos pusimos a caminar sin saber adónde ir.

‎En una calle desierta encontramos un bar desierto, entramos, seguidos por un jovencito que preguntaba... "¿Pero es cierto?... ¿Es cierto?"... "¿Cierto qué?", preguntó la patrona del bar... "iQue Pasolini ha muerto, ha sido asesinado!", "Jesús, ¿Pasolini?... ¿Pier Paolo?... ¡Jesús! asesinado, iserá cosa de política!", se lamentaba la patrona. 

‎Después la televisión dio la noticia oficial, dicen que desde lejos no parecías un cuerpo, por la forma en que habías sido masacrado, parecías un montón de inmundicia. Después se dieron cuenta que bajo ese montón de inmundicias estaba el cuerpo de un hombre. ¿Me matarías ahora si te digo que no eras un hombre, sino una luz, y que la luz se apagó?


Oriana Fallaci

martes, 2 de junio de 2026

Palabras bajo libertad (XVI/2026)


Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


En este año de gracia de 2026 se cumple el centenario del nacimiento de Allen Ginsberg, exactamente un 3 de mayo, y setenta años de la publicación de su obra más emblemática y uno de los textos más influyentes de la historia de la poesía en el siglo XX: Howl (Aullido).

Máximo exponente de la Generación Beat, poeta y místico salvaje en estado puro, quizás con el transcurrir de los años se fue convirtiendo en símbolo de aquello que criticaba: una especie de monumento cultural de una generación; esa misma generación que fue alcanzado puestos de poder para repetir los mismos esquemas contra los cuales luchaba. 

En su momento, otro ídolo beatnik, William Burroughts hizo la siguiente afirmación: "Si ha de haber una revolución ésta debe ser radical, de tipo biológico o genético. Las revoluciones sociales lo único que hacen es cambiarle el rostro al poder, dejando la mierda allí".

La presencia de Ginsberg en el ámbito poético norteamericano vino a culminar un proceso que se había iniciado con Whitman a finales del siglo XIX: la búsqueda del hombre elemental dentro del contexto social. 

Dentro de ese espacio histórico que ocupa la Generación Beat como vanguardia literaria se podría afirmar que Aullido abre la compuerta a una nueva forma de discurso que determinará los rumbos de la poesía a nivel mundial. 

Al respecto afirma el crítico Bruce Cook: "Ginsberg se dió cuenta de que había escrito no sólo un poema nuevo, sino un nuevo tipo de poema: uno que llegaba lo más cerca posible a comunicar en forma real la misma electricidad que sintió mientras lo escribía". 

Su escritura tuvo mucho de viaje místico, pero no en busca del nirvana, sino más bien descendiendo al infierno de la conciencia humana. Como Rimbaud, Ginsberg se había hecho vidente por un largo y desmesurado desajuste de todos los sentidos. 

Sobre el proceso de elaboración del poema nos informa Mr. Cook: "Allen Ginsberg había escrito Howl dos semanas antes del recital de Six, durante un largo fin de semana encerrado en su habitación bajo la influencia de varias drogas: peyote para las visiones, anfetaminas para acelerar el viaje y dexedrina para no desfallecer".

Poema de la derrota, Aullido está escrito en el ritmo reiterado de una oración cuya religiosidad es el rostro del abismo. En él la caída de una generación es retratada de forma insolente y desgarradora: el triunfo de la desolación tiende su sombra sobre el árbol secreto del Paraíso. 


***



Aullido / 1956


para Carl Solomon

(fragmentos)


He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la demencia, famélicas histéricas desnudas,

arrastrándose al amanecer por calles negras buscando el pinchazo arrecho, 

cabezángel hipsters ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dinamo de la maquinaria nocturna, 

quien pobre y andrajosa y ojerosa y arrebatada fumaba sentada en la oscuridad supernatural de apartamentos con agua fría flotando sobre las alturas de las ciudades contemplando jazz,

que descubrieron sus sesos al Cielo y bajo el El y percibieron ángeles Mahometanos bambolezándose sobre iluminadas azoteas,

que cursaron universidades con ojos radiantes lúcidos Arkansas alucinante y la tragedia luminaria de Blake ante los escolásticos de la guerra,

que fueron expulsados de las academias por locos & por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo,

que se acobardaron en calzoncillos en cuartos desafeitados, quemando su dinero en pipotes de basura y escuchando al Terror a través del muro,

que reventaron sus barbas púbicas al regresar de Laredo con un rollo de marijuana para Nueva York,

que comieron fuego en hoteles pintados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgatoriaron sus torsos noche tras noche

con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y paloma e interminables cojones,

incomparables callejones de nubes temblorosas y relámpagos de mente brincando hacia los polos de Canadá & Paterson, iluminando totalmente el mundo estático del Tiempo entre, 

corredores macizos de Peyote, solares árboles verdes, cementerios albas, borrachera vinosa sobre los tejados, fachada de tienda de distrito de té cerebral alegre paseo neón semafórico guiñando, sol y luna y vibraciones arbóreas en los rugientes crepúsculos invernales de Brooklyn, delirios cenicientos y la bondadosa luz real de la mente...


