Título: Comunión de infieles (1979)
Autor: Antonio Cabezas
1.
Una mujer se acerca a la cuerda floja
y la tensa con los dedos meñiques
se acuesta en la alfombra
de espinas.
Vomita palabras
-su garganta estalla en una tormenta de estrellas-
baila al ritmo de los lobos en el viento.
Una mujer cosecha trigo, siembra semillas, come frutos: es la tierra.
Una mujer escribe, lee, canta, alza vuelo:
va saltando planetas.
Una mujer llueve en poesía.
2.
Secretos
Esta mañana el viento
ha llegado con su voz,
susurrando los secretos
de una niña que observa al mar.
Los oídos se enrojecen
y los labios tiemblan
frente a las olas de carcajadas
chocando contra los riscos.
Con ojos llenos de agua
la niña señala los puntos
de luces intermitentes
en el cielo nocturno.
El vaivén del cuerpo
flotando en el mar
ha soltado el último soplo de vida.
Las penas se han ahogado
en la vergüenza del abandono.
Ya no hay anclas
la luna acompaña el viaje perpetuo
del alma peregrina en altamar.
Salir del cascarón
es un trabajo de parto.
Vuelve el cuerpo a la orilla
a bañarse en la arena blanca
y susurrar en mis oídos
los secretos del viento
y la luna,
los secretos de las estrellas
y las mareas,
los secretos de los fósiles
y el tiempo.
3.
Contrastes
Una niña recorre la calle
con ojos curiosos.
Transita
entre vagones
de trenes
detenidos.
-mientras escucha-
Pequeñas piezas musicales
de una vendedora de globos
cuando los infla.
Los ofrece
a caminantes apurados
por llegar a ningún lugar
a tiempo.
La ciudad es ese concreto herido por la guerra.
-los trenes hacen huelga
en el subsuelo-.
Arriba carriolas en movimiento
y cielo con papagayos,
anuncian
la huida de los
bombarderos.
-llegan las verbenas-
La única nota de gracia
en medio de un paisaje gris;
lleno de humo y escombros.
4.
La ciudad es un cóctel con sabor caótico.
Imagino bailar
entre grandes colas de vehículos
al calor de motores ansiosos.
Las mujeres
de pieles marcadas
por el tiempo
buscan caricias
de manos suaves.
Hombres vestidos con elegancia femenina
exhalan sensualidad
a través
de miradas cómplices
reflejadas en copas de vino.
La noche en los bares es ascenso y descenso de voces alteradas con licor.
5.
Sombras
El ruido intenso
nubla cualquier sonrisa.
Las nubes mueven
el monóxido
respirado por transeúntes
embebidos
entre el tiempo y la pantalla.
Sobre ruedas
transitamos
hacia las máquinas
demoledora de almas.
6.
7 máscaras
Descubrí una mañana
en la lírica de un rapero,
lo esclavizante de la rutina
cuando las metáforas
se aíslan en los rincones de mi cerebro.
Los beat suenan repetidos
bajo el compás 4/4,
esa métrica es sinónima
de una cárcel
en movimiento.
En ella dioses industriales
se visten de calle,
envuelven los caminos:
bendecidos por el smog
-transpirado en las pieles
de cada desenmascarado. -
Ya no tengo 7 máscaras
para los días de la semana.
Mi rostro está expuesto
en los charcos después de la lluvia.
Estoy loca y camino hacia el sol en la punta del universo.
7.
Ruedo por el asfalto carcomido de amargura.
Con mirada de una niña cazadora
-busco formas en las nubes-.
Tengo ganas de asaltar el cielo
y repartirlo entre miradas solitarias.
Suelto la sensación oscura
de un vallenato empecinado
en acabar con el trino de las aves.
El vaivén de las olas
sigue instalado en la mirada de una niña
apretada en edades fogosas.
8.
Demencia masiva
Tras el monóculo de cualquier pantalla
se transmite la información
dirigida hacia el recorrido
hecho por las presas
del tiempo y la tecnología.
Sigo mutando entre el encierro y la libertad controlada.
Me muevo
a través de ventanas
en la casa de locos
-de reojo observo el mundo-
dentro y fuera.
Las mentes se diluyen en tenazas especializadas
-los fármacos son adecuados-.
Continúo la travesía.
La sensibilidad está distraída en la industria
de la demencia masiva.
9.
Me despido del mar
Incompresible espíritu a veces faro a veces mar.
Molloy, Samuel B.
El viento sopla de norte a sur sobre mi cuerpo.
Apenas logro mover un dedo.
Es casi imperceptible.
Mis órganos
se van secando
hasta pulverizarse.
Dentro soy arena a orillas del mar.
En el verano las ramas de los árboles resisten,
suspendidas se observan pequeñas hojas amarillas
a la espera de las primeras gotas de lluvia
a la espera del olor a hierbas frescas.
Sigo aquí en este pequeño lugar de paredes húmedas
agrietadas -observo el techo-
iluminado con luces de alerta frente al arrecife.
Mi cuerpo ha enmudecido,
una crisálida me envuelve
cierro los ojos; extiendo mis alas
a media noche
saldré a buscar el polen en flores nocturnas
y me despido del mar.
Comparto la falsa turbulencia del mundo exterior.
10.
Fronteras
Me resbalo
por toboganes de hojas secas,
el agua no alcanza jamás
a tocar esta forma amorfa
dando vueltas sobre sí misma
unas noches más y otras menos.
La piel reseca muestra grietas
y brotan espinas,
sigo el camino de las rocas
cayendo eternamente.
Una voz a lo lejos grita mi nombre,
me confundo entre ladridos de perros,
a la media noche cierro los ojos.
