viernes, 28 de agosto de 2026

Astrología y Tarot: refugios ante la incertidumbre

-Ingrid Chicote-


Los límites de mi lenguaje son los limites de mi mundo

Wittgenstein


La subjetividad siempre ha sido una de las ventanas por las cuales nos asomamos al mundo. Gracias a ella hemos logrado, como humanidad, acercarnos a la observación que dio nacimiento al Método Científico, pero antes de éste la humanidad ya observaba, clasificaba y explicaba. Sin embargo, la ciencia, tal como la conocemos hoy, no nos explica muchos de los fenómenos personales y sociales del mundo moderno. Esto siempre ha sido así. Por eso nos refugiamos en los mitos y en las creencias para hacer más llevadera la época en que transitamos.

Muchas veces me he preguntado porqué, a pesar del rigor científico por el cual han sido tamizadas muchas creencias, seguimos buscando en conocimientos ancestrales esa rendija por la cual asomarnos para serenar nuestra ansiedad o nuestra angustia. ¿Por qué han sobrevivido estas creencias a pesar de que a partir de la Revolución Industrial y la Revolución Científica de los siglos XVII y XVIII, el pensamiento académico adoptó el método empírico y el principio de falsabilidad para degradar estas observaciones ancestrales?

La ciencia habla de falta de mecanismo causal probatorio y de sesgos cognitivos y reproducibilidad, demostrados por el efecto Forer (o Barnum): "la tendencia humana de aceptar descripciones imprecisas y generales como si fueran altamente científicas y el sesgo de confirmación". 

Quizás el rigor científico necesita imponer sus razones sobre esas relaciones que aún nos quedan como remanentes de nuestras creencias primitivas, que nos hicieron sobrevivir a catástrofes naturales, hambrunas, epidemias, guerras, persecuciones, muerte. Quizás la humanidad conserva dentro de sí, esa llama interior que la sujeta a la esperanza de que las cosas pueden ser extraordinarias, esperanzadoras o pueden ser más vivibles.

La vida es breve y para ella no hay un guión: es experimental.

A pesar de la descalificación científica la Astrología y el Tarot están más vivos que nunca en la actualidad. También lo descalifican las religiones. En estos actos de supremacía del conocimiento ¿Acaso existe alguna intención política de amasar la verdad dentro de sus parámetros? ¿La verdad tiene un solo lado? ¿Para qué nos sirve la observación? ¿para qué nos sirve la subjetividad? ¿La religión que descalifica la existencia de las creencias, tiene una línea directa de autoridad con lo superior? 

Son preguntas que siempre me hago porque todos estamos en este mundo intentando darle sentido a nuestra trama existencial y cada quien busca la manera de nutrir sus expectativas hacia la esperanza o hacia el miedo para sobrevivir en la maraña que nos asfixia. Vivir en el miedo también nos hace sobrevivir ¡pero a qué costo!

Carl Jung nos habló de los arquetipos y del mecanismo de proyección psicológica por medio de los cuales las figuras del tarot y los signos zodiacales funcionan como espejos arquetípicos del inconsciente humano. De esa manera y a través de ellos, podemos estructurar relatos internos, procesar dilemas emocionales y dotar de sentido a la incertidumbre.

Creo que todos queremos darle significado a la existencia: a la nuestra.

La ciencia describe cómo funciona el Universo pero no responde para qué estamos aquí, no nos explica cuál es nuestro propósito en la vida, por lo cual los lenguajes simbólicos ancestrales nos ofrecen un marco de sentido que nos conecta individualmente con el cosmos. Es por ello que las creencias perviven en el inconsciente colectivo humano; nos permiten conservar ese espacio donde lo poético, lo intuitivo y lo metafórico conviven con el pensamiento lógico-racional y abren un espacio de esperanza: donde la religión genera miedo, incertidumbre y pesimismo ante el futuro, el mito y el rito nos permiten la libertad de generar nuevos lenguajes, basado en la conciencia espiritual que viaja de generacion en generacion. 

Cada quien lo hace a su manera, desde el respeto. Creo que allí está la clave.

Creo que la rigurosa observación empírica de la naturaleza, permitió a los astrónomos babilonios, hace más de 3000 años, registrar con precisión matemática los movimientos de los astros y su correlación con los eventos naturales: las estaciones, los eventos climáticos, los eclipses y todo lo que pasaba en el cielo. Creo que ellos observaron que todo lo que sucedía en el cielo también ocurría con los seres vivos, incluyéndonos y por ello también comenzaron a observar la naturaleza humana a partir de los ciclos celestes.

Gracias a los griegos y a sus sistematizaciones de esta observación babilónica, en el siglo II-I a.C. integraron conceptos filosóficos y matemáticos y dieron origen a la carta astral. Podemos decir entonces que el origen de la astrología es el punto de partida para estudiar el comportamiento de los grupos humanos y constituye una de las puertas de entrada más reveladoras hacia la psicología social, la antropología y la sociología de la religión.

Nos sitúa en la sincronización grupal ya que la astrología primitiva permitió regular la agricultura, las migraciones y las festividades. 

Al compartir el mismo calendario cósmico, el grupo humano coordinaba sus conductas, lo que fortalecía la pertenencia y la estructura social.

La astrología permitía - y sigue permitiendo - la reducción de la angustia colectiva porque las sociedades arcaicas enfrentaban los embates naturales (las estaciones con sus consecuencias) y aún nosotros vivimos en esa misma angustia, aunque no hacemos caso de las advertencias que vienen con los ciclos. Asì pues, la astrología nació como un intento de proyectar orden en el caos; si el cielo tiene leyes y ciclos, la Tierra también.

Esa certidumbre compartida, disminuía la ansiedad colectiva y al permitir la organización social. 

Los astrólogos helenísticos - griegos - fueron los primeros en realizar un modelo de clasificación psicosocial, caracterizando el comportamiento del otro, ordenándolos dentro de un lenguaje, basado en los elementos de la naturaleza:  agua, aire, fuego y tierra, lo que permite darle explicación a las individualidades y estructurar roles sociales o expectativas de conductas.

Así surge el pensamiento simbólico:  Como es arriba, es abajo, dice el Kybalion. Así fue que aprendimos a vincular fenómenos distantes con dinámicas internas y desarrollamos - como sociedad - un lenguaje común, una capacidad abstracta para el arte, la cultura y el mito.

Entonces ese lenguaje astrológico y tarotista es una antigua semilla que aún crece dentro de la humanidad y en las èpocas más nefastas, es el conocimiento ancestral lo que nos permite sobrevivir a tanta guerra, inopia y anomia, vinculándonos con la esperanza y la construcción de nuevos ritos que nos permitan mirar el presente mediante la abstracción, que en lugar de hundirnos, nos pueda salvar. 

