miércoles, 17 de junio de 2026

TAM: 100 años de arte, resistencia y aplausos


Texto y foto: Rafael Ortega


Cruzar el umbral del Teatro Ateneo de Maracay (TAM) es sentir el peso y la magia de cien años de aplausos, suspiros y pasiones desatadas sobre las tablas.

En el bullicio de nuestra cálida ciudad, este santuario del arte se erige no sólo como un monumento arquitectónico, sino como el testigo más fiel de la identidad aragüeña.

Por esta razón, este 24 de junio al cumplir su primer centenario, el Ateneo no evoca nostalgia; ruge con la fuerza de un presente totalmente vivo.

Para los trabajadores culturales de Aragua, el Ateneo no son sus paredes ni sus butacas; son los fantasmas de los poetas, los bailarines y los dramaturgos que se quedaron a vivir en las bambalinas para inspirar a las nuevas generaciones.

Lo que hace verdaderamente grande al Teatro Ateneo de Maracay en su centenario es su arraigo popular. 

No es un templo frío para las élites; es el lugar donde el estudiante de liceo descubre el teatro por primera vez, donde la bailarina de danza contemporánea ensaya hasta el cansancio y donde el ciudadano común acude a encontrarse con su propia belleza.

En este recinto sagrado del arte, tuve la oportunidad de ver documentales de alta factura como Araya de Margot Benacerraf y La ciudad que nos ve de Jesús Enrique Guédez, así como películas que marcaron parte de mi existencia como The Wall, Heavy metal, Tommy, Birdy, The song remains the same y ni hablar de la cantidad de bandas de rock de nuestra entidad que pasaron por ese prestigioso escenario.

Aquí han resonado desde las notas de la Orquesta Sinfónica de Aragua hasta las propuestas de teatro experimental más contestatarias del país, demostrando que el arte en Maracay siempre ha sido un espacio de encuentro y libertad.

Cien años después de que se colocara su primera piedra, el Ateneo sigue en pie, con el telón arriba y las luces encendidas. 

En una Venezuela que se reinventa todos los días, este siglo de historia nos recuerda que los edificios se construyen con concreto, pero las ciudades se fundan, verdaderamente, sobre el alma de sus teatros.

Como acabar de una vez por todas...

-Manuel Cabesa-


(A la mystérieusse)


Siempre he dicho que los intelectuales son como la Mafia. Sólo matan a los suyos

Woody Allen


Mientras iba hilvanando estas notas dos aniversarios se conmemoraron en unos pocos días: la muerte de Jorge Luis Borges hace cuarenta años, y los setenta y dos de la primera celebración del Bloomsday en homenaje a la famosa novela de James Joyce.

Importante recordarlos porque tanto Joyce como Borges, cada uno en su idioma y desde su propia herencia cultural llevaron a los más altos niveles de creatividad la narrativa del Siglo XX y casi seguro que sin hacer "dieta de lecturas" ni un solo día, ni pretender ser originales con respecto al resto de la literatura de su tiempo; sobre la supuesta idea de originalidad Borges estaba al parecer bastante claro: "No sé hasta qué punto un escritor puede ser revolucionario. Por lo pronto, está trabajando con el idioma, que es una tradición."

En tanto que el irlandés tampoco se preocupó mucho por eso ya que para su monumental novela escogió de modelo la Odisea, la primera narración concebida en occidente y madre de todo lo que vino después.

Mediando el Siglo XX un grupo de arqueólogos llegó a la conclusión, luego del hallazgo de unas osamentas de distintas características en algún lugar de Asia o el norte de África, que es muy probable que al inicio de los tiempos se hubieran apareado un hombre y una mujer con diferente grado de evolución: Neandertal y Cromagnon, lo que daría un ser de inteligencia más evolucionada que la de sus predecesores y al parecer los descendientes de estas primeras uniones fueron formando grupos que luego se transformaron en pueblos, éstos en naciones, luego en continentes y en medio de esa evolución fue surgiendo la cultura como un bien compartido.

Felix de Azúa lo cuenta así: "Hubo un tiempo en el que los pueblos se unificaron en torno a un canto. Que se unificaron quiere decir que, aunque vivían a unas distancias como de la Tierra a la Luna, gracias a esos cantos se sintieron acompañados por sus semejantes. La compañía completa, una vez asegurada, pasó a llamarse «nación», aunque eso fue mucho más tarde. La conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o a una familia de pueblos se despertó en torno a los fuegos de campo y los lares domésticos con decenas de personas apiñadas en torno a un recitador que iba cantando unos poemas. Curiosa manera de acceder a la identidad. Y digna... Esos enormes poemas y cantos son algo más que una costumbre arcaica: son retratos imperativos de un comportamiento que nos es por completo extraño. Los pueblos que fueron creados por ellos, sin saberlo, habían descubierto que nuestra identidad es un efecto de las palabras, que nosotros somos tan solo palabras, y que las palabras se pueden cincelar como el mármol o ensuciar como basura".

Es decir que a esta altura, somos descendientes de aquellos que intercambiaron las primeras palabras que oyó el hombre influyendo los unos en los otros con esas mismas palabras... ¿cómo, entonces, escapar de este círculo que lleva milenios girando como una espiral hasta llegar a nosotros?

Ya está dicho: todo lo que se podía decir ya está dicho; pero aún así la capacidad de crear no se detiene porque cada vuelta de la espiral es igual y distinta a la vez, son nuestra imaginación y nuestros sueños emparentados con los sueños del mundo lo que hace que todo sea antiguo y nuevo a la vez, conocido pero sorprendente, cada era la misma y otra al mismo tiempo. 

Me arriesgo a distribuir el uso de las influencias literarias (inconscientes o no) y de la tradición (de manera consciente o no) siguiendo una ruta de lecturas: en principio olvidemos el plagio, que es un delito y no tiene nada de creativo, es simplemente apropiarse de un texto ajeno, sin cambiar ni una coma y encima sacar provecho del acto.

Hablo de ese tipo de influencias que marcan ciertas pautas ya sea que nos apropiemos de una historia para recrearla, que nuestra forma de escribir tenga la resonancia de otros autores, o que simplemente, decidamos por propia voluntad copiar el estilo de nuestro escritor favorito.

No debemos confundir plagio y copia, para Milan Kundera: "La imitación no significa falta de autenticidad, pues el individuo no puede hacer otra cosa que imitar lo que ya ha sucedido; por muy sincero que sea, no es más que una reencarnación; por muy veraz que sea, no es más que la suma de las sugerencias y exigencias que emanan del pozo del pasado"

En todo caso, lo importante es el buen uso que hagamos de los recursos que nos brinda la tradición, como dice Sergio Pitol: "Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades, tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible; no hacer concesiones a nadie, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir".

Como ya se ha dicho la permanencia del mito en el inconsciente colectivo es una presencia real y aparece en cualquier momento sin que nos demos cuenta de ello. A diferencia de la mitología que se ocupa de los dioses y los héroes de la antigüedad, llamo mito a aquellos arquetipos que nacen de la cultura: Don Juan, Fausto, la Virgen, el Quijote, entre otros que han formado parte de nuestro patrimonio durante siglos. 

Luego está el uso del idioma convertido en lenguaje con el cual expresar los sentimientos humanos: salvando algunas diferencias de carácter todos pasamos por los mismos trances: el amor, la soledad, el hastío, los temores, las mismas incertidumbres que forman parte de nuestro tránsito terrestre desde el nacimiento hasta la muerte. 

Mezclando ambos ingredientes, mitos colectivos y sentimientos personales, es que se va elaborando el mundo que solemos convertir en literatura. 

De allí que no es extraño que James Joyce tome la travesía de Homero y la recree en su entorno a lo largo de un día; ni que podamos adivinar en la primera novela de Stephen King el cuento de la Cenicienta; tampoco que las figuras de Don Quijote y Sancho se transmuten en Batman y Robin, Sherlock Holmes y Watson, el Gordo y el Flaco, Mortadelo y Filemón, Martín Valiente y Frijolito o cualquier otra pareja que decida quijotescamente enfrentar al mundo; lo mismo vale para Romeo y Julieta y el resto de las parejas que han visto tronchados sus amores desde Dafnis y Cloe hasta Corin Tellado.

Sé que he ocupado vuestro tiempo repitiendo lo que ya todos saben, o deberían saber, y me disculpo. Pero habida cuenta de que uno también forma parte de este engranaje, hay que hacer como dice Woody Allen y acabar con tanta impostura intelectual disfrazada de cultura tecnológica utilizando las mismas palabras que han venido evolucionando durante milenios y que hemos heredado de aquellos primeros seres que nacieron del encuentro entre las especies Neandertal y Cromagnon para fundar el porvenir.

martes, 16 de junio de 2026

Entrevista en el programa radial Cátedra Libre de Fotografía con Leonor Basalo y Carlos Bencochea (16/06/2016)



Comunicador social, escritor, conocido y querido por todos los cultores aragüeños, gracias a su apoyo en la promoción y difusión de nuestro acervo cultural. Su blog Zona de Tolerancia contiene entrevistas y textos para el disfrute de sus lectores, así como también, invitaciones a las diferentes actividades que se desarrollan en nuestra ciudad en torno a la cultura.

Cátedra Libre de Fotografía es un programa radial especializado en fotografía y cine, único en toda Venezuela y Latinoamérica, transmitido todos los miércoles de 4:00 a 5:00 pm por Radio Girardot 96.1 FM.