***

Dibujo: Lucina Pérez, 1996


Los fragmentos precedentes son una rareza hemerográfica, pertenecen a una traducción realizada en Caracas por Andrés Boulton Figueira de Mello, personaje del que no manejo ninguna información, y publicada en la revista Ahoma, nro. 3 en abril de 1968; especie de publicación underground de limitada existencia hecha por jóvenes de la época cuyos intereses giraban en torno a la contracultura y el misticismo entre otras cosas. 

Como suele suceder, la revista y sus contenidos se han perdido en la vorágine del tiempo sin que existan, hasta donde sé, ningún registro de la misma. De este número en particular conservo estas páginas que contienen la primera parte (y la más citada) del poema junto a otros textos de Ginsberg.

En lo que a mí respecta como lector, siento que este trabajo está mejor resuelto, es más audaz y más cercano al texto original que la traducción por todos conocida de Katty Gallego (Colección Visor de Poesía, 1981) llena de casticismos que le restan fuerza a la lectura. 

Ojalá, en algún momento, podamos compartir en su totalidad esta versión venezolana de este gran poema del siglo XX.


(mcabesa)

lunes, 1 de junio de 2026

Relatos de Eliezer Salinas Delpino

Título: Estudio para un paisaje 

Autor: Pablo Gómez


1.


Voces adelantadas


Aquella mañana, el viejo volvía de dejar a su nieto en la escuela. Entró al edificio y ya frente a la puerta de su apartamento, y por aquello de la reciente pandemia, se detuvo a quitarse los zapatos. Oía las voces de su esposa quien hablaba con su hermana y vecina, que acostumbraba visitarla a diario de camino al gimnasio.

Entró y no las vio, curioseó por todo el apartamento y, definitivamente, no estaban. Se dijo: de aquí en adelante las llamaré las adelantadas. No se han muerto y ya salen.


2.


Yo y mi perro


Vi al perro. Peló su hocico amenazante. Por un momento me quedé de pie, frente a él, desafiándolo. Me agaché y con la mano abierta golpeé tres veces el piso. Dio dos vueltas a mi alrededor y, de repente, se abalanzó sobre mí. Cómo pude, lo cargué y me levanté. Entré a la casa con el en brazos.

Le enseñé ese truco cuando él era apenas un cachorro y yo un hombre maduro, pero sano.

Ahora no admite que yo entre a la casa sin cumplir ese ritual. No entiende que ya me cuesta agacharme y levantarme con él encima y que él ya no asusta a nadie, renqueando y con un hocico sin dientes. Un día de estos, permanecemos en el piso.


3.


Rosal premiado


Impuesta por las redes sociales, la moda de "ser como una rosa" triunfó en las mentes infantiles y juveniles.

El hijo menor de la señora Eleuteria, desafiando el enfado de su madre, decidió salir a diario disfrazado de aquella flor para lo cual cubría su cuerpo y cara con pétalos rosados.

Un anochecer sombrío, la señora Eleuteria se hartó y decidió sembrarlo. Armada con una chícura, cavó un hoyo lo suficientemente profundo y enterró al chico de pies y hasta las rodillas. 

Aplanó la tierra alrededor del hueco para asegurarse de que la "mata de rosas" no pudiera escapar de aquella siembra.

Desarmó su rosal, tantas veces premiado, y adornó al joven con pétalos de diversos colores y espinas de distintos tamaños, pero de puntas igual de filosas que clavó cuidadosamente en ese débil tallo de carne injerta.

Esa noche llovió y el nuevo híbrido fue la única planta que, al parecer, no disfrutó de la llovizna.

La señora Eleuteria obtuvo, según contaba, dos éxitos por aquél accionar: 1) descubrió que ese tipo de injerto se autorregaba (lo supo al probar el agua que lo rodeaba y notar su sabor salado), 2) el muchacho jamás volvió a disfrazarse.


4.


La dama del suelo


La señora del suelo me mira muy seguido con su granítica cara adusta. Reprueba sin ambages mi devoción por el ron medicinal.

Nunca la he visto sonreír pero tampoco me abandona. Acompaña mis puntuales insomnios sin recetarme cura alguna para ese mal.

Levanto mi copa para ofrecerle un brindis, Pero se mantiene imperturbable. No he logrado atraerla ni con gracias ni con textos poéticos.

Tal vez ya estoy muy viejo para ciertos juegos que prefiero practicar lejos del reproche de su mirada. No sé si lo sabe.


5.


Culpas


Qué culpa tengo yo si cuando nací ya el mundo estaba hecho. Son palabras de un perezoso conservador.


Qué culpa tengo yo de haber nacido para tener que componer el mundo. Son palabras de un revolucionario delirante.

Qué culpa tiene el mundo de ser hechura del hombre; ente aborrecible y sanguinario. Son palabras de un antihumanista.

Qué culpa tiene el hombre de haber sido hecho a imagen y semejanza de un Dios tan feo. Son palabras de un hereje.


6.


El vicio


Eran las nueve de la noche y el fantasma, recostado de la pared del patio de la casa que colindaba con el caminito anexo a la quebrada de Valle Seco fumaba un cigarrillo.

Los muchachos nos atrevíamos a transitar de noche ese camino a pesar de la oscuridad, de los ruidos producidos por la abundante fauna de insectos locales y de los socorridos cuentos pueblerinos y superticiosos en torno al sitio, que eran parte de las cotidianas conversaciones de los vecinos del lugar.

Lo encontré y le dije: Fantasma, todavía no son las diez de la noche, no debes estar aquí; tu horario para asustar a la gente es desde las diez a las tres de la madrugada.

