martes, 3 de noviembre de 2026

Siete poemas de Rosana Hernández Pasquier

Título: Desde la tristeza (2026)

Autor: Miguel Arguinzones


***


Bolero (hojas rojas)


Cuando yo era niño

el árbol del ceibo 

no tenía las hojas rojas 

como hoy  


pero bastó que mordieras una de ellas 

para que se hicieran igual que tus labios 

y desde entonces su raíz y su cresta 

habitan mis abismos


***


Nosotros 


Esa rara forma de decir por los dos

la costura de la ausencia 

es una manera de nombrarte 


El tenue rosado de tus manos 

acentúa la llama 

y me hace del segundo círculo 

su habitante


***


Miedo


Es mejor ir y venir 

sin detenerse nunca 


Al colibrí 

no creo que lo empape 

la garúa


***


Modesta vocación de las hojas 

ir siempre por el borde 

rozar apenas  


entregadas a la tarea de lo breve


***


Levedad


Mi vientre 

revienta en espigas 

la rosa 

se deshoja  


***


Para un posible lector


A esta hora tus manos trajinan las hojas  

cabalgas el cuerpo del poema 

Piensas que resido en cada imagen 

que en el arco de sus vocablos flameo  


La poesía está allí desde antes: 

habita el lomo de la luna 

el vértigo de la miel del deseo 

el rutilante culo de las luciérnagas en la noche 

en el girasol de Van Gogh 

o en la oreja que enciende y revienta el amarillo 


cuando no tienes nada por hojear 

es vacío que inflama la mirada


***


Un dolor de tacones en la hornilla


Ella se levanta y viaja del collar de perlas 

a las volutas de humo de la sopa de leche 

arde en la hornilla un manojo de azahar 


Aún el calor de la sábana le habita la piel 

el cuchillo en su mano luce dócil 

y cae sobre las ramas verdes 

la papa es una luna sobre la tabla 

serena aguarda la mengua de su cuerpo 


Ella recuerda una fotografía: 

la mujer está desnuda de ropaje 

lleva tacones negros 

cabellos recogidos 

y perlas que descansan en su cuello

el amante no está en la habitación 

pero ella lo espera



Tomados del libro El envés de los días. Fondo Editorial de Secretaría Sectorial de Cultura, Maracay, 2005. 



***

Rosana Hernández Pasquier. Nació en Villa de Cura, estado Aragua, Venezuela. Poeta, dramaturga, narradora. Fundadora del «Grupo Cultural Zamora. Ha participado en los talleres literarios auspiciados por la Secretaría de Cultura del estado Aragua y se desempeñó como Directora de Cultura del Municipio Zamora. Es colaboradora de las páginas literarias de la región y perteneció al Consejo Editorial de La Liebre Libre. Su creación literaria la ha hecho sucesora de la memoria y la evocación totalizadora, mirada que da cuenta del paisaje, de lo cotidiano y la experiencia lúdica que todo lector recibe del poema. Obra publicada: Ceremonia del horno; Maracay, Editorial la Liebre Libre, 1993. El envés de los días; Maracay, Fondo Editorial de la Secretaría Sectorial de Cultura del estado Aragua, Maracay, 2005.

Poemas de Miguel Ramón Utrera (1909-1993)

Título: Mujer vegetal (1954)

Autor: Mario Abreu


***

 

Los nombres de la noche


 I


Alguien debía volver de aquel país de sombra. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, caminaba a tiendas, procurando recordar nombres olvidados en la sombra.


 Quizás pensó en el silencio nocturno de los árboles.

Y volvió a caer en la sombra. Otra silenciosa sombra.


 Quizás tocó los labios dormidos del agua. Y descubrió que la sed es otra sombra. Otra dormida sombra.


 Quizás llamó a la puerta de alguna choza abandonada. Y sólo halló la respuesta de la sombra. Otra abandonada sombra.


 II


Alguien debía volver de aquel país de sueño. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, trataba de alcanzar los caminos donde siempre descansa el último sueño.


 Quizás tomó la senda de los frágiles cocuyos. Y tropezó una vez más con las espinas del sueño. Su desgarrado sueño.


 Quizás trató de seguir el vuelo de las hojas. Y se encontró, de sorpresa, ante la fronda de otro sueño. Otro abatido sueño.


 Quizás palpó las piedras que ocultan los secretos de la noche. Y junto a ellas pudo escuchar los ecos de aquel sueño. Aquel desvelado sueño.


 III


Alguien debía volver de aquel país de silencio. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, pretendía trepar a las grutas donde moran las arañas del silencio.


Quizás buscó el abrigo de algún recóndito jardín. Y en él contempló, ya deshojada, la rosa del silencio. Aquel mustio silencio.


 Quizás descubrió los hilos de otro remoto manantial. Pero en ellos también dormía el silencio. El más callado silencio.


 Quizás volvió a hollar los tenues espejos de la lluvia. También en ellos había huellas desvaídas. Las huellas del más callado silencio.


 IV


Alguien debía volver de aquel país de soledad. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, descansa ahora a la vera de su cansada soledad.


 Quizá vació sus lágrimas en el cálido surco de la sombra. Y allí creció, entonces, el árbol de la soledad. La más armoniosa soledad.


 Quizás dejó caer sus voces en el cálido río del silencio. ¿Recuperó allí la clave de sus pasos? Desde entonces quedó poblada de música la soledad de las palabras.



***


Ha pasado una sombra


Ha pasado una sombra a nuestro lado,

sin voz ni aliento, como flor caída.


Pensamos en los nombres olvidados;

en los días perdidos;

en los árboles muertos, en los raros

celajes que cubrieron las distancias

por donde huyeron aves sin descanso.


¿De quién es esta sombra?, nos decimos.

Y de nuevo pensamos

en el hondo país de los ausentes

y en aquel derruido campanario

cubierto de hojas secas.


¿De quién es esta sombra?, preguntamos.

Nadie responde. En el ocaso apenas,

se divisa los humos del verano.

La sombra no se aleja.

La vemos caminar a nuestro lado.


Y otra vez con angustia,

retornamos al aire del verano.


***


Última lluvia


Llega un anuncio plácido del campo:

la crisálida pura recomienza

su aventura pueril; y la mañana

abre el infolio azul de las consejas.