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Si quieres saber más, acá nuestras redes sociales:

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Twitter: / fotografosd76  

Web: www.fotografosd76.com


¿Quieres participar en el programa? Con mucho gusto. Lo que debes hacer es enviarnos una o varias fotografías autorales, una reseña sobre ti y decirnos de qué te gustaría hablar. Todo eso a nuestros correos electrónicos:


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lunes, 15 de junio de 2026

Quince poemas de Julia Yasmina Liendo

 


Título: El ojo (2013)

Autora: Zullym Bello


***


Del libro inédito Heraldos del silencio 


1.


La odisea termina

atrás quedan

los caminos salpicados

de encrucijadas, de abismos,

de adversidades


El azul del horizonte

promete

un festín de quimeras


Llega la noche

el remanso se acerca


La luna me acuna

entre sus brazos

mientras el silencio

acaricia mis ojos


2.


Mi casa

Piso Celestial

Paradigma de mis acciones eternas

Cecilia Ortiz 


En mi casa

La lluvia se convierte

En un murmullo

De risas de otro tiempo


Ella despierta al silencio 

Mitiga la soledad 

Perdona el olvido 

Rescata la ausencia 


Sus pasillos se inflaman 

De júbilo por el frenesí 

De las poesías, el diálogo, 

Y las lecturas en las tardes 

Aromatizadas con el café 

Y el dulce pan 


Mi hijo me espera 

Con un beso o un abrazo 

En la puerta de la casa 

Su presencia nutre cada

Paso de mi existencia


Seduce 

La frescura de los mangos 

Aguacates y naranjos 

Al fondo del patio 


Mi madre

Susurra las letanías

A la hora del rosario 

Los ángeles la acompañan 

Entonando cánticos de alabanza 

Que invaden de luz 

Cada ámbito de mi casa


Mi hogar 

Calmante de todos mis temores 

Escudo de todas mis pasiones 


Siempre 

Refugio en la orgia de mis sueños


3.


Es una necesidad

Que el mundo

Se borre

Isabel Rivas 


No existe espejo

Que devuelva las imágenes

De primavera del ayer


Todo empeño es fracaso


Un placer mirarnos 

Repetidas veces

En ese silencio

Que es una sentencia

La ventana del espejo

Muestra un abanico 

De facetas

Pero una sobresale

Entre todas

Y aunque duela

Siempre estará

A nuestro lado


La imagen de la decadencia


4.


Sonoro silencio de una tristeza

Que ilumina lejanas nubes

Vicente Gerbasi 


El embrujo del mar

Atrapa a los pescadores

Con el galardón

Al desafío del amanecer


El cielo despejado de tormenta

Extiende sus brazos

A las aves que Revolotean

Alrededor de las embarcaciones


De regreso al hogar

Los cubre el manto del regocijo

Sus barcas repletas

Del tesoro extraído

De las profundidades


A la orilla de la playa

Sea de día o de noche

Les da la bienvenida 

Un amigo incondicional 

Con sus ladridos 


El verdor abarca 

Un espacio del camino 

Hacía parajes de brisa

De palmeras y cocoteros 


La mirada se extravía 

Hasta la unión de los azulejos 

Como quisiera ser brisa o silencio y morar con ellos 

El arrullo

 de las inquietas olas 

Trae a mi memoria 

Aquellos atardeceres 

Donde el ardor de tu cuerpo 

Era el oasis 

De mis horas menguadas


5.


Si preguntan por mí, diles que busquen el reflejo de mi sed entre las flores

Beatriz Mester


La hoja


¿Qué es un árbol 

sin el atavío de las hojas? 


La gallardia del verdor 

Se desborda en las hojas 

Como la majestad de la blancura 

En las nubes del azul 


Suavemente 

La hoja se desprende 

Nada altera su caída 

En la caída de la hoja

Descansa el susurro del silencio 


La niebla del olvido 

Y el abrojo del desaire 

Las únicas recompensas 

En su paseo 

Por este reino de ilusiones 


La hoja danza con la brisa 

Se deja llevar por su destino 

Sucumbe

A la inclemencia del viento 


Ella sabe

Que sus días de luminosidad 

Se han terminado 


Ella sabe 

Que jamás retornara

A los apasionados brazos del árbol


6.


No nací para ocupar un espacio y nada más

Ignoro cuál será mi participación.

Lydda Franco Farías 


Mujeres


Somos los pedestales

De la humanidad


Somos las preferidas

Del Creador

Con su bendición

Nuestro vientre

Es el nicho del génesis

En estas comarcas

Henchidas de tesoros


La tierra nos brinda


El timón de la Justicia

El bastón de la Esperanza

La armadura de la Fe

El estandarte de la Paz

El cántaro de la Valentía

La brújula del amor

La nave de la Pasión

Se llevan grabados

En el alma y el corazón

Como las llaves

Que pueden abrir

Los cofres del cielo


Millones de plegarias

En el silencio de la memoria 

Para cumplir la misión celestial

Forjar legiones que ofrezcan

Luceros como Esther, Rut,

Moisés y Abraham


Cada día es un desafío 

Cada día algo nos sorprende 


Mujeres, hermanas, amigas

Sin distinción de raza,

Doctrina o religión


Halaguemos al Universo.


7.


Atados a cortes y agujas

que tratan de calmar

el largo padecimiento

la compasión y la paciencia

unidas a la esperanza


El firmamento de los sueños

queda estancado

en el desgaste de las carnes

en los huesos retorcidos


Los ojos casi gotean sangre

es una queja apenas escuchada

el soplo de vida se escabulle

a través de las carnes putrefactas

qué empiezan a contaminar

todo el cuerpo

como un llamado al desenlace


Amparados en el ritual del silencio

elevan súplicas

para sanar del cuerpo

y del alma


Es una lucha entre 

Santidad y Galenos


8.


En un vientre desértico

Habitado de nostalgias

Carmen Alida Méndez 


En este invierno

Tu lejanía es como

Una prisión de fuego

El sueño se espanta

La penumbra cubre mis días

En mi cama de soledad

Aumenta el deseo

De sentir la delicia

De tus manos

Descubriendo mi cuerpo

De sumergirme

En la llama de tus brazos

De escuchar

En el susurro de tu voz

La melodía del silencio

De volver una vez más

A convertirnos

En los hechiceros del éxtasis


9.


Adentro

sigue siendo noche

Yadira Pérez


Después de ser rescatada

de las entrañas del infierno

no asombra el despojo

en que me he convertido


Son los caminos de la infancia

plenos de recuerdos

arcoíris y rocío

que han mitigado

en parte esta desolación


Con la voz de mi silencio

y la piel de mi soledad

seguiré en la búsqueda

de un refugio donde esperaré

la hora de compartir contigo

la soberanía de los siglos


***


Del libro inédito Celajes y susurros


10.


Unas gotas de lluvia

sobre mi rostro

se funden 

con mis lágrimas


elevo la mirada

hacía el cielo 


Tu imagen se refleja 

en la inmensidad 

del azul 


Por un instante 


Siento que acaricias 

y besas mi rostro


11.


Madre


Tu ausencia

condena mi alma

a vivir hundida

en el delirio de ser

como la diosa del tiempo


Así hubiera

eternizado tu ternura


Y tu seguirías a mi lado

dándome consuelo

con tus palabras como la miel

por aquellas pasiones

qué solo han dejado

heridas punzantes que todavía

no han cicatrizado


Y tú seguirías cultivando

apasionadamente

senderos de amor en el vergel

que habíamos logrado después

de tantas lunas y soles


Y tu seguirías entrelazando

tus sagradas manos con las mías. 


Como símbolo 

de que nunca 

me abandonarías


12.


Estamos destinados


a perder la lozania


de la juventud


A cruzar veredas


de infortunio


A no sentir el éxtasis


del orgasmo 



Sin embargo 


tu permanecerás


por siempre


13.


Morada que arrastras

sueños y cuerpos

hasta un cauce

sin retorno


Inspiras respeto y desdén


La impotencia cubre 

a quien no ha cruzado

el umbral


Me acerco a ti

alrededor sólo hay

sombras de aflicción


Tu huésped se extingue

con la indiferencia.


14.



Único refugio


Ese mundo de pájaros

se vino abajo

Antonio Trujillo 


Están derrumbados

árboles de milenios


¿Cómo pueden ser reemplazados? 

¿Cuántas estaciones pueden grabar 

sus huellas en la tierra

para que la frondosidad

Invada esos espacios?


Madre 

Llora mi corazón 

como el día de tu llamada 

al reino de la transparencia 


La quema o el viento 

esparce las cenizas 

y los desperdicios 

en ese lugar ahora inunda la desolación y la tristeza 

como en mi alma 


Sin piedad 

todo ha sido destrozado 

las piedras y los ríos 

se hermanan con los pájaros 

por la pérdida del refugio 

como yo he perdido mi refugio 

que eras tu madre amada 


Los pájaros seguirán 

en su peregrinaje


Sin embargo, tú madre mía 

has llegado al único refugio 

que nunca será destruido 


Donde jamás se marchitará 

El esplendor de la primavera 

Y donde siempre

Los ángeles te brindarán

el arrullo de su custodia.


15.


Vislumbro tu figura 


entre los árboles 


evoco tu nombre 


Corro hacia ti 


ansiosa 


Intento abrazarte



La bruma desaparece 


en mis manos 


queda el vacío


Para acabar de una vez por todas con la escritura

-Manuel Cabesa-


(Para la mystérieusse)


De querer actualizar en esta época su libro Como acabar de una vez por todas con la cultura, estoy más que seguro que Woody Allen no perdería la oportunidad de hacer una parodia de "los beneficios" que presta la Inteligencia Artificial a la cultura. 

