jueves, 8 de octubre de 2026

Tres microrrelatos de Julio César Pérez

 


Muchachadas


Había llovido copiosamente, la vía estaba empantanada. Decidimos competir como en motocros. Al principio tomé la delantera, pero su bicicleta estaba en mejores condiciones que la mía y me rebasó fácilmente. Vimos el promontorio de tierra y hacia allí nos dirigimos emocionados por la posibilidad volar como en los videos. Casi lo alcanzaba cuando subió por el promontorio y desapareció al otro lado. Habían excavado para una toma de agua, suerte que el hueco estaba lleno de agua de lluvia y solo fueron raspones.


***


Adiós 


Mi perro fue el primero en percibir que algo ocurría. Se me acercó, me miró y lanzó unos quejidos. Reculó y se fue a echar lejos. Algo extraño si se quiere, ya que siempre lo hacía a mis pies. 

La sensación de vacío no me abandonaba y la inquietud del perro terminó por interesarme en saber qué me ocurría. Intenté levantarme de mi silla especial, esa que tiene el espaldar seminclinado, con unos posabrazos que hacen que sentarme en ella sea placentero por su comodidad. No tuve apoyo, mis manos pasaron de largo como si ya no estuvieran los posabrazos. Mire mis manos transparentes, igual que mis brazos y el resto de mi cuerpo, entonces supe que ya era un fantasma. No me quedó de otra que asustarme de mí mismo.


***


¡Sorpresa!


Después de hora y media sin luz, decidí acariciarle las piernas. Al principio se inquietó, pero en vista que el racionamiento eléctrico dura seis horas, terminó aceptando las caricias. De allí a acariciar su intimidad fue cosa de unos quince minutos; aún más, extraje mi miembro, erecto desde que le rozaba las piernas y coloqué su mano para que correspondiera a mi accionar. La oscuridad era total, de tal manera que su madre, que le daba a la sinhueso sin parar, no se percataba de nuestro placentero manoseo. 

Pero como en el primer día de la creación, se hizo la luz. Era una falla, no el Plan de Administración de Carga que tocaba ese día.

Después de agosto nos seguimos leyendo / XIII

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001.


José Donoso hubiese cumplido el pasado 5 de octubre 102 años. Es sin duda alguna uno de los nombres imprescindibles de la renovación novelística latinoamericana de los años 60. El mundo claustrófico de sus historias refleja su mirada a la alta sociedad chilena a la que pertenece. El siguiente relato es una pequeña muestra de su minucioso estilo. 


(mcabesa)


***


Una señora


-José Donoso-


No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:


—¡Imposible!


La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?… Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.

Cinco poemas de Mirih Berbin



Desde entonces


He querido escribirles sobre mi playa

 

ella aparece cuando asomo una sonrisa

antes el cuerpo sonaba siempre a olas

recreaba en el alba la línea perpendicular

y el movimiento

 

me gustaría escribirles del desgaste del silbido

la continuación de los momentos en que el día

se duerme y despierta con absoluta precisión

en la línea del hilo de la ola

 

mayormente soleado, me avisan,

puedo estar tan lejos de esa agua

y aun así sentir al sol recrear su música

y su paisaje

 

vivo en el mar desde entonces.

 

***


El teclado hiela las paredes de la noche


Por un tiempo el eco fue el abrazo de su voz


Conocerse era dejar de opacar la mirada entre sus ojos

veía salir de la chimenea algún cuento de afuera

el pretexto de un genio

sonando a media noche mis bocinas

 

éramos él y yo, afuera el mundo

los fantasmas diluían estaciones

pero no hay fogata sin aire

se descongelan los Alpes

y el teclado hiela las paredes de la noche

 

ahora

el día es el preludio de otro día

la noche es el insomnio predecible

y la repetición

de que no volverá a llamar.


***


Este cuerpo mío

 

Si yo filtro lo que dice mi cuerpo

no sería real,

si callo y me adelanto a escribir

lo que mi cuerpo dice

           estaría mintiendo.

 

Entonces

es mejor que nadie sepa

exactamente lo que digo

cuando mi cuerpo, dueño

de lo que calla,

diga las verdades que guardo

            celosamente.

 

***


Mis manos dicen

 

Fundo mis trazos

hacia la luz

derribando líneas afines

 

sigo las notas de apuntes

y paso los días en palabras,

me dejan ver la silueta de la tinta a mi piel.

Mis m a n o s cuentan una historia

                                            y callo

veo la naturaleza nacer en mis dedos.


***


Me pierdo


El envase se abre y traspaso lo contemplativo

en el alimento de la tarde

el caudillo traspasa las cerraduras

y me encuentro sola

en medio de la tarde que cobija sus pétalos

con la huella que viene hablando

de lo que hemos encontrado

el caudillo traspasa las cerraduras

y me encuentro nuevamente sola

en medio de la tarde que asoma la luna

traspasada entre los pinceles de los palos

de un árbol

esta postura de la mirada tiene frío

me he quedado ya sin latencia

y escucho una canción que no logro identificar

este crujir de la noche

rompe.


***

Mirih Berbin

San Félix, estado Bolívar – 1983

Publicaciones: Mareas, 2009; Hacerme templo, 2016; Hilos nacientes, 2025.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Versos habitados (IV) | Emalida Viloria


Mi tiempo... dedicado al tiempo 


Maldito tiempo I


Maldito Tiempo que nos roba el sueño, el descanso y el mismo tiempo;

ése que inexorablemente pasa y va dejando sus huellas en nuestros corazones, rostros y cuerpos.

Maldito tiempo que llegas y te vas para no volver, dejando dolor, recuerdos y quereres;

ése que clamamos se alargue cuando conviene y acabe cuando de él favor se obtiene.

