martes, 24 de marzo de 2026

Palabras bajo libertad (IX / 2026)

Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


En 1998 el poeta Harry Almela por medio de su editorial La Liebre Libre puso en mano de los aragüeños un breve volumen de poemas de Jaime Sabines (1926-1999) titulado Los amorosos.

Apenas veintidós textos que revelaron la fuerza expresiva de una de las voces más importantes de la poesía mexicana del siglo XX; autor de un estilo muy particular de nítidas metáforas y un lenguaje entre sublime y coloquial. 

El pequeño volumen se convirtió en un objeto de devoción entre la pequeña comunidad lectora de la época y aún se le cita y recuerda con sumo cariño y aprecio.

Al cumplirse, este 25 de marzo, cien años del nacimiento del poeta Sabines abrimos nuestro espacio para celebrar su recuerdo y sus palabras. 


(mcabesa)


***


Jaime Sabines es uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible, un poco ronca y áspera, piedra rodada y verdinegra, veteada por esas líneas sinuosas y profundas que tallan en los peñascos el rayo y el temporal. Mapas pasionales, signos de los cuatro elementos, jeroglíficos de la sangre, la bilis, el semen, el sudor, las lágrimas y los otros líquidos y sustancias con que el hombre dibuja su muerte -o con los que la muerte dibuja nuestra imagen de hombres. 


Octavio Paz: In/mediaciones, 1979

¿En qué pensaba mientras escribí Los amorosos? No sé, tal vez pensaba en mí, en mi vida, en lo que había hecho de joven, ir de un lado para otro con las mujeres. Obviamente, no pensaba en ningún extraño, era una cosa mía. Todo lo que se plantea ahí es lo que he hecho a lo largo de mi vida y en muchos sentidos el poema anticipa toda mi obra poética. Los amorosos fue en muchos sentidos como un vaticinio de los temas esenciales de mi poesía, los grandes temas ya están ahí: el amor, la soledad, la presencia de la muerte, el paso del tiempo, el cuerpo y el amor a la vida.


Jaime Sabines


***


Te quiero como para invitarte a pisar las hojas secas una de estas tardes. 


Te quiero como para salir a caminar, hablar de amor, mientras pateamos piedritas.


Te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles. 


Te quiero como para ir contigo a los lugares que más frecuento, y contarte que es ahí donde me siento a pensar en ti. 


Te quiero como para escuchar tu risa toda la noche.


Te quiero como para no dejarte ir jamás. 


Te quiero como se quiere a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás. 


Jaime Sabines


***


Ciudad de México, 1947


Ah, si cada vez que pasas pudiera detenerte y platicar contigo. ¡Verte de cerca, escucharte reír! Quiero aprender tu risa como he aprendido ya tu andar y tu mirada. (El conato de tu mirada, pura aproximación a tus ojos, porque jamás me miras.) Y pasas, y siento que el aire se estremece, y todo yo, inmóvil, soy deseo y angustia y necesidad de ti.


¿Por qué eres tan hermosa? ¿Te acunaron en versos? ¿Leche de flor bebiste? ¿Quién te modeló sobre mi corazón, quién te tatuó sobre mis ojos?


Apareces en mi vida, de repente, como coronando un ideal, como concretando a todas las mujeres que he deseado, y no puedo dejarte ir, ni puedo detenerte. Te llamo, sí, te llamo y no me escuchas. Desde mi corazón te llamo; arrojo mis ojos a tu paso; trato de alcanzarte con mi silencio, inútilmente. Siempre has sido ligera y fugitiva, ajena e imposible.


Pero no puedes dejar de ser mía en ese instante en que pasas. Te poseo con todos mis anhelos, con todos mis sueños, y basta la fugacidad de tu presencia para hacerte mía de mi carne, propiedad de mi alma, habitante de mi dolor y mi esperanza.


Te quiero. Pero te quiero y te deseo; y eres inquietud, dolor, angustia; y muero y nazco todos los días para verte pasar.


Y siempre eres la misma, espejismo para mi corazón, distancia y lejanía para mi sed de ti.


No sé hasta dónde me lleve este camino, este difícil camino de tu espera. No sé hasta dónde te persiga mi sangre, hasta dónde se prolongue tu encuentro. Si yo pudiera rogar, te rogaría; si supiera pedir te pediría; te diría que pronto, que vinieses a mí ahora mismo, que te necesito, que esto es urgente, imprescindible. Pero me he acostumbrado a aguardarte en silencio, deseándote, deseándote nomás; y allí en el fondo de mi alma te espero, íntimamente confío en ti, creo en ti —porque creo en mi amor, porque sé que no hay amor baldío—, y estoy como si esperara madurar una fruta, como si esperara que cayese un beso, como si esperara florecer un sueño.


“Porque te quiero, linda, porque te quiero, amor. Porque eres distinta a todas las mujeres, en tu cuerpo, en tu andar, en lo que eres para mis ojos, en lo que sugieres a mi corazón.


Quisiera estar junto a ti, para decir sobre tu oído: te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y repetirlo constantemente, infinitamente, hasta que te cansaras tú de oírlo pero no yo de pronunciarlo. ¿Cómo marcártelo en un brazo? ¿Cómo sellártelo en la frente? ¿Cómo grabártelo en el corazón?


