Ante la pérdida no hay consuelo, sólo el dolor. Se acepta el dolor y la realidad poco a poco va apareciendo, poco a poco.
Alejandro Jodorowsky
El acto de escribir es más que plasmar palabras; es un gesto de abrazo hacia aquello que no podemos ver.
María Negroni
Frente a la violencia, el verso ofrece un refugio.
Czeslaw Milosz
***
Ha transcurrido el tiempo suficiente para que el polvo se asiente, para que las réplicas físicas cesen y las ciudades comiencen a lucir las cicatrices de aquel día de junio de 2026. Sin embargo, el verdadero mapa de la reconstrucción no se mide en concreto ni en asfalto, sino en los pliegues de nuestra memoria. Si la primera edición de esta antología fue un grito de auxilio en el caos y la segunda un testimonio de permanencia, esta tercera entrega se consolida como un monumento de la palabra: el registro definitivo de un país que aprendió a habitar su propia vulnerabilidad.
En esta tercera entrega, la mirada se expande y se profundiza. Aquí conviven las voces fundacionales con nuevas crónicas, relatos y poemas que ya no sólo narran la herida o el inventario de las pérdidas, sino el largo y complejo proceso de sanación colectiva. Los textos contenidos en esta edición exploran el peso de las ausencias que el tiempo no borra y la asombrosa capacidad del venezolano para refundar la esperanza allí donde antes hubo escombros. Es una mirada madura, reflexiva, que entiende que reconstruir un hogar va mucho más allá de levantar una pared.
Cuando la tierra calla, queda la palabra; cuando el tiempo avanza, la palabra se hace historia; y cuando la historia madura, la palabra se transforma en legado. El rugido de la tierra ya no es sólo el eco de un desastre, sino el canto de resistencia de un pueblo indomable. Estos textos son la prueba final de que, aunque el suelo falle bajo nuestros pies y la geografía se transforme, la palabra escrita, la memoria compartida y el abrazo de nuestra gente seguirán siendo el único cimiento capaz de sostenernos para siempre.
Rafael Ortega
Corrección de textos: Manuel Cabesa
***
Terapia de nada
destartalada su voz
cruza toneladas de cemento
ella sigue esperando
más horas más días y más noches
el sufrimiento es insomne
más toneladas de dolor que de cemento
aprietan las noches
hasta empujar con llanto la salida del sol
Y millones y millones de kilos de tristeza
amanece pegada al desamparo
y millones de manos trabajan
y millones de pies caminan
alivian el dolor
que no cabe en ningún cuerpo
no cabe en ningún lado
Lali Armengol Argemí
***
7.2 - 7.5
De todos los idiomas
que conversamos
no nos advirtieron
lo que venía al final de esa tarde.
La vida trascendió
en la descendencia abrupta
prendida de cantos y canciones.
Una voz y mil voces se apagan,
pero las voces nacientes,
sobrepasan el polvo
y con la tarde la esperanza.
Después
nos ponemos de acuerdo,
después nos aletargamos
y construimos barreras.
Hoy nos convoca la ruptura
de nuestros cascarones,
salir a predicar
que después de la falla
el sueño se arregla.
La vida se embolsa
y desembolsa
mientras sigamos respirando.
Hoy aprendemos
que lo que le pasa a uno,
nos pasa a todos,
ayudamos con todo
lo que tenemos
aunque sea sólo
un creciente y nuevo
corazón.
Mirih Berbin
***
Encuentro con dron
Aquella tarde
ví los verdaderos colores del sol
al mirarlo directo a los ojos
después de hacer
una danza en el aire
el colibrí se posó en el cable
a descansar
y cruzamos las miradas
hasta su vuelo
Al descender
diviso a lo lejos
una extraña ave
con un canto de motor
le hago un zoom con mis ojos
se detiene en el aire
y extiende su lente directo a los míos
Skarlet Boguier
***
La tierra vibró tan sólo
treinta y nueve segundos
y luego silencio denso,
feroz antesala
de la noche y de la nada.
¿Cuántos besos quedaron ahí,
esperando su momento?
como ese abrazo
que no sucedió,
y nos entrega impávidos,
al sueño inevitable de la muerte.
