martes, 25 de agosto de 2026

Tres poemas de Yullianny Roca


Yullianny Roca es muy joven, tiene quince años, reside en Maracay y participa en el Club de Lectura "La nave de los libros" que funciona en la Librería del Sur, por esa vía nos llegan estos textos de esta poeta en ciernes que hoy compartimos...

(mcabesa)

***

Anuncio

Dulce y secreta 
una fuente de amor 
se abrió en mi pecho, 
tan delgada, 
que parece apenas 
una de mis venas.

Dolorosa quizás, 
mas ya nada 
la podrá secar.

Mañana, enriquecida 
de savias misteriosas, 
en el mudo fluir 
de mi vida se perderá.


***


Entre tu silencio y el mío


Hay entre tu silencio y el mío 
una palabra suspendida.

Tiembla en el aire 
cuando nos miramos, 
y nuestras manos 
se tienden palpitantes.

Hacia otros va tu voz, 
mas sin quererlo ella,
despierta un invisible vuelo 
de recuerdos entre los dos.


***


¿Quién sabe?


¿Quién sabe 
en qué jardin florecerá 
el amor que no quisiste?

¿Quién sabe 
dónde se abrirá 
el fruto que temiste?

¿y para quién será?

En agosto nos leemos / VI

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso,  el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001


Marguerite Duras alcanzó notoriedad entre los lectores venezolanos con la publicación de "El amante" en 1995, pero ya para la fecha había cumplido con una larga trayectoria como escritora y cineasta con obras de un lenguaje tenso, poético y de difícil asimilación en ambas artes. Aún así, siempre es un placer acercarse a la Duras, aquí tenemos un breve texto de prosa encantatoria, preámbulo a una de sus mejores novelas...


(mcabesa)


***


El último cliente de la noche


-Marguerite Duras-


La carretera atravesaba la Auvernia y el Cantal. Habíamos salido de Saint-Tropez por la tarde, y condujimos hasta entrada la noche. No recuerdo exactamente qué año era, fue en pleno verano. Lo conocía desde principios de año. Lo había encontrado en un baile al que había ido sola. Es otra historia. Quiso parar antes del amanecer en Aurillac. El telegrama había llegado con retraso, había sido enviado a París, y luego reenviado de París a Saint-Tropez. El entierro debía tener lugar al día siguiente, a última hora de la tarde. Hicimos el amor en el hotel «Aurillac», y luego volvimos a hacerlo. Por la mañana lo hicimos de nuevo. Creo que fue allí, durante este viaje, cuando el deseo se esclareció en mi cabeza. Por él. Creo. Pero, estoy menos segura. Pero por él, sin duda, sí, desde el momento que se unía a mí en este deseo. Pero él, como otro, como el último cliente de la noche. Apenas dormimos, y reemprendimos el viaje muy pronto. Era una carretera muy bonita y terrible, interminable, con curvas cada cien metros. Sí, fue durante este viaje. Esto nunca se ha vuelto a repetir en mi vida. El lugar ya estaba allí. Sobre el cuerpo. En estas habitaciones de hotel. Sobre las orillas arenosas del río. El lugar era oscuro. Estaba también en los castillos, en sus muros. En la crueldad de las cacerías. De los hombres. En el miedo. En los bosques. En el desierto de las alamedas. De los estanques. Del cielo. Tomamos una habitación al borde del río. Volvimos a hacer el amor. No podíamos hablarnos más. Bebíamos. En la sangre fría, golpeaba. El rostro. Y ciertos lugares del cuerpo. No podíamos acercarnos ya el uno al otro sin tener miedo, sin temblar. Me llevó hasta lo alto del parque, a la entrada del castillo. Estaban los de Pompas Fúnebres, los guardianes del castillo, el ama de mi madre y mi hermano mayor. A mi madre no la habían metido todavía en el ataúd. Todo el mundo me esperaba. Mi madre. Besé la frente helada. Mi hermano lloraba. En la iglesia de Onzain éramos tres, los guardianes se habían quedado en el castillo. Yo pensaba en este hombre que me esperaba en el hotel al borde del río. No me daban pena, ni la mujer muerta ni el hombre que lloraba, su hijo. Nunca más he tenido. Después vino la cita con el notario. Consentí a las disposiciones testamentarias de mi madre, me desheredé.

Él me esperaba en el parque. Dormimos en este hotel al borde del Loira. Después, nos quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecimos en la habitación hasta entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Luego, volvíamos a salir por la noche. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del bar, de este lugar. De lo que buscábamos, no se hablaba. A veces, teníamos miedo. Sentíamos una profunda pena. Llorábamos. La palabra no se pronunciaba. Lamentábamos no amarnos. Ya no sabíamos nada. Existía sólo lo que se decía. Sabíamos que esto no volvería a ocurrir en nuestra vida, pero de esto no se decía nada, ni que éramos los mismos frente a esta disposición de nuestro deseo. Esto siguió siendo la locura durante todo el invierno. Después, fue menos grave, una historia de amor. Posteriormente aún escribí  Moderato Cantabile.

La señorita Margot

-Manuel Cabesa-


(A la mystérieusse)


Muy discretamente ha cumplido cien años sin muchas celebraciones, tan así que me doy cuenta algunos días después de la fecha ya que fue el pasado 14 de agosto. 

Por unos meses trabajé para ella organizando un enorme archivo cargado de tesoros que muchas veces me sorprendían. Recuerdo particularmente una breve carta de Mario Vargas Llosa, joven redactor peruano en Radio Francia Internacional, solicitando ser la voz en off que narrara su película. Esa noche le pregunté por qué no lo había aceptado y ella respondió que no le gustaba el tono de su voz. Le digo que hubiera sido bueno para la promoción que un Premio Rómulo Gallegos estuviera entre los créditos y ella simplemente dijo que en aquella época nadie lo conocía y que tampoco era adivina para saber que iba a hacer carrera como escritor; además fue mejor así porque la película debía sostenerse por sí misma y no por la fama de otros. Fue finalmente José Ignacio Cabrujas el que diera voz a las imágenes. 

Cada anochecer después de la jornada, ella se quedaba en su oficina y yo bajaba del ático donde estaba su archivo y nos poníamos a conversar; ella a rememorar anécdotas de sus viajes y encuentros y yo a indagar en sus recuerdos. Pero no tomé ninguna nota, nunca hicimos una grabación, todavía no existía la manía de los selfies: los celulares eran una moda incipiente para nuevos ricos, así que los teléfonos seguían sobre la mesa y en los bolsillos. Sólo me quedan unos pocos recuerdos dispersos. 

En esas horas después del trabajo hablaba de sus amistades y me confundía: "Una vez Pablo me dijo..."; "¿Cuál Pablo, señorita?"; "Picasso, mijito, Picasso", respondía con impaciencia, pero también podía ser Casals o Neruda como sucedió en otras ocasiones, por lo que la pregunta no estaba demás... y así con otros de sus amigos: "Una vez Luis..." ¿Alcoriza o Buñuel?...

En las horas que pasaba en su archivo era inevitable demorarse mirando las fotos de casting y las locaciones para Casas muertas que nunca se concretó; hojeando viejos ejemplares de Cahiers du Cinemá o de la revista Sur, en vez de ordenar las cartas y telegramas cronológicamente o las innumerables carpetas con bocetos de guiones y presupuestos para proyectos que no se filmaron... o sí, quizá alguno pero no a través de su lente, como fue el caso de la Cándida Eréndida.

