domingo, 5 de abril de 2026

Granos de sonido (XIV)


-Roberto Santana- 


Akinetón Retard: El sonido de la neurosis urbana en el fin de milenio


El debut discográfico de Akinetón Retard en 1999 es un hito del rock experimental chileno y un documento sonoro que registra el colapso de una época. Para comprender su densidad, es necesario diseccionar tanto el tejido técnico de sus composiciones como el ecosistema de crisis en el que fue concebido.


El escenario: Santiago en la resaca del Siglo XX


El año 1999 en Chile fue un periodo de fractura. Tras una década de optimismo económico, la Crisis Asiática sumió al país en su primera recesión en quince años. Santiago, la capital, enfrentaba un desempleo de dos dígitos y una sequía extrema que derivó en racionamientos eléctricos. La ciudad, sumida en apagones programados, se convirtió en una metáfora visual de la incertidumbre.

En lo político, la detención de Augusto Pinochet en Londres mantenía a la sociedad en vilo, evidenciando una polarización no resuelta. Culturalmente, la metrópolis abrazaba una modernidad de cristal mientras su infraestructura psicosocial se sentía agotada. En este caldo de cultivo, la propuesta de Akinetón Retard emergió como una respuesta estética frontal: una música nerviosa, clínica e implacable que servía de banda sonora para la neurosis urbana.


La escena del rock progresivo chileno


A finales de los noventa, Chile vivía una "Tercera Ola" de rock progresivo. Mientras el pop dominaba la difusión masiva, bandas como Tryo o Entrance y sellos como Mylodon Records consolidaban un circuito de culto. Se produjo un desplazamiento del "sinfonismo" pastoral de los setenta hacia el Avant-Prog (rock de vanguardia) y el Jazz-Core (fusión agresiva de jazz y punk). Akinetón Retard ocupó el lugar más audaz de esta escena, siendo demasiado ruidosos para los puristas del jazz y demasiado cerebrales para el rock convencional.


Génesis biográfica y el fármaco musical


La banda se formó en 1994 en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. El núcleo original estuvo compuesto por Vicente García-Huidobro (guitarra, voz), Leonardo Arias (saxofón, clarinete) y Pablo Araya (bajo), a quienes pronto se unieron Cristian Bidart (batería) y Rodrigo de Petris (saxofón). 

Su nombre es una declaración de principios: el Akinetón (biperideno) es un fármaco utilizado para mitigar los efectos secundarios de los antipsicóticos y tratar la rigidez muscular del Parkinson. Al añadirle el "Retard" (de liberación prolongada), la banda definió su misión biográfica: ser un reactivo contra la "sedación" cultural de la post-dictadura. Con un impulso rítmico implacable, su música busca provocar una convulsión necesaria en el oyente para despertarlo de la inercia.


Rasgos estilísticos y el lenguaje del espasmo


Akinetón Retard ofrece una fusión única que integra:

• Zeuhl: Estilo fundado por la banda francesa Magma, caracterizado por ritmos marciales y densos, con influencias jazzísticas, y el uso de lenguajes inventados.

• RIO (Rock in Opposition): Movimiento europeo que rechazó las estructuras comerciales en favor de la complejidad musical y el desafío político.

• Free Jazz: Género que rompe con la métrica y la armonía tradicionales, priorizando la libertad expresiva y el "grito" instrumental.

La amalgama se completa con la energía demencial del King Crimson de la era Red y los colores exuberantes del jazz latino. La banda crea un sistema de ejecución inquieto que es, en muchos sentidos, el equivalente musical del Parkinson: una agitación motriz que no puede detenerse.


Producción, sonido e instrumentación


La producción del disco destaca por un sonido seco y frontal, que huye de las reverberaciones (ecos artificiales) para privilegiar la presencia física del instrumento.

Los saxos Leonardo Arias y Rodrigo de Petris crean auras de confusión mental mediante disonancias y contrapuntos (líneas melódicas independientes que se cruzan).

El bajo – Pablo Araya – suele estar saturado y distorsionado, funcionando como un ancla rugosa. La batería de Cristian Bidart evita la resonancia; cada golpe es un punto de corte seco en el tiempo, ideal para ejecutar compases de amalgama (como el 7/8 o el 11/8), que rompen la cuadratura rítmica tradicional de 4/4.

El aporte es mayoritariamente instrumental, pero aparecen gritos histéricos y cantos onomatopéyicos que rozan la psicosis, aportando un humor extravagante similar al de la Escena de Canterbury de los setenta.


Anatomía del álbum: Recorrido por la obra


El álbum se despliega como un asalto jazzístico de acción chisporroteante:


"Copenhaguen Schtorba": El tema de apertura agarra al oyente por el cuello. Su motivo inicial en 5/4, el breve puente con aires punk y el motivo principal de jazz-rock se suceden con una fluidez impresionante y un fuego que nunca disminuye. La influencia de Frank Zappa —especialmente la de sus momentos más experimentales como Uncle Meat o The Grand Wazoo — es el motor que articula la estructura. Al igual que en piezas como "Twenty Small Cigars" o los pasajes complejos de "Peaches en Regalia", Akinetón utiliza los vientos para marcar el acento en lugares inesperados, creando una sensación de síncopa que genera una tensión constante. Zappa utilizaba los vientos como si fueran signos de puntuación: exclamaciones, comas o puntos finales que interrumpen el flujo. Estos ataques funcionan como "golpes" que fragmentan la pieza. En lugar de una melodía fluida que "vuela", los vientos de Akinetón —siguiendo la escuela de Zappa — actúan como martillos neumáticos que definen la estructura por impacto, no por suavidad. Esta pieza tiene un sonido industrial, deshumanizado. No se trata simplemente de saxos y guitarras, sino de una amenazante máquina sonora. Zappa solía componer mediante bloques independientes que luego ensamblaba (técnica que él llamaba xenocronía en otros contextos, pero que aquí es puramente estructural). "Copenhaguen Schtorba" no tiene una transición lógica tradicional entre su inicio casi punk y su desarrollo jazz-rock. Los vientos son los encargados de avisar el cambio de bloque. Cuando los saxofones abandonan el motivo principal para entrar en el puente "cantado", lo hacen con una violencia que recuerda a las transiciones abruptas de álbumes como Weasels Ripped My Flesh. El sentido del humor cínico de esta composición es una herencia directa del genio de Baltimore. Un comienzo increíble.

"Primogenia Satiria": Una pieza más extensa que la inicial, a la vez más contenida pero más insistente en su patrón rítmico.

"Viaje a Erlebnis": Otro de mis momentos favoritos en el álbum, este tema es más corto y conciso, pero conserva la locura característica, aunque con un tono un poco más ligero en su ejecución y unas fuertes resonancias del King Crimson de los años 70.

"Blues in Re": El momento de relajación introspectiva. Remite al jazz clásico de la bohemia de los cincuenta y la generación beat, demostrando un dominio de la elegancia sutil antes de retomar el caos. La influencia de Frank Zappa no desaparece, sino que sufre una metamorfosis. Mientras que en "Copenhaguen Schtorba" los vientos actúan como una maquinaria de asalto, en este corte la banda decide bajar las defensas del escuchante y entrar en un terreno que Zappa también frecuentaba, aunque de forma más satírica: el Jazz de cámara con tintes nocturnos. Los saxofones ya no gritan; ahora conversan. Aunque suena a jazz clásico, la suciedad en el tono de los saxofones y el uso de notas que rozan la disonancia delatan que no es un blues estándar.

Es un blues visto a través de un lente distorsionado, una especialidad de Zappa en álbumes como The Grand Wazoo. En "Copenhaguen Schtorba", el ritmo te empuja. En "Blues in Re", el ritmo te invita a hundirte. Pasamos de los compases irregulares a un tiempo más estable, pero con un fuerte componente de swing, con esas notas que no valen exactamente lo mismo y que generan un balanceo rítmico que da esa sensación de "caminar" propia del jazz de los años cincuenta. Los vientos aquí no son "martillos", son narradores que exhalan frases largas y lánguidas que se encadenan suavemente, sin interrupciones bruscas. Akinetón demuestra aquí su versatilidad: son capaces de apagar la máquina de espasmos para construir un espacio de sensibilidad con tintes casi cinematográficos. A pesar de la relajación, la banda no entrega un blues convencional. Aunque el título mismo sugiere una estructura tradicional, la ejecución de los vientos introduce giros inesperados. Justo cuando el oyente se siente cómodo en la atmósfera nocturna, los saxofones introducen una nota "prohibida" o un giro melódico anguloso que rompe la paz. Esta es la influencia más profunda de Frank Zappa en este tema: el uso de un género tradicional como caballo de Troya para introducir pequeñas dosis de extrañeza. Es un blues para observar con sospecha. Si "Copenhaguen Schtorba" es la banda operando como un quirófano en plena actividad, "Blues in Re" es el médico fumando un cigarrillo tras la jornada: la técnica sigue ahí, el rigor académico es el mismo, pero el pulso ha cambiado hacia una calma cargada de intención narrativa.

