domingo, 2 de agosto de 2026

En agosto nos leemos / I


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: La parte del lector, 2001


Selección y nota: Manuel Cabesa


Iniciamos una nueva serie para ZdT dedicada a la lectura de textos para acompañar el calor vacacional, y aprovechar para descubrir autores que no son tan conocidos en nuestro ambiente. Comienzo con la argentina Betina González (Bs. As. 1972), primera narradora en obtener el Premio Tusquets de Novela con Las poseídas (2012), y un texto de su libro La obligación de ser genial, una serie de crónicas y ensayos en donde se pregunta de qué manera nos relacionamos con los libros que escribimos y leemos.


(mcabesa)


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La lengua "equivocada"


-Betina González-


1.


Estoy sola en una ciudad en la que los inviernos duran cinco meses y la noche llega a las cuatro de la tarde. Nieva. El hombre con el que comparto mi vida trabaja turnos de doce horas en un hospital, casi no lo veo. Voy a clases en las que se habla más de colonialismo, vanidad y sociopolítica que de literatura. Hago panes y tortas como si fuera a entrar a una competencia de repostería; leo con desesperación. Casi no salgo de la casa, excepto para ir a la biblioteca, de la que siempre vuelvo con más libros de lo que planeaba. Tengo las obras completas de Henry James y de Katherine Mansfield, novelas de José Bianco, de Manuel Puig, de Lezama Lima, de María Luisa Bombal y varios libros de viaje de Sir Richard Burton desparramados como talismanes sobre mi escritorio y el piso de linóleo oscuro de mi habitación. Paso mucho tiempo online. Compro cosas que no necesito solo para tener algo que esperar, aunque sea un paquete. Así, en medio de la mañana, suena el timbre y... ¡sorpresa! Un regalo de mí para mí. La alegría dura lo que tardo en bajar las escaleras y recibirlo de manos del cartero. Un bolso de playa, un libro sobre cómo hacer tu propia huerta, zapatos con los que podría desnucarme, todo va a parar al fondo del clóset, donde se acumula la vida que algún día tendré y que, me aseguro, me encontrará preparada. De hecho, prepararme para ella es lo único que hago.

Un día bajo al sótano a lavar la ropa y mientras la voy arrojando al aparato se me cae una lágrima, después otra. Es mi cuarto invierno en Pittsburgh. La gente me advirtió de este sentimiento. Otros extranjeros me dijeron: hacé amigos, hacé deportes, no basta con leer y escribir. Si para San Valentín estás sola y encerrada es muy difícil llegar al fin del semestre. Algunos se compraron lámparas de vitaminas. Otros formaron parejas inconvenientes para burlar esa profecía.

Los que nacieron y vivieron toda su vida en esta ciudad parecen saber qué hacer: se juntan en un bar de karaoke, uno de los pocos en los que todavía se puede fumar (tiene un nombre que le va bien: Nico’s Recovery Room). Envueltos en nubes de tabaco, comen alas de pollo y toman jarras y jarras de cerveza mientras se turnan para cantar y aplaudirse. Nunca faltan a su trabajo, tal vez ni siquiera se engripan. Sus hijos siguen yendo a la escuela en medio de tormentas y vientos helados (las clases no se suspenden, acá nunca es suficiente la nieve como para convocar una catástrofe). De día, miran fútbol, esculpen calabazas, cocinan pasteles de nuez, arman sus árboles de Navidad. El invierno es el tiempo de las supersticiones, no importa que hayan olvidado su contenido. Repiten los ritos de sus antepasados como rezando en un idioma que no conocen a dioses más viejos y benévolos que el que tienen ahora. Y les funciona. Los veo divertirse con sus perros y sus niños en las plazas y me parecen hermosos, invencibles. Juegan a tirarse bolas de nieve o corren en shorts alrededor del hospital, donde todos los días las veredas son espolvoreadas con sal para que nadie se resbale. Pienso en el resto de los habitantes de esta zona tan cerca del Polo norte. En los osos y en los roedores dormidos en sus cuevas y en sus túneles. En las semillas, que durante el frío se retiran a meditar su forma secreta. Hay sabiduría en retirarse, pienso. Si solo supiera cómo.

De vez en cuando suena el teléfono o recibo un mensaje de alguien invitándome a una fiesta o a tomar un café. Pocas veces acepto. Tampoco sé cómo hacer eso: ir hacia completos extraños y entregarles mi vida durante unas horas. Porque eso es lo que pasa en esas reuniones: hablamos de nuestros países, de nuestras familias, de libros, de la comida o de la ropa como actores en una obra sin público. Hablamos en inglés y esa lengua transforma lo que digo en algo sólido y a la vez quebradizo, como una pista de hielo por la que me deslizo sabiendo que debajo existe la vida verdadera —dormida, quizás incluso monstruosa— que no para de reclamarme. Así, deslizándome apenas por las palabras he hablado de Borges, del Che, de las maldades y bondades del comunismo en Cuba, de mi tiempo en el desierto, de los mejores lugares para hacer yoga, de las recetas para ñoquis, incluso —oh, sacrílega— de mis seres más queridos en este planeta. Al día siguiente, después de esas fiestas, intento sacudirme la sensación de impostora sentándome a escribir antes de ir a trabajar. Mi trabajo consiste en enseñarle español a un grupo de jóvenes interesados en captar el mercado latino, en combatir la criminalidad o en irse de fiesta a Cancún. De vez en cuando, aparecen alumnos diferentes, brillantes, que quieren otras cosas: viajar para entender de verdad qué es ser estadounidense, leer a Lorca en su idioma original, ser parte de organizaciones humanitarias. Pero este semestre no tengo esos alumnos. Afuera sigue nevando y las clases no se suspenden, nadie parece darse cuenta de que el invierno es un ensayo general para la muerte. “¡Pero es mi lengua!”, quisiera gritar (mi trabajo consiste, en realidad, en hundir el corazón en un pozo de cal mientras enseño el subjuntivo). Entonces, cuando todavía no amanece, moviendo cada músculo y cada tendón como si pertenecieran al cuerpo de otra, aparto las sábanas y el edredón de plumas, salgo de la cama, enciendo la computadora y apoyo las manos sobre el teclado, esperando recuperar algo de lo que vengo perdiendo y no sé bien qué es, esperando, a lo mejor, recuperarme. La mayoría de las veces me ocurre en la lectura. Leer o escribir es para mí eso, un sol diminuto que nace en una página y me aleja de la muerte. Pero este es mi cuarto invierno en Pittsburgh y hace rato que eso no me pasa.