Sólo el tiempo mata el tiempo... 

y ... a veces, nos falta tiempo.


***


Maldito tiempo II


Maldito tiempo que me quita el tiempo de mi amado tiempo.

Nunca se tiene tiempo para hacer lo que se quiere cuando de acabar llega el tiempo.

Es tiempo de levantarse y de correr porque transcurre el tiempo y se hace tarde

y de dormir llega el tiempo para un nuevo día; 

y así sigue el tiempo que día tras día pasa

y allí tú...tiempo de nunca acabar.


***


Nostalgia del tiempo


La piel es el mapa del camino,

plata viva que corona la frente,

es un andar que se vuelve prudente 

porque ya no se le teme al destino.


Se descarga el peso de lo andado,

con el alma desnuda en lo vivido,

son placeres y dolores bien sentido

que por la vida han pasado.


El cambio del mundo se hizo fino,

y queda el eco del tiempo en la mente,

las miradas abrazan al presente

con la calma que da el mejor vino.


Se cosecha el silencio de la historia,

manteniendo presente el bagaje.

La vejez es la cumbre de ese viaje;

y no es el fin, es el disfrute de la memoria.


***


Danza en el tiempo



Sube el telón.

Giran y giran las bailarinas 

como el tic tac del reloj sus agujas danzarinas.


Y así pasa el tiempo.


Multicolores trajes exhiben girando

y torneadas piernas levitan sobre el escenario.


Y así pasa el tiempo.


Frágiles rostros ternura van inspirando

al compás de valses continúan danzando.


Y así pasa el tiempo.


¿Quién sabe cuánto dolor hay en esos corazones?

¿Qué se esconderá entre telones?


Y así pasa el tiempo.


Cierra el telón tras calurosos aplausos y

las bailarinas a su realidad vuelven sus pasos.


Y así pasó el tiempo.


***


Letras danzantes



D anzan y danzan las letras 


  A brazando el tiempo con insistencia.


        N ada las podrá detener, pues bailan con


             Z apatos de cristal.


             A sí corran los años, su danza será inmortal.



jueves, 1 de octubre de 2026

Sentimiento puro | Yumira Acosta Brea

 


Cavilando...


A mi parecer, quien inventó cada palabra tiene que haberla experimentado dentro de sí para luego darle un nombre, no sé lo que dirán los entendidos sobre eso, yo solo soy una simple mortal que piensa mucho y algunas veces expone su pensamiento, la mayoría de las veces a través de la poesía.

Hace poco escuché a alguien decir a otro "es que tú no tienes sentimientos". He allí cuando comienza mi disertacion conmigo misma...

Quien dijo por primera vez la palabra sentimiento debió haber tenido un cúmulo de sensaciones dentro de sí hasta que decidió darle nombre a eso que tenía dentro y sé que me dirán:

 La palabra sentimiento viene del verbo latino sentire y del sufijo -miento.

 Origen y componentes 

• Sentire: Verbo en latín que significa percibir a través de los sentidos, oír, sentir o darse cuenta. Su raíz indoeuropea es sent-, que significa "ir adelante" o "tomar una dirección".

• -miento: Sufijo de origen latino que indica el instrumento, el medio o el resultado de una acción.


 Evolución del significado


• Significado antiguo: En su origen más puro, estaba ligado estrictamente a las sensaciones físicas y a la percepción sensorial del mundo externo mediante los sentidos (tacto, vista, gusto, olfato, oído).

• Significado actual: Con el paso del tiempo, el término se amplió para representar la experiencia consciente y duradera de un estado afectivo, siendo la interpretación mental de nuestras emociones.

Y me pregunto, ¿y el significado desde dentro de cada uno?

Porque esa es la explicación que nos dan al googlear, pero ¿qué significa para ti, para mí o, aún mejor, qué significado pudo tener para el primero que la nombró?

Quizás nunca tendré una respuesta a eso, pero sé que cada palabra solo pudo ser expresada después de experimentada y aquí hablo desde mi perspectiva personal como poeta (aunque algunos piensen que no lo soy, jeje).

Cada letra que escribo en el papel o que brota en mi mente de la nada está ahí por algo que habita en mí, por percibir desde adentro lo que me rodea, lo que experimento a diario y esto se refiere hacia cualquier dirección, o sea: personas, animales, cosas, espacios o hasta abstractos que solo yo sé qué significan en mi vida.

Aunque el pensamiento crítico nos dirige hacia el estudio y la preparación para poder escribir y estoy de acuerdo en que cada día debemos aprender un poco más, también creo firmemente que para escribir solo hay que vivir y tomar de esas vivencias cada experiencia para ser plasmada y transformada de una manera amorosa y melódica en poesía u otro tipo de escritura. 

Las letras son una salida al mundo de lo que se esconde en nuestro interior.


Phillips Cosbre

Máximas para agarrar mínimo (VII) | Luis Valero


***


Perdonar es bueno, pero peligroso.


***


No dejes que nadie conozca tus intenciones.


***


Sin libertad somos solamente animales.


***


A veces lo bueno resulta peor que nada.


***


Hay dos caminos, el rápido y el que se pierde.


***


Las noticias traen lo que otros se llevan.


***


El ingrediente indispensable de la felicidad eres tú mismo.


***


Para ganar hay que saber perder.


***


Nadie se pierde en el camino de otro.


***


El merengue es blanco, la salsa roja y el bolero depende de la raza que lo esté bailando pegado.


***

El que busca más, siempre termina con menos.


***


Cada idea tiene un nombre y un camino.


***


El oro es más fuerte que la vida y más débil que la muerte.


***


La locura vuelve poderoso al inconsciente.