En aquel almacén estaba el afiche de la película dirigida por Ruy Guerra de la cual no tenía noticias; esa noche después la jornada quise saber sobre el film y algunos documentos relacionados con el tema de la Eréndida. Contó, entonces, que por un tiempo había estado molesta con García Márquez por culpa de la Cándida, que según ella había sido una idea suya para un argumento del que Gabo haría el guión. 

Al parecer en algún momento la alianza se rompió y el escritor terminó por desarrollar ese argumento como un cuento en el que Ruy Guerra se basó para su película, bastante mediocre según el criterio de la señorita.

Esos proyectos suspendidos se debía, según me comentó su amiga Josefina Bertorelli que nos puso en contacto, a que era demasiado meticulosa y perfeccionista y eso le impedía concretar esas propuestas.

Pero creo que no le hizo falta ir más allá en su labor, como Rulfo, su vida y obra se concentraron en dos obras maestras que pertenecen a lo mejor del cine mundial de todos los tiempos.

Pequeño acercamiento a "Fotografía de la memoria"


-Ysbel Mejías-



En el libro de relatos del escritor venezolano Gregorio Valera-Villegas Fotografía de la memoria, podemos disfrutar de catorce relatos que transitan por diversos puntos geográficos y tiempos vividos. Con los que el autor nos muestra una mixtura profunda entre historia, literatura y filosofía. 

Este escritor, que además es ensayista, utiliza de base para el desarrollo imaginativo muy bien desplegado en esta obra, además de la historia y la filosofía, la sociología. 

Lo que resulta en relatos bien sugerentes, poderosos y muy placenteros para leer.

Uno de los relatos, "Palabras sin Letras", se establece una conversación entre Sócrates y Cantinflas; allí el autor a través del diálogo coloca las semejanzas de ambos personajes en el dominio del verbo, la profundidad de pensamiento y el desenfado de ambos frente a la sociedad de manera divertida.

 Gregorio Valera-Villegas


Para Ismael Hernández: "La erudición del autor lo ayuda a superar el provincianismo de muchos escritores, que nada más hablan de la aldea en la que habitan, tanto como el falso cosmopolitismo de quienes solo hablan de realidades extranjeras, generalmente europeas, para renegar de su patria.  Fotografía de la memoria es un libro de mirada amplia, que conjuga de manera feliz a Venezuela con el mundo, que va de un filósofo de la antigua Grecia a un vendedor de helados en los Andes venezolanos".


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Valera-Villegas, Gregorio (2025).  Fotografía de la memoria. Caracas: Monte Ávila Editores.

Palabras bajo libertad (XX/2026)

Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota: Manuel Cabesa


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Este 25 de agosto Álvaro Mutis estaría de cumpleaños, y como cada año en esta fecha intento leer alguna página de su inevitable obra como tributo permanente de admiración; se trata de estos autores que una vez que se leen la primera vez, se les termina leyendo para siempre. En su obra prosa y poesía son formas que se han confundido desde el principio desde aquella lejana "Reseña de los hospitales de ultramar" (1955) hasta el ciclo "Empresas y tribulaciones de Maqrol el Gaviero" (1986-1993). Hoy compartimos una pequeña estampa histórica de regia catadura donde se evoca la memoria de Garcilaso de la Vega y se recrea la figura del emperador Carlos V. Amén de tres de sus poemas más emblemáticos. 


(mcabesa)


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Presencia de Álvaro Mutis


En Álvaro Mutis hay un extraordinario poeta, que a veces escribe en verso y a veces en prosa, un poeta visionario que nos narra, entre el terror y el asombro, la descomposición de la materia, cronista preciso de un trópico carcomido y del proceso incesante, inapelable, del desgaste. Poeta de los objetos abandonados, de los barcos herrumbrosos,  de los astilleros perdidos y  también de paisajes góticos y aurorales. Maqroll el Gaviero —la invención y la guía del poeta— nos habla de la necesidad de la acción y del esencial fracaso inherente a ella. El escándalo de la muerte, el misterio de los finales, es el horizonte del Gaviero y de su creador. Maqroll encarna la errancia, no hay lugar de llegada ni de partida y exalta las "pequeñas patrias", nuestras pasajeras salvaciones: una mujer, una taberna, un Tramp Steamer. Si el Gaviero desconfía de propósitos y metas, si no hay destinos manifiestos, lo que queda es la ética de la amistad, la lealtad profunda, el orgullo del sacrificio silencioso. Me parece muy natural que en este universo se admire la hazaña individual, los personajes históricos que simbolizan la inmolación, los que asumen una responsabilidad que es trágica precisamente por ser perecedera. Maqroll el Gaviero y la suerte de los héroes y de los reyes: ese es el arco de Álvaro Mutis: el Gaviero en su camarote, el caraqueño Simón Bolívar y Felipe II en El Escorial.

Hay en la obra de Mutis una infinita comprensión de las flaquezas humanas, una honda bondad que no se confunde con cortesías protocolarias. Estoy seguro de que todos sentimos —los lectores y los amigos— que con él podemos descansar, quitarnos el saco, oír sus inolvidables historias, intercambiar fantasías, contarle aquel secreto agobiante y, al final o al principio, reírnos a carcajadas. ¡Cuántas cosas, caramba, puede hacer el nuevo y luciente Premio Cervantes de Literatura! Regocijémonos todos.


Alejandro Rossi

© 2021 Letras Libres |


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Intermedio en Niza


-Álvaro Mutis-


Los imperiales han acampado en las afueras de la ciudad. El césar Carlos V se retira después de haber intentado privar a su rival, Francisco I, de las hermosas tierras de Provenza. El emperador está en su tienda, a la caída de la tarde, y despacha algunos asuntos con los enviados que han llegado de tierras alemanas con noticias sobre la sorda conspiración de los electores protestantes. Los emisarios teutones salen con la impresión de no haber sido escuchados con todo el interés que el asunto demandaba. El césar tiene su espíritu en otra parte. Piensa en esa pequeña fortaleza de Muey en donde cincuenta arcabuceros resisten denodadamente el asedio de los imperiales. No quiere dejar tras de sí ni la más leve señal de resisten­cia. Buena parte de sus ejércitos deben pasar por allí en la retirada. Envió a dos de sus más probados y cercanos caballeros para terminar con el sitio: don Francisco de Borja, marqués de Lombay, futuro duque de Gandía, que subirá a los altares como uno de los más preclaros santos de la Iglesia, y Garcilaso de la Vega, espejo de caballeros, que ha escrito ya algunos de los poemas más hermosos de la lengua de Castilla. La preocupación de Carlos V va en aumento. Dejan sobre su mesa de campaña despachos que llegan de Portugal y de Flandes. Ni siquiera se acerca para hojearlos. Medita con melancolía, esa melancolía que le viene de su sangre portuguesa, en el triste destino de quien dispone de las vidas ajenas y nada puede hacer para que el dictado de sus afectos desvíe la fatal trayectoria que le impone su destino de monarca. Tiene treinta y seis años y ya la vida ha comenzado a pesarle. A su lucidez sin sosiego aúna un alma de caballero andante, soñador de quimeras inasibles. El sol de otoño deja sobre las telas y los paños con las insignias imperiales un halo cobrizo y tibio que les da un aire intemporal y señero. Una mano en la empuñadura de la espada y la otra acariciando distraídamente el Toisón de Oro que perteneció a su abuelo el Temerario, Carlos de Europa se pierde en la ansiedad de sus dudas y en el aciago laberinto de sus certezas. Hay un ruido de pasos, un tintineo de armas y el césar mira fijamente al marqués de Lombay que se acerca con las ropas manchadas de sangre y en el rostro un gesto de dolor insondable. Informa sobre lo sucedido: Muey cayó, finalmente, pero en sus muros dejó la vida Garcilaso de la Vega, quien expiró en brazos del marqués sin haber recobrado el conocimiento. Varios caballeros se acercan a escuchar el relato. Carlos permanece en una extraña rigidez, en una inmovilidad de bestia acosada. Su labio inferior tiembla ligeramente. Por fin, alza la mano derecha; se la lleva a la frente, luego al hombro izquierdo, luego al derecho y la deja un instante sobre el corazón. Los presentes imitan el gesto del monarca. Carlos pronuncia con su voz en tonos bajos, que tratan de disimular la emoción, estas palabras de cristiano y de amigo: «Dios guarde a su vera tan buen caballero». Cumplido adiós para el más alto poeta de España.