No me contestó, pero desapareció refunfuñando algo como "estos pendejos vivos como que creen que nunca se van a morir". 

Se desvaneció y vi caer al cigarrillo; lo apagué restregando la suela del zapato derecho sobre la débil llama.

El Fantasma sabe que en el Purgatorio, lugar lleno de normas y reglas, está prohibido fumar. Y sabe también que a quienes están purgando sus culpas, al cielo ni por asomo y a fumar, menos.


7.


A veces


He descubierto que he pasado la vida peleando conmigo mismo y creyendo que mis adversarios estaban entre los demás. Siempre he perdido.

Se puede derrotar a los otros tornándose en peores que ellos, ¿vale la pena?

A veces quisiera descansar de las ilusiones sin esperanzas.

A veces quisiera flotar sobre el agua mansa de un río, transformado en tronco falleciente de un árbol otrora majestuoso, y dejarme llevar rendido ante la corriente liviana.

A veces quisiera soltarme al viento y que este, en sus vaivenes naturales, me depositara donde a bien tuviera 

A veces quisiera dejar que mi destino se cumpliera sin interponerme para nada o en forma alguna.


8.


Dioses olvidados


El muchacho se iba aterrorizado a lo profundo obligado por la resaca de aquél mar embravecido de pronto.

Logré asirlo por los alborotados y largos cabellos, solo para comprender que me iría con él. Entonces invoque el auxilio del Dios Poseidón.

El mar se calmó y el muchacho y yo volvimos a la orilla con una nueva historia que contar.

Reencontrándonos, además, con un viejo Dios al cuál elevarle en el futuro nuestras plegarias marinas y submarinas.


9.


Nube


Aquella nube no quería precipitarse sobre el pueblo.

En vano, enviaba desesperadas señales luminosas al viento para que intercediera con su fuerza y la ayudará a mudarse del cielo del peligro.

Pero el viento, cansado o perezoso, había decidido detenerse a reposar y desatendió los mensajes.

La pesada preñez de la nube la agobiaba cada vez más y, derrotada, rompió fuentes sobre el pueblo que se inundó por enésima vez.

Cuando comprendió que con su arrepentimiento lacrimoso solo empeoraba la situación, aprovechó su livianidad para abandonar presurosa el lugar.


10.


Bucle 


Me levanté de la cama y volví a ver al viejo señor del liquiliqui blanco y gastado.

Estaba de espaldas a mí con sus brazos pasados sobre la reja.

Era alto, blanco y delgado como yo, sólo que algo encorvado por los años, y parecía esperar a alguien que nunca llegaba.

De regreso del baño me cruce con él, me volvió a ignorar como siempre que nos encontrábamos en noche cerrada.

Aproveché mi insomnio para revisar mi equipaje, ahí estaba mi flameante liquiliqui de estreno, al día siguiente saldría para las fiestas de Las Mercedes del Llano, serían tres días continuos de parranda.

El carro estaba en el garage, listo para el largo viaje.

Poemas de Mario Amengual

 

Título: Entre gotas

Autor: Fernando Padrino


El Reino


I


El Reino prometido no es algún día de quién sabe cuándo: es en esta calle por donde voy ahora.

II


A falta de un Reino prometido, con plegarias o con proclamas, se imponía el afán del éxito y del lucro. Si sólo se trataba de eso, preferí apartarme, poner las manos en la candela y estar aquí con otro aliento.


 III


El Reino prometido por líderes, sacerdotes y plumarios siempre ha sido y será: no hay tal lugar.

Mientras más ardoroso y encendedor el verbo que lo anuncia, más eficiente el látigo y más seguro el paredón. Hablo de otro Reino aquí, ese que dejamos entre el sueño olvidado y la vigilia distraída.


 IV


Tantos predicadores, orientadores, salvadores, prometedores, profetas de nada y de argucias. No hay nada que buscar, todo está aquí, es eterno y lo dejamos perder entre tantos afanes.


 V


Predican por un reino, confían en él, por él se esmeran con pasiones contenidas o disfrazadas, creen encontrarlo en páginas ajustadas a esperanzas de volubles interpretaciones. Sobre el Reino caminan, en él respiran, pero lo dejan para cuando les falte el aliento y ya no dejen huellas.


VI


Un país no desaparece con decretos ni con bombas, por más que sea una forma abstracta con su territorio y sus leyes. Un país es el lugar donde uno nace y se hace con palabras y sentimientos. Un país es el lugar donde, por azar o por afán, uno llega a saber que es sólo un nombre en el misterio.


 VII


Salvo por los trámites legales nunca me han importado las fronteras y menos ahora que donde nací y me crié es una nostalgia y el recuerdo de barrios, calles, amores, amistades y un nombre en los mapas. Pero por nada de eso me alejo de mi camino.


VIII


Quédate aquí conmigo. No tenemos nada que demostrar, no tenemos que convencer a nadie. De hablar, sólo la palabra indispensable. El brillo del largo atardecer entre los árboles, la brisa fresca, el arroyo crecido fluyendo más rápido.

Estamos aquí.


 IX


La vida cotidiana es una larga noche. En alguna parte lo leí o en alguna parte lo escuché.

No sé, no me acuerdo. Para mí es una larga noche en la que impera el asombro.


