-Alberto Hernández-
I
Luego de largos años de tropiezos y muy pocos aciertos, entre la añoranza utópica y los santiguadores de oficio en funciones de gobierno, hemos arribado a la conclusión de que el país de hace poco ha sido una absoluta necedad. Abiertos los ojos, entramos en la Historia, en el nuevo orden que habrá de redimirnos, hacernos un modelo humano capaz de agotar los mitos y refundar los códigos de los sueños más añorados.
Desde esa perspectiva optimista recurrimos a viejos anhelos para tratar de entrar airosos en este episodio recaudador de emociones. Digamos que somos parte de los despojos anunciados por los recién llegados a las sandalias de Dios. Que habremos de sentirnos felices por cada una de las palabras salidas de la boca de quien resume nuestras angustias y alegrías.
Y así, por esa brecha, entre albricias y sinsabores, regresamos a un intento para definir lo que hemos venido haciendo, con la esperanza de salvarnos de la herrumbre tomada como descubrimiento. En este vagar, en esta inutilidad que nos arropa desde que supimos que éramos periodistas dedicados al sector cultura, nos sorprendemos al sabernos responsables de todo lo que ha ocurrido y ocurre en un mundo tan ajeno al hombre común como a los dioses bajados del Olimpo.
II
Es que, como dice alguien identificado con el Monje Loco, no hemos entendido nunca lo que hemos sido y somos. Que alguien vendrá a llevarnos de la mano para “entrar por el aro” de la obediencia y la máxima felicidad.
En estos brinquitos nos hallamos. En este sobresalto -al amparo de la divinidad- ingresamos en la diáspora de viejas lecturas, una vez más, para tratar de entender qué somos, para qué servimos y para qué no.
No omito la mirada inocente del hombre frente a los dibujos animados de las Cuevas de Altamira. Mucho menos ante las marcas de fábrica que los dioses dejaron en las pirámides de América Central.
Hemos sostenido siempre que todo aquel que se acerque a la cultura debe estudiar todos los días. Acercarse a las universidades (cuidado, se trata de un espacio elitista, exquisito), a las formas de expresarse el país. Conocer no sólo los rincones de la tierra que se respira, sino saber de otras e –inclusive-, hacerse de otros idiomas. Así, en este sentido, el periodista, pero también el animador u operador cultural deben ampliar su mirada, más allá de gustos y debilidades. No se contradice la academia con lo nombrado popular. En el caso de este cronista, nunca he creído en el término “cultura popular”, toda vez que lo que sale de la inteligencia del mundo sale del hombre. Tan popular es Beethoven como Luis Laguna. Tan popular es De Falla como Joan Manuel Serrat. Tan popular Andrés Eloy Blanco como Ezra Pound. Tan populares como académicos. Ojalá, digo, los que se dicen limpios de espíritu por lo popular entendieran que la sensibilidad artística existe en todas partes. Tanto en el hombre que ordeña y canta una tonada como en el que lee una partitura para ópera en el Teatro Bolshoi. Pero la necedad es infinita como la estupidez.
III
Quien no se sienta exquisito que no lea a Borges, y si se trata de algún cercano a sus infartos que rechace a Alejo Carpentier, tan exquisito como a veces pesado en su andar barroco. Que queme los libros de García Márquez, del muy “elitesco” Cortázar, del tan humillado Onetti. Que regalen los poemas de Jaime Sabines y derroquen las “argucias” verbales de Octavio Paz. Como aquellos que se han alejado de los grandes poetas venezolanos Eugenio Montejo y Rafael Cadenas por no estar montados en el caballo de Maisanta. Que lean entonces libros de autoayuda y se hagan de la ya olvidada literatura costumbrista y los panfletos de guerra fijados en los árboles secos de los campos de batalla.
En este correr, nos topamos con varios tipos de periodismo. Vale la pena enunciarlos, dejarlos allí para que los interesados investiguen, se empapen en sus tardíos estudios universitarios, para que al fin logren la felicidad adecuada a sus sentimientos ideológicos.
Se habla de un periodismo informativista o inmediatista (lo encontramos en los boletines infames de las instituciones culturales de la comarca); el periodismo promocional, el oficial, el llamado periodismo empresarial, el primoroso (divorciado de la realidad y dado a cantar las vísceras de espectáculos y personalidades, sobre todo si están en la cresta de la ola del poder); el tan preocupante periodismo elitesco (“Al limitarse a reseñar lo relacionado con el campo elitesco, el periodismo cultural olvida ese otro acontecer que también es cultural: lo popular. Lo popular no es noticia, no es válido”, según palabras de un encuestado en un estudio sobre el tema); el periodismo causístico (el que expresa la “individualidad de sus actores”), etc.
Es decir, para apartarse de esas categorías hace falta ahondar en lo sociopolítico, en lo cultural mediante la reflexión crítica. Quien se diga “popular” cree que no hay profundidad en el hacer creativo. Veamos: muchos operadores del sector creen que con celebrar la música venezolana o a los pintores llamados ingenuos están haciendo patria. Pues no, cada uno de esos creadores tiene una historia, un método y una visión de mundo. No se trata del esquemita sociológico ni de la petulancia falsamente antropológica de algunos avispados que se dicen defensores de lo “popular”.
IV
Ciertamente, lo cultural ha perdido mucho espacio en los medios. No obstante, los pocos que existen, no todos, por supuesto, han dado más importancia a lo inmediato, a lo causístico (¿casuístico?). Pero también han revelado que lo “popular” tiene importancia en la medida de la seriedad de quienes laboran con la materia prima de lo no académico.
Se ha llegado al extremo de hacer de lo folklórico un producto de farándula. En esta comarca nos tropezamos a diario con farsantes que asoman sus dones en centros nocturnos donde lo cultural/ folklórico no es más que pésimo gusto y baja calidad. Y así, muchos funcionarios se valen de esos lugares para escalar posiciones y revivir la más triste de las ramplonerías.
De manera que para quienes ostentan cargos y se dicen progresistas, debe imperar la calidad porque ésta es un merecimiento del colectivo. No por rimar se es poeta. No por pegar dos gritos se es cantante de ópera. No por torcer los ojos y silabear cuatro textos se es actor. Impera el estudio, la investigación, el trabajo constante para alcanzar los niveles que una sociedad como la nuestra reclama.
Si lamentamos que cierto periodismo ha olvidado estos planteamientos, también es cierto que algunas individualidades han cultivado un periodismo serio, tanto que han hecho escuela en este país. Las pamplinadas de los quejumbrosos perdieron vigencia con su llegada al poder. Que entiendan que lo popular también puede ser exquisito, como debe ser.
(10-01-2007)




















