A María José y a Victoria de Stefano
Yo tenía seis años la primera vez que intenté descarrilar un tren. Colocaba piedras, las que mis manos podían contener, y pedazos de troncos viejos sobre los rieles. Y me iba a casa como si nada. Al día siguiente muy temprano volvía, para encontrar las piedras apartadas lejos, y los maderos despedazados como si efectivamente un tren le hubiera pasado por encima cuando dormía toda la gente. Era el año del Mayo francés, la matanza en la plaza Tlatelolco, la masacre de My Lay, y la primavera había sublevado a Praga. Yo en aquellos días desconocía los percances del mundo y me entretenía fabricando mi cometa. Le daba el nombre de zamura y la hacía de papel periódico y vara de caña, almidón diluido en agua era mi pegamento. Papel tenso: el papel del periódico. Medía el pabilo con la punta y los lados de la cometa para hacer el nudo que lo amarraba al rollo, la cola larga para evitar que diera tumbos y giros. Le colocaba hojillas en los bordes por pura precaución, contra las zamuras que intentaran pelear con la mía. Eso lo hacía sentado en la acera.
A pocos metros, donde se construiría la avenida Constitución sólo había un matorral, un terreno largo y baldío que cruzaba la ciudad. Yo vivía en la calle Sucre que le era perpendicular. Es la calle que aún está en mis ojos y en mis oídos, entre la imaginación y el recuerdo. También estaba la alegría sin misterio de mis primos, y un par de historias de mi abuela que no había llegado todavía pero cuya presencia se atisbaba más allá de los árboles de la Ciudad Jardín.
La calle era amplia y cenicienta. Pasó un hombre empujando su carro de helados de coco con piña. Calzaba zapatos deportivos muy baratos y gastados. Caminaba muy lentamente anunciando sin ganas su mercancía. Atrás un perro lo seguía, cojeaba pero se movía sin pausa. Me compadecí de su suerte, la pata que se veía muy enferma, alguien lo ha atropellado (supuse). El perro se ha detenido justo frente a mí, y me mira como si leyera mis pensamientos. Luego siguió en su marcha dócil tras el heladero. Un automóvil ha doblado en la esquina. Es un modelo antiguo o eso me parecía: blanco, destechado y muy sucio. El conductor se bajó y revisó algo en el motor, terminó y se subió y se alejó. Detrás del carro aparecieron mi amigo Andrés y su tía Ofelia junto a mi primo Pedro Lenin, y comenzaron a hacerme señas.
La calle Sucre en mis oídos y en mis ojos, como la canción de The Beatles que algunos años después me cautivaría. La calle Sucre fue mi Penny Lane particular. Pero con algo más por contar.
Como sucedió la tarde del cumpleaños. Una vela representaba sus sesenta años en la torta que adornaba la mesa. El patio se convirtió en una sala de fiesta. Y nos reunimos en torno a una fogata. Y la abuela emprendió una de sus historias, tantas veces anunciadas y repetidas (era excelente recomponiendo con los mismos sucesos otras historias). Mi tío Marcos con su grabadora la fijaba en la memoria. Ella habló: hoy cumplo sesenta. Y recuerdo una mañana muy temprano cuando nos despertaron los disparos que hacían las tropas de Cipriano Castro. El segundo alzamiento militar de la semana. Yo abrí la ventana para observar, porque era una niña muy curiosa. La calle la envolvía el humo y el olor de la pólvora, las descargas de los fusiles y la artillería ligera, los lamentos y la respiración de los soldados heridos. Mi madre al verme en peligro, corrió presurosa y me apartó y cerró la ventana. Pero me quedaba en la memoria y en mi risa, porque me daba risa la pregunta de la tropa que marchaba a pie, muchos iban descalzos, combatiendo por Cipriano Castro: ¿ya vamos a llegar al Capitolio?, los soldados preguntaban, cuando apenas estaban en el Táchira. Pensaban que el Capitolio de Caracas estaba a la vuelta de la esquina. Llegar al Capitolio y tomarlo representaba tomar el poder.
Y seguía contando historias hasta que los grillos se quedaban dormidos. Mi abuela era para mí mucho más que su famosa gelatina mágica de piña que preparaba en mis cumpleaños, aún más que el germen de trigo de Krestmer y la emulsión de Scott que me daba a tomar. Eran muchas cosas más que sus manos sobre mi frente cuando yo tenía fiebre, ya estaban nudosas y doblegadas por la edad, sus manos siempre cálidas hasta en la enfermedad. Aún no he visto manos más hermosas.