X


Si estuviera buscando algo, lo más seguro es que no lo hubiera encontrado. No me interesan las muchas certezas ni las abundantes respuestas. Me apasiona el estar aquí con sus preguntas y sus dudas.


 XI


No sólo el de la mariposa lo es: todo nombre es un misterio. Es lo mismo nombrar y estar aquí.


XII


Es este transcurrir el milagro y la ofrenda, aunque el hambre y la guerra sigan siendo nuestro estigma y vientos de furias agiten las banderas.

sábado, 30 de mayo de 2026

Quince aforismos de Skarlet Boguier

Título: Espacio de trabajo (2022)

Autora: Angélica Leal



Tomados del libro Impertinencias verbales (2017)



1.


El dinero es como el orgasmo. Si lo buscas tanto no llega. 


2.


La vida es un boceto. La muerte una obra de arte.


3.


Los grafitis son los petroglifos del futuro.


4.


La muerte es un invento de quienes desean que vivamos con miedo.


5.


La espuma es el orgasmo de la cerveza.


6.


Todo ISMO te saca de ti mismo.


7.


El silencio es la luz de la música.


8.


Escribir es hablar al oído de quien te lee.


9.


Con la palabra construyo y destruyo.


10.


La poesía no tiene día si cada día es un POEMA.


11.


El amor no es choque de egos sino el abrazo entre dos corazones.


12.


No todo lo que suena es música.


13.


La poesía es invisible a los corazones ciegos.


14.


Voy a tomarme una cerveza para pensar con cabeza fría.


15.


El silencio es la pureza del ser.

viernes, 29 de mayo de 2026

Poemas de Astrid Salazar

 

Título: La metamorfosis (2025)

Autora: Albany Carantoña 


1.


¿Te conté que me habían hecho un viaje de diez años y me soltaron a solas en un rincón de Maracay a oscuras, con una simple estufa para calentarme el cuerpo?

¿Te diste cuenta cuando tomé tu mano y te subí a mi búnker regalándote 24 horas de soplo para tu asfixia continua de famas y pasarelas?

¿Te hablaron de mí asombrados porque tenía anillos y un nombre en los lomos de algunos libros, y de vez en cuando se me ocurría hacer ferias con algunas formas extrañas de cartón para alimentar mis silencios?

¿Fuiste tú quien fue conmigo de puerta en puerta construyendo puentes en el alma de quienes me rodean para atrapar sus vidas en el discurso, dándole agua para su sed infinita?

¿Tú supiste de mi guerra, de mis demonios rompe huesos, de mis líneas sin poesía, de mis brebajes con cúrcuma y cardamomo para el perdón?

¿Comiste en mis campos de manzanas asomándote por las hojas frescas para quedarte dentro como único dueño sin cerco eléctrico, ni luces con sensor?

¿Eres tú quién me dio un reino durante 9 meses, me habló de jardines con Epícuros, de mantras con Spinozas?

¿Eras tú el albacea de esas 12 personas persiguiéndote para que tu cuerpo fuera el protagonista de las balas de aquella noche?

Entonces dime

¿Cuándo fue la última vez que me nombraste puta y a la vez tu reina?

Cuéntame ¿Quién fue esta derrota? ¿Esta fe de un segundo?


2.


Agosto


Siempre

en agosto

coloco romero debajo de mi almohada

–tal como lo mencionaste–

unto, para el cuerpo, jengibre y cúrcuma mientras los eucaliptos hierven en la estufa.

Me desvisto voy descalza

y soy menos lluvia.

Con la escoba recojo todas las huellas

y las tiendo al sol

destejo el polvo de los libros

hago cruces de sal en los rincones

me olvido de los tés y vuelvo al café.

En este mes de menta donde no llegan nuevos huéspedes a mi piel caliente

vuelvo

y con crema alcanforada

embalsamo uno a uno mis dedos

vuelvo al útero

                   respiro.


3.


Útero insomne


Ahora, cada cierto tiempo, debo quitarme un poquito de mi carne y esperar el veredicto.

Sí, igual como cuando mandas a un concurso o quiero imaginármelo de esa forma.

Lo bueno de todo esto

es que mis poemas no son poemas para anuales ediciones

entonces no me preocupo.

Si me guío por la decisión unánime del jurado pasará igual.

Estoy sana, lo demás es gastadera

útero insomne

miedo                poesía.


4.


Poesía


Un 21 de marzo

cuando se retiraba la tarde

dormí en tu pecho.

Viajé hacia tu casa

donde me diste un patio

con alfombra de hojas verdes y secas,

una mata de mango para guindar las letras

la bromelia, el jardín de suculentas.

Me fui despacio hacia tus venas

y cada cuarto estaba hecho

de cajas y maletas; el pasado no podía salirse, el futuro ahí a la espera.

Dudo si este recuerdo sea el poema

ahora cuando el cristofué se posa en la rama y el aroma a café se cuela.

No hubo pacto

no hay promesas

sólo yo desde la hamaca

meso tu ausencia

y esta noche es tu pecho almibarado

mi hogar calma. Quietud plena.

 

5.


Pozo


Pasó el año

y aún remojo en eucaliptos las sombras

de un cuello estrangulado

de una piel lacerada

de una voz con su eterno jaque mate

miento al decirte que el pasado ya no me toca

todavía se me va el oxígeno

y paso la noche hablándole a un dios sordo.

