miércoles, 28 de octubre de 2026

Breves y siniestros: Microrrelatos para leer con la luz apagada

Hay misterios que no necesitan grandes preámbulos para manifestarse. A veces, una puerta que cruje, una sombra que parpadea o una presencia furtiva al borde de la cama caben perfectamente en un par de líneas y eso es suficiente para erizar la piel.

En esta edición especial de ZdT para celebrar Halloween, compartimos una selección de microrrelatos nacidos en el taller de escritura creativa Mínima expresión, dictado por quien suscribe estas líneas en los espacios de la Librería del Sur de Maracay, Venezuela. En estos textos, los participantes han explorado lo paranormal en su forma más concentrada: historias cortas, incisivas y directas a la columna vertebral.


Rafael Ortega


Un homicidio


Veo una luz incandescente. No sé qué está pasando a mi alrededor. Entre las luces observo sombras caminando en esta gran biblioteca. Una mirada, un grito ensordecedor, el murmullo del camino final. Me convertí en una sombra.

Antes de irme, vi la mirada de mi asesino. La belleza de un homicidio, mi género favorito. Estaba en la biblioteca sentada frente a la sección de ficción.

Irónico, convertí mi vida en una de las historias que tanto me gustan. La última página que leí la recuerdo borrosa. Solo diré: tenía el libro entre mis manos cuando el punzón atravesó mi alma.


Angélica Leal

***


El misterio del alma errante


Me levanté del escritorio y subí las escaleras para cerrar la ventana que la tormenta batió. El frío penetraba mis huesos, mi cuerpo tiritaba. En busca de un suéter me dirigí a la habitación. Frente al espejo un escalofrío me recorrió al no encontrar con mis manos la forma de mi rostro ni escuchar mi corazón. Mi sombra atemorizada corría hacia la biblioteca tras haber escuchado aquel alarido ensordecedor. Mi libro ahí estaba, cubierto de sangre, con una nota entre las páginas: “Ella te mató”.


Sofía Vargas


***


Fantasmal   


Ding-dong ding-dong la biblioteca ha cerrado, es la hora de buscar a mi hijo. Allí lo voy encontrar. Ding-dong ding-dong todos los días es igual. Ding-dong ding-dong y ¿si dejara de intentar? Ding-dong ding-dong aquella persona al verme se ha asustado, ¿qué le habrá pasado? Ding-dong ding-dong Dios mío, Dios mío, ese espejo mostró a un ser atroz. Sin piernas y sin la voluntad para ser. Dispuesto a vagar por toda eternidad.


Cipriano Castro (Hijo)


***


Desvarío


Este libro me enloquece, jamás me muestra las pruebas que necesito.

Sí, ya todos me olvidaron, pero sigo aquí.

La noche se hace corta luego del cierre de esta maldita biblioteca.

Y mientras mi asesino sigue libre, yo sigo viendo esta página que un día me hace sentir culpable y otro día víctima.


Olga C. Robles R.


***


Terror circunstancial 


Bajo una atmósfera de incertidumbre total, a solo segundos de descender ante la más profunda e inevitable locura, una sombra solitaria contempla con aire melancólico la página final de un libro gastado.

Sacando provecho de la quietud que le obsequia una biblioteca tras su hora de cierre, mira con detenimiento una y otra vez cada párrafo final de una historia tan trivial que el solo hecho de haberla impreso ya representa un desperdicio. Mientras en la última tumba del mausoleo, un autor sin mérito suelta una silente carcajada para despedirse de un mundo que jamás valoró su ingenio.


Bernardo Vernáez


***


Tierna despedida 


Ella pensaba que la muerte era poética, el final perfecto a una vida sin sentido, por eso no se sorprendió cuando el asesino de la biblioteca, entre el revoltijo de libros, hojas, sangre y vísceras, dejó una rosa blanca como tierna despedida.


Cipriano Castro


***


Gemelas


Diana y yo éramos gemelas. En la biblioteca agarramos un libro al azar. El mío parecía tenebroso, el de ella no tanto. Rápidamente lo leí. Diana no estaba a mi lado. Fui a buscarla. 

Yacía desmayada en un pasillo, traté de levantarla, pero tenía sangre por todas partes. Ya no le quedaba hálito de vida. Apenas escuchaba lo que le decía: Cierra el libro, van a venir por ti y se extinguió. Corrí a la mesa y el libro no estaba, cuando me di vuelta para huir, el libro apareció como un gigante, me abrazó e inmediatamente se cerró.


Julia Yasmina Liendo


***


La última visita


Érase una noche en la calurosa ciudad de La Habana, el aire de la habitación era un manto pesado que dificultaba la respiración. De pronto, el silencio fue interrumpido por los ladridos frenéticos y agudos de Niña, una pequeña perra que había recogido días antes en la calle.

Me levanté con el corazón golpeándome el pecho. Al asomarme a la ventana, no vi nada. La ciudad parecía muerta, devorada por una densa oscuridad.

Sin embargo, observé que el animal tenía la vista fija en un rincón vacío del cuarto, así que erizada y en silencio regresé a la cama intentando calmar el pulso, pero apenas apoyé la cabeza en la almohada, sentí con espantosa claridad cómo alguien se sentaba justo a mi lado.

No hubo ruido. No hubo pasos. Solo una presión sutil en las sábanas y un escalofrío violento que me recorrió la espina dorsal y congeló el sudor de mi frente. Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos en la penumbra, atrapada entre el miedo y la curiosidad. No sé cuánto tiempo pasó antes de que el cansancio me venciera.

El amanecer trajo la respuesta en el timbre estridente del teléfono, cuando una voz quebrada al otro lado de la línea me daba la noticia: Luisa, una gran amiga había muerto esa misma madrugada.

No bastó la distancia geográfica para la despedida, y es que el alma no entiende de fronteras.

Ahora sé, con una certeza que me estremece y me consuela, que ella antes de marcharse definitivamente, cruzó el océano para sentarse a mi lado y darme su último adiós.



Emalida Viloria 


***


La otra llamada


El teléfono fijo de la sala comenzó a sonar a las tres de la mañana. Me desperté con el corazón acelerado, frotándome los ojos en la oscuridad. Al levantar el auricular, solo escuché una respiración temblorosa al otro lado de la línea.

—¿Quién es? —pregunté con voz ronca.

Una voz idéntica a la mía, susurrando con terror, me respondió desde la bocina:

—No cuelgues... entra rápido al dormitorio. Acabo de ver a alguien parado junto a tu cama.

Un segundo después, escuché que el teléfono celular, que había dejado olvidado sobre la mesa de noche de mi habitación, comenzó a vibrar con una llamada entrante.


Leila Sosa


***


El Sr. H.Q.


