jueves, 14 de mayo de 2026

Los 80: una generación tumultuosa / 2



-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje.

J.S.P.


En su libro Laar's poética (Cebac: 2026), Luis Alberto Angulo afirma de manera tajante: "La denominada en Venezuela Generación poética de los '80 se inició trágicamente, a mi modo de ver, con el fallecimiento en la ciudad de Mérida, el 17 de agosto de 1980, del poeta italo-venezolano Gelindo Casasola".

Más allá de lo aparentemente radical de tal afirmación, lo cierto fue que Pasturas de Gelindo Casasola (Fundarte, 1979) causó en mí una impresión determinante durante aquella primera lectura realizada apenas iniciando los 80; la lectura y la infausta noticia de su muerte llegaron como una sola efervescencia que hoy evoco después de tantos años.

Hubo algo de leyenda en todo eso. Confieso que lo del suicidio me conmocionó, y luego un comentario bastante idiota de un crítico pretencioso fueron los motivos de mi curiosidad: "Pasturas carece de una forma y de un fondo estructurados sobre la base del lenguaje. No propone ni transmite la vivencia del autor, impidiendo por tanto que el lector se sienta involucrado en la página donde el ojo apunta..." (Papel Literario: marzo, 1980).

Y sin embargo, la cuestión no fue así, puesto ya en la pista del breve libro, descubre uno piezas de alta belleza formal:


Ángeles


De las alas malvas que ustedes tienen 

y que los asemejan a los pájaros 

cuando ascienden, 

me gusta esa vibración 

parecida al aplauso.

Pero seres así, tan elásticos, 

no existen 

no suben a ningún lugar.

Sin embargo, ¿quién puede negarlo?


De las tres partes que conforman Pasturas, son la primera "Aire" y la final "Haikus" con las mantengo mayor afinidad; en "Aire" es posible respirar una atmósfera que lo acerca a la poesía de Rilke: algo etéreo y luminoso que transita por entre las imágenes deslumbrando con "La desmesura del deseo y los condicionamientos del humano vivir", como percibió Carmen Mannarino en su momento (De propios y de extraños, Academia Nacional de la Historia: 1988):


A una bailarina


Tu forma suave en el aire 

y la inútil soledad que muestras

te hacen tierna y sensitiva,

pequeña bailarina que no descansas.

¿Qué cielo conoces mientras vuelas?

porque nada de nosotros seguramente ves 

allá en tu alta magia, 

cayendo siempre sin caer.

¿Ves?, eres leve

para estos ojos que te miran celestes".


Del lado contrario, "Haikus" deslumbraba por lo radical y atrevido del experimento: llevar la expresión a un grado de minimalismo tal que el poema queda reducido a la desnudez de una sola o un par de palabras:


yerba

verde.


***


cálmate 

cállate.


***


El agua.


***


La hierba.


***


piedras.


...y otras radicalidades que pueden confundir a quien no está atento al fogonazo con que las palabras taladran en nuestro fuero interno. Para Angulo: "La poesía que escribió Casasola, continuada temáticamente por poetas posteriores, no era común en sus días porque era, hasta cierto punto, una ruptura con la de sus coetáneos y, desde luego, con la poesía del sesenta y setenta; no es el tópico, sino la formulación y el sustrato verbal lo que la hace diferente..."

En todo caso Pasturas continúa siendo una experiencia iluminadora dentro de nuestra poesía, suscribo sin ninguna reserva la apreciación de Julio E. Miranda sobre este malogrado poeta: "Pocas veces se ha dado en Venezuela una poesía tan limpia, tan finamente perfilada, tan sobriamente bella como la que entregó Casasola en Pasturas, a sus ventipocos años (...) La descripción de lo cotidiano, entreverada de reflexiones, reduce esa radical, conmovedora y excepcional experiencia de ser y reconocernos personajes de una fábula que no es otra que la propia vida llevada a lo esencial" ( Andina, Fundarte: 1988).


(Continuará...)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Rock progresivo (y esas cosas)... X


-Roberto Santana


El pulso del plomo: Cuando Dust dejó de ser polvo


Despojémonos de la mirada nostálgica y adoptemos la del anatomista. Estamos ante un cadáver exquisito de la prehistoria del metal, una banda que, a pesar de su corta vida, logró destilar la angustia industrial de Nueva York en un lenguaje que hoy llamaríamos visionario.


I. El pulso de 1972: Una Nueva York en el abismo


El año 1972 en Estados Unidos no fue el de la paz, sino el del agotamiento. Mientras la administración Nixon se hundía en el fango de Watergate (tras el robo en junio de ese año), el sueño del Flower Power había terminado de pudrirse en los callejones de la Gran Manzana. 

Nueva York era, en ese momento, un ecosistema de decadencia y peligro. La ciudad bordeaba la bancarrota, el crimen alcanzaba picos históricos y el "brillo" de los años sesenta se había convertido en un hollín espeso. Económicamente, la inflación comenzaba a golpear el bolsillo de la clase trabajadora, y culturalmente, el optimismo psicodélico cedía ante una realidad mucho más cruda. Esta atmósfera de callejón sin salida es el sustrato sobre el cual Dust edifica su sonido: una música que no busca elevar la conciencia, sino resistir el impacto del pavimento.


II. La escena: Del Heavy Psych al Proto-Metal


En 1972, el Hard Rock estadounidense estaba en una encrucijada. Por un lado, el éxito masivo de Grand Funk Railroad marcaba un camino de robustez rítmica; por otro, bandas como Blue Öyster Cult (con su debut homónimo de ese mismo año) empezaban a dotar al rock pesado de una intelectualidad sombría y críptica. 

El Heavy Psych estaba mutando. La experimentación con el ácido se transformaba en la pesadez del plomo. Grupos como Sir Lord Baltimore y Dust fueron los encargados de acelerar el pulso y endurecer las texturas, eliminando la cortesía del blues-rock para entrar en una zona de colisión que hoy identificamos como Proto-Metal. Era una música de "choque", donde el volumen ya no era un efecto, sino un componente estructural.


