Palabras que son flores que son frutos que son actos...
Octavio Paz: La estación violenta
Edición y nota:
Manuel Cabesa
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El pasado 6 de abril se cumplieron 30 años del fallecimiento de Arnaldo Acosta Bello, uno de los poetas más emblemáticos surgidos en el país después de la caída del general Marcos Pérez Jiménez y, sin embargo, uno de los más desconocidos entre los pocos lectores de nuestra poesía.
Autor de una obra lúcida y extensa, aún espera la edición que le haga justicia ya que la misma es la síntesis de una trayectoria vital y del tránsito de toda una generación en medio del fragor de la Historia.
Lo que se ha propuesto Acosta Bello a través de su obra poética es dejar testimonio de su circunstancia existencial, para ello las imágenes despojadas de falsas adjetivaciones se presentan al lector tratando de despertar alguna emoción, mostrándole la realidad de las cosas que acompañan al hombre en su transitar cotidiano, pero que sólo son posibles aprehender a través de la palabra escrita.
La evocación de paraísos soñados y perdidos antes de obtenerlos, la infancia y la utopía, es el eje del discurso que recorre los poemas de Acosta Bello.
Existe una memoria poética que habla al lector y que desengañada transmite la razón de su desencanto, es el grave testimonio de un despojamiento que va de la existencia a la palabra.
La poesía mientras más profunda es más luminosa. Si ella visita zonas abisales, debe tener mucha claridad, de lo contrario se extravía, pierde el camino, anda a tientas como un ciego, o con un lazarillo, casi siempre otro autor. Si no puede descender a grandes profundidades, más le conviene quedarse en el paisaje, arriba, en la luz natural, en la piel, eso puede tener cierto encanto.
La poesía es espíritu, las palabras fuera de su significación son sonidos. Con ellas, por afinidades o contrastes, puedes organizar un bello jardín, acá una rosa, allá un lirio, es decir, un objeto estético: pero un poema es un universo. La poesía tiene sus leyes, es bueno conocerlas, eso nos permite llegar más lejos usar otras vías.
Arnaldo Acosta Bello
(Entrevista con Vasco Szinetar, 1980)
Dentro del contexto de la obra de Acosta Bello, Mar amargo (1988) tiene el privilegio de ser un trabajo de síntesis y apertura, ejemplo de meditación y empeño riguroso pocas veces logrado en nuestra poesía. Como en textos anteriores (Hechos, Fuera del paraíso, Sereno rey) Acosta Bello desarrolla una búsqueda intuitiva de la realidad del ser, lo que le da a su poesía una innegable coherencia.
(mcabesa)
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MAR AMARGO
Caer hondo y subir
hasta lograr el vuelo
ensueño de un alto suspiro
por ti (nunca volverás)
costumbre arcana, pasa y dile al olvido
que una vez fue apuro y ebriedad,
canción mía, duerme entre espinas,
en adelante tendrás la frente
de los mal amados, bosque solo,
viva herida, repasa el cielo y muere,
cerca de la costilla tienes luz
aproxima la cara a un fuego oculto
vuelve la mirada, toca la rodilla
fresca de perdón tendrás amor
no hay mar más amargo que la vida.
PASAJERO
Caer donde no hay suelo
sólo cielo y mar
grutas de verdor eterno
abro los ojos cuando más temprano
el alba se levanta, pasa y no deja nada,
no lleva ni rumor ni hojas vacías
silencio ardiendo, rosas, estupor
pasajero, sombra, signo del último
leopardo pasa el río volando, salta el bosque,
lame fuegos en la primavera.
DEJA UNA MARCA ROJA
Quiero la seguridad de la avispa
en desolada celda
que la miel cierra despacio.
Oh sombra dulce de la muerte
siento tus suaves pasos
los encendidos granos del Hades.
Deja una marca roja
una rama de luz, un barco negro
hundido en la corriente.
SI VOLVIERA DE NUEVO
¿Cuánto perdería de aquí a mi ciudad
si volviera de nuevo a ella?
No veo a nadie que me diga si a la entrada del sol
todavía venden cálidas rosas de montaña
si en los patios de las casas tienden ropa
dormida en almidón, en olores de citronera.