***


La desnudez es hogar del placer.


martes, 29 de septiembre de 2026

Diez poemas de Cipriano Castro

Selección y nota: mcabesa

         

Interesante acercarse a los inicios de un poeta en ciernes. Aun con los posibles tropiezos podemos discernir parte de la esencia que acompañará el recorrido de su obra; compartimos en esta oportunidad una selección de textos del joven poeta Cipriano Castro de hace unos años...


**

                                                      

Invitación


Ven, 

toma mi mano,

te invito a un mundo desconocido, 

a recorrer un camino inexplorado, 

a destruir los mitos,

las barreras,

que nos impiden encontrarnos.


(26-03-2002)         


**


Hay algo oculto...

                                                                                           A Sugeidi Macias


Hay algo oculto 

en esta historia,

entre mi mundo 

de sueños perdidos

y revoluciones 

nacientes, 

entre tu mundo 

melancólico y triste

de difuntos aferrados 

a su viejo tiempo.


Hay algo oculto 

en esta historia, 

 grandioso 

y minúsculo,

 contradictorio 

y simple,

 lejano 

a todos                                 

y cercano a nosotros,

 en un tiempo 

que no distingue 

 entre la quietud 

desesperante 

 y una guerra 

sin sentido.


Hay algo oculto 

en esta historia, 

 y no sé 

si decirlo, 

 sin  romper la magia,

que en secreto nos une…


(15/02/2003-11/02/2004)           


**


Desesperanza


Son las diez de la noche, 

 afuera, 

está lloviendo, 

 aquí adentro, 

hace algo de frío, 

hace mucho tiempo que no escribo, 

 acostumbrado a lo terrible,                                          

a lo implacable,                                         

a lo mundano,                                         

a cuerpos nocturnos

que vienen y van

 sin más compañía que esta soledad, 

 sin nombre y sin alma, 

  sin manos ni cuerpo

  …dueña y señora 

de un mundo destruido…


       (23-02-2004) 

                            

**


Poema bajo la lluvia

                                                   

A Karla Suarez   

                     

Sé que estas ahí,

viendo la lluvia caer, 

 a través de las grises ventanas

  de tu lejano balcón, 

   mientras 

los tristes amantes

corren veloces a cubrirse                                   

de aquellas gotas de lluvia…


(21/08/2008)

                                       

**


Nocturno breve


Que gracioso silencio 

hubo esa noche, 

 como si el mundo 

no existiera 

 o no importara, 

detenido 

en tu mirada. 

                                                           

**


Recorrido

                     

Cabalgo entre tu ausencia y mi olvido,

esta rabia innecesaria,

 presagio 

de amargos desenlaces

y de nuevas historias.


(01/05/2010)


**

                                 

Poema 5


Éste no es un poema de amor,  

como si las palabras fueran 

sólo azúcar y más nada,

como si el amor saliera 

más barato por docena. 


Éste no es un poema para dos cuerpos, 

que no conocen 

de formales convenciones, 

ni de dulces conversaciones 

o de evangélicas castidades. 


Dos cuerpos que se aferran entre sí, 

  desnudos, 

  cautivos, 

descubriéndose 

como si recién llegaran a la vida,

recorriéndose,

encontrándose,

creando senderos 

entre la línea 

de su masculina espalda 

y la curva de su femenil cadera. 

Éste no es un poema de amor. 


(18-19/07/2017)

                                                                

**


Escribir


Escribir poemas 

sobre la sinuosa línea 

de su espalda,

y en los márgenes 

de su vientre

que esconde 

mis desvaríos.  


(Circa, 2018)

           

**


Ese amor 

 

Ese amor empalagoso 

        (casi toxico)

canónicamente 

perfecto,

que sale de tus poros 

 y se funde

 a lo largo 

de tu historia,

es,

sencillamente 

        ridículo… 


(13- 06-2018)


**


Simplemente...

                

Simplemente ya no te espero,

ya no aguardo 

tu mirada impaciente,

 ya no persigo 

tus caricias por los valles 

de mis sueños,

 ya, sin querer, 

he olvidado tu sonrisa,

la calidez de tu aliento 

en cada uno de tus besos…


(Simplemente) ya no te espero…


(05/02/2002)

La lengua del corazón / II

-María Fernanda Palacios-


Nota. Perder el sentido de la lengua es perdernos a nosotros mismos. Olvidar la riqueza milenaria que las sutilezas de su espaciado movimiento ha regalado a nuestra imaginación es de cierta manera perder el rastro de lo que fuimos y el rumbo de lo que seremos. Esta es la esencia de las palabras de María Fernanda Palacios en esta elegía de hace cuarenta años a nuestro idioma, hoy tristemente encorsetado en una terminología carente de alma y sentido.

 

(mcabesa)


***


Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos.  

Jorge Luis Borges


Jamás vida sin juego ni juego sin vida.  

Ángel Rosenblat

 


La lengua con sangre entra, dice un dicho, y la sangre de la lengua está muy lejos de esas lenguas almidonadas y resecas. La sangre se encuentra en los suburbios de la lengua, en lo que ya no es puramente verbal, en las impurezas que nos dejan “resabios”. El cuerpo de la lengua está hoy en los “basureros” del sentido: en lo que sobra después del consumo. Porque hoy en día al basurero no va lo inútil sino lo que hemos desechado.

Para recuperar el cuerpo de la lengua hay que irse a esos suburbios del decir, irse a las fronteras de lo verbal, donde la costumbre no ha logrado instalarse. Cuando digo que hay que buscar en las fronteras de la lengua, no pienso en ninguna “misión de rescate” de usos o vocablos perdidos: tampoco hablo literalmente de desplazamientos físicos a determinadas regiones. La frontera de la que hablo está en nosotros, el basurero que digo es el que a diario llenamos con nuestros despojos vitales. Llegar hasta esos desechos es el trabajo que tenemos por delante, porque desde ahí es que podremos encontrar la pasión necesaria para habitar de nuevo las palabras.