"Gansos, Patos y Gallinas": En esta pieza, Akinetón Retard ejecuta una de las maniobras más audaces del álbum: injertar el ADN del King Crimson más abrasivo (álbum Red) en el cuerpo de un ritmo de ribetes latinoamericanos. Si el "Blues en Re" era el descanso del guerrero o el médico fumando en la penumbra, "Gansos, Patos y Gallinas" es el regreso al quirófano, pero con una fiebre tropical que altera el pulso de la operación. La guitarra de Vicente García-Huidobro hace uso de un tono saturado y "crujiente" para ejecutar riffs angulares y punteos corrosivos. No busca la fluidez del blues, sino la fricción. Al igual que Robert Fripp (líder de King Crimson), Vicente utiliza ataques de púa constantes que generan una sensación de "muro de sonido" infranqueable. 

Pero aquí, lo que separa a Akinetón Retard de ser un mero tributo al rock progresivo inglés es su sección rítmica. Mientras la guitarra y los saxos mantienen la frialdad europea, la batería de Cristian Bidart y el bajo de Roberto Parra introducen un "tumbao" subvertido. En lugar de los ritmos característicos del prog tradicional, aquí el acento se desplaza hacia los tiempos débiles, creando un "columpio" rítmico que remite al Latin Jazz y a los ritmos afro-chilenos. Es una música que invita a mover el cuerpo de forma espasmódica. No es un ritmo para bailar en el sentido social, sino un ritmo que traduce la hiperactividad de una urbe latinoamericana como Santiago. En esta composición, los saxos alto y tenor abandonan la calidez del "Blues in Re" para retomar su función de "señal de alerta", ejecutando líneas que parecen perseguirse. Utilizan una técnica de staccato (notas cortas y separadas) que puntúa el ritmo tropical, funcionando casi como instrumentos de percusión adicionales. En los momentos de mayor intensidad, los vientos se funden con la distorsión de la guitarra, creando una masa sonora compacta donde es difícil distinguir dónde termina el metal del saxo y dónde empieza la electricidad de las cuerdas.

Un elemento a destacar es el humor extravagante. "Gansos, Patos y Gallinas" posee un título que parece burlarse de la seriedad pretenciosa del rock progresivo convencional. Amo los matices que adquiere esta pieza a partir de los 5:30.

La banda es sumamente ingeniosa al presentar un virtuosismo salvaje bajo el nombre de animales de granja, recordándonos que su vanguardia no es solemne, sino vital y, en ocasiones, deliberadamente desequilibrada. En definitiva, "Gansos, Patos y Gallinas" es el punto donde la academia de la Universidad de Chile se encuentra con el caos de la calle. Es la prueba de que se puede ser "crimsoniano" y "latino" sin que ninguna de las dos identidades se anule, logrando una síntesis que es, ante todo, profundamente Akinetón Retard.

"Mamut y Milodones": Con menos de tres minutos de duración, este tema es puro Zeuhl en la tradición de Magma (época Köhntarkösz), destacando por su pesadez rítmica. Es una lástima que sea tan breve.

"Aquelarre Satiri Sarnaz": El tema que clausura el disco (a menudo identificado en sus ediciones como la culminación de una "cadencia espástica") no es sólo la pieza más extensa, sino el lugar donde todas las tensiones previas encuentran una resolución, no por armonía, sino por saturación. A lo largo de sus más de ocho minutos, la banda ejecuta una maniobra de recapitulación, funcionando como una síntesis de la demencia inteligente que atraviesa todo el disco. Siguiendo la técnica de Zappa que analizamos, este no es un cierre lineal, sino una sucesión de bloques de intensidad. Aquí conviven el reposo del "Blues en Re" con la violencia rítmica de "Copenhaguen Schtorba". Los saxofones recurren al glissando (deslizar la nota de una frecuencia a otra sin interrupción), creando una sensación de vértigo. Sigue la máquina letal, pero ahora es un mecanismo que se sobrecalienta. La sección rítmica de Bidart y Parra demuestra por qué son el "foco de inteligencia" del grupo. Mientras los vientos y la guitarra se lanzan al atonalismo, el bajo y la batería mantienen un pulso inamovible, impidiendo que la pieza se desintegre. Es el equivalente musical a un brote psicótico observado bajo un microscopio: hay caos, pero el observador es sumamente preciso.


El apoyo visual y la performance


Akinetón Retard es una banda multimedia. En 1999, sus presentaciones en vivo eran notorias por el uso de batas blancas, máscaras y videos que reforzaban la estética farmacéutica. El diseño del álbum, que imita el prospecto de un medicamento, traduce visualmente la ruptura de la razón lógica: el envase promete orden médico, pero el contenido entrega fragmentación sonora. Esta puesta en escena forzaba una "presencia" absoluta del espectador, convirtiendo el concierto en un ritual de descarga psicofísica.


Comparación con Akrania (2002)


Mientras el debut de 1999 es una obra visceral, cruda y salvaje —el registro de una explosión inicial—, su sucesor, Akrania, representa la sofisticación del caos. En el segundo álbum, la banda integró texturas más oscuras y una producción más detallada. Si el debut es el síntoma de la neurosis urbana, Akrania es el estudio clínico de la onda expansiva.


Aporte y trascendencia: El Avant-Prog en el espejo latino


Este álbum es la piedra angular del Avant-Prog en América Latina al final de la era analógica. Logró demostrar que se podía hacer rock experimental de exportación sin imitar la nostalgia anglosajona. Rompió con el canon del "rock latino" melódico para introducir la estética de la resistencia técnica. Significó una ruptura casi gnoseológica –por el cambio que supuso en la forma de entender o conocer– en la música chilena. Su trascendencia se puede medir en tres ejes fundamentales:


A. La descolonización de la vanguardia

Hasta finales de los noventa, gran parte del rock progresivo latinoamericano pecaba de una nostalgia anglosajona, intentando sonar como los gigantes británicos de los setenta. Akinetón Retard rompió ese molde. Al integrar elementos de jazz latino y ritmos que respiran el aire denso de Santiago, demostraron que el Avant-Prog podía tener una identidad propia, lejos del pastiche o la imitación. No suenan a Londres; suenan a una metrópolis del sur en crisis.


B. Chile como epicentro del riesgo

En el contexto del ámbito hispanohablante, este álbum posicionó a Chile como una potencia en la experimentación. Junto a sellos como Mylodon Records, Akinetón Retard abrió un portal por el que luego transitaron otras agrupaciones. Su capacidad para girar por Europa, Japón y China no fue fruto del marketing comercial, sino del virtuosismo salvaje que los hizo comparables a bandas como los italianos de Area o los belgas de Univers Zero.


C. El legado del lenguaje absurdo

La banda creó un lenguaje propio que influyó en la escena experimental posterior. El uso de voces "gritadas" de forma histérica y onomatopeyas absurdas despojó al rock de la necesidad de "decir algo" con palabras, para concentrarse en "hacer sentir algo" con la textura. En un mundo saturado de discursos, Akinetón apostó por la presencia física del sonido.


Clasificación: #Excelente


Akinetón Retard es indispensable por su capacidad de capturar el espíritu de una sociedad en crisis mediante un lenguaje técnico superlativo aunque sin alardes excesivos de virtuosismo. Es la prueba de que la academia y la calle pueden coexistir sin anularse. Un álbum que agarra al escuchante por el cuello, pero que lo recompensa con una arquitectura sonora de una riqueza inagotable. Es el punto de partida obligatorio para cualquiera que desee entender cómo suena la resistencia intelectual cuando se traduce a vibración y electricidad. Es una obra que no ha envejecido porque su materia prima es la neurosis urbana y el rigor formal, estableciéndose como uno de los grupos experimentales más audaces del ámbito hispanohablante.