Me pasa otra cosa: en medio de una frase cualquiera, la palabra precisa, la que escribo sin darme cuenta es reluctant o self righteous o understated y por unos segundos ni siquiera me doy cuenta de que mitad de la oración está en castellano y mitad en inglés. Otras veces, en conversaciones telefónicas con mis amigos de Buenos Aires, les hablo de la “pinche” secretaria y del “niño” que vi llorando en un “parking lot”. Es obvio que esto viene pasándome desde hace tiempo —llevo siete años en Estados Unidos— pero recién este invierno, en el que estoy encerrada luchando por escribir la historia de un hombre que encuentra a una mujer escondida en uno de sus armarios, me doy cuenta de lo que eso significa. Esta vez, la pelea no es con la trama ni con los personajes ni con la ciudad, que en mi imaginación veo con una nitidez que no tuve para otras novelas. La pelea ocurre antes de todo eso. No es el invierno, la falta de vitaminas o la soledad, la lucha es por las palabras y la estoy perdiendo.


2.


Perder las palabras es algo que le ocurre a cualquier escritora que viva un tiempo en una comunidad de hablantes de otra lengua. No es algo necesariamente a lamentar: en esa pérdida puede haber también hallazgos. Años atrás, en Texas, tuve una de mis primeras experiencias al respecto. Ocurrió en una clase de la Maestría Bilingüe en Creación Literaria de la Universidad de Texas El Paso, a la que acababa de llegar como estudiante. Todavía descolocada por el calor, la comida y la frontera, por la policía, el spanglish y el hecho de vivir en una zona donde todos los días se encontraban cadáveres de mujeres asesinadas; todavía desconcertada por volver a ser alumna a una edad en que mis colegas ya estaban escalando puestos de trabajo, por mi argentinidad, que, por primera vez aparecía con claridad para mí misma —me era, de hecho, señalada a diario en mi modo de saludar, de vestir, de hablar siempre de más—; todavía ansiosa por encontrar un lugar para vivir con una beca que apenas alcanzaba para lo básico; todavía huyendo de un país devastado en el que mis hermanos seguían resistiendo, yo, que pensaba que iba a escribir una novela grandiosa y experimental (como lo son todas las primeras novelas, en especial las que jamás se escriben), me encontré con que primero debía someterme a una clase de poesía. No escribía poemas desde los quince años y ahora tenía que entregar uno por semana. Además, la profesora a cargo de la clase nos pedía a quienes escribíamos en español que presentáramos junto al poema original una traducción al inglés.

Los textos que escribí para ese curso resultaron ejercicios olvidables, pero la clase fue una de las mejores que tomé en mi vida. No solo aprendí cómo el inglés se enfrenta a las formas clásicas de la poesía como la sextina, la balada o el soneto, también a restarle solemnidad a la escritura. Aprendí a percibirla como lo que es, un juego de ensayo y error. Lo que resultó el mayor hallazgo para mí fue el ejercicio de autotraducción.

No es frecuente que los escritores emprendan este trabajo, aún los que manejan bien una segunda lengua, porque traducir, volver de ese modo sobre el texto propio puede ser tedioso, incluso descorazonador. Inevitablemente, tal como ocurre con cualquier traducción, lleva a un proceso de creación de un texto nuevo, no de mera traducción del preexistente. Pero hay otra cosa: una no quiere volver a decir, volver a escribir, volver a pensar el mismo texto, ni siquiera en otra lengua. Como decía Borges, un escritor no quiere volver a transitar por los territorios que ya ha conquistado su imaginación. El caso de la autotraducción tiene, además, la particularidad de que la autora no solo produce un nuevo texto en otra lengua sino que, en ese proceso, no puede evitar volver al original y modificarlo. Antes que una pérdida o una frustración por no hallar palabras en inglés para lo que había escrito en español, traducir mis propios textos me permitió entender mejor mi modo de escribir en mi lengua natal. En lugar de resultar tedioso, ese ejercicio mostró los lugares comunes (lugares de comodidad sonora o significante pero también, lugares estacionarios del sentido) a los que mi escritura tendía “naturalmente”. Con este adverbio quiero decir que se trata de lugares que no son percibidos como tales en el momento automático de la escritura; sí lo son al momento de traducirlos a otra lengua. En esta especie de “efecto boomerang”, el otro idioma se transforma, entonces, en un arma de percepción muy poderosa.

Hablar otra lengua es siempre una lección de realidad. Vemos gracias a ella lo incompleto o lo artificial en nuestro pensamiento; lo provisorios que somos. Solo al pensar e imaginar en otro sistema, la condición de materia de la lengua natal aparece en su verdadera dimensión. La vuelta al original a la que obliga el haberlo pasado por el tamiz de la traducción nos permite percibir con otra luz las palabras y las estructuras que usamos en la lengua materna. En ese regreso, el original no solo es depurado, también aparecen palabras nuevas o variantes expresivas que no habíamos pensado antes. Si bien al traducir lo primero que vemos es aquello que sobra en el original, también se revelan aquellos lugares en los que la escritura ha descansado falsamente y que entorpecen el acontecimiento del poema.

Algo de esto comentaba Ezra Pound al pensar en las dificultades de traducir los sonetos de Guido Cavalcanti al inglés: “lo que me ofuscaba no era el italiano sino la corteza de inglés muerto, ese sedimento presente en mi propio vocabulario... No se puede pasar por alto algo como eso. A un escritor le lleva seis u ocho años educarse en su propio arte y otros diez deshacerse de esa educación”. Ese ensayo cuenta cómo su trabajo de traducción de Cavalcanti estaba entorpecido por el automatismo de su inglés y por su lectura de la tradición literaria inglesa. Pound se refiere al error de partir de la traducción previa que Dante Gabriel Rossetti había hecho de los sonetos del autor italiano, pero también a su preconcepto de que la forma soneto en inglés es equivalente a la forma soneto en italiano. Deshacerse de esos preconceptos liberó su tarea de traducción y su propia escritura, al punto que al párrafo citado, sigue esta afirmación: “Nadie puede aprender ‘inglés’, uno siempre aprende apenas una serie de ‘ingleses’”.