III. Dust: Un cónclave de prodigios adolescentes


Lo más asombroso de Dust es su composición biográfica. Al momento de grabar Hard Attack, el trío estaba compuesto por tres jóvenes de Brooklyn que apenas salían de la adolescencia:

La solvencia de Dust residía en una química de trío que desafiaba la inexperiencia biográfica de sus integrantes a través de un despliegue técnico inusual para el género. Richie Wise se erigía como el arquitecto melódico del grupo, articulando una guitarra que alternaba ataques de una agresividad seca con un sentido de la composición que equilibraba la fuerza bruta mediante una entrega vocal pulida. Por su parte, Kenny Aaronson redefinía el papel del bajo, alejándolo de la función de simple anclaje rítmico para convertirlo en una entidad solista; sus líneas inquietas y técnicamente exigentes ya sugerían la versatilidad de un músico de élite, capaz de sostener diálogos melódicos en lugar de limitarse a marcar el pulso. Esta arquitectura sonora encontraba su motor en la pegada volcánica de Marc Bell, un baterista cuya precisión y potencia física otorgaban a la banda una tracción demoledora. Su desempeño en este periodo, caracterizado por una intensidad rítmica que no sacrificaba el matiz, se convertiría en el eslabón perdido entre la complejidad del hard rock temprano y la velocidad despojada que más tarde lo consagraría como Marky Ramone.

A ellos se sumaba el "cuarto miembro" invisible, Kenny Kerner, quien se encargaba de las letras y la producción, aportando una visión conceptual que elevaba a la banda por encima del promedio de los grupos de bar de la época.


IV. Hard Attack: El parto de la complejidad


Lanzado bajo el sello Kama Sutra en 1972, Hard Attack es una obra que desafía la etiqueta  "banda de rock pesado". Mientras su debut era un asalto sonoro directo, este álbum es un trabajo de orfebrería rítmica y tímbrica.

La producción de Wise y Kerner es sorprendentemente clara para los estándares de 1972. A diferencia de la saturación de otros discos contemporáneos, aquí hay aire. El álbum es un claroscuro que alterna el riff demoledor con pasajes de una delicadeza acústica casi pastoral, lo que demuestra una madurez compositiva que buscaba la obra total más que el éxito radial.

La instrumentación en Hard Attack es un ejercicio de contrapunto constante. Wise utiliza la guitarra eléctrica con una distorsión granulada, pero su trabajo con la acústica de doce cuerdas aporta una profundidad que remite al progresivo británico. Kenny Aaronson ejecuta líneas de bajo que dialogan con la voz, utilizando un tono rico en medios que le permite cortar la mezcla.

Marc Bell demuestra en la batería por qué fue un pilar del punk; su pulso es veloz pero lleno de matices jazzísticos en los platos, sosteniendo la estructura con una solidez inquebrantable.


V. Evolución: Del debut a Hard Attack


La transición del debut homónimo de 1971 hacia Hard Attack (1972) marca el paso de la agresión instintiva a la inteligencia compositiva. Mientras que el primer álbum se presentaba como un bloque de psicodelia pesada y texturas compactas, casi saturadas por la urgencia del asalto sonoro, este segundo trabajo revela una madurez donde la visceralidad pura cede espacio a una sofisticación rítmica mucho más aireada. La banda no renuncia a su peso característico, pero aprende a dosificarlo; el ruido seco y el *riff* monolítico ahora conviven con pasajes de una delicadeza acústica que dota a la obra de una profundidad melancólica y urbana antes ausente. Es, en esencia, la transformación de un estruendo ciego en un ejercicio de orfebrería eléctrica, donde el silencio y el contraste instrumental se vuelven tan determinantes para el impacto final como el volumen mismo.


VI. El destino de la banda


Tras la disolución de la banda en 1972, poco después del lanzamiento de Hard Attack, los integrantes siguieron trayectorias fundamentales para la historia del rock. Richie Wise y Kenny Kerner se convirtieron en una de las parejas de productores más influyentes, siendo los responsables de producir los dos primeros álbumes de KISS. Marc Bell se unió a Richard Hell & The Voidoids y, finalmente, reemplazó a Tommy Ramone en The Ramones, convirtiéndose en una leyenda del punk. Kenny Aaronson, por su parte, desarrolló una carrera estelar como bajista de sesión y directo, tocando con artistas de la talla de Rick Derringer, Joan Jett y Bob Dylan.


VII. Comparativa de escena: Los olvidados del 72


Para ubicar a Hard Attack en su contexto, debemos medirlo con sus pares de la "periferia" del rock pesado.

Para profundizar en la anatomía de este ecosistema de rock pesado y ubicar a Dust con mayor precisión, debemos observar cómo estas agrupaciones de la "periferia" operaban bajo lógicas distintas, a pesar de compartir el mismo aire viciado de principios de los 70.


a) Tin House (Tin House, 1971):

   

Este trío de Orlando, Florida, representa la vertiente más luminosa y "aceitosa" del hard rock estadounidense. Bajo la producción de Rick Derringer, el álbum destila una energía que, si bien es demoledora en volumen, permanece profundamente anclada en la tradición del blues-rock sureño. A diferencia de la frialdad técnica de Hard Attack, Tin House se siente como una combustión ; su sonido es más cálido y "asoleado", con una guitarra de Jeff Miller que busca el groove antes que la estructura fragmentada. Mientras Dust se alejaba de las raíces para construir un lenguaje proto-metálico, Tin House las utilizaba como plataforma para un virtuosismo mucho más orgánico y directo.


b) Tractor (Tractor, 1972):

 

Desde el sello Dandelion de John Peel, el dúo conformado por Jim Milne y Steve Clayton ofrece el contrapunto británico a la urgencia neoyorquina. Tractor es una anomalía de estudio; grabaron en condiciones casi artesanales en Rochdale, logrando una densidad sónica que oscila entre la psicodelia pesada y una melancolía pastoral muy propia del folk inglés. Comparten con Dust esa fascinación por el contraste —pasando de guitarras acústicas delicadas a ataques de fuzz abrasivo—, pero donde Dust es pulcro y "quirúrgico", Tractor es errático, brumoso y experimental. Su música no suena a ciudad, sino a una campiña deformada por la electricidad y el aislamiento.