Miro desconcharse el techo

paso el seguro de la puerta cuarenta y dos veces

y me pregunto cuándo compraré el candado, quizás eso ayude. Me resigno.

Leche tibia, agüita dulce, manzanilla. ¿Quién se atreve a venir a esta casa?

Las letras ya no dan la bienvenida. Ya no puedo hacer lo que me piden.

No bebas de mí.

Porque sólo soy este pozo que tiembla cuando te asomas.


 6.


Puente


Soy un puente

lo sé

me lo cantan en susurros mis ancestros.

Conecto la noche con el día

y sólo los que buscan la luz

han de atravesarme.

Mi propósito está escrito.

Aunque a veces rompa las ventanas

y me beba todas las cervezas de la barra.

Muchos se quedan a mitad del camino

mirando cómo corre el agua por mis piernas.

Otros se detienen por varios días,

a veces sólo por horas cuando el sol está por despedirse.

Y duermen arropados de estrellas y luciérnagas.

Una vez cruzó en mí un hombre alto

su Alma también era de puente

fue la única vez que respiré

pintó las barandas, barrió las huellas,

pulió los peldaños, cambió casi todas las maderas.

Y para quienes iban descalzos puso una alfombra de eterna primavera.

Tu trabajo también puede ser este, me dijo.

En ese instante ninguna otra voz se aferró a mis oídos.

Soy un puente

lo sé

pero hay pisadas tan fuertes

¡Dios mío!

Mírame.

Rota

descolgada.

Busco un nuevo sitio mientras bailo sola en la pista. Ebria. Extraviada.

Sin paso.


7.


Cariño mío


Dame un chance para que me termine esta cerveza

porque no sé cómo coño dejo ir tu olor de mi piel

tampoco cómo dejo de mirarte, cariño mío.

Afuera el cielo prepara una tormenta

Maracay desde la avenida Bermúdez es gris y enguayabada

¡Ay, Astrid! Qué Maracay y qué avenida

no me des tregua

te vinieron a joder, otra vez,

ahora tienes que recoger el reguero de la lluvia

echa el corazón en el pipote

ese mochuelo tiene su nido

pendejita de un mes, muñequita de Jerez.

Recuerdo que hace un año

y hasta ayer mismo rezabas

pidiendo que nadie más entrara a romperte los ovarios,

a burlarse porque se está mejor sin ti

sin el peso de este oficio

la escribidera

la entrega

el todo o la nada

cuánto tiempo pierdes

poeta

no hay Dios que escuche

tira del gatillo

1

2

3.


8.


Ego


Esta otra que soy

habita en una editorial.

Duerme arropada de libros

y souvenirs de la memoria.

La mirada de ella

es la otra mitad de mí.

Y es ese 50%

quien escribe estas líneas.

Ella

destruyó instituciones

hizo de lado los tabúes.

No pidió permiso para su vuelo.

Ni mucho menos para su canto.

Ella

quien insiste en repetir el error

para, desde algún bar, llorarlo siempre.

Es Astrid.

No hay un solo tropiezo,

ni una sola metida de pata

que no me pertenezca.

Toda esta ruina que soy

es mi mejor edificación.

No hay otro arquitecto.

No existe otra persona

capaz de merecer estos pedacitos de mí.

Y si alguna vez pronuncié algún nombre

fue porque yo quise nombrarlo,

rey, conde o plebeyo.

Fui yo

quien vendió las entradas VIP.

Fui yo

quien puso la alarma

para despertar el día, a la hora exacta

de la pena.

Acá no entró nadie sin su pase.

No hubo arroceros.

Creí en la dedicatoria del libro

en el poema debajo de mi almohada

en la canción hecha con mi nombre y apellido.

Creí en el para siempre

como en el hasta que nos dure.

Caminé a escondidas por ser la bruja malvada

pero también fui princesa de todo el reino.

Estuve en las nubes

y me dejé caer en las brasas.

Estrellé mi cabeza contra el asfalto

y la sangre que aún corre entre las grietas

la veo pasar. Y como si no me doliera. Vivo

cosiéndome la herida.

Porque no supe quedarme donde me querían

ni hija

ni esposa

ni amante

ni mucho menos madre.

Me lo dejé, muy en claro, como lista de mercado pegada a la puerta de la nevera.

Y aquí estoy, casa 83 de La Esperanza.

Barro las huellas, las guindo al sol.

Echo sal en cada uno de los rincones,

haciéndole caso a mis latidos

que son como el croar de una ranita en su estanque.

Y aunque todo me haya salido de la patada.

No llevo la culpa de seguir a otros.

No tuve manual

pero lo escribo a diario

e hice el mejor brebaje

para que el amor me exterminara.

Lo confieso. Muero en cada sorbo

pero voy sin deudas

como Astrid. La Cartonera.

Perdonándome.


9.


HCM


Cuando pasas horas en un hospital

y ves la sangre como alfombra en el piso

a la chica de al lado con su cáncer hospedado en el corazón. Sola. Sola. Sola.

A Juan y su capacidad de dormirse de pie.

Al hombre de la habitación 7B13 observándote fijo como velando su pena.