La casa tenía un gran patio y un árbol. El nombre de su especie no alcanzo a recordar. Servía de refugio a mi primo para escapar de los correazos de su padre. Y allí yo me ocultaba para saborear la lata de leche condensada que costaba tres monedas de doce céntimos y medio, ciertamente mucho dinero para querer compartirla.
Una tarde yo estaba con un libro que describía las partes de un tren. En eso pasó mi primo Pedro Lenin que huía muy asustado y quería subirse al árbol del patio y escapar de la furia de Pedro Felipe. Cuando llegaba algo bebido solía darle buenas zurras.
Mi primo subió a su refugio de la rama más alta.
Allí aguardó hasta que su padre estuviera dormido. Mi tía Ligia salió de la casa al patio y no sabía que Pedro Lenin estaba en el árbol. Y comenzó a rezar para que la paz reinara en el hogar. Siempre lo hacía cada vez que Pedro Felipe llegaba bebido. Mi primo llevaba horas sobre el árbol, se había quitado la camisa, y en un descuido la dejó caer. La camisa vino a caer sobre el rostro de mi tía que en ese instante oraba con los ojos cerrados. En un primer momento había creído que era una manifestación de alguna divinidad celestial. Ella gritó asustada. Pero pronto descubrió la verdad. Mi tía era una mujer muy pacífica y de un carácter muy dulce, pero no pudo evitar ponerse furiosa. Esa noche mi primo pernoctó en el árbol. También recuerdo como aquella casa año a año se fue llenando de nombres rusos. Pedro Felipe tenía convicciones marxistas-leninistas y las expresaba en los nombres que colocaba a sus hijos.
Los días pasaban con lentitud, comprendía que necesitaba de un aliado y le confié a mi primo mi gran descubrimiento: por los rieles que ocultaba el matorral pasaba nada menos que el Gran Ferrocarril de Venezuela. Y le confié mi plan. Imagínate un gran tren para jugar, y propio, poder corretear por sus vagones. Tú tocarías el silbato, y yo haría de conductor. Invitaríamos sólo a nuestros mejores amigos. Sería muy fácil, como cazar un gran elefante de metal. Los dos podemos mover piedras de mayor tamaño y troncos más gruesos. Sorprendido por la posibilidad de un gran tren capturado, y por la vehemencia de mi convicción me acompañó en la aventura.
La calle Sucre me daría otro enorme descubrimiento. Era de un asfalto que resistía sin derretirse la inclemencia del sol de mediodía. Desde lejos parecía un río cuando arreciaba la lluvia y la luz eléctrica se interrumpía y dejaba en penumbras, o en la oscuridad total a todas las casas. En una noche con luna llena y un apagón me encontraba en la calle. Caminé un buen rato y de repente tuve la sensación de haberme perdido en la calle que tanto conocía. Sabía que era efecto de la oscuridad, y eso me encantó. Caminé un largo rato. Sin darme cuenta estuve de pronto frente a una casa con una ventana abierta. Muchas casas tenían las ventanas abiertas, pero esta parecía resplandecer.
La cercanía del misterio y el privilegio de ver la revelación hacían palpitar mis sienes. Porque ciertamente asistía al privilegio de una revelación. Y la ventana de aquella casa era el marco que resaltaba la figura de la tía de Andrés que había subido la blusa hasta descubrir dos senos hermosos que se balanceaban como dos resplandecientes melones en las manos que los sostenían. La imagen definitiva en mi recuerdo no asiste a esa desnudez total, súbita y gratuita, no. La imagen definitiva quiere atrapar el instante en que el resplandor de la luna llena y de las estrellas constelaron su cuerpo para nutrir mi imaginario (y tal vez mi deseo) desde la distancia que ocasiona el tiempo.
Por la calle pasaban camiones transportando caña de azúcar. Con frecuencia alguno de los muchachos le daba un buen jalón y del montón se desprendía un buen tallo. Nos gustaba el dulce de la caña, la compartimos bajo la sombra del almendrón junto a la cancha de basquetbol. Eran tiempos de juegos de beisbol con pelota de goma, y reglamentos que cambiaban día a día para determinar quién era out, o ponchado, o cuándo era jonrón.
Sentados a la mesa mi primo y yo oímos en la radio la noticia de un tren que se ha averiado o algo más grave aún. Nos miramos con complicidad. La abuela que nos había observado, muy despacito, primero a mi primo y luego a mí, y como adivinando nuestros pensamientos, sentenció: el mundo está cambiando.
Ahora media vida después, muy lejos, en los confines del mundo, entiendo que yo también soy un recuerdo.
Mayo de 1968
Tomado de El vendedor de vapor ©henderalejandroramirez (Caracas, Venezuela, 2017). Premio Nacional de Literatura Ramón Palomares, mención Crónica