En el Persiles aparece la siguiente observación: “El alma ha de estar, dijo Periandro, con un pie en los labios y el otro en la boca”. El alma para Cervantes está más cerca de la lengua que de la cabeza. El alma no es la lengua pero sí su orilla o su vado: por la lengua corre el alma.

¿Hasta cuándo el lenguaje? ¿Para cuándo el sabor? ¿Puede alguien en su sano juicio decir sin empacho que lo único que le importa en la literatura es la aventura del lenguaje? Son demasiadas y muy variadas las afirmaciones de este corte para dudar de su seriedad. Esto se ha dicho con tanta insistencia que no queda más remedio que tomarlo en serio. Entonces hay que preguntarse de qué “lenguaje” se trata. Porque los escritores, por lo general, al hacer afirmaciones de esta naturaleza, no se refieren al lenguaje como abstracto sistema de signos, tal como lo entiende un lingüista. Para el escritor, el lenguaje está más cerca de la materia del filólogo o del etimólogo; habla de esas “ínfimas aventuras” que podrán devolverle el sabor del agua o el placer de una etimología. No se trata entonces de preocupaciones exclusivamente formales. Dar la iniciativa a las palabras, como pedía Mallarmé, es darle la palabra a esa mi lengua, a su cuerpo y su pasión, dejar que hablen mis máscaras y también ese pesado silencio entre una y otra, porque experiencia de lenguaje para un escritor es siempre una aventura en la imaginación y no mera invención de cosas imaginarias. Entonces, cuando un escritor se preocupa por la lengua quiere decir que en él lo que trabaja es la lengua; ella lo mueve, lo seduce; ella es la que fabula abriéndole paso al sentir, a todo lo que rebasa la significación. No se sostiene un poema por sus articulaciones lingüísticas o semiológicas, sino a pesar de ellas; el poema se sostiene por lo que llamó Lezama “su respirante diferencia” y por la difícil conquista de un ritmo propio.

Entonces, ¿por qué se sigue diciendo que la literatura para ser válida debe ser “trabajo de lenguaje”? Porque lo que se suele llamar “trabajo” del escritor con la lengua no es más que la parte más artesanal de su oficio: un saber tratar la materia, cierta familiaridad que no excluye el asombro, cierto cariño que no excluye el maltrato. Es decir, no hay que confundir el tratamiento de las formas con una técnica (el Know how).

Pero a ese trabajo artesanal hay que agregarle algo más. Hay una parte que ya no puede llamarse trabajo porque corresponde más bien al ocio, al juego, al placer. Todo escritor que busca darle sazón a su escritura tendrá que aprender a dejarles la iniciativa a las palabras y al fogón que las transforma. Hay que dejar que la materia trabaje en uno. Esa parte ociosa de las relaciones del escritor con la lengua están aún por estudiarse. Nada sabemos de este oscuro proceso y poco ayudan las teorías literarias basadas exclusivamente en el análisis de los signos a la hora de entrar en la oscuridad y el calor del sabor. Ahí lo impensado pero aliñado emerge. Ahí el sabor se impregna y se instala. Ahí la sustancia deja de ser manipulable; querer acelerar o retardar esos procesos termina arruinando el gusto. Esta espera es lo que garantizará luego la fruición.

No se trata, pues, de una experimentación “en frío”; todo el trabajo con el sabor se hace sobre el fogón. La experimentación concebida como un proceso exclusivamente intelectual dará sólo frutos “pasmados”. Experimentación no es otra cosa que juego, la esencia lúdica de todo trabajo imaginativo. Experimentar es atreverse a jugar con las palabras, divertirse con ellas, es decir, salirse del camino recto. Dice Rosenblat: “jamás vida sin juego ni juego sin vida”, refiriéndose a la lengua del Quijote, pero agrega: “juego es también vida insensata y desesperada”. Lo cual confirma plenamente Cervantes en su Viaje al Parnaso cuando afirma que sus novelas han sido “un camino, por do mostrar con propiedad un desatino”.

No me gusta usar la expresión “eficacia expresiva” para referirme al buen tino o buen sabor de algunas obras. Más que una eficacia, en este caso debería hablarse de una resonancia, porque ninguna literatura es “eficaz” si no provoca en quien la lee ese efecto de eco, si no repercute de algún modo en quien la lee. Sabemos que lo importante de la literatura es lo que desata y no lo que denota. Lo mismo ocurre con la utilización excesiva de la palabra “producción” para referirse a la creación literarias. Hoy se prefiere “producción” porque suena más moderno, más “progresista”, pero en el fondo, detrás de esa preferencia, se esconde un viejo sentimiento de culpa ante el carácter lúdico y festivo de la literatura: su ceremonia.

Hay mucha experimentación que carece de juego; ciertas vanguardias, tanto formalistas como ideológicas, coinciden en tratar al lenguaje con una desazón, con una falta de gusto. Ellas han sustituido el juego por procesos exclusivamente mentales e intelectuales, y olvidan que la fuerza de lo lúdico es necesaria porque es la que puede acercarnos a la memoria. Esta sustitución separa los “lenguajes” de la verdadera fuente de la lengua: la memoria. Y parece sólo que desde la fuerza de lo lúdico podemos todavía acercarnos a ella. En tiempos desmemoriados, sin formas, sin rituales, la imaginación se ha convertido en locura. ¿Acaso no nos volvemos “como locos” leyendo tanta literatura de vanguardia? La imaginación sin memoria no hace imágenes, sino locura. Pero la memoria —es bueno recordarlo— está hecha de las palabras que el corazón espera, de las palabras que perdimos, de su silencio y añoranza.


(Fin...)


***


Tomado de:

María Fernanda Palacios

Sabor y saber de la lengua.