Escúchalo otra vez: te quiero. Y déjame soñar contigo indefinidamente… ¡Si supieras cómo ya eres mía hasta mi muerte!


Te esperaré mañana. Siempre te estaré esperando…”


Jaime Sabines


***


Amén


Me dicen que tengo que hacer ejercicios para adelgazar,

que alrededor de los cincuenta son muy peligrosos la grasa y el cigarro,

que hay que conservar la figura 

y dar batalla al tiempo, a la vejez.


Cardiólogos bienintencionados y médicos amigos 

me recomiendan dietas y sistemas 

para prolongar la vida unos años más.


Lo agradezco de todo corazón, pero me río 

de tan vanas recetas y tan escaso afán.

(La muerte se ríe también de estas cosas).


La única recomendación que considero seriamente 

es la de buscar una mujer joven para la cama 

porque a estas alturas 

la juventud sólo puede llegarnos por contagio.


(Revista Plural, nro. 48; sep. 1975)

Un buen poema lo escribe cualquiera


-Guillermo Piro-


Hay una mala noticia para los que todavía creen que la poesía es una especie de don místico, una bendición que desciende como una paloma a nuestros pies, o que se desliza como una factura de luz debajo de la puerta: cualquiera puede escribir un buen poema. Sí, cualquiera. Usted, yo, el tipo que ahora mismo está leyendo esto en el colectivo mientras decide si baja en la próxima parada o se resigna a vivir para siempre en ese asiento pegajoso que tan bien lo ha acogido durante la última media hora. No hace falta haber sufrido una infancia particularmente desdichada, ni haber sido abandonado por una soprano en Viena, ni haber pasado una temporada en la cárcel de Devoto. Hace falta, en principio, nada más que sentarse y escribir. Hasta Borges, mal poeta, escribió algún buen poema.

Porque el buen poema –el que de pronto parece decir algo que no sabíamos que sabíamos– es, en muchos casos, un accidente. Una alineación fortuita de palabras que, por una vez, deciden comportarse como si tuvieran sentido. A veces basta con un verso que cae donde tiene que caer, como una moneda en la ranura exacta de un metegol que jamás habíamos logrado hacer funcionar. Y entonces sucede: escribimos cuatro o cinco líneas que no nos avergüenzan del todo, que incluso podríamos leer en voz alta sin que se nos cierre la garganta y sin que sintamos vértigo y ganas de vomitar. Hemos escrito, sin querer, un buen poema.

El problema empieza después.

Porque el verdadero drama no consiste en escribir un buen poema: consiste en escribir otro. Y después otro más. Y luego uno que no sea la repetición apenas disimulada del primero, que no dependa de ese mismo truco, de esa misma imagen, de ese mismo hallazgo que la vez anterior nos hizo sentir –durante unos minutos– poetas. El problema es que el azar tiene mala memoria, y la inspiración, cuando advierte que la estamos esperando, decide no venir.

Ahí comienza la parte menos poética de la poesía: la insistencia. La escritura como una práctica que se parece más a cepillarse los dientes que a recibir la visita de un ángel contrahecho, de esos que viven en las sombras. Escribir cuando no hay nada que decir, cuando todo lo que aparece en la página es torpe, previsible o directamente inútil. Escribir sabiendo que nueve de cada diez veces el resultado será mediocre, y que el décimo poema –ese que acaso valga la pena– sólo existe gracias a los otros nueve, que cumplen la función ingrata de allanarle el camino al décimo. Wittgenstein decía  –hablando de filosofía, no de poesía–: “Muchos de mis fragmentos son como los tijeretazos que da el peluquero en el vacío antes de asestar un corte perfecto”. El asunto es que sin esos tijeretazos en el vacío el corte perfecto nunca llega. La escritura de poesía como una práctica de laboratorio, llena de ensayos infructuosos y lamentos.

De modo que sí: cualquiera puede escribir un buen poema. Lo difícil es escribir dos sin que el segundo parezca un primo desdichado del primero. Lo difícil es sostener en el tiempo esa combinación improbable de oído, atención y desconfianza que hace falta para que las palabras no suenen a palabras. Lo difícil es escribir una poesía que no suene a poética. Lo difícil, en definitiva, es seguir escribiendo después de haber tenido, una vez, la prueba de que era posible.

Y sin embargo, no queda otra. Porque si el primer buen poema fue un mero accidente, el segundo será, con suerte, el resultado de habernos quedado en la escena del choque el tiempo suficiente como para entender qué fue lo que pasó. Y así, a fuerza de presenciar accidentes, entender su lógica y cómo podemos producirlo. Algunos pocos lo logran.

lunes, 23 de marzo de 2026

Laar's de variada poética


-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje

 J.S.P.



Con el transcurrir de los años, desde el principio de aquellos 80 en que el joven poeta Luis Alberto Angulo participara en los Talleres de Creación Literaria del antiguo Celarg y que publicara su primer libro en solitario, pues antes de que comenzara esa década nuestro amigo ya había visto su nombre impreso junto al de su padre en Viento Barinés, (UC, 1978), bajo el título de Antología de la Casa Sola (Fundarte, 1981) ha corrido desde entonces mucha agua y muchas páginas hasta llegar a esta compilación.