El último silencio

sobre los ecos de la brisa lenta.

Un cerco de cristales se desprende

de otra nube viajera.

Y surge la encendida chupa─chupa,

como enjoyando el alma de la tierra.


Alguien puede ascender hasta la nube

donde mora la tímida azucena;

alguien puede apurar todas las mieles

que dan a las palabras savia eterna.


Bajo el opaco cielo

se derrama la mínima odisea.


(de Calendario de la ausencia)


***


Los días del verano


Sabemos lo que ocurre en estos días.

El espejo del agua, ya cegado,

no podrá recibir el fiel mensaje

desprendido del campo,

cuando el campo descubre los fulgores

que han de aliviar su rostro resignado.


Allí están los matices:

a través de los días más amargos

engalanan el monte; y los caminos

recogerán con aire desvelado

la diáfana visión de esos reflejos.

Pero el cristal opaco

no llega a ver la límpida presencia.


Aquí están los matices, azotados

por el hondo fragor de las edades

ardorosas y lentas del verano.

Y pasan al recinto de la sombra

las sangres, las cenizas, los dorados

vasos plenos de mieles y de aromas.


Con el bravo clamor de las cigarras

se prolonga el letargo

que paraliza al corazón del monte.

Por escalas de humo van viajando

hacia medrosos lares las corolas

que un antiguo pastor habrá guardado.


Cuando vuelva la luz al ojo de agua

descenderá hasta el campo

otro caudal de pétalos recientes.

Y puede ser, entonces, que veamos

tornar hacia la luz, ya redimida,

la imagen de aquel tiempo derramado.


¿Sabemos lo que ocurre en estos días?

Puede ser que veamos,

sobre el cristal opaco de los cielos,

trocarse en flor la sangre del verano.


***


La otra claridad


Tomaremos el cauce de estas voces

que nos llegan de lejos,

pidiéndonos asiento a nuestro lado

para un viaje de múltiples senderos.

¿Qué misterioso río

podría conducir nuestro desvelo

hacia el campo deseado

de inusitada luz y claro acento?

¿En qué tierras de olvido

podría refugiarse el mustio sueño?

Todo es oscuro ahora, hasta los rumbos

que hubieran sido, al fin, los verdaderos.


Y así caminaremos, como a tientas,

bajo el fragor del viento.

Que no nos llame nadie en el camino;

que no nos mire en sed el arroyuelo;

que no salgan al paso para herirnos

los pálidos deseos.


Tomaremos el cauce de estas voces:

claridad esperada, dulce fuego,

aroma del acento que redime

y debe ser eterno.


***


Plenitud


Ya no hay más aires para el eco puro

que estuvo aquí, elevando

cuanto quedaba en sosegada huída,

detrás de los veranos.


Ya no hay más nombres para el tierno aroma

que deslumbró el acento recobrado.

Bajo el tibio silencio de la noche

ya no hay más lumbre para el suave rastro.


Si dijéramos niebla,

pudiera derrumbarse el cielo manso

y una lágrima azul descendería

a la cuenca del día desgajado.


Si dijéramos sombra,

pudiera el día derramarse en llanto

sobre el surco vacío donde yacen

los días, esperando.


Pudiera abrirse el cauce del silencio;

y del torrente claro

pudiera renacer otro universo,

aunque sin voces en ningún espacio.


Porque en los mansos aires

ya no hay más nombres para el dulce llanto.


***


La voz infinita


Puede ser un eco limpio

a orillas de la alborada,

junto al ámbito sereno

que diera albergue a sus alas.


puede ser otro silencio

la voz azul que resbala

sobre el silencio y las voces

de una infinita distancia.


Puede ser un eco limpio

a orillas de la alborada.


(de Testigos del alba)


***


La flor ignorada


Alguien torna a buscar aquel aroma

mientras bulle el verano

en cruento, desalado torbellino.


Cuando ese hálito puro

colmaba las fecundas primaveras,

nadie alcanzó a medir sus leves hilos.

Nadie pensó que aquella aldea opaca

guardaría la lumbre del hechizo.


Alguien va a penetrar ese misterio,

volviendo a desandar el tiempo mismo

tras el aroma claro

que ahora es otro tiempo fugitivo.


Y encontrará, como la imagen cierta,

una ignorada flor que duerme, casta

junto al cristal del río.


***


Caminos del alba


Los ecos de la brisa

van señalando surcos en el alba.


Al norte desvelado,

la cristalina voz de una campana;

al sur de los veranos,

el mito de otra huella desgarrada;

al este del recuerdo,

el roce sigiloso de la lluvia

que vuelve ya con un rumor de alas.


En el ocaso, apenas

dejarían su aroma las palabras

para guardar, quizás la dulce historia

de aquella aldea opaca.


Alguien debe volver sobre sus pasos

a iluminar los días

con el cándido albor de las palabras.


***


Colibrí


¿Dónde se esconde?

¿Dónde lo vi?

Saeta de raso

el colibrí.

Se ha zambullido en el iris

muy temprano, de mañana.

Las gemas de su plumaje

luce ahora en tu ventana.

¿En qué flor habita?

¿Dónde lo vi?

Saeta en el alba

el colibrí.


***


La sombra temeraria


Esta sombra nos sigue, de puntillas;

se oculta en todas nuestras horas claras;

y así mismo se infiltra en nuestras voces

con leves ademanes de fantasmas.


La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,

y trepando por todas las palabras;

inasible, fugaz, sin rumbo fijo,

pero presente siempre y siempre extraña.


Guardemos ya nuestras mejores voces.

Deshilando las hebras de este sueño,

esperemos la luz de la mañana.


Cuando el día retorne con sus sones,

en el diálogo puro -lumbre y sueño-

se rasgará la sombra temeraria.


***


Tiene ese secreto el humo:

estar ausente y cercano;

dejar huellas en el aire

sin que se note su paso.


Ser imagen de la vida

Y estar de su muerte ufano;

Andar siempre fugitivo

Y a la vez encarcelado.


Tiene ese secreto el humo:

Estar presente y lejano.


***


Ronda del arroyuelo



Arroyuelo claro,

arroyuelo raudo

que, a través del norte,

huyes del verano;

tras de ti, un grito

por cerros y campos:

—No huyas tan de prisa!—

claman los rebaños.


