lunes, 11 de mayo de 2026

Seis poemas de Ono No Komachi


Las noches de otoño

son sólo largas de nombre:

nada más encontrarnos, 

sin apenas cruzar palabra

llegó el amanecer.


***

El color de las flores

ya pasó en vano,

mientras mi cuerpo

pasaba por este mundo

mirando las largas lluvias.


***

¿Será que lo vi

por haberme dormido

pensando en él?

De haber sabido que era sueño,

No habría despertado.


***

En la realidad

sé que debe ser así,

pero qué tristeza

cuando hasta en sueños

me sigues evitando.


***


En la noche sin luna

cuando no puedo verle,

e querer me despierta

llamas latiendo en el pecho

y el corazón me arde.


***

Sin mostrar su color,

lo que va cambiando

en este mundo,

ahora sé que es la flor

del corazón de la gente.


Del libro Poesía clásica japonesa, traducido y editado por Torquil. Duthie, 2005.

Ono No Komachi dibujada por Kikuchi Yōsai (1781 – 1878)

Nada se sabe de sus fechas y de su biografía. Sólo se conoce que fue muy activa a mediados del siglo IX. Era famosa por su singular belleza y Komachi es hoy sinónimo de belleza femenina en Japón. También figura entre los Treinta y seis inmortales de la poesía.

sábado, 9 de mayo de 2026

Doce poemas de Nesfran González Suárez



Vulnerable


Entre la hierba, bajo mis pies,

incluso una brisa suave es tempestad.

Ko Un


****


El segundo evento pluvial carniense

sería el título para un largo poema.


Mientras escampa

recuerdo con nostalgia 

los libros de mi biblioteca perdida.


Como si nunca hubiesen existido.


***


En tiempos de Tiberio

nació una niña en la isla de Capri.


Una voz la proclamó descendiente de Zoroastro

y sus padres, para salvarla

de un destino trágico 

la llevaron a la lejana Judea.


Fue conocida como María Magdalena.


Sus discípulos aún elevan plegarias 

allí, donde el alma se niega 

a dar un paso en falso.


***


Extranjero pobre

ilegal agotado

algunas veces enfermo.


Nadie conoce más 

el significado de la palabra 

              desventaja.


***


Hebras de pasión 

invaden el cuerpo 

a través de los poros.


Así como el canto

llena al gallo de Montejo.


La liberación es a raudales

cuando abre la represa 

y un frío estremecedor 

recorre las piernas.


***


Guardo en un cajón

improperios y argumentos. 


Pero el olvido, cruel y ladino

me deja desamparado.


El silencio no es el único

que se oculta

en los rincones de la casa.


***


Soy varios elementos 

en un solo cuerpo.


Si los sacas del círculo 

paso a ser un espectro. 


¿Qué se siente amar a un espectro?


***


Expectativa. 


Palabra que pasa

por debajo de la mesa.


Madre

de todas las frustraciones.


***


Las gotas caen

una sigue a la otra

uniformes

continuas 

cristalinas.


Ignoro cuál tendrá el privilegio 

de rebosar el vaso.


***


¡Oh! piadoso soldado romano

que evitaste las burlas

y la agonía 

al hundir tu lanza en el costado

de nuestro Señor Jesucristo 

acelerando su muerte inminente. 


Ruega por nosotros. 


***


La superstición habita en la madurez. 


Es un alma en pena. 

Un fantasma encadenado. 


Todo cambia. 


Hasta la forma de llorar.


***


Cuando la poesía abandona 

siempre queda una taza de café 

tibio

sin origen 

sin azúcar.


***


Vulnerable 

como un castillo sitiado

sin alabarderos

ni arbalesteros

y el fuego penetrando 

cada una de sus grietas.

martes, 5 de mayo de 2026

Cien años de soledad: El otro modo de narrar a América



-Gabriel Jiménez Emán-


La literatura de índole popular se mueve a veces entre dos extremos: el de entrar al circuito del consumo masivo por un lado, y por el otro en el de crear un ámbito hermético puramente intelectual. La novela, vehículo y reflejo en pasados siglos de la sensibilidad popular, es actualmente una forma y un arte de minorías. En todo caso, las novelas que más se leen hoy no son precisamente novelas literarias, sino las novelas “producidas” por editoriales para un público cautivo, es decir, para un público del que se pretenden conocer previamente los gustos. Como escuché decir alguna vez a Salvador Garmendia: “En el siglo diecinueve los novelistas escribían para un público; en buena parte del veinte escribieron para los críticos, y ahora escriben para las editoriales”. Yo agregaría: para lo que las editoriales “creen” que es el público.

La novelística latinoamericana, que estuvo un tanto aletargada después de la época romántica —cuando se leían con fruición novelones como María, de Jorge Isaacs—, tuvo algunos parangones de popularidad durante el Modernismo, con autores como Leopoldo Lugones, Rufino Blanco Fombona o Manuel Díaz Rodríguez. Pero estas obras palidecieron ante las tendencias del realismo norteamericano en narradores como William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway o Truman Capote. En Venezuela, un novelista como Rómulo Gallegos llevaría a la cima las posibilidades de un nuevo realismo vernáculo en la novela hispanoamericana, dando paso en décadas siguientes a otras tendencias más enraizadas al barroco, la fabulación de la historia, la imaginación lírica o los juegos paródicos. Fue así como a mediados de los años sesenta del siglo XX —más precisamente en el año 1967— la obra de un periodista y cuentista inventivo de Colombia, de temperamento trashumante e imaginación calenturienta, entró, después de salvar muchos escollos editoriales, al difícil arte de la novela guiado por un enorme olfato y un golpe de suerte, al convertirse una de sus obras en el libro más leído y comentado de la literatura hispanoamericana de aquella década y, según pudo demostrarse luego, de las décadas subsiguientes.

"Cien años de soledad' apareció en una fecha bisagra de esa década llamada prodigiosa. Los acontecimientos políticos y culturales de entonces favorecieron su recepción; ya escritores maduros de América Latina estaban siendo focos de atención: Borges, Carpentier, Cortázar, Rulfo. Había en ellos algo que traspasaba los límites del naturalismo y del verismo racionalista. Mundos metafísicos (Borges), absurdos (Onetti), fantásticos (Cortázar), maravillosos (Carpentier), o fantasmales (Rulfo) sirvieron de antesala a Cien años de soledad y en cierto modo le prepararon el terreno. La novela se publicó en una discreta edición de la editorial Suramericana de Buenos Aires, después de haber corrido poca suerte en otros sellos. El libro comenzó a venderse por encima de las expectativas, y hubo de reimprimirse varias veces. En pocos meses, ya había adquirido un nivel de ventas que sorprendió al propio autor y a los editores (primero a Carlos Barral y luego a Carmen Balcells, ambos catalanes y artífices de este boom editorial) y ya para finales de la década se había convertido en “el fenómeno” de popularidad de las letras hispanoamericanas. A ello se unió el clamor de la crítica y el carisma personal de García Márquez, que revelaba en cada entrevista una anécdota chispeante y diferente, salpicada de humor e irreverencia. La novela abandonaba así los recintos académicos y volvía al dominio de lo popular.