Los antiguos y sus conocimientos, sus metáforas, sus investigaciones, sus observaciones siguen viviendo en nosotros, anclados en el inconsciente colectivo.

En agosto nos leemos / VIII

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001


Hace poco supe de Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) por una recomendación que hizo Dua Lipa en su Club de Lectura, quien menciona la importancia esta autora, destacando sobre todo su novela No es un río (2020), de la que afirma: "El libro conduce al lector por un viaje donde la naturaleza, la memoria y los fantasmas del pasado acompañan cada página". Mientras se da la oportunidad de leer la novela recomendada, nos acercamos a su narrativa a través de este relato que evidencia su talento para desarrollar una historia inquietante. 


(mcabesa)


****


Reconstrucción de la escena del crimen


-Selva Almada-


—Fue acá. Justo acá —dijo parándose en seco y dando un golpe con el pie sobre el camino de tierra. Volví sobre mis pasos hasta quedar junto a ella, casi pegadas.


—Acá se me apareció de repente. Como salido de ninguna parte. Si no lo conociera desde que soy así, habría pensado que era el Diablo y no el Tatú—, volvió a pegar con el pie levantando una nubecita de polvo.


Nos quedamos calladas, conteniendo la respiración. Ella, reviviendo el momento. Yo, tratando de imaginármelo, de ponerme en su lugar.

A ambos lados del camino crecía el maizal casi tan alto como nosotras dos. Como ella que era petisa y como yo, que a los doce era demasiado alta para mi edad, siempre me decían.

El sol partía la tierra y no se escuchaba nada fuera del viento pasando entre las hojas y las cañas haciendo ese ruido áspero, de garganta seca.


—Yo iba a lo de la Teya —dijo extendiendo un brazo desnudo y enrojecido hacia adelante.


Ella tenía la piel muy blanca, como la madre. Mi otra tía y mi tío también. Mi padre tenía la piel oscura como su madre muerta, la mujer que tuvo mi abuelo antes de casarse con la madre de mis tíos que era bien gringa, rubia y de ojos claros. Ellos heredaron su tez, por eso en el verano se ardían.

La Teya era una vecina que vivía a dos kilómetros siguiendo el camino. Era una mujer alegre. La confidente de mis tías.


—Todos los días iba a esta hora. Le limpiaba la cocina y después tomábamos mate de té y escuchábamos la radio. Nunca me di cuenta, pero el Tatú me espiaba —dijo bajando la voz.


Miré a los costados. El maizal se extendía, verde y compacto, hasta donde alcanzaba la vista. El Tatú o cualquiera podía acechar sin ser visto.


—Entonces me cazó así —dijo poniéndose frente a mí y agarrándome los brazos. Un grito se me atravesó como una espina de pescado.


—Y me miraba con los ojos brillantes. Y me olía el cogote y el pecho. Ay, me acuerdo y se me pone la piel de gallina. Mirá —dijo soltándome y mostrándome el brazo encrespado.


Otra vez nos quedamos en silencio.

Ese día, durante esa siesta, ni mi tía ni yo ni nadie podía sospechar que veinte años después, le saltaría la falla hereditaria a mi tío y se volaría la cabeza de un disparo.

Dos o tres metros adelante distinguí una delgada huella sinuosa en la tierra suelta. Por ahí había pasado una víbora. En otro momento me hubiese asustado, pero no me cabía otro miedo que el de esa historia, ocurrida varios años atrás, actualizada por la narración de mi tía.

El Tatú era un primo suyo, diez o quince años mayor. Vivía en una granja vecina con Cali, su padre, y dos hermanas: la Negra y Sonia. Los tres solterones con el padre viudo. Yo fui muchas veces a su casa con mis tías. Pero al Tatú no lo vi nunca. Cuando llega visita, él se esconde.

El Tatú es raro. Así le dicen ellas. Por parte de la familia materna de mis tíos siempre hubo algún raro. Una fruta picada. De la mujer de mi abuelo, que yo le decía abuela aunque no era mi abuela, también decían que era rara. Mi madre se enojaba cuando decían así. Para ella, la abuela no estaba loca, sino que todos la trataban como a una retardada y ella se acostumbró. Puede ser que si alguien no sale raro de nacimiento se le haga creer que sí con tal de no cortar la cadena de taras que la familia arrastra de generación en generación. A la prima Sonia, mis tías con sus amigas, le decían la fallada porque nunca le bajó la regla y entonces no pudo tener hijos ni casarse.

Ese día, durante esa siesta, ni mi tía ni yo ni nadie podía sospechar que veinte años después, le saltaría la falla hereditaria a mi tío y se volaría la cabeza de un disparo.


—Entonces ¿qué pasó? —le pregunté.


El sol estaba picante y las dos estábamos todas sudadas.


—Me miraba así como te digo. Los ojos como dos tizones encendidos. Quería zafarme, pero me tenía agarrada muy fuerte. Me llevó a la rastra hasta el maizal. Vení, te muestro.


Tomé la mano que me tendía y fui tras ella por el sendero angostísimo que quedaba entre los surcos sembrados. Las hojas y las cañas me arañaban los brazos y las piernas. Nos metimos unos cuantos metros. Miré hacia atrás y ya no se veía el camino. Mi tía se detuvo.


—Más o menos por acá, había un círculo pelado. El desgraciado había cortado varias cañas y armado un colchón con las hojas. Las hojas ya estaban secas y crujieron cuando me echó de espaldas y se me cayó encima porque me tenía agarrada de las muñecas. Me tenía como estaqueada y no podía moverme. Un poco porque lo tenía arriba mío y otro poco porque estaba muerta de miedo. Así que me encomendé a la Virgen y cerré los ojos esperando que pase lo peor.


Se quedó callada.


—¿Y después? —pregunté.


—De repente me soltó una muñeca y lo sentí correrse para el costado. Todavía me tenía bien fuerte de la otra mano. No me animaba a mirar, así que esperé un ratito, quieta, juntando valor, calculando el momento justo para escaparme. Abrí los ojos. Era un día como hoy. El sol estaba acá arriba, grande y brillante. Me lastimó la vista y tuve que pestañear varias veces hasta acostumbrarme. Giré despacito la cabeza y lo vi echado boca arriba al lado mío. Estaba dormido. Dormido como un bendito. Moví un poquito el brazo, él aflojó los dedos y pude soltarme. Me paré tratando de no hacer ruido y caminé unos pasos y ahí sí empecé a correr. Y corrí y corrí. No me daban las patas, te juro.

Elegía

-Ninfa Monasterios Guevara-



Kristel, 

llegas a ser el enigma, 

esa imagen misteriosa 

que una quiere 

asir en un verso, 

que una quiere tener cerca 

para iluminarse de palabras. 


Te conocí, 

sin llegar al punto 

de una amistad cercana 

y profunda. 