Hablar una segunda lengua es contar con un arma secreta, una forma de percepción y de vigilancia de la propia lengua y del estilo, esos dos horizontes “naturales” —uno social, el otro individual— contra los que lucha cualquier escritora en la aventura de producir una escritura viva. Sobre esto, Roland Barthes escribió: “La lengua está más acá de la Literatura. El estilo casi más allá: imágenes, elocución, léxico, nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforman en los automatismos de su arte. Así, bajo el nombre de estilo, se forma un lenguaje autárquico que se hunde en la mitología personal y secreta del autor. Sea cual fuere su refinamiento, el estilo siempre tiene algo en bruto: es una forma sin objetivo, el producto de un empuje, de una intención, es como la dimensión vertical y solitaria del pensamiento. Sus referencias se hallan en el nivel de una biología o de un pasado, no de una Historia: es la ‘cosa’ del escritor, su esplendor y su prisión, su soledad”.

Para muchos, después de un tiempo en el extranjero, ni siquiera es necesario el proceso literal de traducir un texto propio, basta con vivir en otra lengua, entonces esa percepción se vuelve un ejercicio automático de la vida cotidiana. “Un escritor que vive rodeado de gente que habla otra lengua descubre, después de un tiempo, que percibe a su propio idioma de una manera distinta puede ver nuevos aspectos y tonalidades porque ahora resaltan sobre el fondo del lenguaje hablado en el nuevo lugar.” escribió Czeslaw Milosz, exiliado primero en Francia y luego en Estados Unidos.

Con el inglés como arma secreta y una percepción menos solemne de la escritura, terminé mi primer año de maestría, el último en el que escribí poesía en español. En esos meses también empecé a escribir mi primera novela, no la experimental y delirante que tenía planeada sino otra, mucho más convencional y realista que ni siquiera imaginaba al llegar. Es que en ese tiempo había perdido demasiadas cosas y todavía no veía con claridad las que había encontrado. No estaba lista para deshacerme de mi “propio arte” (ni siquiera estaba segura de tener uno). Solo atiné a protegerme. Así fue cómo, sin darme cuenta, en apenas nueve meses en la frontera méxico-estadounidense, me transformé en una escritora argentina.


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Betina González

La obligación de ser genial

Gog & Magog, 2021.

sábado, 1 de agosto de 2026

Adiós, Kristel / 2

Resulta difícil terminar de despedirse, sobre todo en el caso de Kristel Guirado por quien muchos sentimos verdadero aprecio, no solo por cuanto hizo y escribió, sino por ella misma, por su manera de ser, su inconfundible simpatía.

Yo todavía tengo en la casa _Tacones_ _lejanos_, que me parece es un buen libro de cuentos. También recuerdo su emoción, hace tres décadas, cuando le comenté que me había gustado mucho: los ojos brillosos, la amplia sonrisa y la alegría de una muchacha que todavía tenía la vida ante sí.Tenía apenas 26 años. 


Manuel Cabesa


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Carlos Ortiz


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Escríbeme tú cuéntame tú 

como te dé la realenga gana 

santurruna o corruptura dragón 

o libélula


lo de contestar es fácil 

todos tenemos ardores raptos

bizarras fantasías humildes vértigos


fotografíalos y envíamelos

ya sabré como internármelos


sé delante de mi pantalla 

todo lo que te baje 

por el cuerpo o te salga

por algún orificio 


¿viste?

facilito.


 K.G: Amada Begoña

(La Mancha Ediciones, 2012)


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Se ha ocultado de pronto el sol al mediodia

después de que llenaste páginas y páginas de un libro que nadie quería leer

con ilustraciones perversas 

que contaba como el aliento a veces 

en vez de oxigeno y humores de nuestros besos 

trasladaba silencios 

quejas y sin sabores


después de tanto

que viviste decides irte

así sin más 

avasallando todo 

llenando de dulzura el aire de los otros

dejándome con estas inconmensurables ganas de ti 

de tu aliento suave en el cuello

en la madrugada de complicidades y toqueteos 


coño

cómo hago ahora

cómo persisto en ese otro paso que hace falta

cómo transito los días 

cómo alimento las ganas de poner letra tras letra

qué hacer para llevarte a las playas de tus anhelos 

pasear contigo en la noche por la ciudad adormecida

transitar las cotidianidades y sus violencias

con los bolsillo limpios como los teníamos siempre 

y recordando las madrugadas de café en el malecón de la Bermúdez

con nuestros otros corazones y sus jodederas. 

Qué hago para no esperar la llamada de teléfono 

para pedirme que te lleve dulces o tunjitas para los chamos

cómo hago para transitar esta ciudad 

que esta impregnada toda de tu almizcle


Manuel Almeida Rodríguez


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En una actividad Pre-Filven

La Villa de San Luis Rey de Cura, 2025



Tuve el privilegio de compartir con Kristel Guirado en los Valles de Tucutunemo en la prefilven del 2025. 

Solo me quedó este bonito recuerdo.


Nohemí Castro


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Con José Argenis Díaz

La Villa de San Luis Rey de Cura, 2025


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¿Sabes? siempre la vi como un árbol, a cuya sombra era tan seguro cobijarse... y así seguirá, a través de su palabra: seguirá siendo como el guatamare, hermosa presencia, sombra oportuna, firmeza en su tronco de versos y aromada fuente de luz para quienes admiramos su escritura.


Ninfa Monasterios Guevara


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que ojalá no olvides

que te viste de setenta años

besándome furtiva en un rincón 


y yo tengo tu nueva dirección 

de nuevo.


 K.G: Amada Begoña

(La Mancha Ediciones, 2012)


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Con Raquel Santeliz y Bolívar Pérez


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No conocí a Kristel; pero su muerte me conmovió 

Por lo tanto, no pude dejar de pensar en la hermosa prosa poética de John Donne cuando expresa que la humanidad está interconectada 

Y que por eso la muerte de cualquier ser humano nos afecta a todos 


Mercedes Carmona


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Con Raquel Camacho, Gloria Dolande y Astrid Salazar en La Cafebrería. 20 de abril de 2025


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qué impactante

no llegué a conocerla pero siempre que me la cruzaba estaba tan vibrante, tan viva


Raquel Camacho


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me gustaría verte 

que me dejaras una cicatriz 


quisiera una bebida 

unas palabras y besos 

poemas

recomendaciones 

comunión 


no te asustes 

sé que eres pasajera de la anunciación 

y no quieres mayor sismo 


esta vez

no es coquito quien firma.


