lunes, 19 de octubre de 2026

Sobre prestar libros | Ingrid Chicote

«Nunca prestes libros, nadie los devuelve jamás; los únicos libros que tengo en mi biblioteca son libros que me han prestado otros.»

Anatole France


Una de las discusiones más viejas y amargas en el mundo de la lectura gira en torno a ese acto de fe que se resume en prestar un libro. Durante décadas, la frase de Anatole France ha servido como una coartada perfecta, un salvoconducto cínico que convirtió la deshonestidad en una suerte de "tradición literaria". Con esa ironía de salón, muchos justificaron quedarse con lo ajeno, amparándose también en aquel dicho popular que sentencia: «Es tonto quien presta un libro, pero más tonto es quien lo devuelve». 

Yo me niego a aceptar esa lógica perversa. Pienso que quien no devuelve un libro no es un bibliófilo astuto ni un heredero de la ironía de France: es un traidor a la confianza empeñada, un deshonesto y un ladrón.

He perdido libros al prestarlos. Libros míos, únicos, preciosos. Nunca pude negarme a compartir la lectura porque para mí leer es una experiencia colectiva, un fuego que no se puede apagar ni guardar en soledad. Al entregarlos en manos ajenas, siempre dije:


—Por favor, léelo y devuélvemelo. Me lo regaló el autor.


—Por favor, cuídalo y devuélvemelo, es mi único ejemplar.


Pero fue en vano. Presté libros autografiados por sus autores, dedicados por mis amores más entrañables y por mis familiares. A pesar de la fe que deposité en esas personas —cuyos nombres me reservo, aunque les haré llegar esta entrada—, jamás los regresaron a mis manos. El costo de esa pérdida no fue solo material: acabó con el respeto que les tenía y liquidó, de golpe, la amistad.

No devolver lo prestado no es una distracción inocente ni un olvido excusable; es una forma de apropiación indebida amparada en la condescendencia. El deshonesto se escuda en la frase «es solo un libro» o en la gracia prestada de Anatole France para disfrazar un hurto, ignorando que se está quedando con la memoria, el afecto y el patrimonio emocional de otra persona.

Yo, que no puedo comprar todos los libros que quisiera leer, devuelvo religiosamente los que me prestan como un acto elemental de gratitud y decencia, aunque confieso que he perdido libros ajenos. Cuando tengo un libro de papel ajeno entre las manos, uso un cuaderno para tomar notas de lo que más me impacta, de las frases que me hacen pensar, de mis propias reflexiones. Tengo cuadernos llenos de poemas y epígrafes que tal vez use algún día. 

Con esas anotaciones he construido mis propios cuadernos, que hoy son parte vital de mi biblioteca personal sin necesidad de despojar a nadie.

Con el tiempo me he percatado de que prestar un libro es como ceder un riñón, un pedazo de hígado o una bolsa de sangre. Sin embargo, quien lo recibe a menudo no lo aprecia; es incapaz de entender esa sensación de desgarro y miedo que sólo es vencida por la promesa empeñada: «Te lo devolveré».

Borges decía que, mientras la espada o el arado son extensiones de nuestras manos o de nuestros brazos, el libro es algo mucho más sagrado: es la extensión de la memoria y de la imaginación. Por eso, haber perdido libros me ha dolido en las entrañas, porque perderlos es sufrir una mutilación. 

Para mí, ese despojo es un duelo real: un dolor metafísico, como si me hubieran quitado la bombona de oxígeno o el marcapasos. No es una exageración: es una herida auténtica. Quien ha recibido un libro de mis manos y no lo devolvió, se quedó con un fragmento de mi propia memoria, dejando un vacío afectivo y una decepción profunda.

Prestar un libro era mi forma de celebrar la amistad como «el invento más bello del hombre», como decía Aquiles Nazoa. Pero la amistad, como todo bello invento, también tiene sus disfraces, sus grietas y sus calibraciones. Quien no devuelve lo que le fue confiado, además de ser un ladrón de papel, es un traidor de la fe humana.

Pese a todo, yo seguiré apostando a la lectura y a la fraternidad. Seguiré compartiendo mi biblioteca, pero de ahora en adelante me reservaré los libros únicamente para mi corazón.


15 de octubre de 2026

Máximas para agarrar mínimo (VIII) | Luis Valero


***


Lo fidedigno de la vida, solo lo entiende la belleza.


***


Los libros escogen a sus lectores.


***


La lluvia es un río que nace del agua.


***


El negro de la noche es una oscuridad iluminada.


***


El miedo es ausencia de amor.


***


Entre lo conveniente y lo apropiado está el resultado final.


***


Vamos donde la vida nos lleva.


***


Debemos trabajar a favor de la vida, no en contra.


***


Quien se crea superior, descubrirá el lado equivocado de la existencia.


***


En la totalidad de la nada, está el secreto de todo.