Cuando la biblioteca está cerrada el Sr. H.Q. se sienta a escribir su libro de relatos en el que la selva es su enemiga y los cazadores mueren en accidentes. Dibuja animales y monstruos al ritmo del reloj. Cada noche cambia el final de alguno de los cuentos para evitar vivir. En la habitación de un hotel su hijo lee este libro; se inquieta al escuchar el cascabel de una serpiente en la página 66, prepara su escopeta y se esconde detrás del árbol dibujado en la siguiente hoja. Su cuerpo fue encontrado dentro de un gran almohadón de plumas. 


Ysbel Mejías 


***


Ese espeluznante sonido


No sé la hora que era, solo que era noche cerrada. El toque en la puerta me despertó otra vez. En mi casa familiar, allá en Puerto Cabello, solo mi mamá tenía llave. Cualquier habitante de la misma (excepto la mencionada) que llegara después de las nueve de la noche, tenía que tocar a la puerta, incluso mi papá. Pero la puerta que tocábamos era la del fondo, la del patio, la que mi mamá podía oír más fácilmente. Además, a quién se le ocurriría visitar a altas horas de la noche.

Ese espeluznante sonido: toc, toc, toc, toc, toc, toc, lo oía y me arropaba hasta la coronilla. Más nadie parecía oírlo. Nunca alguien atendió a ese llamado. No me atrevía a comentarlo. Me preocupaban las burlas, la incomprensión, la incredulidad. Así que me callé por años.

Una vez, serían las tres de la tarde, yo leía en el porche y me sobresaltó el dichoso sonido, giré mi cabeza hacia su origen y descubrí a mi torturador: Kaiser, el perro de la familia, lamía extasiado sus genitales, mientras su cola golpeaba acompasadamente la puerta: toc, toc, toc...


Eliezer Salinas Delpino


***


Amor paranormal 


a Evelyn E.


Al salir del trabajo me senté en un banco de la plaza para leer el diario, luego llegó ella, dijo llamarse Carmen Rosa, era hermosa, traía esa belleza etérea de las flores secas.

Se sentó a mi lado, conversamos como conocidos de siempre. Me enamoré de aquella mujer en las dos horas que pasamos juntos.

Nos despedimos con un beso, volveríamos a vernos el viernes en la alameda.

En casa abrí el periódico, por azar lo hice en la página de los obituarios, allí vi su fotografía, abajo una leyenda rezaba. “Carmen Rosa a cinco años de tu partida”.

Era febrero y aún estoy muy triste.


Juan Francisco Lara

Poemas de Salustio González Rincones


***

En esta entrega, ZdT rinde homenaje a Salustio González Rincones (1886-1933), quien fue una de las voces más singulares y cosmopolitas de las letras venezolanas del siglo XX. Su trayectoria vital estuvo marcada tanto por el desarraigo como por la tragedia personal y física. Tras contraer la sífilis, una dolencia que él mismo bautizó poéticamente como la «enfermedad de Venus», plasmó su dolor y su lucidez en el notable poemario Trece sonetos con estrambote (a Sigma). Consumido por el deterioro de su salud, decidió emprender el viaje de regreso a su patria a bordo del buque Caribia, pero el destino le reservó un final atípico: falleció en alta mar entre el 5 y el 6 de mayo de 1933, convirtiendo su retorno en una travesía inconclusa hacia la leyenda.


Rafael Ortega


***


de Caminos noveles (1907)



XV


Hoy la tristeza…


Hoy la tristeza usual de las Ruinas.

Las vegas amarillas.

Lejanas, siluetas sencillas

de Sauces.

Tarde con golondrinas.


Ha pasado la mártir acequia por juncos

terribles.

Horribles

los profusos árboles hacen gestos truncos.


Las ásperas copas;

las resecas colinas estopas;

los magueyes luengos y grises.


Tonos de Verano; enormes matices

abruptos sobre la Montaña.


La Ruina llena de amarilias. Esta paz extraña.


***


de Llamaradas blancas (1907)



Pasas lentamente 


Pasas lenta.

Por la carretera

sangra intenso tu pañuelo.

Crepúsculo enorme sintetiza el cielo.


Tu pañuelo

puro…

Llegas. Amores hablamos al áspero oro del muro.

Campanear homólogo súbito se acerba.

Yacen perplejas en la yerba

las amarilias. Con rojos,

el cayenar los ojos

enerva.

El puente impone pasivo ojo duro.

Tu pañuelo puro.


Aún amas historias azules.

El conquistador

de la clara mano de la Princesa…

…en el Bosque, la silueta fresa

del Enano, con barba blanqueza…

(como alucinada por algún fulgor)

RIES

Sueñan tus carcajadas

como choques de nuevas espadas.

Tus ojos ungen hondas llamaradas.

Dura,

Como una lunela,

surge sensitiva gruesa estrella abuela…

¿RECUERDAS? El río se mojaba en blancura

lela…


***


de Trece Sonetos con Estrambote a ∑ (1922)


Sifilítico


      ¡Eres torcido Apóstol de la negra Hada muda

y tu lengua es de sombra y tu sexo veneno!

¡Vas a paso de lobo, sin encontrarte un freno,

propagando tu virus con alegría sañuda!


¡Es una carne turbia cada carne desnuda

que calienta el maldito respirar de tu seno!

Mientras más contaminas, más te sientes sereno…

¡Mueres, pero tú matas como en contienda ruda!

¡Pareces un soldado que su deber cumpliera

ofrendando su sangre al pie de una bandera,

y que debiera, muerto, tener del héroe el brillo!


¡Y eres ante la Vida aún más traidor que Judas!

¡Mereces, sí, del látigo las mil puntas agudas

que destrocen en trizas tu vil cuerpo amarillo!


Estrambote.


      ¡Mortífero pelele: debes ser empalado

en un chuzo candente por sepulcro blanqueado!


***


de Corridos sagrados y profanos (1922)


Renán


¡Ah! ¡Campana compañero!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

Oiga lo que dice este otro,

estotro doctor Renán:

¡Más que jefe civil sabe,

cuando se trata e robá!

¡Ah! ¡Campana compañero!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

Este doctor sabe mucho:

a Palestina fue a dá;

vivió en la tierra del Cristo,

se paseó por Canaán

y dicen que vivió tanto,

por donde corre el Jordán:

¡Que se hizo medio judío

y hasta medio musulmán!

¡Y había nacío en Bretaña!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

Dijo que el cuarto Evangelio,

aquel que escribió San Juan,

tenía pie y tenía cabeza,

así como es el caimán:

poco pie y mucha cabeza

y que era cuento no más,

y que decía mucho embuste

como abogao al peliar:

¡Que dice lo que no dice

el que no quiere ni hablar!

Que los otros Evangelios,

¡Ah! ¡Campana pa soná!

lo contradicen en todo

sin decir tampoco ná…

Dios sabe siempre lo que hace,

sabe lo que hizo a Renán:

le puso los sesos rojos

como el cielo al oscurar;

llenos de nubes que alumbran

más altas que un gavilán,

pero que son siempre nubes,

que siempre se han de apagar.