Laar's poética (Complejo Editorial Batalla de Carabobo, 2026) se presenta como una antología de textos de opinión publicados en diario digital Ciudad Vlc, pero en realidad es mucho más que eso: se trata de un campo abierto a la palabra cruzado por sutiles veredas donde el poeta Angulo va dejando rastros acerca de su andar en la literatura. 

Podríamos desgranarlo de la siguiente manera: como su título anuncia hay una profunda reflexión acerca del ejercicio poético partiendo de la experiencia del autor, lo que le permite afirmaciones como:

El poeta, desde el mismo estatuto de la creación, habla de su hacer. A veces de manera no deliberada, un poema pregunta y responde desde sus propios signos. 

Sin embargo, no se trata de un libro teórico en absoluto, es algo menos y algo más que una reunión de reflexiones: es una mirada amorosa hacia la poesía como expresión de la vida y celebración de la vida a través de la poesía. 

En estas páginas Angulo nos da testimonio de su lar nativo: Barinitas, pueblo de piedemonte donde la sombra de los hermanos Arvelo Larriva planea sobre el deslumbramiento de un muchacho que a través de su familia se va abriendo a los dones de la palabra. 

De sus años de formación en la solariega Valencia, la de Venezuela (como reza el poema de José Rafael Pocaterra) y su encuentro con los grupos y poetas de la época y muy especialmente a los vinculados a la benemérita revista Poesía.

Es también un reencuentro con aquellos poetas que han guiado su andar y se han gerenciado su afecto más allá de la simple lectura crítica.

Un repaso autorreferencial a una poética que se va formulando con los años y que se transforma en su evolución en lo que el mismo Angulo denomina "una poética del decir": expresión limpia del poema para que desde lo profundo del habla se transforme en permanencia.

Una doble antología poética: la del afanado lector que comenta a los poetas de su afecto y los comparte en generosas muestras de su arte.

Y la del autor mirándose a sí mismo y realizando un balance perentorio de sus palabras esparcidas en los diversos títulos que ha tenido a bien publicar. 

Pocas veces tenemos la oportunidad de ver como un autor muestra sus piedras (imagino que sabe jugar dominó) sin ningún narcisismo autocomplaciente, sólo leyéndose como si de otro poeta se tratara para dar carta de creencia a su trabajo.

Afortunadamente Angulo ha podido mantenerse al margen de los festines de la crítica laudatoria y vacía que enaltece el ego y enturbia la relación con el trabajo, lo que permite que hable de sí mismo sin falsa modestia ni aspavientos.

Porque para Luis Alberto Angulo la palabra es expresión de vida que se manifiesta en la lectura y la creación:


poesía 

presencia iluminada 

gota de agua 

para la sed del mundo...

domingo, 22 de marzo de 2026

El hombre que habitaba el silencio


-Manuel Rivas-


Tenía un hoyuelo en la barbilla. Era presumido, a su manera, y no le perjudicaba que lo comparasen con Kirk Douglas. No nació con él. Iba a decir que no era natural, el hoyuelo, pero tampoco sería exacto. Una cicatriz de su época de niño vaquero, hecha con la voluntad de estilo propia de la naturaleza. Lo recordaba de tal manera que el hoyuelo tenía la forma de un cuento. Era hijo de Dominga, costurera, y Manuel, carpintero. Dominga enfermó y hubo que repartir la prole en casas familiares. A mi padre lo llevaron con sus abuelos campesinos. Estaba un día al cuidado de las vacas, cuando oyó que crujían las vigas del cielo. La primera vez que veía un avión y de qué manera. El bimotor volaba tan bajo, tan a ras, que mi padre aseguraba que, por un instante, cruzó la mirada con el piloto. Y la misma curiosidad tuvo la vaca que pacía a su lado. Levantó la testa y el pitón de un cuerno justo acertó en la barbilla del chaval. Cuando recobró el sentido, tenía el hoyuelo.

No fue a la escuela. Trabajaba duro, hasta que los pies pisaban el sol. Hablaba de aquel tiempo de posguerra como quien desmiga un pan duro. Como él decía, aún no se había inventado la infancia. Ni la cena.

Yo quería mucho a aquel muchacho del hoyuelo y que dormía a solas con el hambre y el carillón del viento. Y con el miedo merodeando entre las tejas.

El padre había estado  fuxido (huido) en el monte después del golpe del 36. Como casi todos los trabajadores en la comarca coruñesa As Mariñas, había pertenecido al “sindicato”. A la CNT. Y eso significaba, de entrada, ser sospechoso de anarquista. En la República, llegó a la parroquia una Santa Misión para recristianizar a aquellos paganos. En el sindicato acordaron una acción para mostrar el desacuerdo y a mi abuelo le tocó, por sorteo, ser el protagonista de lo que hoy llamaríamos "performance". Presentarse en burro, vestido de nazareno, e irrumpir la prédica al grito de “¡viva Cristo Rey!”.