Pese a manejar una saga de personajes bastante compleja y un lenguaje ciertamente elaborado, García Márquez logró insertar en el entramado de sus historias otras pequeñas historias o subtramas, muy bien seleccionadas del imaginario popular: cuentos de camino, crónicas apócrifas, chismes y hasta chistes. Se valió para ello de sus ardides de buen periodista, imprimiéndole fluidez al discurso narrativo. En su permanente desenfado, García Márquez se atrevió a decir que había descubierto en su novela una cantidad enorme de errores, incongruencias y gazapos, cuestión dicha con la mayor naturalidad. También declaró que se había divertido mucho leyéndola después de diez años. Con todo ello creó una mitología en torno a su figura, la cual se tornó emblemática del escritor popular (recibe el Premio Nobel de Literatura vestido de traje liquiliqui); aun cuando confesó estar cansado de la fama, se rodeó de actores y actrices de cine y presidentes progresistas, escribió guiones y fundó talleres cinematográficos, pero se negó sistemáticamente a ceder los derechos de "Cien años de soledad_ para que ésta fuese llevada al celuloide. Cuando la novela mereció el Premio Rómulo Gallegos en Caracas, donó el jugoso monto del galardón al partido político Movimiento al Socialismo, para ratificar su vocación socialista, que ya venía avalada por su amistad con Fidel Castro. En fin, todo un banquete para la promoción en los medios.

Pero sigamos con la novela. Otra virtud de esta obra es el afianzamiento en temas poco edificantes: el fracaso, la guerra, la soledad, la miseria, la muerte. Éstos conducen su escritura hacia la tradición moderna de los antihéroes y, por qué no, hacia una cierta tradición pesimista muy acorde con los tiempos. Sus personajes son plenamente verosímiles, aunque tocados siempre por las situaciones sorprendentes o afantasmadas, lo cual permite conectar estas situaciones a logros fantásticos; también a los sesgos del archiconocido “realismo mágico”, rótulo que facilitaría su inclusión dentro del controversial canon del realismo mágico (un canon que, por cierto, no agrada para nada al nuevo pope del canon literario occidental, Harold Bloom), para catapultar toda su obra bajo este rubro, cuestión que no pasó del mero clisé y de las clasificaciones académicas.

De cualquier modo, hay pocos casos de imaginación tan bien administrada y razonada, como los presentes en este libro. No soy amigo de buscar influencias, pero ya se han citado ampliamente los ecos de Faulkner, del Orlando de Virginia Woolf, de Graham Greene, de Kafka o de Hemingway. Yo me atrevería a decir que en García Márquez se acrisolan influencias diversas de la literatura occidental del siglo XX. Para citar sólo algunas de las más notorias, podemos elucubrar con el asombro que le produjo "La metamorfosis", de Franz Kafka, donde desde el primer párrafo un hombre se encuentra “convertido en un monstruoso insecto”; luego, un personaje hermafrodita o de sexo ambiguo como el "Orlando" de Virginia Woolf posee un desenfado tan grande y hace cosas inusuales o asombrosas en un marco realista; luego, mezcla todo eso con elementos de la narrativa norteamericana como los cuentos de fantasmas de William James, o de las novelas de William Faulkner, quien crea (o mejor inventa) el pueblo de Yoknapatawpha para fundar desde éste una épica personal, y que García Márquez parodia en su Macondo; finalmente, una novela como "Pedro Páramo", de Juan Rulfo, le permite verificar, en un pueblo fantasma como Comala, la transfiguración de sus habitantes, quienes se mueven en un ámbito de soledad o abandono, y que a su vez contienen en sí mismos los secretos de la tierra. Esta sería sólo una de las tantas digresiones especulativas que pueden realizarse acerca de esta obra, así como la crítica de entonces se volcó a hacer relaciones de posibles influjos en nombre de aquello que el crítico estadounidense Harold Bloom llamó “la angustia de las influencias”, y que permitió al mismísimo Miguel Ángel Asturias —para entonces Premio Nobel de Literatura— acusar a García Márquez de plagiar en su novela a no sé qué obra de Balzac, asunto que causó cierto revuelo y hasta malestar.

Otra cosa que se podría anotar como modus operandi en "Cien años de soledad" es que va de lo particular a lo general, del detalle al todo. No le interesan al escritor los magnos héroes o los grandes acontecimientos, los escenarios fastuosos ni los destinos trascendentes. Todo lo contrario: le atraen los fracasados como Aureliano Buendía, o enjutas como Úrsula Iguarán, o tocados por la fatalidad como Remedios, la bella, quienes se mueven en ese pueblo solitario de Macondo, donde el humor dramático es un elemento importante. No hay esencialismos ni tesis ideológicas a demostrar, aunque sí marcos históricos o geográficos precisos: el de la industria bananera de su pueblo de Barranquilla en el Magdalena colombiano; las luchas guerrilleras que han sacudido a su país; en fin, una serie de sucesos que permiten ubicar acciones de personajes en contextos concretos de Colombia, pero a éstos García Márquez tuvo el cuidado de no regionalizarlos o de identificarlos directamente con lugares reales; antes bien, los sometió a una suerte de tamiz, desde el cual logra ubicar a sus personajes en un ámbito mayor. Con esta novela expiran el realismo social, el psicologismo, el positivismo, el historicismo, el sociologismo y todos los esencialismos programáticos.

Otro de los elementos de primer orden en la construcción del mundo garciamarquiano es el humor. Pese a las numerosas situaciones dramáticas y trágicas, siempre se mantiene una atmósfera sonriente de humor, de un humor criollo lírico, de modo que éste ilumina la condición fatalista u oscura de los sucesos o las conciencias. Finalmente, asomo un valor de base: el valor poético. En pocas novelas de Hispanoamérica hay tanta valoración de la música verbal, tal sugerencia en las imágenes e indagación en las situaciones de naturaleza misteriosa; en fin, todo el libro se cierra en una suerte de metáfora sobre la muerte y la soledad, dentro de una dimensión iluminadora y sensible.

Otra cosa que admiré siempre en este libro fue la precisión de sus diálogos. Son escasos a lo largo de la novela, muy lacónicos, o están presentados en forma de monólogos que contienen siempre un ingrediente filosófico diestramente manejado, no exento de humor. Porque si de humor hablamos, García Márquez lleva a su cúspide el arte de la “mamadera de gallo”, el bochinche, el humor criollo, común a los pueblos del Caribe dotados de esa picardía tan especial, donde está siempre presente la inteligencia cotidiana para la sobrevivencia y que la sirve al mismo tiempo para suavizar nuestros dramas y nuestras tragedias. Yo creo que este humor aparece en nuestra novelística por primera vez con este rango gracias la prosa ágil de García Márquez, que ya habría venido trabajando en sus crónicas periodísticas de juventud en diarios colombianos.