¡Desgraciado del que cuente

con ellas pa caminá!

¡Se le cae la noche encima

y el llano lo ha de extraviá!

¡Ah! ¡Campana compañero!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

El bretón este judío

se volvió loco de atar,

porque cuando se vio criando

queriendo a Cristo explicá

dice que es el verdadero

el Evangelio e San Juan.

¡El que se pica ají come!

¡No llego a compaginá

que embuste digan los buenos

y la verdá el que no es ná!

¡Ah! ¡Campana compañero!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

¡Renán dice que Mateo

y Marcos y Lucas dan

la vida verdá de Cristo,

porque él tuvo en Canaán,

y vio que el mar Muerto era

un mar muerto de verdá,

y que tenía agua amarilla

el río que llaman Jordán,

y que hay cedros en el Líbano

y un valle de Josafat!

¡Ah! ¡Campana, Padre Santo!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

Por eso que no comprendo

porqué ese bretón Renán,

cuando escribió su gran libro

y así se metió a moján:

¡Dice que es el verdadero

el Evangelio e San Juan!

¡Abran el ojo, señores,

y pónganse aquí a pensá

que para meterse a brujo

la yerba hay que dominá!

A Renán le pasó un chasco

queriendo a Dios explicá:

¡Si era un cura renegao

y era bretón además!

En Grecia encontró unas ruinas

y se les puso a rezá.

¡Ah! ¡Campana, Cristo mío!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

Los bretones siempre en sueño,

cuando no pelean, están:

A Merlín dicen que miran

por sus landas caminá.

¡Al borde el mar se sientan

y se ponen a escuchá,

el día de Todos los muertos,

dentro el agua un repicá,

que llama de noche a misa

todos los muertos del mar!

¡Ah! ¡Campana compañero!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

Por eso, señores, lean

ese libro de Renán,

como un verso escrito en prosa:

¡Pero es un verso no más,

porque ese autor escribiendo,

escribiendo sí es sultán!

Pero no tiene veneno

en su pluma de alacrán:

¡Sobre Cristo no hace llega

su libro, que es un román!

¡Más pesa el garrapatero

cuando sobre el toro está!

¡Ah! ¡Campana compañero!

¡Ah! ¡Campana pa soná!

¡A ese libro tengo miedo

porque me puede hechizá!

¡Por eso, Señor, te pido,

cuando yo esté en Josafá,

no me mandes al Infierno

a los diablos a enlasá!

¡Si en pecado estoy entonces,

en un pecado mortal,

la culpa la tiene el cura

ese que llaman Renán,

que me embojotó en su verso

sin poderlo remediá!

¡Ah! ¡Campana, Cristo mío!

Ah! ¡Campana pa soná!


***


de La yerba santa (1929)


Moskén


A Monseñor Felipe Rincón González


Con una oveja atraje a Bosin el terrible

Y cuando la comía, en pedazos desecha,

En el codillo mismo, a Bosin el terrible

¡Lo maté con mi flecha!


¡Yo velé varias lunas a Morí en su escondrijo!

El cebo de unos huevos lo alucinó a mi lazo

En donde cayó vivo Morí, de su escondrijo…

¡Lo maté de un astazo!

Al sol, en el camino, a Tub la venenosa

Encontré una mañana tras de la presa en medra

Y antes que me atacase, a Tub la venenosa

¡Maté con una piedra!


Mi rival, Ojo de Aguila, al bañarme en el río

Nadando entre dos aguas, zabulló queriendo

Ahogarme… A Ojo de Aguila, al bañarme en el río

A su cuerpo fui asiendo.

Nos sumergimos juntos hasta el fondo del pozo

Y allí yo lo mantuve arriesgando mi suerte.

Mi rival se ahogó solo en el fondo del pozo

¡Porque yo fui más fuerte!


Solo Moskén escápame… En el cielo alto vuela

Como una gota negra que rápida caerá

Sobre mí en la sabana donde la muerte vela…

¡Moskén me comerá!


¡Y lo tendré en mi pecho como un adorno negro!

¡Pájaro inexorable! Siempre estás sobre mí

¡Atristando las horas que con Ella me alegro!

¡A Moskén no vencí!


♦♦♦


Este poema, es lo único que resta de una raza de indios gigantesca, que coexistía con la de los pigmeos ayomanes. Luchaba contra Bosin, el Tigre; Mori, el zorro; Tub, la serpiente; por el Amor, con Ojo de Aguila; pero el cantor no supo vencer a Moskén, el Buitre. Lo más extraño de este poema, es que no hay el original, pues cuando lo transcribió Fray Anselmo de Cuenca al terminar de traducirlo se acabó la raza que lo dictaba y se conjetura que podía llamarse Caqueitia o Caquetia. Debo confesar que la versión literal de Fray Anselmo se perdió también, escapada por la ventanilla del «Goliath», que me llevó una vez de París a Niza, cuando tuve de enamorada a una inglesa llamada Dreddy. Blonda británica que pasó por mi vida enseñándome inglés y optimismo. Cuando echó a volar el papel de Fray Anselmo, reía como si estuviéramos en tierra; hacía tanto contraste con el canto desolado del indio ante la Muerte, que volando, es el caso de decirlo, me sugirió estos versos:


High life


La Vida es una rubia…

Tiene largas pestañas su mirada nubia

Y traje verde con frufrús suaves de lluvia.

En las sienes lleva

Una corona de flores nueva…

¡Sonríe a Adán siempre con su boca de Eva!


Ser: una de las flores

De sus cabellos llenos de fulgores

¡Que no rayan las canas de sus mil amores!


Hasta caer un día

Marchito, al seno de la tierra fría

Donde mi alma tranquila en cuerpo dormiría


Si no es porque la nada

Me arrojará de sí ya fatigada

¡A florecer de nuevo en la corona amada!


***


de Viejo Jazz (1930)


Dream


A José Ignacio Cárdenas


Crees que tu carne sueña, que tus huesos no sueñan

Y el esqueleto sirve sólo como espantajo

Yaciendo entre la Muerte, sin fin, helada y bruna

Y en urna subterráneo, metido en lo debajo…

Esas mentiras turbias a tu Vida domeñan!

Los sabios de los siglos en su engaño se empeñan

La Mentira hizo cierta su secular trabajo

Y hoy Verdad evidente como no fue ninguna

El esqueleto sirve a la carne andrajo:

En Ella vive el alma: Si los huesos no sueñan!


Y es todo lo contrario… La carne siempre huye

Se encabrita en las horas de sol donde el día fluye

Y sólo por la noche cesa su agitación…


Y el esqueleto entonces la ampara, abuelo blanco,

Y sostiene su nada al borde del barranco

Del no ser donde cae latiendo el corazón 


***


de Cantando germinan (1932)



Serenata en Re


¿Recuerdas que recorrimos

del remanso los recodos,

remando?