El abuelo carpintero supo que el apocalipsis estaba al caer por otro episodio que tenía que ver con el clero. A principios de julio del 36, iba al trabajo con otros compañeros en el remolque de un camión. Lloviznaba. Adelantaron a un sacerdote en sotana que se cubría con un gran paraguas negro. Los ocupantes del remolque no pudieron resistirse a aquella escenografía perfecta y soltaron una estela de graznidos de cuervo. Y la voz del cura atronó en el alba, con una información de alto calibre: “¡Ya veremos quien ríe dentro de 15 días!”.


—¡Lo sabía! Sabía lo que iba a pasar —murmuró el abuelo en la penumbra del taller. Parecía que estaba allí, absorto, en aquella carretera rural del oeste. Los graznidos de burla y aquel cura feroz anunciando el infierno.


Habitaba el silencio y fue una de las pocas veces que lo rompió. Tenía un pelo muy blanco, luminoso, que alumbraba más que la lámpara. Me gustaba estar allí con él, hipnotizado por esa relación afectuosa que tenía con la madera y las herramientas. De vez en cuando, exclamaba: “¡Boh!”. Una enmienda a la totalidad. La última vez que lo rompió, el silencio, fue en el lecho terminal. Yo ya era un adolescente con pájaros en la cabeza y balbuceé algo consolador sobre la primavera. Pero él me regaló un poema de verdad, popular, algo de lo mucho que el silencio había sepultado: “Se o cuco non cucou en marzo ou en abril, ou o cuco está morto ou o fin está a vir” (si el cuco no cantó en marzo o en abril, o el cuco está muerto o ya viene el fin).

Sí, escuchaba conmovido los recuerdos de mi padre como un camarada. La liberación que supuso ir a trabajar de pinche de albañil en la ciudad. Con qué alegría saltaban sobre el vagón del tren en el puente de Cambre. Cómo, por las noches, aprendió a solfear antes que a leer libros. A su padre, Manuel de Sigrás, mi abuelo carpintero, le habían pagado un trabajo en especies. En este caso, un viejo saxofón. Y en la red de favores solidarios, encontró un maestro que le enseñó a tocar. Así que el joven albañil iba a animar los fines de semana en salones de baile, muchas veces improvisados en galpones o alpendres rurales. No adornaba en especial aquella experiencia. Para él, insistía, era un trabajo más. Y el saxofón, una herramienta. Tan era así, que se fue de casa, el saxofón, cuando mi padre se lo dio a un compañero. Lloramos.


—¡Lo necesita más que yo! —dijo mi padre desconcertado.


Y vimos al hombre marchar apesadumbrado como si el estuche fuera un pequeño ataúd.

Tocando en uno de los salones rurales, el joven del hoyuelo había conocido a Carmiña. Mi madre. Ella era de una familia campesina muy numerosa y muy humilde, los Barrós de Corpo Santo, pero con una gran riqueza: los mil años de risa popular. “¡Pobres, pero no pobrecitos!”, decía mi madre. El padre, mi abuelo Manuel de Corpo Santo, enviudó con una gran prole de 10 chicas y chicos. Él era un demócrata de los de Azaña y se salvó de milagro, por un párroco, cuando iba a ser “paseado” por una Brigada de la Noche. Su refugio histórico no fue el silencio, sino hablar sin parar. Hablar con la gente. Hablar solo. Hablar con los árboles. Mi madre, Carmiña, trabajaba de lechera en el barrio coruñés de Monte Alto y allí se estableció la pareja, en un bajo de alquiler, donde nacimos las dos primeras criaturas, María y yo. Los otros dos, Paco y Sabela, nacieron en el “ranchito” que autoconstruyó mi padre en la tierra comprada gracias a la emigración en una ladera del monte de Elviña.

Sí, yo admiraba como un héroe al albañil atlante que en 1957 emigró a Venezuela con la voluntad de ahorrar para construir una casa propia. Cuando escucho decir que la emigración española en el franquismo era diferente, que los “nuestros” iban con papeles y en perfecto estado de revista, me viene a la cabeza el relato irónico de mi padre: el billete gestionado por un prestamista y las instrucciones para identificarse como ingeniero, en viaje de turismo a la llegada a puerto venezolano. Y así lo hizo: “¡Que sepáis que, durante un día, yo fui ingeniero de Obras Públicas!”. En la misma ciudad portuaria, en La Guaira, al poco de llegar, lo contrataron en una obra. El acuerdo incluía una litera para dormir en un barracón colectivo. Un día de mucho calor, trabajando, descamisado, en el tejado de un edificio, un compañero venezolano le avisó: “¡Gallego, hueles a llanta quemada!”.


—Y era verdad. El Negro tenía razón. Me estaba ardiendo el cuerpo. ¡Echaba humo por la espalda!


Bajó al muelle, se refrescó, y le dejaron beber de un cubo con hielo. Aquella noche comenzó el peor viaje de su vida. El barracón giraba como una hormigonera donde se mezclaba hielo y fuego. Durante aquellos días interminables de irrealidad febril, su único contacto con la realidad era una voz chillona que llamaba por una mujer: “¡Mercedes, Merceditas!”. Un día, por fin, se paró la máquina de desesperar. Le visitó el Negro, con algo de comida.