Pasos de cristal

quiebran por el prado

huellitas de armiño

y musgos plateados.

Corre el arroyuelo

con pasos de espanto:

—No huyas tan de prisa!—

gimen los rebaños.


Las mudas espigas

se visten de llanto;

sus rizos de lumbre

ya están enlutados.

Lloran las espigas,

lloran los guijarros:

—No huyas tan de prisa!—

lloran los rebaños.


Columpios de aljófar

el sol ha estrenado;

sus garras de sed

perdiera el verano.

Corre el arroyuelo

entre los sembrados:

—Viniste tan pronto!—

cantan los rebaños.


A sendas de nácar

pasos aromados.


***


El bosque fugaz


Puede convertirse en ave

el azahar de la niebla.

En humo puede trocarse

su arquitectura viajera.


Pero en una fronda blanca,

suave, pura, blanca y fresca:

un bosque frágil que huye

del vaho gris de la tierra.


Puede convertirse en ave

el azahar de la niebla.


***


Cantiga del infante dormido


Van hilando los caminos

menudos sueños lejanos.


Por el sendero en vigilia

pasan las sombras, trotando.

Se miran sus tres andares

como tres silenciosos claros,

como tres quejas en fuga,

sin abrigo y sin descanso.

Aros de fuego marchito

les van ciñendo los pasos:

arriba, miel y espuma,

color de penas, abajo.


Por el sendero en vigilia

los tres viajeros cruzaron.

La noche aldeana —nodriza

de luceros y rebaños—

dejó sus sandalias nuevas

a la vera del establo.

Al ovillo de las horas

le salen hebras de llanto,

mientras los caminos hilan

menudos sueños lejanos.


La noche aldeana, cansada,

lavó en su tibio remanso

los filos de las estrellas,

las espinas de los cardos

y los pañales del niño

que está en las pajas llorando.

Leche de cielos maduros

los alcores derramaron.

El chiquitín de la aurora

Está en las pajas, llorando.

¿Dónde estarán sus luceros?

Sus cabras, ¿dónde quedaron?

¿Dónde escondieron las sombras

Sus vellones fatigados?

¿En qué vergel escondido

se abrió su nombre de nardo?


La noche aldeana, impaciente,

colgó su lumbre de estaño

sobre el sopor que vacila

en el humo de los ranchos.

Tres sombras, tres sombras mudas

y un camino desvelado.


Por el camino en vigilia

tres sombras van, caminando.


***


Balada del alba virgen


Mañana de sueños niños

trajeada para leyendas:

blondos zapatos de bruma

y risa de lluvia lenta.


Mañanita balbuciente

que jugabas a tristeza,

vistiendo recuerdos pobres

en tu retablo de pena,

cuántas cosas te dijeron

los ojos de la miseria!

Mientras buscabas, rendida,

más sueños para tu rueca,

añorando lobos buenos

en leves voces abuelas;

y tus pasos irisados

iban labrando tus huellas

para el sendero encantado

de una encantada conseja,

qué dolor el de los ojos

que te supieron doncella!


Hierbas de azules congojas

se asomaban a las sendas;

lejos, buscaba tu rostro

las mariposas viajeras.

Más allá de la campiña

la brisa rasgó sus sedas

y colgó regios aromas

al palacio de la niebla.

¡Cuánto tardaron los ojos

que te creyeron enferma!


En la corte de horas blancas

se vio la fuga discreta:

sobre lejanos armiños

adioses de primavera…

Calló sus voces la lumbre,

quedó en silencio la rueca,

las alas de la esperanza

se estrenaron en la ausencia.

¿Quién vio las perlas amargas

de tus ojos en la espera?


Después llegó aquel mensaje

del país de las estrellas:

un rico príncipe ardiente

con una ardiente promesa.

Cuando encontró los vestigios

de tus diminutas huellas

y la soledad ignota

de aquella escondida senda,

cómo lloraron de sombra

los ojos que no te vieran.


***


La casa


Sumida en el fragor de otro silencio,

que es mudo cerco de interior morada,

está la casa sola. Y es un cruento

y lánguido penar su paz callada.


Adusta soledad nimba el momento

en que la leve imagen ensoñada

rasga la transparencia de su cielo,

en mágico fulgor transfigurada.


Pálida mensajera de otros días,

¿cubrirá la nostalgia este recinto

como la sombra el alma atribulada?


El silencio es guardián de cosas idas,

desde el umbral en que lanzó el olvido

desnudo cerco de interior morada.


***

Miguel Ramón Utrera (San Sebastián de los Reyes, Venezuela, 1909-1993). Poeta, periodista, educador. Su infancia transcurrió en su pueblo natal donde estudió primaria, trasladándose en 1927 a Caracas para cursar estudios de normal y medicina sin concluir ninguna de las dos carreras. En 1932 regresó a San Sebastián de los Reyes y continuó sus labores como educador, siendo designado en 1937 director de la escuela Pedro Aldao, cargo que ejerció ininterrumpidamente hasta 1950. Fundó el periódico Crisol y fue jefe de redacción del diario La Caridad, ambos de San Sebastián de los Reyes. Publicó sus primeros escritos en la revista Viernes, órgano divulgativo del grupo literario homónimo, así como en el suplemento «Artes y letras» luego «índice literario» de El Universal. Antes de publicar su primer libro recogió, escritos a máquina, un conjunto de breves poemas de contenido nativista que en forma de cuadernillo circuló entre sus amigos de San Sebastián, San Casimiro y otras poblaciones vecinas. En 1940 publicó su primer poemario, Nocturnal y en 1944 el segundo, Rescoldo. En 1967 compiló una antología de la Poesía de Aragua. En 1981 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura, el cual rechazó. Su obra poética fue recopilada en diversas ediciones, destacando La otra claridad: antología 1928-1982, publicada en 1993.


***

Este documental exhibe al poeta y maestro Miguel Ramón Utrera Galindo desde su lar nativo en el año 1993. La entrevista realizada por Jesús Enrique Guédez muestra la voz del poeta, surcando cuatro siglos de historia en San Sebastián de los Reyes.