¡Los mangos tenían racimos

maduros estaban todos

colgando!


¿Recuerdas que recogimos

los caídos en tu regazo,

remera?

¡Los mangos eran opimos!

¡Resina rendía el bagazo

cerrera!


¿Recuerdas que remordimos

a uno mismo, por rochela,

riendo?

¡A la pepa relambimos!

¡Remilgada! ¡Relaméla!

¡Remiendo!

¿Recuerdas que reunimos

así nuestros labios dulces?

rehalando

a la fruta que escogimos…


¿Recuerdas? ¡No me repulses

rezando!


¡Revengo con más racimos

de aquellos mangos de hilacha,

relinda!

Remuerde cual remordimos

¡Recomienza! ¡Tienen facha

de guinda!


A menos que de repente

del remanso te reantojes…

¡Repartamos!

Mangoarearemos sin gente,

¡Remera no te sonrojes!

¡Rema y vamos!


(D/os-14.04.27)




del libro Antología poética Salustio González Rincones (1977)



****


Carta de Salustio para su mamá que estaba en Nueva York


Empezada esta carta, el veintinueve de octubre.

Desde anteayer no llueve.

Comienzo como es uso: mi querida mamá

Bendición. ¿Cómo vamos de vida por allá?

¿Has visto los jazmines pausados de la nieve?

Por aquí hace días que no llueve

duro; porque con las garúas

diarias tenemos suficiente. ¿Continúas

bien de salud deseada y preciosa?

¿y con las manos coloradas en rosa?


Antes de seguir, salúdame a Antolina;

la hermana errante, ya casi newyorkina

y que de tanto andar esas calles reales

olvidó mis encargos: parásitas, postales

de Wagner. Yo no más le pedía

las del Buque Fantasma y la Tetralogía

y algunas otras que quisiera, y ningunas

de paisajes románticos donde hubiera sus lunas.

___


Te escribo antes de la comida

Vegetal y monótona que mantiene mi vida.

Dios no desampara jamás a sus criaturas:

(sobre todo si comen nada más que verduras!)

¡Ah! ¡Olvidaba! He comprado mostaza.

Es picante. La como con la masa

blanca del arroz y en el plato sonoro

parece que ha caído una gota de oro!

¿Has paseado? ¿Visto cinematógrafos?

¿Oído a Caruso cantando en los fonógrafos?

(No es un rumor, o como dicen “noise”

tal suena en los “His master’s voice”

de Spinetti). Aunque sean algo malos

los quisiera para dar regalos

de Inocentes. En Diciembre ya vienen.

En esto hasta los viejos jugando se entretienen

Apuesto! (dicen). Ayer yo te cojí

por Inocente. Jí, jí, jí, jí, jí, jí!

(Dispénsame esta risa tan jocosa y tan franca

¡Pero es que el consonante hace la noche blanca!)

___


Las muchachas gobiernan por semanas.

Siete días se levantan y miran las mañanas

en el jardín tropezado de flores.

Si las vieras! De todos los colores

hay –Ya las enredaderas

están tupidas ¡qué verdes! Si las vieras!

Han comprado un gran saco de arroz.

(Por el teléfono no se oye aquella voz

que pedía urgente: una libra remita

el establecimiento llamado “Bodeguita”…)

Esperan un descenso y comprar una caja

de jabón, ¡pero el jabón no baja!

Te digo: con este jabón sano

Wilbur Wright hubiera construido

su aeroplano.

(Te digo “sano” porque gruesos letreros

gritan: “Espumoso. Jamás produce uñeros”.)

___


A pesar de haberle dibujado su marco

¡no salió premiado mi refulgente Arco!

¡Injusticia! ¡Lo de un Genio! jamás

se desprecia. Te apuesto. Ya verás

cómo al pasar de las generaciones…

(No, no sigo con esos palabrones,

pues en medio de esta fenomenal limpitis

puede darme muy rojo, otro ataque de iritis!)

___


He ido de turista, al picacho.

Cinco leguas. Subida. Es un camino macho.

Suben isleños, borricos, mulas, yeguas.

¡Al devolverse: también hay cinco leguas!!

Y como consecuencia clarísima se ve

que a la ida son andando, y al regresar a pie!

Los tres de siempre: Julio Horacio, el catire

y yo. ¡Diez leguas sin respiro!

(Por aquellos caminos angostos cual baúles

los isleños y burros tienen ojos azules!)

También fuimos, pero muy de mañana

Montados en Caballería Rusticana

(esto es; en burro), al Hatillo. Cercano

de Petare. Qué camino tan llano!

¡Sobre los pobres asnos éramos tres Jesuses!

Mucho rocío. Gallos cantando solos.

Los humos de los ranchos rezando sus tremolos.

Y todo diluido en la mañana suave,

en un mijao vimos cantar un ave,

dulcemente. ¡Qué melodía fina!

¡Más lejos cacareaba una locuaz gallina!

Nos bañamos (Qué frío!) al pasar por Los Chorros.

¡Los burros nos veían tristes como ajos porros!

En fin, mamá, en fin

Llegamos a las casas torcidas del pueblín.

Muy solo es. Más que cualquier cementerio.

Aunque en verso: lo que te encargo es serio:

tráeme unas tres varas negras

de casimir, y verás cómo alegras

a este hijo tuyo. No te olvides. ¡Tres varas!

Pero de tela buena. ¡Oh! ¡Si tú te olvidaras!

Tres varas, que duren por tres años

¡y que admiren a propios y espanten los extraños!

(¡Si quieres más barato este encargo tan seco

trae dos y media… aunque no haya chaleco!)

___


¿Te acuerdas de mi ropa, cuando ibas

para el Norte? !Ya se han roto las chivas!

y el pantalón; el pobre de tanto remendar

parece, de trasluz, un viejo palomar…

cinco pesos gastar hube y aprisa.

¡Mis zapatos estaban muriéndose de risa!

Por esas novedades indiscutibles ves

que hay que traer las varas: sean

dos y media o tres.

___


Bueno Mite: tus cartas he recibido. Todas

me alegran. ¿Te has vestido a las modas

de allá? Ven a la americana,

un día de sol, y azul y de mucha mañana.

También recibí tu tarjeta, muy mona:

“Soledad Rincones de González Bona”.

___


No traigas el aparato para mover ligero

la sínger. No traigas el útil cocinero.

Pues como de día no hay de fuerza derroche

no se podría cocer. ¡Sólo comer… de noche!

¡Y que poner de fuerza instalación

vale un ojo completo y un trozo de pulmón!