TOCO LA SOMBRA
Por necesidad de la noche toco la sombra púrpura
y las venas roídas por cierto animal triste
echan su red dorada en la corriente negra del olvido.
TAL VEZ
¿Es nuevo este suceso
o ha pasado cien veces por mi vida
cada vez más distante y no lo reconozco?
Encima de todo queda el polvo
canto de ave sobre el bosque.
Abre las alas nuevamente
surca el aire mugriento
verás la fresca rosa
el blando arroyo, brotes de hierba
adornan todo.
Nadie viene y se va sin que las puertas
queden solas, acaso si moviéndose
temblorosos labios despidan para siempre
el viejo visitante, tal vez tus manos
levanten un guijarro: el peso y la forma
del olvido.
Todos los días de algún lugar lejano
llega el crudo perfume de su canto
el zarcillo prendido en brillante cielo
donde la noche pasa cerrándonos los ojos.
SIGUE
Busca el amor, busca la tormenta,
lánzate ciego al aire, ciego desde
la rama que perfuma los días
y verás que se quiebran los escudos de vidrio,
los fríos o cálidos sones se clavarán en ti,
herido de ese modo sangrarás hasta el ojo
donde hay fatiga la luz vendrá otra vez
a despertar temprano el impulso dormido
corriente amiga te llevará en el vuelo
lejos de los que buscan
el quieto campanario, la cúpula buida.
Fijos quedaron, y tú, perdido ya,
deja atrás los honores, el laurel sazonado,
a ti el espacio, la música, el fuego
que hace brotar racimos. En cada flor
clava el adiós y sigue, sigue como si nada
ocurriera, lleno de dorada verdad caerás
al oscuro, ingrávido final sin fin de siempre.
UN RARO ARDOR
Al lanzar la vida
como si fuese arena
se me llenan los ojos
de un raro ardor
ni ayer ni hoy he sufrido tanto,
tanto como tú, digo,
que has quemado tus huesos
en la hoguera viva del amor.
NIEBLA
Siento la rosa
siento la palabra
siento cómo se hunden en la niebla
húmedos puñales
rojas lámparas que el día
deja escapar hacia el aire sin piel,
pájaros llameantes, amarillos
cendales ocultan el agua,
la tierra alegre brilla por encima,
los árboles recogen en su taza de china
el golpe duro de un escarabajo.
OTOÑO
Déjale al sol su suerte oscura,
su clara razón; al agua déjale
su cuerpo fugaz, a la tierra
su martillo espeso, al fuego
su externo extravío.
Yo vivo un breve otoño
que estalla en sus colores
hacia la palidez.
Finalizó la fiesta,
la noche se encoje
en su cielo de ajenjo
enfría en el mar las brasas
que hoy contemplo por última vez.
VACÍO
Circundada de lluvia
con árboles en los dedos
blancos anillos de felicidad,
la noche muestra todos los rumbos
y yo, sin escoger ninguno,
termino mi cigarro, cierro
la única puerta, vuelvo al vacío.
FRACASO
Sin que el vino pueda decir
que escoge el labio, el amanecer
a su color y el ojo su objetivo
que abraza hasta la pulpa,
el demonio de las alas de fuego
y tez cariada dice: no quiero
este país, no quiero esta ciudad,
¿cómo he de fracasar en otra parte
donde no me conocen?
Si las hortensias han vivido
una semana, sólo una semana
lejos del jardín ¿cómo han de fracasar
en el florero donde las colocó
un azar ruinoso y cómo la sala
con alfombra púrpura negará
la pisada de un hombre
lleno de temor?
Sobre las medias que una pregunta aniquila,
sobre la duda que ablanda la almendra
de un mármol negro, la muerte
de esas flores prueba, que aún lejos
nos alcanza el fracaso, y el éxito
se apaga en el rostro, como
el cigarro extingue su llama
antes de morir en el cenicero.
COMO EL AGUA
El amor, como el agua, si muy ardiente
es gaseoso. Cuando sólido su cuerpo atraviesa,
es frío.
Busca el suave ademán
abre la muralla secreta donde el fuego
adorna la piel sin quemarla y cubre con oro
el seno, al respirar la boca del amante,
la pupila perdida en el cielo.
Las manos encuentran hilos ocultos,
un tejido suave abre y cierra la llave
la vida se precipita al vacío regándose
en el pasto un rocío fresco, salvaje,
desde el amanecer hasta la noche.