Apenas, contactos virtuales, 

algunos encuentros cercanos 

y mucho cariño 

y luminosidad. 


Ella, y su sonrisa, 

eran capaces 

de espantar tormentas, 

desarmar malos augurios 

y sembrar capullos 

de esperanza. 


Una, 

en ese entrañable 

espacio de tu verbo, 

se pierde 

como navegando un río, 

como elucubrando un sueño... 


por eso, 

es imposible pensar 

en la palabra adiós. 


Tu inmanencia es tal, 

que sigues viva en cada obra, 

cada gesto, 

cada palabra tuya. 


Gracias, Kristel, 

por el canto alegre de tu vida. 


15 de agosto de 2026

Microrrelatos de Gabriel Jiménez Emán


Última carta de Ambrose Bierce


A Víctor Valera Mora


Esta es la última carta que te escribo. No porque quiera, sino porque materialmente no puedo hacerte otra. La tinta está cara, lo sé, y tampoco ahora fabrican los lápices que me gustan. Ya no hay cuadernos como los de antes, muy anchos y de páginas blancas y suaves. Las estampillas han subido mucho, pero de cualquier modo ahora no las necesito, ni siquiera un sobre para meter la carta cuando esté terminada, porque en verdad ahora lo urgente es el tiempo, se acaba el tiempo y todavía no he empezado a escribir todas las cosas que debo decirte, aunque me exijo un enorme esfuerzo para mover las manos y sacarme el lápiz y el papel que llevo en los bolsillos.

Me cuesta solamente intentarlo, pero todo estará recompensado sabiendo que leerás mi carta como si fuese la primera misiva de amor que te envié desde aquella ciudad remota cuyo nombre olvidé; además en este instante todo se me borra en la memoria debido a la escasez del aire y a cierta incomodidad que no debiera representar un problema en un momento tan importante para nosotros como éste.

También me apena molestarte porque debes ser tú la que debes venir a buscar la carta, pues a mí me da vergüenza presentarme con esta corbata y este traje negro que no me pertenecen. Perdóname, desde el comienzo no he hecho más que lamentarme y hay tantas otras cosas en las cuales no es justo culparte de nada, pero has debido fijarte bien, cuando me viste en la cama no estaba muerto sino dormido, y delante de ti me taparon y metieron en este ataúd donde me cuesta mucho escribirte porque no hay luz y es bastante incómodo gritar en esta posición y sin el aire suficiente para rogarte que me saques de aquí.


***


Los dientes de Raquel


Raquel mordió una manzana, y todos sus dientes quedaron en ella. Fue a su casa con la boca sangrando a avisarle a su mamá. La mamá vino corriendo asustada a buscar los dientes de Raquel, y cuando llegó, los dientes se habían comido la manzana.

La mamá quiso recogerlos, pero los dientes se levantaron y se comieron a Raquel y a la mamá.

Después, los dientes volvieron a la boca de Raquel, quien muy hambrienta corrió a pedirle a su mamá que le comprara una manzana. 

 

***


Un pez arrepentido


Frank Tor lloró tanto que se convirtió en pez. Después se arrepintió tanto de haber llorado, que odió ser pez (sus lágrimas no tienen valor en las profundidades del mar), y así, de tanto llorar de ser pez, Frank Tor es hoy el único hombre-pez que existe y se cree que jamás podrá ser encontrado para preguntarle porqué ha llorado tanto.


***


El hombre de los pies perdidos


Un día un par de pies que habían perdido su dueño entraron a un bar a tomar cerveza.


—Disculpen— dijo el portero. Aquí no puede entrarse sin zapatos.


—Ah, es verdad— dijeron los pies, y se regresaron a una zapatería. Ahí fueron muy bien atendidos: encontraron a unos zapatos que les calzaron de maravilla. Entonces se dirigieron nuevamente al bar, y el portero se alegró mucho de que los pies estuviesen ahora protegidos y elegantes.


El hombre que había perdido sus pies estaba muy incómodo, pues los necesitaba para ir a tomar cerveza; era mediodía y hacía un calor terrible.

El hombre se las arregló para llegar hasta un taxi, y pedirle lo llevara hasta donde quería ir. Al llegar a la puerta del bar, el portero le dijo:


—Disculpe señor. No se puede entrar sin pies.


—No puede hacerme esto— dijo el hombre. Es muy difícil encontrar unos pies a esta hora.


—No lo es— respondió el empleado. —Hace poco entraron unos aquí.


—Entonces deben ser los míos. Solemos tomar cerveza a esta misma hora. Déjeme entrar.


—No puedo— replicó el portero. —Mejor se los llamo. Espere aquí.


El portero se alejó a buscarlos, y el hombre pensó que era una gran suerte haber coincidido en aquel bar. Cuando el portero y los pies regresaron, el hombre no pudo reconocerlos, pues traían puestos unos extraños zapatos.


—Qué desea?— preguntaron los zapatos.


—Quiero saber si esos son mis pies— respondió el hombre. Los necesito para entrar al bar.


Entonces los zapatos comenzaron a desamarrar sus trenzas.


Al instante, los pies estuvieron descubiertos, y con gran sorpresa el hombre vio que no eran los suyos. Los pies volvieron a calzar sus zapatos y, muy contentos de no pertenecer a nadie, regresaron al bar.

El hombre aún no ha podido tomarse esa cerveza.


***


El idiota


Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice. Era un dedo arrugado, envuelto en una epidermis desgastada, cuyo tejido anterior se hacía tan fino que el espesor de la sangre, fragmentado en pequeños puntos rojos, se dividía a su vez en forma de tabique, debido a las líneas irregulares que en grupos de cinco separaban las falanginas de las falangetas. Por la parte posterior, en la superficie de los nudillos, estas líneas eran más numerosas y parecían nervaduras de hoja, pues el sabio era tan viejo que la piel del nudillo era un pellejo de consistencia inerte, y hasta tenía ciertas marcas de los mordiscos leves que el sabio le había dado en los momentos de reflexión.

En los demás dedos del sabio había ciertos vellos que el idiota apenas podía registrar con el ojo. Tal era su concentración en el índice, distinto de aquellos por ser lampiño, con los poros más grandes y de una uña más pronunciada, curva y de una pátina tenue de amarillo. Su superficie se adivinaba casi tan lisa como la de un cristal, y brillaba. El contorno de la cutícula estaba perfectamente dibujado; no había en su línea cóncava ni el más mínimo desprendimiento. El nacimiento de la próxima uña, blanco y puntiagudo, formaba con la cutícula un óvalo que el sabio miraba a veces, encontrando en él una especie de centro universal cuyo significado desconocía. Se detuvo por fin el idiota en la parte superior de la uña, que coincidía exactamente con el nivel de la yema, y cuyo borde se inclinaba hacia abajo. Allí el idiota vio, perfectamente reflejada y redonda, a la luna.