Lo que en ese género sí tú puedes traer

es un vibrador para masagecer

estos hijos tuyos. (Tú verás qué bonitos

se ponen a masaje todos tus Rijitos).

Por aquí todos buenos. Engordan que dan gusto.

Al volver son capaces de pegarte el gran susto.

Yo siempre digo: ¡Oh qué buena cocina!

¡Aquí todos comen La Bofatina! (No la Fosfatina).

(Es un producto, que aunque el mundo se mofe

engorda mucho y se saca del bofe)

¿Has tenido noticias de Rafael?

Hace dos días tuvimos carta de él.

¡Ah! olvidaba. Salúdame a los tíos

Pedro y Adela. Y a los primitos míos

les das un abrazo, muy bien proporcionado

a sus edades. No te olvides… ! Muy bien dosificado

(si a alguno no les gusta el abrazo que des

dáselos en guarapo, y metido en cachés!)


***


¿Cuándo vuelves? (No vengas tan ligero).

A fines de Diciembre o principios de Enero.

Esperando ese día y ocasión tan magnífica.

Adiós. Contesta. ¡Dame un beso, Malífica!


Salustio González Rincones


Caracas, 1907



***

Salustio González Rincones (San Cristóbal, Venezuela, 1886 – Altamar, a bordo del buque Caribia, 5-6 de mayo de 1933). Poeta, dramaturgo, articulista y traductor. Fue integrante del grupo literario La Alborada. Sus primeras composiciones poéticas se remontan al año 1907. Decidió abandonar el país (1910) rumbo a Europa, donde desempeñó cargos diplomáticos vinculados al gobierno de Juan Vicente Gómez. En París publicará buena parte de su obra, que apareció bajo el seudónimo de Otal Susi. Contrajo la llamada “enfermedad de Venus”, a la que le dedicó su poemario Trece sonetos con estrambote (a Sigma). A consecuencia de su deteriorado estado de salud decidió regresar a Venezuela. Sin embargo, no logró llegar con vida a tierra firme. El poeta falleció a bordo del buque Caribia, sin que se haya podido determinar el día exacto de su muerte, estimada el 5 o 6 de mayo de 1933.


***



Poemas de Rafael José Muñoz

La poesía de Rafael José Muñoz emerge como un territorio donde la memoria rural de los llanos orientales venezolanos dialoga con el mito, el asombro y una sutil atmósfera de extrañeza. En esta selección de textos poéticos que hoy compartimos en ZdT, el lector hallará las claves de una voz imprescindible de la lírica venezolana del siglo XX.


Rafael Ortega


***


Las siete cabrillas, el pájaro siete colores y los siete pecados capitales


El viento llega otra vez y se pone como un peón

en su cabestro de anchulina que apuramos

cuando tomábamos agua sin dolor.


El viento llega, me trae sonidos del mar,

batallones de cangrejos, fulgores de algas

y los espejismos de las altas soledades nocturnas.


Solapado yo lo veo junto a sus aves

azules,

cuando envuelve como un miche de madrugada

y hace que se esfumen los alcanfores en cruz.


Es el viento que trae sus maletas,

es él, mira su boladura,

mira cómo voltea mi camioneta Austin 1958.


Su horizonte tiene que ver con el cielo,

con las Siete Cabrillas, con el Pájaro Siete Colores,

con el Arcoiris también, y con los Siete Pecados Capitales.


El viento, si lo pasamos, muere Krist.

Si lo dejamos en su círculo es que nació ogor.

Es que ya vino, ojalá que haya traído

sus treinta y siete cocuyos.


Caracas, 14 de abril de 1965


***


Poesías


Yo he contemplado el rostro de Amath, me he bañado en su luna,

he robado su sol. Desde entonces mis ojos brillan con destellos

irresistibles.


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Nadie como yo sabe lo que es el cielo. Yo enciendo la aurora y

pongo el crepúsculo. Yo camino lleno de luz. Mis pasos son más

puros que el del alba al dormirse la noche.


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¿A quién elegí para compañero mío? A aquel que se hace brillar

la mañana y florecer los campos.

Yo hago nupcias con aquellos que conocen el Universo.


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La belleza que él pone en las tinieblas, yo la cubro de esplendor.


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Nada es superior a mí. En mí comienza el mundo, en mí termina.


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Yo soy alto porque he cerrado las puertas a toda ambición y a

todo deseo.


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Oh, tú, Ukaini, el de mente serena, haz que él se acuerde de que

sin mí no podrá tener nombre, ni existencia, ni eternidad.


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Porque está escrito: Yo conozco el fuego que conduce al cielo. Yo

vivo en el mismo sitio donde vive el sol.

Mi cuerpo está rodeado de manantiales.

Vivo oculto en un jardín, examinando maderas aromáticas.


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Me preguntan que por qué renazco todos los días. Porque todos

los días hago llover sobre mi cuerpo esencias maravillosas.


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Yo conozco el Templo de las 12 Puertas. Cada vez que entro por

alguna de ellas, salgo por la otra.


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Yo conozco el Canal 101.


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Cuando yo emito un pensamiento, creo la eternidad.


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¿Para qué te necesito a ti? Desde que yo soy tú no existes.


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Soy inmortal. Poseo el conocimiento del amanecer.


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Vivo siempre en mi mansión, cuidado por 4 perros blancos.

Tengo un nido. ¿Quien quiere ver qué hay allí? Tengo un sol.


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Yo estoy sobre la luna. Los campos del cielo me han hecho resplandecer con este fuego irresistible.


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La ciencia no ha descubierto aún el origen de la intuición.


--------


¿Quién dijo que yo necesito de los astros para vivir? Si cierro los

ojos, los apago, si los abro, los enciendo. Entonces ¿quién necesita

de quién? No, yo soy inmortal, no necesito de nada para vivir.

Son las plantas, los animales, la tierra y hasta el propio cielo

quienes necesitan de mis fulgores. Míreme quien quiera y se dará

cuenta de quien soy.


--------


¿Qué es el yo? El yo es lo que tú quieres que sea. Puede estar en

una bestia, en una piedra o en un ave, o en el estiércol que alimenta

la flor; también puedes hallarlo en una nube o en el plumaje de

la garza, en el graznido de un búho o en el canto solitario de la

perdiz. Sin embargo, digo que el yo tiene su altar en lo más

remoto, en lo más solitario y perfumado. Está rodeado por un

jardín y lo atraviesa un incesante río de oro.


--------


Me gusta mostrarme la hora del crepúsculo porque es cuando

luzco mi mayor esplendor. En esa hora, despido la limpidez del

cielo y el aroma de las flores; riego el espacio con esencias de

eternidad.


---------


Mi corazón fluye como el mar, pero es impasible. En eso se

parece a la muerte.


***


En un monasterio de Asia central


Aquella noche vi a Rama

envuelto en una atmósfera de tigres.

Conversaba con unos árboles,

con una piedra de fuego cósmico.

