Alberto del Rosario
Las cadenas aguardan en las muñecas de un hombre que se durmió en la salvación. Alberto del Rosario Mejías, el nombre de la percepción en las playas de Lechería, se transformó en una bestia de amor amargado y vacío; sin nada que decir, lo hizo y ya.
Alberto es un hombre que vive con una familia cerca de Caracas. Su esposa, María de Mejías, lo espera con un pastel en su «mesa de los deseos», rodeada de sus hijos pequeños, tan tiernos, que llaman a su padre: «papá, el héroe de todos».
Una noche, sin más que agregar, Alberto se marchó de casa en su viejo Toyota de antaño. Con sus zapatos Adidas del 23 pisó los pedales y dejó a la familia, antes estable, debajo de una mesa. El din, din, din de la puerta abierta del carro lo vuelve más cano; sus manos están empapadas en sangre y la camisa revolotea con manchas benditas e inocentes sobre su corazón de «buen padre».
Se dirige a Barcelona con su motor a punto de descansar. Alberto se detiene en una gasolinera llamada «El Progreso». Mientras el tanque saborea el combustible, él paga con una sonrisa y, sin decir nada más, suelta un: «gracias, muy amable». Se monta en el coche y el run acelera; toma la carretera de prisa para llegar a Lechería, la playa de la Italia Venezolana
Al amanecer, los primos de María encuentran los cadáveres regados por toda la casa; la estabilidad del hogar ahora es el epicentro de un corazón amargo. Mientras tanto, Alberto «progresa» como la gasolina en sus venas y llega tranquilamente a su destino. Se detiene a comer una empanada de carne que sacia al hombre maldito de sus cadenas. La salsa de ajo evoca la claridad del pastel lleno de azúcar; la malta fría se siente como el acto del cuchillo en los senos. En Caracas, la casa aún espera por el héroe de todos.
Alberto se despoja de la ropa y se sumerge en el mar. Se quita el sucio pulido de las lágrimas del hogar, sintiéndose feliz en esas horas de «salvación» hechas de carne tirada en la cocina. Nada como un baño de sal tras el baño de sangre en la mesa ahorcada de Caracas. Sin nada más que decir, se hospeda en el hotel Maremares. Con el dinero sucio extraído del rincón de la cama y el Cristo susurrando en su palma, paga la habitación. Se queda dormido con el peso del anillo en el dedo y el bautizo del milagro en sus brazos
La brisa se acomoda en las ventanas de la miseria. La playa contagia sonrisas de niños y madres en un hotel que ahora aloja a un asesino suelto. Alberto despierta en su «Domingo de Gloria» ante una mesa rebosante. El aroma del ceviche "vuelve a la vida" inunda sus narices llenas de polvo de ángel; mastica la sabrosura del redentor en su boca. En su estómago imagina el canto de su hijo debajo de la mesa: sangre idiota… vuélveme la vida…
Se viste para ir a una misa cerca del hotel. Llega a la iglesia bajo el sonido de campanas a fuego lento. Los devotos se agrupan frente al altar de Jesucristo. Alberto entra con colores en las manos y el estómago lleno de calamares. Se arrodilla y exclama:
—Padre, perdón, porque he pecado en los mares llenos de carne bendita, debajo de la mesa del buen Dios. Padre, perdón, pero me siento… me, me, me siento rodando por el sacrificio eléctrico en la cama de la divinidad.
De pronto, una sirena suena como las trompetas del cielo; «El Progreso» ha llegado a su fin. Los recuerdos se fragmentan. La policía entra en la iglesia y lo encuentra arrodillado frente al altar. Sin forcejear, con la mirada perdida, Alberto se deja vencer por las manos de la justicia. Le colocan las esposas junto a su anillo brillante y lo escoltan a la patrulla de la salvación, encadenado de muñecas.
El carro quedó como un hilo suelto en la carretera de Caracas.
***
Amanda
Durante el transcurso del mes, empecé un nuevo semestre en la Universidad de Carabobo. Allí conocí a una linda chica llamada Amanda. Ambos asistíamos al núcleo La Morita; yo para estudiar Contaduría y ella Bioanálisis.