Cinco poemas de Leonardo Maicán

 


Otredad


No busque imágenes en la otredad. 

Aquí todo ha sido arrasado:

El Amor, el paisaje, la risa, 

los colores...


¿Ve aquel pájaro congelado

en lo cálido del cielo?

Evocado desde otra otredad

perdió el rumbo,

las plumas, el canto.


Váyase, poeta.

Recoja sus metáforas y lárguese.

Si a la puesta del sol sigue aquí

la noche lo dejará pegado como chicle

en la cara oculta de la luna.


***


Esos frutos míos 


 Estos calcetines míos

rotos de esperanza.

¡Vuelen como gorriones! 

Y que al pasar entre nubes

digan mis amigos: 

Allá van volando

los frutos de Leonardo.


***


Vieja acacia


Tantos años tenía la acacia

que ya sus flores no eran rojas

sino blancas

De un albor de canas

que llamaba al respeto

Albor de nieve que helaba la sangre

aun en la canícula.


***


Ayúdenme 


Yo solo no puedo

enderezar el mundo.

Encauzarlo.

Ponerlo en la dirección del águila

para que anide tonterías

en la cumbre de la Humanidad.


Ardua tarea encomendada

por mi siquiatra.

Tan difícil como diagnosticar el Párkinson

en la efigie de una moneda romana.


Ayúdame, malandro.

Tú también, joven ninfómana.

Es que yo solo no puedo.

Me canso como Hércules.


***


Madrugada: 15 de octubre de 2026


Yo no quepo aquí.

En este rincón del mundo,

yo sobro.


El mono y el monolito | Bernardo Vernáez


“La regla de oro”


Aunque para muchos la idea de reglas en los tiempos de las cavernas resulte un poco abstracta, la verdad es que existían pequeños códigos de conducta que les daban a nuestros antepasados una idea bastante aproximada de dónde, cómo, cuándo y sobre todo qué hacer ante una determinada situación.

Pero, como la mayoría de las cosas en los primeros años de existencia de los seres humanos, estos códigos de conducta conservaban un cierto encanto. Y este se encontraba profundamente ligado a la combinación entre sencillez y practicidad, dos aspectos claves para garantizar una de las cosas más valiosas de aquellos tiempos; la cochina supervivencia.

Mucho antes de que al sapiens le diera por embellecer estos códigos poniéndolos por escrito y llamándolas “leyes”, ya las primeras sociedades contaban con un método infalible y didáctico para poder transmitir estas enseñanzas a las nuevas generaciones, la palabra. Ya sea que se tratara de un virtuoso como Uhk que comprendía a la primera, o algunos un poco más “lentos” como Ohk que necesitaban un refuerzo adicional, preferiblemente algo que le dejara un chichón que le ayudaba a recordar, al final todos entendían, practicaban e integraban con eficiencia a su vida.   

Y de entre todas las que se tenía o se fueron incorporando, principalmente por conveniencia, pocas eran universales como “la regla de oro”.

“Si te paras continúas, si no, te dejo”. Una norma que no solo reflejaba la importancia de la locomoción y su relevancia como reflejo del estado anímico de la persona, sino también lo poco práctico del hábito, transformado en código moral por los sapiens, del placer de llorar por aquello que no contribuye en nada.

Después de agosto nos seguimos leyendo / XII

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001.


Mirih Berbin es poeta y traductora, su trabajo está concentrado en tres poemarios, también ha practicado la columna de difusión cultural y en esta oportunidad compartimos un cuento donde el deseo, la realidad y el azar juegan un papel inesperado. 


(mcabesa)


***


Sólo mi libro quedó


-Mirih Berbin-


Un día visitando la alcantarilla de Puerto Cabello, donde viví por muchos años, escuché que habían atropellado a alguien. De reojo vi y ahí estaba Juan, todavía en el suelo. Él es un hombre con el que tuve un acercamiento una vez. Salí corriendo a auxiliarlo, detuvimos un taxi entre varios y él y yo llegamos al hospital Prince Lara. Al ingresar a emergencias, Juan, que apenas podía caminar, se apoyaba de mí, su proximidad en silencio aceleró mi pulso. Juan era el músico más ordenado que había conocido en los tiempos que viví en el Puerto, él planificaba cada día como la partitura de una canción por escribir. Esos breves pasos me llevaron al momento donde nos conocimos, en la biblioteca municipal. Él me abordó al reconocer mi pensamiento caótico y mi imposibilidad de encontrar el orden de la biblioteca. Por varios encuentros, estuvimos hablando muy de cerca con la excusa de buscar libros entre los anaqueles mientras susurrábamos en algún pasillo para que no nos regañaran por irrumpir el silencio y mi pulso se aceleraba tanto, tanto. Pero la marca sin sombra en su dedo anular me recordaba a Rousseau cuando decía que la libertad es no someter la voluntad de otros a la nuestra. Juan no era libre.