Digamos que es en verdad es una herramienta útil y digamos también que hasta donde se puede justificar su existencia, la idea sería aprovecharla para apoyar el desarrollo de trabajos que implican una gran cantidad de tiempo y de recursos: quizás para realizar un posible tramado de vías que no existen en un territorio determinado (lo que no quiere decir que el ingeniero que realice esta investigación esté en ayunas de las lecturas que podrían servirle en el proceso); o para realizar un cálculo promedio de cuántas estrellas posee cada galaxia y el porcentaje que representa cada galaxia según su cantidad de estrellas en la totalidad del universo, etc... ¿pero para hacer literatura? 

Una amenaza latente y que ya hemos visto de cerca son las atribuciones que se toma este sistema sobre lo que ya ha sido elaborado y forma parte de nuestro patrimonio cultural. 

He aquí un ejemplo en la siguiente ilustración:

La cita de Sábato que antecede fue alterada; en realidad dice:


Hombre y mujer


"Siempre habrá un hombre tal que, aunque su casa se venga abajo, estará pendiente del Universo. Y siempre habrá una mujer tal que, aunque el Universo se venga abajo, estará pendiente de su casa".

(Uno y el universo, 1945)


Fue el segundo libro de Sábato que leí después de El Túnel cuando estaba en el liceo y todavía lo conservo.

Imagino que la implicación misógina del texto puede molestar un poco a quienes defienden la igualdad entre géneros y están en su derecho; sin embargo, allí no radica el problema. 

El problema es que para complacer la sensibilidad contemporánea se altera el contenido de un texto que forma parte de la historia de la literatura y que en su momento tuvo su importancia, aunque haya tenido detractores también en su época. 

Como sucede con esas atribuciones en forma de "mensajes positivos" que endilgan a autores cuya verdadera visión del mundo, si leemos directamente su obra, es bastante pesimista: Huxley, Sartre, Cioran, Nietzsche, entre algunos otros.

Esto plantea un problema grave: ¿a quién estamos leyendo cuando creemos leer a un autor conocido?

En un artículo reciente la española Rosa Montero se dió a la tarea de denunciar a esos autores que ocupan un espacio de excepción en las vitrinas y las listas de mayores ventas pero cuyos títulos no son escritos por ellos, sino por escritores que conocen el oficio pero que no gozan, cuando son ellos mismos, de la misma aceptación.

No es una historia nueva, de todos es conocido que Alejandro Dumas para cumplir con la demanda de historias que tenía que entregar a sus editores recurría a este recurso. 

El problema actual es que estos señores y señoras que se ganan el pan alquilando su talento a estas "vedettes" del mundillo literario, también están en riesgo de quedarse sin empleo. 

Actualmente cualquiera, conocido o no, con talento o no, puede pergeñar sus libros (porque nunca es uno solo, hay unos que se ufanan de tener varios manuscritos listos para la publicación) con el apoyo de este mecanismo y haciendo su respectiva "dieta de lecturas". 

Por eso también los que dedican tiempo a revisar las novedades que circulan en el mundo, se encuentran con autores que en pocos años han publicado una cantidad considerable de libros, todos de dimensiones escandalosas, y por supuesto "sin precedentes en la historia"... y uno se pregunta ¿cómo lo hacen?

Por otro lado están los que tienen la ilusión de ser escritores conocidos y no poseen las herramientas necesarias para realizar su sueño. 

Éstos, en vez de ponerse a trabajar con la mente puesta en su objetivo, acuden a la tecnología para que realice por ellos una tarea que normalmente exige mucho tiempo, paciencia y sobre todo dedicación.

Porque la mala noticia es que para escribir hay que escribir, aunque suene redundante: la única forma posible y honesta de culminar una obra es escribir y leer mucho, sin dietas ni apoyos artificiales.

Ahora .. ¿y qué pasa con el lector que recibe toda esta carga adulterada de literatura?

En su libro Geografía de la novela, Carlos Fuentes dice lo siguiente: "La esperanza de la civilización descansa sobre esta hipótesis: Mañana habrá un Lector. En consecuencia, la literatura debe presuponer un público más culto que el propio escritor. El escritor se dirige a un lector que sabe más que el autor. Y lo que el lector sabe es lo que ningún escritor sabe hoy: el Lector conoce el Futuro".

De esta manera, si bien es cierto que como dice Rosa Montero, todavía hay escritores honestos que realizan su mejor esfuerzo para llevar adelante su obra sin otro recurso que su voluntad de trabajo. También tenemos que tomar en consideración que todavía quedan lectores inteligentes que esperan de los autores que leen ese esfuerzo.

En ese futuro que conoce el lector, una vez que se canse de que lo estafen con historias planas, mal construidas, producto no de un trabajo humano sino de una mascarada tecnológica, terminará por poner un límite y cerrarse a cualquiera que pretenda engañarlo.

Volverá el lector a los viejos libros y autores conocidos que elaboraron sus obras antes de todo este apocalipsis y dará la espalda a cualquier novedad, con lo cual saldrán perdiendo también los que todavía realizan su trabajo como debe ser, pues, ¿cómo demuestran que de verdad hicieron su trabajo como debe ser?

En una época las narraciones traían la siguiente advertencia en el fronstipicio: "Cualquier parecido con personas o eventos de la realidad es mera coincidencia".

Hoy los escritores dependientes (de la lectura, del hacer diario) tendrán que usar algo parecido a: "Escrito sin utilizar Inteligencia Artificial ni otro recurso alternativo, cualquier influencia no es mera casualidad: forma parte de mi herencia cultural".

Trascendencia de la obra de José Rafael Pocaterra

-Victorino Muñoz-


Se me ha pedido que hable de la trascendencia de la obra de José Rafael Pocaterra y, al momento de comenzar a redactar estas líneas, me doy cuenta de que lo que es un tema, es en realidad varios, tal vez tres o cuatro: la obra de José Rafael Pocaterra; lo que significa trascender o trascendencia, referida a los términos de una obra literaria; y lo que nos podría hacer afirmar que, de manera específica, la obra literaria de José Rafael Pocaterra ha trascendido, es trascendente o es trascendental, que no es lo mismo ni se escribe igual.


¿Qué significa trascender?


Ahora bien, siempre que me toca hablar de un tema, me gusta ir a la raíz del asunto, comenzando por la etimología de la palabra. En este caso sería de la palabra trascender. Leo en la tercera edición del Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, que la palabra trascender deriva de scandere, subir o escalar en latín, unida además al prefijo tras. Sería, en su sentido original, algo así como rebasar, o rebasar al subir.

En la actualidad, el término tiene básicamente tres acepciones: despedir un olor o aroma que se percibe a distancia o que trasciende (valga la redundancia) el recipiente en que está encerrado algo. En un sentido figurado esto adquiriría sentido de conocerse algo que está oculto o está encerrado. En segundo lugar, aunque un poco relacionado con la primera acepción, tendría sentido de extenderse el efecto de una cosa hacia otra. Y tercero, también relacionado, sobrepasar ciertos límites.


¿Qué significa, entonces, trascender, en el caso de un escritor?


Lo natural con toda obra literaria sería o debería ser el trascender del recipiente en que están contenidas las palabras (léase: libro) hacia los lectores. En este caso no hablaríamos de un aroma que se percibe, sino de algo más inmaterial: la esencia del pensamiento del autor. Ya el mero hecho de haber escrito y luego ser leído significa, ni más ni menos, trascender de esto que soy a esto que son ustedes, otros, distintos, pero semejantes.

El segundo sentido que podemos dar a la palabra trascendencia, en términos de una obra literaria, sería, como se recordará, el extenderse el efecto de una cosa hacia otra. Podríamos interpretar esto también como el efecto de la obra en otras. Para decirlo con una palabra sencilla: la influencia que genera (pensando un poco en lo que decía Harold Bloom), la presencia efectiva de la obra en otras (pensando ahora en Gerard Genette). Imitarlo, en el buen sentido, usar epígrafes de un autor, citarlo, parafrasearlo, escribir ensayos o tesis sobre su obra, entre otras, serían los distintos mecanismos para hacer esto, para trascender en esta vía. 

Y en tercer lugar, recordamos, el trascender guarda relación con sobrepasar ciertos límites. Dado que somos entidades supeditados a las leyes del universo físico, podríamos conjeturar que tales límites tienen que ver con el espacio-tiempo. Trascender, literariamente, sería la presencia en un autor en lugar distinto del suyo, lo cual implicaría la edición de sus libros en otros ámbitos y la traducción de su obra a otras lenguas. 

Pero, por otro lado, está la presencia del escritor, o más bien, de la obra del escritor, en un tiempo que no es el suyo, en un tiempo posterior al suyo. Porque, como ustedes seguramente saben, no podemos vivir por siempre. Pero nuestras palabras pueden trascender el tiempo en que vivimos, sobre todo si están escritas, por aquello de verba volat scripta manent. Sin embargo, hubo personas que no escribieron y también trascendieron: Sócrates, Cristo, Buda...


¿Por qué pensamos que la obra Pocaterra ha trascendido?


Ahora arribo al centro inefable de mi relato, como decía un personaje de Borges. Aunque tal vez lo más justo sea decir el centro inexacto, en fin. En cierto modo, ya hemos ido respondiendo la pregunta, si es que era una pregunta, acerca de por qué pensamos que la obra de Pocaterra ha trascendido. 

La primera y mejor prueba sería que hoy, a cien años de la publicación de sus Cuentos grotescos y a 67 cumplidos del fallecimiento del autor, estamos aquí recordándolo y hablando de él. Ha trascendido su tiempo vital. Ha rebasado, incluso duplicado, la prueba de fuego de la que hablaba Schopenhauer, quien aconsejaba no leer un libro que tuviera menos de 50 años de haberse publicado. Doble o nada, podría haberle replicado el escritor valenciano al filósofo de origen polaco. 