Realización: Jesús Enrique Guédez 

Camara: Rafael Guédez 

Edición: César Bigott

Remasterización: Miguel Guédez 

Archivo Documental de Sanse Entertainment

domingo, 1 de noviembre de 2026

Granos de sonido (XXII) | Roberto Santana

 


Caos, concreción y misticismo ácido en Group 1850 Live


Más allá de la luminiscencia californiana y las bucólicas comunas de la Inglaterra rural, hubo un epicentro continental europeo cuya densidad sónica desafió la complacencia de su tiempo: los Países Bajos. En el centro de esta insurgencia estética se sitúa Group 1850, una agrupación cuyo nombre evoca una era industrial inexistente, pero cuya música configuró el verdadero meridiano cero de la lisergia progresiva en los Países Bajos. El lanzamiento de Group 1850 Live, grabado en la agitación de 1969 pero congelado en el tiempo hasta su publicación oficial en 1975, constituye un documento arqueológico de gran valor, la captura cruda de una metamorfosis en pleno vuelo, el manifiesto de un sonido que se negaba a la pulcritud del estudio para arrojarse al abismo de la improvisación absoluta.


Geografía del desencanto y la utopía neerlandesa (1969–1975)


Radiografiar el entorno social de los Países Bajos puede ayudarnos a comprender el retraso cronológico entre el registro de estas cintas y su publicación definitiva. La Haya, tradicionalmente percibida como el bastión burocrático y aristocrático del país, experimentó una violenta transformación cultural a finales de la década de los sesenta. El optimismo económico de la posguerra dio paso a un cuestionamiento sistémico. Mientras Amsterdam se consolidaba como la capital del movimiento Provo y el hippismo contracultural, en La Haya fermentaba una energía subterránea mucho más sombría y eléctrica, bautizada popularmente como el sonido del Nederbeat.

Entre 1969 y 1975, el país transitó desde la euforia libertaria hacia las tensiones de la crisis del petróleo de 1973. Este bache económico domesticó las utopías juveniles y reconfiguró la industria discográfica local. Las bandas que antes llenaban clubes underground se toparon con la consolidación del mercado y la burocracia comercial. Este viraje explica por qué una grabación tan incendiaria como la de 1969 permaneció sepultada durante seis años. En 1975, en pleno auge del rock sinfónico y la comercialización del progresivo, rescatar este directo supuso un acto de resistencia estética: la irrupción de un fantasma del pasado que recordaba al mundo la verdadera naturaleza peligrosa y desprovista de filtros del acid rock.


El cisma del Nederbeat: Espejos de humo en La Haya


La Haya poseía una escena musical hiperactiva, pero profundamente polarizada. Por un lado, formaciones como Golden Earring o Q65 operaban bajo un pragmatismo comercial o un r&b directo y garajero que buscaba el beneplácito de las listas de éxitos. Frente a esta vertiente, Group 1850, bajo la dictadura creativa del organista Peter Sjardin, prefirió alinearse con el ala experimental de bandas como Supersister (quienes decantaban su propuesta hacia el jazz-prog de la escuela de Canterbury) o Earth and Fire.

Sin embargo, donde sus contemporáneos buscaban la simetría matemática de las estructuras del progresivo clásico o el virtuosismo melódico, Group 1850 inyectaba una dosis nihilista de imprevisibilidad. La banda funcionaba como un reverso oscuro de la escena de La Haya: mientras los demás pulían sus arreglos, Sjardin y su corte desmantelaban el formato de canción corta, usando el blues psicodélico sólo como una pista de despegue hacia el vacío cósmico.


El ritual de la continuidad


Al aproximarse a Group 1850 Live, no queda otra opción que abandonar la lógica de la audición fragmentada. El disco opera bajo el principio de la macroestructura, una arquitectura sonora indivisible donde las divisiones de las pistas son meras concesiones al formato físico del vinilo. La banda no se detiene a interactuar con el público, no hay discursos, ni se rompe el flujo sónico para afinar instrumento, la instrumentación de una pista se funde directamente con la atmósfera de la siguiente, forzando la percepción de un bloque indivisible. El álbum captura a la alineación histórica integrada por Peter Sjardin (órgano, efectos), Dave Duba (guitarra), Dolf Geldof (bajo) y Paul van Wageningen (batería) en un estado de comunión casi telepática.

La experiencia auditiva global se asemeja a una marea negra. No hay concesiones para el aplauso complaciente ni pausas para el respiro; los cuarenta y nueve minutos de música fluyen como un único lienzo. La sección rítmica de Geldof y Van Wageningen renuncia a la síncopa complaciente del jazz y adopta un pulso hipnótico, un motorik primitivo sobre el cual Duba dibuja líneas de guitarra impregnadas de un fuzz denso e hiriente. Sjardin, operando desde su trinchera de teclados modificados y efectos analógicos, no busca la ornamentación barroca de un Keith Emerson; prefiere la saturación de frecuencias, el ruido texturizado y los acordes sostenidos que generan una atmósfera de claustrofobia mística. El disco avanza como un ritual pagano donde la tensión no se resuelve, sino que se acumula hasta desbordar los límites del soporte físico.


Arqueología de lo precario: Producción y paisaje sonoro


La producción de Group 1850 Live es un monumento al accidente y a la honestidad brutal. Registrado originalmente con equipos portátiles rudimentarios en 1969, el sonido carece de la nitidez estéril de las producciones multinacionales de mediados de los setenta. Existe una saturación constante en los rangos medios; el bajo de Geldof retumba con una cualidad casi física, mientras que los platos de la batería sufren la compresión propia de las cintas magnetofónicas expuestas al límite de su capacidad.

Esta precariedad técnica, lejos de demeritar la obra, se convierte en su mayor virtud estética. El técnico de grabación o los encargados de la mezcla posterior entendieron que limpiar el grano de la cinta habría equivalido a despojar a un lobo de sus colmillos. El sonido es directo, sucio y espacial; se percibe el eco del recinto, la fricción de las púas contra las cuerdas y la inestabilidad de las fuentes de poder que alimentaban el órgano de Sjardin. Es la fonografía del peligro.