Monte Ávila, 1986.

La lengua del corazón / I

-María Fernanda Palacios-


Nota. Vamos a decirlo de una vez: hemos perdido la magia del lenguaje, ni siquiera los que se dicen escritores actualmente tienen el don de la lengua. Hemos sucumbido al idioma hegemónico de los medios y las redes donde las palabras ya no significan lo que dicen y han prostituido su valor en medio de tanta banalización. Sin embargo, no es un fenómeno novedoso: se veía venir. Hace cuarenta años, María Fernanda Palacios reflexionaba sobre el uso de ese don tan preciado y que hoy ha perdido tristemente su razón de ser. 


(mcabesa)


***


Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos.  

Jorge Luis Borges 


Jamás vida sin juego ni juego sin vida.  

Ángel Rosenblat


La vida moderna tiende a conferir un poder excesivo a la palabra. Ese poder la hincha y la seca porque el poder de la palabra se ha concentrado en la sobrevaloración de una de sus zonas en detrimento de otras. Todo el énfasis, todos los halagos, todo el peso, se centra en los signos, en los significados. Hemos olvidado que la comunicación es sólo una de las muchas funciones de la lengua; quizá la más reductora. Una preocupación excesiva por la “comunicación” y la “información” ha empobrecido nuestra experiencia de la lengua y un habla estereotipada es hoy el patrimonio común de los tecnólogos, los periodistas y los intelectuales. Nada hay en el diario vivir que estimule la imaginación y nos devuelva el apetito por la lengua.

La imaginación ha quedado reglada al jardín de infancia, a las clínicas psiquiátricas o a los talleres de poesía. La ciencia, la tecnología, los medios de comunicación de masas y los ritmos cada vez más uniformes del vivir han terminado por imponer sus “neolenguas” (lengua abreviada, estereotipada, sin figuras). Cada vez el pensamiento se hace más literal y el campo metafórico más invisible. Tanto en los estudios sobre la lengua como en las vanguardias literarias se tiende, cada vez más, a una suerte de literalización: se privilegia lo textual (los signos) en detrimento de la imagen, y al literalizar las palabras, éstas se vuelven desalmadas, se des-alman porque han perdido la virtud relacionante y fabulosa de la lengua. De ese modo la lengua se hace impersonal, en el peor sentido de la palabra, porque se la ha vaciado de toda emoción. Y al perder ese “instinto” de la lengua, la emoción que cada palabra suscita, perdemos, de paso, el acceso a la lengua, la posibilidad de hacerla nuestra y de reconocernos en ella.

Las palabras hinchadas de una supuesta eficacia han perdido humedad: son fachadas que impiden la reflexión. Esta palabra que se cree todopoderosa, porque todo lo nombra y todo lo explica, tacha el cuerpo de la lengua. La lengua se vuelve unidimensional, sin relieves, sin gusto: “nuestra ansiedad semántica nos ha hecho olvidar que las palabras también queman y se hacen carne cuando hablamos” [1].

Basta circular un poco por la ciudad: comprar un periódico, escuchar la radio o ver la televisión, asistir a una reunión de gente “importante”, a un mitin político, a un congreso científico o a una clase de la Universidad, para comprobar que en todas partes reina el mismo desabor; que mientras más complicada la lengua, menos gusto tiene; mientras más conocimiento derrocha, menos sabe. En todas partes escuchamos una lengua uniforme, previsible, calculable. Una lengua que ni fabula ni simula: una lengua sin dueño, sin asombro y sin error.

Cierta tendencia a considerar la cultura como asunto de cultos nos ha hecho suponer que la lengua sabia tiene que ver con el grado de cultura de la gente. Pero aprender las letras o hacernos “letrados” no garantiza nada. Al contrario, a menudo es la escuela la encargada de matar la letra, o de entontecerla y enmudecerla: nos desazonan la lengua y con ello la vida. La escuela, las escuelas, como las iglesias, nos hacen perder la propia lengua, esa sustancia adherente y viva que es anterior a cualquier alfabetización. Repito, no hablo de una cuestión puramente “verbal” ni aludo al nivel cultural de la gente; me preocupa lo que pone el sabor en la lengua y que no es del orden de la “cultura” (o que pertenece más bien a otra cultura). Aludo a lo que no aprendemos por la gramática ni por la lingüística sino, como decía Lezama, “por ese temblor que sentimos cuando recorremos la piel de un instrumento que nos rebasa en misterio y situación” [2].

Ahora entiendo por qué la filología siempre ha advertido que el deterioro de la lengua comienza desde arriba, en el habla culta, que es la que se homogeiniza, la que se afecta y se empobrece: “la letra mata cuando el espíritu nutricio pasa a ella venenoso y desinflado”. (Lezama Lima).

Por todo lo que les falta, esas lenguas insípidas pueden decirnos mucho más acerca de nuestra indigencia que cualquier estudio estadístico sobre la “calidad de la vida”: vivimos en medio de una tendencia constante a descarnar (descorazonar) y separar la lengua de sus suburbios afectivos. Las palabras, dice Hillman, ya no son fuerzas sino instrumentos en mano de un especialista.

Por eso perdemos el gusto y las ganas. El cultivo unidimensional de la palabra —ya sea estetizante, ideologizante o formalista— mata en nosotros el apetito. Para poder dar con la lengua del corazón y darla, se necesita algo más que saber emplear el lenguaje. Hay que dejarlo entrar, hay que dejar que nos habiten las palabras; también son necesarios los desvelos y cierta desnudez ante la lengua: atención y memoria, diría Borges, dejar la vida protegida y almidonada de la costumbre, pero dejar también las terminologías eficaces, triunfantes y triunfalistas. Así podremos acercarnos humildemente a la lengua inagotable del corazón (esa que sin demasiados conocimientos es la única que sabe), la lengua de las expresiones ricas en equívocos y resbalones, la lengua del mercado, su zona de comercio.