 K.G: Amada Begoña

(La Mancha Ediciones, 2012)


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Con Lucía Estrada y Marcos Veroes

19° Festival Mundial de Poesía

Teatro de la Ópera de Maracay, 2025


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La última vez que compartí con ella fue en el marco del homenaje que se hizo en el encuentro mundial de poesía en agosto de 2025. Nuestro encuentro estuvo signado por esa armonía de viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo y pareciera que hace dos días se vieron por última vez. Acordamos como siempre volvernos a encontrar.

Ese día sus poemas fueron declaraciones militantes del amor.


Marcos Veroes


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Con Astrid Salazar en La Cafebrería.

20 de abril de 2025


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!Que la poesía te acompañe!


Astrid Salazar


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estás en un libro 

y yo en guerra 


en macondo

y yo en un buque 


en tu derecho 

y yo en celo


loca

y yo encantado 


iluminada

y yo en dependencias


en la ucv

y yo en órbita 


en la vía 

y yo en lo correcto 


en las películas 

yo sedentario 


en el gobierno 

y yo detenido


en onda 

y yo también 


en la magia 

y yo en esta erección


lista

y yo saliendo 


segura

y yo en peligro 


loquito

despeinado.



 K.G: Amada Begoña

(La Mancha Ediciones, 2012)


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"yo

solo soy un canto de pájaro" 

Kristel Guirado


Un pájaro 

rozando el aire 

de este paisaje 

poblado de árboles 

olorosos

a flores silvestres.


Las palabras flotan

entre nubes 

hasta llegar al cuerpo

hecho metáfora que eres.


Ysbel Mejías


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El fuego de los afligidos

                              

a Kristel 


Deshojo la margarita 


Voy, no voy


No veo bien con las ojeras tan grandes

Los párpados casi cerrados 


El estómago es un hueco 

que traspasa el infinito 

duele y se revuelve en esta hora 


Y me debato entre movimiento y quietud


Es el juego 

de lo fantasmal tan mío


Los pájaros me aturden

y no sé si estoy para mí 


No sé porqué este momento 

Es como borrarse

como el arrebato de las almas


Cómo si vienen los angeles en caballo

hemos escuchado las trompetas


La tierra se abrió 

y sigue a la gente 

que yéndose por la fractura 

nos obliga a llorar 


Y yo aquí tratando 

de silenciar al gallo

mientras la humedad 

me congela 


Qué tiempo tan oscuro 

Qué absurda la necesidad de mirar para ver


Suelto un pañuelo blanco

se vuelve espuma en su río 

y adiós Kristel Guirado 


Esta nueva obra

también tendrá sus aplausos 

en el fuego de los afligidos


Ingrid Chicote


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ZdT quiere agradecer a todos nuestros amigos por sus palabras y las imágenes compartidas con las cuales, involuntariamente, colaboraron para la realización de este pequeño homenaje.

(mcabesa: 01/08/2026)

viernes, 31 de julio de 2026

Máximas para agarrar mínimo (II) | Luis Valero



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La humildad no está por encima de nadie, pero sí por encima de todo.


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Lo mejor siempre nos está esperando.


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Quien aprende a pensar, puede afirmar que tiene una vida.


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Lo propio del ser es crear.


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Nadie tiene la verdad, sólo la esperanza de poder tenerla.


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La política es el arte de herir.


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La ideología es un pensamiento petrificado.


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La miseria es una mujer sin ovarios.


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Privilegiado es cualquiera que se anime a vivir.


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La sociedad decide mal en nombre de todos.


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No somos dueños de sentimientos ajenos.


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Es casi imposible olvidar la sal.


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A todos siempre nos falta algo.


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No podemos quedarnos en el rincón de la vida.


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En los caminos de luz, no existen las apariencias.


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Cantar no es solo mover los labios.

jueves, 30 de julio de 2026

La niña de los zapatos anaranjados (Minificción) | José Ygnacio Ochoa

 


Tomados del libro La niña de los zapatos anaranjados. Ediciones Estival (2023) 


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La memoria es algo que habita en uno, aquí dentro está. 

Joan Manuel Serrat


Cráneos que gritan aquí dentro.

Matías Adrián, mi nieto de cinco años


1


Estrépito


Recuerdo cuando su risa inundó toda la casa. Era como un vendaval de entusiasmo. Nada se quedaba inmóvil ante su irreverente carcajada. Todo se movía ante el estrépito de su presencia.


2


Pluscuamperfecto


Siempre estuvo en el pluscuamperfecto de su pasado. Cuando él llegó, ella ya había leído el libro de las mentiras.


3

                                  

Mito


El mito de la verdad era negarlo todo. La oración culminó con la señal de la cruz.


4


Sin término medio


Él contenía una imaginación incontrolable. Ya había recorrido mundos insospechados con solo cuatro años.

                                     

5

                       

Muerte líquida


No hubo contratiempos para su muerte líquida. Todo aconteció bajo una lluvia pertinaz.

                                   

7

                      

La mujer sin rostro


Quién le responde a la mujer sin rostro. ¿Será posible ver a través de los dedos de los pies? o simplemente dejar que los poros hagan su trabajo.

                     

8


Se volteó sobre sí mismo


Nada pudo hacer para revertir su desasosiego. El calcetín se quedó con su hueco excéntrico al lado de su compañero  inseparable. El dedo gordo hizo su mueca de costumbre.

                                          

10 

                                      

Febrero


— ¿Mamá por qué febrero no tiene 30 días?

—Hijo porque es una regla.

—Entonces dile a la regla que me regrese esos dos días porque los necesito para jugar.

—Voy a buscarlos, ya vengo.                       

                             

31

                  

La niña de los zapatos anaranjados


La niña de los zapatos anaranjados vuela y alcanza el arcoíris. Sola. Ruedan sus lágrimas desnudas por el acantilado. Se derraman en la muerte de lo que fueron sus huesos. Agua como la figura del desengaño. Muere.

                            

66

    

Hubo alguna vez un animal extraño


Hubo alguna vez un animal extraño y más que extraño, único en su especie. No era de este planeta. No era verde ni blanco ni azul ni tenía una sonrisa espléndida. En definitiva era un animal oblongo y raro también. Pero me agradó su presencia desde el primer momento en que lo vi. Él me vio también. Se hizo el desentendido o más bien el tonto. El caso es que tenía tres cabezas y tres manos. Se movía lento, muy lento, con sus dos extremidades delgadas y frágiles.  Me acerqué a él. Le di agua y me abrazó por dos siglos.