Del orden de estudio a la anarquía del escenario


La evolución estilística de la banda queda perfectamente expuesta si confrontamos sus dos obras maestras de estudio con este documento en directo. En Agemo's Trip to Mother Earth (1968), Group 1850 jugaba con viñetas de psicodelia pop ingeniosa y barroca, no exenta de una fuerte carga conceptual. Para Paradise Now (1969), el sonido ya se había endurecido de forma sustancial, coqueteando con el proto-heavy y la experimentación con cintas.

Sin embargo, Group 1850 Live funciona como la radicalización absoluta de los hallazgos de Paradise Now. En el escenario, las pretensiones líricas y los arreglos minuciosos se disuelven. La banda toma los motivos temáticos de sus composiciones y los estira hasta desfigurarlos. La evolución no es hacia una mayor complejidad técnica, sino hacia una mayor profundidad psicológica. El vivo despoja a la banda de su ropaje de estudio y muestra el esqueleto de una formación obsesionada con el trance y la liberación de la energía pura.


El ocaso del ácido y el advenimiento del virtuosismo: De Live a Live on Tour


La brecha estética se ensancha aún más al contrastar este disco con el posterior _Live on Tour (1976). Grabado con una alineación drásticamente modificada —donde Sjardin se rodeó de músicos como Hessel de Vries y Arthur Ebeling —, el directo del 76 muestra la inevitable claudicación de la banda ante los dictados de la época: el giro hacia el jazz-rock progresivo y la fusión instrumental.

Mientras que el álbum de 1975 (grabado en 1969) es oscuro, visceral y profundamente guiado por la estética de una Jam Band de acid rock, Live on Tour abraza la síncopa limpia, los solos estructurados de piano Fender Rhodes y una destreza técnica refinada. El paso de un disco a otro ilustra el fin de una era: la transición del peligro psicodélico y la catarsis colectiva hacia la sofisticación técnica del progresivo maduro. Live on Tour es el trabajo de profesionales ejecutando una partitura flexible; Group 1850 Live es el testimonio de cuatro hombres poseídos por una idea.


Cartografía europea del trance: El espejo de las bandas continentales


Para situar con precisión este trabajo dentro de la constelación del rock europeo de vanguardia, resulta revelador trazar una línea narrativa con cuatro lanzamientos en vivo contemporáneos que compartían su espíritu de insubordinación. En primer lugar, el álbum Live de los alemanes Frumpy (1973) aborda un Heavy Psych de corte progresivo y tintes blueseros con una presencia colosal del órgano Hammond; sin embargo, mientras Frumpy busca la catarsis a través del virtuosismo vocal e instrumental, Group 1850 prefiere la disolución de la melodía en texturas abstractas. En una frecuencia similar, Amon Düül II entregaba ese mismo año su Live in London, un testimonio de acid rock caótico, espacial y cargado de iconoclasia política. Aunque ambas agrupaciones comparten la urgencia de la lisergia salvaje, los alemanes se muestran más fragmentarios y comunales, frente al pulso rítmico mucho más concentrado y monolítico de los neerlandeses.

Si nos desplazamos hacia Escandinavia, el panorama se vuelve aún más magnético. Mors mors (1974), de los suecos Träd, Gräs & Stenar, ofrece una psicodelia minimalista y un protopunk hipnótico de raíz folk. Ambas bandas entienden el directo como un trance repetitivo, pero mientras los suecos buscan la luz comunal, Group 1850 se sumerge en una paranoia urbana y eléctrica. Finalmente, Ur spår! (1975), de Arbete & Fritid, deconstruye los géneros mediante el jazz libre, la vanguardia y la ironía política; un desapego formal que contrasta directamente con la gravedad física, densa y magnética a la que Group 1850 se mantiene fiel en todo momento.


La visualidad del misterio: El envoltorio naranja


El soporte gráfico original de Group 1850 Live (lanzado bajo el sello Orange Records) refuerza su condición de objeto de culto. La tipografía descuidada y el diseño áspero de la carátula eluden los excesos ilustrativos de las portadas de rock progresivo de los setenta. No hay naves espaciales ni paisajes tolkienianos; hay una sobriedad casi tipográfica que anticipa el minimalismo del post-punk.

La escasez de material grabado en video de esta formación —más allá de esporádicas apariciones televisivas neerlandesas— no hace sino acrecentar el mito. El material gráfico funciona aquí como un velo: no busca explicar la música, sino preservar el enigma de una banda que operaba en las sombras de los clubes subterráneos.


El legado de una mutación fonográfica


El impacto a largo plazo de Group 1850 Live radica en su condición de eslabón perdido entre la psicodelia primigenia y el space rock germinal. La agrupación demostró que el formato de Jam Band no tenía por qué limitarse a la complacencia melódica del blues-rock americano al estilo de Grateful Dead. Group 1850 tiñó la improvisación libre de una densidad europea en su melancolía y urbana en su violencia. Su influencia resuena en las corrientes contemporáneas del space-rock moderno, el stoner hipnótico y las bandas de neo-psicodelia que buscan el trance a través de la repetición y el uso del fuzz analógico como terapia de choque.


Dictamen Crítico: El veredicto de la historia


Calificación: •Excelente

Justificación: Si bien el estatus de •Esencial suele reservarse para obras de estudio que reconfiguraron las listas globales, Group 1850 Live se consolida firmemente en la categoría de •Excelente debido a su incalculable valor histórico y estético. Es un disco que captura la pureza de una era justo antes de su domesticación comercial. Su sonido crudo, lejos de ser un defecto, constituye una lección imperecedera de cómo el rock puede ser un vehículo de exploración formal sin perder un ápice de su urgencia visceral. Es un álbum obligatorio para todo aquel que desee comprender que la psicodelia no fue una moda decorativa, sino una revolución de la conciencia y del sonido.


Conclusión


Group 1850 Live permanece como un monolito inclinado en el paisaje del rock europeo. Al escuchar estas cintas, desenterradas de la vibrante Haya de 1969 para ser arrojadas al mercado saturado de 1975, asistimos a un acto de pura nigromancia sónica. Peter Sjardin y su banda no buscaban la posteridad; buscaban incendiar el presente. Al final, consiguieron ambas cosas: legar al futuro el testimonio de una noche en la que el rock psicodélico continental abandonó la lisergia de ensueño para abrazar la electricidad más indómita y verdadera.