Y en cuanto al espacio, si bien estamos en el mismo país en que vivió Pocaterra, sí podemos decir que ha habido ediciones de los cuentos grotescos en otros países; por ejemplo, recuerdo haber visto una selección publicada en Lima. Además, ha sido parcialmente traducido al francés y al inglés, particularmente su obra de denuncia del gobierno de Juan Vicente Gómez.

Ahora, debo aclarar que quizás toda la obra de Pocaterra no ha trascendido en la misma medida ni de la misma manera. Para explicar esto, habría que dividir, no tan arbitrariamente, sus escritos en tres grandes grupos:

- En primer lugar, los nombro de primero porque para mí siempre lo están, tenemos los Cuentos grotescos; olvidando por un momento que yo también soy valenciano, me atrevo a afirmar que es la mejor colección de relatos escrita y publicada en este país.

- En segundo lugar, Memorias de un venezolano de la decadencia, cuya trascendencia habría que buscarla no solo en lo estrictamente literario, es decir, en lo que está en libro escrito, sino en lo que el autor representa como hombre mito o como hombre símbolo, junguianamente hablando. Y es que en este caso, como suele suceder con la literatura testimonial, es difícil separar la gesta de la obra, al hombre del texto. En realidad una es la otra: la lucha es el libro, el libro es la lucha. No hay página de las Memorias... que no rezume el padecer, no de la cárcel, sino de la vida en su país. Porque a menudo es la impresión que da con la lectura: más que el dolor de estar preso, duele y le duele saber que Venezuela es así y ha sido así.

- En tercer lugar están sus novelas; es lo que menos ha trascendido de la obra de Pocaterra. Y si las leemos tal vez es un poco por la fama que le han prestado al nombre del autor las otras obras mencionadas (los cuentos grotescos y las memorias). Sus novelas, quizás con excepción de El doctor Bebé y Tierra del sol amada, no tienen la intensidad y la vehemencia que percibimos en otros momentos de su prosa. Aquí me atrevo a hacer una conjetura: en El doctor Bebé, el personaje real que inspiró la novela (Samuel Niño, gobernador de Carabobo para esos tiempos), posiblemente le resultaba muy antipático a Pocaterra, de manera que escribió en estado de ánimo algo exaltado. Lo mismo sucedería, pero por razones exactamente opuestas, con Tierra del sol amada, una novela ambientada en el Zulia, donde seguramente Pocaterra se sintió bien tratado. De modo que, en un caso por el odio y en otra por el amor, dos novelas de Pocaterra trascienden o sobresalen del montón.


¿Pero, cómo ha trascendido?


Ahora bien, me quedo por un momento con los Cuentos grotescos, que son el objeto del homenaje y motivo de celebración, por haber cumplido sus primeros cien años, de continuada y fervorosa lectura por parte de los venezolanos. Hace unos días, desde las cuentas de redes sociales de la página que coordino, hicimos algo así como una pequeña encuesta, preguntando a los lectores cuáles eran los cuentos que más les gustaban o recordaban de Pocaterra. Fueron miles las respuestas, y mucho el entusiasmo al responder, recordando títulos como: La I latina, Los comemuertos, Matasantos, La casa de la bruja, Las frutas más altas, Panchito Mandefuá, entre otros. 

Algunos pensarán que esto se debe a que los cuentos de Pocaterra tienen el dudoso privilegio de formar parte del canon en las escuelas y liceos de nuestro país (léase: programa de literatura). Sin embargo, me permito recordarles o recordarnos que son muchas las cosas que nos dijeron los maestros en la escuela, pero que ya hemos olvidado. El hecho de que recordemos haber leído un cuento, que recordemos el título y el nombre de quien lo escribió, dice mucho del autor. Nos dice que ha trascendido también en nuestra memoria. Y para ser sinceros, muchos seguimos leyéndolo, aun cuando ya hace rato pasamos la edad de estar sentados en un pupitre, vistiendo una camisita azul o blanca.

De hecho, los cuentos de Pocaterra no son solo lectura escolar obligatoria, también despiertan el interés de estudiosos sobre el tema. No tengo un catálogo completo de la bibliografía indirecta sobre el autor; pero es tan abundante como para llenar un tomo, quizás varios. En estos momentos que escribo tengo frente a mí (pero ustedes no pueden verlas) varias antologías del cuento que se han publicado en Venezuela: en la Antología del cuento venezolano, elaborada por Guillermo Meneses; en El cuento venezolano, de José Balza; 46 cuentos, un país, trabajo de recopilación realizado por Carolina Álvarez y Elisa Maggi;  La vasta brevedad, Antonio López Ortega, Carlos Pacheco y Miguel Gomes; Relatos venezolanos del siglo XX, de Gabriel Jiménez Emán... en todas ellas aparece un texto de José Rafael Pocaterra.


¿Por qué ha trascendido?


A mí no deja de parecerme curioso que siendo un país con tan pocos lectores, en el que muchos leen solo por obligación las cosas que mandan en la escuela (entre las cuales, para bien o para mal, está Pocaterra), sea este autor una de las lecturas que más recuerda la mayoría. Lo digo con conocimiento de causa, porque solía sondear a mis estudiantes sobre el tema. Recordaban algún cuento, el nombre del autor, el título del libro... Y créanme que esta es una suerte de la que no disfrutan muchos de nuestros autores.

Pero, por contrapartida, no he encontrado tanto esta trascendencia en la instauración una tradición literaria o aun cuentística en nuestro país. Quiero decir, la impronta que ha dejado Pocaterra en nuestra literatura es más con los lectores, cara a cara, antes que con los escritores o a través de otros escritores. Si bien hay bibliografía indirecta sobre nuestro autor (estudios y monografías, como mencioné), haciendo esfuerzo de memoria o de imaginación, me llegan a la mente pocos cuentistas que podamos decir que claramente han sido influidos por los relatos de los que hablamos hoy. Tal vez el caso del Garmendia de Los pequeños seres, sea uno de ellos, aunque su parafernalia verbal se aleja mucho de la prosa cáustica, ascética, del valenciano.

No parece, pues, haber tanta continuidad en el presente de su obra. Parece que muy pocos siguieron ese su camino. Con la cuentística de Pocaterra yo diría que en cierto modo se cierra un ciclo en el cuento breve, que inició con nuestros escritores costumbristas, con Bolet Peraza, Sales Pérez y Rafael Bolívar. El hacer una estampa, el retrato del personaje típico o emblemático, son comunes en ambos, en Pocaterra y en los costumbristas. Claro que en Pocaterra hay más elementos, hay más drama... pero. 

Después de nuestro autor, nuestra cuentística se iría por otros derroteros: de la mano de Uslar Pietri y autores como Guillermo Meneses, el cuento venezolano se transformaría definitivamente, alejándose cada vez del costumbrismo pocaterriano. Este perduraría por un tiempo, pero en forma de novela, en Gallegos, aunque con un acento muy distinto, porque Pocaterra no parecía tan optimista o positivista como el autor de Doña Bárbara.

Sin embargo, allí quedan los cuentos grotescos de Pocaterra, con sus personajes como testigos mudos, a menudo absortos, y víctimas de unas circunstancias que no siempre consiguen explicarse bien. La mayoría de estos cuentos, como se sabe, fueron escritos durante la dictadura gomecista. Aunque hay algunos ambientados en épocas anteriores (como La mista, que transcurre en el guzmancismo). A dicha época pertenecen y de ella no han podido escapar, ni el autor ni los personajes, mas sí la obra. No podría uno imaginarse a un personaje de Pocaterra actuando y hablando de otra manera, viviendo en otro tiempo, vistiendo de otro modo o, aún, siendo feliz. 

Empero, permanecen ellos, personajes, textos, precisamente porque eran exactamente como debían ser de acuerdo con su tiempo; un tiempo del cual a su vez son prisioneros, así como lo son de las formas y de los prejuicios, que son los mismos del autor (presumimos). En alguna ocasión Rimbaud dijo: hay que ser absolutamente modernos. Tal vez los personajes de Pocaterra dijeron: tenemos que ser absolutamente provincianos, absolutamente desencantados, absolutamente pocaterrianos.

De ese modo y gracias a eso, los cuentos de Pocaterra permanecen en nuestra memoria, personal y colectiva, como recuerdo de un tiempo que no parece fluir sino estancarse; como un daguerrotipo sepia, algo desvaído, de un pasado que no vuelve y un modo de escribir que ya tampoco será. Hoy día incluso se nos antojan un poco arcaicos sus conflictos. Pero, qué se le va a hacer, eran así. Y así han permanecido, hasta llegar a nosotros.

En una ocasión dijo Uslar Pietri: “Acaso sean los cuentistas venezolanos los que mejor pueden reflejar, en su obra breve e intuitiva, la realidad fluida, atormentada y contradictoria de la nación. Sin ellos, el rostro de Venezuela estaría incompleto y mucho de su misterio no habría empezado a expresarse. No tienen manifestación más alta la literatura venezolana, ni en ninguna otra forma se ha revelado con más poderosa y varia espontaneidad su genio propio.” A menudo he creído que cuando Uslar escribió esto estaba leyendo los cuentos de Pocaterra o pensando en él. Quién sabe. 

Por lo menos parece que sin los cuentos grotescos estaría a medio desdibujar el rostro de esa Venezuela de principios del siglo XX, siglo al cual entramos dando un paso hacia el pasado, que no hacia el futuro. Y para entender la pequeña historia detrás de la historia, durante la oscura noche del gomecismo, que es como nuestro Medioevo nacional, faltaría la pluma de Pocaterra y sus personajes, en su pequeñez y en sus desencantos, en esas vidas oscuras (tomando prestado el título de otra novela del autor).