NO QUEDA TIEMPO
No queda tiempo de pensar mucho en ti,
poema
por eso te hago con las maduras cosas
de ayer y con las que hoy, tan verdes,
dan su acerbo sabor, su piel reluciente
al aire de las palabras que pueda dispensar.
Pero sólo un instante, un instante
para entender que el amor, un momento
en la huida, puede alcanzar certeramente
el blanco lanzando el dardo en plena carrera
mientras el tiempo herido en las vértebras
se retuerce y cae como una serpiente detrás de ti.
TAN SOLO HOY
Tan sólo hoy, la vida
detrás de su dura metáfora
tiembla al desamparo,
las horas, fuertes oleajes,
sacuden la existencia
y la precariedad huye asustada.
Es humo, es sueño, su fuga
convierte el espacio en tiempo,
no es nada esta perplejidad
de ir nadando y disolverse en el agua.
Inútil aferrarse al amor,
esa roca cede también al empuje
de un ademán y se abre suave
la cortina que nos oculta.
En vano trato de llegar entero al encuentro,
lo desconocido es más pavoroso aún.
No hay miedo, hago preguntas
que no vuelven nunca y las respuestas
se desvanecen como un arcoiris en el cielo.
Viene la lluvia, pasa la tormenta,
las aves ennegrecen con gritos
profundos abismos, sus nidos secos
entre frutos y flores la primavera
ensancha, rompen la cáscara
ávidos picos.
He nacido, he comido más de lo imprevisto
y de lo falso, que de la verdad.
Creo sin embargo que toda boca
lleva el vino oscuro de los sueños,
sin ellos no es posible alcanzar
el cielo donde la duda es una llamarada.
Las pulcras cenizas del alma
están reunidas, el viento
mueve lirios detrás de los cuales
nada queda. La ruta está vacía
el rayo colérico que nació
de la frente de Aquiles, destruye
la fortaleza, el muro de piedra
que habíamos levantado sobre nuestras vidas.
DESTINO
Sólo cuando entramos al juego
de lo tibio y de lo caliente
sentimos frío como si el invierno
se condensara todo en una hoja,
la raíz ígnea alumbra
a cierta profundidad, acerca
su antorcha a los labios.
Un pájaro que no habíamos visto
se desprende de la rama dorada
el vuelo oscuro atiza la angustia.
Otra vez perdidos en la caverna
buscando los claros extremos de la hierba,
el nido, los huevos azules
donde debemos acostarnos a empollar
el cuerpo magro y rojizo
pegado a la cáscara
hasta que los ojos rompan el diamante
vean el mar de olas turquesas
respiren el serpentino olor de vida
acomodando el pecho a la cadencia
de un mediodía dulce.
Vuelve el calor, un grito destroza la roca
donde el águila come aquel hígado
y encuentra amargo su pico.
EPÍLOGO
Sesenta patadas sobre la puerta
no sirven para derribar una vida
si bien necesita ocultarse
hundirse en el silencio para sentir
la semilla, tiene sin embargo
la certidumbre de ver en la oscuridad
oír los pasos que la persiguen.
La nuca enciende el adagio
al sostener la cabeza, ese laúd apenas
hace sonar las cuerdas de una decisión
cuando un reflejo en el ojo dice que se acerca
el minuto de volver los talones y salir
rompe el círculo donde el miedo se achica
y roja moneda vuela hacia la luz.
Igual que el agua conoce
el frío de la tierra, las piedras
de un sol iluminan al enemigo
escriben con sangre el epílogo
la última página de una vida
que tuvo por apodo donarla.
***
Arnaldo Acosta Bello (Camaguán, edo. Guárico, 1927 / Barquisimeto, edo. Lara, 1996)
Obras publicadas de poesía:
El canto elemental (1956), Hechos (1960), Fuera del paraíso (1970), El alud (1973), En vez de una balada (1975), Los mapas del gran círculo (1975), Sereno rey (1979), Minimum Mysterium (1985), Mar amargo (1988), Agadón o el brusco temblor de los tréboles (1990), Historia de un soldado de la guerra de Troya (1993), Adiós al rey (1995), Santa palabra (2008).



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