Novedades, México, D.F., 10/09/1982


***



Álvaro Mutis



Una palabra


Cuando de repente en mitad de la vida llega una palabra jamás antes pronunciada,

una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre la magia recién iniciada,

que se levanta como un grito inmenso hangar abandonado donde el musgo cobija las paredes,

entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una palabra basta,

una palabra y se incicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso polvo de ciudades,

hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el hollín y anidan densas sombras,

húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres.

Ninguna verdad reside en estos rincones y, sin embargo, allí sorprende el mudo pavor

que llena la vida con su aliento de vinagre—rancio vinagre que corre por la mojada despensa de una humilde casa de placer.

Y tampoco es esto todo.

Hay también las conquistas de calurosas regiones donde los insectos vigilan la copulación de los guardianes del sembrado que pierden la voz entre los cañaduzales sin límite surcados por rápidas acequias y opacos reptiles de blanca y rica piel.

¡Oh el desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso sonoras latas de petróleo

para espantar los acuciosos insectos que envía la noche como una promesa de vigilia!

Camino del mar pronto se olvidan estas cosas.

Y si una mujer espera con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas de un florido písamo centenario,

entonces el poema llega a su fin, no tiene ya sentido su monótono treno

de fuente turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas.


Sólo una palabra.

Una palabra y se inicia la danza

de una fértil miseria.


***


Cada poema


Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,

un crujir de los mátiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

el santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.


***


Amén


Que te acoja la muerte

con todos tus sueños intactos.

Al retorno de una furiosa adolescencia,

al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,

te distinguirá la muerte con su primer aviso.

Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,

te iniciará en su constante brisa de otro mundo.

La muerte se confundirá con tus sueños

y en ellos reconocerá los signos

que antaño fuera dejando,

como un cazador que a su regreso

reconoce sus marcas en la brecha.


***

Álvaro Mutis:

Summa de Maqrol el Gaviero

Poesía, 1948-1997.

Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1997.

lunes, 17 de agosto de 2026

La ventana de lo cotidiano (V) | Liris Miyares



Edad


Estoy en esa edad en la que todo está permitido: comer sin temor a engordar, trasnocharme sin preocupación alguna, vestirme con lo que me agrade sin importar si combina o no. 

Salir sin maquillaje, levantarme a la hora que me plazca, caminar descalza, mojarme en la lluvia, decir lo que pienso; eso sí, sin ofender a nadie. 

Cantar a todo pulmón aun cuando no sepa la letra, contar historias, pero sobre todo escucharlas.

Quiero aprender cosas nuevas, otros idiomas, conocer muchos lugares. 

Estoy en esa edad donde todo está permitido incluso equivocarse, sin arrepentimientos haciendo las pausas necesarias para retomar de nuevo el rumbo.

Rock progresivo (y esas cosas)... XII

 


-Roberto Santana- 


La espiral infinita: Liturgia de un alquimista en el centro del silencio 


El tiempo no avanza, no, el tiempo gira y gira y se curva sobre sí mismo como un vinilo derritiéndose bajo el sol negro de la penumbra, pulsando, siempre pulsando en ese círculo eterno que es la tabla india resonando en el sótano del alma. A inicios de los dos mil, Craig Williamson soltó el lastre eléctrico, dejó atrás el estrépito de Datura y se sentó, simplemente se sentó, a escuchar cómo el silencio de la Isla Sur de Nueva Zelanda le devoraba los huesos. 

De ese vacío fértil nació Lamp of the Universe, un puente invisible, un filamento de luz que une el misticismo de la tierra con los confines más fríos y fractales del cosmos. Williamson no graba, él transmuta; en su estudio casero, un útero de madera y cables donde toca y graba cada instrumento, disuelve el "yo" entre guitarras que vibran como mantras líquidos, sitares que muerden el aire con dientes de plata y sintetizadores que abren grietas púrpuras en la cúpula del cielo.

Todo fue un quiebre, un hundimiento lento hacia el minimalismo místico donde el aire se espesó con el incienso de The Cosmic Union (2001), esa marea mansa de flautas que no buscaban el final, sino la permanencia en el drone vocal que sostenía el mundo. Pero la quietud, cono todo lo demás, es una ilusión; el agua crece, los segundos se estiran como ligas elásticas que amenazan con romperse, y la luz, ah, la luz se vuelve eléctrica y densa. En From The Mystic Rays Of Astrological Light (2006), el fuzz de las guitarras se convirtió en una pared de niebla táctil, un trance de ondas psicodélicas a veces agresivas que te quitaba el suelo de los pies para dejarte flotando en un espacio sin gravedad. 

Años después, esa vibración se expandió hacia la cuarta dimensión; en Align In The Fourth Dimension (2019), el sitar dejó de ser el único guía para abrir paso a sonidos espaciales analógicos, mellotrones y sintetizadores que abren los chakras en un viaje interestelar profundo.

Luego vino la etapa de los espectros, el preludio inmediato de la disolución. En Kaleidoscope Mind (2023), los mellotrones giraron en un bucle infinito de melodías clásicas y efectos envolventes que buscaban una sonoridad de banda completa, introduciendo incluso el pulso de una batería real. Apenas un suspiro después, _Enters Your Somas_ (2024) —esa suite de improvisación libre junto a Dr. Space (de Øresund Space Collective)— se convirtió en un parpadeo de dieciocho minutos, una melaza sónica que fue, en realidad, toda una vida condensada en una sola nota ambiental.

Y ahora, en 2026, Existence of the Self llega como un embudo purificador, un enclave donde lo etéreo sabe otra vez a tierra húmeda y lo exuberante es sólo un susurro en perfecto equilibrio sonoro. Es el desapego total del ego, una indagación que muerde la consciencia y la expande hacia una nada vibrante que busca la autorrealización espiritual. Este disco se despliega como un mantra-raga trascendental; "Sceptre of Healing" abre el portal con melodías exuberantes que son, al mismo tiempo, un regreso a las raíces acústicas y un salto hacia una vibración más iluminada. 