Cuando solo en un atisbo notas la falta de rucuronio, formol, compresas, guantes, propofol, adhesivo, alcohol. Y te quedas viendo cómo las chiripas salen del baño para su baile debajo de la cama. Respiras. Respiras hondo. Cierras los ojos. Y agradeces a la memoria por llevarte a los brazos de quien amaste una y mil noches como estas en un cuarto a oscuras junto al tablero de scrabble. Junto a lo eterno de la madrugada. Que se hace sonrisa hoy en estas líneas. En este cuerpo. A la espera del manto invisible para guarecerme

y

mirarte

y

tocarte

y

olerte

y

lamerte

y

nombrarte

porque estoy segura de que habrá de amanecer.


 10.


72 horas


¿Te han dolido las dendritas?

hay un río de ellas con tu nombre acá dentro.

Contigo, lo sé,

no estuviera contando los segundos

de una Venezuela a oscuras.

Contigo, lo sé,

estuviera frente al mar Caribe

o hiciéramos camping

en estos sitios de Maracay

con sus inagotables plantas eléctricas.

Contigo, lo sé,

nada de estas 72 horas

hubiera afectado

a este cuarto en penumbras

a este velón agotándose

a este espíritu sin nombre despertándome.

Doy por sentado

que una décima partida de scrabble

nos haría discutir

y al celular no le importaría

la descarga.

Ya ves, nada me ha hecho olvidarte,

todo lo contrario.

¿Te han dolido las dendritas?


 11.


Promesa


Tranquilo, pronto dejaré de escribirte

quizás mañana o el próximo mes

cuando en mis ojos no exista

el peso de estos niños asistidos

con un respirador manual

cuando mi espalda descanse

de esta bombona acuesta

cuando mi olfato no detecte

la carne putrefacta

al pasar por Emergencias

cuando mis manos dejen de sostener

la sangre del vecino

cuando mi boca cierre el asombro

por los saqueos de este diez de marzo

y cuando al riñón le toque su turno.

Tranquilo, pronto dejaré de escribirte

quizás mañana o el próximo mes

cuando este epiléptico país

deje de estar a oscuras

cuando en mis labios se pose

el agua potable

cuando estos veintitrés muertos

dejen de susurrarme al oído.

Pronto.

No te apures.

No me apures.

Respiro hondo tal como me lo enseñaste

desconectada desconectados.

dejaré de escribirte

te daré descanso.


12.


Miedo


He buscado todas tus notas de voz

y acá estoy

escucho una a una

perdona si te enmudezco

pero es la única forma de cobijarme

de traerte aquí.

Sólo por esta vez

vence mi oscuridad

rompe con estas ganas de quedarme sola sola sola

el hielo volvió a mis huesos

y me retuerce

no hay lectura que me abrigue

entra en mis surcos

una palabra tuya bastará para sanar.


13.


Culpa


No está bien hablar de ti

en todo lo que escribo.

No está bien que la gente

se dé cuenta de este pendejismo

anclado en mi cerebro.

La casa se hunde en el fango

y yo, aquí

haciéndole nubecitas al lodo.

Qué bueno

entonces

tu desamparo

tu olvido

merecido lo tengo

porque

no está bien

seguir mirándose el ombligo

cuando el pantano nos arropa

cuando el barro llega a nuestras bocas.


14.

 

Una más


Pertenezco a estos lugares desconocidos.

No saben mi nombre, ni de mis títulos, ni dónde vivo

sólo, a lo lejos

el portugués se escucha, “la chica linda llegó otra vez”.

En esta barra

me alcanza

nada más

para ocho tragos de cocuy

y dos tercios

que van siempre por la casa

o por cualquier hombre abandonado.

Había olvidado estas tascas arrinconadas

llenas de tanta Maracay y rockolas.

Sin duda

pertenezco aquí.

Rescato quien soy: una más para todos.



15.


Sustituto


Voy a crear una poción en abril

para arrancarte

colocaré tus mismos ingredientes

un boleto aéreo

ocho mil kilómetros de distancia

toda la indiferencia posible

una pizca de íconos

total desprotección

abandono al gusto

nunca he mezclado tanto olvido en la vasija

nunca he machacado tantas hojas de eucaliptos para el trago amargo

mi plegaria será eterna

no llevará adjetivos

sólo tu nombre en mis labios


y un cordero colgado a mi pecho

sencilla compresa

que ha de latir como el corazón.

Doce poemas de César Seco


Título: Déjame tocar para ti (2017)

Autor: Asdrúbal Farías 


El poeta es libre por naturaleza; la poesía, que es su vida, es su dignidad.

César Seco 


1.


Aparecido


Quien me vea por estos sitios

sabrá que sigo siendo otro.

No el que vieron en el café

saludando a un par de amigos

melenudos sonriendo desde

un viejo poster de los sesenta.

Estaré adelante, desvanecido,

con la huella del hacha en el

entrecejo y la mirada quieta

de quien elegía el encierro

dado del todo al silencio.

Sentado entre las líneas que

esa mudez iba dejando en

una caligrafía entrecortada.

Quien me vea andando ya a

otra parte, siga el rastro sin

darse por enterado que soy el

soplo fugaz que arrastra y eleva

esta hoja. Sin nada ni nadie

por asunto, desentendida de la

bocina de los autos.


2.


Jazz epilepsial


Una clara melodía escurre el viento.

Las arenas arremolinan

la carrera de la previa quietud.

El brazo izquierdo y su breve temblor.

La cabeza perdida en la distancia

desconocida donde no se pertenece.