Veía a distancia perros ladrando,

antorchas que encendían una piedra.


Rama, desde su oscuridad, desde sus nubes,

inventaba una hoja para curar muertes,

para hacer relámpagos, para conversar

de las propiedades del rayo.

Y en una blanca hoja con runas

descifraba varios jeroglíficos

donde Eva anunciaba grandes grutas,

donde se extinguiría la sombra 18,

la de los Ojos Transfigurados

en la Tabla de Esmeralda de los frigios.


Rama parecía disuelto

entre aquellos menhires venidos de lejos.

Rama miraba en la astronomía

los canales de ciudades perdidas,

mientras desde Lo hondo Júpiter

exorcizaba a los jabalíes en su Agujero.


Sobre un subterráneo azul Rama cantaba.

Los astrónomos hacían dormir al sol.


****


Como un ídolo sentado de espaldas


Me siento como un pequeño ídolo sentado de espaldas,

cosiendo con su hilo viejo ricas maderas, axilas graves;

me siento como esos seres silenciosos que caminan sin honor,

y tienen llaves y tienen tristezas

y dicen plegarias en la soledad y en sus recuerdos.


Ay, ellos son así, truenan alcanfores

como saliéndose de la muerte, truenan gruesas

y negras vendimias;

mugen con la tarde, como bueyes en la hora crepuscular;

ellos regresan de todos los pesares en

su pesar.

Esta es la gente de viejo cutis, de tornillos desconocidos,

de mangas de camisa con perritos y extraños bastones;

son los de a mediodía, bajo el samán,

son los de los carretes para llorar, los sólidos

empleados que suben y bajan escaleras y abren largas cartas.


Si pudiera vivir como ellos, rascándome el estómago,

amado por todas las mujeres y mirándome los dedos

como si fueran personas dentro de mí, que conversan;

si pudiera como ellos, arreciar mi tórax,

tomar café en cualquier negocio de la esquina

y hacer como que no existen:

Eso sería realmente espectacular,

esto movería mis mugres blancas hacia los túneles.


***


Poema


Busco al que se fue en escondrijos grises,

en sonados rincones, en balencias oscuras;

busco al que se fue despierto en sus corchos,

y lo alabo en su abismo,

y lo llamo rincón ciego

y le golpeo sus dígitos

con ruidoso asunto que es para llorar.


Lo busco a trescientas distancias,

a corazones de luto, poniendo su huevo la gallina;

lo busco hasta verlo volver:

cómo no va a ser ese que tiene tinajas,

cómo no va a ser él, si se le conoce por sus piedras.


¿Ha muerto ése que se fue un día lunes?

¿Era hortalicero de verdad, vendía hierbas rosadas,

se sacudía los codos frente al espejo?

Busco a ése

que tiene el corazón ronco como una cascada,

que bucea los alcatraces en la tarde, hacia el río inmortal.


Debido a la acústica hace ruido aquí. Es él.

El no está, más nada, acústica de cavilaciones.

Eso es.


Caracas, 4 de mayo de 1964


***


Visa hacia los astros


Visiones a base de hongos,

a base de ojos de serpiente,

de mirar fijamente el número 1 en un astro;

visiones de no ver nada, celesteando solamente,

lloviendo como si se arrastrara una soga seca.


Vamos a ver lejos, vamos a cerrar los ojos,

vamos a quedarnos solos,

como quien resucita a un muerto;

vamos a sonar todos estos escapularios

en sacaputilos pelados,

vamos a sonambular

con los misterios trús trús.


Vale la pena que esperemos

mientras la bella visa

de su sazonado corazón

remonta el vuelo,

como cantando en la niebla

una canción de vientos y de piedras.


Es necesario esperar qué.

estemos de luto y nos quedemos sin botón.


Caracas, 24 de junio de 1964


***


Fúnebre también


No puedo soportar, mis lágrimas corren como un venado,

el día está gris, se parece a la tipografía garrido;

hoy me pregunto si yo soy un rey o un alfil,

hoy, que estoy vestido con estas cintas moradas,

cuando me digo: muy bien, señor soñador de máquinas izquierdas.


No puedo soportar tanto signo extraño ante mí,

esas paredes que arrastran rostros y gusaneras que se ríen de vivir

y que parecen papeles de polos contrahechos por el café;

no puedo soportar esto en mis ojos,

mejor tener un corazón de indio sin arcilla,

mejor es sentarse sobre esa piedra y ver hacia allá.

Cuántas faltas juntas he cometido?

¿Cuántos pasos insondables di hacia la espalda mortal?


No lo sé, hoy es un jueves gris, atónito de penas,

hoy viviré parado en la otra esquina, a la derecha de la muerte.

Y contaré mis horizontes, téngalo por seguro,

y comprenderé al fin que son no más tres:


El domingo, el que reza y, el que camina.


Caracas, 9 de abril de 1964


***


Pastoral


Hemos vuelto acá mismo, como si tuviéramos que volar,

como si tuviéramos que ir al pueblo aquel de un tacto,

ciegos casi, haciendo, onnilupes en el caminar,

mostrándonos las rodillas, como dos pedazos de ceros,

repitiendo en cabizbajo: ¡cuánto durará la caminada, Señor!


Porque es largo este trayecto entre mi ojo

y la esquina de aquel horizonte que allá veo;

es largo, un camino de garzas, unos polvos de alcatraz,

una sonora nube de espacios enfermos y agriados por mulas.

Para llegar quemaremos el plomo de la entoncera,

el barro a barro, el sendero de hojarasca, los recuerdos,

todo eso que hace llorar en la infancia,

que nos hace descubrir trenzas doradas en la suma del alfabeto,

eso que nos deslumbra cuando entramos al corredor y vemos

sus otoños centrales, sus cuatro esquinas con 8 faroles.


No, no me digas que volvemos a la infancia:

me espera un toro en las 12 lunas del caserío,

y me esperan las gallinas en sempiterna misa de amor

y también los maíces y el olor del jardín cuando llueve.


No me digas que volvemos a la infancia:

tú sabes lo que es caminar 24 soles hacia allá.


Caracas, 12 de abril de 1964


***


Pastorales


Déjame, quiero deslizarme por el mundo abstracto

por la colina sueña perros, en olores ancianos;

déjame, (y el trueno y las cascadas)

no quiero reemplazar este sol de medianoche,

mejor estoy en esta cueva, amarrando los misterios.


Oigo cómo suenan las clavellinas,

cómo bailan las nieblas en sus moños oscuros,

en su profundidad de muerte a bajo nivel;

contemplo este llano y aquella sequía

que inventa fantasmas hasta bajar

a la cumbre donde se cenicientan los retoños.


Déjame, las flores caen

sobre el inflamado invierno. Es tarde.