Las flautas litúrgicas de Williamson son fantasmas que regresan del futuro, líneas de sitar invertido que deshacen el camino andado, mientras el pulso circular de la tabla —aportada por Joel Van Roode, su colaborador en esta obra— te amarra a un ritual ancestral que ya no distingue entre el folclore místico y el rock interestelar.

En "Ship of Eternity", la voz y el sitar son una sola marea que borra el horizonte en una balada de folk psicodélico brillante que conecta directamente con el debut, mientras que en "Arkkadian Ritual" las capas flotantes de mellotrón y la sofisticación de los teclados dan vida a un carácter cinemático y orquestal que retoma exploraciones hechas en Kaleidoscope Mind. 

En "Mantric Waves", la repetición matemática del sintetizador pliega la realidad durante casi nueve minutos de hipnosis, plasmando lo aprendido en sus recientes experimentaciones ambientales de 2024. Es una obra que mira simultáneamente hacia atrás y hacia adelante, rescatando el purismo del sitar y el folk místico para fundirlos en una liturgia sónica donde el tiempo ya no existe. 

Al final, dejo de ser un observador y me convierto, por fin, en la vibración misma de la nota sostenida, disuelto, liberado, en el centro absoluto del silencio que es la verdadera existencia del ser. Escucho. La música parece brotar de las paredes en forma de hilos dorados que se enredan en mis tobillos. Cierro los ojos y veo el sonido: un fractal violeta que vibra al ritmo de un corazón que, siendo el mío, es otro y no es ninguno. El tiempo se vuelve espeso, una melaza donde los segundos se estiran como ligas elásticas, hasta que la habitación entera da un giro de trescientos sesenta grados hacia adentro de sí misma, dejándome flotar en el aroma dulce de una nota flotante.

Lamp of the Universe Existence of the Self (2026)


•Nueva Zelanda

•Indo Prog

•Raga Rock

•Rock Psicodélico



Si quieres escucharlo, toca el enlace:

https://lampoftheuniverse.bandcamp.com/album/existence-of-the-self

En agosto nos leemos / V

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: La parte del lector, 2001


La mayoría hemos conocido a Roberto Fontanarrosa gracias a sus caricaturas, especialmente por las series Boogie, el aceitoso e Inodoro Pereira; pero El Negro, como le decían, también fue un excelente narrador y algunos afirman que tan bueno como Cortázar. Sus relatos al igual que sus viñetas destacan por su humor corrosivo y una mirada aguda sobre el mundo que nos rodea. Hoy compartimos esta reflexión ficcional sobre la vejez, a la que los amigos del eufemismo llaman "tercera edad" y que los "especialistas en longevidad" intentan maquillar a punta de retórica. Fontanarrosa la presenta aquí desde un punto de vista más apegado a la realidad y con su inevitable lado cómico. 

(mcabesa)


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Estamos distraídos


-Roberto Fontanarrosa-


Mi amiga Colette solía decir, y hace ya mucho tiempo, "Estamos entrando en la edad del nunca me había pasado"... Y es así. 

Decimos: "Es curioso. Nunca me había pasado, me agaché a recoger un tenedor y se me trabaron cuatro vértebras de la columna".

Escuchamos: "Es notable. Nunca me había pasado. Mordí un caramelo de limón y un premolar se me partió en ocho pedazos".

Es que, así como se habla de un Primer Mundo y de un Tercero sin que nadie conozca a ciencia cierta cual es el Segundo, nosotros hemos pasado de la Primera Edad a la Tercera sin recalar por la Segunda y el cuerpo acusa recibo de tal apresuramiento. El tiempo mismo, incluso, ha tomado una consistencia gelatinosa, plástica, mutante.

Calculamos: 


-¿Cuánto hace que se mudó Ricardo a su nueva casa?


Y arriesgamos: 


-Tres, cuatro años. 


Hasta que alguien, conocedor, nos saca de la duda: "Catorce".

Suponemos ante el amigo encontrado ocasionalmente en la calle: 


-Tu pibe debe andar por los seis, siete años. 


-Tiene diecinueve-, nos contesta el amigo.


-Vení Tacho!


Y nos presenta a una bestia de un metro ochenta, pelo verde, un clavo miguelito clavado en la ceja y un cardumen de granos sulfurosos en la mejilla.

Se corrobora entonces aquello que, dicen, decía John Lennon: "El tiempo es algo que pasa mientras nosotros estamos distraídos haciendo otra cosa". 

Y suerte que estamos distraídos haciendo otra cosa. Mucho peor es aburrirse. Es dulce rememorar ciertos momentos, pero más me entusiasma pensar en las cosas que tengo para hacer. Es que muchos de esos ciertos momentos son muy viejos. Y por lo tanto vale recordar el consejo dado por Javier Villafañe cuando alguien le preguntó cómo hacía para conservarse tan joven pasados los ochenta años. 


-No me junto con viejos, respondió el maestro. 


Yo quiero agregar lo que un día dijo Jean Louis Barrault, famoso mimo francés, "La edad madura es aquella en la que todavía se es joven, pero con mucho más esfuerzo".

domingo, 16 de agosto de 2026

En agosto nos leemos / IV


Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso,el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001


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La reciente edición del benemérito Concurso de Cuentos del diario El Nacional trae a nuestra vera un nombre del que no tenía noticias: Angelina Peraza (Barquisimeto, 1968), residente en Canadá desde hace dos décadas. Su relato Simples versos, recrea desde el punto de vista femenino un fragmento del imaginario griego contenido en las sagas homéricas, escrito con un decantado ritmo y notable belleza. Para esta entrega tenemos un relato anterior acerca de un personaje popular de la ciudad de los crepúsculos a mediados del novecientos que destaca por la sencillez de su prosa y la voz de un insólito narrador.

(mcabesa)


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La Veragacha, oleo de Trino Orozco, 1960


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Isidra


-Angelina Peraza-


Acostada boca arriba en un banco de la plaza Bolívar, con las manos de visera y los ojos entornados, Isidra mira las hojas de los chaguaramos que parecen enormes arañas verdes bajo el cielo azul.


—Si subo por ese tallo tan largote toco las nubes —dice.

 

El repique de las campanas de la iglesia de la Concepción hace que dé un respingo. Le llega el olor a fritura del carrito de la esquina que vende arepas. Sé que le cruje el estómago. Se pone en pie, se cuelga al hombro su bolsa hecha con tripas de caucho que lleva llena de piedras, me agarra con la derecha y se acerca al cesto de basura. Mete la mano izquierda, revuelve latas y porquerías, y no halla nada de comer. Saca un pedazo de periódico y contempla la foto de una joven de cara redonda y mirada asustada.


—Se parece a la mujer que un día fui. —Lo acerca hasta casi tocarse la nariz y masculla: —No, no sé—. Lo tira al cesto.


Se tumba en otro banco bajo la sombra de un apamate. Oyendo el canto de las chicharras se adormece. Es la hora de la salida de la escuela. La plaza se va llenando de gente. El rumor de pasos hace que se espabile. Unos mocosos, con pantalones cortos y mochilas en los hombros, le gritan:


—¡Veragacha! ¡Veragacha!


Ella se enardece al escuchar ese apodo, todo Barquisimeto lo sabe, pero, como está loca, a nadie le importa. Se levanta, se aferra a mí con ímpetu de guerrera, me esgrime como una lanza y se va tras ellos.