(Continuará...)


NOTAS


[1] James Hillman, Revisioning Psychology, New York: Harper y Row, 1977.


[2] José Lezama Lima, “Torpezas con la letra”, Tratados en La Habana. Santiago de Chile: Orbe, 1970, p. 40.


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Tomado de:

María Fernanda Palacios

Sabor y saber de la lengua.

Monte Ávila, 1986.

Libros, pan y café (II) | Ysbel Mejías

Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. 

Federico García Lorca. Medio pan y un libro.


No necesitamos el pan entero para vivir, pero sí necesitamos el libro entero para soñar. 

(ysbelmejias) 


***


Un discurso que sigue alimentando


En septiembre de 1931, Federico García Lorca pronunció unas palabras que todavía hoy, 95 años después, estallan en cada biblioteca, feria del libro o en una mesa donde se comparte un café. Este discurso no era cualquiera: era la Inauguración de la Primera Biblioteca Pública de Fuente Vaqueros, en su pueblo natal Granada. Lorca, dejó ahí una hoja de ruta que esta columna asume como propia.

Libros, pan y café, literatura y algo más, surge inspirada en ese texto. La entrega anterior la dedicamos a recorrer las huellas geográficas del pan y el café; en nuestras letras venezolanas y latinoamericanas, y en otras latitudes. Hoy volvemos a la fuente, de la que emerge esta sección para extraer las claves más relevantes de Medio pan y un libro. Porque este discurso no es solo un texto para citar: es un programa de acción cultural que nos interpela hoy más que nunca.


5 claves del discurso


1. La cultura no es un lujo, es una necesidad.

Lorca lo dice sin rodeos, tal como lo señalamos en la cita que da inicio a este texto “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan…” para este poeta, la cultura no es un adorno de tiempos de bonanza; la considera un derecho fundamental. Y cuando esta falta o se niega, el ser humano queda incompleto.


2. La doble hambre: cuerpo y espíritu.

En este discurso el poeta granadino distingue entre el hambre física, que se sacia con un pedazo de pan o unas frutas, y el hambre de conocimiento, que no se calma con nada material. “Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento”, nos recuerda con sus palabras. La agonía del cuerpo dura poco; mientras que la del alma que no accede a la cultura puede durar toda la vida.


3. La crítica a las reivindicaciones incompletas.

De igual modo Lorca ataca con severidad “a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales, que es lo que los pueblos piden a gritos”. Para él no basta llenar el estómago: hay que colmar también la conciencia. Allí radica la importancia del equilibrio de alimentar el cuerpo y la conciencia “que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan”, plantea en este discurso cargado de belleza y crítica en cuanto a completar las reivindicaciones humanas.


4. Los libros como horizontes y peldaños.

Una de las imágenes con mayor fuerza vital dentro de este discurso es la de los libros como horizontes, además de funcionar como escalones para permitir subir la cumbre del espíritu y el corazón. Por eso los libros no son objetos decorativos ni mercancías: son materiales de ascenso humano, puertas que se abren a mundos donde el alma respira.


5. El ejemplo de Dostoievski.

Otro elemento clave dentro de la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, que realiza Lorca, es el recordatorio que realiza este escritor ruso que estuvo preso en Siberia, por pertenecer al Círculo Petrashevski, un grupo de intelectuales que discutía sobre literatura prohibida y política. Durante su prisión y trabajos forzados, con vivencias muy duras Dostoievski solicitó a sus familiares que le enviasen libros, muchos libros para que su alma no muriese. Con este ejemplo García Lorca argumenta que la dolencia del alma por falta de cultivar el conocimiento, a través de la cultura es más penosa y duradera. Generando así una crítica social, en cuanto a la necesidad de acceder al conocimiento para preservar la libertad individual por parte de un pueblo. 


Valor de este discurso hoy


Estas palabras siguen estando presentes. Vivimos tiempos en los que el acceso a la cultura sigue siendo desigual, las bibliotecas públicas cierran o se precarizan, y el libro, como objeto y experiencia compite de forma disímil contra pantallas que fragmentan la atención. Sin embargo, las ganas de saber siguen ahí, intacta.

En este viaje para presentarte las claves más interesantes desde mi perspectiva en torno al discurso de García Lorca, me he topado también con el historiador español Pedro Rújula, quien nos deja una reflexión en el libro Manifiesto Zombi; señalando aspectos acerca de la cultura del libro impreso versus las pantallas: 

1. La cultura basada en el libro como elemento central se ha visto muy afectada y marginada en una querella desigual en plataformas digitales donde compite con el entretenimiento multimedia. 

2. Se pregunta si la cultura del libro tendrá futuro, si ha muerto a manos de un modelo basado en las pantallas y aunque el mercado editorial sigue gozando de buena salud en la actualidad y cada día crece el número de lectores; pues la fragmentación de la atención frente a las pantallas se generaliza más en cada generación. Y es posible según el autor que estemos en estos momentos de cara a un espejismo.

3. Sin embargo el poder del libro de forma física sigue presente y con bases sólidas; por ello este historiador, acude al reconocimiento del libro impreso como una experiencia sostenida que nos devuelve el tiempo y la memoria.  


3er Encuentro de Libreros "Libros, pan y café"


Las palabras de Federico García Lorca han servido de empuje para generar el espíritu que anima al encuentro con los libros en una tercera edición donde los libreros, la música y la literatura sirven de anclas para que los libros, el pan y el café se fundan en nuestros cuerpos y espíritu, abonando una vez más, a propiciar el equilibrio necesario para alimentarnos, este mes de octubre los días 16 y 17 en el marco del Día Mundial de las Bibliotecas Públicas, que se conmemora cada 24 de octubre desde 1997.