c) Haystacks Balboa (Haystacks Balboa, 1970):

   

Como compañeros de la escena nocturna de Nueva York, representan la faceta más indómita y menos procesada del sonido local. Su propuesta se asienta en un rock pesado de gran envergadura rítmica que remite inmediatamente al sonido de Mountain, pero con una aspereza que carece de la ambición técnica de Dust. Si Richie Wise y compañía buscaban una obra integral con arreglos meticulosos, Haystacks Balboa se centraba en la potencia del directo y el grito bluesero. Son el sonido del sótano neoyorquino antes de ser refinado por la visión de productores como Kerner y Wise; una fuerza de la naturaleza que privilegia la pegada sobre la sofisticación.


d) Janus (Gravedigger, 1972):


Este proyecto de músicos británicos afincados en Alemania ofrece la perspectiva más conceptual y europea de la lista. Gravedigger es un álbum que coquetea abiertamente con el space rock y un progresivo de tintes sombríos, utilizando el órgano y texturas densas para crear una atmósfera de pesadilla narrativa. Al igual que Dust, Janus es hoy una banda de culto absoluto, pero sus búsquedas son divergentes: mientras Janus explora la expansión del sonido hacia el cosmos y la teatralidad del terror, Hard Attack se mantiene pegado al cemento, con una suciedad urbana y una agresividad rítmica que lo vincula más al futuro del metal que al pasado de la psicodelia.

Lo que hermana a estos cinco trabajos es condición de marginalidad y su resistencia a la estandarización. En un momento en que el rock pesado empezaba a encontrar fórmulas de éxito radial, estas bandas se mantuvieron en los márgenes, apostando por una densidad sonora y una oscuridad temática que el mercado masivo aún no sabía procesar. Ninguno alcanzó el estrellato masivo de Led Zeppelin o Black Sabbath, pero todos representan la insistencia en la complejidad dentro de un género que el mainstream empezaba a simplificar. Todos ellos son testimonios de una época donde el volumen se utilizaba como una herramienta de exploración, no solo de entretenimiento.

Se diferencian en su geografía emocional. Mientras Dust es Nueva York con su asfalto y su urgencia, Tractor es la campiña inglesa deformada por el ácido, Janus es la exploración del espacio exterior en una nave con forma de castillo y Haystacks Balboa es el vaho de la alcantarilla y el sudor del tugurio.

Esta comparativa permite ver a Hard Attack no como un accidente, sino como el punto más alto de sofisticación dentro de esa "otra" escena que, a espaldas de los grandes estadios, estaba cimentando las bases de lo que vendría después.


VIII. Apoyo visual y curiosidades


Un punto fundamental en la mística de Hard Attack es su portada. La ilustración, titulada "Snow Giants", es obra del legendario Frank Frazetta. Esta elección visual no es baladí: sitúa a la música en un plano épico y fantástico, un recurso que luego sería estándar en el Heavy Metal. 

No existen videoclips oficiales del álbum (la época no lo exigía para bandas de su perfil), pero la imagen de Frazetta actúa como el soporte visual definitivo, capturando la fuerza bruta y la escala monumental de la música.


IX. Trascendencia


La trascendencia de Hard Attack reside en haber sido un puente. Demostró que el rock pesado estadounidense podía tener la sofisticación técnica de los británicos sin perder la agresividad de las calles de Brooklyn. Para la carrera de sus músicos, fue la plataforma que demostró que eran instrumentistas de élite.


Clasificación: #Excelente


Digamos que hay aquí un matiz musicológico: lo califico como #Excelente porque es un álbum de madurez temprana. Logra un equilibrio casi milagroso entre el hard rock de estadio, la experimentación psicodélica y la finura de cámara. Su única "falla" fue ser un disco adelantado a su tiempo; en 1972, el público aún no estaba listo para una banda que sonara tan pesada y, a la vez, tan meticulosamente arreglada. Es una pieza fundamental para entender de dónde viene la musculatura del metal moderno. Me pregunto a dónde hubiera llegado esta banda si hubiese contado con más apoyo.


Dust – Hard Attack (1972)


•Estados Unidos 

•Hard Rock

•Heavy Psych

•Proto Metal

con matices y anuncios de

•Progressive Rock

•Country Rock

•Heavy Metal

•Excelente


Músicos


•Kenny Aaronson: bajo, guitarra slide y pedal steel

•Marc Bell: batería y percusión

•Richie Wise: guitarras eléctrica y acústica, voz principal y coros.


Si quieres escucharlo, toca el enlace:

https://t.me/CorazonDeRockPesado/2307

martes, 12 de mayo de 2026

Los 80: una generación tumultuosa / 1


-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje.

J.S.P


La historia de la literatura venezolana nos ha acostumbrado a leer la poesía escrita durante el siglo XX en bloques generacionales, comenzando por la benemérita Generación del 18 deslumbrante grupo de poetas y artistas plásticos navegando entre las aguas de la tradición peninsular y los hallazgos del Modernismo. 

A ésta sucedieron otras igualmente notables: la del 28, el Grupo Viernes, la del 45, la del 58 que selló su pacto con las vanguardias en boga en una época especialmente turbulenta en la historia de Latinoamerica durante los años 60, la década siguiente abocada a explorar las posibilidades del poema breve, hasta llegar a los años 80, década de revisión, relecturas y descubrimientos a fin de afianzar las nuevas propuestas que los jóvenes de entonces pretendían llevar a cabo.

Se trató, como diría Georges Bataille en La literatura y el mal de "una generación tumultuosa": una generación que lleva sobre sí el peso de la tradición de vanguardia que se desarrolló durante los 60 y el de la historia de un país que se abrió paso a la democracia mientras nosotros cruzábamos "un desierto lleno de espejismos, de trampas y de inmensas soledades" como definía Paul Nizan a la adolescencia y llegábamos a la mayoría de edad. Dos lustros que se inicia con los manifiestos de los grupos Tráfico y Guaire para luego expandirse en una serie de discursos individuales que se fueron afianzando en el tiempo.