Finalmente, quisiera señalar en esta obra de García Márquez (pero también en "El amor en los tiempos del cólera, "Crónica de una muerte anunciada" y "El general en su laberinto"; sus grandes obras) el que quizás es su logro más importante: su dimensión poética. García Márquez se formó en las lecturas de los poetas del grupo "Piedra y Cielo" de Bogotá (con Eduardo Carranza y otros a la cabeza) y de los poetas románticos, del Siglo de Oro español y modernistas hispanoamericanos que tanto le impresionaron, y de quienes se sabía de memoria sus poemas. En esencia, la cualidad mayor de su lenguaje reside en su capacidad lírica, en su vuelo lingüístico, en un desenfado verbal que encuentra su horma mejor en los elevados registros de su asombrosa adjetivación, de un ritmo terso y musical, desde donde siempre surgen hallazgos de metáforas inusitadas e imágenes renovadoras.

No sé cuántos estudios o artículos se habrán escrito sobre este libro; probablemente es la obra de mayor influencia en la novelística hispanoamericana posterior; una influencia que pudo ser nociva si hablamos de los imitadores al uso, y no, desde luego, de la perspectiva enriquecedora que ésta abrió. De los estudios que leí hace tiempo destaco los de Ángel Rama, Álvaro Mutis, Luis Hars, Julio Ortega, Juan Gustavo Cobo Borda y Carlos Fuentes. Artículos de escritores de lenguas extranjeras que me han gustado son los de Thomas Pynchon y Ernest Jünger. A cuarenta y siete años de la primera edición de Cien años de soledad vale la pena preguntarse si ha resistido lecturas más concienzudas y menos apasionadas, y la respuesta es que sí. Me atrevería incluso a afirmar que ha crecido en el tiempo, como lo hacen los verdaderos clásicos. Abro la novela al azar y aún la leo con placer imaginándome al García Márquez de 39 años viéndola editada —y a mí, de 17, leyéndola—:

"Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso. De acuerdo con su última voluntad, la enterraron sin ataúd, sentada en el mecedor que ocho hombres bajaron con cabuyas en un hueco enorme, excavado en el centro de la pista de baile. Las mulatas vestidas de negro, pálidas de llanto, improvisaban oficios de tinieblas mientras se quitaban los aretes, los prendedores y las sortijas, y los iban echando en la fosa, antes de que la sellaran con una lápida sin nombre ni fechas y le pusieran encima un promontorio de camelias amazónicas. Después de envenenar a los animales, clausuraron puertas y ventanas con ladrillos y argamasa, y se dispersaron por el mundo con sus baúles de madera, tapizadas por dentro con estampas de santos, cromos de revistas y retratos de novios efímeros, remotos y fantásticos, que cagaban diamantes, o se comían a los caníbales, o eran coronados reyes de barajas en altamar."

Conocí a García Márquez en Caracas, en el año 1974. Charlamos un rato en un café de Sabana Grande, acompañado de Salvador Garmendia y Domingo Miliani. Esta conversación fue para mí muy estimulante, pese a ser breve, pues él estaba siempre acechado por los periodistas. Tomamos café, él era conocido y amigo de Miliani y Garmendia; habló con ellos un buen rato sobre Venezuela, Colombia, sobre literatura y amigos comunes. Yo apenas oía y aprendía de ellos. Se despidió (“Mucho gusto, tocayo”, me dijo) y le vi alejarse con un ejemplar de mi primer libro, Los dientes de Raquel, en su poder. Desde ese momento me prometí emularlo.

En abril de 1996 le vi de nuevo en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas, México, y apenas pude estrecharle la mano en medio del tumulto que se agolpaba para saludarle. Acaparó más público que el mismo rey de España. También fue muy controvertido su discurso en ese congreso, ampliamente comentado en los medios de todo el mundo, donde habló de la importancia de cometer errores o de hacer caso omiso de la gramática. Por supuesto, he leído sus libros posteriores, y sobre algunos de ellos he escrito ensayos y comentarios, a veces adversos. Aunque no incurriré aquí en la inelegancia o en el lugar común de decir que sus demás libros no han superado a su famosa novela, llamada por alguien “la novela total” u otras sandeces. No hay algo que un escritor deteste más que reduzcan todo su esfuerzo literario a una sola obra, tendencia que al parecer es irreductible entre los lectores superficiales.

Simplemente se trata de trabajos de índole diversa o de distinto tenor. En cualquier caso, saludo que haya surgido un escritor como él, tan lozano y maduro, azaroso y pertinaz a un tiempo, tan dotado para la ficción como para el periodismo. De hecho, García Márquez es posiblemente el mayor periodista literario de América en el siglo XX, el escritor que le devolvió a la crónica periodística su dignidad estética, asunto que se puede constatar en la lectura de sus trabajos reunidos en los volúmenes Entre cachacos y Obra costeña, preparados por el profesor Jacques Gillard.

Su saga de los Buendía permanecerá como una de las creaciones más originales del continente, tan enraizada está a la inventiva popular y a la imaginación oral de esas pequeñas aldeas que se resisten a morir en el olvido, el abandono o la soledad, a lo largo de la vasta e inagotable geografía americana.

Su flor amarilla, su sonrisa jovial, su entereza humana y su identificación con ese pueblo de donde extrajo sus mejores historias, le convierten en el protagonista de un hermoso cuento que pudo haber salido de su propio pulso.

lunes, 4 de mayo de 2026

Rock progresivo (y esas cosas)... IX

 

-Roberto Santana- 


La alquimia de la neblina: El paisaje interior de Brumas


Aquelarre llegó a ser uno de los centros más sofisticados del pensamiento musical argentino. Almendra había dado nacimiento a una mística y Pescado Rabioso fue la explosión de la carne y el instinto. Aquelarre representó la madurez del espíritu artesano. Con Brumas, la banda no sólo entregó la perla sensorial de una Buenos Aires que se desdibujaba entre la efervescencia política y una melancolía que ya presentía el cierre de una época. Este disco se habita como quien camina por una ciudad húmeda antes del amanecer.


El suelo que temblaba: Argentina entre el regreso y el abismo (1972)


Retroceder un par de años y respirar el aire de 1972 es entender el pulso de Brumas. Argentina vivía un tiempo de sístole y diástole extrema. El gobierno militar de Lanusse se agotaba mientras la figura de Perón, tras diecisiete años de exilio, proyectaba una sombra que lo ocupaba todo. Era un país de una politización febril, donde el arte había abandonado la complacencia para volverse un territorio de rebeldía y reflexión. 

En Buenos Aires, la cultura joven no era ajena a la tragedia. El fusilamiento de 16 militantes de organizaciones armadas peronistas y de izquierda el 22 de agosto de 1972 tras una fuga fallida del penal de Rawson –recapturados y ejecutados por la Marina en la base Almirante Zar– marcó un punto de no retorno, pero al mismo tiempo existía una fe casi ciega en la capacidad del hombre para transformar la realidad a través de la palabra y el sonido. Económicamente, el país empezaba a sentir las grietas de una inflación creciente y una inestabilidad que empujaba a los artistas hacia una introspección más densa, alejándolos del optimismo "beat" de finales de los sesenta.