1


Ya es, tarde para subir al prado,

para ver la vaca, lanzar sus humos

hacia el viento negro que viene de la colina;

ya es tarde, se acercan los duendes,

traen manojos de rosas antiguas

y cuervos para asustar el corazón.


Ya es tarde, es doloroso ver la pradera

vencida por estos meses de invierno.


2


Adiós, recuerdos a Boll, mi hermano oscuro,

mi hermano que regaba la tierra en tardes neblosas

y lanzaba sus cantos hacía el horizonte

donde la tempestad abría garzas lúgubres.


Adiós, no es necesario que vuelvas,

lleva el caballo a pastar,

detrás de las nubes aquellas,

donde se reúnen los animales

a contemplar las piedras

el silencio de la hondonada gris.


Adiós, no hagas caso de las gaviotas:

ellas titilan en el crepúsculo como rosas viejas.


***


Los paisajes de Leafar


Leafar se fue por el sendero, vio el pollino

volteando una laja, vio los juncos

parecidos a mueryos, vio en trigal.

Vio que los leones conversaban con las rocas

en un lenguaje jurcio, y se vio a sí mismo

desde aquellas lomas, arriando el ganado,

oliendo las guayabas detrás de las piedras.

Virgen era, —dijo,—y si paso el río

virgen soy.

Detrás de los ceibos están los fantasmas

Arrugando estos dédalos, con Stefanía,

Están las cóitoras y los manzanos y las queseras.

Volteo hacia Loma Colorada, vio que capaban toros.

Invocó el recuerdo de Agustín y se fue hacia la carpa:

Allí, entre las sombras, un hombre blanco

se escurrió tras el espejo, dejó un 3

gamado con luces fantásticas, dejó un 7

y una ladrillo sobre una topia y una morocota azul.

Bajó hasta las mayas, allí estaba Agustín

con Baltazar, curando las gusaneras a los toros.

Miró hacia las extrañas hondonadas

y sintió que una soga larga se arrastraba entre los peñascales.

Invocó al Ánima del Taguapire

y le puso 13 velinas y se fue a reposar entre los burros.

Era que estaba en la sabana sola

donde se despluman los gallos sexuales

en medio de la laguna donde no hay nadie.

Era la muerte de Agustín, su Padre.

que venía desde la soledad

a traerle una camaza de jobos y un olor a praderas.

No obstante; algo había en el perfil de su nariz,

una cosa ajena, una piedra de extraño.


Abril 14, 1965

 

***

Rafael José Muñoz (Guanape, Anzoátegui, 1928 – Caracas, 1981, Venezuela). Su infancia transcurrió en espacios rurales, trabajando como peón agrícola; luego se desempeñó como tendero en Puerto Píritu, y también fue maestro rural en San Diego de los Altos. Fue colaborador en diversas revistas y diarios, como Élite, Lírica Hispana, Shell, El farol, Revista Nacional de Cultura, Zona Franca. Miembro fundador del grupo Cantaclaro. Obra: Selección poética (1952), Los pasos de la muerte (1953), El círculo de los tres soles (1968), En un monte de Rubio (1979), Doña Piedad y las flores (1981), Sonetos para Zoila Carolina (1982). Los poemas aquí seleccionados pertenecen a la segunda edición del libro El círculo de los 3 soles publicado por el Fondo Editorial del Caribe en 2005. 

Los pretendientes de la señorita inspiración | Luis Britto García

La historia de los pretendientes de la señorita inspiración es a menudo más interesante que las obras que conciben con ella. Pues la inspiración, como la mujer, huye cuando la perseguimos, acosa cuando no la buscamos, da esperanzas para después eludirnos, atormenta con su ausencia, con su presencia nos reduce a la nada. ¿Es de extrañar, entonces, que la conquista de la inspiración presente todas las miserias y grandezas de un cortejo? 

La señorita inspiración rehúye al pretendiente higiénico, metódico, puntual y madrugador. La musa escapa del buen partido que pretende domesticar lo invisible acumulando signos visibles: nombramientos, condecoraciones, homenajes, reconocimientos y galardones ganados como escalafón de cargos diplomáticos o burocráticos. Pues de las elucubraciones del buen partido sólo salen aumentos de la tasa de interés, rutinas de gimnasia, perfeccionamientos de la bomba sólo-mata-gente.

Mujer al fin, la señorita inspiración compadece al infortunado: de allí los arrebatos de genio del presidiario Dostoievsky y de su enamorada Sonia Kovalevska, que sólo en medio de la desventura podía sondear los misterios de la matemática. De allí los fulgores del hambriento Vallejo y del tuberculoso Kafka, los tropeles de visiones del ciego Milton, los abstractos paisajes del invidente Borges. Loca de la casa, la musa sólo se encapricha con los casos perdidos: el niño Lautreamont que juega con pulpos de mirar de seda, el adolescente Rimbaud que considera un deber cultivar el sagrado desorden de los sentidos, los subversivos García Lorca y Roque Dalton, fusilados de nuevo todas las madrugadas del mundo. 

La señorita inspiración reduce a su pretendiente a las servidumbres del enamorado. Hay quienes la convidan a un café, como Voltaire y Buffon y Fontenelle y Balzac; Juan Sebastián Bach además le compone una Kofee Cantata. Colette la engolosina con comilonas de ternera; Georges Simenon se propasa hasta la botella de Bourdeaux por capítulo; Flaubert, hasta la pipa y media por página. Poe pretende pescarla con una red de razonamientos abstractos ahogándose en un remolino de whisky barato. Diderot aspira a hechizarla envuelto en su bata de casa. Wagner y Oscar Wilde la tientan con aposentos de raso. Rodin recurre a los espectáculos, haciendo pasearse y moverse al azar una multitud de modelos desnudos hasta que una actitud le parece interesante. Nietzsche recomienda escribir con sangre, para descubrir que la sangre es espíritu. Como haciéndole caso, Ramón Gómez de la Serna redacta con ocho estilográficas, todas sangrando tinta roja. Guy de Maupassant le coquetea aspirando éter; Thomas de Quincey la convoca comiendo opio; Baudelaire, fumándolo hasta envolverla en sahumerios de Paraísos Artificiales. Artaud la convida con hongos alucinantes; Huxley con dietilamida del ácido lisérgico; Agustín Lara, con tequila. Pero no hay que engañarse. La gracia hiere el corazón, no el hígado. Ni la musa ni la inspiración caen con estratagemas baratas. Es a pesar de ellas, y no por ellas, que la iluminación encuentra el camino hacia sus elegidos. 

La señorita inspiración, como el flechazo, hiere de una sola puñalada; como el amor, no es inmune a la paciencia. Un asedio puede durar toda la vida, como el de Goethe escribiendo el Fausto, o traducirse en centenares de bosquejos desechados, como los de Picasso preparando Guernica.