***


Archivo de olvidos


A todos nos llegará el tiempo de la memoria, y cuando le llegue a Ernesto va a ser muy difícil para él.

Vive recordando que tiene que olvidar su pasado, y no piensa en el futuro porque le asusta la idea de olvidar los recuerdos que le deja el presente, su terrible presente, su archivo de olvidos.

Por eso, cuando llegue el tiempo de la memoria, Ernesto va a verse en el enigma de recordar lo que siempre ha tenido que olvidar.


***


Pequeño cielo


Cuando muera, no quiero ir a un cielo grande, de extensión inmensa y promesas cumplidas. No me engaño al saber que lo merezco: he sido bueno, he sacrificado mi vida por los demás y nunca he hecho mal a nadie, ni siquiera por olvido u omisión. He sido fiel a mi mujer y he creído en el Señor hoy, antes y después, por encima de todo creo en el Señor Todopoderoso, y que alguno de mi familia ha de seguirme.

Por todo ello, pido cuando muera ir a un cielo pequeño, privado, donde vuelva a encontrarme con mi padre y mi madre y ver cómo ellos se besan y aman, y entonces yo vuelva a estar en el vientre de mi madre, chupando con fruición el pequeño cielo de mi dedo pulgar.


***


Entre ángeles


Dos ángeles regresan volando, uno del cielo y otro del infierno, y coinciden por casualidad en una nube, donde se sientan a descansar.


—¿A dónde te diriges?— el pregunta al otro el que viene del cielo.


—Al cielo. ¿Y tú?


—Al infierno.


—¿Entonces que hacemos aquí?


—Pues nada— dijo el que venía del cielo. —Me imagino que contribuyendo al fortalecimiento de la naturaleza humana.


—Sí, estoy de acuerdo. Feliz viaje al cielo entonces, amigo.


—Y tú, que disfrutes de un buen recorrido por el infierno. Nos vemos aquí a tu regreso, en esta misma nube ¿te parece?


—Seguro.


***


Diálogo en un bar


—La vida no tiene sentido.


—De acuerdo: no lo tiene.


—Entonces, ¿para qué vivimos?


—Vivimos sólo para eso: para vivir, no hay más nada.


—O quizá para morir.


—No, eso es otra cosa. La muerte es independiente.


—Mientras vivimos vamos muriendo. Eso lo sabe todo el mundo.


—Pero no nos damos cuenta.


—Sólo cuando estamos viejos nos parece que es así, aunque ya sea tarde. No necesitamos ese consuelo porque ya hemos vivido.


—Por eso te digo: la vida no tiene sentido.


—Eso no puedo contradecirlo. Aunque lo dices con cierto tono fatalista.


—¿Fatalista yo?


—Sí. Hablas como si la vida tuviera que poseer un sentido. ¿Sentido de qué?, me pregunto.


—Pues de crear, de amar, de tener hijos... qué sé yo.


—Eso es otra cosa. Son cosas sin sentido también.


—Ahora el que suenas fatalista eres tú.


—Tal vez. Aunque nadie puede considerarme un escéptico.


—Ahora sí parece que estamos entrando en asuntos filosóficos.


—A lo mejor ese sea el mejor sentido de la vida: el de notar su sinsentido.


—No, eso me parece una paradoja fácil.


—Sí, una paradoja, pero no fácil.


—Como si fuésemos la broma de algún dios.


—Sí, algo así.


—Entonces estamos de acuerdo.


—De acuerdo.


—Hasta luego.

—Hasta nunca.


***


Inundación


Una mañana, la mujer de Tesalio lo despertó para decirle:


—Mi amor: estamos inundados.


—No importa— respondió Tesalio entre dientes, dando vueltas en la cama y sin poder abrir los ojos. —Sacamos el agua y asunto arreglado.


—Es imposible— replicó ella. —Estamos en el mar.


—Ah, entiendo— dijo Tesalio sin abrir los ojos.


Y se ahogaron.


***


Ocho cuentos mínimos


*

Dios


Dios mío, si creyera en ti, me dejaría llevar por ti hasta desaparecer, y me he dejado llevar y no he desaparecido porque creo en ti.


*

El hombre invisible


Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.


*

Los 1001 cuentos de 1 línea


Quiso escribir los 1001 cuentos de una línea, pero sólo le salió uno.


*

La brevedad


Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte.


*

La prueba irrefutable


Hoy soñé que había muerto. Esa es la prueba irrefutable que dejo a los demás acerca de mi seguro paso por la tierra.


*

El laberinto


Al salir del primer tramo del laberinto, al hombre le esperaba lo más difícil en el segundo tramo: entrar a sí mismo. 

 

*

El método deductivo


Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a su lado, todavía humeante.


*

Hasta el infinito


Aquel señor pensaba tanto en el infinito, que una tarde se quedó dormido y desapareció.


***

Selección realizada por la escritora chilena Virginia Vidal (Revista Breville, 2013)

En agosto nos leemos / VII

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001


Fue mi primera lectura verdaderamente literaria en cuarto o quinto grado en un viejo ejemplar de Lecturas para jóvenes venezolanos de Arturo Uslar Pietri, lecturas inconcebibles entre los jóvenes de hoy; entonces, a esa edad, sólo sentía interés por los suplementos de superhéroes, así que esa lectura significó un cambio, sin embargo, Juan Peña también tenía características de héroe, solo que a la inversa. Su enigmático silencio era su antifaz. Esa lectura me ha acompañado durante décadas y de vez en cuando vuelvo a ella y a la nostalgia que despierta: aquellas friolentas mañanas de la infancia en la Escuela Nacional Los Magallanes, en Catia...


(mcabesa)


***


El diente roto


-Pedro Emilio Coll-



A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas, recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.

Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada —sin pensar. Así de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.

Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.

Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, su lengua acariciaba el diente roto —sin pensar.


—El niño no está bien, Pablo —decía la madre al marido—; hay que llamar al médico.


Llegó el doctor grave y panzudo y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.


—Señora —terminó por decir el sabio después de un largo examen—, la santidad de mi profesión me impone declarar a usted…


—¿Qué, señor doctor de mi alma? —interrumpió la angustiada madre.


—Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible —continuó con voz misteriosa—, es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.


En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto —sin pensar.


Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo, se citó el caso admirable del «niño prodigio», y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más, quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison, etcétera.

Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído por la tarea de su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto —sin pensar.

Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y «profundo», y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto —sin pensar.

Pasaron meses y años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro, y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.

Y doblaron las campanas, y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.


***


El Cojo Ilustrado, 15 de agosto, 1898

Máximas para agarrar mínimo (III) | Luis Valero


***


Se aprende lo que se vive.


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Una persona normal es capaz de hacer cualquier cosa.