Los pies en el aire bailan la danza

del salto a otro lugar.

Llueve en no sé dónde

y en no sé qué está escampando.

Solo sé que volveré a mis huesos.

A los que llevo esta luz para desalojar.

Iniquidad dejo en manos del redentor.

El cielo estrena una piel

que no puedes ver,

antes que todo sea bebido de un sorbo

por el convulsionado saxo de Coltrane

y hable el temblor todo

con sus tuercas desajustadas.


3.


Nadie


Volveré por esa calle donde nadie

me recuerda y todos me conocen.

Caminaré por esta otra donde me

ignoran y ninguno sabe nada de mí.

Atravesaré aquel callejón oscuro y

tal vez el ojo que me sigue sólo vea

la sombra que la escasa luz de ese

poste fija en la esquina pensando

a dónde ir.

Estaré allí esperando

nada o esperando todo. Acaso sea

la calle contigua la que me lleve a

ese otro lugar distinto a donde iba

y no llegué. 

La vida no se detiene

a esperar a nadie. 

Sólo puede mirarme

de reojo mientras paso, pero no es

su ojo lo que anhelo, lo que persigo

es el olvido que no aparece mientras

sigo, aunque lo presienta caminando

adelante distraído o sospeche ya que

no existe porque no me ha visto.


4.


Actor


Ando por la piel del día

en que me espero sentado a la puerta

de un café, con el cuaderno abierto en la

página donde no hay nada escrito aún.

Lo que ha de ocurrir sucederá en tan sólo

unos segundos. 

Hay alguien dentro de mí,

alguien que no soy, que me ocupa y dice

lo que jamás diría yo. 

Llega y no me puedo

resistir. 

Sólo escuchará si hablo de él. 

Es cosa de ya, pero sólo él sabe que ha estado

ocurriendo. 

La escena ha de quedar bien

ante el ojo luminoso que nos proyecta en

la pared, ahora, sueño visible, acción.

No la bala directa que viene a mi cuerpo

y se aloja antes que tú puedas verme caer,

sino, a un mismo tiempo, ese que cierra

la puerta. 

Puedo ver su silueta desgajada

en la ventana, así.

Estoy en ninguna parte

hablando a nadie sobre nada.


5.


Calle

 

Puedo vivir en cualquier ciudad, 

pero mi calle es esta.

Vengo de ella, me hice en sus escondrijos 

y aceras, en ella corrí por primera vez 

y di con otros la vuelta

un día de lluvia que mis manos se volvieron 

viejas. Aquí tuve perro, trompo y metras.

Subí al techo a ver pasar los ángeles 

en silencio, con en el alcanfor que madre me puso 

en el pecho. La calle me sigue a donde vaya.

Ahora que cruzo una avenida del mundo. 

Ahora que estoy lejos y apunto el color de sus 

casas. No se me olvidan las negras altas 

que subían y bajaban con una cesta de flores 

en la cabeza. Ahora que se borran 

los compadres que en la esquina 

se apuñalaban por ellas, como aquél que sostuvo 

sus vísceras tal un pliego escrito afuera

hasta que besó suelo, o aquél otro que limpió 

el filo del cuchillo con el puño  

de su camisa blanca. A esta calle vuelvo 

cada vez que soy el niño que iba de la mano 

de su madre, despierto.


6.


En medio de la nada


 

Una carretera parece no terminar

sin que una estación de gasolina aparezca.

El murmullo de la ciudad ya no se oye.

Sólo tunas, abrojo, polvo, rocas.

A quien buscas no está y quien responde

es tu propia voz en tu cabeza.

Cuánta sospecha trajo el zigzagueo 

de los saurios cuando te desnudabas 

para ir al baño no sin antes silbar 

la canción de Bobby Vinton

Plees love me for ever, 

con ese desgano en que no reconocías 

paredes ni espejos.

Quizá, puede ser, tal vez, acaso.

La lengua es aquí indeterminada.

¿Quién es ese que te persigue? 

¿Qué quiere de lo que queda de ti?

¿Podrías decir que se trata de tu igual? 

¿Él y tú, uno delante del otro?

¿Puedes ver en su pupila tu miedo?

Todo esto te aguardaba. Llegado aquí

solo la oración puede devolverte

a donde estabas antes de venir.

Nadie te puede ver, nadie sabe quién eres.

Todo fue sin que te percataras,

estás vivo y muerto, lo mismo da.

Conténtate con saber que esto no existe,

que no hay nada donde fijar tu ojo,

que todos se han ido para olvidarte.


 7.


Jazz de las gandolas


Las gandolas atraviesan la noche 

llevando la necesidad puntual 

o la más onerosa vanidad.

Las he visto partir haciendo sonar 

la orquesta de sus motores 

al lado de somnolientos autobuses. 

Acelerando el saxo de sus bujías, 

el clarinete de sus radiadores, 

el trombón de su pesada carrocería.

A sus choferes se les conoce el ángel 

por la abismada pupila, por sus ropas 

impregnadas de monóxido y gasoil, 

por el desdén en el trato con los que 

les son indiferentes en las desveladas 

estaciones que aguardan en el camino. 

Hablan una jerga de pedestres palabras. 

Silban canciones si el destino se alarga 

y el monótono bostezo de la brisa 

los inunda de sueño o descompone. 