—¡Pensé que te ibas para siempre, gallego!


Cuando se recuperó, mi padre preguntó por la vecindad del barracón que si conocían a alguna Mercedes. Y le contaron que era una mujer que tenía un loro real, chévere y parlanchín. Y que se habían marchado, Mercedes y el loro real, unos días atrás.

Sí, yo admiraba como un héroe al hombre del hoyuelo que se parecía a Kirk Douglas.

Pero había unos días al año en que lo detestaba. El buen hombre que era mi padre se convertía en un ser perverso. Los domingos de fútbol. Más en concreto, los domingos de fútbol en el estadio de Riazor. El campo del Deportivo. Donde se ejercía el derecho a soñar y donde podríamos enterrar nuestro corazón. Y yo tenía la oportunidad de estar allí. Había un vecino, el señor Gregorio, técnico de la emisora de Radio Coruña, EAJ 41, situada en lo alto del monte donde teníamos nuestra casa y huerto, que era socio del club y se ofrecía a llevarme. Y justo, cada domingo de partido, era el día de la plantación. El día de la patata. El día de los repollos. El día de las cebollas. El día de los tomates. Los sábados por la tarde me afanaba en adelantar el trabajo. Aprendí a abrir los surcos con voluntad caligráfica, colocaba cada plantón con un tacto quirúrgico. Llegaba el domingo, después de comer, y el auto del señor Gregorio bajaba la cuesta y se detenía ante nuestra casa. Yo tenía siempre la secreta esperanza de que el orden mundial hubiese cambiado y de que la negociación llegaría a buen fin. Pero el señor Gregorio arrancaba el auto y yo quedaba plantado, en tierra, hundido en el estiércol del rencor y la rabia. Mi padre, silencioso, sin explicaciones, reanudaba el ciclo agrícola. Me había tocado. Estaba ante el bastión de lo inexplicable. Había una persona, una sola persona en el mundo, que odiaba el fútbol de esa forma. Y esa persona resultó ser mi padre.

No se trataba de desinterés o indiferencia. Si estaba en un bar y la conversación derivaba al fútbol, él pagaba y se iba. Ni un mal gesto. No confrontaba. No era algo que mereciese la pena ni siquiera para llevar la voz contraria. Su rechazo era ontológico. El fútbol era una gran bobada. Una majadería. Y los gritos del estadio, el ruido de una estupidez global.

Un día de domingo. Había partido en Riazor. Jugaba el Deportivo con el Rayo Vallecano. Mi padre estaba sentado en un escalón del porche. Al lado, disponibles, un plantel de pimientos de Padrón. Mi madre me dijo: “¡Ponte el pantalón y los zapatos nuevos!”. El señor Gregorio detuvo el coche. Bajó. Saludó sonriente. Y me hizo un gesto para que subiera rápido. Cuando miré hacia atrás, mi padre ya no estaba.

No quería ser testigo de aquel fracaso de la humanidad.

Por la noche, cuando regresé, estaba escuchando la radio a oscuras. Le gustaba oír música así: “¡Estos negros tocan como Dios!”. Y además se la tenía jurada, por ladrones, a la compañía eléctrica.


***


(Tomado de El país digital / 15-03-2026)

El resurgir de Aimée Torres

Fotografía: Marcos Veroes Vega


-Ninfa Monasterios Guevara-


(Palabras de presentación del libro digital Resurgencias de Aimée Torres / Panamá, 2026)


***


Aimée se encuentra y se reencuentra con su esencia vital, donde resurge clara, apacible, conectada íntimamente con la divinidad del ser...Es un asombro, frente al misterio… su escritura cada vez más sublime y concentrada.

Ella vive “viviendo” y lo hace con los cinco o más sentidos que ha desarrollado y que le permiten asir en un verso la magia de un lirio o el destello de una palabra.

Aimée nos convoca a un viaje introspectivo, en el que descubrimos la calidez de un alma que florece sin cesar y ofrece de sí, la ingenua entrega del amor, la vital caricia de miradas inesperadas, la sublime fascinación en la esperanza de su Dios –que es también refugio- y el verde esmeralda que todo lo observa. Ella, se entrega toda y espera que la reciprocidad del amor, la mantenga viva, ubicable en una imagen que la traiga de nuevo a su centro, por si se extravía o por si pierde su identidad.   

Para Aimée, todos somos galaxia y estrellas que a su luz vamos, en Súper Nova. Ella nos pasea por un laberinto en el que confluyen sus tímidos temores, sus amplias certezas en la bondad de la gente que la acompaña y guía en la incertidumbre de una vida sin brújulas, ni mapas. Una experiencia alucinante en que la entrega sin medida, es el sino del amor romántico que enarbola como estandarte permanente.

Hay una sincera y clara reivindicación de la inocencia, de la libertad que nos puede aportar el encuentro con nuestra niñez interior, y toda su capacidad de asombro y disfrute, ante las simples cosas...

Leer a Aimée, en este nuevo momento de sus letras, es descubrir su risa entreverada en los silencios del poema y en la imagen impenitente de quien trastea en las subidas, pero llega, siempre llega a su objetivo, luminosa… aunque el día se presente gris...