Caminando, tan próximo a mí, yo sentía que su cuerpo me pedía lo mismo. Afuera doctores y enfermeras hacían su trabajo, adentro un breve instante nos asomó un portal. Comencé a limpiarlo, entre él y yo un mar de palabras no dichas. El doctor nos hace saber que va a llamar a una enfermera para que suture la herida de la pierna derecha. Estábamos solos, como en aquellos anaqueles y en el pecho caballos corriendo a la orilla de la playa. Estando tan cerca de él, su mirada en la mía, me fue imposible dejar de acercarme a su rostro y él al mío, un pequeño beso se sintió en los labios. Una breve risa entre ambos y la llegada de otros terminó con el tiempo detenido.

Pasado el rato, yo estaba sentada leyendo el libro _Canaima_ de Rómulo Gallegos, al lado de la camilla donde estaba Juan dormido. Una hora antes, me había pedido que le escribiera a la verdadera testigo de sus días para que viniera por él. De pronto, levanto la mirada y estaba ella hablando con el guardia de la entrada, me levanté de prisa, es decir, no sé absolutamente nada de ella, para mí es sólo una foto de perfil, pero esa era toda la información que necesitaba, entonces hice lo que cualquier persona haría en mi lugar, retirarme. Tomé el maletín de Juan, su instrumento, un eco y una placa que le habían hecho ahí mismo, los dejé en su camilla por orden de tamaño e importancia, como si se tratara de su biblioteca ambulante. Arreglando todo, observé que venía caminando la mujer, ya casi estaba en el sitio, tomé mi bolso de prisa y salí apurando el paso, ella no me vio. A la salida me di cuenta que había dejado mi libro y ya no podía regresar a buscarlo, entonces seguí mi ruta sin mirar atrás.

Juan se despertó con las preguntas de ella, quería saber lo que le había pasado, él iba respondiendo y mirando para todos lados hasta que se dio cuenta que yo ya me había ido, vio sus pertenencias como una biblioteca ambulante y sonrió, siguió mirando y ahí, en la silla de visitantes, estaba el libro _Canaima_ , supo que se me había quedado, siempre yo tan olvidadiza y desordenada. Desde entonces, mi libro _Canaima_ forma parte de una colección poco convencional, una colección de historias que viven secretamente dentro de su biblioteca.

La vida satisfactoria | Rubén Wong Subirat

¿Dónde está la vida 

satisfactoria que nos deben?


El plato en la mesa

sin el esfuerzo de una esclava 

en el Egipto bíblico.


La noche frente al mar

con tu novia 

sin que después haya un desastre. 


La madrugada sin niños muertos.

(En la tele una madre enseña 

las manos llenas de sangre 

mientras un presidente 

sonríe orgulloso. 

Ha eliminado a los enemigos 

de la civilización. 

Yo apago la luz y no puedo dormir).


¿Quién es el culpable de la vida 

satisfactoria que nos deben?


¿Dios?


¿Algún demiurgo esotérico?


¿Las probabilidades del átomo?


(Hay maestros que dicen: 

"Todo está bien". 

He visto sus caras 

en folletos de buena calidad. 

No saben callar 

ante las mujeres que lloran).


¿Quién sospecha la imposible, 

obligada, 

satisfactoria vida que nos deben?


El que no puede encerrarse 

en el diagnóstico de un siquiatra, 

ni en la enseñanza 

espiritual de moda. 


El que no puede ser vencido 

con estupefacientes.


El que no tiene salvación 

ni es perdonado 

en las conversaciones.

ReverdeSiendo (II) | María Corina López (La Colibrina)

 


¿Qué es ReverdeSer?


Hay momentos en los que la cultura necesita respirar de nuevo, volver a los valores y al arte, de esa necesidad renace Reverdesiendo

En Aragua existen diversos grupos literarios y culturales que han editado libros, hacen eventos mensuales, estudian escritores y dictan talleres internos son como pequeños clubes, contados son los que buscan repoblar de forma natural los senderos que poetas como: Williams Alberto Hernández crearon por los años 80 en el Eje este de Aragua, luego, en los 90… vino un vacío, un silencio y casi un olvido, en especial en el municipio Ribas, el cual solo quedo vestido de danza y canto, mientras los municipios Bolivar, Revenga y Las Tejerías se orientaban a la historia de su inventario interno de artistas y tradiciones. El municipio Tovar, siempre característico por su celo en protección cultural se mantuvo (como hasta ahora) como espectador.  