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La gracia espontánea se convierte en belleza.


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El amor ablanda al más duro corazón.


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La vida repetitiva nos lleva al fastidio.


***


Cada día que pasa estamos más cerca de nosotros mismos, pero no tenemos tiempo para darnos cuenta.


***


En las horas de dolor los segundos matan.


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La alegria es lo más bello que Dios creó.


***


Después del silencio viene la reflexión.


***


Todo loco tiene una loca que lo está esperando.

Cuatro poemas de Emalida Viloria

Foto: Donaldo Barros Velásquez 


***


Temblor patrio


Crujieron tus costillas de roca viva...

madre de arcilla con pecho agrietado,

un grito ciego en tus entrañas aviva

el llanto amargo del suelo rasgado.


No fue tu culpa mudar la piel

ni el estertor que rompió los muros;

Sufres el peso del golpe cruel

de mentes perversas y discursos oscuros 


No es furia lo que tiembla en tu mirada,

es dolor y angustias profundas

ante la ignominia de tierras nauseabundas

que desean pisar tu tierra sagrada.


Tiemblas de angustia por tus criaturas

y buscas cicatrizar heridas abiertas,

entre escombros, hierros y fisuras

laten vidas que aun mantienes despiertas


Levántate matria y vuela como el viento

vuelve a ser calma y descansa tu lomo

que tras los ecos de sufrimientos

te defenderemos del polvo y también del plomo.


***


Topos criollos



Manos que buscan entre los escombros,

olvidando el miedo, levantando el alma.


El peso del mundo se carga en los hombros;

el esfuerzo compartido nos devuelve la calma.


No hay extraños en esta tierra herida,

solo hermanos que tejen una red de acero.


Cada vida salvada es luz bendecida,

cada rescate es un abrazo sincero.


Del polvo brotan fuerzas latentes,

un lazo invisible que el sismo no quiebra.


Es ver un pueblo unido y valiente,

que de los escombros renace 

y la vida celebra.


***


La noche cae


La noche cae y con ella, las angustias de oír gritos 

y gemidos ahogados tras toneladas de concreto.


La noche cae y con ella, el temor de ver llorar el cielo 

sobre los crujientes hierros.


La noche cae y con ella, los párpados cansados de no dormir

... de tanto llorar.


La noche cae y con ella, la incertidumbre se hace eterna.


La noche cae, ¡Dios! pero nunca las esperanzas.



***


Renacer del suelo patrio


Venezuela se levanta

desde sus cimientos más profundos,

transformando el dolor en fuerza indomable

dándole ejemplo al mundo.


Los recuerdos de aquellos sismos

y el dolor, quedaron atrás,

ahogados en ecos y pesadillas

de antigua oscuridad.


Somos un pueblo que no se doblega

ante la difícil adversidad,

reemplazamos lamentos del pasado

con poemas de amor y libertad.


Y como el ave Fénix nos levantamos

rompiendo cualquier cadena,

borrando para siempre el tormento

y corriendo esperanzas por nuestras venas.


Así que caminemos sin temor

de que la tierra vuelva a ceder

y ondeemos de nuevo nuestro tricolor

con el brillo de un nuevo amanecer.


Emavilra

***


Tomados del poemario Luz tras la grieta

martes, 25 de agosto de 2026

Tres poemas de Yullianny Roca


Yullianny Roca es muy joven, tiene quince años, reside en Maracay y participa en el Club de Lectura "La nave de los libros" que funciona en la Librería del Sur, por esa vía nos llegan estos textos de esta poeta en ciernes que hoy compartimos...

(mcabesa)

***

Anuncio

Dulce y secreta 
una fuente de amor 
se abrió en mi pecho, 
tan delgada, 
que parece apenas 
una de mis venas.

Dolorosa quizás, 
mas ya nada 
la podrá secar.

Mañana, enriquecida 
de savias misteriosas, 
en el mudo fluir 
de mi vida se perderá.


***


Entre tu silencio y el mío


Hay entre tu silencio y el mío 
una palabra suspendida.

Tiembla en el aire 
cuando nos miramos, 
y nuestras manos 
se tienden palpitantes.

Hacia otros va tu voz, 
mas sin quererlo ella,
despierta un invisible vuelo 
de recuerdos entre los dos.


***


¿Quién sabe?


¿Quién sabe 
en qué jardin florecerá 
el amor que no quisiste?

¿Quién sabe 
dónde se abrirá 
el fruto que temiste?

¿y para quién será?

En agosto nos leemos / VI

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso,  el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001


Marguerite Duras alcanzó notoriedad entre los lectores venezolanos con la publicación de "El amante" en 1995, pero ya para la fecha había cumplido con una larga trayectoria como escritora y cineasta con obras de un lenguaje tenso, poético y de difícil asimilación en ambas artes. Aún así, siempre es un placer acercarse a la Duras, aquí tenemos un breve texto de prosa encantatoria, preámbulo a una de sus mejores novelas...


(mcabesa)


***


El último cliente de la noche


-Marguerite Duras-


La carretera atravesaba la Auvernia y el Cantal. Habíamos salido de Saint-Tropez por la tarde, y condujimos hasta entrada la noche. No recuerdo exactamente qué año era, fue en pleno verano. Lo conocía desde principios de año. Lo había encontrado en un baile al que había ido sola. Es otra historia. Quiso parar antes del amanecer en Aurillac. El telegrama había llegado con retraso, había sido enviado a París, y luego reenviado de París a Saint-Tropez. El entierro debía tener lugar al día siguiente, a última hora de la tarde. Hicimos el amor en el hotel «Aurillac», y luego volvimos a hacerlo. Por la mañana lo hicimos de nuevo. Creo que fue allí, durante este viaje, cuando el deseo se esclareció en mi cabeza. Por él. Creo. Pero, estoy menos segura. Pero por él, sin duda, sí, desde el momento que se unía a mí en este deseo. Pero él, como otro, como el último cliente de la noche. Apenas dormimos, y reemprendimos el viaje muy pronto. Era una carretera muy bonita y terrible, interminable, con curvas cada cien metros. Sí, fue durante este viaje. Esto nunca se ha vuelto a repetir en mi vida. El lugar ya estaba allí. Sobre el cuerpo. En estas habitaciones de hotel. Sobre las orillas arenosas del río. El lugar era oscuro. Estaba también en los castillos, en sus muros. En la crueldad de las cacerías. De los hombres. En el miedo. En los bosques. En el desierto de las alamedas. De los estanques. Del cielo. Tomamos una habitación al borde del río. Volvimos a hacer el amor. No podíamos hablarnos más. Bebíamos. En la sangre fría, golpeaba. El rostro. Y ciertos lugares del cuerpo. No podíamos acercarnos ya el uno al otro sin tener miedo, sin temblar. Me llevó hasta lo alto del parque, a la entrada del castillo. Estaban los de Pompas Fúnebres, los guardianes del castillo, el ama de mi madre y mi hermano mayor. A mi madre no la habían metido todavía en el ataúd. Todo el mundo me esperaba. Mi madre. Besé la frente helada. Mi hermano lloraba. En la iglesia de Onzain éramos tres, los guardianes se habían quedado en el castillo. Yo pensaba en este hombre que me esperaba en el hotel al borde del río. No me daban pena, ni la mujer muerta ni el hombre que lloraba, su hijo. Nunca más he tenido. Después vino la cita con el notario. Consentí a las disposiciones testamentarias de mi madre, me desheredé.