***


Biblioteca Pública Central Agustín Codazzi, Maracay, Venezuela (21/03/2026)

Tres poemas de Dilcia Zamora


1.

Emociones, 

sentimientos, 

sonidos y palabras 

persiguen senderos 

para encontrar 

las voces de la poesía.


***


2.

El aire nos rodea

lo respiramos, 

vivimos de su caricia,  

alimenta nuestra existencia.

 

Lo sentimos,

lo inhalamos,

lo expulsamos.


Es inaprensible. 

Existe en total libertad. 


Así las palabras

creadoras de poesía,

libres, 

como las caricias 

de la brisa, 

para tejer un poema

 

***


3.

La muerte golpea el alma 

como grito de lejana ausencia...

¡No lo sé!


Que duro experimentar

el vacío doloroso 

de tu ausencia.

Estar lejos y presente 

con el alma y el corazón. 


Estoy partida y fracturada

hermana,

por tu viaje definitivo.

No, no me lo esperaba 


Estoy desconcertada,

en un estado 

de impotente desolación 


Todo en mi está

revuelto 

como una enorme ola

que atropella con fuerza, 

con rudeza


Ese día en mi dolor 

salí a ver desde lejos El Tajo

que entre brumas 

se entregaba al mar.


Busqué refugio en la naturaleza 

que florece 

rodeada de abejas 

y mariposas

y me demuestra 

que la vida continúa 

a pesar de mi tristeza 

por tu partida...


Hay golpes en la vida

 tan fuertes...


¡Yo lo sé!


(13/03/2026)

viernes, 20 de marzo de 2026

Unidad y ritmo es la poesía



-Porfirio Hernández-


Leemos un poema y algo en nosotros se detiene. No es como leer una novela, donde queremos saber qué pasa después, no: el poema no pide que avancemos, sino que volvamos. Es, como decía George Steiner, un "campo de fuerza": una región donde cada palabra importa no por sí sola, sino por lo que crea con las demás. Un buen poemario funciona igual: cada texto guarda la memoria del conjunto, y el conjunto respira en cada texto. Esa unidad, explicaba Octavio Paz, no es intelectual, sino orgánica: nace de un instinto que también es conciencia.

Pero ¿cómo logra la poesía esa intensidad? Una de las claves está en el ritmo. No hablo solo de la métrica clásica, sino de esa musicalidad que sostiene incluso al poema en prosa. Autores como Ramón López Velarde entendieron que la prosa también puede ser poesía cuando la palabra nace de lo que él llamaba “la combustión de los huesos”. En esos textos, el ritmo hace algo fascinante: desmonta la anécdota y el razonamiento común, y construye una nueva coherencia hecha de imágenes que se asocian como en un sueño despierto. La musicalidad no es adorno; es significado. El sonido, como bien dice Antonio Deltoro, es inseparable del sentido.

Esa manera de entender el ritmo nos lleva a otra idea: la poesía como revelación. Hay un instante —a veces diminuto, como un haiku de José Juan Tablada— en que lo cotidiano fulgura. En el ejemplo de la poesía japonesa mínima, tres versos bastan para atrapar el “largo fulgor” de una tarde o el peso de una rama mojada. La tradición, aquí, no es un peso muerto, es un estímulo. Tablada no imitó a los japoneses: encontró en ellos una herramienta para decir lo propio. Lo mismo ocurre con poetas que dialogan con los clásicos sin perder la voz: la tradición se vuelve entonces una claridad que afianza lo nuevo; es lo que los japoneses llaman “kokoro”: esa mezcla de corazón y mente que late en vaivén.

Y luego está lo colectivo. Porque aunque el poema nace de una voz íntima —como el mar para Pellicer o una finca para Eliseo Diego—, su destino es volverse de todos. La poesía es el eco de una voz buscando su cauce en la voz de los demás; incluso ante la tragedia, como en “La suave Patria”, ofrece una entidad espiritual que nos devuelve el orgullo de pertenecer. José Emilio Pacheco lo dijo mejor que nadie: frente al crimen universal, la poesía nos regala una inocencia imaginaria, un aroma de mundo recién hecho.

Al final, escribir y leer poesía son el mismo acto: una atención radical hacia lo que nos habita. El poema no es un código que hay que descifrar, es un organismo vivo que nos transforma mientras lo habitamos. Como afirmaba Efraín Huerta, en la literatura todo es un regreso a casa, y el poema nos devuelve a la casa del lenguaje, a su fábrica y a su misterio. Nos recuerda que, aunque la noche sea larga y sola, también en ella habita la claridad de una palabra justa. Esa mancha en el espejo que es la imaginación —la de Becerra, la de David Huerta— permite que un mundo roto recupere, por un instante, su unidad; y eso, acaso, sea lo único que necesitamos.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El Mundial de la Poesía y la profecía de Lautreamont



-Manuel Cabesa- 


La poesía es el eco de una voz buscando su cauce en la voz de los demás

Porfirio Hernández


En apenas tres días, es decir entre el jueves 19 y el sábado 21 de marzo, el acto más solitario y anodino que pueda haber: leer un poema se va a convertir en todo un movimiento de masas como no había sucedido antes en el estado Aragua. 