La consagración de la complejidad


Para el año 1973, el Rock Progresivo Argentino —entonces llamado simplemente "música progresiva"— había alcanzado su mayoría de edad. Ya no se trataba de imitar los patrones de Londres; se trataba de fundar un lenguaje propio. Es el año de Artaud y del nacimiento de Invisible, un momento donde el virtuosismo técnico se ponía al servicio de una lírica surrealista y profundamente urbana. La escena era un hervidero de sellos independientes como Talent (de Jorge Álvarez) que daban cobijo a obras que exigían una escucha atenta, lejos de la distracción comercial.


Los cuatro elementos: Contexto biográfico de Aquelarre


Aquelarre no fue una banda de principiantes, sino un cónclave de maestros. Emilio del Guercio y Rodolfo García traían consigo el linaje dorado de Almendra, pero lejos de reciclar nostalgias, buscaron una nueva aspereza. Al unirse a la guitarra visceral de Héctor Starc (proveniente de un rock más crudo y directo) y las teclas profundamente jazzísticas de Hugo González Neira, crearon un organismo único con su debut de psicodelia pesada en 1972. Al momento de gestar Brumas, el grupo ya había aceitado su dinámica interna tras dos años de giras constantes, consolidándose como una unidad donde nadie era solista porque todos eran la banda.


El parto de la niebla: Circunstancias del lanzamiento


Brumas fue grabado en los estudios Phonalex a finales de 1973 y lanzado a principios de 1974 bajo el sello Talent/Microfón. El lanzamiento ocurrió en un momento de transición dolorosa para la Argentina: la muerte de Perón en julio del 74 y el ascenso de la violencia paraestatal. El disco apareció como un refugio estético; una obra que, aunque no contenía consignas políticas directas, lograba capturar el "clima de época" a través de una elegancia melancólica que resonaba con la incertidumbre del público joven.


Materia y fluidez: Estética, producción y sonido


Si algo define a Brumas es su textura orgánica. A diferencia de otros discos de la época que buscaban la saturación, Brumas apuesta por el aire. La producción es de una claridad meridiana, permitiendo que cada instrumento respire en su propio plano sonoro. 

Es un álbum de claroscuros. Hay una calidez casi maderil en la base rítmica que contrasta con el brillo eléctrico de los teclados. No busca el estruendo, sino la intensidad. También es una intersección magistral entre el blues progresivo, el jazz-rock y la tradición de la canción rioplatense. Hay una "argentinidad" intrínseca en sus cadencias que lo aleja del mimetismo anglófilo.


La trama de los sonidos: Arreglos e instrumentación


La instrumentación en Brumas es un ejercicio de contrapunto constante. 

Hugo González Neira opera como el colorista principal a través de un uso magistral del órgano Hammond. Es la textura de este instrumento lo que otorga al disco su densidad característica, moviéndose entre la urgencia del blues y una atmósfera de cámara sombría. Este cuerpo sonoro se ve complementado por intervenciones selectas de piano Fender Rhodes y clavinet, que aportan los matices sofisticados y los sutiles acentos funk que terminan de definir el clima del álbum.

Héctor Starc ejecuta un trabajo de orfebrería con la guitarra, distanciándose del exhibicionismo técnico para priorizar la expresividad de la materia sonora. A través de un uso quirúrgico del pedal de volumen y el wah-wah, Starc renuncia a la linealidad de los solos convencionales para generar mareas de sonido que aparecen y desaparecen orgánicamente. Su interpretación se convierte en una extensión de la atmósfera del disco, alternando ataques cristalinos con texturas eléctricas que envuelven la rítmica, logrando que la guitarra funcione más como un generador de estados de ánimo que como un instrumento solista.

Emilio del Guercio y Rodolfo García ratifican en esta obra por qué constituyeron la sección rítmica más influyente y orgánica de su tiempo. El bajo de Emilio trasciende la función de anclaje armónico para transformarse en una entidad melódica propia, tejiendo líneas que dialogan y se entrelazan con la voz en un contrapunto casi lírico. A su lado, García sostiene la estructura con un pulso que amalgama la sutileza de la síncopa jazzística con el peso y la solidez del rock más puro, logrando una cohesión interpretativa donde el ritmo no es una base externa, sino el latido interno que da vida a la composición.


El desarrollo de una estirpe: De Candiles a Siesta


Candiles (1973), el álbum anterior, era una obra de tierra y fuego; más directa, más pesada y con una raíz bluesera más evidente. Brumas representa una sublimación. La banda abandona la "llama" para adentrarse en la "niebla". Si Candiles era el pulso de la calle, Brumas es el pensamiento que ocurre tras la ventana. Musicalmente, Brumas es más complejo en sus desarrollos armónicos y menos dependiente del riff.

Siesta (1975), el álbum posterior, llevaría la sofisticación rítmica a un extremo casi académico. Es un disco de una luz más blanca y estática, donde la experimentación con tiempos impares se vuelve el eje. Brumas guarda un equilibrio precioso: conserva la emoción visceral del rock pero ya vislumbra la intelectualización que definiría a Siesta.

Los tres discos (además del debut) son de alta calidad y en ellos se dibuja con nitidez la evolución estilística de una banda cuyos miembros ya poseían una sólida experiencia antes de su fundación.


El espejo de sus pares: Aquelarre en el contexto general


Sui Generis – Pequeñas anécdotas sobre las institucionesMientras Charly García utilizaba los sintetizadores para la sátira política y el retrato social ácido, Aquelarre en Brumas optaba por la abstracción poética. Sui Generis es el grito en la plaza; Aquelarre es el silencio en la biblioteca. Musicalmente, Aquelarre era técnicamente más robusto como ensamble, mientras que Sui Generis priorizaba la narrativa lírica.

Arco Iris – Inti-Raymi: El trabajo de Gustavo Santaolalla buscaba una espiritualidad ligada a la tierra y al sol andino, una "mística del afuera". Brumas es una "mística del adentro", profundamente urbana y nocturna. Donde Arco Iris usaba la flauta y el aire de montaña, Aquelarre usaba el Rhodes y el cemento de Buenos Aires.


La imagen de lo invisible: Apoyos visuales


No existen videoclips promocionales que acompañen al álbum. Sin embargo, la portada (diseñada por Enzo Manzini) es el complemento visual perfecto: A través de un contraste extremo, los rostros de los cuatro integrantes de Aquelarre se desdibujan hasta casi volverse fragmentos de luz que emergen de un vacío absoluto. Esta elección visual no es accidental: actúa como una metáfora visual de la "bruma" del título. La imagen no intenta ilustrar la niebla, sino que la encarna mediante la ausencia de nitidez y el predominio de la sombra, capturando esa sensación de incertidumbre y misterio que atraviesa todo el álbum. 