Sigo cayendo en picada.
Del cielo caen virutas de estrellas
y se clavan en mis pies inmóviles
que se entierran poco a poco
acariciados por orugas ciegas,
ellas me invitan a mirar
la tierra de relleno en mis uñas.
De repente una de las piernas crece,
puedo soltar las muletas
a toda prisa mientras
mis brazos desaparecen
y respiro con dificultad.
Se abre una puerta
hacia la sala de la casa de mis hijos
camino con lentitud,
mi bata está sucia
y con un olor peculiar,
veo espejos cubiertos
con sábanas de nuevo
he caído al suelo
me arrastro con la ayuda de un tronco
lo empujó con mi cabeza.
Los brazos se han ido
sólo me queda esta pierna crecida,
mientras la otra desaparece
y mis ojos enceguecen.
Intento dar vueltas
en las cortinas colgadas
de los ventanales de la casa,
estoy colgando de las telas
todo sigue marchando en el tiempo
cómo le dije a mis hijos.
Ellos no están,
solo escucho sus recuerdos,
sus carcajadas
y el sonido de un piano a lo lejos
anunciando la partida de este mundo.
El cuerpo se fragmenta cuando como.
He dejado de comer.
Ahora solo tomo un líquido viscoso,
el agua se escapa de mí
y reseca mi piel quejumbrosa,
agrietada y sin color.
Vuelvo a rodar por senderos
llenos de hojas verdes
y azules ya no están secas.
Mi cuerpo está roto,
aun así, avanzo hasta las fronteras
del mundo que conozco,
uno donde la lluvia
refrescaba las pieles
y llenaba de aromas gratos los paisajes.
Con el cuerpo despedazado
lleno de esquirlas caigo al vacío.
Dibujo mi propia frontera,
ya no hay más agua,
ni hojas verdes o azules
es un mundo donde mis hijos no están;
solo sus carcajadas
y pedazos de mi cuerpo
que algún día alguien decidirá recoger
y lanzar al mar.
11.
Solo es posible la ciudad exterior a través de la ciudad interior.
L. Wittgenstein
Cruzó dos ciudades
con una veleta
en la mano
y la brújula en sus labios.
12.
La poesía surge
de las rabias irracionales,
se desnuda en el dolor.
Macera su cuerpo poema dentro del licor
de las dudas
y amasa palabras en la tristeza.
La poesía se mueve entre pensamientos
y baila con la razón,
vuela
entre el decir y el hacer cotidiano.
La poesía se despliega en esencia
con la fuerza de observar sentir pensar, razonar.
La poesía es también filosofía.
13.
Narcosis
El clavel me había poseído...
por más que intentara no podía dejar de bailar.
Amparo Dávila. El desayuno
Cada aro de humo es un escalón
por el que descienden
millones de animalitos transparentes.
Sus cuerpos
son gotas de agua.
En el centro de la habitación
un hombre recostado sobre un sofá,
observa absorto aquel desfile
de pequeños seres.
Caballos, ranas, grillos, peces, gatos, perros
y otros animales
continúan bajando
a través de las bocanadas del hombre.
Las graciosas criaturas
se congelaban alrededor del sofá;
ahora son figuritas de cristal.
Comienzan a aparecer
entre las grietas
de las paredes
saxofones, trombones,
trompetas, flautas
y tubas
todos en dirección al hombre.
Con el sonido
la habitación tiembla
y los animalitos
de cristal
-estallan-.
Partículas pequeñas
de vidrio se juntan
para clavarse en el pecho.
El corazón vibra
entre sonidos estruendosos.
El olor ferroso
inunda el lugar.
Mi madre enciende
la luz.
14.
Mandrágora
Sentada frente a la taza de café observa las tijeras, piqueta, pala y otras herramientas para limpiar el jardín. Saborea el último sorbo con los ojos cerrados, todo en la casa huele a café; antes de salir hacia el jardín toma las tijeras de cortar flores las limpia cuidadosamente, saca filo de las hojas que están un poco oxidadas y amelladas.
Agarra la piqueta y la pequeña pala camina hacia el patio delantero de la casa y observa; cuenta las veces que pasan las motocicletas a esa hora de la mañana. Las plantas y flores se encuentran a la espera de la jornada de limpieza. La mujer, se sienta con parsimonia frente a su pequeño jardín y recoge las tijeras del piso, sus dedos caen uno a uno como pétalos secos sobre la tierra húmeda. La mandrágora se alimenta y el embarazo aún no llega.
15.
El susto de las arañas
Había allí delante de ellos
una vida que se acababa,
desangrándose día a día
El almohadón de plumas, Horacio Quiroga
Sobre un almohadón de plumas, caminan las arañas asustadas con un rosario colgando en sus cuellos.
Todos sus tejidos han desaparecido de las paredes y lámparas y ellas no encuentran explicación a esta extraña situación. Prefieren orar a la viuda negra, moviendo sus ocho patas sobre ese almohadón en el que entre sus plumas las observa un sigiloso insecto de grandes colmillos afilados.
Él se alimenta de tejidos de araña, prepara grandes platillos y deja a las dueñas sin hogar. Se esconde como un niño travieso que acaba de comer chocolate mezclado con algodón de azúcar.
Las arañas atemorizadas y sin hijos inician nuevamente el tejido para desovar en la gran tela y criar a sus pequeños. Rezan para que los huevos eclosionen antes que desaparezcan de nuevo los tejidos
El insecto vampiro, las observa con un telescopio a través de las plumas del almohadón, con su lengua saborea los huevos envueltos en chocolate hirviendo mientras afila sus colmillos con una lima de hierro.