Akinetón Retard – Akinetón Retard (1999)


•Chile

•Avant Prog

con elementos de

•Jazz Rock

•Zolo

•Jazz Funk

•Excelente


Si quieres escucharlo, toca el enlace:

https://t.me/Musicas_de_Vanguardia/2473

sábado, 4 de abril de 2026

Celebración y nostalgia de la claridad



-Manuel Cabesa-

  
(i do not know what it about you that closes
and open; only somenthing in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody, not even the rain, has such small hands...
e.e. cummins

you are forever april
to me
the eternally unready
william carlos williams¹ 

****


1.
Los lugares comunes del amor 
trascienden sus propias palabras,
más allá del sagrado verbo,
tu presencia

: la única certeza.


2.
Puertas y ventanas se abren 
dejando pasar la imagen 
de una estrella fugaz 
reflejada en el espejo: 
océano de pisadas 
que prosiguen su camino 
entre el polvo que conduce 
al hogar donde habitas.


3.
¿Podré, yo, curarme de ti?

es tanta la nostalgia 
que arropa 
esta hora incierta 
donde apenas sé 
si estoy despierto 
o permanezco 
en una especie 
de somnolencia 
anestesiada 
en este anochecer 
que nos aparta.


4.
Tu mirada es casi transparente 
se puede ver a través de ella 
algo a lo lejos 
como la silueta de un ángel 
que ilumina todo cuanto miras.


5.
Busco una ciudad donde pueda encontrarte, 
una ciudad donde las calles 
tengan tu nombre 
y el aire me envuelva 
con el rocío de tu transpiración; 
donde las farolas se enciendan 
con el brillo de tu mirada, 
y en los jardines 
encuentre disperso tu perfume 
entre el follaje y los helechos; 
una ciudad sin direcciones 
para poder seguir tu rastro 
de embriagadas huellas 
sin destino; 
una ciudad donde extraviarme 
cada vez que estés cercana, 
prendada fugazmente 
a un horizonte sin paisaje 
ni distancia. 


6.
La vida es una línea discontinua, 
frágil permanencia del instante, 
apenas un hálito que nos envuelve 
y nos rodea mientras envejecemos 
entre sucesivos espejos 
que cambian de lugar, 
no tiene ya utilidad 
volver al ayer para reencontrarnos, 
porque seríamos 
entonces personas distintas, 
ajenas, perdidas 
entre la inclemencia del pasado.


7.
De nuevo la noche 
establece su manto soberano, 
una noche más 
entre mil millones de noches 
que han envuelto al mundo 
desde la noche del primer día, 
y como en el primer día 
el silencio penetra 
los espacios vacíos 
del alma adormecida: 
una soledad que clama 
una presencia difusa 
entre el eco 
de un sueño desconocido, 
en medio del temor 
del primer hombre 
ante la certeza 
del vacío omnipresente 
y la conciencia 
de su propia fugacidad.


8.
Después de consumirse 
los delgados cuerpos 
permanecen cubiertos 
en su rojo manto 

restos dormidos 
entre las hojas secas 
y los desechos del amor: 

corcel lujurioso 
que dió inicio a la llama 
donde ardieron 
los deseos 

como fósforos en la oscuridad.


9.
No sabes cuánto añoro 
estar contigo, 
escuchar tu voz, 
hundirme en tu regazo  
respirar entre tus piernas 
el sagrado olor de la vida 
aún latiendo 

no me basta con soñarte, 
ni vislumbrar en el sueño 
tu nombre 
parecido al de las flores 
perfumadas del crepúsculo. 


10.
Nunca fuiste ayer, 
no eres hoy, 
no sé si serás mañana: 
fuera del tiempo, me miras.


11.
Mientras pasan las horas 
mi alma se va disminuyendo 
como la flama de una vela
casi consumida en medio 
de la pertinaz oscuridad,
reverso de la luz que emana
desde lo más profundo de tu mirada,
envés de los años 
en que la vida era azar
y presagio de tu presencia.


12.
Bajo esta luna 
descansa un sueño, 
bajo su reflejo circular 
te miro y pienso 
¿cuántas lunas 
habrán de rotar 
para que nos cubra 
el mismo cielo?


13.
Envuelta en su propia bruma 
la luna nos mira indecisa 
sin mostrar su rostro plenamente, 
estalla su irisdiscente luz 
en medio de la penumbra 
y en mitad de nuestros anhelos.


14.
Eres frágil y fuerte a la vez, 
dispuesta a volar muy lejos 
y más allá, 
llevando tu aroma de luz, 
tu esencia de amor, 
un mensaje de vida, 
éxtasis de muerte 
y las palabras 
que se posan 
en el regazo de la tarde.


15.
¿Cómo saber si se cultivan 
rosas bajo el mar?

el áspero iodo 
de sus espinas 
se convierte 
en la espuma coronante 
de las tímidas olas 

por ti 
florecen la vida y las palabras 
en los inesperados lugares 
donde el alma 
alguna vez dejó de escuchar 
sus propios latidos 

coral sumergido 
donde anclan 
los besos y las miradas.


16.
Sólo tu rostro 
encamina mis pasos 
en este sendero de días 
que se acumulan 
entre uno y otro encuentro

cada día un pequeño trayecto 
que va quedando atrás, 
como los años vividos 
lejos de tu mirada: 
cálido resplandor de claridad 
disipando mi sombra. 


17.
La dulce tristeza de tu mirada 
me acompaña esta noche 
ausentes los brillos de la aurora 
que se abraza a un mundo gris
pero esperanzado 
estanques de nostalgia azulada 
donde flotan los incendios 
de la vida futura,  
distancia en donde te espero 
desterrado en el vacío 
que se interpone entre nosotros,
mundo no vivido y ya presente,
memoria 
de lo que no existe todavía 
pero que arraiga desde hace tiempo 
en nuestro tiempo.


18.
Desdoblada 
en los prefacios del alba, 
te desenvuelves 
tácita y oficiante 
entre la bruma que exhala 
la oscura vertiente 
de lo innombrable, 

en tu busto 
colmado de ausencia 
acaricio la raíz oculta 
donde manaba 
el néctar del rocío, 

forma de nubes disipadas 
por el viento, 
recuerdo de un mundo 
que se reduce para contenernos, 
planetas unidos 
en la misma órbita 
de una galaxia indescifrable, 

nimios objetos 
que permanecen escondidos 
al fondo de cada uno 
de nuestros deseos.


19.
Ayer tenías los ojos 
tristes, apagados,
y yo no estaba, 
no pensaba conocerte, 
pero igual te quería 
sin saber de ti,
porque sin darte cuenta 
ya me mirabas 
desde lejos, 
desde aquel tiempo 
detenido en la distancia... 

hoy tus ojos brillan, 
ahora el tiempo 
no es distancia, 
sino este instante 
detenido en la fijeza, 
cuando estoy frente a ti 
y sabes que te quiero 
y tus ojos sonríen: 

eras real desde entonces 

existes.


20.
Qué extraña sensación 
llorar dentro del sueño 
como en una pesadilla 
que gira inevitable 
sobre sus desoladas imágenes, 
qué difícil despertar 
y no poder hablarte, 
qué triste esta necesidad 
de perderme en tus brazos, 
de estar en ti 
y sorber en tus labios 
cada una de tus palabras, 
de acariciar el perfumado tulipán
de color siena encarnado 
que florece en tu jardín, 
qué fuerte este dolor 
en mi pecho, 
saldo acumulado 
de nostalgia y silencio 
que guardo muy adentro 
sin poder compartirlo, 
qué duro amanecer 
y no escuchar tu voz, 
largo día ya seguro 
embriagado de soledad. 


21.
Tengo herido el corazón 
de tanto silencio,
de tantas horas 
perdido en la ausencia,
secreto lugar 
donde reina la espera,
donde la lejana claridad 
se oculta 
en su propio esplendor. 


22.
Qué triste 
una noche de domingo
estando triste: 
el silencio es más ancho 
y nos arropa 
como una manta 
pero no abriga 
porque el frío está ahí, 
no en el ambiente, 
sino dentro 
del domingo mismo 
que es frío 
porque se siente triste. 

No hay una palabra 
que nos sirva, 
todas están sin abrigo,
por eso también son tristes, 
como esta noche triste 
de domingo 
en que estoy triste.