Trascendencia y huella histórica


Para la carrera de Aquelarre, Brumas fue el peldaño que los consolidó como una de las bandas más respetadas por sus colegas. Fue el disco que demostró que se podía ser complejo sin ser ininteligible. Su trascendencia en el rock argentino es total: fijó un estándar de producción y de "buen gusto" interpretativo que influenciaría a generaciones de músicos de jazz-rock y rock progresivo en toda Latinoamérica.


Clasificación: •Excelente


Clasifico a Brumas como un álbum •Excelente porque representa el punto de equilibrio perfecto en la discografía de la banda. No posee la crudeza a veces dispersa del debut, ni el exceso de cálculo rítmico que por momentos asoma en Siesta. Es una obra donde la técnica, la poesía y el clima social de una Argentina en sombras se fundieron para crear un objeto sonoro irrepetible. Es la definición misma de la madurez artística.


Aquelarre – Brumas (1974) 


•Argentina

•Rock Progresivo

•Rock Progresivo Psicodélico 

con influencias de

•Prog Folk


•Excelente


Músicos


- Héctor Starc / guitarra, bajo, voz principal (3) y coros

- Hugo González Neira / clavinet, órgano Hammond, Fender Rhodes, clavinet, voz principal (7) y coros

- Emilio del Güercio / bajo, guitarra acústica, piano, voz principal (1, 4-6)

- Rodolfo García / percusión, voz principal (2, 6) y coros


Con:

- Rodolfo Alchourrón / arreglos y director de orquesta (4)



Si quieres escucharlo, toca el enlace:

https://t.me/MusicaProgresiva/2749

domingo, 3 de mayo de 2026

Seis poemas de Marcos Veroes Vegas


1.


Hablo al mundo

las bondades del paraíso


Mis palabras insuficientes

caen como hojas secas

al pie del árbol estremecido

por la fuerza secreta del universo.


2.


La noche llega con sus tonos

La brisa trae diciembre 


Estoy en un cuerpo prestado que caduca.


3.


Que le des frescura 

a la mirada mía que te busca,

desnuda deseo verte 

en la luz matinal 

que inicia el día de cada día.


Esa es la hora 

en la que te veo clara, 

desvaneciendo el suspenso,

erguida, en el umbral del día,

clara en mí, 

toda sonrisa de satisfacción

y malicia.


4.


La luz del día

nunca fue tan clara

como en esta orilla de mar


Niego la llegada de la noche 

estoy lejos de casa

regresar está en otra parte


Deseo soñar de nuevo


la noche es temor

la noche es ceguera

la noche es dolor


Los días 

dejaron de ser redondos


5.


Me pasa que armo 

toda una ficción 

del ser amado 

por lo que con frecuencia 

termino estrellándome 

en los farallones del litoral. 

Pobre Dante. 

Pobre Beatrice.


6.


Fuí 


Tuve una novia 

que intenté enamorar 

me dijo muchas cosas

y una de ellas fue


me gusta la poesía...


me tomé esas palabras 

como un reto 

que quebrantó mis noches 

con sus días


leí y leí poemas 

de muchos autores 

que me dejaron el alma 

apacentando palabras 

durante tantas noches pardas


amé el camino 

más que el destino


con azul y verde 

pinté todo mi mundo


amanecía de bala

torvo y despeinado


descubrí los helechos 

adorados de mi abuela 

en los pasillos 

de la casa de la infancia 


llegué a la luz 

de los nuevos días

amado por las palabras 

odiado por las amantes

sábado, 2 de mayo de 2026

Cuentos de Gabriel Jiménez Emán


La gran jaqueca

 

Cecilia no soportaba la cabeza. Le dolía arriba y abajo, los ojos, la garganta, las sienes, la parte del cráneo, a veces los oídos y hasta el cuero cabelludo le dolían. Todos los calmantes, tratamientos, operaciones, no daban resultado. Migrañas, jaquecas y neuralgias la atormentaban día y noche, y Cecilia decidió quitarse la vida. Como no tenía el valor para hacerlo, prefirió que se la quitaran y así le harían un gran favor. 

Así ocurrió. Los amigos la despidieron con un veneno de rápido efecto, y que no le causó ningún dolor. El día del entierro, el demonio, que se presentó al sepelio disfrazado de doliente, le comentó a uno de los asistentes, al oído y a espaldas de los familiares de Cecilia, que habían cometido un error: antes de ser sepultada tenía que haber sido decapitada. 


 ***

 

El viejo Félix

 

El viejo Félix se sentaba en la esquina –en toda la orilla del gran escalón- se quitaba el sombrero para rascarse la cabeza y miraba hacia las colinas lejanas del valle azul de Yaracuy. Era su manera de descansar luego de la faena diaria de trabajo, ayudando a mi abuelo en el negocio de los cambures pasados. Él era quien los transportaba del mercado a la casa en una carretilla. Graciosa era la manera que tenía el viejo de ladearse el sombrero y sonreír de lado y de caminar para la izquierda. El viejo Félix vivía de lado, veía el mundo al sesgo por las rendijas de sus ojos, y quizá esa era la clave de su personalidad. Mascaba su chimó, y se empinaba de vez en cuando su carterita de aguardiente. Todo él era un gran olor a cambur pasado, hojas aromáticas de tabasca, bayrum y frutas añejas. Hablaba con una sonrisita cantora, y cuando algo le hacía mucha gracia, se asfixiaba con la risa y tosía. 

Un día un viejo más viejo que él le contó un cuento cómico de su infancia que hizo reír al viejo Félix hasta pararle la respiración. Se puso rojo, tosió y se atragantó con la risa. Luego comenzó a derramar una saliva de varios colores, un hilillo de saliva rojo, verde, amarillo y azul. El cauce de la flema corrió por la avenida y al final llegó al jardín de una casa, por donde trepó a un árbol, poniendo el tronco y las hojas de un color turquesa muy bonito. 

Los pulmones del viejo Félix no dieron más. Tosió por última vez y de su garganta salió un gran caramelo con olor a frutas, que rápidamente se fue derritiendo en el patio con el fuerte sol de Yaracuy. El cuerpo del viejo se fue desinflando, hasta que de él sólo quedaron en la tierra los calzones, la franela y las alpargatas, medio tapados con el viejo sombrero oloroso a cambur pasado. 


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Pequeño cielo

 

Cuando muera, no quiero ir a un cielo grande, de extensión inmensa y de promesas cumplidas. No me engaño al saber que lo merezco: he sido bueno, he sacrificado mi vida por los demás y nunca he hecho mal a nadie, ni siquiera por olvido u omisión. He sido fiel a mi mujer y he creído en el Señor hoy, antes y después, por encima de todo creo en el Señor Todopoderoso, y en que alguno de mi familia ha de seguirme. 

Por todo ello, pido cuando muera ir a un cielo pequeño, privado, donde vuelva a encontrarme con mi padre y mi madre y ver cómo ellos se besan y aman, y entonces yo vuelva a estar en el vientre de mi madre, chupando con fruición el pequeño cielo de mi dedo pulgar. 