Debido a su diversidad y al hecho de identificarme fraternalmente con muchos poetas de esta década cuando dábamos los primeros pasos hacia la poesía se me hace difícil pensar en cuáles serían los aportes que como generación han quedado para los que ahora se interesan en la creación poética. Sin embargo, desde el refugio de la memoria afectiva quisiera regresar en el tiempo a algunos libros que en su momento lograron afectarme como lector señalando las posibles pautas a seguir en el camino. 

Por lo que inicio esta serie de comentarios a sabiendas de que es imposible no caer en las inevitables omisiones y la lamentable injusticia, me amparo sólo en el hecho de que se trata de una lectura personal y por lo tanto parcial de un momento de nuestra historia poética; por lo que de antemano invito a los eventuales lectores a trazar su propio mapa con la intención de ir hilvanando las coincidencias y los contrastes.

Digamos que no hay presencia sin tradición y afortunadamente para los lectores de hoy, la tradición poética venezolana es una de las más importantes de nuestramérica. Al desandar sus veredas podemos encontrar hallazgos, sorpresas, alegrías y decepciones, pero en todo caso forma parte del proceso a seguir cuando nos vemos entregados a estudiar nuestra historia literaria.


(Continuará...)

lunes, 11 de mayo de 2026

Seis poemas de Ono No Komachi


Las noches de otoño

son sólo largas de nombre:

nada más encontrarnos, 

sin apenas cruzar palabra

llegó el amanecer.


***

El color de las flores

ya pasó en vano,

mientras mi cuerpo

pasaba por este mundo

mirando las largas lluvias.


***

¿Será que lo vi

por haberme dormido

pensando en él?

De haber sabido que era sueño,

No habría despertado.


***

En la realidad

sé que debe ser así,

pero qué tristeza

cuando hasta en sueños

me sigues evitando.


***


En la noche sin luna

cuando no puedo verle,

e querer me despierta

llamas latiendo en el pecho

y el corazón me arde.


***

Sin mostrar su color,

lo que va cambiando

en este mundo,

ahora sé que es la flor

del corazón de la gente.


Del libro Poesía clásica japonesa, traducido y editado por Torquil. Duthie, 2005.

Ono No Komachi dibujada por Kikuchi Yōsai (1781 – 1878)

Nada se sabe de sus fechas y de su biografía. Sólo se conoce que fue muy activa a mediados del siglo IX. Era famosa por su singular belleza y Komachi es hoy sinónimo de belleza femenina en Japón. También figura entre los Treinta y seis inmortales de la poesía.

sábado, 9 de mayo de 2026

Doce poemas de Nesfran González Suárez



Vulnerable


Entre la hierba, bajo mis pies,

incluso una brisa suave es tempestad.

Ko Un


****


El segundo evento pluvial carniense

sería el título para un largo poema.


Mientras escampa

recuerdo con nostalgia 

los libros de mi biblioteca perdida.


Como si nunca hubiesen existido.


***


En tiempos de Tiberio

nació una niña en la isla de Capri.


Una voz la proclamó descendiente de Zoroastro

y sus padres, para salvarla

de un destino trágico 

la llevaron a la lejana Judea.


Fue conocida como María Magdalena.


Sus discípulos aún elevan plegarias 

allí, donde el alma se niega 

a dar un paso en falso.


***


Extranjero pobre

ilegal agotado

algunas veces enfermo.


Nadie conoce más 

el significado de la palabra 

              desventaja.


***


Hebras de pasión 

invaden el cuerpo 

a través de los poros.


Así como el canto

llena al gallo de Montejo.


La liberación es a raudales

cuando abre la represa 

y un frío estremecedor 

recorre las piernas.


***


Guardo en un cajón

improperios y argumentos. 


Pero el olvido, cruel y ladino

me deja desamparado.


El silencio no es el único

que se oculta

en los rincones de la casa.


***


Soy varios elementos 

en un solo cuerpo.


Si los sacas del círculo 

paso a ser un espectro. 


¿Qué se siente amar a un espectro?


***


Expectativa. 


Palabra que pasa

por debajo de la mesa.


Madre

de todas las frustraciones.


***


Las gotas caen

una sigue a la otra

uniformes

continuas 

cristalinas.


Ignoro cuál tendrá el privilegio 

de rebosar el vaso.


***


¡Oh! piadoso soldado romano

que evitaste las burlas

y la agonía 

al hundir tu lanza en el costado

de nuestro Señor Jesucristo 

acelerando su muerte inminente. 


Ruega por nosotros. 


***


La superstición habita en la madurez. 


Es un alma en pena. 

Un fantasma encadenado. 


Todo cambia. 


Hasta la forma de llorar.


***


Cuando la poesía abandona 

siempre queda una taza de café 

tibio

sin origen 

sin azúcar.


***


Vulnerable 

como un castillo sitiado

sin alabarderos

ni arbalesteros

y el fuego penetrando 

cada una de sus grietas.

martes, 5 de mayo de 2026

Cien años de soledad: El otro modo de narrar a América



-Gabriel Jiménez Emán-


La literatura de índole popular se mueve a veces entre dos extremos: el de entrar al circuito del consumo masivo por un lado, y por el otro en el de crear un ámbito hermético puramente intelectual. La novela, vehículo y reflejo en pasados siglos de la sensibilidad popular, es actualmente una forma y un arte de minorías. En todo caso, las novelas que más se leen hoy no son precisamente novelas literarias, sino las novelas “producidas” por editoriales para un público cautivo, es decir, para un público del que se pretenden conocer previamente los gustos. Como escuché decir alguna vez a Salvador Garmendia: “En el siglo diecinueve los novelistas escribían para un público; en buena parte del veinte escribieron para los críticos, y ahora escriben para las editoriales”. Yo agregaría: para lo que las editoriales “creen” que es el público.