23.
Llegados al final del largo día 
ya no esperamos del amor 
sino su tierna compasión, 
sus gestos leves 
como el viento flotando 
entre las ramas 
del árbol envejecido 
junto a la nostálgica 
palinodia del tiempo 
que se fue, 
las condiciones impuestas 
por los milagros 
cuando suceden 
casi inesperadamente, 
el silencio cómplice 
adormecido en los susurros 
de los cuerpos que yacen 
entre los pliegues 
del amor vespertino.


24.
Nunca habrá suficientes lirios 
para llenar los espacios 
de tu ausencia, 
ni habrán suficientes recuerdos 
para completar 
el álbum de mi desdicha, 
ni los soles del tiempo 
podrán iluminar 
la oscura vereda 
por donde transito, 
ni el sonido de la fuente 
podrá suplantar 
la cascada de tu voz, 
y ningún sueño será suficiente 
mientras la noche 
no pueda dormir 
a nuestro lado.

****

(1)

(no sé qué hay en ti que se cierra y se abre;
sólo algo en mí comprende que la voz de tus ojos 
es más profunda que todas las rosas) 
nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas...
e. e. cummins

eres por siempre abril
para mí
eterna desprevenida
william carlos williams

 
(mcabesa: 2025/26)

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de mujer ... eco de libertad



En un homenaje a la mujer, el movimiento "Poetisas a Viva Voz" realizó un encuentro de voces, donde los poetas invitados llevaron un poema y un canto como homenaje en conmemoración al día internacional de la mujer. 

El viernes 27 de marzo, la biblioteca pública Agustín Codazzi del Complejo Cultural de Maracay, abrió sus puertas para que la música y la poesía se fusionaran.

El reconocido poeta aragüeño José Rafael Jiménez, destacó con su voz a la Madre Teresa de Calcuta, asimismo, los poetas invitados Reimar Arcia, Sonia Carrasco y Edgardo Britapaz, con sus cálidas creaciones llevaron un poema a la mujer... más allá de las palabras.

De igual manera, las poetisas conductoras del evento poético musical: Emalida Viloria, Emauris Bolívar y María Luisa Gómez, recordaron el rol de la mujer en la historia a nivel mundial por todas las muertes silenciadas, por la defensa de sus derechos y por todas aquellas mujeres que se mantienen en pie de lucha en un eco de libertad. 

 

Voces y cuerdas


La cantante Camila Rada acompañada del guitarrista Alejandro Tinedo abrió el espacio musical, su voz cálida y fresca como remanso de agua viva, fue el mejor presente para el público; también, la coral juvenil ETAM "Federico Villena " de Maracay dirigida por la profesora Jazmín Uzcátegui, en una onda romántica a voces destacó con el bolero "Ven", muy propicio para este encuentro. 

Fue un día especial para recordar que la música y la poesia se fusionan y hermanan letras que se juntan sin barreras.







domingo, 29 de marzo de 2026

Palabras bajo libertad (X / 2026)


Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


Ciudad


La materia oscura es teoría

o es poesía de los centros ateridos

donde la tierra se ensimisma

detectores de particulas exóticas

taladran el centro de la tierra

donde habite la ciudad original

galería de galaxias iniciales


Manuel Vázquez Montalban, 1997


1.


Desde una ventana azul,

el color de mi infancia, 

recuerdo la ciudad

con las líneas del tren

que ya no existen.


La de los deliciosos

almendrones

levantadores de aceras.


La de los papagayos multicolores.


La de los mangos con sal.


La de los juegos en las aceras, 

los solares y calles en libertad.


La de los apamates, 

araguaneyes y tamarindos.


Desde una ventana blanca

como las canas de mis cabellos

observo otra ciudad 

bordeada por un río que siempre

abraza el mar.


Dilcia Zamora


***


2.


Yo he respirado ciudades

en la espesura del campo,

con el humo del fogón,

y el olor de la mañana,

sin entender este ruido

que confunde,

no es canto de pájaros

ni de gallos.


El ambiente trae olores

contaminantes,

transeúntes por doquier...


en verdad respiro

algo nuevo


Julio César Pérez


***


3.


Ciudad en sombras,

mi deseo no duerme,

soy luz y vía.


Kreysi Dersi


***


4.


La ciudad nunca se va, 

permanece ahí,

en tu mirada taciturna, 

en esas noches llenas de insomnio 

y de imágenes en fuga,

por eso no importa 

si estás en Santiago,  

en Lima, en Caracas,

o aquí cerca, en Cagua, 

en Palo Negro o Turmero,

la ciudad está ahí,

donde tú estás,

donde te espero...


Cipriano Castro


***


5.


La ciudad duerme 

mientras mis deseos 

circulan las vías 

de tu cuerpo.


Emalida Viloria


***


6.


Busco una ciudad 

donde pueda encontrarte,

una ciudad donde las calles 

tengan tu nombre 

y el aire me envuelva 

con el rocío de tu transpiración;

donde las farolas se enciendan

con el brillo de tu mirada,

y en los jardines 

encuentre disperso tu perfume 

entre el follaje y los helechos;

una ciudad sin direcciones 

para poder seguir tu rastro

de embriagadas huellas 

sin destino;

una ciudad donde extraviarme 

cada vez que estés cercana, 

prendada fugazmente 

a un horizonte sin paisaje 

ni distancia.


Manuel Cabesa


***


7.


Gris al cobijo

del movimiento citadino 

espejo colonial 

sin modernidad. 


Los recuerdos 

de este hogar sin dueños.


Aimée Torres


***


8.


Sólo transito 

ciudad fuera cansada como jaguar en celo 

ciudad inventada para la multitud 

que se agolpa en plazas de toros y casinos 

sólo transito los huesos 

y la sangre que pulso 

en otras épocas 

sólo transito 

como el abrevadero de palabras 

y voy preso 

de cuando en cuando por vago, 

lo que transito no perdona, 

apuñala, roba, se casa, 

se orina, se suicida 

por desgracia Lee 

y se orienta entre la noche 

con las pistolas de la maldad 

y vence 


transito sólo transito 

en estas multitudes 

de cementerios con bríos 

y veo a pocos caminar 

hacia su abismo 


estoy dentro de mí 

caminando 

y tomando cada palabra 

por las patas 


incesante, solemne, 

disconforme 


pueden deshacer el cielo voy sobre mis huesos al futuro.


Helio Uzcátegui


***


9.


La ciudad nunca me abandona, 

está presente: 


en sus calles polvorientas, 

en las esquinas extraviadas 


en los semáforos a la espera 

del cruce de los transeúntes 

 

en los perros vagabundos 

que conversan con las moscas.


En las casas que esconden 

la vergüenza y los sollozos 


en la brisa que barre 

los escombros y la mugre 


en el borracho 

que perdió el sentido 

y nunca lo encontró 


en las lágrimas que ruedan 

por las calles sin ser vistas. 


La ciudad vive y respira.


Liris Miyares


***


10.


Cruzo dos ciudades 

con una veleta en la mano 

y la brújula en los labios. 


Ysbel Mejías


***


11.


El eco del suelo crudo.


A veces el cuerpo se siente como una ciudad vieja,

donde ya no fluye el río, 

sino el residuo de lo quemado;

llevo cenizas bajo la piel, 

un roce constante de áspero cilicio,

mientras los años se encargan 

de levantar el asfalto.


Es curioso cómo el tiempo, 

al desgastarse,

nos devuelve la verdad del suelo, 

esa tierra desnuda

que siempre estuvo ahí, 

esperando a que dejáramos de correr.


Me detengo en las esquinas 

de lo que no supe decir,

allí donde las calles 

ya no tienen nombre ni remedio.


Cuento mis errores 

como quien cuenta 

piedras en el zapato:

sin prisa, 

con una punzada 

que ya es casi costumbre.


Es la nostalgia de la madera 

que no se pulió a tiempo,

el arrepentimiento 

que no busca el perdón, 

sino el descanso,

entendiendo que lo que se rompió 

hace diez inviernos 

forma ahora parte 

del diseño de mi propia sombra.


No hay tragedia en este peso, 

solo una claridad tardía.


Me miro las manos y veo las grietas 

de los caminos que elegí,

sin la urgencia de volver atrás 

para borrarlos.


Simplemente acepto 

este pulso de polvo y memoria,

este caminar por lo irregular, 

por lo que nunca fue liso.