Cuando algunos amantes de la lectura en la ciudad de la juventud notaron este triste panorama, buscaron apoyo para la creación de un círculo de lectores en Ribas los egos de diversos docentes y escritores amateurs prevalecieron ante la real esencia de realzar lo que un día Ribas fue: la Atenas de Aragua…era triste ver como se perdía espacios (actualmente La Victoria no cuenta con biblioteca pública) haciendo más fácil que los jóvenes caigan en las redes de la IA (Inteligencia artificial) que les brinda el facilismo de no pensar y menos de leer

Max Bembo, Alexis Escalona y otros en Revenga y Las Tejerías hacen bulla para que otros se sumen al arte de declamar, leer, escribir o conocer por lo menos el placer de oír poesía . En Bolívar muy tímidamente también hay literatura resurgiendo con la visita de poetizas y escritoras de municipios vecinos…Ribas, aun con el cobijo eventual y firme de la Ruta Latinoamericana de la Poesía “La Victoria” que hace articulación con su amiga y colaboradora María Corina López (coordinadora general del movimiento cultural ReverdeSiendo) se efectúan sencillos pero memorables eventos con la finalidad de la semilla de la literatura.

Al ser un movimiento cultural se cuenta también con el respaldo de artistas de otras areas: Muñequería de trapo (María Lopez), narración oral (Juan Páez, Orlando Palacios), Iván Mora (tallado de madera), Dinora Fernandez (pintura), etc…

El ReverdeSer en la comunidad victoriana y del eje este de esta maravillosa tierra aragüeña también se da con el hecho de talleres virtuales aprobados por especialistas en el área: por ejemplo: Arteterapia: psicólogos y artistas plásticos, Musañecas: escritores y muñequeras, y así conectamos el mundo interior del participantes con el arte.

Ven contáctanos y no dejes de creer en el diamante que eres artísticamente y sana en plenitud.

Instagram: @MCreverdesiendo o al 04125380146

domingo, 11 de octubre de 2026

Nueve poemas de Arturo Álvarez D' Armas


El río devuelve

un mundo perdido

sin rascacielos ni asfalto

la bora flor de loto

río arriba

río abajo

sigue el curso

de los que mueren

en el océano.


Allí va el bongo

con sus peregrinos

Arismendi

la Unión 

Camaguán

San Fernando


llevan y traen

nacimientos y muertes

queso carne

mantequilla.


Ese mundo

se vive

se muere allí.


Es la planicie donde reina

el caballo

la res

el bongo.

                              

(a Ana Victoria)


***


Ay Negra


El único miedo a que llegue la muerte

es que salgas de mi memoria

no recuerde las formas en que hacíamos el amor

el toque de tus senos

piernas

labios.


No estaremos frente a frente

con nuestros sueños y anhelos

confundidos cuerpos y labios.


La muerte es un largo silencio.


(a Nora Carrasquel)


***


Bajo una prolongada lluvia

agarré tu desnudez

para hacer el amor oculto


bajo ramas tupidas

un azulejo de tiernas plumas

nos observa con sorna


imploré a Dios

le dije: no pares la borrasca


el ardor me despertó

había resolana

en la calle.


***


Limpiamos a la carrera

el piso del cuarto

admiré tu cuerpo de ébano

no había sombras

columna inmóvil.


En ese lugar                                  

te despojé la vestimenta

anduvimos meses años

uno tras el otro

tú allá yo aquí

pero nos amamos.


***


Retorno a la calidez de la comarca


cotúas, garzas, corocoras

yantan en la laguna


fuego y humo

tierra yerma


braman reses

en la sabana desnuda de pasto


la muerte acecha en verano.                                                         

Mi árido corazón                              

necesita la llovizna. 


***


A media mañana

el bulevar

es sacudido por un viento feroz

pájaros alborotados

en grandes remolinos

buhoneros

detrás de la mercancía voladora

arribaron los alisios de febrero

silba como en la madrugada


es Eolo

Dios de los vientos

vencedor de Helios


espejismo de un día.


***


Mi vida es un rocío

suspendido entre hojas de árboles.


Al igual que Ulises

en la orilla del río

veo la bora como sirena sumergida


lluvia espesa


aguas cambiantes

en su rugir

corren sin cesar


iluminado por la luna

voy protegido por mis libros

mientras el agua

se desplaza hacia el infinito.


***


Kibo 


Cuando venga la Parca

un bote me llevará

por el río Congo


mis acompañantes

arena y agua

de la tierra atávica


sin adioses

sin honores


volveré a la semilla

volaré con Shangó y Yemayá

al cielo del Kilimanjaro.


(a Tibisay Vargas Rojas)


*** 


Sonny


Golpe a la barbilla,

forcejea con la felicidad,

recibe gancho al costado,

un uppercaut,

cae.


Cuenta máxima,

por su mente pasa el fénix

de otras derrotas,

triunfos que van a la nada:


Colorado Kid 

Ciro Moracén 

Chicharrita Medina

Willie Pep 

Ultiminio Ramos.


Dios lo lleva al centro del ring

contraataca lo imposible.


Pepe Pedroza anuncia

la próxima pelea.


Camino a San Agustín

es vencido por el licor y el amor.


(a Víctor Adams)


***


Arturo Álvarez D´ Armas. Caracas: 1950. Poeta. Aficionado a la fotografía. Autor de los poemarios: Nervaduras de amor (2001), Plantado en tierra llana (2003), Poemas (2009), Yo pecador (2013).