La novelística latinoamericana, que estuvo un tanto aletargada después de la época romántica —cuando se leían con fruición novelones como María, de Jorge Isaacs—, tuvo algunos parangones de popularidad durante el Modernismo, con autores como Leopoldo Lugones, Rufino Blanco Fombona o Manuel Díaz Rodríguez. Pero estas obras palidecieron ante las tendencias del realismo norteamericano en narradores como William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway o Truman Capote. En Venezuela, un novelista como Rómulo Gallegos llevaría a la cima las posibilidades de un nuevo realismo vernáculo en la novela hispanoamericana, dando paso en décadas siguientes a otras tendencias más enraizadas al barroco, la fabulación de la historia, la imaginación lírica o los juegos paródicos. Fue así como a mediados de los años sesenta del siglo XX —más precisamente en el año 1967— la obra de un periodista y cuentista inventivo de Colombia, de temperamento trashumante e imaginación calenturienta, entró, después de salvar muchos escollos editoriales, al difícil arte de la novela guiado por un enorme olfato y un golpe de suerte, al convertirse una de sus obras en el libro más leído y comentado de la literatura hispanoamericana de aquella década y, según pudo demostrarse luego, de las décadas subsiguientes.

"Cien años de soledad' apareció en una fecha bisagra de esa década llamada prodigiosa. Los acontecimientos políticos y culturales de entonces favorecieron su recepción; ya escritores maduros de América Latina estaban siendo focos de atención: Borges, Carpentier, Cortázar, Rulfo. Había en ellos algo que traspasaba los límites del naturalismo y del verismo racionalista. Mundos metafísicos (Borges), absurdos (Onetti), fantásticos (Cortázar), maravillosos (Carpentier), o fantasmales (Rulfo) sirvieron de antesala a Cien años de soledad y en cierto modo le prepararon el terreno. La novela se publicó en una discreta edición de la editorial Suramericana de Buenos Aires, después de haber corrido poca suerte en otros sellos. El libro comenzó a venderse por encima de las expectativas, y hubo de reimprimirse varias veces. En pocos meses, ya había adquirido un nivel de ventas que sorprendió al propio autor y a los editores (primero a Carlos Barral y luego a Carmen Balcells, ambos catalanes y artífices de este boom editorial) y ya para finales de la década se había convertido en “el fenómeno” de popularidad de las letras hispanoamericanas. A ello se unió el clamor de la crítica y el carisma personal de García Márquez, que revelaba en cada entrevista una anécdota chispeante y diferente, salpicada de humor e irreverencia. La novela abandonaba así los recintos académicos y volvía al dominio de lo popular.

Pese a manejar una saga de personajes bastante compleja y un lenguaje ciertamente elaborado, García Márquez logró insertar en el entramado de sus historias otras pequeñas historias o subtramas, muy bien seleccionadas del imaginario popular: cuentos de camino, crónicas apócrifas, chismes y hasta chistes. Se valió para ello de sus ardides de buen periodista, imprimiéndole fluidez al discurso narrativo. En su permanente desenfado, García Márquez se atrevió a decir que había descubierto en su novela una cantidad enorme de errores, incongruencias y gazapos, cuestión dicha con la mayor naturalidad. También declaró que se había divertido mucho leyéndola después de diez años. Con todo ello creó una mitología en torno a su figura, la cual se tornó emblemática del escritor popular (recibe el Premio Nobel de Literatura vestido de traje liquiliqui); aun cuando confesó estar cansado de la fama, se rodeó de actores y actrices de cine y presidentes progresistas, escribió guiones y fundó talleres cinematográficos, pero se negó sistemáticamente a ceder los derechos de "Cien años de soledad_ para que ésta fuese llevada al celuloide. Cuando la novela mereció el Premio Rómulo Gallegos en Caracas, donó el jugoso monto del galardón al partido político Movimiento al Socialismo, para ratificar su vocación socialista, que ya venía avalada por su amistad con Fidel Castro. En fin, todo un banquete para la promoción en los medios.

Pero sigamos con la novela. Otra virtud de esta obra es el afianzamiento en temas poco edificantes: el fracaso, la guerra, la soledad, la miseria, la muerte. Éstos conducen su escritura hacia la tradición moderna de los antihéroes y, por qué no, hacia una cierta tradición pesimista muy acorde con los tiempos. Sus personajes son plenamente verosímiles, aunque tocados siempre por las situaciones sorprendentes o afantasmadas, lo cual permite conectar estas situaciones a logros fantásticos; también a los sesgos del archiconocido “realismo mágico”, rótulo que facilitaría su inclusión dentro del controversial canon del realismo mágico (un canon que, por cierto, no agrada para nada al nuevo pope del canon literario occidental, Harold Bloom), para catapultar toda su obra bajo este rubro, cuestión que no pasó del mero clisé y de las clasificaciones académicas.

De cualquier modo, hay pocos casos de imaginación tan bien administrada y razonada, como los presentes en este libro. No soy amigo de buscar influencias, pero ya se han citado ampliamente los ecos de Faulkner, del Orlando de Virginia Woolf, de Graham Greene, de Kafka o de Hemingway. Yo me atrevería a decir que en García Márquez se acrisolan influencias diversas de la literatura occidental del siglo XX. Para citar sólo algunas de las más notorias, podemos elucubrar con el asombro que le produjo "La metamorfosis", de Franz Kafka, donde desde el primer párrafo un hombre se encuentra “convertido en un monstruoso insecto”; luego, un personaje hermafrodita o de sexo ambiguo como el "Orlando" de Virginia Woolf posee un desenfado tan grande y hace cosas inusuales o asombrosas en un marco realista; luego, mezcla todo eso con elementos de la narrativa norteamericana como los cuentos de fantasmas de William James, o de las novelas de William Faulkner, quien crea (o mejor inventa) el pueblo de Yoknapatawpha para fundar desde éste una épica personal, y que García Márquez parodia en su Macondo; finalmente, una novela como "Pedro Páramo", de Juan Rulfo, le permite verificar, en un pueblo fantasma como Comala, la transfiguración de sus habitantes, quienes se mueven en un ámbito de soledad o abandono, y que a su vez contienen en sí mismos los secretos de la tierra. Esta sería sólo una de las tantas digresiones especulativas que pueden realizarse acerca de esta obra, así como la crítica de entonces se volcó a hacer relaciones de posibles influjos en nombre de aquello que el crítico estadounidense Harold Bloom llamó “la angustia de las influencias”, y que permitió al mismísimo Miguel Ángel Asturias —para entonces Premio Nobel de Literatura— acusar a García Márquez de plagiar en su novela a no sé qué obra de Balzac, asunto que causó cierto revuelo y hasta malestar.