Al final, somos esto: 

un suspiro que reconoce sus deudas

y sigue andando, 

aunque el mapa ya no coincida con el paisaje.


Rebeca Morales Vitas

sábado, 28 de marzo de 2026

Los elegidos


-J.M. Llerena-


I

La siguiente pregunta fue algo más sencilla, así que accedí a responder con la condición de que se me otorgaran algunos minutos para pensar. La voz indicó que subiera a la nave extraterrestre mientras razonaba mi respuesta, cosa que me sorprendió: a nadie, hasta ese momento, se le había otorgado tal privilegio.

Subí por una rudimentaria escalera de mano. Me encontré en una habitación amplia y muy bien iluminada. En su interior se hallaban algunas personas de pie, otras sentadas en muebles, formando grupos. Al contrario de lo que imaginé, el mobiliario no era nada futurista, más bien humilde, al más puro estilo terrestre.

Me acomodé en un sillón cercano a una escalera que permitía el acceso a una segunda planta. Me devanaba los sesos pensando en qué tipo de tecnología podía mantener a semejante nave suspendida en el aire en perfecto estacionario, cuando de improviso se abrió una puerta en lo alto de la escalera.

La silueta de una criatura de baja talla, que me era difícil distinguir, apareció en el umbral. Al bajar unos escalones se definió por completo: se trataba de un ave gallinácea, un pavo, tocada con un extravagante casco plateado, coronado con un par de antenas divergentes entre sí. Me miró directo a los ojos y, en un gesto imposible de explicar, creí ver el esbozo de una sonrisa.

-Esta nave, y toda su tecnología, inconcebible para ti, está basada en su totalidad en conchas y hebras del fruto que ustedes llaman coco –me comunicó telepáticamente, con tono comprensivo y paternal.

Y luego, dirigiéndose al grupo, concluyó:

-Es todo lo que necesitan saber. Ustedes son los elegidos.

Los astros estaban alineados y marcaban el rumbo. Era hora de partir. Mi intuición me indicó que no volveríamos, y que la única forma de hacerlo, sería metamorfoseados en una raza superior hasta ahora desestimada.

II

El saque inicial, el toque de pelota, las piernas robustas, las chicas en las gradas, una sensación de abandono deslizándose por el tobogán en el parque de niños sin niños, las luces en el bosque y ese coro de voces apremiantes, amos del falsete, que nadie más parecía percibir.

Algo llegaste a sospechar en el autobús de venida, como cuando una noche, allá en lo alto, viste puntos luminosos que en un principio confundiste con estrellas, hasta que comenzaron a comportarse de manera extraña.

Ese mismo desconcierto te invadió al atravesar la ciudad, esa visión asfixiante: tanta ropa colgada en los balcones de los edificios, tanta gente colgada de los mismos balcones, tanto concreto, tanto tráfico, tanta furia.

Todo muy oscuro para continuar leyendo en el autobús, las cortinas cerradas, el sol moribundo que a intervalos irregulares irrumpía por los resquicios, de modo que era inútil seguir sosteniendo el libro a la altura del rostro.

¿Qué te inquietaba? No podías precisarlo. ¿Qué era eso de pararse en la piedra angular -la misma que rechazaron los arquitectos- cada vez que arreciaran los tiempos? ¿Y acaso ya no habías aceptado -como ley universal- que con un libro de Miller en la mano y un disco de Los Beatles en los audífonos eras capaz de comprenderlo todo?

Y cuando menos lo esperabas, al entrecerrar los ojos y apoyar la cabeza en el respaldo del asiento, ¡zas!:

¿De dónde viene la imagen de este señor de cabello entrecano que come espaguetis sentado a una mesa de un salón de banquetes desolado? Varios viejos vestidos de bailarinas del can-can, que tras alguna presentación se dirigen presurosos a sus camerinos, pasan cerca de él. El último de ellos se detiene y voltea a mirarlo. Le desea buen provecho con tono de voz divertido y gesto afeminado en extremo, y después sigue su camino.

Así como sobrevino la imagen, se fue. Te pareció inexplicable. Igual al día en que, en medio de la práctica, sentiste la imperiosa necesidad de ponerte a flotar delante de los demás, como si tal cosa, emprender el vuelo, dejar atrás el asombro y las bocas abiertas.

Asimismo el hecho -todavía más reciente- de confundir en un duermevela el sonido producido por una lavadora desajustada y a punto de estropearse, con el sonido de un tren en marcha. Y más preciso y angustiante aún: con el sonido del último tren que se pierde para siempre en la distancia.

III

Todo comenzó con el pitazo inicial en el partido de fútbol de la división súperveterana, disputado esa noche en el club de la fábrica. Yo jugaba último hombre. Sentí un cosquilleo en la espalda, miré hacia el bosque lindante, más allá de las gradas, y me pareció ver luces, como si algunas personas trataran de orientarse con linternas. Luego escuché un coro en falsete que nadie más parecía oír: cantaba mi nombre.

En un ataque fallido del equipo contrario, la pelota fue a dar lejos del campo. No tuve reparos en internarme en el bosque con el pretexto de traerla de vuelta. Invadido por una súbita energía, me dirigí corriendo al sitio de procedencia del coro.

Ya bastante alejado, trepé a la copa de un árbol. Sobre un pequeño claro gravitaba una nave espacial construida en madera y revestida con una especie de felpa marrón. No estaba solo, a mi alrededor, sobre el mismo árbol, había otras personas. Todos muy tranquilos.

En ese momento escuché una potente voz en mi cabeza. Provenía de la nave. Los demás se miraron entre sí. Era evidente que también la escuchaban, sin embargo, nadie se alteró. La voz comenzó a plantear toda suerte de problemas matemáticos y de razonamiento. Lo supimos de inmediato: al que acierte, se le concede el permiso de ingreso.

Carolina Álvarez y las formas del Mal



-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje.

J.S.P.


Creo que todos tenemos conciencia de que el Mal existe, el Mal como esa parte oscura que gobierna al mundo y que no sabemos evitar. 

Pero, generalmente, también pensamos que el Mal es algo que está fuera de nosotros, algo que sucede a expensas de nosotros, en otro lugar, lejos de nuestro habitat.

Un síndrome que sólo vive en la literatura o el cine: Lex Luthor, Jack Torrence, Dark Vader, Hannibal Lecter, el doctor Moriarty, el teniente Ramírez Hoffman representan para nosotros los rostros del Mal.

Creemos que el Mal se manifiesta en las guerras, los genocidios, las formas totalitarias del poder, sólo en el crimen abierto y directo.

Pero resulta que no es así, leyendo Algunos delitos mínimos de Carolina Álvarez (Monteavila, 2022) me ha dado por pensar que el Mal somos nosotros; cosa que, por otra parte, ya sospechaba desde hace tiempo.

A través de dieciocho solventes relatos divididos en el libro en dos partes, la autora hace un inventario de esos momentos, esos gestos y palabras que parecieran no hacer daño pero en cuyo trasfondo se oculta esa parte oscura que nos acompaña. 

Pequeños miedos dormidos como en "Maigualida", inocentes confusiones que develan nuestra suspicacia como en "A que los chinos", confusos arrepentimientos como en "El patio de los tíos", lo nefasto del "empoderamiento" como en "La reina de corazones" o el simplemente negarse a aceptar la condición de un ser querido condenándolo a un discreto ostracismo en "Humberto", etcétera son sutilmente develados en estos relatos con mucho tino y cierta ternura que no deja de conmovernos. 

Porque si algo resulta atrayente en este libro es la forma en que la autora conduce sus historias, sin espasmos ni altisonancias, todo hilvanado en un lenguaje sutil, coloquial la mayor parte de las veces, sin que por ello haya ningún descuido en la forma. A través de estas historias viven seres comunes, que son incapaces de distinguir las formas del Mal: del que son víctimas o el que generan muchas veces sin darse cuenta. 

Son a la vez relatos de una actualidad espeluznante, cada vez que leemos o vemos en los informativos todas las manifestaciones de violencia cotidiana que somos capaces de ejercer, desde las más sutiles hasta las más cruentas cuando ya la conciencia deja de ejercer su dominio y somos víctimas de los arrebatos.

En este sentido, el libro de Carolina Álvarez es merecedor de una lectura que vaya más allá de lo meramente literaria para entrar en el campo de lo sociológico: importante para discutir sobre esa capacidad que tenemos todos para generar múltiples formas de violencia; para ser, muchas veces, víctimas o emisarios del Mal.