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Supervivencia

 

El hombre se asomó al jardín a mirar la noche. Estaba ahí, casi redonda, emitiendo unos destellos azulosos. Le parecía una ficción que él hubiese vivido allí antes, que sus padres le hubiesen dado la vida en aquel lugar tan ignoto, en aquel planeta cuyas aguas y aire no permitían ya la vida de las especies animales y vegetales. Apenas el sol prestaba un poco de su luz para hacer visible la tierra durante aquella noche más bien oscura, donde aquel hombre, como otros tantos a esas horas, contemplaban a duras penas los astros y las estrellas desde Marte, el planeta a donde ahora se había trasladado la especie humana, en su permanente búsqueda de supervivencia. 


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El método deductivo

 

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a su lado, todavía humeante. 


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La mano

 

Orlak se miraba la mano luego de salir de la famosa película, la cual había inspirado a sus padres a ponerle aquel nombre. La verdad, Orlak odiaba esta película y detestaba su propio nombre, que le parecía tétrico y ridículo. Sin embargo, lo había soportado pese a las bromas que le gastaron en la infancia. Varias veces reclamó a su madre la razón de aquel nombre, y ella hizo recaer la responsabilidad sobre su marido Ernesto, quien desde su adolescencia había sido impresionado con la célebre película. 

Pero Orlak no se atrevía a reclamarle a su padre, un hombre de carácter duro y autoritario. 

 Sin embargo, el día en que Orlak cumplía los dieciocho años se atrevió a enfrentar a su padre. 

 -Me has hecho infeliz con este nombre- le dijo. 

 -Ya lo sé, hijo, y lo siento- le replicó el padre. –Pero no tenía otra salida. 

 -Si no te ponía ese nombre estaba condenado a tener para siempre una mano asesina, que en cualquier momento podía estrangularme- dijo el hombre. 

 -¡Pero papá!- gritó Orlak. –¡Esa sólo es una película, y nada tiene que ver con nuestras vidas! 

 -Eso pensaba yo- respondió Ernesto. Pasado un tiempo conocí a Peter, el actor protagonista, y él me comentó que para poder librarse del maleficio de la mano había tenido que ponerle a su hijo el mismo nombre del personaje. Yo le argumenté lo mismo que tú a mí ahora, y él me dijo que esa película ya había causado suficientes problemas a muchas personas. 

 -Pero fuiste injusto conmigo. Hoy he decidido cambiarme el nombre y abandonar esta casa. 

 -Puedes hacerlo, pero te advierto que corres el peligro del maleficio. Si abandonas tu nombre, la mano te asesinará. 

 -Ya he planeado irme a otra ciudad, y librarme de todo esto con un nuevo nombre y una nueva vida. 

 -No puedes, hijo, te digo que corres peligro. 

 -Sí puedo- dijo Orlak. –Mira. Y le mostró un muñón recién cortado. 

 Al ver esto, el padre de Orlak se sintió turbado. Mareado, se dejó caer en un sofá. 

 -Qué alivio- dijo. Perdóname, hijo, ojalá puedas rehacer tu vida. Pero todavía me queda una duda: saber si cortaste la mano debida. 

 -Quien tomó la iniciativa de cortar la mano derecha no fui yo, papá, fue la mano izquierda. El bien le ha ganado una batalla al mal, por raro que parezca. 

 -Es la mejor noticia que he oído en mucho tiempo- le dijo al antiguo Orlak. Y agregó con alivio incomparable: Que seas feliz.


Del libro La gran jaqueca y otros cuentos crueles

Eleazar Marín, frente a un muro pintado de sueños: “La palabra tiene el poder de producir grandes cambios”


El escritor es como una especie de caracol, que carga a cuestas toda una cantidad de pesadumbres y alegrías hasta que llega ese momento específico en que requiere plasmar las ideas utilizando como herramientas un pedazo de papel, un lápiz o un bolígrafo