Otra cosa que se podría anotar como modus operandi en "Cien años de soledad" es que va de lo particular a lo general, del detalle al todo. No le interesan al escritor los magnos héroes o los grandes acontecimientos, los escenarios fastuosos ni los destinos trascendentes. Todo lo contrario: le atraen los fracasados como Aureliano Buendía, o enjutas como Úrsula Iguarán, o tocados por la fatalidad como Remedios, la bella, quienes se mueven en ese pueblo solitario de Macondo, donde el humor dramático es un elemento importante. No hay esencialismos ni tesis ideológicas a demostrar, aunque sí marcos históricos o geográficos precisos: el de la industria bananera de su pueblo de Barranquilla en el Magdalena colombiano; las luchas guerrilleras que han sacudido a su país; en fin, una serie de sucesos que permiten ubicar acciones de personajes en contextos concretos de Colombia, pero a éstos García Márquez tuvo el cuidado de no regionalizarlos o de identificarlos directamente con lugares reales; antes bien, los sometió a una suerte de tamiz, desde el cual logra ubicar a sus personajes en un ámbito mayor. Con esta novela expiran el realismo social, el psicologismo, el positivismo, el historicismo, el sociologismo y todos los esencialismos programáticos.

Otro de los elementos de primer orden en la construcción del mundo garciamarquiano es el humor. Pese a las numerosas situaciones dramáticas y trágicas, siempre se mantiene una atmósfera sonriente de humor, de un humor criollo lírico, de modo que éste ilumina la condición fatalista u oscura de los sucesos o las conciencias. Finalmente, asomo un valor de base: el valor poético. En pocas novelas de Hispanoamérica hay tanta valoración de la música verbal, tal sugerencia en las imágenes e indagación en las situaciones de naturaleza misteriosa; en fin, todo el libro se cierra en una suerte de metáfora sobre la muerte y la soledad, dentro de una dimensión iluminadora y sensible.

Otra cosa que admiré siempre en este libro fue la precisión de sus diálogos. Son escasos a lo largo de la novela, muy lacónicos, o están presentados en forma de monólogos que contienen siempre un ingrediente filosófico diestramente manejado, no exento de humor. Porque si de humor hablamos, García Márquez lleva a su cúspide el arte de la “mamadera de gallo”, el bochinche, el humor criollo, común a los pueblos del Caribe dotados de esa picardía tan especial, donde está siempre presente la inteligencia cotidiana para la sobrevivencia y que la sirve al mismo tiempo para suavizar nuestros dramas y nuestras tragedias. Yo creo que este humor aparece en nuestra novelística por primera vez con este rango gracias la prosa ágil de García Márquez, que ya habría venido trabajando en sus crónicas periodísticas de juventud en diarios colombianos.

Finalmente, quisiera señalar en esta obra de García Márquez (pero también en "El amor en los tiempos del cólera, "Crónica de una muerte anunciada" y "El general en su laberinto"; sus grandes obras) el que quizás es su logro más importante: su dimensión poética. García Márquez se formó en las lecturas de los poetas del grupo "Piedra y Cielo" de Bogotá (con Eduardo Carranza y otros a la cabeza) y de los poetas románticos, del Siglo de Oro español y modernistas hispanoamericanos que tanto le impresionaron, y de quienes se sabía de memoria sus poemas. En esencia, la cualidad mayor de su lenguaje reside en su capacidad lírica, en su vuelo lingüístico, en un desenfado verbal que encuentra su horma mejor en los elevados registros de su asombrosa adjetivación, de un ritmo terso y musical, desde donde siempre surgen hallazgos de metáforas inusitadas e imágenes renovadoras.

No sé cuántos estudios o artículos se habrán escrito sobre este libro; probablemente es la obra de mayor influencia en la novelística hispanoamericana posterior; una influencia que pudo ser nociva si hablamos de los imitadores al uso, y no, desde luego, de la perspectiva enriquecedora que ésta abrió. De los estudios que leí hace tiempo destaco los de Ángel Rama, Álvaro Mutis, Luis Hars, Julio Ortega, Juan Gustavo Cobo Borda y Carlos Fuentes. Artículos de escritores de lenguas extranjeras que me han gustado son los de Thomas Pynchon y Ernest Jünger. A cuarenta y siete años de la primera edición de Cien años de soledad vale la pena preguntarse si ha resistido lecturas más concienzudas y menos apasionadas, y la respuesta es que sí. Me atrevería incluso a afirmar que ha crecido en el tiempo, como lo hacen los verdaderos clásicos. Abro la novela al azar y aún la leo con placer imaginándome al García Márquez de 39 años viéndola editada —y a mí, de 17, leyéndola—:

"Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso. De acuerdo con su última voluntad, la enterraron sin ataúd, sentada en el mecedor que ocho hombres bajaron con cabuyas en un hueco enorme, excavado en el centro de la pista de baile. Las mulatas vestidas de negro, pálidas de llanto, improvisaban oficios de tinieblas mientras se quitaban los aretes, los prendedores y las sortijas, y los iban echando en la fosa, antes de que la sellaran con una lápida sin nombre ni fechas y le pusieran encima un promontorio de camelias amazónicas. Después de envenenar a los animales, clausuraron puertas y ventanas con ladrillos y argamasa, y se dispersaron por el mundo con sus baúles de madera, tapizadas por dentro con estampas de santos, cromos de revistas y retratos de novios efímeros, remotos y fantásticos, que cagaban diamantes, o se comían a los caníbales, o eran coronados reyes de barajas en altamar."

Conocí a García Márquez en Caracas, en el año 1974. Charlamos un rato en un café de Sabana Grande, acompañado de Salvador Garmendia y Domingo Miliani. Esta conversación fue para mí muy estimulante, pese a ser breve, pues él estaba siempre acechado por los periodistas. Tomamos café, él era conocido y amigo de Miliani y Garmendia; habló con ellos un buen rato sobre Venezuela, Colombia, sobre literatura y amigos comunes. Yo apenas oía y aprendía de ellos. Se despidió (“Mucho gusto, tocayo”, me dijo) y le vi alejarse con un ejemplar de mi primer libro, Los dientes de Raquel, en su poder. Desde ese momento me prometí emularlo.