 

Así, lo que ha trascendido a través de sus letras, a través de esas líneas, es la visión de una gran amargura, un desencanto, tal como presumimos debió sentirse el autor en vida. No sabría decir por qué recordamos tanto a esos personajes, que más bien mueven a sentir honda pena. Tal vez seguimos sintiéndonos un poco así en ocasiones y no nos hemos dado cuenta.

Pero lo importante es que lo que pasa con la literatura cuando permanece: de algún modo trasciende con su tiempo y hace que este trascienda hacia nosotros, lo cual es una paradoja. ¿Ocurriría la guerra de Troya? No lo sabemos. Pero lo creemos. Y el pasado lo recordamos o imaginamos en la medida que ha sido literalizado. Y trasciende solo en la medida en que es texto.

domingo, 14 de junio de 2026

Doce poemas de Freddy Borges


Título: Triciclo y otros elementos (2025)

Autor: Luis León



Del poemario inédito Ocio sagrado 


1.


Los árboles de la avenida

Las Delicias 

se llenan de pájaros

por las noches

 

Cansados

regresan como niños

sorprendidos por las hojas


Si pasas en silencio 

una canción de cuna 

se une con el viento


Son pájaros de alas oscuras


Mi alada memoria 

recibe el cuento de un angel

a punto de dormir


2.


Este poema

escrito sin tachones

a veces añora 

un borrón y cuenta nueva 


Una hoja escrita 

con el descuido de una letra


3.


Uno detrás de otro 

la fila 

la cola 

la columna 

y una pilastra 


Siguiente


El cuchillo 

la carne

el carnicero

la máquina 

el mostrador

el punto 

y una pilastra


Mi molida humanidad


4.


Ya no quiero volver a Ítaca 

su laberinto es eterno


Eterno su destino 


Ya no quiero volver a Ítaca 

por respeto a muertos y mutilados

almas exhaustas

errantes a mi lado


Los dioses han de saber 


Ya no quiero volver a Ítaca

amada tierra del tiempo 

yo nunca me fui 


5.


Mi mano aplasta

un zancudo en la pared 


Su sangre es tan suya 

como mía 


Pienso en su ADN

en mi ORH positivo


El mensaje no está claro


No distingo lo primero 

de las cosas


Un caminito de hormigas

se suman al cortejo


6.


Las sombras viven por fuera

todo persigue

nada deja


A veces unas pesan más que otras

porque la luz las engorda

nada guarda


Como la sombra

hay poemas que se igualan

dueño del espacio 

te castigan por amor


7.


Uno habita 

la casa tantas veces


Que un día 

aprendes a llorar 

dentro de ti 


Mientras tu fantasma 

se conmueve detrás 

de la puerta 


8.


Vuelves a ser

pan en mi boca


La concha rompe en los labios


La mojas en el café 


Apoyas la tormenta 

en el pecho


Porque en una taza

caben todas las migajas

del corazón 


9.


Me acerqué a ver el cielo esta mañana 

porque era azul en medio de los ojos


Un cielo lleno de domingo 

azul azul

con todo el azul del cielo 

(a punto de caerme en la cabeza) 

pero se tornó gris

oscuro 

sin paraguas


10.


Sin escrúpulos 


Durante años 

el closet ha guardado 

mi ropa 


Pero ya hay un cuarto 

en la casa

con un ropero


11.


En un acto de acoso


El poema

opta por la defensa personal 


12.


La veo aparecer 

por el techo de las casas


Desesperada 

la lluvia huye del cielo 


Corre por las calles


Mi carrera no es consuelo 


Sus diminutos pasos

queman la tierra


¿Es acaso su urgencia mi urgencia?


¿Escapa del orden o del infierno?


El frágil modo me detiene


Sin egos de corazón 


Dejo que me abrace


La dádiva hace su encuentro

Como acabar de una vez por todas con la lectura


-Manuel Cabesa-


(Para la mystérieuss


De pronto uno se acuerda de Woody Allen y su delicioso libro de cuentos Como acabar de una vez por todas con la cultura, porque parece que eso es lo que estamos viviendo: una inversión de los conceptos y valores disfrazando con un lenguaje aleatorio el trasfondo de banalidad en que vivimos inmersos. 

Pero a diferencia de la sonrisa que producía aquel volumen con sus paradojas hoy no sabemos si lamentarnos más bien por la alocada confusión que nos rodea. 

Ahora resulta que entre las novedades que se insertan en esta era de "discursos transversales", está la de insinuar que los escritores deberían hacer "una dieta de lecturas" para mantener pura su "voz creativa", evitando cualquier influencia que les impida lograr una obra "original".

Esta idea de la "originalidad" que parecía descartada porque, entre otras cosas, no existe la originalidad en la literatura: todo cuanto hay que decir sobre la existencia ha sido escrito antes o colateralmente, parece cosa de niños que rechazan las reglas del juego. 

No es coqueteando con la ignorancia que se logra una obra de valor, sino todo lo contrario, es absorbiendo las nutrientes de la cultura que nos antecede como podemos definir una voz: la voz que corresponde a la obra y a la época que la engendra; del resto es megalomanía pensar que se puede ser distinto a las pautas que nos impone el ambiente en donde nace nuestra imaginación. 

Pero aun así veamos algunos detalles al respecto...

Hace muchos años, Harold Bloom, expuso en su libro La angustia de las influencias esa especie de autonomía que tienen ciertos temas de sobrevivir al tiempo y arraigarse de manera fluctuante en el cambio de las generaciones: cada verdadero autor recibe en herencia la influencia de las voces que le anteceden; sin embargo, lo importante de una influencia no es que exista y de alguna manera "contamine" nuestro proceso, sino la capacidad de transformarla en algo novedoso, en lograr "Repetir cosas ya dichas y hacer creer a las gentes que las leen por primera vez. En esto consiste el arte de escribir", como dijera el poeta Odysséas Elýtis.

Por su parte a comienzos de los años 80, Gerard Genette nos regaló la idea del "palimpsesto" con sus múltiples categorías y pudo de esa manera abrir una nueva brecha para el manejo de las influencias, demostrando que en toda literatura (al menos en la occidental) hay una relación de co-presencia entre los textos, mucho más allá de la intención de los autores, creando una red infinita de relaciones en donde es posible leer en lo contemporáneo su trasfondo escrito en las paredes del profundo pasillo de los tiempos. 

De allí la permanencia del mito (no la mitología, que es otra cosa) en las culturas de todos los tiempos y todos los lugares, aunque de antiguo era impensable la comunicación entre ellas.

Siendo que esto es así, resulta mucho más provechoso, mientras estamos embarcados en un proyecto de escritura, leer cuanto podamos o al menos todo cuanto nos pueda alimentar mientras dicho proceso prosigue su curso.

Aclaremos un punto, si bien es cierto que es una patraña que para escribir hace falta leer ingentes cantidades de libros al año, también lo es creer que no hacerlo te asegura la inocencia suficiente para ser original; en todo caso en la relación leer-escribir lo ideal es asumir una posición parecida a la del poeta Nesfran González: "Yo me he manejado siempre desde un ángulo intuitivo, sin presión por tener que leer tal o cual libro, ni la cantidad por mes o año. El placer por el placer. Como dice Isabel Bono: escribir por y no para".


Para José Emilio Pacheco:

 

"todo escritor debe honrar el idioma 

que le fue dado en préstamo, 

no permitir su corrupción ni su parálisis, 

ya que con él se pudriría 

también el pensamiento. 

Su obligación primera consiste 

en escribir prosa o verso 

de la mejor manera posible".


Y queda la duda ¿cómo cumplimos con esta obligación, si mientras realizamos nuestro trabajo dejamos de leer a aquellos que lo han realizado mejor que nosotros y pueden ir allanando nuestro camino?

En el caso de nuestro idioma, el desconocimiento de los trovadores medievales, del Mío Cid, Fernando de Rojas, el Conde de Lucanor, Francisco Delicado, Quevedo, Tirso, Galdós, Machado o Darío no nos exime de estar conscientes de que su obra está en el ADN del lenguaje que usamos para escribir, y aunque no hayamos tenido trato directo con ellos su presencia existe en los genes de la lengua a través de eso que se llama "tradición" y que, querámoslo o no, lo sepamos o no, nos guste o no, termina por hacer acto de presencia en la obra de todos nosotros.

Desde todo punto de vista resulta inconcebible mencionar autores que han sido relevantes en nuestro idioma, que han dejado grandes aportes a nuestra cultura sin pensar en ellos como autores-lectores: Cervantes, Borges, nuestro Ramos Sucre, de quién escribió Alba Rosa Hernández es: "un poeta lector, detrás de su escritura está casi siempre un texto que él varía, recrea, transforma. Escribía reescribiendo modificando -y aun invirtiendo- la tradición".

De todo esto resulta que "La originalidad consiste en el retorno al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones", como dijo Antonio Gaudí, o sea que la originalidad está en el uso innovador de los recursos que nos brinda la tradición, no en obviarlos para mantener la pureza de una supuesta "voz", tristemente auntenticada por un sistema de Inteligencia Artificial.

Cerrando su libro Mientras escribo, Stephen King comparte una serie de títulos que considera le han sido útiles en la conformación de varios de sus relatos y novelas con la siguiente advertencia: "Son sólo títulos que me han servido a mí. También es verdad que no son de lo peor, mucho menos, y hay bastantes que pueden enseñarte nuevas maneras del oficio. En todo caso, aunque no te enseñen nada, seguro te hacen pasar un buen rato". Por eso es que nunca dejamos de leer, estemos escribiendo o no.