Texto y foto: Rafael Ortega

Se considera “birregional” de nacimiento porque vino al mundo en el pueblo de Irapa, estado Sucre, península de Paria, pero lo trajeron en brazos a la ciudad de Maracay, “creo de seis o siete meses de nacido”, confesó Eleazar Marín (1959), quien agregó, además, que su afición por la lectura proviene de las novelas de vaqueros, que más tarde le tendieron un puente hacia otros autores, como García Márquez, Hermann Hesse, Ernesto Sábato y Francisco Massiani.
“En los años setenta, era usual que los muchachos del barrio leyeran novelas de vaqueros y suplementos. Eran un palanquín para estimular el hábito de la lectura. Yo no sé cuántos de mis amigos que eran lectores de novelas de vaqueros pudieron seguir valiéndose de esto como una especie de necesidad vital. Creo que ninguno, pero para mí fue una arrancada”, manifestó Marín.
—¿Cuándo comienzas a escribir relatos y poesía?
—El inicio más fuerte fue con la narrativa. Empecé a hacer unos trabajos que al principio se me parecían mucho al autor de uno de los primeros libros que leí: La metamorfosis, de Kafka. Uno de mis trabajos iniciales tenía esa especie de ribete de alucinación, muy parecido a esa pesadilla de Gregorio Samsa. Yo andaba buscando una manera propia de decirlo, entonces me fui encontrando con otros autores que me ayudaron a entender, a decir como uno debe decir y como uno siente que debe decir, porque es el gran problema de la voz del escritor, los temas están allí, incluso uno pudiera tener un anaquel de temas ya preescrito, pero cuando lo va a decir, por ejemplo, Leonardo Maicán, no lo va a decir jamás igual Rafael Ortega, o como lo diría Alberto Hernández, o como lo diría Bryce Echenique, para ir haciendo distanciamiento de estilos y edades. Pero el asunto más serio es conseguir una voz y que tú digas: “Yo siento que hablo así y no debo tener temor de decirlo así”.
—¿Has participado en algún taller literario?
—Básicamente, los talleres nuestros han sido talleres callejeros. Yo creo que con las horas de conversación con Jaime Betancourt, las discusiones con Jesús Liendo, las bravatas con Erasmo Fernández, los intercambios con amigos a través de la prensa, por textos publicados, y una jornada de trabajo con Agustina Ramos en una página que produjimos, llamada Alcantarilla, no hicieron falta más talleres, nunca me inscribí formalmente en ninguno porque no le hallaba sentido.
—¿Crees que los talleres de literatura son fábricas de escritores?
—No, los talleres deben servir, en todo caso, para orientar de una u otra manera alguna vocación, pero el miedo que yo le tengo a los talleres es que los talleristas se parezcan tanto al facilitador y que éste se convierta en una especie de quemador de CDs, donde todos los muchachos van a aprender a escribir como lo hace el gurú. Pienso que el taller debe ser una gran estimulador, un promotor, y debe servir de ayuda al joven escritor a encontrarse a sí mismo. Así como sucede con los jóvenes actores, que el gran trabajo que hacen los profesores de actuación con ellos al principio es que deben aprender a encontrarse a sí mismos, por eso Stanislavski mandaba primero a trabajar sobre el actor, sobre la vida misma de la persona, que va a ser el vehículo que a llevar sentimientos.
—¿Cómo fueron tus inicios en el teatro?
—En el José Luis Ramos yo era un tirapiedras, pero con oficio. Nosotros integrábamos un movimiento de muchachos que creíamos que se podía cambiar el mundo. Claro, cuando uno tiene dieciséis años tiene derecho a pensar de un solo golpe y que esa rebeldía hay que manifestarla en las calles para levantarle el piso a la gente que gobierna. Yo creo que ese es el deber de toda juventud: cuestionar, criticar... en ese liceo había un grupo de teatro al que nunca me acercaba y observaba desde lejos, pero tenía un amigo muy cercano allí, Simón Áñez, quien era miembro de ese grupo, dirigido por Héctor Rodríguez, mejor conocido como “El Enano”, una persona bastante entusiasta y lograba captar la motivación de todos los estudiantes. Después que salí del liceo, me encontré en un desierto y me preguntaba para dónde iba, necesitaba hacer algo, sentarme en un sitio donde pudiera discutir con gente. Entonces me fui al Pedagógico un día, donde el grupo tenía un ensayo y fui como dos o tres veces. Héctor me invitó a hacer una audición con ellos, pues iban a hacer un montaje, y observando y observando me dieron entrada en el grupo. Allí me uní a ellos y me envenenaron o, mejor dicho, me envenené.
—¿Cuáles temas te motivan a escribir?
—A mí me sucede algo, no sé si le pasa a otros: yo no prefiguro los temas, no tengo temas preferidos, sino que a veces me caen del cielo o del suelo, o tal vez rebotan y me golpean. Si una idea me gusta, empiezo a caminarla en el cerebro y en la calle. Uno le mete al loco sin querer o, tal vez, queriendo. Luego se va componiendo, se va prefigurando y lo demás es que ya no aguantas más y es como si estuvieras preñado. Tienes que sentarte y parir. Y después de parir, viene el proceso de pulir, pulir y pulir, y pulimos tanto las cosas que a veces las echamos a perder. Hasta que te sientes satisfecho con lo que estás escribiendo y dices: “Voy a dejar esto hasta aquí y me atrevo a publicarlo”.
—¿En cuál género literario te sientes más a gusto?
—Así como te digo que los temas me llegan solos, las necesidades también. Cuando abordé una investigación sobre teatro, que se titula El valle en dramas, me sentí como pez en el agua. Nunca imaginé que me iba a sentir tan bien investigando sobre teatro, cuando me sentía mal era porque me parecía que nunca iba a terminar la producción, más bien se alargaba y cuando uno se sumerge en un proyecto laborioso, a veces surge la inquietud de no saber si va a ser publicado, de no saber cuál será su destino. También he desarrollado algunos trabajos de dramaturgia, pero las expresiones donde me siento más cómodo son la poesía y la narrativa, digo cómodo en el sentido de que yo siento que el escritor es como una especie de caracol, que carga a cuestas toda una cantidad de pesadumbres y alegrías hasta que llega ese momento específico en que requiere plasmar las ideas utilizando como herramientas un pedazo de papel, un lápiz o un bolígrafo.
—¿Cuál es la función del escritor?
—Creo que sirve para brindarle al lector una comprensión mayor del mundo donde estamos porque vivimos rodeados de interrogantes, de necesidades, y escribir —para mí— es un acto de sentirme libre, me siento solo y lo único que me domina son aquellos fantasmas que yo trato de llevar hacia un final o el verso que hay que cerrar para concluir un poema, pero creo que escribo para tratar de sentirme bien, para tratar de despejarme, dispersarme del mundo, que es bien pesado. La palabra tiene el poder de producir grandes cambios y la tarea de un escritor tiene que ser escribir para sentirse liberado del mundo y tener más capacidad de respuesta frente a él y en esa medida coadyuvar a que la gente pueda visualizar con mayor claridad el tiempo que le toca vivir. Shakespeare decía que la función de un escritor es hacer una crónica de la realidad de su tiempo y llamaba a este arte como el espejo de la naturaleza humana y es nuestro deber limpiarles el espejo, si se quieren ver, bueno, que se vean.