Él me esperaba en el parque. Dormimos en este hotel al borde del Loira. Después, nos quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecimos en la habitación hasta entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Luego, volvíamos a salir por la noche. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del bar, de este lugar. De lo que buscábamos, no se hablaba. A veces, teníamos miedo. Sentíamos una profunda pena. Llorábamos. La palabra no se pronunciaba. Lamentábamos no amarnos. Ya no sabíamos nada. Existía sólo lo que se decía. Sabíamos que esto no volvería a ocurrir en nuestra vida, pero de esto no se decía nada, ni que éramos los mismos frente a esta disposición de nuestro deseo. Esto siguió siendo la locura durante todo el invierno. Después, fue menos grave, una historia de amor. Posteriormente aún escribí  Moderato Cantabile.

La señorita Margot

-Manuel Cabesa-


(A la mystérieusse)


Muy discretamente ha cumplido cien años sin muchas celebraciones, tan así que me doy cuenta algunos días después de la fecha ya que fue el pasado 14 de agosto. 

Por unos meses trabajé para ella organizando un enorme archivo cargado de tesoros que muchas veces me sorprendían. Recuerdo particularmente una breve carta de Mario Vargas Llosa, joven redactor peruano en Radio Francia Internacional, solicitando ser la voz en off que narrara su película. Esa noche le pregunté por qué no lo había aceptado y ella respondió que no le gustaba el tono de su voz. Le digo que hubiera sido bueno para la promoción que un Premio Rómulo Gallegos estuviera entre los créditos y ella simplemente dijo que en aquella época nadie lo conocía y que tampoco era adivina para saber que iba a hacer carrera como escritor; además fue mejor así porque la película debía sostenerse por sí misma y no por la fama de otros. Fue finalmente José Ignacio Cabrujas el que diera voz a las imágenes. 

Cada anochecer después de la jornada, ella se quedaba en su oficina y yo bajaba del ático donde estaba su archivo y nos poníamos a conversar; ella a rememorar anécdotas de sus viajes y encuentros y yo a indagar en sus recuerdos. Pero no tomé ninguna nota, nunca hicimos una grabación, todavía no existía la manía de los selfies: los celulares eran una moda incipiente para nuevos ricos, así que los teléfonos seguían sobre la mesa y en los bolsillos. Sólo me quedan unos pocos recuerdos dispersos. 

En esas horas después del trabajo hablaba de sus amistades y me confundía: "Una vez Pablo me dijo..."; "¿Cuál Pablo, señorita?"; "Picasso, mijito, Picasso", respondía con impaciencia, pero también podía ser Casals o Neruda como sucedió en otras ocasiones, por lo que la pregunta no estaba demás... y así con otros de sus amigos: "Una vez Luis..." ¿Alcoriza o Buñuel?...

En las horas que pasaba en su archivo era inevitable demorarse mirando las fotos de casting y las locaciones para Casas muertas que nunca se concretó; hojeando viejos ejemplares de Cahiers du Cinemá o de la revista Sur, en vez de ordenar las cartas y telegramas cronológicamente o las innumerables carpetas con bocetos de guiones y presupuestos para proyectos que no se filmaron... o sí, quizá alguno pero no a través de su lente, como fue el caso de la Cándida Eréndida.

En aquel almacén estaba el afiche de la película dirigida por Ruy Guerra de la cual no tenía noticias; esa noche después la jornada quise saber sobre el film y algunos documentos relacionados con el tema de la Eréndida. Contó, entonces, que por un tiempo había estado molesta con García Márquez por culpa de la Cándida, que según ella había sido una idea suya para un argumento del que Gabo haría el guión. 

Al parecer en algún momento la alianza se rompió y el escritor terminó por desarrollar ese argumento como un cuento en el que Ruy Guerra se basó para su película, bastante mediocre según el criterio de la señorita.

Esos proyectos suspendidos se debía, según me comentó su amiga Josefina Bertorelli que nos puso en contacto, a que era demasiado meticulosa y perfeccionista y eso le impedía concretar esas propuestas.

Pero creo que no le hizo falta ir más allá en su labor, como Rulfo, su vida y obra se concentraron en dos obras maestras que pertenecen a lo mejor del cine mundial de todos los tiempos.

Pequeño acercamiento a "Fotografía de la memoria"


-Ysbel Mejías-


En el libro de relatos del escritor venezolano Gregorio Valera-Villegas, Fotografía de la memoria, podemos disfrutar de catorce relatos que transitan por diversos puntos geográficos y tiempos vividos. Con los que el autor nos muestra una mixtura profunda entre historia, literatura y filosofía. 

Este escritor, que además es ensayista, utiliza de base para el desarrollo imaginativo muy bien desplegado en esta obra, además de la historia y la filosofía, la sociología. 

Lo que resulta en relatos bien sugerentes, poderosos y muy placenteros para leer.

Uno de los relatos, "Palabras sin Letras", se establece una conversación entre Sócrates y Cantinflas; allí el autor a través del diálogo coloca las semejanzas de ambos personajes en el dominio del verbo, la profundidad de pensamiento y el desenfado de ambos frente a la sociedad de manera divertida.

 Gregorio Valera-Villegas


Para Ismael Hernández: "La erudición del autor lo ayuda a superar el provincianismo de muchos escritores, que nada más hablan de la aldea en la que habitan, tanto como el falso cosmopolitismo de quienes solo hablan de realidades extranjeras, generalmente europeas, para renegar de su patria.  Fotografía de la memoria es un libro de mirada amplia, que conjuga de manera feliz a Venezuela con el mundo, que va de un filósofo de la antigua Grecia a un vendedor de helados en los Andes venezolanos".


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Valera-Villegas, Gregorio (2025).  Fotografía de la memoria. Caracas: Monte Ávila Editores.