Resulta que este sábado 21, precisamente, se celebra en todo el planeta el Día Mundial de la Poesía creado por la UNESCO desde 1999 para "conmemorar una de las formas más preciadas de la expresión e identidad lingüística de la humanidad".

En años anteriores la fecha ha sido celebrada, sobre todo en las bibliotecas públicas, con alguna lectura colectiva o con algún invitado especial; sin embargo, para este 2026 las actividades dedicadas a compartir y promover la actividad poética de la región ascienden al menos a 8 en varios municipios, hasta donde yo sé. 

Las resumo así: el 19 arranca en la Biblioteca Rafael Longoria de Palo Negro con la presencia de el Colectivo Claudio Castillo de Santa Cruz de Aragua, el grupo Destellos de Orion y el Círculo de Lectores de la misma biblioteca; mientras que en Maracay los participantes de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla se reunirán en la sede de la Librería del Sur en la Casa de la Cultura. Ambas actividades en la mañana. 

El viernes 20, habrá tertulia poética en homenaje a la mujer en la Biblioteca Pública Ezequiel Zamora de La Villa de San Luis Rey de Cura; mientras que en Santa Cruz de Aragua, también en la biblioteca de la localidad, habrá un homenaje al poeta Antonio Zeoli con la participación de bardos y cantantes locales; mientras en Maracay el grupo Destellos de Orion ofrecerá un recital junto a la agrupación Boleros de Palo Negro en la Pérgola de la Casa de la Cultura. Igual, todo en la mañana. 

Ya para el propio día 21, en San Mateo se realizará una Galería Poética con la participación de poetas y artistas plásticos de Las Tejerías, Turmero y de la propia localidad; mientras en Maracay, la Librería del Sur abre de nuevo su espacio para realizar una segunda jornada de lectura con los jóvenes de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla; casi al frente, la Biblioteca Pública Agustín Codazzi recibe a los poetas valencianos Aimée Torres y Luis Alberto Angulo que presentarán sus respectivos libros digitales: "Resurgencias" y "Laar's poética". Todo esto en el transcurso de la mañana. 

...y en la tarde a partir de las 6:00 pm en el café bohemio que se encuentra frente a la Casa de la Cultura en la avenida 19 de Abril, cuatro poetas jóvenes de la ciudad: Astrid Salazar, Reimar Arcia, Andrés Royer y Rubén Darío Carrero, brindarán un recital y dejarán el micrófono abierto para quien quiera compartir un poema.

Tan variado programa me hace recordar una frase de Isidore Ducasse, Conde de Lautreamont, quien decía que "la poesía debe ser hecha por todos", más de un siglo después parece que ese momento ha llegado.

lunes, 16 de marzo de 2026

Cuatro poemas de Jhonatan Sarmiento

Ilustración: Francisco Massiani (1970)


***


A lo lejos el canto del buey


La sombras alcanzan un delirio, 

las almohadas se resbalan, 

tentando un oído agudo 

mientras el piano toca un jazz. 


Fa mayor: el perro canta. 

La menor: el corazón se calló. 

Din, din... 

bajo en mi radio en Mí menor

Din, don.. 

estás cosas del amor.


Vuelo debajo de la cama 

payaso sentado 

al rigor del fuego. 

Silencio que no hay estatuas 

en el país de mármol.


Rey de Dinamarca 

vuelve a mi tenampa, 

negro el gato sin patas 

por la madre enferma


loco,

loco,

loco por tú fresas 

sin manos para tocar.


Mar de llanto en mi granja desierta, 

lanchas de densas maderas. 

Gobierno sin causa 

en el río doliente

mojo la frase en mi rencor.


 La, la, la... 

cantata en el carrusel, 

el final llega 

en en corredor tres de Aragua.

La, la, la... 

el enfermo muere ya... 


Sí.

Muere en el papel sin letra. 


Buey, buey.


***


Circo eléctrico


Por las sendas verdes del ocaso, 

el viento herido 

se trajo un remanso, 

pisando un muelle de cable fino: 

iré al circo eléctrico de Dios 

junto al rebaño, 

dejaré una pestaña 

en la sortija divina,

en la muerte casada.


Largo estrecho viviente, 

por la desnudez 

de la noche muerta.


Circo eléctrico 

circo de las ánimas 

hambriento 


Papel en la esquina de Sodoma.


Leones, tigres, elefantes 

juegan con la cabeza calva, 

y caminan por los relojes quemados.


¡La La la la!...

Ruge, chilla y las parábolas 

tocan la serpiente en su seno.


Colores en maizal, 

no paran de rodar cabezas,

llegan más. 


El muelle se hace más grande 

y la caja más pequeña...


¡Bienvenidos todos! 


La sangre ríe idiota 

al ver el tigre bailando 

la cabra mocha.


Eléctrico en mis manos,

eléctrico en las lágrimas, 

las sedas tocan la sonrisa 

perfecta en la algarabía. 


Doce de la noche 

y los cigarros encienden 

el rocío indomable.


¡Baila, baila mi pequeño tigre!


Gracias por venir al circo 

y ya se fue 

en el último muelle quedó

el barco náufrago. 


¡Algarabía! ¡Algarabía! ¡Algarabía! 