                           

 90

 

Las actrices se plantaron frente a frente en el escenario


Las actrices se miraron, no dijeron palabra alguna. Todo fue un follaje corporal. Giraron, se detuvieron, caminaron, lloraron, giraron otra vez, pero en sentido contrario, rieron. No hubo disputas. Sus emociones habían ido y venido. Fueron ellas dos o eran los personajes. Piernas abiertas, gesto celeste, se miraron. Glúteos de agosto. Sudor de noches. Se acercaron al proscenio. Cuarta pared. Retroceden, vuelan, giran, sonidos guturales, escupen, tragan y vomitan. Enfáticas. Hablan las tablas, fluyen, respiran, cervicales acopladas. Los personajes o ellas: etéreas, levitan cenitales azules, suenan las cuerdas rasantes, los griegos, Diderot, cadalso, El jardín de los cerezos, la historia, Beckett. Caóticas, caen, continúan. Se besan. No hubo comentario alguno después de la salida.

                            

136

         

Saturno y mi alter ego


Mi alter ego me cuenta que en Saturno existe una mujer sin infortunios y a todo le dice que sí. Ella es la que quiero para mis desventuras al lado de Borges y su biblioteca de Babel, al lado de Miguel y su Quijote, al lado de Cadenas y sus Cuadernos del destierro, al lado de Homero y su Ilíada. Reinventarme mi otro planeta. Para que no existan excusas al contener mis leyes y así mirar mis sueños y así inventar una tristeza perenne. Calles que giren solo hacia la izquierda. Ríos y lunas que lleguen a la puerta de mi casa. Hombres enanos que escriban solo poemas y mujeres gigantes que escriban más poemas con palabras inventadas por ellos en tertulias eternas.


151

                    

Mientras


Mientras me escuches, escribiré.


152

                        

Ser


En qué momento dejé de ser lo que pretendía ser.


153

                  

Es tarde


—Es tarde

— ¿Para qué?

—Para vivir dos veces.


154


Los árboles se mueven


Cada vez que veo por la ventana, los árboles se mueven. La tierra está húmeda. Luna llena. No aparecen las luciérnagas para alumbrar el camino. Las espigas vuelan por todas partes. La brisa pega en la cara y quema.  A lo lejos, las mujeres cantan lo de siempre. Llueve.

Adiós, Kristel...


Ha partido Kristel Guirado y no encuentra uno qué decir en estas circunstancias, pero no podíamos dejarla ir sin decirle adiós con una muestra de admiración y respeto por una vida embargada de creatividad, dedicada a la literatura y el teatro. Como un pequeño homenaje compartimos uno de sus cuentos de su libro Tacones lejanos (1995). Dejemos que su imaginación nos acompañe mientras la recordamos con el cariño de siempre. 


(mcabesa)



Inserción


-Kristel Guirado-


Dejo los cuadernos sobre el mueble y lo pienso un poco. Vengo a la cocina, relleno un pan con mermelada y me sirvo la última taza de café mientras leo en un diccionario:


CEREBELO m. Anat. Parte posterior del encéfalo.


La perra, velándome, da vueltas a mi alrededor y me sigue por toda la casa. Yo, incesantemente, busco una aguja. No la encuentro. Comienzo a hurgar de nuevo, pero ahora en los sitios donde nunca hubiese esperado encontrar alguna. La casa es un verdadero desorden. Vengo a la nevera, levanto una revista y aqui está: el paquete amarillo con dos mujercitas sonrientes que mamá compró la semana pasada. Estoy recordando claramente las últimas palabras del profesor. La perra se apoya en las patas traseras haciendo equilibrio. Como recompensa le doy el pedazo de pan que me queda. La observo. Hace al comer unas muecas exageradas que me causan una vaga gracia. “Es improbable, no deja huellas…”

He buscado en libros y enciclopedias, pero no encuentro dato alguno sobre la relación tiempo—efecto. No sé si tendré los segundos necesarios para retirar la aguja, pero debo arriesgarme. Repaso mis anotaciones del lunes, el profesor apuntaba: “En la base de lo que nosotros llamamos nuca se forma una especie de hendidura. Si apretamos la cabeza del sapo un poco hacia atrás, lograremos sentirla mejor. Ahora claven la aguja en el centro de la hendidura, exactamente en el centro, y mataremos al sapo sin causarle dolor, de forma rápida y sin dañarlo físicamente…”

Guardo estos libros, coloco el paquete de agujas donde lo encontré y dejo sólo la que voy a utilizar. Tomo la bolsa de pan, agarro otro y se lo doy a la perra para entretenerla. Sin pensarlo mucho, palpo entre la cabellera el orificio, me inserto la aguja y, en efecto, tengo tiempo de retirarla y lanzarla lejos.

 

Del libro Tacones lejanos

(Maracay: La liebre libre, 1995)


Kristel Guirado (1968-2026). Narradora dramaturga, guionista y actriz. Entre sus libros se encuentran:  Quebrantos (dramaturgia. Secretaría de Cultura del estado Aragua, Maracay, 1993),  Tacones lejanos (cuentos. Editorial La liebre libre, Maracay, 1995),  Las inútiles rosas del tiempo (dramaturgia. Biblioteca Municipal Augusto Padrón, Maracay, 1996),  San Ignacio es un lugar común (dramaturgia, Alcaldía de Ribas y Fondo Editorial de Senderos Literarios, La Victoria, 1999), Tres textos para teatro (dramaturgia. El perro y la rana, Caracas, 2006), Los juguetes más grandes (cuento. COFAE, Caracas, 2006), Amapola duerme de día (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, Caracas, 2018),  Árboles y abismos (poesía. Túnel Diez Ediciones, Los Teques 2020), Tucutunemo, río de aguas espumosas (Fondo Editorial Fundarte, Caracas, 2023),  Lírica Hispana: Mujer y Gestión Editorial (Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2025), entre otros. Recibió infinidad de premios por su obra literaria y dramatúrgica.

miércoles, 29 de julio de 2026

¿Sabes? Murió Fito

-Marina Sandoval-


Cerca de las siete de la noche comenzó a circular por el pueblo la noticia de la muerte de Fito. Todos estaban muy conmovidos. Fito era un personaje muy popular en Puerto Píritu, reconocido por su manera respetuosa de tratar a las personas y por su disposición a ayudar cuando se requerían sus servicios.