Solíamos hablar durante las horas libres. Un día, empecé a hacerle preguntas personales; reconozco que me pasé un poco al preguntarle sobre sus padres, si se llevaban bien y si tenía novio. La verdad es que ella era una chica de casa y no tenía pareja, lo cual me alegró. Sin embargo, me invadió una pequeña tristeza al enterarme de que su padre había muerto y que su madre, según dicen, estaba en rehabilitación. Yo no sabía nada de esto, así que le pedí perdón por aquellas preguntas que resultaron ser un puñal para ella. Por suerte, no se molestó ni se puso triste; al contrario, me dijo que buscaba a alguien para desahogarse y me sentí afortunado de ser yo quién escuchara su historia
Me fue contando cosas profundas que de verdad me impactaron, pero no era el momento ideal para terminar la charla, ya que el tiempo del receso se había acabado. Lo poco que llegó a decirme fue que su padre murió en un accidente y que se rumoreaba que su propia esposa —la madre de Amanda— lo había provocado. Aquello me dejó helado y con ganas de saber más. Ella me prometió que me lo contaría todo al terminar las clases y que la esperara afuera.
No pude concentrarme en toda la tarde; estaba realmente intrigado.
Cuando dieron las cinco de la tarde la espere afuera pero no llegó y fue raro, la busqué en su salón, pero no estaba. Les pregunté a sus amigas y me dijeron que se había ido sin decir nada. Me extrañé y empecé a buscarla por todo el recinto sin resultados. Me desesperé porque no sabía dónde vivía, pero logré calmarme pensando que volvería al día siguiente.
Al llegar a casa, me desvestí y me preparé algo caliente porque tenía un frío descomunal. También tenía hambre, así que hice un pequeño revoltillo con lo que quedaba en la nevera. Me lo comí pensando en Amanda... y pensaba... y pensaba. Terminé mi cena y me acosté, no sin antes rezar un poco.
A la mañana siguiente me levanté con algo de fatiga; sentí el piso frío bajo mis pies dormidos, pero debía estudiar antes de irme. Me preparé unos tocinos fritos y comí rápido porque tenía examen y, como siempre, no sabía nada. Al llegar a la universidad, busqué a esa joven preciosa, pero nadie la encontraba. Ni siquiera los profesores sabían por qué faltaba. Me preocupé tanto que hablé con el director, pero él ya sabía que Amanda no había asistido; no había reporte de enfermedad ni justificativo alguno.
No sabía qué hacer. No conocía su dirección ni con quién vivía, más allá de lo que me contó sobre sus padres. El rumor ya corría por los pasillos, pero nadie le daba importancia. Me dirigí al salón. En el receso, me senté solo en un banco; no pude probar ni la galleta que guardé para la merienda.
Al terminar las clases, regresé a casa agobiado por las tareas. Me desvestí y encendí la televisión para desconectar. Pasé el canal 4, luego el 5, y de pronto me encontré con un noticiero:
"En la mañana de este martes 26 de abril de 2026, se encontró un cuerpo a las orillas del Lago de los Tacariguas, oculto bajo el Puente de la Cabrera . La víctima ha sido identificada como Amanda Guerrero. Fue brutalmente asesinada con un objeto punzante. Las autoridades han descubierto que el autor del crimen fue su madre, Leonora de Guerrero, quien posee antecedentes penales por robo a mano armada y era sospechosa de la muerte de su esposo. Según los informes, la mujer confesó haber matado a su propia hija mientras dormía en casa de su abuela, quien también fue asesinada. Hasta el momento, se desconoce el motivo detrás de esta macabra decisión."
Sentí un peso muerto caer hasta mis pies; un frío y helado de miedo recorrió todo mi cuerpo. No podía creer que la joven más hermosa que había visto en toda mi vida, había sido asesinada por su propia madre. Aquella mujer, sumida en la locura, le había arrebatado la vida a la misma persona que solo buscaba un poco de paz.





















.jpg)