—¡Me llamo Isidra, carajo! ¡La próxima vez les pego! —dice ella con la voz chillona.


Los mocosos corren espantando a las palomas. Los perseguimos hasta que trepan un pequeño muro. Respira hondo, me recuesta sobre el hombro derecho y comenzamos a deambular bajo el calor abrasador de las tres de la tarde. Arrastra los pies descalzos, la piel de sus plantas está tan muerta como el asfalto. Los harapos empapados de sudor se le pegan al cuerpo. Se detiene. Con la mano izquierda se limpia la frente y los hundidos pómulos. Balbucea que tiene sed. Pasa frente a una panadería y aspira el olor de la harina recién salida del horno. Se sienta a un lado de la entrada. Espera. En vez de llorar, se ríe de su hambre y de su sed. Unos voltean la cara para no verla, otros hasta se cambian de acera.

Dos hombres bien trajeados, sumidos en animada conversación, no se percatan de su presencia y se le paran al frente. Ella oye que el más viejo dice que 1946 será un buen año para Venezuela, después del Golpe de Estado. No sabe qué significa eso, y no le importa. Se rasca la cabeza renegando de los piojos que a mí no se me pegan. Aguanta, entre ida y risueña, hasta que alguien le deja cerca un refresco; una señora le suelta un par de monedas; pasados unos minutos, una mano generosa le da un cachito de jamón. Se devora la mayor parte y guarda un trocito.

Seguimos nuestro andar. Hoy camina diferente, con los hombros más caídos y los pasos más lentos. Anoche un desgraciado la violó. Aunque recostada a su lado, no pude hacer nada. Ella trató de quitárselo de encima a puñetazos. No lo logró. Sé que ya lo debe de haber olvidado. Para ella olvidar es como el aire, indispensable para seguir viva. Oye un golpe tocuyano que un grupo toca en una esquina y con movimientos torpes intenta bailar al son de cuatros, cinco, maracas y tamboras; con la sonrisa estampada a la fuerza, pero sonrisa al fin.

Llegamos a una calle bordeada de casas de una planta, con techos de tejas, ventanas de forja y portones de madera labrada. El crepúsculo incendia el cielo. Un espectáculo que ella no nota por mirar al piso con la esperanza de encontrar una moneda, comida, otra piedra para su colección. Oye bulla y levanta la mirada. En la distancia los ve, agrupados para crecerse en la maldad. Son como veinte. Le gritan a coro: 


—¡Veragacha! ¡Veragacha!


Tiembla de rabia. Me aprieta con la diestra, me alza y se va tras ellos. Ve que una pedrada alcanza a un perro renco. Lo tumba. Entonces se olvida de sí misma, como la madre que antepone al hijo, me recuesta al hombro y corre a su lado. El animal jadea exagerado. Ella lo soba hasta que se calma. Saca de su bolsa el pedacito de pan con jamón y se lo acerca al hocico. El perro se lo come. Ella lo besa. Después de acariciarle el lomo, camina hacia la piedra, la coge y la guarda en su bolsa.

Le gritan de nuevo:


—¡Veragacha! ¡Veragacha! —Me alza y corre tras ellos.


—¡Me llamo Isidra, muchachos del carajo! ¡La próxima vez les pego! 

 

Los muchachos se dispersan entre risotadas y se refugian en los zaguanes de las casas. Al ver que se han escondido como ratas, me apoya sobre su hombro. Victoriosa, echa andar calle abajo.

Soy su vara de caña brava. Su compañera. Testigo fiel de que es incapaz de lastimar. Solo me empuña para defender su nombre. Lo único que recuerda. Lo único que le queda, aparte de su dignidad, sus piedras y yo. 


**


Nota de la autora: Isidra, la Veragacha, fue un personaje popular que vivió entre 1940 y 1950 en Barquisimeto, Estado Lara, Venezuela.   



© Revista Alquimia • Creado con GeneratePress


Estación Plaza Venezuela


 A María José y

a Victoria de Stefano


-Alejandro Ramírez-


La enorme bola de hierro golpeó la pared del edificio, los ventanales estallaron y se desprendieron.La máquina de demolición continuó sus potentes y sistemáticos golpes, levantaba una nube de polvo y esparcía escombros. El viejo edificio se desplomó.

Yo salía del CELARG todos los jueves y caminaba hasta la estación del metro Altamira. Mientras contemplaba el espectáculo de destrucción recordaba la tertulia que hubo luego de la lectura, reunidos en torno a una mesa en el sexto piso del nuevo edificio que ostentaba el nombre del patriarca de los escritores de este país. Se había comentado que en muchas ocasiones el escritor regresa a las primeras herramientas de sus inicios como creador de ficción. Una suerte de regreso a las primeras intuiciones de sus pasos iniciales. Esto significaba que yo volvería a Borges, Kafka y Cortázar en algún momento. Y mis pensamientos seguían un curso anárquico como si imitara el movimiento de las calles de esta ciudad.

El sol tejía un crepúsculo escarlata y naranja sobre Caracas cuando dejé atrás la máquina de demolición que seguía en su labor de enfatizar que lo único permanente es el aparente cambio. Una música exquisita salía de un restaurante y se mezclaba con el ruido de los automóviles. Nunca me había explicado la fascinación que siento por la música hasta que Beatriz, una amiga astróloga, me develó el misterio. Es Neptuno en sextil con Mercurio en tu carta natal, me dijo en una ocasión.

Había emprendido el regreso a Maracay. Y mientras caminaba me envolvía un lúgubre pensamiento, era un desasosiego y una sospecha de que la verdadera vida estaba esperándome en otra ciudad, entre gente desconocida, a veces pronunciaba nombres de ciudades en las que se cumpliría mi destino si alguna vez la visitara. Me propuse cambiar el curso de mis pensamientos a otras ideas más alegres. Recordé la conversación en el cafetín luego de la lectura. Se había planteado una interrogante algo frívola: qué país de Europa albergaba a las mujeres más bellas. Francesas y suecas las primeras nacionalidades mencionadas. Luego se refirieron a las españolas e italianas.

Pero alguien que nos estaba escuchando, un señor mayor, nos dijo: yo he viajado por toda Europa y puedo opinar con propiedad, las mujeres más hermosas son las de Europa del Este. Me imaginé de inmediato aprendiendo idiomas de consonantes complicadas y vocales explosivas, las lenguas eslavas, porque nada mejor que comunicarse en su idioma nativo y vinieron a mi mente imágenes de hermosos rostros femeninos: checas, polacas, húngaras, rumanas, serbias, croatas, bielorrusas, ucranianas, búlgaras. Y también la posible explicación de mi amiga: te asaltan esos pensamientos porque tienes a Marte en el signo de Escorpio. Y esto lo hubiera dicho con un brillo de picardía en sus ojos de gitana anglosajona.

En el viaje hasta la estación de La Hoyada recordé algunos lugares de Caracas que fueron mi domicilio en el comienzo de mi vida. En el tren subterráneo había pensado que encontrar vínculos con el pasado había tomado prioridad de urgencia en mi vida. Motivado de esta manera tomaba mi línea de recuerdos semejante a una línea ferroviaria. En ella yo transitaba el recuerdo de un zaguán largo en una casa donde yo encendí por primera vez una luz de bengala, luego llegaba hasta el recuerdo de mi madre cuando me tomó en sus brazos para sacarme una foto junto a un árbol recién plantado. Y seguía hasta que la línea de mi memoria se detenía ante un muro infranqueable. Escribir es una forma de meditación, es imaginar con el ritmo de la respiración y de la memoria. Vivimos con la esperanza de llegar a ser un recuerdo. ¿Es eso lo que se busca cuando se escribe? No espero nada de la literatura, pero le aposté la vida.