El sueño de Bill Gates | Alejandro Ramírez

 


A María José y Victoria de Stefano


Bill Gates caminaba por un parque que bordea una plaza de toros en una remota y cálida ciudad sudamericana. Lejos quedaba su lujosa mansión en la querida Seattle.

Se había alojado en una buhardilla de emigrante pobre y salió a caminar sin saber que estaba soñando.

El hombre taciturno prolongó el paseo un tiempo indefinido poseído por esa inercia del caminante solitario que mide el desamparo de las calles como si midiera su propio vacío hasta el azar o la pura insistencia de los ojos le devolvieron un hallazgo providencial: una lata de sardinas y una bolsa con restos de pan rancio, áspero al tacto pero asombrosamente valioso en mitad de aquella intemperie. Bill Gates comió despacio, no tanto por saciar su estomago sino por el puro asombro de sentirse vivo, experimentando la urgencia callada de quien mitiga un hambre vieja. Mientras masticaba, sintió bajo los párpados la presencia expectante de una bandada de pájaros minúsculos que aguardaban a unos pasos de él. Una oleada de inesperada compasión -ese deseo tan humano de no sentirse el único náufrago en el mundo- lo impulsa a desmenuzar las sobras y arrojar al suelo, buscando una suerte de comunión secreta con aquellas criaturas.

La tregua de los pájaros duró apenas un instante. De pronto, la llegada de unas aves más grandes y voraces rompió la armonía con un estrépito de picos y aletazos violentos que dispersó a las aves más pequeñas. Se desató entonces una de esas disputas feroces que ocurren en los márgenes de la vida. Las criaturas pequeñas insistían con terquedad, conformándose con las briznas que saltaban cada vez que un pájaro grande picoteaba el pan; otros más astutos y calculadores observaban el combate desde la seguridad de las ramas, esperando el descuido ajeno para arrojarse en un vuelo veloz, robar el botín y regresar de inmediato a su refugio. Él miraba todo aquello con melancolía, fascinado y herido a la vez, creyendo descubrir a la vez en aquel desorden algo más que el simple instinto animal. Su mente, habituada a buscar orden o alguna condena en lo que observa, vio allí el teatro invariable del mundo, la eterna comedia humana o acaso el modo implacable de la lucha de clases. Se quedó allí, suspendido en una larga reflexión, abrumado por la certeza de que los hombres no eran distintos a aquellos pájaros hambrientos.

Cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a astillar el aire, sacudiéndolo de su letargo, inició el regreso hacia la penumbra protectora de su buhardilla. Antes de partir, realizó un gesto que revela su obsesión por el orden y la dignidad en medio de la miseria; dobló la bolsa de papel con parsimonia casi sagrada. Resguardándola de la humedad en una rendija del banco público. No era un acto mecánico, era un pacto silencioso con el porvenir. Dejaba aquella bolsa de papel intacto para el próximo desdichado que lo necesitara. Sabiendo bien que el papel higiénico se había convertido en un lujo incansable. La previsión era la última forma de resistencia que le quedaba.


Tomado de El vendedor de vapor ©henderalejandroramirez (Caracas, Venezuela, 2017). Premio Nacional de Literatura Ramón Palomares, mención Crónica 

sábado, 10 de octubre de 2026

Los días 16 y 17 de octubre | Celebrarán 3er Encuentro de Libreros "Libros, pan y café" en la Casa de la Cultura de Maracay

Prensa ZdT

Los espacios de la Pérgola de la Casa de la Cultura de Maracay servirán de escenario para la celebración del tercer Encuentro de Libreros "Libros, pan y café" los días viernes 16 y jueves 17 de octubre, a partir de las 9:00 am hasta las 3:00 pm.

La actividad es organizada por la Fundación Librerías del Sur-Maracay y el Festival Otro Beta con el apoyo de la Secretaría de Cultura del estado Aragua en el marco de la celebración del Día Mundial de las Bibliotecas y el Mes de las Escritoras.

Durante los dos días del evento se realizarán expoventas de libros y gastronomía, así como talleres, conversatorios, lecturas de textos literarios y música en vivo.

En cuanto a la programación del evento, se pudo conocer que a las 9:00 de la mañana del viernes 16 de octubre está pautado el conversatorio "El rol cultural de las bibliotecas públicas ante el desafío tecnológico", a cargo de la licenciada Yureima Alcántara, directora de la Biblioteca Pública Central Agustín Codazzi de Maracay.

Seguidamente a las 10:00 am, el público tendrá la oportunidad de disfrutar de un intermedio musical por parte de Rastick Selector y a las 11:00 am el Colectivo Poetisas a Viva Voz subirán al escenario para deleitar a los presentes con un regio recital de poesía.