Cipriano Castro
***
La tierra se estremeció, solo una tregua de treinta y nueve segundos para un nuevo rugido, las estructuras se movieron y en La Guaira cayeron los cimientos, se desplomó una ciudad entera, ésa que una vez fue un paraíso.
Amanecimos con una herida inmensa, un país de luto, con más de dos mil pérdidas humanas, un sangriento episodio que pasó en cámara lenta dejando cicatrices.
Los protagonistas de las terroríficas escenas relataron sus historias, lágrimas, preguntas sin respuestas, tristeza, dolor, resignación, gratitud e incertidumbre, una amalgama de sentimientos que varían de acuerdo al personaje.
No hubo guión, no hubo ensayo, ¿solo azar, destino o causalidad? ¿Quién sabe? Sólo sabemos que este cortometraje de ochenta segundos hizo crujir el alma de mi pueblo.
Muchos muertos, mutilados y otros con una herida que no sana, abrazando recuerdos, abrazando las sombras de un ayer, tratando de revivir las escenas donde fueron felices, se duermen llorando... abrazando la ausencia.
Dayana Chirel
***
1.
Nace en la grieta
una semilla insiste,
tiembla la tierra.
2.
Treinta y nueve
segundos y el silencio
aprende a hablar.
3.
Bajo escombros
la raíz no se rinde,
oscuro germen.
Kreysi Dersi
***
Crujió la tierra bajo mis pies
Crujió la tierra bajo mis pies,
quebró la vida con el asfalto,
destino incierto sin un después
el latido al abismo dió un salto.
Miradas perdidas entre grietas,
toda existencia dió un gran revés,
se desdibujan vagas siluetas,
crujió la tierra bajo mis pies.
Rueda un juguete cual fiel testigo,
una súplica se escucha en lo alto,
clamo al Padre mano de amigo,
quebró la vida con el asfalto.
En la penumbra de aquella tarde
el Salvador con su sencillez,
brindó su apoyo sin mucho alarde
destino incierto sin un después.
Con el alma herida y agradecida,
al mundo con humildad exalto
unió costuras en la partida
el latido al abismo dió un salto.
Liliana De Toma Jiménez
***
Como la esperanza
Se ha de renacer
infinitamente
entre los escombros
con cada aliento
como la esperanza.
Alexis Escalona Santana
***
Ese día, se desnudó la tierra,
para mostrar sus raíces.
Un silencioso rugido
estremeció nuestros cuerpos.
Las aves emigraron antes de anochecer,
los pájaros no vinieron por su arroz;
quizás querían avisar
con su ausencia,
el gran rugido de la tierra.
¿Cómo entender
que existen millones de grietas
en un pedazo de tierra?
¿Cómo explicar a mi nieto
que mientras corríamos
escaleras abajo,
miles no pudieron hacerlo
porque el cemento,
el hierro se hicieron cómplices?
Ese rugido no se olvida,
prohibido olvidar las noticias,
prohibido dejar de respirar dolor,
prohibido no ver tantas grietas
profundas en Venezuela.
Yacen los cuerpos
bajo sábanas blancas,
la transparencia del silencio
me envuelve.
El rugido sigue en mi cuerpo
tembloroso y triste.
Ya no seremos los mismos,
la historia cambió de rumbo.
La vida ahora es un instante,
dejamos todo lo que fuimos.
Fuimos todo lo que dejamos.
Doris Galíndez
***
Aquí el sol no es un pretexto poético, es el peso insoportable que lo deforma todo. No hay sentimentalismo burgués, sólo la realidad desnuda, el absurdo de la naturaleza y la indiferencia del universo.
Hoy la tierra se ha movido en Las Tejerías. Recibí un mensaje, pero los teléfonos no cambian el clima.
La gente corre y grita por la calle. Los perros ladran a la nada buscando una lógica que no existe. Si la tierra tiembla de nuevo, que me encuentre aquí sentado.
El sol del 24 de junio era como un bloque de plomo. Hacía tanto calor que el aire vibraba antes del temblor.
Cuando la tierra se sacudió no pensé en un castigo divino. Pensé en la fricción de la piedra chocando contra la piedra bajo mis pies. Un edificio se agrietó como un huevo cocido. La naturaleza no nos odia, simplemente tiene movimientos que no nos toman en cuenta.