Perfecto Luna

-Elena Garro-


Tal vez serían las once y media de la noche, cuando Perfecto Luna pasó las últimas casas del pueblo. A esas horas ya todos dormían y nadie notó su paso. Todo gracias a Dios había sido muy simple: levantar las trancas de la puerta del almacén, husmear por la rendija y salir a la calle oscura. «Con tal de que no roben y que luego digan: miren al cabrón de Perfecto, se pasó a robar todo lo que había en la tienda». Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho? ¡No quería entregar su vida a un caprichoso! Sobre todo después de haber visto que en el otro mundo no había sino chiflones de aire frío. Ahora no le quedaba sino huir, borrar sus huellas abandonadas en el pueblo y en los caminos, tirar su nombre y buscar otro. No dejar rastro de Perfecto Luna. Pero ¿qué nombre? No era tan fácil dejar de ser él mismo. Desde chico así lo nombraban y él había sido siempre Perfecto Luna, el albañil, el peón, el muchacho que servía para todo, porque así lo había enseñado su patrón. Ahora tenía que olvidarse de lo que sabía y volver a empezar para ser otro. Le dio tristeza de sí mismo: ¡tan servicial y tan alegre como había sido! Pero así es la vida: a cada uno su mala o buena suerte. Recordó los nombres de sus amigos. Crisóforo Flores: ni modo de llamarse así, era robar el ánima de su amigo y, sin embargo, tal vez tendría que hacerlo. Crisóforo andaba siempre tan confiado, tan alegre, tan quitado de penas. Andaba como él había andado antes; Domingo Ibáñez era arriesgado, porque ése tenía las noches tristes. Justo Montiel, tampoco, no fuera que le diera por matar a los amigos.

Se saltó de la vereda para agarrar a campo traviesa el rumbo de Actipan. Así, cuando todos lo buscaran por San Pedro, él andaría muy tranquilo por Acatepec. Le gustaba el mercado de Acatepec. Apenas llegara se iba a comprar su buen pañuelo de seda y comenzaría a buscar trabajo. Al fin, él para todo servía. Tardaría toda la noche en cruzar la huizachera, pero iba más seguro. ¿Quién iba a encontrar sus huellas entre aquellas matas? Apresuró el paso y se tropezó con una piedra. «¡Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo!», se dijo en voz alta para espantar aquel silencio redondo que en ese momento lo rodeó. Era mejor no mirar, el campo se había vuelto enorme. Empezaba a suceder lo que sucedía todas las noches desde hacía cinco meses: el silencio crecía de tal manera que era inútil tratar de decir cualquier palabra; allí nunca, a través de todos los siglos, había caído un ruido. Acababa de decir: «Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo» y no lo había dicho. Las palabras habían salido en silencio y se le habían quedado prendidas en la punta de la lengua. Tenía que irse lejos de Amate Redondo y lejos de Perfecto Luna, porque era a Perfecto Luna al que querían; por eso lo habían metido en aquellas noches redondas que duraban más que el día. Apretó el paso otra vez. Las capas de aire se separaron; su nariz quedó en el espacio vacío entre dos de ellas y casi no podía respirar. En cambio, a la altura de sus ojos y de sus cabellos el aire soplaba sin soplar, levantándole los pelos y enfriándoselos, hasta sentir que miles y miles de hielitos le perforaban la cabeza. ¿Cuándo acabaría de salir de esos lugares extraños? «Seré Crisóforo Flores, no andaré por estos parajes y volveré a gozar con mis amigos».

Adelante de él vio a un hombre que, agachado, buscaba algo entre los huizaches. Estaba muy inclinado sobre el suelo, tratando de ver en la oscuridad. Le dio gusto encontrarse con alguien en aquellas soledades. El hombre estaba allí, a dos pasos, impidiendo el camino. Por cortesía le dio las buenas noches.

—Buenas noches —contestó el desconocido sin abandonar su búsqueda.

—¿Busca algo? —dijo Perfecto Luna amablemente, pensando que así lo diría Crisóforo Flores.

—Sí —contestó el desconocido con voz quejumbrosa—. Y no lo hallo…

—¿Puedo ayudarlo, señor? —preguntó Perfecto Luna, sintiéndose cada vez más Crisóforo Flores.

—Si fuera tan amable… —respondió el otro con voz débil.

Perfecto Luna se agachó a buscar aquel objeto perdido. De seguro era dinero, sólo que el ladino no se lo quería decir, por temor a que lo robara. Apenas veía entre las sombras y las piedras. Miró con curiosidad las piernas del desconocido; le pareció que llevaba huaraches y una tilma roja. Parecía moverse con dificultad, como si estuviera ciego. Tentaleaba trabajosamente, agarrándose a las piedras y a las matas.

—¡Ay, señor! —dijo Perfecto Luna, sintiendo que de nuevo las palabras apenas le salían de la boca. El hombre no le hizo caso. Y siguió buscando, removiendo las piedras.

Perfecto Luna se sentó en el suelo descorazonado.

—¡Ay, señor, a mí me han pasado cosas! —continuó, olvidándose de ser Crisóforo Flores—. ¡Mire cómo me he quedado, en los puros huesos!

La confesión no conmovió al desconocido, ni lo hizo cambiar de actitud.

—¡Usted sabe que yo fui Perfecto Luna hasta esta noche!

—¡Caray, ya me canso de buscar y buscar! —se quejó el desconocido.

—Ahorita le ayudo —ofreció Perfecto acordándose que debía ser el alegre Crisóforo. Y con energía se entregó otra vez a la búsqueda. El desconocido estaba ahora lejos, apenas veía su bulto blanco y rojo buscando entre los huizaches. Se sintió tranquilo en su compañía. Pensó: «Ésta será la última noche desgraciada; desde mañana, cuando yo sea Crisóforo Flores, nadie nunca más se acordará del que fui».

—¡Señor! —gritó con optimismo y sintiéndose ya en el otro día—. ¿Usted cree en los muertos?

—¿En los muertos? —preguntó el otro sorprendido. Su voz le llegó desde muy abajo.

—Sí, señor, pero no en los muertos de cuerpo presente, sino en los otros…

—¿En los otros? —volvió a preguntar el desconocido deteniéndose en su búsqueda.

—Sí, en los otros —contestó con aplomo Perfecto, cada vez más Crisóforo Flores—. ¡Figúrese usted, yo fui Perfecto Luna y tuve que dejar de serlo, por causa de un difunto!

—¡Ah! —contestó el desconocido.

—¿Pasó usted por Amate Redondo? De seguro conoció a don Celso, el dueño del almacén. Yo le debo a él todo lo que fui. Él me enseñó a trabajar mientras fui Perfecto Luna. Andaba yo en los cinco años, cuando ya le hacía los mandados. Con él me crié, porque fui huérfano de nacimiento. «¡Ándale, Perfecto, mira cómo se cepilla la madera! ¡Aquí quédate, Perfecto! ¡Ya sabes cuánto cuesta un cuartillo de maíz, aquí lo marcas en la registradora!». Porque sólo don Celso tiene registradora en Amate Redondo. Es el único que lo ha trabajado, aunque digan que se roba los gramos en los kilos. Y así viví, trabajando, hasta que don Celso quiso hacer las mentadas accesorias.

Perfecto Luna guardó silencio. Recordó que hasta ese día había sido muy confiado. Don Celso le encargó que demoliera las casuchas que estaban detrás del almacén para construir unas viviendas como las de México. Se volvió otra vez con el azadón en la mano, tirando aquellos jacales. ¿Cuánto tiempo tardaría en hacer aquel trabajo? Vamos a decir un mes; y al cabo de ese mes todo quedó rasito y limpio. Hasta ese día también había sido alegre. ¿Qué le faltaba? Nada. Tenía buen trato y la estimación de sus amigos. Nadie le deseaba un mal. Fue un día cuatro de abril, cuando don Celso le dijo: «Abre las zanjas para echar los cimientos». Como a las doce del día, mientras ahondaba en la zanja, encontró al muerto. Era un muerto viejo porque no quedaban de él sino los puros huesos. Le pareció volver a verlo, relumbrando al sol, con los brazos puestos sobre las costillas. «Habrá tenido, de seguro, una muerte mala, porque no tiene cabeza. ¿Quién lo mataría? ¿Dónde andará su cabeza?».