Para darle continuidad a la programación, el sábado 17 de octubre a las 9:00 am el director de la editorial La Espada Rota, Jesús Salazar, disertará sobre su vasta experiencia en el proceso editorial.

Al finalizar el conversatorio, aproximadamente a las 10:00 am, la cantante Camila Rada y el guitarrista Alejandro Tinedo serán los encargados del intermedio musical como preámbulo a la lectura de los participantes del taller de microrrelatos "Mínima expresión", dirigido por el escritor y periodista Rafael Ortega.

Y como cierre de las actividades se llevará a cabo el taller práctico de recuperación y rescate "Hospital de libros", a las 11:30 am, con cupos limitados. 

Es preciso destacar que todas las actividades son de libre asistencia y participación para los amantes de la lectura, la música y la gastronomía.




Ocho poemas de Ysbel Mejías


La palabra 

esa menudencia 

presente 

en el tiempo. 


***


La palabra 

es un murmullo

recorriendo

túneles 

de silencios.


Detonando sonidos 

se vuelve esencia.


***


Ahora las nubes 

se abren paso 

entre las ramas 

de los árboles, 

la lluvia 

queda en silencio; 

escondida 

detrás del frío 

en el amanecer.


***


Lo nuevo se impregna 

como rocío mañanero 

en las manos, 

en el rostro. 


Es una estela 

de pétalos 

en el aire


-respiramos-. 


Lo nuevo recorre 

con sigilo 

las neuronas 


-se detiene-


Como polvo 

de estrellas baña 

el pensamiento;

hecho poema.


***


Mirar el agua


A la orilla de un río 

las palabras navegan 

en silencio. 


El mar sobre la cresta 

de sus olas ofrenda 

sonidos a las palabras. 


En la lluvia 

se escriben palabras 

gota a gota 

como un abrazo 

eterno 

hacia las nubes.


***


Fotografías


De la niñez 

guardo en la memoria,

los viajes largos 

con mamá 

a la casa de los abuelos. 


Viajes.


Comíamos señoritas 

y dormíamos chocando 

nuestras cabezas; 

mientras el bus rodaba 

por la recta larga 

del oriente. 


Ahora estoy sentada comiendo galletas saladas, 

mojadas en chocolate caliente 

y esperamos 

la torta de casabe 

y el guiso de chipichipi. 


Desayunos.


***


¿Dónde se origina el amor?


Tengo amor 

y peces guardados 

en el tiempo 

que va y viene 

donde la vida nace. 


-el mar-. 


Voy al pasado 

y regreso

entre los dedos 

de Neptuno,

junto a las sirenas

canto

en tu pensamiento. 


-la tierra-. 


Me preguntas:

¿Dónde se origina el amor?


Te respondo:

en el vaivén de las olas

sobre nuestras pieles

saladas, 

sudorosas 

en aquellas rocas

frente al mar.


***


Variantes


I


Estudio pieles difusas

Camino rocas

silenciosas.


Jadeo mar;

escucho gotas

incrustadas

oídos sensibles.


Cuerpos 

decadentes 

ríos 

amorosos. 


II


Estudio pieles

Camino rocas.


Jadeo mar;

escucho gotas.


Cuerpos 

ríos .


III


Pieles difusas

camino 

silencios.


-rostros-


Jadeo mar;

escucho gotas


-cuerpos-


Amor.

jueves, 8 de octubre de 2026

Tres microrrelatos de Julio César Pérez

 


Muchachadas


Había llovido copiosamente, la vía estaba empantanada. Decidimos competir como en motocros. Al principio tomé la delantera, pero su bicicleta estaba en mejores condiciones que la mía y me rebasó fácilmente. Vimos el promontorio de tierra y hacia allí nos dirigimos emocionados por la posibilidad volar como en los videos. Casi lo alcanzaba cuando subió por el promontorio y desapareció al otro lado. Habían excavado para una toma de agua, suerte que el hueco estaba lleno de agua de lluvia y solo fueron raspones.


***


Adiós 


Mi perro fue el primero en percibir que algo ocurría. Se me acercó, me miró y lanzó unos quejidos. Reculó y se fue a echar lejos. Algo extraño si se quiere, ya que siempre lo hacía a mis pies. 

La sensación de vacío no me abandonaba y la inquietud del perro terminó por interesarme en saber qué me ocurría. Intenté levantarme de mi silla especial, esa que tiene el espaldar seminclinado, con unos posabrazos que hacen que sentarme en ella sea placentero por su comodidad. No tuve apoyo, mis manos pasaron de largo como si ya no estuvieran los posabrazos. Mire mis manos transparentes, igual que mis brazos y el resto de mi cuerpo, entonces supe que ya era un fantasma. No me quedó de otra que asustarme de mí mismo.


***


¡Sorpresa!