Y por último nos preguntamos: si dejamos de leer a nuestros semejantes, entonces ¿cómo vamos a aspirar que alguien lea lo nuestro?... Como dice Nesfran: "al final terminas con más libros publicados que con lectores de tu obra".

sábado, 13 de junio de 2026

Este latido secreto permanece | Comentarios sobre El largo día ya seguro de Antonia Palacios


Antonia Palacios es una figura entrañable dentro de la literatura venezolana, no sólo por ser autora del clásico Ana Isabel, una niña decente (1949), sino también por ser la fundadora del mítico Taller de Literatura Calicanto cuyos aportes a nuestro espacio literario aún siguen vigentes. En esta ocasión ofrecemos en ZdT un acercamiento realizado por la narradora Carolina Álvarez Arocha, autora de Las trinitarias y Barba Azul (2010) y Algunos delitos mínimos (2022), a uno de sus trabajos menos conocidos, partiendo de una lectura acuciosa y muy personal que complementamos con uno de los relatos incluidos en el libro comentado. 


(mcabesa)


***


-Carolina Álvarez Arocha-


El largo día ya seguro de Antonia Palacios es un libro poco conocido. Sin embargo, en esta colección de relatos, se aprecia el trabajo maduro y consciente de una la mujer que escogió la escritura como oficio. Atrás quedó Ana Isabel una niña decente su novela más conocida y difundida pero que apenas marcó el comienzo de una trayectoria, un recorrido en donde nuestra autora fue creciendo y superándose.


El libro


El largo día ya seguro fue publicado por Monte Ávila Editores en 1975, y su autora recibió el Premio Nacional de Literatura de 1976 gracias a esta publicación. Lo curioso es que El largo día no ya seguro nunca tuvo una segunda edición y conseguir el libro es una tarea casi arqueológica.

El texto contiene once relatos cortos en su mayoría de naturaleza intimista donde en algunos casos con delicadeza y en otros de manera directa o descarnada, se explora el universo de los sentimientos y las sensaciones además de la denuncia y la crítica social.

Las alusiones a lo que es real o no, la conciencia sobre el cuerpo que nos pertenece, la obligación de estar en un lugar que no ha sido elegido, la ausencia, la muerte, la desilusión, las casas, los muros, el cuerpo, el amor profundo son temas recurrentes a lo largo de este volumen.


El estilo


Los relatos del libro son cortos, ocupan entre dos y seis páginas, la mayoría en sólidos bloques con ausencia de párrafos; ochos de los textos se presentan sin un solo punto y aparte. Uno solo de los textos, “Un caballero en el tren”, posee diálogos y muestra una estructura si se quiere tradicional; curiosamente este es el único cuento en donde lo que se narra realmente no ocurre.

Imagínense estar en un lugar, desde allí observan todo lo que está a su alrededor durante unos minutos. En esta observación, o producto de ella, comienzan a evocar miles de recuerdos, sensaciones, pues así está escrito el libro. Parece que quisiera recoger en palabras la velocidad del pensamiento, esa premisa que dice “vi pasar mi vida en unos segundos”.

Se trata de un libro que hay que leer poco a poco. No porque sea difícil o tenga palabras complicadas, no; sino porque hay mucho que procesar. No es acción lo que se nos cuenta o lo que predomina. Los cuentos tratan de lo que se siente, más que de lo que pasa.

En este sentido me recuerda ciertos textos de Clarice Lispector. Pero a diferencia de la autora brasileña, en Palacios no presenciamos el momento de epifanía o descubrimiento que experimentan los personajes, sino que aquí, quien debe descubrir lo que ocurre es quien lee el cuento. En relatos como “Un caballero en el tren” o “Algo había sido movido de su sitio", al final, dos o tres líneas antes que termine al texto, la autora de alguna manera explica qué está pasando; sin embargo, en la mayoría de los cuentos la narración nos va llevando poco a poco y se requiere un esfuerzo mayor. Terminamos de leer y necesitamos revisar y buscar un poco más. Descubrir de qué se trata, qué está pasando ahí, o lo que creemos que ocurre, dependerá en gran medida de la experiencia personal, de lo que conocemos de la ciudad, de la historia contemporánea, de la situación concreta de la época en que fueron escritos los textos, en fin, de multitud de elementos que no necesariamente están en el relato.

Hay una historia latente, hay una esencia que nos llega a todas y a todos, pero creo no equivocarme si afirmo que cuentos como “Un reborde de acero color violeta”, “Un extraño animal bocabajo” o “Nueve minutos veintitrés segundos” pueden tener más de tres explicaciones distintas, o tantas interpretaciones como personas que lo lean y seguramente todas serán válidas.


Los relatos


La contraportada de nuestro libro señala “Si hubiera de dar una definición de estos relatos de Antonia Palacios, nada más aproximativo que afirmar sus nexos con el sueño. Surgen de la urgencia de reproducir ese universo intemporal, frágil inasible, que nos habita fuera de la vida consciente.” No obstante, me separo totalmente de esta percepción. Quizás los dos primeros cuentos pertenezcan a este mundo onírico que se menciona en la contraportada. Como señalamos anteriormente el tema sobre lo que es real o no es un asunto que abordan los personajes del libro, pero, aun así, El largo día ya seguro es un libro que va mucho más allá de la ensoñación. Es un libro donde Antonia Palacios se pone en el lugar de otras y de otros para contar las angustias reales que viven estos personajes donde se mezclan igualmente, recuerdos, esperas, encuentros, desencuentros, melancolías, añoranzas (saudades), luchas ideológicas, fracasos. 

Desde el primer cuento “Una lenta oscilación”, donde vemos a Alcira balanceándose en su mecedora, hasta el último texto, donde hombres armados irrumpen en la habitación de una joven subversiva; se muestra la intención de la autora de mostrarnos qué siente cada personaje colocándose ella en la piel de la otra, del otro. Puede ser hastío y decepción en “El sitio de la espera”, desarraigo, en “La llegada” y “Una bandera ondeando al viento”, dolor por la ausencia como en “Regiones indeterminadas” y “Algo había sido movido de su sitio"; frustración ante el fracaso de un proyecto político derrotado en “Una bandera ondeando al viento”, “Nueve minutos veintitrés segundos” o “El largo día ya seguro”. Los sentimientos y sensaciones son reales, no soñados.

Para resumir este punto tomaré las palabras el poeta chileno Díaz Casanueva –citado por Luis Alberto Crespo en el prólogo de Ficciones y aflicciones: 

"Hemos de hacer hincapié en que Antonia Palacios no se fuga de la realidad, ni utiliza incoherencias como método, ni lo insólito, ni la fabulación caprichosa, ni siquiera invierte o desordena lo temporal. Solo tiende al ahondamiento de la realidad, la revelación de lo profundo del ser humano, para convencernos de que la realidad es más rica y enigmática y la personalidad humana más interior".

Por su parte la escritora argentina-colombiana Marta Traba en el prefacio de la obra señala:

"Antonia Palacios, que siempre fue una escritora desalojada de la realidad por los golpes de la imaginación, ahora es, de manera verídica, trágica y majestuosa, una escritora realista que no tiene más remedio que fijar la imagen con precisiones inesperadas. Pero esas imágenes precisas se gestaron en décadas de sueños, dolor y desvarío. También en el amor que, como la vida, está, para ella, polarizado entre cima y abismo, emergencia y naufragio".

De manera que, más que sueños o textos oníricos encontraremos la reflexión consciente del mundo que rodea a los personajes. La necesidad de mostrarnos lo que ocurre o lo que se ve desde lo sensorial en todos sus aspectos: aromas, colores movimientos, roces, dolores. Por este énfasis en lo sensorial, por sus reiteraciones e imágenes líricas y emotivas, hay momentos en que algunos de sus textos podrían percibirse como prosa poética, sin embargo, la anécdota está ahí, juega un papel importante.


No sé si es un secreto


Un detalle que descubrí, y que no he leído en los artículos que revisé, es la estrecha relación que existe entre la persona a quien dedica sus cuentos y el mismo texto. De los once relatos, ocho tienen una dedicatoria y al menos en seis de estos se hacen desde la perspectiva de este familiar, amiga o amigo a quien se dedicó el trabajo. En otras palabras, el personaje que observa y reflexiona es la persona a quien se dedica el cuento. Claro que no es la primera vez que un narrador hace esto, pero debido al estilo empleado, no deja de sorprender este ejercicio de empatía total que realiza la autora. Ella se pone en el lugar de la otra, del otro, se pone en su piel, habla con su voz y contempla al mundo desde esos otros ojos.

Lo percibí en el primer texto, “Oscilación”, dedicado a Ana Enriqueta Terán, porque trata de una señora que traslada su mecedora a la entrada de su casa: “Allí está Alcira (¿Ana Enriqueta?) meciéndose en la mecedora, más allá de la yerba, más allá de la casa. Balanceándose lentamente, acompasadamente, como si nada tuviese prisa en el mundo de los vivos…” Leo esto y no puedo evitar ver a la imponente Ana Enriqueta Terán sentada en una mecedora reflexionando al ir envejeciendo, sintiendo cómo el hogar se va transformando de “casa refugio en casa prisión” (p. 21).

En el relato dedicado a su hijo Fernán y su nuera Elizabeth, pone en la voz de su hijo Fernán una descripción de su hermana ausente. Es decir, Palacios describe a su querida María Antonia, pero es su hermano quien habla: “Pienso en mi hermana lejana y me siento libre de tocar lo vulnerable (…) Puedo pensar que las manos de mi hermana, aquellas manos aladas que se abrían y cerraban en un vuelo fugaz, copiarían las complicadas maniobras que reflejaban sus ojos…” (p.63). Antonia Palacios crea esta elegía que reconstruye el paso de la joven pianista por el mundo, como dijimos, no desde su tragedia como madre, sino desde la voz de su otro hijo, tal vez tratando de cuidarse y no dejar que el dolor sobrepase la escritura.