En busca de un vínculo con los recuerdos, no me bajé en la estación de costumbre. Seguí hasta la estación Capitolio. Iba a la plaza de La Concordia. Allí estaban los recuerdos más hermosos junto a mi hermana: en aquellos lejanos días cuando la memoria debuta. Nos deleitaba correr por los jardines. Subir las enormes escaleras de mármol, para deslizarnos por los pasamanos, a manera de un tobogán de parque. Y muy especialmente, meternos en la pérgola que nos parecía gigantesca, para gritar y gritar y dejar que el eco nos envolviera. Porque se producía un eco celestial e inolvidable. En la imagen que he evocado por un instante he parado de jugar para saludar con la mano al hombre con canas en el cabello que le sonríe y desde el ahora le responde con la mano al saludo.

Iba con una gran expectativa. Aceleré un poco más mis pasos. Pero al doblar la esquina veo que no hay nada, hay un estacionamiento, la plaza dejó de ser. Como una abierta conspiración contra la memoria y todo lo que vale el esfuerzo de recordar han colocado en su lugar un adefesio, han abierto una cicatriz en un rostro hermoso.


Tomado de El vendedor de vapor ©henderalejandroramirez (Caracas, Venezuela, 2017). Premio Nacional de Literatura Ramón Palomares, mención Crónica 

Los purismos

-Ingrid Chicote- 


Ustedes creen que yo conocí a Kristel, que fue mi amiga, pero no es así. Corrían los años ochenta y en Villa de Cura hubo un movimiento llamado Gente del Común al que sí pertenecí. Villa de Cura, también llamada la Atenas de Aragua, tenía fama de ser una encrucijada cultural, y cuando se apagaba, volvía a surgir la llama. En esa época veníamos de escuchar al grupo Fogata y de ver obras del Grupo Gexzam (Grupo Experimental Zamora), mucho antes de que existiera el Teatro Estable, que tan buenos actores invitó y formó, y tantos premios trajo al municipio y al país.

En ese marco resonaron dos nombres: Omar Gutiérrez y Kristel Guirado. Ambos eran unos muchachitos inquietos que buscaban la luz por las rendijas. Estaban poseídos por las metáforas, por la actuación: uno se encargaba de llevar los títeres a los barrios, especialmente a Manuare, en Las Mercedes, donde hoy vive la familia de Kristel; y ella —la voluptuosa, la sinérgica, la impetuosa— se formaba en las tablas con el Teatro Nacional Juvenil.

Entonces la llamó la UCV, y qué alegría más grande que ella y Omar pudieran pasearse por los salones de la Casa que Vence las Sombras, mientras nosotros —los artistas, poetas y teatreros— nos reuníamos a organizar nuestras actividades con el solo hecho de soñar una transformación, de fomentar la sensibilidad.

Para hablar de Kristel también hay que hablar de Rosana Hernández y de Angélica Llovera. También hay que nombrar la palabra como un bastión que se encuentra entre la nostalgia, la calle Montenegro y el cerro Los Chivos. Ellas son parte de las mujeres que no se negaron a seguir el legado de la vida pueblerina: se transformaron en torbellino luminoso para ser guardianas de una memoria viva, presente en las formas de relacionarse con la existencia humana y en la exigencia de la palabra.

Kristel Guirado, Oswaldo González, Adolfo Tosta, Omar Gutiérrez y Aly Pérez pertenecen a ese momento luminoso de los ochenta donde la cultura era esperanza. Soy parte de ese movimiento junto con muchos más. Luego de consolidarlo, surgieron en Villa de Cura otras visiones de lo mismo, como el Movimiento Cultural Zamora, que dió paso a la Casa de la Cultura, siendo Rosana Hernández una de sus primeras directoras.

Kristel, mientras tanto, se formaba y actuaba; se hizo madre y luego contadora de cuentos infantiles, narradora y poeta. Una vez coincidimos en un autobús hacia Caracas: ella iba con su niña y conversamos un rato. En sus ojos estaba el hambre de conocer, de admirarse por la hermosura y por el amor a todo lo visible.

Sabíamos de la existencia de la una y de la otra.

Kristel era de mucho hacer. La ciudad era para ella: le proporcionó lo necesario para su creación, para su crecimiento y para sostenerse en medio de la vida. Hablamos hace unos años porque me enteré de que estaban vendiendo la casa de la Montenegro, pero llegué tarde. Ella me dijo con mucha tristeza que sabía que en mis manos el samán del patio estaría resguardado, así como las paredes que la vieron crecer.

Nunca coincidimos en un encuentro o en una lectura: o ella faltaba o faltaba yo. Sin embargo, coincidimos felizmente en el proyecto de Giordana García, Dijo: «Yo misma fui mi ruta», dedicado a Julia de Burgos. Dice la presentación:

«No creemos que haya una literatura "femenina", pero sí en la necesidad acuciante de mostrar, visibilizar y dar espacios propios a la escritura realizada por mujeres, dada la desproporción sistemática en la mayoría de los espacios del circuito de legitimación literaria: editoriales, premios, programas de estudio, jurados, etc.».

Su plaquette llevó a Caracas el río de aguas espumantes de su infancia, el río Tucutunemo. Allá, en la ciudad, la memoria del agua la guio en su hermoso texto. Yo, en su ciudad, rememoré la historia del lugar de mi primera infancia en Caracas: Cotiza: _De_ parque a forestal.

Hoy pertenecemos a la misma ruta trazada por Giordana García. Kristel es una deuda de los encuentros. Tampoco coincidimos en el Taller La Cigarra del Trópico, donde Aly Pérez nos ofrecía libros, modos de engullir el arte, la literatura, la poesía, la música, los colores, la vida.

Con el título de estas palabras quiero expresar que la creación y la vida de los poetas no tienen fronteras. Un artista integral no puede tener por norma la grima ni los purismos. Una cosa es la ética y otra la estupidez humana. Yo agradezco que hoy podamos tener a mano la obra de Kristel, de Aly Pérez, de José Manuel Morgado.

La calidad narrativa en la obra de Kristel, sus obras teatrales y sus conceptos eran universales; Alberto Hernández dio fe de ello en la reseña de Amada Begonia. De Kristel aprendí a seguir entre la luz y la oscuridad, porque siempre nos llega la sombra. Sin embargo, no debemos dejarnos apagar. 

Una cosa es que nos llegue la noche oscura del alma y otra que nos quiten la luz.

Hoy escribo para iluminar y dar un lugar en la historia a la cultura villacurana, que se volvió nacional e internacional.

Nunca debemos olvidar nuestros orígenes, y ella volvió a su pueblo transformada en la luz infinita del agosto plural.

Creo que Angélica, Rosana, ella y yo sufrimos de la misma nostalgia por esa Villa de Cura donde la cultura fue prodigio en la Biblioteca Ezequiel Zamora, en las plazas públicas donde se exponían las obras de nuestros creadores y en los lugares pequeños donde se leía poesía: en los patios de las casas, bajo samanes centenarios que seguirán de pie para florecer al sol, como hoy lo hace Kristel Guirado.