Group 1850 – Group 1850 Live (1975)


•Países_Bajos


•Space Rock

•Rock Psicodélico

•Acid Rock

•Jam Band

con matices de

•Krautrock


•Excelente


Músicos


•Peter Sjardin: organiser, voz, efectos sonoros

•Dave Duba: guitarra, voz

•Dolf Geldof: bajo

•Paul van Wageningen: batería


Si quieres escucharlo, toca el enlace : https://t.me/progresivoycosas/1065

Cinco poemas de Bolívar Pérez

Título: Paisaje de Ceuta I (2023)

Autor: Jorge Bulhosa 


***


Mírate


No quiero ser un pedazo de mujer


un trozo incompleto de mi esencia viva


una bocanada parcial


un animal domesticado por la vergüenza


un río fuera de su cauce


Verte cortada a la mitad por el miedo


me pone la carne de gallina


Quiero ver crecer mujeres enteras


Fui engañada


Yo ya no encuentro grandeza en ser dócil


en el fragmento limpio;


me da pena y tristeza por mis propias


raíces mutiladas


¡Qué desastre!


Qué desastre sacarse tajos de piel


de deseo, de patetismo humano


de rotura sensible


Esto es mío


 esta es la que soy


Ya no admiro a quien retiene el llanto


ni a quien la prudencia le sacrifica


sus lugares sagrados,


ya no admiro el pudor ni la obediencia


ya no admiro mi pudor ni mi obediencia


Enséñame a liberarme


Mírate,


mira en quien te has convertido


has degollado al Dios de tus padres


rara, demasiado rara, inadecuada, irreverente, desvergonzada, indócil, desadaptada, indomable, ¡enséñame a liberarme!


Busca tu clan, hechicera


refúgiate en quienes también


transgredieron la larga noche


nuestros pasos, nuestra fuerza


ninguna se queda atrás


Crisálida rota, enséñame a liberarme


Amanece y


tu ternura me salva


Tu ternura me salva


Tu ternura me salva


***


Código piel


Somos


Interdependencia


Somos


Me sostengo quieta


respiro, trémula, en equilibrio frágil


aguantando la respiración, a la espera, me sostengo


con las uñas y los dientes,


apenas


Me sostengo


Me sostienes


criatura de símbolos


animal deseante


alma hambrienta


encrucijada viva


oxímoron


llama mortal


manojo de máscaras


¡Tú! Grieta


Me sostienes


¡Tú! Jardín


Me sostienes


en código piel


Extiendo mi mano y tu mano acude


Soy mi mano


Es decir, me extiendo y tú acudes


Lectura en lenguaje cifrado


rastreo, rastro, reptil, reptar, reptar hasta ti


retar, retarte a un próximo giro


¡Mirada arriba, mirada arriba!


Unifica el mensaje, júntate, intégrate


mírame con todos tus ojos


Código piel


peso temperatura


intención empuje


intención arrastre


rastreo, rastro, reptil,


reptiles, reptar, reptarte,


retar, retarte a un próximo abrazo


Sí, no, sino, sí pero no


que al final es sí


               me duele


                              me dueles


todo vínculo es palimpsesto de voces


Sí, no, sí, sí, sí. No. Sí.


Inventa una ruta


abre la compuerta


 extiende tu mano y viértete, mantarraya


                              Esta vez dejaré que emerjan


                                       nuevas contundencias


***


Tocar 


 

Me atraen las cosas por su forma


no por su nombre


creo llegar tarde a todo


tanteo con las manos, a ciegas


Solo me convencen las texturas


las temperaturas


el peso de las cosas


las palabras no me guían


las escucho y sigo de largo


He tenido que tocarlo todo con las manos


hundir las yemas en la mojada y fría viscosidad del barro


en la tibia viscosidad de la boca del animal


Entiendo el mundo con los dedos


sigo los rastros con la lengua y el olfato


Las pistas han de tener relieve


Es una vía complicada la del tacto


la del rastro químico


Requiero el contacto directo con la metáfora


ser atravesada por la idea


que se me enrede en los pies el deseo


No me sirve la distancia


salvarme tras la puerta


La aurora distante, espacial, sin temperatura posible


no me sirve


Las cosas tienen sentido


si dejan cenizas, chispas, humo


Cualquier residuo para recordar o anhelar


Átomo, partícula, molécula, sólido


 ***


Comunión con el misterio 


Parir lenguas entre mis huesos


nombrando


que mis venas púrpuras y verdes


enciendan sus diminutos y mojados ojos


Comunión con el misterio


brujería


abrir portales en mi ombligo


y en cada cosa que ingiero


Parecemos extinguirnos a pulso propio


y también eso es movimiento orgánico


-yo también soy la naturaleza-


El aliento salvaje se abrió camino


entre mis mucosas y mis entrañas


como una ráfaga de viento atraviesa las ramas de un apamate


Comunión con el misterio


brujería:


Encielarme, encielarme, encielarme


hasta verme a mí misma transmodificada


metamorfloreada


geomórfica


impertinentemente celeste


Digo palabras para no emitir quejidos,


mugidos, maullidos, seseos


las digo para decir otras cosas


pero ellas son también la naturaleza


Sueño palabras que han atravesado las lenguas de mis ancestros


que han vibrado en sus casas transitorias


Me fue dado el barro esencial


y tantas vasijas hechas,


para romper


La libertad está llena de destrucción


-soy la naturaleza-


Tengo candela indómita detrás de los ojos


un llamado anterior a la palabra no me deja dormir


me distrae de maya, la ilusión inercia


No me molestaría volver a nacer


en gotas de agua o alimento para insectos,


en aminoácidos


carbono


soy la naturaleza


***


Rota pero junta


Una voz que se funde en la multitud


una voz que se extingue


una voz que se entremezcla y desaparece;


una voz opacada, suspendida, pausada


acallada


acallada


Una voz de miedo heredado, enredado


una voz rota de miedo


Una voz rota de miedo


se observa a sí misma


y pliega sus extremos hacia adentro


palpita, muta, aguarda


Rota pero junta


como toda cosa viva que habita bajo el sol


palpita, muta, aguarda


Trayectoria ascendente


acertijo incompleto de mi madre, mi abuela,


mis otras antes de mí


mis otras


construir mi camino con sus pasos,


despejar incógnitas


dar luz al punto ciego


darme a luz


vencer falsas urgencias para hallarme


Ya me conformé con resquicios


ya me plegué a la voz de otros


ya confundí mi libertad con su deseo


ya quise ser buena, adecuada, querible,


suave, deseable, conveniente, dócil,


ya quise ser salvada


Rota pero junta 


ro-ta-pe-ro-jun-ta


pliego mis extremos hacia mi centro


No me voy a disculpar, señor


no, no me voy a acoplar


no lo voy a replantear


no me voy a censurar


no pienso pagar ninguna deuda con mi vida.