El Día Mundial de las Bibliotecas Públicas recuerda la destrucción de la biblioteca de Sarajevo en 1992, un acto que pretendió aniquilar la memoria de un pueblo. Por ello la respuesta es multiplicar los espacios donde los libros estén al alcance de todos. Las bibliotecas públicas son, como quería Lorca, lugares donde el saber deja de ser privilegio y se convierte en derecho.

Y en el corazón de ese derecho está la edición de libros en físico. Como expresión de una convicción, pues el libro impreso conserva la memoria, permite la relectura, se presta, se regala, se hereda. Un libro en papel se convierte en peldaño de una escalera, para subir una y otra vez, es una llave para abrir puertas a mundos imaginarios. 

En esta oportunidad, el encuentro reunirá a libreros, editores, autores y lectores en torno a una mesa donde el pan y el café vuelven a ser rituales compartidos. Habrá conversatorios, expo-ventas, lecturas y, sobre todo, la certeza de que seguir editando libros en físico es seguir defendiendo la dignidad del espíritu.

El contenido de la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros (Medio pan y un libro) no es un texto para citar de memoria y seguir adelante. Es un llamado a construir puentes hacia la lectura, las bibliotecas, las librerías, a editar libros, valorar el libros como un bien cultural de la humanidad, a establecer vínculos entre la música y la literatura, a expandir nuestra imaginación, a abrir espacios donde el pan y el café se compartan mientras se conversa sobre lo que hemos leído. Es un llamado a no conformarnos con reivindicaciones a medias.

Nos vemos el 16 y 17 de octubre. Vayamos al encuentro de nuestros libros favoritos, del pan y el café. Y llevemos, sobre todo, las ganas de que todos, hombres y mujeres, sepan que la taza está caliente, el pan recién horneado y las páginas esperando ser hojeadas.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Homenaje a Emira Rodríguez | Video poema

 

De Malencuentro pero tenía otros nombres (1975)


cuatro dos uno siete dos conclusos con perfiles

de plumas sagitarias giran las cometas

malencuentro te llaman cara cortada

bejuco amarillo colinas de capricornio

en mil novecientos setenta

éramos siete caballos y una cometa

boquerón agrietado, no lo sabremos malencuentro.

xochitl la flor ya te habrá perdonado

entre cuchillos

¿cómo hace uno dime cómo hace?

¡qué absurdo qué ausencia!

dices todo para adentro paz

es todo. lamia bella dama yo te decía que no debías

pensar en ello

ella juega, ella también, los bancos

atestados y todos atentos al juego

entonces cierra las cortinas cierra los velorios

y conserva bocanadas de ira contra nuestros dioses

nuestros piaches ocultos

malencuentros



Emira Rodríguez 

(Porlamar, Venezuela, 1929-2017)

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Ficha técnica:


Dirección/Edición: Antonio Vargas

Producción: Skarlet Boguier 

Fotografía: Skarlet Boguier y Antonio Vargas

domingo, 27 de septiembre de 2026

Microrrelatos (III) | Rafael Ortega

Titulo: Mcy 39°
Autor: Rafael Ortega 


Del libro inédito Fábulas infames y otros relatos absurdos

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Crónica del concreto inútil


En esta calle de aceras rotas y bombillos quemados, mis hermanos tienen el honor de ser marcados por cada animal realengo a libre voluntad. Yo, en cambio, sufro la peor de las humillaciones: soy el poste que menos mean los perros. Un desprecio sistemático, casi elegante. Tal vez sea por mi inclinación de quince grados hacia el hombrillo o por la mancha de pintura vieja que simula una cara de pocos amigos. Anoche, un callejero desnutrido se me acercó, me olió con desdén, me miró a los ojos y prefirió cruzarse a mear la rueda de un carro sin cauchos. No hay dolor más grande para el concreto urbano que ser ignorado por la fauna local.


***


Anatomía de la sintaxis


Les diagnosticaron exceso de adjetivos y falta de puntos suspensivos. Dijeron que dos sustantivos colisionando con tanta fuerza terminan por romper la orquesta, pero olvidaron que ella es un verbo en presente continuo: algo que no se queda quieto y transforma el espacio por donde pasa.

Dijeron que la S es una culebra que se devora a sí misma, pero se equivocaron de animal: la S también es el lomo arqueado de un gato justo antes de saltar. Y si él es lo que es sin saberlo, ellos son los únicos seres de este universo que intentan nombrar lo que sienten para convencerse de que existe.

Aceptaron el cartílago de la contradicción y el idioma propio que construyeron. Si la gramática les quedaba corta, preferirían no ser sustantivos, sino una conjunción: de esas que juntan dos oraciones que, por separado, no tendrían ningún sentido.


***


El testamento de la tajada


Llevo tres meses exiliada entre la pared y el espaldar de la cocina, cubierta por una envoltura mística de pelusa, polvo y grasa fosilizada. Mis hermanas terminaron ahogadas en queso blanco sobre un pabellón; yo, en cambio, alcancé la inmortalidad. Desde esta penumbra contemplo la tragedia cotidiana de la casa. Me he vuelto sabia. Sé quién se roba el dinero de la cartera de la abuela y cuándo la cachifa decide no barrer por pura pereza. El verdadero estatus en esta esquina no lo da el origen, sino el aguante, y aquí yo soy la reina indiscutible del hollín.


***


Réquiem para un fruto ignorado


El mamón de la esquina del patio llevaba tres semanas ofreciendo sus carnes verdes y apretadas al implacable sol de la tarde. No era un fruto cualquiera: pulpa transparente, ácida en su punto exacto, perfecto para dejar la lengua rasposa y la garganta satisfecha. Estaba programado por la naturaleza para cumplir el destino supremo de su especie: ser arrancado de un manotazo por un carajito descalzo, pelado a morder con los incisivos y chupado con avaricia hasta que la pepa quedara blanca y peluda como un gusano de algodón.