Vivía con su madre y hermana. Era los “ojos de su mamá” y su mano derecha. Ayudaba en todas las labores domésticas y se encargaba de hacer las compras. El viernes a las cuatro de la tarde salió a comprar el pan, pero no regresó con el encargo.

La señora Natividad pensó que había salido con los amigos, pero se preocupó cuando a mediodía del sábado no había llegado. Comenzaron a buscarlo en los sitios que frecuentaba, pero no había noticias de él.

Como a las seis de la tarde se presentó un compadre de la señora y le dijo que en el hospital había un lesionado grave muy parecido a Fito (él sabía que había muerto, pero no quiso decirle la verdad).

Ya en el pueblo la noticia corría como agua después de la lluvia, agua que aumentaba con las lágrimas de las chicas que lo apreciaban mucho. Los amigos se acercaron a la casa y cada vez que llegaba uno, Mariana, una niña de cinco años, les decía: ¿Sabes? Murió Fito.

Todos conversaban, lloraban y tomaban café, cuando de manera sorpresiva entró Fito por medio del corredor, balanceándose y entonando la canción: “No estaba muerto, estaba de parranda…”

Granos de sonido (XIX)

 


-Roberto Santana- 


Ecos de trinchera y asfalto: La insurrección sincopada de los rebeldes del siglo veinte


Esta oscura perla no cuenta como un simple vestigio subterráneo del reggae canadiense. En una década donde el plástico pop comenzaba a devorarlo todo bajo el imperativo de la mediocridad rentable, este colectivo de diez músicos alzó un manifiesto de resistencia esculpido en el gélido norte, una barricada de sonido donde el roots, el dub e insinuaciones sutiles de contrapuntos jazzísticos se fundieron en un abrazo clandestino y febril. Su música no buscaba la complacencia de las radiofórmulas; ellos querían incendiar el sótano espiritual de clubes emblemáticos como el BamBoo de Toronto.

Escuchar estas pistas es adentrarse en una arquitectura de líneas de bajo subsónicas que sostienen el cielo raso, mientras los vientos cortan el aire con la precisión de una herida abierta. La batería mide el tiempo en ecos flotantes, con un pulso magnético que arrastra al oyente hacia la hipnosis combativa. Hay una sofisticación melancólica en sus arreglos, una ambición artística indómita que prefiere la crudeza de la verdad instrumental por encima del brillo comercial artificial.

Rebelution es la crónica efímera pero imperecedera de una banda que se desintegró demasiado pronto, dejando atrás un testamento sonoro que demostró que la síncopa jamaicana podía echar raíces profundas, oscuras y hermosas bajo el asfalto de Ontario. Poesía hecha ritmo, revolución latente congelada en el tiempo.

En vista de que esto es una absoluta joya subterránea que no encontrarán en Spotify, ni en Bandcamp o en ninguna otra plataforma, haré una excepción y compartiré el disco completo desde mi Drive. Espero que lo disfruten. God bless. Jah Rastafari.


20th Century Rebels – Rebelution (1983)

•Canadá 

•Roots Reggae
con ramalazos de
•2 Tone Ska


Si quieres descargarlo, toca el enlace:

https://drive.google.com/drive/folders/1iViYm4P51NZQNd29rtWwvnlNoMeiK182

jueves, 23 de julio de 2026

Microrrelatos (II) | Rafael Ortega

 


Título: Bailarina por naturaleza (2026)

Autor: Rafael Ortega 



Del libro inédito Fábulas infames y otros relatos absurdos 


***


Herencia burocrática


Quedar atrapado en la cola del Banco de Venezuela no fue una decisión, fue un estado del ser. Las horas se disolvieron en días; los días en décadas. La fila se convirtió en su isla desierta y su silla plegable en un trono de paciencia. Con destreza de náufrago urbano, aprendió a cazar las palomas que entraban por la ventana y a encender fuego frotando recibos viejos y tarjetas de débito caducadas.

Cuando por fin sonó su número y avanzó hasta la taquilla, su barba era una cascada blanca que tocaba el mostrador. El funcionario, sin levantar la vista del monitor, ajustó sus anteojos y sentenció:


-Señor, la planilla para este trámite expiró el siglo pasado. Y, por cierto, nos debe cincuenta años en comisiones por uso indebido de las instalaciones.


***


La metamorfosis del mendigo de versos


El Poeta no tenía sombra, sino un pequeño demonio con alas de zamuro que le dictaba al oído. Tenía, además, una terrible bendición: sus ojos, robados a un ángel despistado en un bar de mala muerte, le hacían ver la belleza absoluta en el horror. Veía una sinfonía celestial en una rata agonizante y un milagro divino en el moho del pan.

Un día, la Muerte lo detuvo en un cruce de caminos.


-Tu senda es miserable -le dijo la Muerte con lástima-. Te estás desgastando las botas, comes sobras y nadie recuerda tu nombre. El camino del poeta no vale la pena.


-Tiene toda la razón, señora -respondió el Poeta, sonriendo con sus incisivos afilados de demonio-. Es un trayecto absurdo, hambriento y ridículo.


Sin decir más, el Poeta se quitó los ojos celestiales, los arrojó al lodo y siguió caminando a ciegas hacia el abismo, cantando una melodía espantosa.

La Muerte, curiosa, se agachó y recogió las dos pupilas impías. Al ponérselas, vio cómo del barro donde el Poeta había pisado brotaban orquídeas de luz y galaxias de polvo doradas.

Entonces la Muerte comprendió: el caminante era una criatura despreciable y prescindible, pero el camino... el camino de la poesía valía cada infame paso.


***


Relato de un náufrago urbano



Tras el aguacero de mayo, el asfalto de la avenida Aragua se volvió líquido -densamente marino- solo para él. Atrapado en la isla, rodeado por una marea de autobuses que rugían como tiburones de metal, se aferró a su maletín a modo de balsa. El agua sucia le llegaba a las rodillas. A pocos metros, en la acera, los peatones caminaban en perfecta sequedad, ignorando sus gritos de auxilio con la indiferencia de quien evade a un loco. Mientras calculaba cuántos minutos de flotación le quedaban antes de ser devorado por el transporte público, contempló con horror el fondo del océano: el cuero de sus zapatos nuevos se estaba agrietando sin remedio. Morir ahogado en la vía le pareció una molestia aceptable, pero perder las doce cuotas que aún le debía al zapatero fue la verdadera tragedia de la tarde.