Esta voz mía no es negociable


                                       Libertad no negociable



***

Bolívar Pérez. Nacida en Maracay (1990), residenciada en Caracas, Venezuela. Psicóloga de profesión, escribe poesía desde la adolescencia como herramienta de autoexploración; la mayoría de sus escritos tienen origen en sus diarios. Del 2014 al 2017 condujo el colectivo de poesía La Ruta Poética, junto a otras poetas caraqueñas. Ha participado en múltiples recitales de poesía, tanto en espacios institucionales como no convencionales, así como en distintas ferias y festivales de lectura y poesía dentro y fuera de su país, incluyendo el 1° y 2° Encuentro Internacional de Mujeres Escritoras (2020 y 2022, respectivamente), el Encuentro Poético del Sur (2022), la 13° Feria del Libro de Caracas (2022), la Feria Internacional del Libro de Venezuela 2022, la 18a FILVEN Portuguesa – Capítulo Guanare (2023), el 16° y 17° Festival Mundial de Poesía de Venezuela (2022, 2023) y el Festival Internacional de Poesía “Jauría de Palabras” en Bolivia (2023). Actualmente forma parte de la agrupación Los 4 Grados del Fuego. Explora el performance, la danza, la improvisación y su relación con la palabra. Varios de sus poemas han sido publicados en revistas venezolanas de formato digital como Chivos sin Mecate, Épale y Mentekupa y en el 2020 fue publicado su poemario Contra-natura, nada por Fundarte, también en formato digital.

Libros, pan y café (III) | Ysbel Mejías


Tokio Blues, de Haruki Murakami — El café, la música y los libros como refugio


No necesitamos el pan entero para vivir, pero sí necesitamos el libro entero para soñar. 

(ysbelmejias) 


Hay novelas que surgen como experimentos literarios, o como simples ejercicios de escrituras; este es el caso de este libro de Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood) que llegó a mis ojos lectores a través de la navegación que hago ubicando textos donde el café y el pan sean parte importante dentro de los argumentos que el escritor desarrolle, para continuar alimentando este espacio que comparto contigo. Esta obra posee además sonoridad, pues, la música se desenvuelve como un personaje más dentro de su trama y por supuesto cada página leída tiene ese olor de las cafeterías, de los sitios de espera: aeropuertos, comedores universitarios, restaurantes, bares, salas de hospitales. La primera página de esta novela desde mi perspectiva lectora nació, sobre una taza humeante. Y eso, para una columna que se llama Libros, pan y café, es casi una declaración de principios.


Una canción que detiene el tiempo


Toru Watanabe tiene treinta y siete años cuando aterriza en Hamburgo. Mientras el avión desciende, por los altavoces suena Norwegian Wood, de The Beatles, una pieza que está marcada por innovaciones musicales como la incorporación de la Sitara, una idea de George Harrison y la letra escrita por Lennon nos lleva a descubrir una historia amorosa escondida a través de esta composición. Esa melodía detiene el tiempo en su mente y lo devuelve dieciocho años atrás, en el Tokio de finales de los sesenta. Allí están Naoko, la novia de su mejor amigo, marcada por una pérdida que no logra superar; Midori, vital, irreverente, llena de ganas de vivir; y la pregunta que atraviesa toda la novela: ¿cómo se sigue adelante cuando el dolor parece más real que la vida misma?

De allí en adelante, se inicia una lectura sobre los duelos, amores que no llegan a ser y amistades que se deshacen. Pero también me encontré con esos pequeños rituales que nos sostienen: una taza de café, un trago, una cerveza, un disco que suena, un libro que se comenta en voz baja. En las primeras páginas de este libro se describe el espacio de la residencia universitaria en la que Watanabe estaría durante un largo tiempo para conocer y compartir con otros personajes:

En los estantes de la mayoría de habitaciones se alineaban transistores, secadores del pelo, cafeteras y hervidores eléctricos, café instantáneo, bolsitas de té, terrones de azúcar, ollas y vajilla sencilla para preparar raamen instantáneo.

Estas descripciones permiten llegar hasta ese edificio de habitaciones para estudiantes y pasearnos con Watanabe para conocer de cerca sus sensaciones como estudiante Teatro en la universidad de Tokio. Aunque su vocación no estaba totalmente clara. Todo esto ocurre mientras pasamos las páginas; escuchamos la canción Norwegian Wood.


El café como espacio de encuentro


En Tokio Blues, una cafetería no es un decorado: es el lugar donde los personajes conversan, se conocen y comparten silencios. Las conversaciones decisivas de Toru con Naoko, con Midori, con Reiko, ocurren casi siempre alrededor de una mesa. Así las cafeterías se convierten en territorios donde las emociones se dicen sin rodeos, se habla de la muerte sin que el mundo se derrumbe.

La novela se construye sobre lo cotidiano que funciona como anclajes emocionales para los personajes, por ello a lo largo de la lectura aparece el compartir una taza de café, comida y cerveza son elementos que forman parte del universo cotidiano dentro y fuera del libro, son esas anclas que permiten continuar viviendo. En este pequeño fragmento lo puedes apreciar:

Entramos en una soba -ya cerca de la estación y tomamos un bol de soba. Como tenía sed, bebí cerveza, yo solo. Encargamos los fideos y comimos en silencio. Yo estaba agotado por la caminata, y ella, con sus manos descansando sobre la mesa, parecía estar de nuevo absorta en sus cavilaciones. Las noticias de la televisión anunciaban que aquel domingo los lugares de ocio habían tenido una ocupación plena. «Y nosotros hemos ido a pie desde Yotsuya hasta Komagome», me dije. —Estás en forma —bromeé cuando terminé mis fideos.