Camino por el medio de la calle sin mirar a los lados. Un golpe de calor me recuerda que sigo encerrado en este cuerpo. Nada ha cambiado, en realidad. El mundo sigue su marcha.
Todos gritaban el nombre de Dios en la plaza. Es curioso cómo la gente busca palabras largas cuando el suelo se estremece.
El sismo duró treinta segundos o quizás un siglo, los relojes no sirven cuando la tierra se balancea.
Al terminar, el silencio que quedó era más pesado que el mismo temblor.
La iglesia del pueblo se tambaleó como un borracho. La campana dio un solo golpe, fuera de tiempo, un eco falso. Y se alborotaron las avispas.
Mientras los hospitales de todo el país colapsaban atendiendo sobrevivientes y heridos, en el hospital de Las Tejerías sólo se presentaron casos de picados de avispa.
Los fieles salieron corriendo, tropezándose entre ellos. Me preguntaron si tenía miedo de morir. Respondí que morir hoy o morir a los ochenta años es exactamente lo mismo.
Vi caer un muro de adobes viejos. No cayó con ruido de guerra sino con un suspiro de polvo. La nube gris lo cubrió todo. La gente tosía a mi lado buscando rostros conocidos. Yo me limpié el polvo de los párpados y seguí caminando hacia ninguna parte.
Un vecino corría buscando las llaves de su casa destruida ¿Para qué cerrar una puerta que ya no sostiene ningún techo? El apego a los objetos me resulta ajeno, casi cómico. La tierra se mueve para recordarnos que no somos dueños de nada, ni de las paredes, ni del día de mañana, ni de la mujer que llora abrazada a mis rodillas.
Llevaron la imagen del santo a la mitad de la calle. Le rezaban para que calmara las réplicas del sismo, pero el yeso no tiene oídos y la tierra no sabe de promesas. No hay misterio en ello.
Si el suelo vuelve a vibrar, las estatuas caerán primero, es una ley física elemental.
Al otro día, a las cuatro de la tarde, el subsuelo volvió a gruñir un temblor corto, un recordatorio innecesario.
La multitud volvió a entrar en pánico, un reflejo automático y torpe. Yo ya me había acostumbrado al vaivén. El universo es una máquina que se ajusta a sí misma y nosotros somos sólo hormigas.
La noche del 24 de junio el cielo era vasto, negro e indiferente. Yo me acosté en mi hamaca sintiendo la vibración residual de las rocas profundas. Extrañamente en paz, absuelto de toda obligación, comprendiendo que el desastre y la vida son la misma vaina efímera.
Manuel García (Max Bembo)
***
Desecho. Desechado. La mirada se vuelve blanda y lenta como el hambre. Los brazos dejan de alzar vuelos otrora fluidos y marcados por un planeo en cámara lenta. Ahora todo es parido por lo vertiginoso, por lo que no se sabe, por la zozobra y una angustia que muestra señales de ser perpetua. Los pies lucen el cansancio de pasos dejados en cada esquina en la que respira el eco de una mala vaina. Un fantasmeo toma la escena y la historia da el giro inesperado que encanta, porque sentir excitación habla de estar vivos negando lo moribundo que nos habita. El traslado se hace desde el dolor no bien administrado, no aceptado como crédito o banda sonora de una historia que como un loop, nos restriega en el rostro, risotadas de payaso desvencijado. De un lado (en tiempo pasado perfectísimo) la risa era una constante sin razones previas, sin motivos ni reales ni aparentes, sin la búsqueda de complicaciones varias. Las voces mostraban claridad de vidrio limpio y las palabras solían ser pronunciadas con el respeto que ahora descansa en una especie de frase luctuosa. Antes, ese lado era una fiesta non stop y desde la algarabía, los cuerpos buscaban darse el fuego primigenio y así crear otras candelitas que al crecer, serían flamas serias y con la profundidad de lo sabio. De este lado, la vida era una celebración de lo noble, de lo bello. Ahora, sin aviso, sin señales, sin advertencias, la piel se sirve inmisericordemente para que sólo lo oscuro tenga voz y voto, poder desde un podium construído con el resto