***


La rebelión de la platabanda


El racionamiento eléctrico comenzó a las ocho en punto, sumergiendo al barrio Santa Rosa en una penumbra densa y calurosa. Pero esa noche el aire venía distinto: cargado de una electricidad traviesa.

Aprovechando que la oscuridad disolvía los contornos, las sombras decidieron emanciparse. Cansadas de ser el reflejo servil de cuerpos agotados, despegaron los talones del piso. La del profesor Leonardo, aburrida de una vida encorvada entre libros, cruzó la calle reptando para buscar aires nuevos; otras se adosaron a cuerpos ajenos solo por probar posturas distintas. Pero la mayoría prefirió el descontrol: en la platabanda del señor Jhon Jairo, decenas de siluetas se reunieron en una fiesta clandestina para bailar reguetón y salsa baúl sin proyectar un solo ruido.

A las seis de la mañana, cuando la luz regresó de golpe y el sol despuntó en el horizonte, la estampida de sombras en retirada fue un caos. Desorientadas por la prisa, muchas se pegaron al primer cuerpo que encontraron, pero el verdadero problema ocurrió en lo alto de la casa.

En la platabanda quedaron pegadas, como un grafiti nocturno, las sombras de los tres mejores bailarines de Santa Rosa, que se negaron rotundamente a despegarse del cemento. Desde entonces, sus antiguos dueños caminan bajo el sol del mediodía completamente traslúcidos, mientras el vecino cobra entrada los fines de semana para que la gente vea cómo tres siluetas oscuras siguen tirando paso sobre el techo caliente.


***


La cédula


Llevaba cuatro horas bajo la luz fluorescente de la Oficina Nacional de Identificación y Extranjería cuando por fin llamaron su número. El funcionario, un hombre con bigote gris y ojos extinguidos por el tedio, tecleó su número de cédula sin mirarlo.


-Usted no puede renovar nada, señor- dijo el funcionario, ajustándose los lentes-. Según el sistema, usted falleció el 12 de marzo de hace dos años.


-¿Cómo que fallecí? ¡Estoy aquí de pie!- protestó, golpeando levemente el mostrador con los nudillos-. Toco la madera, respiro el aire viciado de esta sala, me duelen las piernas de hacer la cola. ¡Estoy vivo!


El funcionario suspiró con la paciencia de quien ha visto a demasiados muertos obstinados.


-Señor, el sistema no se equivoca. Aquí consta: paro cardiorrespiratorio, Hospital Central de Maracay, 14:35 horas. Si usted está aquí, es un error administrativo o una suplantación. Pase al módulo 4 para apelaciones de defunción.


Durante las siguientes dos horas, el hombre fue de taquilla en taquilla. Presentó su licencia de conducir, la tarjeta del banco, una factura de luz a su nombre y hasta la cicatriz de su apendicitis. Nadie se inmutó. Para la señorita de la casilla 8, un sello rojo valía más que cualquier pulso.

Frustrado, pellizcó su propio brazo para sentir el dolor, pero no sintió nada. Extrañado, se llevó la mano al cuello, buscando la yugular. Bajo sus dedos, la piel estaba fría y el silencio en su pecho era absoluto.

Entonces recordó el autobús que nunca llegó a su destino aquel lluvioso 12 de marzo, la luz blanca al final del túnel que confundió con los faros de un camión, y la extraña razón por la que en los últimos dos años nadie, absolutamente nadie, lo había vuelto a llamar por su nombre.

El hombre miró sus manos pálidas, dio un paso atrás y se disculpó con el funcionario.


-Tiene razón- murmuró-. Disculpe la molestia.


Y se fue flotando, en silencio, directo a la salida.


***


La máquina de la empatía


El profesor inventó el Empatómetro, un casco de cobre diseñado para que cualquiera pudiera sentir exactamente lo que padecía su prójimo. Seguro de haber hallado la cura definitiva para la crueldad humana, instaló un puesto en la plaza Bolívar.

El primer cliente fue un hombre amargado que se quejaba de que su esposa jamás valoraba el cansancio de sus jornadas. Se colocó el casco, pero en lugar de sintonizar la mente de su mujer, presionó el botón de reinicio y ajustó los cables para que la máquina proyectara sus propios pensamientos hacia el altavoz de la plaza a máximo volumen.

En menos de una hora, la fila para usar el invento le daba tres vueltas a la manzana. Ninguno de los presentes quería ponerse los receptores para sentir al otro; todos hacían cola, con los puños levantados, peleándose por el micrófono para obligar al resto de la gente a escuchar sus propios dolores.

El inventor vendió el aparato a una fábrica de megáfonos y se retiró a vivir solo en la cima de un cerro.


***


La sazón del chisme


El budare de hierro fundido de la doña no respondía a la llama del gas ni al calor de la leña: solo calentaba al contacto con el chisme fresco. Si la masa tocaba el hierro en medio del silencio, la arepa se pegaba irremediablemente o quedaba cruda por dentro; pero apenas doña Chepina empezaba a contarle que al hijo del vecino lo habían visto bajando de un taxi a medianoche con una mesonera, el metal chisporroteaba complacido y doraba la concha a la perfección.

Durante tres décadas, en esa cocina no se preparó un solo desayuno sin la correspondiente crónica de la cuadra. El budare sabía de divorcios antes que los juzgados, de embargos antes que los bancos y de romances clandestinos antes de que los involucrados los aceptaran. Las arepas salían abombadas, crujientes y humeantes, sazonadas por la revelación de quién no había pagado el aseo o cuál vecina usaba tinte prestado.

El problema sobrevino el año en que la calle quedó vacía. Los vecinos se fueron mudando, los muchachos emigraron y las casas de al lado cerraron sus puertas. Una mañana, doña Chepina puso el budare al fuego y, al no tener ninguna novedad que contarle, intentó engañarlo inventando una historia sobre la panadera. Pero el hierro, sabio y curado por los años, no se dejó burlar: la arepa se volvió carbón en segundos.

Al día siguiente, doña Chepina no dijo una sola palabra. El budare se enfrió de golpe, soltó una última costra de tizne sobre el Buda de yeso de la repisa y se volvió un pedazo de hierro inerte. Dicen que desde entonces se puede calentar al fuego más vivo, pero ninguna arepa vuelve a despegarse de su superficie.


***


El purgatorio en vibración


Don Edecio llevaba tres días intentando cruzar el túnel de luz hacia el descanso eterno. La brisa celestial ya le acariciaba el rostro cuando, en el borde exacto entre la vida y la ultratumba, su bolsillo espiritual vibró violentamente.