Un latido común


A medida que iba leyendo este libro, sentía que estos cuentos podían haber sido escritos ayer, cada uno me brindaba un mensaje personal. Me hablaban a mí, Antonia Palacios estaba escribiendo algo que yo quería escribir y ella había encontrado las palabras exactas. 

La escritora sabe lo que siento cuando dice “La espera es una cosa larga. Una cosa que se agranda, y las gentes se achican y bajan la cabeza, se encorvan, mientras esperan. Esperar es zozobra, angustia, vacío. Esperar es rencor, odio, desprecio” (p 43). Y recuerdo la letra de una canción de Silvio Rodríguez que dice “Ya no te espero, porque de esperarte hay odio” y ambos se conjuran para recordarme lo que significa esperar a alguien que no llega o no termina de dar una respuesta.

Me detendré un poco en el cuento “Una bandera ondeando al viento” dedicado a Juan Larrea, poeta exilado de España (1895-1980). Es posible que, en su origen al estar dedicado a Juan Larrea, Palacios remita su reflexión a la guerra civil española, pero pienso que puede tratarse de cualquier enfrentamiento que tenga lo ideológico como tela de fondo, de ahí la alusión a las banderas.

En este texto hay dos personajes: Ella y Yo. Este es uno de los pocos textos que posee párrafos claramente definidos. Pero aquí la intención es justamente diferenciar cuando interviene cada uno de los dos personajes principales. Ella es una mujer que llega a “…Una ciudad a medias donde de pronto hay solares vacíos y la yerba crece alta, y los perros rastrean y viejos periódicos son alzados por el viento y las calles se inundan cuando llueve… Una ciudad a medias y sin embargo la gente se aprieta y nadie tiene tiempo de pensar en su propia circunstancia sino simplemente la vive, la respira, la carga…” (p.56)

Palacios, por medio de Ella dice ‘eso’ relacionado con cualquiera de mis dos hermanas que tuvieron que migrar y se encuentra en un país que no es suyo: “Había llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo (…) Ella no tiene nada que mirar. Ella no tiene a dónde ir, no tiene dónde ocultarse. Quizás busca compañía. La multitud no acompaña… Allí donde ha llegado es apenas una ciudad a medias…" (p 53). Es ella quien piensa al ver una inmensa bandera ondeando al viento “Las banderas cubren a los muertos, animan a los vivos”.

El otro personaje, Yo, es un hombre tal vez un soldado que está en ese otro lugar, ese otro país posiblemente el que abandonó Ella. (es, me imagino, la voz de Juan Larrea) que presencia un país devastado por el enfrentamiento entre hermanas y hermanos “…y yo pienso en las grandes multitudes donde me pierdo, en los desamparados que van perdidos conmigo en la multitud, los que van empujados por algo no elegido”. (p. 53).

“Yo recuerdo la planicie desierta, el muro integrado a la sombra, recuerdo el toque del corneta, el sonido doliente retumbando en la tarde… recuerdo la bandera, la bandera cerrándose en la tarde sin viento…” (p. 60). 


Una denuncia


El último cuento del libro, el que le da su título se separa un poco del resto por la rapidez de la acción y los acontecimientos. Un grupo de agentes “del orden” allanan la habitación de Cristina, una joven militante de un grupo subversivo y mientras le apuntan con un arma en su pecho, recibe los insultos de los hombres que le exigen que delate a Daniel, su compañero, el cual se encuentra realizando una misión. Simultáneamente ella va recordando cómo y por qué se involucra en el movimiento, cómo es vista por los otros, cómo es vista por Daniel, cómo se siente con él, cómo es ser mujer en ese medio.

La protagonista recuerda la despedida de Daniel y su angustia en el momento del allanamiento: “ ‘Regreso de madrugada… No tengas miedo…’, Todo adquiriendo nuevas proporciones los ruidos ya precisos, el largo día ya seguro, firme. Y ella esperando, deseando ahora que no llegue ¡que no llegue!... integrándolo a la vida con la ausencia, prefiriéndolo preso, detenido, detenido por mucho tiempo, mucho tiempo, pero vivo…” (p. 122).

Es curioso que sea este texto y una frase, lanzada aparentemente al vuelo, la que haya escogido la autora para dar nombre al libro. Es una frase extraña, difícil de memorizar. Pero la escogió para que el cuento no pasara desapercibido, para que la represión, no pasara desapercibida.

Los demás cuentos serán ustedes quienes descubran su secreto, donde acompasen ellos latido y encuentren su propia letra y ritmo en las historias. Porque la palabra de Antonia Palacios sigue allí, viva, latiendo y revelándose.

Antonia Palacios


Una bandera ondeando con el viento


A Juan Larrea


Había llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo, Había balcones, balcones abiertos, balcones cerrados, Mucha gente. Gentes que iban y venían por la calle, Algunos se detenían, Gentes asomadas a los balcones, balcones vacíos, balcones sin gente. Una inmensa bandera ondeaba con el viento. Quizás alguien la sostenía desde abajo, por encima de las cabezas. Las banderas cubren a los muertos, animan a los vivos. El tiempo estaba en todas partes, entre la gente, bajo los balcones, en el vacío del aire. Había llegado sin proponérselo. La calle acaso pertenece a una ciudad. Todos los que van por la calle parecen ciudadanos, ciudadanos serios, circunspectos, Todos se han dado cuenta que ya ha amanecido, que no hay necesidad de levantar la cabeza hacia arriba para mirar la luz. Ella no tiene nada que mirar. Ella no tiene adónde ir, no tiene dónde ocultarse. Quizás busca compañía. La multitud no acompaña…

…y yo pienso en las grandes multitudes donde me pierdo, en los desamparados que van conmigo perdidos en la multitud, la multitud que avanza y a veces se detiene, acaso por un exceso de tiempo, un tiempo que no tiene fin, porque el tiempo no cuenta para los que van empujados por algo no elegido, porque el tiempo no cuenta para los que van a ciegas… Y pienso en el tiempo como en una eternidad, una eternidad fija, detenida para siempre… y comienzo a buscarle una salida al tiempo mientras miro la bandera ondeando con el viento, la bandera levantada desde abajo, impulsada hacia lo alto por manos que no se ven, manos perdidas, ocultas en la muchedumbre… comienzo a imaginar distancias… y me encuentro de pronto en sitios muy lejanos, me encuentro con gentes distintas que también ondean banderas en el viento o gentes sin banderas, que van tristes, solitarias… y pienso en las largas sequías, en el sol de verano, y las gentes parecen felices con esa  belleza inmemorial que el tiempo les ofrece, esa claridad que apenas se nubla momentáneamente y ya está de nuevo abierta, sostenida… y comienzo a añorar las brumas, los aires fríos, las tardes grises… y pienso de pronto en la felicidad…

Ella no sabe muy bien todavía en qué consiste para ella la felicidad y piensa en el mañana como si ya supiese su contenido, como si el mañana se hallase encerrado en el sitio soñado, un sitio donde todo acontece semejante a los sueños, los sueños que resplandecen llenos de luz, de increíbles hallazgos… Pero los sueños no tienen consistencia, son inconsistentes y fugaces y van a parar quién sabe dónde… ¿dónde, sí, dónde van a parar los sueños? … ¿dónde se detienen, dónde dejan definitivamente de ser sueños, de tener corporeidad para que la memoria los aprese y podamos recordarlos?… Pero nunca son los mismos al recordarlos, la memoria los desvaloriza o los exalta según su propia conveniencia… y ella se deja convencer por la memoria y hasta llega a creer que la imagen que la memoria le presenta es la fiel imagen de su sueño que se ha conservado intacto en su enigma, en su custodiado secreto… Allí donde ha llegado es apenas una ciudad a medias y sin embargo todos tienen prisa como en las grandes ciudades, todos corren, ¿hacia dónde? ¿hacia qué dirección? .,. ella también corre hacia una dirección imaginaria siguiendo a la gente que no sabe adónde va, ella corre por seguir a los demás… Una ciudad a medias que consiente en que una bandera ondee alta con el viento y que haya manos ocultas, sepultadas en la multitud, que sostienen en el aire una bandera… Una ciudad a medias donde de pronto hay solares vacíos y la yerba crece alta, y los perros rastrean, y viejos periódicos son alzados por el viento, y las calles se inundan cuando llueve y solo transita libre, violenta, desatada, el agua, y el río, ¡tan delgado! el río se crece y se pone a rememorar un tiempo de márgenes abiertas, de aguas levantadas en un espesor considerable donde el fondo estaba lejos, muy lejos… el río lleno de olores muertos, aquellos que estaban estancados, apaciguados en lo hondo, y de pronto resurgen y en el aire flota un vaho a cloaca, a podredumbre… Una ciudad a medias y sin embargo la gente se apretuja y nadie tiene tiempo de pensar en su propia circunstancia sino simplemente la vive, la respira, carga con ella y a veces la engalana y la saca a pasear en día feriado, un día donde el ocio impera y todos caminan lentamente, una lentitud que parece desgano y es la gana de dejarse ir sin apremio, de gozar ese tiempo tan efímero en el que pueden detenerse en cualquier sitio largamente, y piensan que la vida es calma, beatitud, silencio, algo como insistir en que no tienen nada que hacer, que tienen todo el día para el ocio… Pero de pronto aparece, por la calle de esa ciudad a medias a la que ella ha llegado inesperadamente, sin pensarlo, sin proponérselo… aparece el entierro, muy pomposo, muy soberano, el gran carro negro, cortinas con flecos detrás de los cristales, el cortejo que sigue al entierro, los deudos enlutados, familiares, amigos, y el carro donde desbordan las coronas… El paso del entierro, el entierro que tantas veces ha pasado, tantos entierros, tantos difuntos, tantos vehículos que arrastran por las calles los cadáveres, que arrastran por las calles los que ya no participan del ocio, del día feriado, de la luz que se extiende por la tarde de estío… Y ella piensa que algún día pasará su cuerpo, su cuerpo que habrá dejado de pertenecerle, pasará por una calle cualquiera, en algún carro humilde, sin cortinas con flecos, sin cristales, sin cortejo, sin deudos enlutados, sin amigos y sin flores, pasará solitario por alguna calle oscura y lo llevarán lejos, lejos y olvidado… Su cuerpo que acaso recuerde todavía el olor y los rumores de la tierra, y ella preferiría que lo lanzasen al mar, su cuerpo, que lo dejasen descender lentamente hasta el fondo, allí donde el silencio crece, donde la luz se apaga, su cuerpo entre medusas y corales, entre peces voraces que perforarán su cuerpo y el agua circulará libremente por entre los orificios abiertos en su cuerpo y pequeñas burbujas subirán muy alto, estallando en el aire, más allá del nivel de las aguas …Pero ya la calle está limpia de entierros, de cortejos fúnebres, limpia y clara, y las gentes se olvidan de la muerte, y piensan que es otro quien ha muerto, alguien que nadie ha visto, y comienzan a hablar de otras cosas y todo lo reducen a la vida…