—¡Fíjese, señor, le faltaba la cabeza, seguro alguien lo degolló!

El desconocido no dijo una palabra.

—Lo malo, señor, es que cuando yo fui Perfecto Luna me gustaba ser maldoso. «¡Perfecto!, me gritó la señora de don Celso, ven a comer». Puse mi cobija en el hoyo del difunto y me fui a comer. Me acuerdo que mientras echaban las tortillas, yo en mis adentros me andaba riendo.

—¿De qué te ríes? —me preguntaron.

—Sólo yo lo sé.

Y sólo yo lo sabía. Después de comer envolví los huesitos en mi cobija y me los llevé a mi cuarto. «¡Vas a ver, muerto cabrón!», le dije. Llegó el día en que me vi haciendo los adobes… y Perfecto se volvió a ver revolviendo el lodo con las hierbas secas y silbando.

—¡Miren a éste, qué gusto trae, ojalá y así trabajaran todos! —decía don Celso. Y era verdad, porque mientras fui Perfecto Luna cualquier cosa me gustaba y todo me ponía contento. Me acuerdo que estaba yo envolviendo mi cigarro de hoja, cuando se me vino la idea al pensamiento. Me fui hasta mi cuarto, saqué el hueso del dedo de un pie y lo enterré en un adobe que había yo puesto a secar al sol. «Ya que te hicieron el favor de enterrarte separado, yo te lo voy a hacer completo», le dije. Le puse una marca al adobe, para saber que allí estaba un pedazo de su tumba. Luego me traje una costilla y la metí en otro adobe con su señal. Y así hasta que me acabé los huesitos.

—Oiga, don Celso, ¿qué le pasa a un muerto despedazado?

—Pues se vuelve loco, muchacho, buscando sus pedacitos.

—¡Ja, ja, ja! —y me fui muy contento a ver mis tumbitas—. ¡Lo que es ser muchacho y ser alegre, señor! —dijo Perfecto Luna sentándose de nuevo en el suelo y buscando con los ojos al otro, que indiferente seguía por allí sin hacerle caso. Con tristeza pensó que a nadie le importaba que él, Perfecto Luna, hubiera sido alegre, y que por causa de su alegría tuviera que dejar de ser él mismo. Recordó cómo empezó a construir las viviendas: cuidadosamente repartió los adobes con los huesos en los muros de las viviendas; no quedó ni un lugar de la vecindad en donde no estuviera enterrado «el sin cabeza». Y él, gozoso, seguía abriendo ventanas, techando, haciendo puertas, mientras silbaba y se reía a solas.

—¡Mira, Perfecto, quedaron bonitas, ponles su lambrín azul!

—Yo eché el azul más vivo, señor, para alegrar el sepulcro encalado.

Y se volvió a reír a pesar suyo. «Ojalá y se vengan a vivir los Juárez, y que en la noche “el sin cabeza” les jale las patas», pensaba. Cuando las viviendas estuvieron terminadas, don Celso le encargó que las cuidara, no fuera a ser que los mocosos se metieran y rayaran las paredes. Olía a nuevo: a cal y a mezcla. Las paredes y los ladrillos del suelo todavía estaban húmedos; en todos los cuartos había presencia de lo limpio, lo no tocado por el hombre. Perfecto Luna tomó sus camisas, su petate y su cobija y se instaló en uno de los cuartos. Estaba cansado; se quitó los huaraches, se tendió en su petate y por la ventana miró la noche. El cielo estaba tranquilo y claro y desde donde estaba veía dos estrellas brillantes. Entrecerró los ojos. «¡Quién le hubiera dicho que él solito iba a hacer todo aquel trabajo!». Abrió los ojos y miró regocijado su obra: recorrió el techo, las paredes, la puerta y llegó otra vez hasta la ventana. Abajo de ella, una saliente pequeña marcaba una de las tumbas del «sin cabeza». Se echó a reír y se le cuajó la risa. Los labios se le quedaron tiesos, y el cuarto se volvió tan oscuro que perdió la vista a la ventana. «¿Quién oscureció la noche?». Buscó a tientas la vela que había dejado junto al petate. Estiró el brazo y sintió que se le había hecho muy corto; en cambio el cuarto había crecido enormemente y la vela estaba lejos, fuera de su alcance. Se resignó a la oscuridad. Abrió mucho los ojos tratando de ver algo, pero la sombra se hacía cada vez más y más densa. «Creo que aquí espantan». Se quedó quieto. De pronto vio brillar la marca que él había puesto en el adobe. «¡Es el sin cabeza!». Su corazón empezó a golpear con tal fuerza que le pareció que iba dentro de un río muy crecido. Sintió que se quedaba sordo. No le quedaba sino esperar a que amaneciera. Pero la noche se alargó en muchas noches. Cuando rayó el día, vio que su petate estaba húmedo de sudor.

—¿Qué te pasa, Perfecto? Andas muy desencajado.

No supo qué contestar. Apenas si probó su café, pensando que tenía que oscurecer. Con tristeza se sentó en el patio de las accesorias a ver cómo pegaba el sol en los tejados.

—Ya se está acabando el día… —dijo con pesadumbre. Cambió su petate y sus tiliches al segundo cuarto. Volvió la noche y él se acostó sin querer mirar por la ventana.

«Ahora no voy a mirar la noche». Y apretó bien los ojos. Un ruido de alas recorría las paredes. Las alas giraban al tiempo que subían y bajaban por los muros. Pasaron sobre su frente y sobre su cuerpo. Se fue quedando helado. ¿Cuál sería el maldito hueso que hacía aquel ruido que no se oía? Y esa noche duró más que la anterior. Quería pensar cómo contentar al difunto pero las alas corrían a tal velocidad que no le permitían formular su pensamiento. Al amanecer, sus rodillas estaban adoloridas y apenas si pudo levantarse.

—Agarraste frío, Perfecto —le dijeron.

Y él no pudo contar lo que le había sucedido aquella noche inmensa con aquellas alas frías. Se puso al sol, pero las rodillas seguían duras y heladas. No tuvo tiempo de calentarse, porque ese día el sol duró muy poco. Le pareció que apenas acababa de cantar el gallo del amanecer, cuando oyó a las gallinas acomodarse en sus palos para dormir. Completamente desesperanzado trasladó su petate, su cobija y su vela al tercer cuarto.

—¡Muerto maldito, quédate sosiego y no me quites la paz, que yo nunca le hice daño a nadie!

Se enrolló en su tilma para no pasar los fríos y cerró los ojos para no ver las sombras que lo envolvían. De una esquina del cuarto se desprendió un remolino de viento; zumbaba con gran violencia y se le vino a pegar al oído izquierdo. Por allí entró a gran velocidad, aturdiéndolo.

«Dime, ingrato difunto, ¿qué quieres que haga por ti?», hubiera querido decir, pero las palabras se le quedaron embarradas en la lengua. Luego se la vendaron, como vendaron la pierna de Anselmo cuando le dieron de navajazos. Inmóvil, con la lengua ligada, sufrió aquel remolino que le acalambraba el cuerpo.

—Ya amaneció… —dijo con dificultad, cuando entró a la cocina a que le dieran café caliente.

—¿Qué te pasa, muchacho? ¿Por qué hablas así? Parece que tienes la lengua amarrada.

Y Perfecto Luna agachó la cabeza y pensó que también ese día se iba a acabar muy pronto.

—Don Celso, ¿me deja dormir con Alambritos?

—A poco, muchacho, ¿para qué lo quieres? ¿Te anda buscando el miedo?

Apenas acababa de agarrar a Alambritos, cuando ya había caído la noche. Amarró al perro con un mecate largo a la aldaba de la puerta del cuarto siguiente, y se tendió en el petate. ¡Se estaba quedando flaco y se le había muerto la risa! La oscuridad empezó a bajar del techo como una espesa nube negra que lo quería aplastar. «¿Qué quieres que haga por ti, difunto? No puedo deshacer las accesorias, para juntar de nuevo tus huesos». Acababa de pensar eso, cuando vio que Alambritos se venía arrastrando por el suelo, pegado al piso como una calcomanía, y se quedaba junto a él. Alambritos empezó a aullar desde su nueva forma aplastada y plana como una hojita de papel. «Es cierto que andas aquí», pensó Perfecto Luna. «¿Qué quieres? Yo te lo doy para que te vayas». En ese momento la capa de sombras cayó sobre él como una cobija pesada y lo dejó sin pensamiento. ¡Lo quería a él! Toda la noche estuvo allí debajo de aquella cobija negra.