"(10:42 p.m.) Doña Merlyn: Por favor, el del carro gris que apague la alarma o llamo a la policía".


El tirón magnético del Ding lo regresó de golpe a la sala de su antiguo apartamento. Edecio no había muerto por un paro cardíaco, sino por un colapso nervioso tras leer cuatrocientos mensajes sobre la reparación del ascensor. Lo trágico era que, al no haber entregado el cargo de administrador antes de fallecer, nadie podía eliminar su número del grupo Residencias El Paraíso - OFICIAL (NO MEMES).


Cada notificación del teléfono era un ancla que lo devolvía al plano terrenal.


A las dos de la mañana, cuando volvió a encaminarse hacia la paz eterna, una ráfaga de doce stickers de "Buenos días con café" enviados por la señora América lo estrelló contra el techo de la cocina. Desesperado, Edecio intentó enviar un mensaje espectral: "Por favor, estoy muerto, déjenme ir". Pero la administradora suplente solo respondió: "Vecino, recuerde que este chat no es para temas personales. Saludos".


Dicen que desde entonces, a medianoche, si escuchas con atención cerca del tablero eléctrico, se oye un lamento espectral: "¡Por favor, pongan el chat en silencio!".


***


La herradura de la suerte


Jesús María llevaba tres días escuchando el galope sordo rondar su dormitorio. No era supersticioso, pero cuando se miró al espejo por la mañana y vio aquellas dos marcas lívidas, hundidas y oscuras bajo sus ojos, comprendió que el jinete ya había desmontado frente a su casa.

Allí estaban, impecables: dos marcas perfectas en forma de U.


-Una herradura de la muerte -susurró el médico, ajustándose los lentes con solemnidad profesional-. Lo siento, licenciado. La parca ha dejado su firma. Es cuestión de horas.


Jesús María, que siempre había sido un optimista incorregible, parpadeó con pesadez, admiró el contorno morado en el reflejo y sonrió mostrando los pocos dientes que le quedaban.


-¡Tonterías! -dijo con voz rasposa-. Todo el mundo sabe que las herraduras se cuelgan para atraer la buena fortuna.


Se acomodó en la cama, cerró los ojos esperanzado y esperó la llegada del milagro.

A la mañana siguiente, la Muerte tuvo que entrar a la fuerza porque nadie le abría la puerta. Encontró a Jesús María tieso, frío como el mármol, pero con una sonrisa de ganador de lotería estampada en el rostro. Colgado en la pared frente a su cama, un letrero escrito a mano decía: “Por favor, no molestar. Esperando la gracia divina”.

La Muerte suspiró, se retocó las ojeras frente al espejo y pensó que hay gente a la que verdaderamente no se le puede quitar la ilusión.


***


Fábulas infames


Fiel a la tradición, la hormiga pasó la sequía cargando hojas pesadas y terrones de azúcar, ignorando las burlas de la chicharra que prefería cantar montada en una mata de mango. Cuando las lluvias de junio inundaron la avenida Bolívar, la hormiga se refugió en su madriguera, orgullosa de su previsión. Minutos después, el caucho de un autobús aplastó el hormiguero, sepultando sus certezas bajo tres toneladas de barro. Justo antes de que todo se volviera oscuro, la hormiga no lamentó perder la vida, sino el hecho de haberle regalado el azúcar que le quedaba en las patas al bachaco de la esquina. La chicharra, a salvo en las alturas, compuso de inmediato un sentido lamento folclórico sobre la tragedia del subsuelo. La canción se volvió un éxito viral en las plataformas digitales antes del amanecer, demostrando que el luto ajeno siempre ha sido más rentable que el trabajo duro.

Cinco poemas de Rafael Rondón Narváez

 

Título: El flotante azul (1992)

Autor: Mario Abreu


***


Enfrentados a un desastre repentino, todos señalamos lo normales que eran las circunstancias en las que lo impensable sucede… 

Joan Didon


1


era el día de aquel año 

y como siempre 


era un día 

era un sol 

era un cielo 


y todos los pájaros volaban

y la tierra frente al mar

parecía calma

igual 


y nada se ejercía

como presagio

es decir

como la vida misma  

y después 


2


lo innombrable 

lo que se quiebra

lo que no resiste


cómo marcar el tiempo 

en esa palabra 

que no mide


no es pues

(aunque lo sea)

lo que afuera sucedió

sino lo que ahora 

se quebró para siempre 

en la garganta 

rota o muda 


3


ya no es el mismo sentido

en la grieta

y en la herida 


ahora somos 

el residuo

sitio encima

desde ahora 

y para siempre


4


y cómo hacer 

a semejanza

de lo que parece advenir

pero no llega 


ni la escritura brota 

más que en el desborde 

y en la espuma

donde se miden y calculan cifras

números frente al océano


y esa no importa


5


queda el cadáver

y su única experiencia

posible narrable

pero ahora muda

irrecuperable


y el testigo 

como una incapacidad 

permanente


ahora y para siempre 

un vacío

y esta huella

tan basta



***

Rafael Rondón Narváez. Licenciado en Letras, Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Magíster en Literatura Latinoamericana, Universidad Simón Bolívar (USB). Doctor en Cultura y Arte para América Latina y el Caribe por el Instituto Pedagógico de Caracas (IPC). Actualmente, es jefe de la Cátedra de Literatura Latinoamericana y del Caribe; miembro del Instituto Venezolano de Investigaciones Lingüísticas y Literarias “Andrés Bello” (IVILLAB) y coordinador del Taller Literario Marco Antonio Martínez (TALMAM) desde el 2011. Fue jefe de investigación del Museo de Arte Contemporáneo de Maracay Mario Abreu y director de la Galería Municipal de Arte de Maracay. Ha realizado curadurías y textos sobre arte en diversas publicaciones de Venezuela y otros países. Autor de Las artes en Aragua: imaginario de un territorio (2003), Literatura y cultura: espacio para el encuentro (2005) y Las sendas del paisaje: paisaje, modernidad y nación en la Generación del 18 y el Círculo de Bellas Artes (2012). Como escritor de ficción, sus cuentos y poemas se incluyen en revistas electrónicas como contexturas.org, Letralia, eldienteroto.org y en los libros antológicos Grieta íntima: poetas venezolanos nacidos en los sesenta. (2025) LP5, Chile, Poesía de Aragua (1966-1996). Secretaría de Cultura del estado Aragua.