Llevan por valija recuerdos de cuando 

no eran tránsito y era grato el calor 

de los hijos y la mujer que los espera. 

Pernoctan donde la noche los venza, 

en colgaduras de chasis y remolques.

Son antiguos guerreros despeñados,

gente que habita un solo lugar: 

la carretera. Habrá fiesta cuando 

regresen, si regresan, si la promesa 

de Ulises era cierta.


8.


Blanco


Saber que no se puede escribir es una forma de escribir.

Robert Walser



No estoy diciendo lo que voy escribiendo. 

No voy escribiendo lo que estoy diciendo. 

Escribir nada delante de nada que pide ser 

llenada de nada. Nada escribo y, esto, ya, 

es nada, nada: escritura de nada, nada, sin  

nada escribiendo nada.


9.


Jazz de la valija


En esta esquina he de abrirla.

Tal vez esté allí un tibio sol 

esperándome callado.

Le hablaré de cuánto anduve 

o dejé de andar en el propósito.

La verdad que obtuve de la noche

y su invisible gravedad tal una leve

composición escrita en mis huesos: 

letra que nombra a mi sentido.

Sílabas que dieron paso a esta frase. 

Aprehensiva velocidad de cuanto 

no dijimos en ella o guardamos.

Elegido humo de lo precario,

adolescente brisa y su miga de nada.

Subiste al ring envestido por tu peor 

enemigo: turbina de una enfermedad 

que tregua no te ha dado desde niño. 

Cifraste la melodía entre las vueltas

que daba tu rostro entre caída y caída, 

levantamiento que deleita todo derribo.

Me dijiste que no era grande 

ni pequeño, que sólo era.

El instrumento estaba ahí.

Esperaba la voz que le atendiera.


10.


El río


El río me deshace la voz.

Yo entro. Yo salgo. Yo soy el tiempo.

La boca se me hace agua.

Estoy llegando por un camino largo 

que lleva a los azules del cerro.

Un mango: dulce su pulpa

y adentro la semilla discreta.

Yo entro. Yo salgo. Yo soy el tiempo.

Los ojos se me vuelven barro.

Para el clavado la piedra más alta.

Estoy en el fondo de sus aguas revueltas.

El quiebre de cuerpo ha de ser antes que 

el rostro vencido de los ahogados

se me adelante y pida me quede 

a cantarle al musgo, a los peces, 

la canción titilante del recuerdo.

Mis brazos se hunden en el tiempo,

cuentan las pisadas de Pedro

antes que fuera hecho.

Yo entro. Yo salgo. Yo soy el agua. 

Tinta invisible sobre un papel dejo. 

Mi río está muerto. Ya no es el mismo

que desnudaba lentamente mi cuerpo.

Sólo vuelve a la ciudad cuando llueve

vestido de escombros dando vueltas.

Mis pasos sobre él andan inversos. 

Ayer que sólo tendrá hoy en este poema.

 

11.


Voz


Permíteme unas palabras ahora cuando callas

y te demoras en venir.

Entre tú y yo hay un pacto de oído y boca.

Debo silenciarme cuando hablas y ser tu escucha.

Es el temblor de estas manos lo que te anuncian.

Esta sed irrecusable de verdad lo que te atiende.

Dime si me he desentendido de tu eco.

Si por serte fiel te he faltado.

Callarme en lo que callas. Decir lo que dices.

No es solo a mí a quien te diriges

y la verdad que me obsequias incluye al Otro.

El fogón donde mi madre tuvo lumbre de brasa

cuando el brillo de sus ojos se apagó.

O bien, el árbol que plantó mi padre con sus manos

y el polvo del camino por donde un día 

sus pasos de largo siguieron hasta no sé.

Tú te dices en las cosas, muda. Tú me dices.

Volvamos al principio, cuando no existía

y tú sólo eras el rumor de los astros lejos.

El fuego que el tiempo escindió.

Déjame seguir escuchándote. Déjame.

Sólo tú dirás hasta cuándo.

Y yo callaré contigo, sin afán, sin asombro ya.

Agradecido.

 

12.


Palabras


 Was sich in der Sprache spiegelt kann ich nitch mit ihr ausdrucken*

Wittgenstein, Diario, 1915


            

Hay palabras que nos desdicen y a su 

vez son las que mejor nos dicen. 

Me doy a oír lo que dejan al callar y, 

no obstante, revelan el tránsito que

las trajo a mí, solas y pronunciantes.

Las palabras hablan desde el silencio 

que las precede. Espero de ellas sólo

el breve decir de lo que nombran. 

Mirar las estrellas desalojando su brillo 

y, lo invisible, traduzca en infinito lo 

visible, asible, a partir de una sílaba. 

Amo este decir, puede asistirme en la 

oscuridad, servirme de lámpara en el 

camino por el que voy unas veces y 

otras vuelvo, amparado en ellas. Sí. 

Las palabras flamean antes de apagar 

el espectral vacío por donde vuelven. 

Si me pregunto de dónde vienen, diría 

que de lo que impronunciables revelan

este claro en que puedo decir lo que 

dejan en mí viajando por dentro. La voz

que sigo leyendo en la página/ en la 

anterior/ la que estuvo/ y en la siguiente/ 

como lo hará, sin que llegue a saber 

cómo y cuándo.



*No puedo expresar con el lenguaje lo que se refleja en el lenguaje