de lo que alguna vez fue madera fina. Ahora toda palabra proferida, tiene el tufo que sólo la ignorancia exhala desde su costra secular. Ahora la vida era el descuento incesante de aquello que daba brillo y luz a la presencia. Una pregunta rebota como un balón pateado por bobos millonarios “¿En qué momento la mierda empezó a ser vista y codiciada como si fuera oro?” La respuesta no hace acto de presencia y el miedo abarca más terreno que antes. Basura, es el único término que echa raíces en tierra negra y asustada. El paisaje, luego de perder la memoria de los colores, se muestra enjuto, tristemente célebre, dejando amargor en la mirada. La exclusión es la norma, la regla, la ley. La separación promueve gran cantidad de sectores en los que el denominador común es la arrechera ad libitum. Ahora los dedos sin látigos de los que cuelgan un montón de caricias que no llegaron a darse por esa manía de esperar “un momento especial”. Ahora es un Momentum aterrador el que despliega pasillos y umbrales para hacer del castigo, santa palabra. Llanto. Lo que se oye es llanto, la pena cuelga de cada cuello como un rosario, y cada cuenta, es una verdad que por prejuicio, no fue pronunciada con los honores correspondientes. Arrumados. Esa es la novísima condición. Como sacos pestilentes que ayer contenían flores, hoy esos pétalos son llagas purulentas convertidas en signo inefable. Unos tras otras, en densa marcha, habitamos un espacio del que siempre se había escuchado hablar desde la ficción. Hoy la realidad supera esas ínfulas de verlo todo como recién inventado para lograr efectos de corte literario y sella el destino de todos bajo un eco intermitente: olvido. Preguntar ya no es ni urgente ni necesario, es como si todo el mundo, desde el silencio, esperaban este resultado procurado por la necedad con la que se jugó muy pendientes de perder. De este lado, mínima lumbre y oración cansada. De este lado, lamento inútil y fuerza desnutrida. No hay valor. No hay premio valioso. No hay palabra vestida de cordialidad. De este lado, negrura malsana y una maldición que flota como una bomba aerostática de la que salen vapores que inducen al constante vómito. Los cuerpos lucen costillales como si fueran reses carcomidas por la inanición. El arrastre de los pies propone una sonoridad pasmosa, como sin la muerte llevara la batuta y en una sinfonía atonal, fijara un fin que no llega, porque este lado y el infierno, son parientes. Un Ave María se escucha a lo lejos, mientras alguien ríe con la burla atiborrada en la boca. Nadie pide que termine. Nadie pide que cese la ignominia. Nadie solicita pausas ni explicaciones. La culpa jamás había tenido tanta razón y tantas mentes disponibles. La resignación se ve fortalecida y pagar se asume como un ritual lastimero. Los días ya no se cuentan, pasan sin nombre y sin honor. La danza de este lado se impone con la saña del dolor y la intención de lo que produce asco absoluto. Una última canción es cantada como un himno a lo dejado atrás y el olor agridulce de lo que perece, le otorga muecas de indigencia a cada hombre y cada mujer que con el ritmo de quien va al cadalso, se van despojando de jirones sobrantes para entregar su humanidad entera al oprobio. El luto se clava justo en el pecho. La bendita cruz, nunca antes había tenido tanto sentido. Las iglesias callaron su maldito canto… Amén.
César León-ladagaOxidada
***
Cuando lo malo se vaya
Cuando el rugido se vaya
y nos veamos de nuevo
nos contaremos la forma
como evadimos la muerte.
Cuando lo malo se vaya
y mi sonrisa te encuentre
el abrazo será muestra
de una vida nueva en puertas.
Con el corazón lloroso
celebremos las ganas
de seguir siendo muchas
manos, brazos, ojos, rostros.
Cuando este crujir seco pare
habrá de nuevo tiempo
de acompañar, hablar y ser
humanos otra vez
caminaremos.
Luis Lira Ochoa
***
El canto de la grieta
¿Quién le enseñó
a rugir a la arcilla
a este suelo
de palmeras y olvidos?