Palabras bajo libertad (XX/2026)

Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota: Manuel Cabesa


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Este 25 de agosto Álvaro Mutis estaría de cumpleaños, y como cada año en esta fecha intento leer alguna página de su inevitable obra como tributo permanente de admiración; se trata de estos autores que una vez que se leen la primera vez, se les termina leyendo para siempre. En su obra prosa y poesía son formas que se han confundido desde el principio desde aquella lejana "Reseña de los hospitales de ultramar" (1955) hasta el ciclo "Empresas y tribulaciones de Maqrol el Gaviero" (1986-1993). Hoy compartimos una pequeña estampa histórica de regia catadura donde se evoca la memoria de Garcilaso de la Vega y se recrea la figura del emperador Carlos V. Amén de tres de sus poemas más emblemáticos. 


(mcabesa)


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Presencia de Álvaro Mutis


En Álvaro Mutis hay un extraordinario poeta, que a veces escribe en verso y a veces en prosa, un poeta visionario que nos narra, entre el terror y el asombro, la descomposición de la materia, cronista preciso de un trópico carcomido y del proceso incesante, inapelable, del desgaste. Poeta de los objetos abandonados, de los barcos herrumbrosos,  de los astilleros perdidos y  también de paisajes góticos y aurorales. Maqroll el Gaviero —la invención y la guía del poeta— nos habla de la necesidad de la acción y del esencial fracaso inherente a ella. El escándalo de la muerte, el misterio de los finales, es el horizonte del Gaviero y de su creador. Maqroll encarna la errancia, no hay lugar de llegada ni de partida y exalta las "pequeñas patrias", nuestras pasajeras salvaciones: una mujer, una taberna, un Tramp Steamer. Si el Gaviero desconfía de propósitos y metas, si no hay destinos manifiestos, lo que queda es la ética de la amistad, la lealtad profunda, el orgullo del sacrificio silencioso. Me parece muy natural que en este universo se admire la hazaña individual, los personajes históricos que simbolizan la inmolación, los que asumen una responsabilidad que es trágica precisamente por ser perecedera. Maqroll el Gaviero y la suerte de los héroes y de los reyes: ese es el arco de Álvaro Mutis: el Gaviero en su camarote, el caraqueño Simón Bolívar y Felipe II en El Escorial.

Hay en la obra de Mutis una infinita comprensión de las flaquezas humanas, una honda bondad que no se confunde con cortesías protocolarias. Estoy seguro de que todos sentimos —los lectores y los amigos— que con él podemos descansar, quitarnos el saco, oír sus inolvidables historias, intercambiar fantasías, contarle aquel secreto agobiante y, al final o al principio, reírnos a carcajadas. ¡Cuántas cosas, caramba, puede hacer el nuevo y luciente Premio Cervantes de Literatura! Regocijémonos todos.


Alejandro Rossi

© 2021 Letras Libres |


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Intermedio en Niza


-Álvaro Mutis-


Los imperiales han acampado en las afueras de la ciudad. El césar Carlos V se retira después de haber intentado privar a su rival, Francisco I, de las hermosas tierras de Provenza. El emperador está en su tienda, a la caída de la tarde, y despacha algunos asuntos con los enviados que han llegado de tierras alemanas con noticias sobre la sorda conspiración de los electores protestantes. Los emisarios teutones salen con la impresión de no haber sido escuchados con todo el interés que el asunto demandaba. El césar tiene su espíritu en otra parte. Piensa en esa pequeña fortaleza de Muey en donde cincuenta arcabuceros resisten denodadamente el asedio de los imperiales. No quiere dejar tras de sí ni la más leve señal de resisten­cia. Buena parte de sus ejércitos deben pasar por allí en la retirada. Envió a dos de sus más probados y cercanos caballeros para terminar con el sitio: don Francisco de Borja, marqués de Lombay, futuro duque de Gandía, que subirá a los altares como uno de los más preclaros santos de la Iglesia, y Garcilaso de la Vega, espejo de caballeros, que ha escrito ya algunos de los poemas más hermosos de la lengua de Castilla. La preocupación de Carlos V va en aumento. Dejan sobre su mesa de campaña despachos que llegan de Portugal y de Flandes. Ni siquiera se acerca para hojearlos. Medita con melancolía, esa melancolía que le viene de su sangre portuguesa, en el triste destino de quien dispone de las vidas ajenas y nada puede hacer para que el dictado de sus afectos desvíe la fatal trayectoria que le impone su destino de monarca. Tiene treinta y seis años y ya la vida ha comenzado a pesarle. A su lucidez sin sosiego aúna un alma de caballero andante, soñador de quimeras inasibles. El sol de otoño deja sobre las telas y los paños con las insignias imperiales un halo cobrizo y tibio que les da un aire intemporal y señero. Una mano en la empuñadura de la espada y la otra acariciando distraídamente el Toisón de Oro que perteneció a su abuelo el Temerario, Carlos de Europa se pierde en la ansiedad de sus dudas y en el aciago laberinto de sus certezas. Hay un ruido de pasos, un tintineo de armas y el césar mira fijamente al marqués de Lombay que se acerca con las ropas manchadas de sangre y en el rostro un gesto de dolor insondable. Informa sobre lo sucedido: Muey cayó, finalmente, pero en sus muros dejó la vida Garcilaso de la Vega, quien expiró en brazos del marqués sin haber recobrado el conocimiento. Varios caballeros se acercan a escuchar el relato. Carlos permanece en una extraña rigidez, en una inmovilidad de bestia acosada. Su labio inferior tiembla ligeramente. Por fin, alza la mano derecha; se la lleva a la frente, luego al hombro izquierdo, luego al derecho y la deja un instante sobre el corazón. Los presentes imitan el gesto del monarca. Carlos pronuncia con su voz en tonos bajos, que tratan de disimular la emoción, estas palabras de cristiano y de amigo: «Dios guarde a su vera tan buen caballero». Cumplido adiós para el más alto poeta de España.


Novedades, México, D.F., 10/09/1982


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Álvaro Mutis



Una palabra


Cuando de repente en mitad de la vida llega una palabra jamás antes pronunciada,

una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre la magia recién iniciada,

que se levanta como un grito inmenso hangar abandonado donde el musgo cobija las paredes,

entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una palabra basta,

una palabra y se incicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso polvo de ciudades,

hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el hollín y anidan densas sombras,

húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres.

Ninguna verdad reside en estos rincones y, sin embargo, allí sorprende el mudo pavor

que llena la vida con su aliento de vinagre—rancio vinagre que corre por la mojada despensa de una humilde casa de placer.

Y tampoco es esto todo.

Hay también las conquistas de calurosas regiones donde los insectos vigilan la copulación de los guardianes del sembrado que pierden la voz entre los cañaduzales sin límite surcados por rápidas acequias y opacos reptiles de blanca y rica piel.

¡Oh el desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso sonoras latas de petróleo

para espantar los acuciosos insectos que envía la noche como una promesa de vigilia!

Camino del mar pronto se olvidan estas cosas.

Y si una mujer espera con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas de un florido písamo centenario,

entonces el poema llega a su fin, no tiene ya sentido su monótono treno

de fuente turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas.