En abril de 1996 le vi de nuevo en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas, México, y apenas pude estrecharle la mano en medio del tumulto que se agolpaba para saludarle. Acaparó más público que el mismo rey de España. También fue muy controvertido su discurso en ese congreso, ampliamente comentado en los medios de todo el mundo, donde habló de la importancia de cometer errores o de hacer caso omiso de la gramática. Por supuesto, he leído sus libros posteriores, y sobre algunos de ellos he escrito ensayos y comentarios, a veces adversos. Aunque no incurriré aquí en la inelegancia o en el lugar común de decir que sus demás libros no han superado a su famosa novela, llamada por alguien “la novela total” u otras sandeces. No hay algo que un escritor deteste más que reduzcan todo su esfuerzo literario a una sola obra, tendencia que al parecer es irreductible entre los lectores superficiales.

Simplemente se trata de trabajos de índole diversa o de distinto tenor. En cualquier caso, saludo que haya surgido un escritor como él, tan lozano y maduro, azaroso y pertinaz a un tiempo, tan dotado para la ficción como para el periodismo. De hecho, García Márquez es posiblemente el mayor periodista literario de América en el siglo XX, el escritor que le devolvió a la crónica periodística su dignidad estética, asunto que se puede constatar en la lectura de sus trabajos reunidos en los volúmenes Entre cachacos y Obra costeña, preparados por el profesor Jacques Gillard.

Su saga de los Buendía permanecerá como una de las creaciones más originales del continente, tan enraizada está a la inventiva popular y a la imaginación oral de esas pequeñas aldeas que se resisten a morir en el olvido, el abandono o la soledad, a lo largo de la vasta e inagotable geografía americana.

Su flor amarilla, su sonrisa jovial, su entereza humana y su identificación con ese pueblo de donde extrajo sus mejores historias, le convierten en el protagonista de un hermoso cuento que pudo haber salido de su propio pulso.

lunes, 4 de mayo de 2026

Rock progresivo (y esas cosas)... IX

 

-Roberto Santana- 


La alquimia de la neblina: El paisaje interior de Brumas


Aquelarre llegó a ser uno de los centros más sofisticados del pensamiento musical argentino. Almendra había dado nacimiento a una mística y Pescado Rabioso fue la explosión de la carne y el instinto. Aquelarre representó la madurez del espíritu artesano. Con Brumas, la banda no sólo entregó la perla sensorial de una Buenos Aires que se desdibujaba entre la efervescencia política y una melancolía que ya presentía el cierre de una época. Este disco se habita como quien camina por una ciudad húmeda antes del amanecer.


El suelo que temblaba: Argentina entre el regreso y el abismo (1972)


Retroceder un par de años y respirar el aire de 1972 es entender el pulso de Brumas. Argentina vivía un tiempo de sístole y diástole extrema. El gobierno militar de Lanusse se agotaba mientras la figura de Perón, tras diecisiete años de exilio, proyectaba una sombra que lo ocupaba todo. Era un país de una politización febril, donde el arte había abandonado la complacencia para volverse un territorio de rebeldía y reflexión. 

En Buenos Aires, la cultura joven no era ajena a la tragedia. El fusilamiento de 16 militantes de organizaciones armadas peronistas y de izquierda el 22 de agosto de 1972 tras una fuga fallida del penal de Rawson –recapturados y ejecutados por la Marina en la base Almirante Zar– marcó un punto de no retorno, pero al mismo tiempo existía una fe casi ciega en la capacidad del hombre para transformar la realidad a través de la palabra y el sonido. Económicamente, el país empezaba a sentir las grietas de una inflación creciente y una inestabilidad que empujaba a los artistas hacia una introspección más densa, alejándolos del optimismo "beat" de finales de los sesenta.


La consagración de la complejidad


Para el año 1973, el Rock Progresivo Argentino —entonces llamado simplemente "música progresiva"— había alcanzado su mayoría de edad. Ya no se trataba de imitar los patrones de Londres; se trataba de fundar un lenguaje propio. Es el año de Artaud y del nacimiento de Invisible, un momento donde el virtuosismo técnico se ponía al servicio de una lírica surrealista y profundamente urbana. La escena era un hervidero de sellos independientes como Talent (de Jorge Álvarez) que daban cobijo a obras que exigían una escucha atenta, lejos de la distracción comercial.


Los cuatro elementos: Contexto biográfico de Aquelarre


Aquelarre no fue una banda de principiantes, sino un cónclave de maestros. Emilio del Guercio y Rodolfo García traían consigo el linaje dorado de Almendra, pero lejos de reciclar nostalgias, buscaron una nueva aspereza. Al unirse a la guitarra visceral de Héctor Starc (proveniente de un rock más crudo y directo) y las teclas profundamente jazzísticas de Hugo González Neira, crearon un organismo único con su debut de psicodelia pesada en 1972. Al momento de gestar Brumas, el grupo ya había aceitado su dinámica interna tras dos años de giras constantes, consolidándose como una unidad donde nadie era solista porque todos eran la banda.


El parto de la niebla: Circunstancias del lanzamiento


Brumas fue grabado en los estudios Phonalex a finales de 1973 y lanzado a principios de 1974 bajo el sello Talent/Microfón. El lanzamiento ocurrió en un momento de transición dolorosa para la Argentina: la muerte de Perón en julio del 74 y el ascenso de la violencia paraestatal. El disco apareció como un refugio estético; una obra que, aunque no contenía consignas políticas directas, lograba capturar el "clima de época" a través de una elegancia melancólica que resonaba con la incertidumbre del público joven.


Materia y fluidez: Estética, producción y sonido


Si algo define a Brumas es su textura orgánica. A diferencia de otros discos de la época que buscaban la saturación, Brumas apuesta por el aire. La producción es de una claridad meridiana, permitiendo que cada instrumento respire en su propio plano sonoro. 