Madre telúrica
vieja ausente
hoy te pareces tanto
a las poetas que callan
guardas el fuego en las entrañas
y cuando el silencio te ahoga
pides la palabra
con un grito de piedra
Miro la zanja
que dejaste en el patio
un tajo limpio
dividiendo el mapa de la casa
Allí donde se hundió la esquina
alguien de cuyo nombre
ya nadie se acuerda...
dejó una carta a medio escribir
un café
más se enfrió en la sacudida
una vida que se volvió
escombro y eco
No eres cruel... tierra mía
sólo estás cansada Cansada de sostener
el peso de nuestros pasos ciegos
Por eso tiemblas
por eso crujes
para recordarnos
más polvo somos
bailando sobre el lomo
de un gigante dormido
Bettina A. B. Magdaleno
***
¿A qué vino el terremoto? Se preguntan unos pocos, otros lo asumen como algo cíclico y natural. Sin preguntas, pasó y ya. Pero, acaso usted no sintió moverse los cimientos del alma, el alma de nuestro país, o simplemente asume que fue Saturno devorando a sus hijos. Lo cierto fue que tembló el budare, se resquebrajó la arepa y nuestro pabellón sangró; de rojos matices, se tiñó el cielo.
Nos habló la tierra: - Terremoto - Te ~ rre ~ mo ~ to… palabra repetida, estremecedora. Un énfasis que en treinta y nueve segundos sacudió al tricolor - arrancó vidas, con la misma indiferencia con que usted lanza su basura al mundo. Retumbó la verdad de una grieta, la más grande de todas las heridas que hace mucho viene soportando.
¡Desplomes… ¡Unos quedaron en shock, otros, tapiados en vida; otros congelados en el obediente uniforme… “inertes como si nada pasó”, otros cual androides con alma, removiendo escombros con sus dedos sangrantes. No faltó algún rábula echándole la culpa a Dios. Sin duda hay réplicas obnubilando los sentidos. Ciertamente hay zonas en escombros y ruinas; como miseria humana en algunas mentes. Algunos aprendimos alguna lección, otros nunca aprenderán nada. (ni con diez temblores).
Hoy con cada vida salvada vibraron corazones, viendo a Tsunami moviendo su cola - se desbordó en lágrimas el mundo, tu mundo, mi mundo; lágrimas limpiando nuestra ceguera; dolor que vino a disipar los límites, a romper las divisiones y recordarnos lo que realmente somos “ni escuálidos, ni gorgojeros”. Cayó la ideología y la palabra HERMANDAD, así en mayúscula se elevó hasta cielos. Hay dolores que llegan para remover la fibra humana. Para recordarnos que estamos hechos de bondad, de compasión, altruismo y otredad; que no somos simples zombis, ni un avispero de rábulas concupiscentes. Los venezolanos somos luz, esa luz que brotó de las entrañas apartando sombras con el brillo de la solidaridad.
A los caídos llegue nuestras plegarias.
¡Dios es amor y con él, Venezuela se levanta!
Argelio Martínez
***
Tal vez el tiempo sea
la más cruda evidencia
de que es precisamente
una grieta
lo que sostiene al hombre.
Benjamín Eduardo Martínez Hernández
***
Telúrico
aún vibra
el cuerpo
39 segundos
de nuestra
memoria.
Ysbel Mejías
***
Diario
No sólo es desafortunado
este pueblo
sino sus habitantes dijeron los señores
cuando ocurrió el terremoto de 1812 y después
lo volvieron a decir en 1967 cuando varió
el ritmo del cielo y los supermercados
fueron patas arriba resbalando en sus propias conchas
Con sus neveras potes de maíz vinos en latas
y las mansiones cayeron a tierra
y yo custodié mi casa puse estacas en mi cama
perolas de leche
y hablé con mi papá y mi mamá de la muerte
soplándole un cabillazo a la noche
perturbado por el sueño
y la ciudad tapiada…
IGUALITO a Jack Lemmon
en Días de vino y rosas
me levanto
y busco la última botella
de ron
entre los helechos.
Vuelto añicos
En los primeros vidrios del día
contemplo
el rostro ido de mi madre muerta
y a tu voz desde la habitación
que me dice:
«No serás Rimbaud en la Comuna».
«No serás John Keats
metiéndole fuego a la muerte».
«Ni el gran Ted Williams y sus tres coronas
de bateo bajo el juego de luces
del Fenway Park».
—Como ofidio manso repto por la casa—.
Desnudo como Nabucodonosor
comiendo paja por todo el apartamento
me encierro en el balcón.
Habito y hablo con las bestias
de reyes perdidos.