La musa acude a veces a quien la invoca con rituales inútiles, como los de Dostoievsky al dibujar obsesivamente rostros y arquitecturas fantásticas antes de escribir, o el de García Márquez al mecanografiar de nuevo toda la página en donde se había colado un error. John Steinbeck sacaba punta a sesenta lápices blandos. La señorita inspiración se deja ablandar a veces por el metódico uso del trasero, pues para escribir, según Cabrujas, no hay mejor método que sentarse a hacerlo.

Joven salaz, la inspiración gusta de la alcoba y la oscuridad. Pues como dice Cocteau, el poeta es el sirviente de la noche. La imaginación nos visita disfrazada de sueño, y es entonces cuando con más violencia debemos poseerla. En una pesadilla vislumbra el químico Kekulé la imagen de la serpiente alquímica que se muerde la cola: de ella extrae la fórmula de los anillos bencénicos, clave de la química orgánica. Cuando la amante arriba, llega el momento de la encerrona: Flaubert planea anunciar su propia defunción para que no lo molesten, Balzac se esconde, más que de los acreedores, de los importunos. Goethe se encierra hasta agotar el asunto, se levanta a media noche a escribir sus ocurrencias en creyón, pues el rasgueo de la pluma las espantaría.

Amante posesiva, la señorita inspiración no consiente ser compartida con tertulias, montoneras ni mafias. La única utilidad posible del agavillamiento literario es el bombo mutuo y el saqueo de prebendas. Toda aglomeración es contraria al idilio. Dios creó porque estaba solitario.

Como en el amor, creemos que todo alejamiento de la señorita inspiración se debe a un malentendido, sin saber que es culpa nuestra: somos nosotros quienes nos separamos de nosotros mismos. Puesto que, mujer sabia, la señorita inspiración desprecia a quien no se le entrega enteramente. Así como hay misóginos, hay musóginos, que parecen odiar la inspiración. Nada tan matapasiones para un amorío o una obra maestra como la interrupción o la flojera. Las obligaciones, los deberes, las deudas, la sociabilidad y las mil diligencias menudas disipan tan rápidamente la inspiración como el amor. Todo abandono es peligroso. Coleridge deja inconclusa su obra maestra “Kluba Kan” porque un idiota lo interrumpe. Balzac describe que ante la pereza de Steinbock, su personaje de La prima Bette, “la inspiración, esta locura de la generación intelectual, huía con alas desplegadas del aspecto de este amante enfermo”. 

La señorita inspiración colma de dicha a sus adeptos y juega malas pasadas a quienes la cortejan sin el debido respeto. ¿Para qué quedan los vírgenes de la inspiración? Para firmadores de manuales que otro ha escrito, hazmerreír en escándalos de plagio, galardonados sin obra y premiados en función del cargo burocrático. Lo que inspiración no da, mafia no presta. Todo se sabe.

martes, 27 de octubre de 2026

Diez poemas de Mariela Cordero

Título: El desconocido (2024)

Autora: Mariela Cordero


***


Palpar la cicatriz

fisura


inextinguible


del

recuerdo.


***


Un cuerpo al que pudieras hacer arder


 

No veas detrás de mí la ristra de cadáveres

que parece asediarme y seguirme

desde un territorio caluroso y lejano.


No veas el signo de desamparo que hay en mis ojos,

febriles por ver tantos incendios.

No veas en mi carne el epítome de un país

ensangrentado.

 

No sientas en mi estremecimiento

el temblor

de los sufren,

este miedo es único y me pertenece,

no distingas en mi voz

alaridos de aparecidos,

concédeme el privilegio

de una desolación propia.


No veas en mi rostro

celajes

de ninguna patria

danzando con la muerte.


Sólo quiero que veas este cuerpo que soy,

sustancia persistente

sin espectros

piel y huesos.

Un cuerpo

al que pudieras hacer arder


 ***


Entregarse


Entregarse

como una historia que se derrite

exponer

la arruga y la cicatriz

revelar también

la sonrisa contundente del cuerpo

dar de beber el agua turbia del corazón.


Entregarse

descalzo

sin más atavío que el candil

de los ojos indomables,

puro

como quien se entrega

a la muerte.


***


El sol

en declive


apacible la tarde

se entrega


a la voracidad

del

ojo


***


Alguna vez seguiste el curso de las jaurías


Alguna vez seguiste el curso de las jaurías

guiado

por aquel olor a surcos

poseído

por el mareo

que se derramaba sobre la multitud.


Ciego

aprendiste a morder

y a desgarrar como los otros.


El amanecer

rasgó el velamen

menguante

de la noche

para ofrecerte un horror

recién nacido.


Mataste a los tuyos en la oscuridad

tú eras parte

de lo débil que devorabas

tú eras

la presa.


***


Frágil como lo absoluto


 Frágil


como lo absoluto


así


emerge


la caricia


***


Territorio sucio de danzas


Caminas hasta la periferia del mundo

mudas de piel y de escenario.

Despintas con cada paso

toda realidad antigua

de plagas y prisas.


Te abrigas

con el manto

de una mirada al azar.


Llegas al país que amas

aquel territorio

sucio de danzas

y de ebrios

enraizados en la luz

donde

la vergüenza aún

no existía.


***


El principio del cielo

 

La radiación es una tiránica ama


que desea lamer con su incendio


a todos los cuerpos


que se mueven, vibran o se arrastran


sobre la tierra.


Persigue la saciedad de estallidos ardientes


o el goce sanguinario del mediodía.


Al mismo tiempo, debajo de lo absoluto


las bocas se enrojecen


al pronunciar la palabra

sed


***


Temblor


Hoy podemos temblar

gritarnos al oído el todo dolor de la espera

contar como bebimos el océano


para encontrarnos.


Antes del escalofrío predestinado de este cuarto blanco

¿Éramos sólo un número en esta tierra sonámbula?


Ahora somos una ciudad que tirita de risa

con el corazón en los dedos

y los pechos juntos incendiados de hormigas.


Ceñimos la mitad del infinito

hoy podemos temblar uno

dentro

del otro 


***


Ardor para morir


Un cuerpo bravío o lánguido

según dicte la marea de la sangre

y las conexiones erráticas

del clima

o la hora exacta de la apertura de los pétalos,

morada

en trance donde termina la ficción.

 

Un cuerpo

es ardor

para morir.

 

***

Mariela Cordero (Valencia, Venezuela, 1985) es una poeta, abogada, traductora y artista visual venezolana. Su obra ha sido traducida a múltiples idiomas (como el hindi, checo, estonio, serbio y shona) y reconocida con diversos galardones internacionales. Entre sus obras destacan El cuerpo de la duda (2013), El idéntico incendio (2015), Transfigurar es un país que amas (2020) y La larga noche de las jaurías (2023). Su poesía ha sido premiada internacionalmente en países como Argentina, Ecuador, Italia y España.