Después de hora y media sin luz, decidí acariciarle las piernas. Al principio se inquietó, pero en vista que el racionamiento eléctrico dura seis horas, terminó aceptando las caricias. De allí a acariciar su intimidad fue cosa de unos quince minutos; aún más, extraje mi miembro, erecto desde que le rozaba las piernas y coloqué su mano para que correspondiera a mi accionar. La oscuridad era total, de tal manera que su madre, que le daba a la sinhueso sin parar, no se percataba de nuestro placentero manoseo. 

Pero como en el primer día de la creación, se hizo la luz. Era una falla, no el Plan de Administración de Carga que tocaba ese día.

Después de agosto nos seguimos leyendo / XIII

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001.


José Donoso hubiese cumplido el pasado 5 de octubre 102 años. Es sin duda alguna uno de los nombres imprescindibles de la renovación novelística latinoamericana de los años 60. El mundo claustrófico de sus historias refleja su mirada a la alta sociedad chilena a la que pertenece. El siguiente relato es una pequeña muestra de su minucioso estilo. 


(mcabesa)


***


Una señora


-José Donoso-


No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:


—¡Imposible!


La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?… Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.

Cinco poemas de Mirih Berbin



Desde entonces


He querido escribirles sobre mi playa

 

ella aparece cuando asomo una sonrisa

antes el cuerpo sonaba siempre a olas

recreaba en el alba la línea perpendicular

y el movimiento

 

me gustaría escribirles del desgaste del silbido

la continuación de los momentos en que el día

se duerme y despierta con absoluta precisión

en la línea del hilo de la ola

 

mayormente soleado, me avisan,

puedo estar tan lejos de esa agua

y aun así sentir al sol recrear su música

y su paisaje

 

vivo en el mar desde entonces.

 

***


El teclado hiela las paredes de la noche


Por un tiempo el eco fue el abrazo de su voz


Conocerse era dejar de opacar la mirada entre sus ojos

veía salir de la chimenea algún cuento de afuera

el pretexto de un genio

sonando a media noche mis bocinas

 

éramos él y yo, afuera el mundo

los fantasmas diluían estaciones

pero no hay fogata sin aire

se descongelan los Alpes

y el teclado hiela las paredes de la noche

 

ahora

el día es el preludio de otro día

la noche es el insomnio predecible

y la repetición

de que no volverá a llamar.


***


Este cuerpo mío

 

Si yo filtro lo que dice mi cuerpo

no sería real,

si callo y me adelanto a escribir

lo que mi cuerpo dice

           estaría mintiendo.

 

Entonces

es mejor que nadie sepa

exactamente lo que digo

cuando mi cuerpo, dueño

de lo que calla,

diga las verdades que guardo

            celosamente.

 

***


Mis manos dicen

 

Fundo mis trazos

hacia la luz

derribando líneas afines

 

sigo las notas de apuntes

y paso los días en palabras,

me dejan ver la silueta de la tinta a mi piel.

Mis m a n o s cuentan una historia

                                            y callo

veo la naturaleza nacer en mis dedos.


***


Me pierdo


El envase se abre y traspaso lo contemplativo

en el alimento de la tarde

el caudillo traspasa las cerraduras

y me encuentro sola

en medio de la tarde que cobija sus pétalos

con la huella que viene hablando

de lo que hemos encontrado

el caudillo traspasa las cerraduras

y me encuentro nuevamente sola

en medio de la tarde que asoma la luna

traspasada entre los pinceles de los palos

de un árbol

esta postura de la mirada tiene frío

me he quedado ya sin latencia

y escucho una canción que no logro identificar

este crujir de la noche

rompe.


***

Mirih Berbin

San Félix, estado Bolívar – 1983

Publicaciones: Mareas, 2009; Hacerme templo, 2016; Hilos nacientes, 2025.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Versos habitados (IV) | Emalida Viloria


Mi tiempo... dedicado al tiempo 


Maldito tiempo I


Maldito Tiempo que nos roba el sueño, el descanso y el mismo tiempo;

ése que inexorablemente pasa y va dejando sus huellas en nuestros corazones, rostros y cuerpos.

Maldito tiempo que llegas y te vas para no volver, dejando dolor, recuerdos y quereres;

ése que clamamos se alargue cuando conviene y acabe cuando de él favor se obtiene.

Sólo el tiempo mata el tiempo... 

y ... a veces, nos falta tiempo.


***


Maldito tiempo II


Maldito tiempo que me quita el tiempo de mi amado tiempo.

Nunca se tiene tiempo para hacer lo que se quiere cuando de acabar llega el tiempo.

Es tiempo de levantarse y de correr porque transcurre el tiempo y se hace tarde

y de dormir llega el tiempo para un nuevo día; 

y así sigue el tiempo que día tras día pasa

y allí tú...tiempo de nunca acabar.


***


Nostalgia del tiempo


La piel es el mapa del camino,

plata viva que corona la frente,

es un andar que se vuelve prudente 

porque ya no se le teme al destino.