Sólo una palabra.

Una palabra y se inicia la danza

de una fértil miseria.


***


Cada poema


Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,

un crujir de los mátiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

el santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.


***


Amén


Que te acoja la muerte

con todos tus sueños intactos.

Al retorno de una furiosa adolescencia,

al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,

te distinguirá la muerte con su primer aviso.

Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,

te iniciará en su constante brisa de otro mundo.

La muerte se confundirá con tus sueños

y en ellos reconocerá los signos

que antaño fuera dejando,

como un cazador que a su regreso

reconoce sus marcas en la brecha.


***

Álvaro Mutis:

Summa de Maqrol el Gaviero

Poesía, 1948-1997.

Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1997.

lunes, 17 de agosto de 2026

La ventana de lo cotidiano (V) | Liris Miyares



Edad


Estoy en esa edad en la que todo está permitido: comer sin temor a engordar, trasnocharme sin preocupación alguna, vestirme con lo que me agrade sin importar si combina o no. 

Salir sin maquillaje, levantarme a la hora que me plazca, caminar descalza, mojarme en la lluvia, decir lo que pienso; eso sí, sin ofender a nadie. 

Cantar a todo pulmón aun cuando no sepa la letra, contar historias, pero sobre todo escucharlas.

Quiero aprender cosas nuevas, otros idiomas, conocer muchos lugares. 

Estoy en esa edad donde todo está permitido incluso equivocarse, sin arrepentimientos haciendo las pausas necesarias para retomar de nuevo el rumbo.

Rock progresivo (y esas cosas)... XII

 


-Roberto Santana- 


La espiral infinita: Liturgia de un alquimista en el centro del silencio 


El tiempo no avanza, no, el tiempo gira y gira y se curva sobre sí mismo como un vinilo derritiéndose bajo el sol negro de la penumbra, pulsando, siempre pulsando en ese círculo eterno que es la tabla india resonando en el sótano del alma. A inicios de los dos mil, Craig Williamson soltó el lastre eléctrico, dejó atrás el estrépito de Datura y se sentó, simplemente se sentó, a escuchar cómo el silencio de la Isla Sur de Nueva Zelanda le devoraba los huesos. 

De ese vacío fértil nació Lamp of the Universe, un puente invisible, un filamento de luz que une el misticismo de la tierra con los confines más fríos y fractales del cosmos. Williamson no graba, él transmuta; en su estudio casero, un útero de madera y cables donde toca y graba cada instrumento, disuelve el "yo" entre guitarras que vibran como mantras líquidos, sitares que muerden el aire con dientes de plata y sintetizadores que abren grietas púrpuras en la cúpula del cielo.

Todo fue un quiebre, un hundimiento lento hacia el minimalismo místico donde el aire se espesó con el incienso de The Cosmic Union (2001), esa marea mansa de flautas que no buscaban el final, sino la permanencia en el drone vocal que sostenía el mundo. Pero la quietud, cono todo lo demás, es una ilusión; el agua crece, los segundos se estiran como ligas elásticas que amenazan con romperse, y la luz, ah, la luz se vuelve eléctrica y densa. En From The Mystic Rays Of Astrological Light (2006), el fuzz de las guitarras se convirtió en una pared de niebla táctil, un trance de ondas psicodélicas a veces agresivas que te quitaba el suelo de los pies para dejarte flotando en un espacio sin gravedad. 

Años después, esa vibración se expandió hacia la cuarta dimensión; en Align In The Fourth Dimension (2019), el sitar dejó de ser el único guía para abrir paso a sonidos espaciales analógicos, mellotrones y sintetizadores que abren los chakras en un viaje interestelar profundo.

Luego vino la etapa de los espectros, el preludio inmediato de la disolución. En Kaleidoscope Mind (2023), los mellotrones giraron en un bucle infinito de melodías clásicas y efectos envolventes que buscaban una sonoridad de banda completa, introduciendo incluso el pulso de una batería real. Apenas un suspiro después, _Enters Your Somas_ (2024) —esa suite de improvisación libre junto a Dr. Space (de Øresund Space Collective)— se convirtió en un parpadeo de dieciocho minutos, una melaza sónica que fue, en realidad, toda una vida condensada en una sola nota ambiental.

Y ahora, en 2026, Existence of the Self llega como un embudo purificador, un enclave donde lo etéreo sabe otra vez a tierra húmeda y lo exuberante es sólo un susurro en perfecto equilibrio sonoro. Es el desapego total del ego, una indagación que muerde la consciencia y la expande hacia una nada vibrante que busca la autorrealización espiritual. Este disco se despliega como un mantra-raga trascendental; "Sceptre of Healing" abre el portal con melodías exuberantes que son, al mismo tiempo, un regreso a las raíces acústicas y un salto hacia una vibración más iluminada. 

Las flautas litúrgicas de Williamson son fantasmas que regresan del futuro, líneas de sitar invertido que deshacen el camino andado, mientras el pulso circular de la tabla —aportada por Joel Van Roode, su colaborador en esta obra— te amarra a un ritual ancestral que ya no distingue entre el folclore místico y el rock interestelar.

En "Ship of Eternity", la voz y el sitar son una sola marea que borra el horizonte en una balada de folk psicodélico brillante que conecta directamente con el debut, mientras que en "Arkkadian Ritual" las capas flotantes de mellotrón y la sofisticación de los teclados dan vida a un carácter cinemático y orquestal que retoma exploraciones hechas en Kaleidoscope Mind. 

En "Mantric Waves", la repetición matemática del sintetizador pliega la realidad durante casi nueve minutos de hipnosis, plasmando lo aprendido en sus recientes experimentaciones ambientales de 2024. Es una obra que mira simultáneamente hacia atrás y hacia adelante, rescatando el purismo del sitar y el folk místico para fundirlos en una liturgia sónica donde el tiempo ya no existe. 

Al final, dejo de ser un observador y me convierto, por fin, en la vibración misma de la nota sostenida, disuelto, liberado, en el centro absoluto del silencio que es la verdadera existencia del ser. Escucho. La música parece brotar de las paredes en forma de hilos dorados que se enredan en mis tobillos. Cierro los ojos y veo el sonido: un fractal violeta que vibra al ritmo de un corazón que, siendo el mío, es otro y no es ninguno. El tiempo se vuelve espeso, una melaza donde los segundos se estiran como ligas elásticas, hasta que la habitación entera da un giro de trescientos sesenta grados hacia adentro de sí misma, dejándome flotar en el aroma dulce de una nota flotante.

Lamp of the Universe Existence of the Self (2026)


•Nueva Zelanda

•Indo Prog

•Raga Rock

•Rock Psicodélico



Si quieres escucharlo, toca el enlace:

https://lampoftheuniverse.bandcamp.com/album/existence-of-the-self