—¡Mira, muchacho, tienes las narices aplastadas! —le dijeron al verlo salir del cuarto. Las piernas apenas le sostenían.

—Don Celso, ¿cuánto dura una noche?

—Lo mismo que todas las noches.

Ya los días apenas eran una raya de luz entre dos inmensas noches. No tenía tiempo ni de ponerse y quitarse los huaraches. La ropa se le empezó a hacer vieja en el cuerpo. ¡Qué esperanzas que pudiera ir a recortarse los bigotes o el pelo! ¡Si apenas amanecía, ahí estaba ya la noche! No tenía tiempo ni de comer y se fue quedando en los puros huesos. Recorrió la fila de cuartos hasta que los acabó y en todos halló la presencia del difunto, que lo quería sacar de su pellejo. Desde lejos, arrinconado en el patio de las accesorias, oía a Crisóforo tocar la armónica y cantar con los amigos. De seguro estaban en la cantina. Eso lo sumía más en la tristeza, pues era el anuncio de que la noche estaba ahí esperándolo.

—¿Qué te pasa, muchacho? Si sigues así, no vas a tardar en entregar tu alma.

—¡Don Celso, déjeme que duerma en el almacén!

Así «el sin cabeza» vagaría furioso por todos los cuartos, sin hallarlo, pues él estaría durmiendo entre los manojos de canela y los costales de maíz.

—Ándale, pero si es por miedo, allí no lo vas a perder.

Cambió su petate al almacén. Parecía que esa noche llegaba más tranquila. El almacén estaba animado: los clientes bebían su última copa de tequila; don Celso echaba sus cuentas; olía a alcohol y a especias. Se sintió aliviado. Dieron las diez y Crisóforo Flores, su amigo, se echó el último trago.

—Ahí te veo mañana, si amaneces, porque se te está poniendo cara de difunto… —y se fue muy tranquilo, con su sombrero ladeado.

Don Celso le dio las buenas noches. Perfecto Luna cerró las puertas del almacén, vio que estaban muy sebosas, luego echó la tranca transversal que iba de muro a muro, se tendió en el mostrador y dejó la lámpara de gasolina ardiendo. Con la luz «el sin cabeza» no se atrevería. Aspiró con deleite el olor de la manteca, revuelto con el del polvo de los frijoles, se sintió seguro y se estiró. En la trastienda se produjo un ruido. Buscó la vela y los cerillos, pero los tenía en la bolsa de su camisa de manta. El ruido aumentó. Era más prudente no ir a ver qué sucedía. Un ruido semejante acompañó al primero: algo caía, caía sin cesar, silbando dulcemente. Era como si dos costales de maíz dejaran escapar el grano por un agujero.

—¡Ora sí, el canijo está destripando los costales!

Los silbidos se multiplicaron. Todos los costales se vaciaban a gran velocidad. La trastienda se iba llenando de maíz, estaba seguro de eso. Con precaución miró hacía allí: la puerta colmada de granos se desbordaba y el maíz avanzaba por la tienda. Asombrado miró a su derredor. Estaba entre costales. Arriba de la puerta de salida había tableros cargados de sacos de ayate. En ese momento se abrió el primer costal y los granos cayeron sordos, en un chorro dorado, sobre el suelo. Luego se agujereó el segundo costal, luego el tercero, luego el cuarto, luego la tienda entera llovía maíz de todas sus paredes. El lugar del mostrador se fue estrechando. Vio que la puerta de la calle que antes había atrancado cuidadosamente estaba siendo bloqueada, pues los costales de arriba también estaban agujereados. Se levantó como pudo y a zancadas, enterrándose en el grano hasta los muslos, llegó a la puerta. Con dificultad levantó la tranca y logró, haciendo un esfuerzo, abrir una rendija, husmear la noche y salir a la calle.

—A estas horas, señor, estaría allí sepultado en el maíz, y «el maldito sin cabeza» me tendría cogido de los pelos para toda la eternidad. Pero me le fui. Y me le fui no solamente de Amate Redondo sino de Perfecto Luna, porque cuando lo busque ya no lo va a hallar. Ahora soy Crisóforo Flores. ¡Lo que es tener un poco de presencia de ánimo! ¿Verdad, señor? Por eso le preguntaba si creía usted en los muertos, porque antes del «sin cabeza» tampoco yo creía.

—¡Ah! —contestó el desconocido desde muy abajo. Y con dificultad se fue enderezando.

—Le voy a ayudar a buscar, ya que le conté la triste historia del que fue Perfecto Luna.

—¡Ya no! —contestó el desconocido de pie junto al narrador. Éste apenas tuvo tiempo para ver el rostro sin rostro de su nuevo amigo: el cuerpo del desconocido terminaba sobre los hombros.

—¡Se endemonió! —dijo don Celso al día siguiente—. Me soltó todo el maíz y murió en medio de la huizachera. ¡Caray! ¡Y parecía tan buen muchacho el tal Perfecto Luna!


Publicado en: Revista de la Universidad de México, agosto de 1958

Posdata


Durante buena parte del siglo XX, Elena Garro ocupó un lugar ambiguo dentro de la literatura mexicana. Era reconocida como una escritora excepcional, pero su presencia en la conversación cultural no siempre correspondía con la fuerza de su obra.

Desde su publicación en 1963, Los recuerdos del porvenir fue celebrada como una novela singular. Sus cuentos y piezas teatrales anticiparon discusiones sociales y políticas que hoy forman parte del debate público. Aun así, con el paso del tiempo, su nombre comenzó a aparecer con menos frecuencia en estudios universitarios y catálogos editoriales.

Esa distancia empezó a transformarse en la última década. Nuevas reediciones —algunas con prólogos críticos que actualizan la lectura de su obra— devolvieron sus libros a la circulación. Instituciones culturales mexicanas subrayaron la amplitud de su trayectoria: narrativa, teatro, ensayo, crónica y poesía. Ese movimiento editorial e institucional reabrió el acceso a su obra.

Paralelamente, la crítica académica contemporánea encontró en Garro una escritora que dialoga con temas centrales del presente. Estudios recientes analizan sus textos desde perspectivas de género, memoria histórica, violencia política y mitología, lo que ha ampliado la comprensión de su legado. Universidades dentro y fuera de México han incorporado sus obras en programas de literatura y estudios culturales.

En este contexto también se ha revisado la forma en que la autora fue recibida en su momento. Investigaciones, biografías y ensayos señalan que su figura estuvo atravesada por tensiones personales, políticas y culturales que influyeron en la difusión de su obra. Algunos análisis incluyen su relación y ruptura con Octavio Paz como parte de un entorno literario en el que ciertas voces —en especial las de mujeres— quedaron relegadas. No se plantean causas únicas, pero sí un entramado complejo que ayuda a explicar su visibilidad irregular.

La revisión del canon literario mexicano ha sido un factor determinante. El interés actual por recuperar escritoras del siglo XX que quedaron fuera de los escenarios dominantes ha abierto espacio para leer a Garro desde un lugar distinto: no como una figura periférica, sino como una autora central en la construcción de nuevas sensibilidades literarias.

La vigencia de sus textos explica parte de este retorno. Sus novelas y cuentos abordan la memoria, la violencia, la opresión y las fracturas del país con una claridad que resuena hoy de manera particular. Esa actualidad temática ha impulsado nuevas lecturas, alejadas de prejuicios o polémicas que durante años condicionaron la conversación en torno a su nombre.

Además de este renovado interés crítico, han surgido hallazgos y documentos que amplían el panorama sobre su vida y obra. Correspondencia recuperada en archivos universitarios, primeras ediciones localizadas en colecciones privadas y testimonios de contemporáneos que apenas se han comenzado a estudiar han permitido reconstruir episodios poco conocidos de su trayectoria. 

Entre ellos destacan su trabajo periodístico en los años cincuenta, sus guiones cinematográficos poco difundidos y las primeras versiones de textos teatrales que circularon de manera limitada. Estos materiales ofrecen un mapa más amplio de su actividad creativa y abren nuevas líneas de investigación sobre su papel en la literatura mexicana del siglo XX.


(Texto: cortesía de Ingrid Chicote)