…y yo pienso que acaso pueda sucederme algo imprevisto, fuera del diario acontecer, alguna cosa extraña, extraordinaria, que pudiera sucederme, algo más allá o más acá de la muerte, pienso, mientras miro la bandera ondeando con el viento, el viento la levanta, la doblega, y de pronto la bandera se inclina… tal vez las manos que la sostienen están cansadas, manos escondidas, manos ocultas entre la muchedumbre, tal vez están cansadas y piden un relevo…

Y aunque ya la calle está limpia de entierros, de cortejos fúnebres, ella sigue pensando en la muerte… la muerte que puede llegar inesperadamente y no le dará tiempo a pensar en nada, ni en la muerte misma, la muerte penetrando en ella, concentrándose en ella, derribando lo que de ella queda, porque acaso estará ya muerta cuando la muerte, o el viento, o el impulso que la muerte arrastra, derriben su cuerpo, su cuerpo ya invadido por la muerte… La bandera se levanta, quizás las manos han tomado nuevas fuerzas o quizás son otras manos las que la sostienen abajo, manos escondidas, ocultas en la multitud y la bandera flota de nuevo alta, ondeando con el viento. Y ella respira… El viento le entra por la boca… Ella respira el viento, el viento que es impulso, el viento que es la vida…

…y yo pienso en otros países donde el viento sopla leve, países donde los días cambian, se alargan y se acortan, y hay noches infinitas… países donde existe el otoño y una luz violeta apenas arrebola las nubes y las hojas navegan en el aire y siento que podría irme con ellas, irme sin saber de tiempos ni de muertes… y siento que el otoño está dentro de mí, resbalando hacia adentro en los giros de tantas cosas desprendidas, de tantas cosas arrancadas adentro, muy adentro, allí donde soplan los grandes vendavales que desprenden, que arrancan…

Y aunque el mar está lejos, el mar donde su cuerpo estará inmóvil en el fondo cuando ya nada sienta, nada pueda imaginar, aunque el mar está lejos, ella siente el aliento marino que le pasa por la cara, el salitre detenido en su piel, la sombra de los barcos anclados en el puerto, el puerto que está cerca, muy cerca, y ella se sienta en el quicio de cemento de cara hacia los barcos y los mira desplazarse, tan lentos… y tan lejos que se marchan…

…y yo pienso en otros barcos frágiles que se hacían a la vela en días tormentosos de aguas enlodadas, pequeños veleros zozobrando, mientras miro la bandera flotando con el viento…

Ha llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo, arrojada allí, a las orillas de una ciudad que quiere ser ciudad de bares y prostíbulos, de grandes cementerios, con inmensos mataderos donde cientos de bueyes degollados dejan su sangre aposentada, ciudad de gente sometida, de gente sin refugio, ciudad de realidades que saben tan poco de su vida, y las gentes se encuentran, se miran y se hablan, se saludan, se despiden… y ella sin adioses, sin pañuelos desplegados, en un sitio desproporcionado, demasiado limitado para los silencios, demasiado vasto para los encuentros…

 …y yo recuerdo la ciudad lejana, los saludos asomando desde todas las ventanas, los pañuelos abiertos con rumbo hacia el encuentro… recuerdo las vibraciones de un tiempo duradero, las gotas de la lluvia mojando los tejados, los días estirados en la curva del sol…

El edificio le cierra el paso. Ella quiere penetrar al vestíbulo, atravesarlo todo, el gran vestíbulo, las luces desde lo alto iluminando el inmenso vestíbulo, ella con el desea de penetrarlo, con el deseo de recorrerlo, de atravesarlo todo, de detenerse en el centro del inmenso vestíbulo, la luz cayendo desde lo alto, ella imaginando el desamparo del inmenso vestíbulo totalmente iluminado, las gentes en el centro del inmenso vestíbulo solitario, y ella antes de haberlo penetrado, antes de recorrer los espacios tensos, la luz cayendo desde lo alto, el roce de la Iuz sobre el inmenso vestíbulo desierto… Ella cambia de dirección, toma el sitio abierto de la calle, una calle sin estatuas y sin fuentes, la estatua del héroe elaborada con un huevo material, un material sin peso, y el héroe está flotando, bamboleando en el aire… Ella tiene todo el sitio para ella, para su inmovilidad, porque se ha quedado inmóvil en medio de la calle…

…y yo comienzo a imaginar presencias… a darle forma a las presencias… y pienso en lo que fueron las calles y la estatua del héroe saltando con nosotros los peldaños de piedra… y siento que la piedra ha crecido, que el tiempo nos ahoga…

Ya no tiene todo el sitio para ella. El tráfico se reanuda y ella salta entre los vehículos esquivando la muerte, sintiendo la muerte cerca, sintiendo la muerte lejos, midiendo cada gesto… y la gente que grita, la multitud que avanza, y la bandera crecida ondeando con el viento. La velocidad está en todo, en los vehículos que devoran el espacio, los gritos en oleadas que estremecen el aire… y ella piensa que es difícil amar, que es más fácil morir, piensa en el consentimiento hacia el amor que está en su cuerpo, en el rechazo de su cuerpo hacia la muerte …y la invaden las bruscas sacudidas de la ciudad sin reposo, su cuerpo respirando sin apoyo, su cuerpo a igual distancia de la vida y de la muerte, su cuerpo a igual distancia de la muerte y del amor…

… y yo recuerdo las calles tan angostas, gatos echados al pie de los pilares, ancianas recogiendo las yerbas más fragantes… recuerdo los vecinos que hablaban de la luna… recuerdo nombres, recuerdo las miradas, recuerdo los silencios…

Los balcones llenos de gente que se mueve, ella mirando lo animado, el desenfreno que lleva consigo lo animado, las gentes en los balcones sin miedo a desplomarse se inclinan hacia afuera… Un gran claro se establece de pronto, un espacio vacío, y la tarde se proyecta sin sombra y es como si fuese el silencio, como si el movimiento se hubiese detenido en esa pausa efímera donde queda la tarde suspendida…

…y yo recuerdo las tardes sin fatigas, sentados todos juntos bajo el cielo de agosto, la sombra tan liviana, recuerdo el aire que caía, la noche despuntando, estelas luminosas cruzando los espacios…

Todos son desconocidos, todos, o tal vez ella no reconoce a ninguno, todos están perdidos en la inmensa muchedumbre donde las manos se ocultan y sostienen desde abajo una bandera, una bandera ondeando sobre el mundo… A ella la cansa el mundo, la fatiga caminar por el mundo esperando los encuentros que nunca se producen, esperando la vida desprendida de algún sitio… Hay gentes extenuadas allá en la muchedumbre, gentes inánimes que se han quedado atrás, y los que van compungidos, con inmensos deseos de llorar, de sollozar a oscuras, la cabeza sumergida en la compacta muchedumbre, y abajo, allá en el fondo, hay manos que sostienen la bandera, manos que la levantan, y la bandera se abre, se despliega en el viento… Ella quiere escapar, correr sobre los puentes que apenas la sostienen, los puentes congelados… Gélido, estacionado, el aire de la tierra…

…y yo pienso en la tierra sin edad, en las espesas aguas que envuelven a la tierra, en las luces lejanas que rielan en las aguas, las luces que iluminan extraviados navegantes… y sueño con voces detrás del horizonte, con las húmedas piedras de los tiempos sin hombres, sueño con el espacio, los abiertos balcones que ocupan el espacio…

La gente a la deriva, ella a la deriva con la gente, ocupando el espacio. Ella confundida con la gente, confundida en el espacio. Ella en el vacío de la gente, ocupando el vacío de la gente… La multitud avanza… Espectros de la noche se mezclan a los vivos, a los seres vivientes… La multitud avanza… La bandera se inclina… Abajo, allá en el fondo, hay un largo abandono, las manos desfallecen…

…y yo recuerdo la planicie desierta, el muro del cuartel integrado a la sombra, recuerdo el toque de corneta, el sonido doliente retumbando en la tarde… recuerdo la bandera, la bandera plegándose, la bandera cerrándose en la tarde sin viento…


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Cuento tomado del libro El largo día ya seguro (1975). Transcripción: Carolina Álvarez Arocha