Se descarga el peso de lo andado,

con el alma desnuda en lo vivido,

son placeres y dolores bien sentido

que por la vida han pasado.


El cambio del mundo se hizo fino,

y queda el eco del tiempo en la mente,

las miradas abrazan al presente

con la calma que da el mejor vino.


Se cosecha el silencio de la historia,

manteniendo presente el bagaje.

La vejez es la cumbre de ese viaje;

y no es el fin, es el disfrute de la memoria.


***


Danza en el tiempo



Sube el telón.

Giran y giran las bailarinas 

como el tic tac del reloj sus agujas danzarinas.


Y así pasa el tiempo.


Multicolores trajes exhiben girando

y torneadas piernas levitan sobre el escenario.


Y así pasa el tiempo.


Frágiles rostros ternura van inspirando

al compás de valses continúan danzando.


Y así pasa el tiempo.


¿Quién sabe cuánto dolor hay en esos corazones?

¿Qué se esconderá entre telones?


Y así pasa el tiempo.


Cierra el telón tras calurosos aplausos y

las bailarinas a su realidad vuelven sus pasos.


Y así pasó el tiempo.


***


Letras danzantes



D anzan y danzan las letras 


  A brazando el tiempo con insistencia.


        N ada las podrá detener, pues bailan con


             Z apatos de cristal.


             A sí corran los años, su danza será inmortal.



jueves, 1 de octubre de 2026

Sentimiento puro | Yumira Acosta Brea

 


Cavilando...


A mi parecer, quien inventó cada palabra tiene que haberla experimentado dentro de sí para luego darle un nombre, no sé lo que dirán los entendidos sobre eso, yo solo soy una simple mortal que piensa mucho y algunas veces expone su pensamiento, la mayoría de las veces a través de la poesía.

Hace poco escuché a alguien decir a otro "es que tú no tienes sentimientos". He allí cuando comienza mi disertacion conmigo misma...

Quien dijo por primera vez la palabra sentimiento debió haber tenido un cúmulo de sensaciones dentro de sí hasta que decidió darle nombre a eso que tenía dentro y sé que me dirán:

 La palabra sentimiento viene del verbo latino sentire y del sufijo -miento.

 Origen y componentes 

• Sentire: Verbo en latín que significa percibir a través de los sentidos, oír, sentir o darse cuenta. Su raíz indoeuropea es sent-, que significa "ir adelante" o "tomar una dirección".

• -miento: Sufijo de origen latino que indica el instrumento, el medio o el resultado de una acción.


 Evolución del significado


• Significado antiguo: En su origen más puro, estaba ligado estrictamente a las sensaciones físicas y a la percepción sensorial del mundo externo mediante los sentidos (tacto, vista, gusto, olfato, oído).

• Significado actual: Con el paso del tiempo, el término se amplió para representar la experiencia consciente y duradera de un estado afectivo, siendo la interpretación mental de nuestras emociones.

Y me pregunto, ¿y el significado desde dentro de cada uno?

Porque esa es la explicación que nos dan al googlear, pero ¿qué significa para ti, para mí o, aún mejor, qué significado pudo tener para el primero que la nombró?

Quizás nunca tendré una respuesta a eso, pero sé que cada palabra solo pudo ser expresada después de experimentada y aquí hablo desde mi perspectiva personal como poeta (aunque algunos piensen que no lo soy, jeje).

Cada letra que escribo en el papel o que brota en mi mente de la nada está ahí por algo que habita en mí, por percibir desde adentro lo que me rodea, lo que experimento a diario y esto se refiere hacia cualquier dirección, o sea: personas, animales, cosas, espacios o hasta abstractos que solo yo sé qué significan en mi vida.

Aunque el pensamiento crítico nos dirige hacia el estudio y la preparación para poder escribir y estoy de acuerdo en que cada día debemos aprender un poco más, también creo firmemente que para escribir solo hay que vivir y tomar de esas vivencias cada experiencia para ser plasmada y transformada de una manera amorosa y melódica en poesía u otro tipo de escritura. 

Las letras son una salida al mundo de lo que se esconde en nuestro interior.


Phillips Cosbre

Máximas para agarrar mínimo (VII) | Luis Valero


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Perdonar es bueno, pero peligroso.


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No dejes que nadie conozca tus intenciones.


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Sin libertad somos solamente animales.


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A veces lo bueno resulta peor que nada.


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Hay dos caminos, el rápido y el que se pierde.


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Las noticias traen lo que otros se llevan.


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El ingrediente indispensable de la felicidad eres tú mismo.


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Para ganar hay que saber perder.


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Nadie se pierde en el camino de otro.


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El merengue es blanco, la salsa roja y el bolero depende de la raza que lo esté bailando pegado.


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El que busca más, siempre termina con menos.


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Cada idea tiene un nombre y un camino.


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El oro es más fuerte que la vida y más débil que la muerte.


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La locura vuelve poderoso al inconsciente.


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La desnudez es hogar del placer.