Kristel Guirado: Guiar la memoria

-Mirih Berbin-


Aragua llevó consigo una mujer de sueño grande. Una artista que surcó los mares del arte y la academia de una forma excepcional. Kristel Guirado, a quien tengo la oportunidad de dedicarle unas palabras, fue profesora de la Universidad Central de Venezuela, lugar que le permitió desarrollar sus investigaciones y discurso. Fue además una destacada ensayista, narradora, dramaturga, y guionista, con más de una decena de publicaciones. Se consolidó como una voz firme de la narrativa venezolana. Fue una pensadora incansable, abordó temáticas que, aunque en apariencia simples, encarnaban una cosmovisión de equidad y paridad notables.  

Kristel Guirado, la constructora de historias, con un discurso pausado y complejo ha partido al cielo de los poetas, allá donde su palabra está libre de formas y agravios. Por tal motivo, dedico estas breves palabras en su nombre, en su quietud, una aparente quietud que hasta último momento buscó dar respuestas a preguntas universales en escenarios de apariencia cotidianos. Hoy damos las gracias a Kristel por su palabra fina, por no desmayar en las letras, por dejarnos una familia de palabras que consultaremos ampliamente pero, sobre todo, gracias por levantarte un día en la escritura y no detenerte y discúlpanos si, en el asombro de tu despedida, nos cuesta un poco soltar. 


No desestimó un verso


Un encuentro fortuito. Gracias a la invitación de los poetas Joel Linarez y Omar Garzón, asistí junto con Kristel al 4to FilSuba en Bogotá. Entre chocolates, lecturas, poesía, relatos y entrevistas, pude conocer a Kristel. Lo que rescato de su presencia, es la quietud de su espíritu. Ella, de risa administrada, de fina observación, humana, cercana, despierta y sensible. Escuchó siempre atenta las propuestas poéticas de los amigos invitados, mostrando respeto por la palabra. No desestimó un verso durante la semana de encuentro y eso nos habla de su trabajo interior con la poesía. Ahí me regaló su libro Lírica Hispana, de la cual escribiré más ampliamente después, tal vez cuando empiece a acostumbrarme a su despedida. Sin embargo, una semana no es suficiente para conocer a una figura como Kristel. Si solo me siento en la computadora a hablar sobre ella, habría sido desleal de mi parte. Por ello, me pareció justo entrevistar a alguien cuya vida ha sido influenciada por ella. Entonces apareció el poeta y gestor cultural William Osuna, para mostrarnos, por medio de su experiencia personal con la poeta, cómo fue esa bonita coincidencia de compartir varias décadas con ella. Este es el resultado de su entrevista.

William Osuna: Un relato cercano de su amistad con Kristel

  

Osuna conoció a Guirado en Maracay, junto con los poetas Oswaldo González, Jaime Betancourt, Erasmo Fernández, Rubén Serrano, Zoraida García, Aly Pérez y su hermana; relata que ella y Oswaldo González tenían un performance donde Kristel era la hechicera y leía la buena ventura a los invitados. Cito: "yo estaba maravillado con esa joven que parecía una libélula fulgurante en esa noche. De ahí encausamos una bonita amistad que en el tiempo se unía con poesía, con recuerdos, con canciones".

En el relato de los espacios donde colindaban recordó otro encuentro, esta vez en Los Teques donde compartió además con Rosana Hernández Pasquier y Yurimia Boscán. Cito: "ella organizó una lectura y una firma de libros donde yo le redactaba cartas de amor a las personas que llegaban, así continuó nuestra amistad", relata, hasta que en el 2000 coincidieron en la Editorial El perro y la rana que presidió Osuna, donde Kristel fue directora general. "recuerdo muchas cosas cercanas al trabajo, a su talento", dijo. Osuna relata que Kristel, "con el tiempo, se convirtió en una gran profesora. Entre su trabajo se destacó por convencer a Eduardo Galeano de publicar el libro Ventanas con nosotros presentado en una Feria del Libro".   

Al término de la entrevista se le preguntó si podía dedicarle unas últimas palabras para Kristel y esto nos compartió: "Hay un recuerdo muy hermoso pero también muy doloroso por su partida. No hay última palabra para Kristel, ella siempre estará presente en nosotros, en su poesía, en su manera de dar la amistad, en su bella forma de entregar eso que llama José Martí 'El don de la humanidad' y eso queda abierto para el género humano. No tengo unas últimas palabras, sólo se que se ha perennizado en nosotros mediante sus letras, sus palabras, su poesía y la obra que dejó en ciernes. Te agradezco estas palabras emocionadas sobre mi querida Kristel y le mando un abrazo a mi querido amigo, su esposo Manuel Almeida, gran amigo de la Casa Nacional de las Letras". 

Concluye diciendo: "Kristel no me incita a la elegía, sino me incita a la celebración de la vida como fue ella, luminosa, regente y alegre". 

Con esa paradójica festividad nos quedamos, citándola: "Mi intención es guiar la memoria hasta este tiempo presente". Kristel Guirado, 2024


***


(Agradezco a la poeta Alejandra Suárez por su valioso aporte para la elaboración de este artículo)

Cinco poemas de Rebeca Morales Vitas

Diosa silvestre


Flor que desemboca en el cauce

fuerza que mueve montañas

tormenta que nadie espera

la tormenta que no se va

sonrisa etérea, 

suave y delicada.


Mar bravío 

que desborda pasiones

agüita de río 

para calmar el alma

madre que camina sobre piedras

que azota las estrellas 

y hasta el firmamento 

le rinde honores.


Mujer hecha tierra

mujer hecha raíces 

mujer hecha de costas

mujer de pies descalzos 

que sollozas en silencio 

y solo la noche 

conoce tus lágrimas. 


Mujer de pechos firmes 

para amamantar, 

madre de uno, 

madre de todos,

con tu piel canela

con aroma a cacao,

cafecito de la mañana 

a veces oscuro 

a veces claro

buena arepa del llano.


En tu canto el tiempo se detiene 

y la luna ilumina tu zaguán, 

te has vuelto dueña de los parajes, 

una diosa salvaje, 

una fruta silvestre,

de tu vientre nacen flores, 

dulce néctar que da vida.


***


Bendita senectud


Está bendita senectud se refleja en el espejo y se desnuda dejándose ver tal 

y cómo es,

sin la máscara de cristal 

que cubre 

su verdadero rostro


Dulce paz mirar 

lo que nadie ve, 

y amar el paso del tiempo 

que agresivamente 

ha dejado sus garras 

enterradas en esta piel, 

me acompañan sólo mis manos 

para sostener el peso 

de la gravedad.


Las líneas curvas 

y las anchas grietas de éstas, 

mis arrugas, 

se han convertido en mi deleite.

Como un susurro, 

mis canas, experiencia 

que me vuelve ajena,

indiferente y perpetua.


****


No te amo


No te amo.

Ni por las montañas 

que derribé en tu nombre,

ni por las lágrimas 

que hoy inundan mis pies.


No te extraño.

Miento al mirar la luna 

cada noche,

evitando el recuerdo 

de tus brazos salvando

mis huesos del frío invierno.


No te amo.

Aunque jamás 

vuelva a conjurar el verbo,

porque en tus manos 

dejé mi última promesa.