Es un álbum de claroscuros. Hay una calidez casi maderil en la base rítmica que contrasta con el brillo eléctrico de los teclados. No busca el estruendo, sino la intensidad. También es una intersección magistral entre el blues progresivo, el jazz-rock y la tradición de la canción rioplatense. Hay una "argentinidad" intrínseca en sus cadencias que lo aleja del mimetismo anglófilo.


La trama de los sonidos: Arreglos e instrumentación


La instrumentación en Brumas es un ejercicio de contrapunto constante. 

Hugo González Neira opera como el colorista principal a través de un uso magistral del órgano Hammond. Es la textura de este instrumento lo que otorga al disco su densidad característica, moviéndose entre la urgencia del blues y una atmósfera de cámara sombría. Este cuerpo sonoro se ve complementado por intervenciones selectas de piano Fender Rhodes y clavinet, que aportan los matices sofisticados y los sutiles acentos funk que terminan de definir el clima del álbum.

Héctor Starc ejecuta un trabajo de orfebrería con la guitarra, distanciándose del exhibicionismo técnico para priorizar la expresividad de la materia sonora. A través de un uso quirúrgico del pedal de volumen y el wah-wah, Starc renuncia a la linealidad de los solos convencionales para generar mareas de sonido que aparecen y desaparecen orgánicamente. Su interpretación se convierte en una extensión de la atmósfera del disco, alternando ataques cristalinos con texturas eléctricas que envuelven la rítmica, logrando que la guitarra funcione más como un generador de estados de ánimo que como un instrumento solista.

Emilio del Guercio y Rodolfo García ratifican en esta obra por qué constituyeron la sección rítmica más influyente y orgánica de su tiempo. El bajo de Emilio trasciende la función de anclaje armónico para transformarse en una entidad melódica propia, tejiendo líneas que dialogan y se entrelazan con la voz en un contrapunto casi lírico. A su lado, García sostiene la estructura con un pulso que amalgama la sutileza de la síncopa jazzística con el peso y la solidez del rock más puro, logrando una cohesión interpretativa donde el ritmo no es una base externa, sino el latido interno que da vida a la composición.


El desarrollo de una estirpe: De Candiles a Siesta


Candiles (1973), el álbum anterior, era una obra de tierra y fuego; más directa, más pesada y con una raíz bluesera más evidente. Brumas representa una sublimación. La banda abandona la "llama" para adentrarse en la "niebla". Si Candiles era el pulso de la calle, Brumas es el pensamiento que ocurre tras la ventana. Musicalmente, Brumas es más complejo en sus desarrollos armónicos y menos dependiente del riff.

Siesta (1975), el álbum posterior, llevaría la sofisticación rítmica a un extremo casi académico. Es un disco de una luz más blanca y estática, donde la experimentación con tiempos impares se vuelve el eje. Brumas guarda un equilibrio precioso: conserva la emoción visceral del rock pero ya vislumbra la intelectualización que definiría a Siesta.

Los tres discos (además del debut) son de alta calidad y en ellos se dibuja con nitidez la evolución estilística de una banda cuyos miembros ya poseían una sólida experiencia antes de su fundación.


El espejo de sus pares: Aquelarre en el contexto general


Sui Generis – Pequeñas anécdotas sobre las institucionesMientras Charly García utilizaba los sintetizadores para la sátira política y el retrato social ácido, Aquelarre en Brumas optaba por la abstracción poética. Sui Generis es el grito en la plaza; Aquelarre es el silencio en la biblioteca. Musicalmente, Aquelarre era técnicamente más robusto como ensamble, mientras que Sui Generis priorizaba la narrativa lírica.

Arco Iris – Inti-Raymi: El trabajo de Gustavo Santaolalla buscaba una espiritualidad ligada a la tierra y al sol andino, una "mística del afuera". Brumas es una "mística del adentro", profundamente urbana y nocturna. Donde Arco Iris usaba la flauta y el aire de montaña, Aquelarre usaba el Rhodes y el cemento de Buenos Aires.


La imagen de lo invisible: Apoyos visuales


No existen videoclips promocionales que acompañen al álbum. Sin embargo, la portada (diseñada por Enzo Manzini) es el complemento visual perfecto: A través de un contraste extremo, los rostros de los cuatro integrantes de Aquelarre se desdibujan hasta casi volverse fragmentos de luz que emergen de un vacío absoluto. Esta elección visual no es accidental: actúa como una metáfora visual de la "bruma" del título. La imagen no intenta ilustrar la niebla, sino que la encarna mediante la ausencia de nitidez y el predominio de la sombra, capturando esa sensación de incertidumbre y misterio que atraviesa todo el álbum. 


Trascendencia y huella histórica


Para la carrera de Aquelarre, Brumas fue el peldaño que los consolidó como una de las bandas más respetadas por sus colegas. Fue el disco que demostró que se podía ser complejo sin ser ininteligible. Su trascendencia en el rock argentino es total: fijó un estándar de producción y de "buen gusto" interpretativo que influenciaría a generaciones de músicos de jazz-rock y rock progresivo en toda Latinoamérica.


Clasificación: •Excelente


Clasifico a Brumas como un álbum •Excelente porque representa el punto de equilibrio perfecto en la discografía de la banda. No posee la crudeza a veces dispersa del debut, ni el exceso de cálculo rítmico que por momentos asoma en Siesta. Es una obra donde la técnica, la poesía y el clima social de una Argentina en sombras se fundieron para crear un objeto sonoro irrepetible. Es la definición misma de la madurez artística.


Aquelarre – Brumas (1974) 


•Argentina

•Rock Progresivo

•Rock Progresivo Psicodélico 

con influencias de

•Prog Folk


•Excelente


Músicos


- Héctor Starc / guitarra, bajo, voz principal (3) y coros

- Hugo González Neira / clavinet, órgano Hammond, Fender Rhodes, clavinet, voz principal (7) y coros

- Emilio del Güercio / bajo, guitarra acústica, piano, voz principal (1, 4-6)

- Rodolfo García / percusión, voz principal (2, 6) y coros


Con:

- Rodolfo Alchourrón / arreglos y director de orquesta (4)



Si quieres escucharlo, toca el enlace:

https://t.me/MusicaProgresiva/2749