—¿Las instituciones ofrecen la ayuda necesaria al investigador?
—Creo que debería eliminarse la burocracia en las instituciones para facilitar la labor del investigador, aunque tener acceso a la información nunca es fácil, tomando en cuenta el simple hecho de tener que levantarse de la cama para ir a un sitio a buscar un libro, tener que trasladarse, tener que esperar por algunas horas que una secretaria aporte la información, pero yo creo que debe trabajarse más en función de la civilización de esos sitios, que la gente que trabaja en las bibliotecas entienda que no son las estrellas de la institución, que ellos son unos servidores públicos. La gente que hace investigación sabe que el camino va a ser arduo, que no va a conseguir las cosas fácilmente y tiene que valerse de todas las vías posibles, tanto la biblioteca personal, la biblioteca pública, los amigos, los referentes personales, la Internet... no es fácil, pero creo que la solución al problema está en sensibilización del funcionario para eliminar la burocracia.
—¿Cómo ves el panorama regional actualmente?
—Aragua es uno de los estados donde más se produce literatura, y no soy el único que piensa eso, hay mucha gente que lo cree porque aquí la temática es muy variada, mientras que en otras regiones la literatura es muy local. Encontramos acá desde poetas surrealistas, hijos de Breton, como es el caso de José Miguel Henríquez; otros de una tendencia bucólica urbana, como Guillermo Cadrazco, y gente que trabaja muy bien con la palabra como Alberto Hernández, por nombrarte algunos. Aragua tiene demasiado qué decir, pero ahora siento que a diferencia de lo que yo conocí hace algunos años, la presencia insurgente e irreverente del poeta en las calles, ha mermado. No es que no se esté escribiendo, al contrario, sí se está escribiendo y hay jóvenes talentosos, pero cuando comencé en esto yo me conseguí parte del terreno hecho. Los insurgentes más bárbaros en este asunto habían recorrido el camino en los años setenta. Prácticamente, los pioneros son unas personas que provienen de aquella generación, como es el caso de los llamados “poetas malditos”: Jaime Betancourt, Erasmo Fernández, Zoraida García; además de Agustina Ramos, Alberto Hernández y una cantidad de autores que ya habían abierto brecha. Encontré un espacio abierto en la literatura, algo así como un caminito enmontado, pero ahora que está más despejado hay una respuesta menos contundente desde el punto de vista de la presencia del autor.
—¿A qué atribuyes que los escritores venezolanos no sean tan conocidos como los de otros países?
—En nuestro país no se le da importancia a la promoción literaria ni a la discusión. En Venezuela, tanto los escritores como los editores piensan que el fin último es el libro. O sea, se edita el libro y éste va a cumplir un destino triste. Va a parar a las catacumbas de los sótanos de las editoriales o a los rincones de la casa del escritor que publicó por cuenta propia porque no existe ni distribución ni discusión en función del libro, ni tampoco hay un plan agresivo de promoción de la lectura, que permita integrar al escritor directamente con las fuentes fundamentales de lectura, que yo considero que son las escuelas. En el exterior nos conocen por Rómulo Gallegos, Arturo Úslar Pietri, Adriano González León, José Balza, Salvador Garmendia y en una antología de literatura latinoamericana de la Universidad Nacional Autónoma de Puerto Rico incluyeron unos poemas de José Antonio Ramos Sucre y “El Chino” Valera Mora, lo cual me pareció muy bien y me dije “están metiendo gente joven”, ironizando un poco.
—¿Qué opinas de las nuevas tecnologías?
—Me parece que son importantes porque podemos conectarnos con el mundo entero, si existiese Internet en Marte también nos comunicaríamos con los marcianos, pero pienso que la web viene a ser un instrumento más a favor del libro, pues como decía Efraín Subero, la muerte del libro la han decretado en muchas oportunidades y siempre se han equivocado porque el libro siempre será el libro, es una hechura humana, es la obra más hermosa que ha producido el hombre porque permitió que sus ideas recorrieran el mundo y se difundieran y multiplicaran, esa era la Internet del siglo XVI, el invento de Gutenberg.
—¿Cuáles han sido tus publicaciones?
—Cuando ingresé en la universidad, allí encontré un espacio de expresión propio, tomamos una pared y comenzamos a escribir poesía en ella, unos de los primeros poetas que escribieron allí fueron Aly Pérez y Mariozzi Carmona. Luego materializamos esa experiencia en una revista que todavía sale por allí, ella sale cuando quiere, es como una chicharra, una revista morrocoy, y no es un morrocoy azul, es un morrocoy llamado Muro de Sueños, que sale de vez en cuando. También tuvimos una página en El Aragüeño durante un tiempo. Nosotros intentamos, como todos los quijotes que buscan espacios en la prensa, hacer que la página viviera por sí misma, y conseguimos dos librerías de amigos que nos iban a apoyar, pero no se nos permitió porque la publicidad era exclusiva del periódico y tuvimos que morir de inanición, no teníamos dinero y decidimos dejar eso así. Tuvimos que morir con el trajín del teatro y la literatura en la calle. Ahora, en lo personal, he publicado en antologías, revistas y periódicos, algunas plaquettes propias, pero libros individuales, ninguno hasta ahora; obtuve el premio de novela en el XIV Concurso del Ipasme 2006, por la obra Infantes terribles, un trabajo que venía madurando desde hacía bastante tiempo; incluso, no lo había terminado porque una de las piezas estaba perdida y un amigo escritor, llamado Leonardo Maicán, quien se dedica al ocio de guardar papeles, había leído ese trabajo cuando fue jurado de un concurso donde participé y él lo había guardado en un arcón donde tiene un cementerio de textos viejos, y ese era el relato que me faltaba para engranar la novela, que es un mosaico triste, entre lo patético y lo sublime, donde casi todos los temas están marcados por cierta fatalidad, pero al final siempre abre una puerta para salir de ese hueco de tristeza. Allí se tratan situaciones diversas, pero en definitiva el espacio es uno solo y el hilo lo lleva un autor, que es el más desgraciado de todos, quien va ordenando sus cosas para darle final a su vida. Es un trabajo fragmentado, una novela que se puede leer como un libro de cuentos. Son muchas piezas sueltas con una intención temática y pudiese entenderse que hay un autor que está contando esas historias para finalmente contar la suya.

La necesidad de buscar respuestas

He escrito en bares, he escrito en la acera, he escrito en plazas, he escrito en mi casa, he escrito en un salón de clases mientras los estudiantes están matando el tiempo en el recreo, donde me aborde la necesidad de concluir una idea, escribo. A veces, ni siquiera se trata de escribir un relato, sino, por lo menos, una frase clave que evitará que pierda la idea que tengo para desarrollarla después. Por lo menos eso. Pero no hay una metodología organizada, más bien soy un poco desordenado. En el fondo, existe una necesidad de buscar respuestas a interrogantes o inquietudes. A veces, uno tienta los temas a propósito, pero eso resulta peligroso porque la temática se puede ir para otro lado y resulta que el tema escogido queda plasmado en el texto como una especie de marco referencial y no como sustancia

viernes, 1 de mayo de 2026

Pequeño homenaje a Ángel Rama


-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje

J.S.P


Este 30 de abril se cumplieron los primeros cien años del nacimiento del crítico y narrador uruguayo Ángel Rama y el acontecimiento, como suele suceder, ha pasado desapercibido para todos, hasta donde yo sé.

Lo cual es lamentable, sobre todo en el ambiente cultural venezolano ya que Rama no sólo fue uno de los tantos refugiados que encontraron en nuestro país el amparo necesario para escapar de la oleada fascista que ensombrecía el cono sur sino que, una vez entre nosotros, desarrolló una labor verdaderamente importante de estudio y difusión de nuestra literatura. 

Testimonio de ello, sus lúcidos ensayos sobre la obra de Ramos Sucre, Salvador Garmendia y su inapreciable antología de El Techo de la Ballena, entre otros escritos menores recopilados luego en el volumen "Estudios de literatura venezolana" publicado por Monteavila a principios de los años 90.

De mayor envergadura aún fue la creación, con el apoyo del Estado venezolano, de la formidable Biblioteca Ayacucho donde se reúne lo más importante del pensamiento y la literatura hispanoamericana desde la época precolombina hasta los albores del siglo XXI y que aún se mantiene vigente y publicando títulos indispensables para entendernos como continente. 

Otra empresa de no menor importancia fue la publicación de la revista Escritura, con el apoyo de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela en trabajo mancomunado con el profesor Rafael Di Prisco y que puso al día los estudios literarios realizados con rigor y acuciosidad dentro del ámbito universitario continental.

Tanto él, como otro gran crítico uruguayo, Emir Rodríguez Monegal situados en planos divergentes con respecto a sus objetos de estudio pusieron al día a los lectores con respecto al movimiento que desde los años 60 vivió la narrativa de América Latina, no desde la simple gacetilla bibliográfica, sino desde el estudio profundo de obras y autores, sus características y lo más importante sus raíces y su relación con el entorno. 

Hoy que se suele "acuñar" nueva terminología a lo ya sabido, más para confundir que para iluminar, en materia de literatura y sociedad, se tiende a olvidar que su libro "La ciudad letrada" es pionero en el estudio de cómo la formación de la urbe fue modificando la relación entre la sociedad y su literatura, todo escrito de manera directa, sin eufemismos, ni terminologías supuestamente novedosas, atendiendo al axioma de Tzvetan Todorov: "La literatura ha de tratarse como literatura".

No dudo ubicar a Ángel Rama al lado de Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas, Pedro Henríquez Ureña o Raimundo Lida, estudiosos para quienes la cultura es bien social y la pulcritud de estilo una forma de cortesía, hoy lamentablemente perdidos, como todo lo demás.