William Osuna
***
Escombros
Tarda pero no olvida
¿qué es lo que tarda pero no olvida?
el pensamiento no puede intentar
algo más que repeticiones
Visión adivinatoria busca restos de luz
vislumbra el temblor de la oscuridad
hay polvo flotando cerca de la nariz,
el olfato aumenta, la sed aumenta,
la desesperación es un ser que empuja
tratando de quitarse de encima a otro ser
El tacto sufre, el cuerpo disminuye
entre materiales sólidos invisibles,
la audición funciona más y más
pese al polvo que ha entrado en los oidos,
lejos se oyen gritos, motores,
ladridos y más cerca algo tan parecido
¿a una tribu? ¿al corazón
que también danza en la cabeza?
Los ojos parecen estar cerrados
pero los mantiene abiertos
por todos lados escucha rasguños
José Pulido
***
En estos momentos, en los que hablar de literatura puede parecer un acto frívolo, recuerdo un capítulo de la Rayuela de Cortázar, en el que Oliveira llama a las palabras "perras negras". Era un insulto para expresar la angustia que le producía la incapacidad del lenguaje para nombrar la realidad cuando es rebasada por una contingencia, como esta que hoy enluta a Venezuela.
No obstante, otra lectura puede pedirnos a gritos que dejemos salir a las "perras negras", porque mantenerlas prisioneras las puede convertir en una jauría demoledora de emociones o, también, se pueden morir dentro de nosotros, y su descomposición nos enloquecería.
Solo la palabra puede quitarles peso a esas imágenes dolorosas que hoy nos embargan. Habla de tu dolor, así no puedas explicarlo.
Les Quintero
***
Temblores en la noche de San Juan
Digo que en esta noche
de San Juan,
la mano del Leviatán
tiñe de negro todo el espacio.
Los edificios se asoman
a sus ventanas
presienten el doble
escalofrío.
Tambor de selva, danza salvaje
¿este será el último paso?
Espigas de adrenalina
barren la sangre,
figuras corren,
figuras quedan
con el abrazo de despedida.
La tierra lanza rugidos,
exige la propiedad privada
de su equilibrio
¡Ay qué dolor!
Mis vecinos, familias,
amigos, hermanos
todos y cada uno,
en el doble destierro
de sus espacios.
Digo que San Juan
en este dia de su festejo,
voltea la espalda
y dos veces agacha el dedo
Alguien grita:
"Llega el rescate".
¿Allí es dónde quedan
sepultados los suspiros?
Mi tristeza se agrieta
¡Ay qué dolor!
Dolor de parto
por mi patria tan devastada.
Impotente siento
derrumbes
mientras mi mano excava
mi unico Haikú:
"Me siento muda
temblor en mis entrañas
se cae mi alma"
Gladys Ramos
***
Tremor del suelo
relámpago de la tierra
parda y rota
Solange Rincón
***
¿Por qué?
¿Me pregunto por qué?
Son lecciones
dirían los sabios teólogos,
los constructores
dirían fallas de diseño.
Y para esa madre
que perdió a sus hijos,
¿por qué fue?
Para ese padre
que sacó el cuerpo inerte
de su familia
¿qué fue?
Y tú te quejas
porque perdiste el bus.
Yudexmar Rodríguez
***
Hoy entro en esa ansiedad
reconociendo que no es sólo mía.
Está noche extrañamente fría
se detiene nuevamente
la arena que indica
lo que se debe o no hacer.
Pero aquí estoy,
estamos apostando
lo que habíamos escrito.
¿Es que acaso se perdió
el derecho a soñar?
Esos acordes
ya no suenan igual...
Las grietas cada día
siguen dando paso
a esa cuerda floja
que habitamos
¿Los pájaros sienten lo mismo?
Ayer uno de ellos
me pasó por la cabeza
eran las seis con 45
y para mí fue tan extraño
que me visitará en el patio,
aleteó tan fuerte,
no se de su mensaje.
Ya todo es tan incierto,
el cielo y su púrpura,
naranja y turquesa
a las siete con treinta
como aquel 24
dónde salió el sol
a la izquierda.
¿Que pintamos está vez?
¿Que expresamos
sin temor a ser enjaulados?
Silencio, el olor de las almas
lo trae el viento...
La oscuridad invita
a detenerme,
pero la vida
sigue siendo lo tenernos,
el querer seguir tejiendo...