No te amo, 

repito, mientras el eco 

me traiciona.


Nadie morderá el polvo 

como yo por ti.

Nadie guardará 

este incendio 

en la memoria.


No te amo.

Lo firmo con la sangre 

de este olvido 

que no llega.


****


Cuando grito 

se detiene el mundo.


Me quedo inerte, 

fría, adolorida.


Cuando grito no pienso. 

No respiro.

No late mi corazón; 

la sangre se recoge 

en el centro del pecho.


Cuando grito 

salgo al fin del baúl.

Me presento ante las cosas. 

Me encuentro.

Rompo en llanto.


Cuando grito 

es el desespero.

La angustia pura, 

la rabia viva.


Cuando grito 

camino con clavos 

en los pies,

rompiéndome los tendones,

desgarrando el alma

contra el suelo.


Cuando grito 

agarro vuelo. 

Me elevo.

Lloro por la piel, 

sudo, desaparezco.


Cuando grito...


***


Desaparición


Empecé a irme 

sentada a la mesa,

con el café en la mano, 

ignorando tus palabras.


Empecé a irme 

acostada en la cama,

mirando el techo sucio 

de polvo y telarañas.


Empecé a irme 

camino al supermercado,

comprando comida 

con la mente en otra parte.


Empecé a irme 

silenciando los labios,

callando,

opinando menos,

sin quejas,

sin mentiras,

sin hipocresía.


Empecé a irme 

y no te diste cuenta.


Me fui de ti,

me fui de mí,

me fui de todo,

y tú, clavado 

en tu propio ego.


Ya no era yo,

ya no estaba, 

aunque mi cuerpo 

siguiera presente.


Ya no estoy,

ni para ti,

ni para mí,

ni para nadie.


Dejé de existir,

y nadie se dio cuenta.

Palabras bajo libertad (XIX/2026)

Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición: Manuel Cabesa


***


Escribió Valle-Inclán en  La lámpara maravillosa: «Descubrir en el vértigo del movimiento la suprema aspiración a la quietud es el secreto de la estética». Y mucho de esto creo que hay en el último libro de Edda Armas, Talismanes para la fuga (Vaso Roto, 2022). Esos talismanes son para el vértigo; son estructuras de quietud en un tobogán de heridas o en el río chispeante de lo que no se puede apresar. Los poemas sí: son apresadores: son jaulas abiertas del instante, de donde se puede entrar y salir a través de la gracia de las palabras. A través del arte poética. De su poder como talismán. 


Ernesto Pérez Zuñiga


***********


Talismanes para la fuga


-Edda Armas-


y entonces fue cuando el nombre de su padre

le sirvió de talismán mágico

Duquesa de Abrantes



Arpa y rotación de talismanes


Si nos uniéramos al árbol de los movimientos

en alternancia de manos enlazadas y vacías

horma informe donde calzamos y se nos suelta

seríamos apenas gota vertida, nunca sedimento.

Más bien cántaro afectivo que sella los huecos,

voces presentes y pasadas de vidrioso fondo.

Renovada rama del cuerpo donde este florece.


*


Volver a posición. En línea tres cuerpos. Palmadas.

Presillas al blanco asombro: avance de aros y brazos

cruzados al pecho: con la mirada en punto infinito.

En la misma rama del pájaro que trina afuera

posado en el dintel; al filo del blanco cerusita.


*


Manos—piel—cerebro. Temblor al desmantelar.

Recogido aleteo. Tecla abierta del silbar en grupo

Sonido callado de la espiral rota. Arropados unos

con otros. Pie. Pie. Piel. Danza blanca circular.

Acordes. Trinidad. El hombre piensa-siente-actúa.


*


Una equivocación es una oportunidad

para verse contrario a lo que se dice.


*


Camino hacia lo sosegado. Los brazos buscan

acoplarse al compás del ritmo de ambos pies.

Marcha suave. Paso en paso. Girar la cabeza

a la derecha-arriba-al frente-abajo-a la izquierda

uno-dos-tres-cuatro-abajo-de lado- abanicados

sin deshilvanar la secuencia. Métrica. Hilos que

tensan; péndulo. Ayer-mañana-carriles de sol.

Azul-rojo-negro-amarillo- sin remordimiento.

Vuelves. Armas la esperanza. Ayer-hoy-mañana.

El sol se oculta para que la luna dé voz al dolor.

El hombre hace árboles con pájaros de luz.


(a mi entrañable Carlos Pacheco con música de Gurdjieff)


***


Balas de fuga


Qué hacer con las múltiples agresiones

María Clara Salas


La voz

resuena en nota más alta

después de la fuga.


*


El detonante pudo ser

la tristeza al fondo

de la pupila del hijo.


*


Ya no pisas como antes.

Enojoso como andas

henchido vas de pesares.


*


La palabra revuelta

se parece

cada vez más a uno.


*


Elige uno o dos,

digamos unos diez. No más.

Llevarás una sola maleta.


*


Creía saber qué era la oscuridad.

Pero no. Al menos, no esta.


*


Padre: ahora sé que la memoria

se alimenta con las frutas

que en la infancia ponías

en nuestras manos.


*


Ahora veo cómo se elevan

los pavores.


*


Armar y desarmar la maleta

convertida en cofre único

de varias vidas.


*


Borra y rehace.

Tal vez funcione

cuando lidias

con dolores

de los afectos

cada vez que

partes.


*


Mira

qué ves

a través de la rendija

entre pecho y corazón

(donde se alojan) o

en la pantalla digital o

por el ojal

o en bisagras del paisaje.

Lo que ves

desliza.


*


La sombra calza

en la ojiva del cuerpo

cada paso acorta

pero, uno por vez.


*


Desarraigar. Otra bala en la sien.


*


Resuena

rebota

se incrusta

mutila

siempre

anticipa el dolor

en carne viva

muerte

guerra

represión.


*


Disparadas por la boca

ninguna salva

la ilusión de paz

entre dos.


*


El día parece inocente

pero quiebra la quietud.



***


Mantra cobijo


"Guárdalo en la vigilia de tu pecho

igual que a un centinela,

pero vela con él".

Olga Orozco


Se extravía el alma cuando cesa la onda baja del instrumento.

Trance que nos desdobla sin retorno en las andanzas de hallar

las piedras, al buscar raíz: aquel punto cierto.

La boca pequeña muerde a la hora de morir. Obliga a soltarlo.

Levanta lo más leve. Lo que queríamos procurar y preservar

en los días desalmados, como estos de ahora.

Que abra otro canto el acorde, filoso, con arranques de flauta.

Aislarse no es lo buscado. Fortificarse, sí. Hincarse, no.

Oír sí, las vibraciones que nos aparten del corrosivo rumor.

Mantra del aullante. Invocación coreada. Oleaje. Trébol.

Permanecerá lo que sin prisa zigzaguea para los otros.

Un árbol de sonoridades más audibles que entrelacen

vidas sin miedo, con el coraje de observar el cielo.

Aspirar a ser espiga y espejo de lo alto

que destrabe el renacimiento en el redivivo laberinto

cuando la noche ensaye la corporeidad a la hora magenta.


****

Posdata: Agradecemos la gentileza y amistad de Edda Armas al autorizar la publicación de estos textos que fueron tomados de la revista digital Poesía, marzo 14, 2022.


(mcabesa)