La vida transcurre para Watanabe y Naoko entre el desarrollo de una caminata y la llegada a un lugar de comida para compartir el silencio.


La música como detonante de la memoria


Norwegian Wood es la canción que funciona como un leitmotiv que se propaga a lo largo de toda la novela. Esa melodía en los altavoces del avión es el disparador que hace retroceder la memoria de Watanabe. Esta canción conecta a Watanabe con su juventud y lo que significa convertirse en adulto; Murakami narra a través de experimento realista: el dolor de hacerse adulto.

Pero la novela está atravesada por muchas otras músicas: los Rolling Stones, Bill Evans, Burt Bacharach. La música define la experiencia juvenil de Toru y dibuja la nostalgia también, como un territorio. En Tokio Blues, escuchar una canción es recordar; recordar es volver a perder lo que ya se perdió. Aquí les dejo algunos trozos de este hermoso libro y lo que va definiendo en el texto: 

El trabajo: 

Una chica con los labios pintados de color rosa, que la miraras por donde la miraras no aparentaba más de trece años, entró en la tienda y me pidió que le pusiera Jumping Jack Flash, de los Rolling Stones. Empezó a bailar meneando las caderas y marcando el ritmo con los chasquidos de los dedos. Luego me pidió un cigarrillo. Le di un Lark del paquete del encargado. Fumó con deleite y, cuando se acabó el disco, salió de la tienda sin darme siquiera las gracias.

Vivir solo: 

Aunque no era una buena guitarra, fui capaz de afinarla. Pensándolo bien, no había tenido ninguna desde mi época del instituto. Me senté en el porche y fui punteando despacio, de memoria, Up on the Roof de The Drifters, que había aprendido tiempo atrás. Me asombró que aún recordara la mayoría de acordes.

La muerte: 

Primero hizo una interpretación serena y bellísima de Dear Heart, de Henry Mancini. —Este disco se lo regalaste tú, ¿no? —Sí. Hace dos años, por Navidad. A ella le encantaba esta melodía. —A mí también. Es tan dulce, tan hermosa... Y, tras rasguear deprisa algunos acordes de Dear Heart, tomó un sorbo de vino. —Veremos cuántas canciones puedo tocar antes de emborracharme. Un funeral así no está nada mal, ¿no te parece? No es triste. Reiko pasó, a los Beatles y tocó Norwegian Wood, Yesterday, Michelle, Something. Después cantó, acompañándose de la guitarra, Here Comes the Sun. Al final interpretó The Fool of the Hill. Puse siete cerillas en fila.

Cada capítulo tiene su propia lista de canciones que me permitió adentrarme en esos territorios que la memoria, el tiempo, la cotidianidad y los choques dolorosos como la muerte en ese transcurrir de hacernos grandes (adultos) que nos va dejando la vida. Así, este libro puede funcionar como un compilado de experiencias juveniles hacia la adultez.


Los libros dentro del libro


Otro elemento interesante y valioso en esta obra es que Murakami rinde un tributo explícito a sus influencias literarias. En la novela se citan obras como El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; La montaña mágica, de Thomas Mann; y Bajo las ruedas, de Hermann Hesse. También aparecen William Faulkner y El guardián entre el centeno de J.D. Salinger.


Yo iba correctamente vestido, me había afeitado aquella misma tarde y, además, estaba absorto en la lectura de La montaña mágica, de Thomas Mann.


Cumplí veinte años, el otoño dio paso al invierno, pero mi vida no experimentó cambio alguno. Asistía sin interés a las clases, trabajaba tres veces por semana, de cuando en cuando releía El gran Gatsby, y los domingos hacía la colada y escribía largas cartas a Naoko.


Estaba tomando la cerveza cuando de pronto recordé que me hallaba en una librería. Bajé a la tienda, encendí la luz y rebusqué en la estantería de los libros de bolsillo. No me apetecía ningún libro en especial, pues había leído la mayoría de ellos. Al final, me decidí por un descolorido ejemplar de Bajo las ruedas de Hermann Hesse, que aparentemente llevaba mucho tiempo en la tienda, y dejé el importe al lado de la caja registradora.


Para esta columna los elementos que se conjugan en Tokio Blues; el café, la música y los libros conviviendo en la misma mesa. Son referentes de importancia, pues, los personajes no solo toman café: mientras lo hacen, hablan de literatura. La novela se construye como un homenaje a la lectura como una forma de habitar el mundo, de nombrar lo que duele y de encontrar compañía en la voz de otros.


El pan cotidiano


La comida es también un anclaje emocional y cotidiano dentro de esta novela porque es una de las formas que presenta el autor para sostener el cuerpo cuando las emociones nos hacen más frágiles, y es lo que se puede observar en este párrafo significativo:

El menú consistía en estofado de patatas con fideos, ensalada, zumo de naranja y pan. Las verduras eran tan deliciosas como las había descrito Naoko en su carta. Comí todo lo que había en el plato sin dejar ni una miga. —Comes a gusto, ¿eh? —comentó admirada. —Está todo delicioso. No había probado bocado en todo el día. —Si quieres puedes terminar mi plato. Estoy llena. —Claro —dije. 

Es el lapso de tiempo en el que Watanabe comparte con Reiko y Naoko en el comedor de un centro de salud donde esa chica que el amaba transitaba por un momento tambaleante de su vida. Y este decide acompañarla durante el proceso. 

Tokio Blues encaja en Libros, pan y café porque muestra, con una claridad conmovedora, que cuando la vida duele las personas se pueden refugiar en una taza de café, en una canción y en un libro. 

El café es el medio pan que permite la conversación; la música y la literatura son el libro que alimenta el espíritu. Es exactamente el gesto que reivindicaba Lorca: no pedir un pan entero, sino medio pan y un libro para que el alma no muera.

Los invito a prepararse un café, poner Norwegian Wood de fondo y sentarse a leer esta novela. Quizás, como Watanabe, descubran que una melodía puede devolvernos a un tiempo que creíamos perdido. Y que, en medio de la pérdida, siempre queda una mesa donde compartir el pan y la palabra.