Yeniffer Sabaleta Arcano
***
Más allá del terremoto
Ando en búsqueda de mí.
No sé cuándo
No sé dónde
No sé cómo
No sé porqué
Solo sé que me perdí
y también sé que todos
podrían vivir sin mí,
menos yo.
Desespero cuando me espero
y no aparezco;
entonces, acudo
a mis paraderos
acostumbrados,
pero, así será mi tristeza,
que sólo veo escombros.
Me detengo en cada sitio
a ver si me consigo.
Ya me asusta llegar
y no reconocerme.
¿O será que mis paisajes
ya no son los mismos;
que no conseguirme
es no conseguirte;
que ya no estamos
ni tú ni yo ni el lugar
ni nadie porque la furia
temblorosa de la tierra
fue tan grande
que tumbó al cielo
y éste arrastró todo
con él en medio
del más horroroso
de los estruendos?
Eliezer Salinas Delpino
***
También hay que honrar
a los salvados.
Yo los abrazo
yo les sonrío.
Sonreímos todos
los salvados, tú y yo
sonreímos.
Y también lloramos.
Por los muertos
por nosotros
por los salvados.
Porque ellos se han quedado
solos. Sus antiguos
hogares ahora son escombros.
Sus mascotas, su vieja radio
la cobija preferida, su laptop
su celular con las fotos de sus hijos
esos niños que nunca más
estarán a su lado.
Todo se ha ido, la vida
que tuvieron ya no será.
Pero allí están, de pie frente a sol
los salvados.
¿Acaso no hemos hecho lo imposible por ellos?
¿Acaso no hemos escarbado la tierra
con nuestras manos desnudas
buscándolos?
Honrar a los salvados
es honrar también a los muertos.
No seamos injustos.
No los dejemos a un lado.
Míralos, existen.
Por un instante, sonríeles.
Míralos, en sus ojos
permanecerá para siempre
un brillo perdido
en cierto modo, desquiciado.
Pido respeto, un momento
de silencio y sonrisa, a su lado.
No debemos olvidar
a nuestros muertos
pero tampoco
a nuestros salvados.
Fedosy Santaella
***
Mis flechas mortíferas
no vuelan,
transitan como hombres.
Rumiando a ciegas,
resisten,
no se apartan
para oír mi réplica.
El crujir de sus miedos:
son espinas intentando vivir
de la acumulación del polvo
con los labios apretados
y los ojos entreabiertos.
De su ira a la mía
el silencio arranca
lo que sobra.
Pero yo abro grietas
de carne profunda
con el mismo hachote
que abraza furiosamente
a los suyos.
Y aún ahora,
que siento mi alma
no me detengo a pensar
en sus raíces,
como si la muerte
fuese el último punto
dónde quiero esconderlas.
Iliana Santana
***
La noche cae
La noche cae y con ella,
las angustias de oír gritos y gemidos
ahogados tras toneladas de concreto.
La noche cae y con ella,
el temor de ver llorar el cielo
sobre los crujientes hierros.
La noche cae y con ella,
los párpados cansados
de no dormir...
de tanto llorar.
La noche cae y con ella,
la incertidumbre se hace eterna.
La noche cae, ¡Dios!
pero que no caigan
las esperanzas.
Emalida Viloria
***
39 segundos
El reloj es un animal que respira en la nuca.
¿Qué carajo importa el presente?
Te ríes y saltas en un desorden sin fin
mientras la ciudad sigue gritando, ignorante,
en su vieja rutina de humo y concreto.
Treinta y nueve segundos.
Te llaman, te llamo, nos llamamos...
Los nombres se vuelven listas de urgencias
y los rostros dejan de ser anónimos:
ahora nos pertenecen a todos.
Treinta y nueve segundos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco...
Miras: todo desaparece.
La nada se torna gris;
los gritos, el polvo, la tierra
que cruje bajo los pies.
Treinta y nueve segundos para mandarlo todo al carajo.
Rabia, ansiedad, el miedo seco, el llanto.
Treinta y nueve segundos...
y, de pronto, el peso del vacío.
La saliva sabe a ceniza.
Ya no hay conteo, ya no hay prisa.
Sólo queda el silencio.
Cedric Zambrano
(Fuente: La voz del Valle de Caracas)


