¡Bravo! 

¡Aplaude sin manos!

¡Vuelve pronto...!


¡Dios te bendiga!


***


El callejón del Diablo


Brisas en mis uñas, 

tupé en las pieles rojas, 

rebaño sin agua 

en el río del manantial. 


París en la habitación, 

el callejón ruge 

de forma poética en la brasa.


¡Rompe tu cadena señor mío! 

El alma se parte 

como un romper de cabeza, 

que tienes que volver 

armar y dibujar.


El callejón 

se deshace de los suspiros, 

las hojas caen en extrañas palpitaciones... 


Verde león confirma 

los hombres sin hogar 

en el callejón de París.


Tum, tum... 

Estoy aquí 

Tum, tum...

no me iré sin mis botas ebrias.


La espada encendida toca mi sien, 

la última copa se deshace 

en mi lengua amarga: 

los Dioses se pudren 

en mi boca bendita, 

uvas, manzanas y peras: 

corren sabores 

en el callejón del Diablo.


***


El rey de los mundos 


Bajé hasta el perdón,

remonté un caballo sin jinete,

puse el dedo en la carretera

y me quemé.


Mis botas se entregaron al viento,

los asesinos comen las cabezas de rana,

yo sufro en un coliseo

de flores dañadas...


Barbadas,

frío intenso de livianas,

el jinete me da la cabeza

del rey de los mundos.

domingo, 15 de marzo de 2026

Palabras bajo libertad (VIII / 2026)


Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


Místico, carnal, salvaje


Helio Uzcátegui ha estado escribiendo apartado de grupos y talleres literarios una obra poética que sorprende por su solvencia, su capacidad imaginativa, por lo insólito de su lenguaje y por la contundencia de su discurso. 

Muy cercano a la poesía beat, nuestro amigo, hace un acercamiento frontal hacia el amor, lo numinoso, lo social sin caer en la trampa del panfleto o la queja lisonjera: simplemente expone su visión a través de imágenes que resultan sorprendentes porque también se apartan de los discursos en boga llenos de simplicidad. 

Es poesía para los sentidos, para despertar en nosotros esas fibras dormidas que han dejado de cuestionar al mundo y se adaptan a unas expectativas de lamentable resignación.

Poesía crítica en su lenguaje y en su forma, expresión de un sentimiento que ve más allá de lo estrictamente natural, y enarbola las banderas de un discurso abierto y militante.


(mcabesa)

Sólo, abrir en caso de poesía


***


Caída hacia fuera de los ojos


Vivo colgando de las pestañas 

temblando en el planeta 

invertebrado de su imagen presunta

me suelto de sus pupilas 

al abismo del punto ciego

cabalgando sobre la gravedad giratoria

                 del último vértice. 


Levitando mi especie.


***


Grito

 

esta bandera de olvido 

surco esta ventana de arena 

y te miro 

del otro lado del mundo 

y tu golondrina 

en el firmamento abre una puerta 

desnuda, contando cada lobo que escapa 

de tu canto mordiendo las verdades 

grito la cuita de Moisés

el agua que abre como útero los brazos 

las dimensiones de los océanos eléctricos 

que crujen en tu orgasmo de península

que ahogan por el mástil 

esta virilidad de barcarola.

Grito al autor de los portales líquidos 

de eras que habitan y van por tu boca chocándose

como atemporales quejidos de ola como lengua 

empecinada en lamer el alma.


***


Que el fuego me tome por hijo


Padre,

incinera el papel moneda laqueado de sombras

aliento predilecto de la codicia,


levantemos la ciudad de ceniza


en el orín de la llama 

tracemos los límites de las naciones

el cielo con sus trajes grises,

recita la canción del abismo

el baladí del volcán, 

de la primera bocanada del cigarro de dios

después del séptimo día, 

apura tu llama perfecta,

el sosiego del átomo 

que une el Bien

                        y el Mal.


Incinera la Nada.

El antidiluviano pacto.

Ejerce la promesa de tu Presencia

agrieta la vasija del Creador.


***


Balada del suicida


En el borde del puente 

vuelan o se arrojan

como monedas a una fuente infinita. 

La corriente los regurgita 

los tose como capullos de espina,

los hijos de Caín

los alados que descienden.

Vencidos de hipérboles

cantan su pudor de círculo danzante

de aire que le crepita hasta mojarse

las entrañas

y ser ancla de la prosa del río.


***


Escribir sus brazos


delimitar su comisura 

encender con palabra de barro 

cada curva que trasciende un don carnal,

su parque de desgastar el cuerpo

ese delirio, de ser poeta que escribe una mujer,

hacer ventanas en su blusa,

crear con la estrofa curva de su planeta elíptico 

trazar su corazón donde hay una cuenca

y cuando tenga miedo hacer su rostro invisible,

o que un ojo no mire o mire a otro,

que la nariz no busque mi rastro,

o su ombligo me obligue

a labrarlo con un mordisco,

para que quede junta toda la piel 

pensaré en ponerle nombre,

en acostarme a su lado, 

con la pluma recién cargada 

de la tinta y de la sangre 

y sentirme como un dios alegre, un dichoso Adán.