Ese era el sueño de todo mamón que se respetara. Ser víctima de la voracidad popular. Pasar por el ritual glorioso donde alguien arriesga la vida atragantándose con la pepa mientras la mamá le grita desde la cocina que se va a ahogar.

Pero los muchachos de la casa crecieron. Ahora solo miraban pantallas y comían porquerías importadas que no dejaban la ropa manchada de resina.

Pasaron los días. La piel verde y tersa del mamón se arrugó como cuero viejo; el dulzor se convirtió en fermento ácido y la pulpa picó como aguardiente malo. Vio pasar de largo a los pajaritos, a las iguanas y hasta a los bachacos, que prefirieron ignorarlo por decadente. Nadie quiso darle el tiro de gracia. Ninguna boca venezolana vino a sacarle el jugo.

Una madrugada de viento frío, la gravedad hizo el trabajo que la indiferencia pospuso. El mamón cedió, cayó sobre la tierra seca del patio con un chasquido sordo y quedó allí, al lado de una chapa de refresco oxidada.

Morir es natural, pensó mientras las hormigas empezaban a desmembrarlo sin entusiasmo. Pero morir virgen de boca, sin haber hecho sudar a nadie por sacarle la pulpa... eso sí es una verdadera tragedia tropical.


***


El dinotróleo


Cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí, se hizo fósil y después mene.


***


Cosas veredes


Un perro es un perro porque nació perro. Un gato es un gato porque nació gato. Un dinosaurio es un dinosaurio porque nació dinosaurio. Un hombre nació hombre, pero aún anda en su búsqueda.


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Ortografía del cangrejo


Pasó tres horas puliendo el mensaje. No quería redundancias; la repetición es el refugio de los que no tienen vocabulario. Cuidó cada coma como si fuera un centinela defendiendo su orgullo. Quería decirle que era su paz, su lugar seguro, pero sin sonar como una tarjeta de felicitación barata. Ella le contestó rápido, ignorando olímpicamente la sintaxis: "Qué bonito cuando te expresas de corazón, poco me importan las redundancias... Me has dejado sin palabras". Mientras leía su respuesta, una punzada de pánico ortográfico le subió por la espalda. ¿Había puesto "te amo" con tilde? Fue a revisar el chat, desesperado.


—No te compliques, hermano. Una tilde de más o de menos no mata a nadie —Tiburcio, su amigo, dio un trago a su cerveza—.


—No jodas. Si no matan a nadie, ¿por qué siento que me estoy desangrando? —contestó, cerrando la aplicación.


Miró la servilleta en la mesa de la tasca, donde había garabateado la confesión que acababa de enviar por WhatsApp: "A ella poco le importan las redundancias... ¿y a mí? ¿Qué carajo hago con este caparazón de cangrejo que se llama ortografía?". Tiburcio la tomó y empezó a abanicarse con ella. "Con este calor", dijo, "lo único que importa es que la cerveza esté fría".

Cinco textos de Benjamín Eduardo Martínez Hernández


Hay quien te dice 

vuela alto 

pero nadie vuela 

todos se quedan aquí 

en lo profundo del ser

como un ancla.


***


En la banca


A Carolina Uzcátegui


Nos distraíamos

olvidando el ocaso

y ellos creían

que no

nos dábamos cuenta

mientras la grama

ardía a lo lejos

grandes aves

sobrevolaban

y era la tarde

un murmullo fugaz

palabra

se iba y venía

como un timón

de esos que no puedes olvidar

es la forma del agua

reía el viejo turpial

mientras la clave

yacía intacta

por toda la eternidad.


***


A mirar se aprende mirando

a vivir

también se aprende

así 

como si desde arriba

como si desde abajo

se indicasen direcciones 

mientras el tiempo corre

y uno anota

lo que puede

y uno deja

sobre todo deja

extrañas siluetas

marcando

la más certera

de las devociones 

somos

aunque no lo creamos

el infinito 

incrustado 

en el vasto universo

de lo posible.


***


Esta es la taza de la tarde

guarda

la palabra madre

su eco de luz

respira mi nombre.


***


En la casa de todos los nombres


En la casa de todos los nombres acecha un eco diáfano como de voces reunidas, nos despierta antes de que los pájaros del alba empiecen a cantar y uno corre las cortinas y abre las ventanas para escuchar mejor aquellas melodías como si intentáramos ponernos de acuerdo con nuestro propio temblor y alzamos la vista tal vez buscando una huella celeste cuando aun la noche no se ha despedido y nuestro aliento intenta marcar con otro ruido o más bien el más nítido silencio nuestra imagen que ha salido del sueño para que la tierra ahonde su horizonte en aquél instinto y todo adquiera su inusitada forma más allá de la casa y es cuando los nombres vuelven a nacer porque para eso han llegado a nosotros como si el mismo tiempo fuese un cuerpo recién bautizado y la ofrenda de todos los seres en aquél coro fuese la más ligera de las invocaciones y levantara la casa en cada sílaba y comprendiéramos finalmente de qué estamos hechos.

Granos de sonido (XX)


Fuego en el crisol de la misión: Santana, Abraxas y el umbral sagrado del rock latino 


El sonido que expandió la geografía del rock hacia el Caribe a las puertas de 1970 —en medio de un panorama ya convulsionado por la vanguardia de Zappa, la pesadez transatlántica y el nacimiento de la música progresiva— no nació en el vacío, sino en las aceras del Distrito de la Misión. Este vecindario de San Francisco, vertebrado por la vieja impronta colonial de la Misión de San Francisco de Asís y convertido en el corazón palpitante de la inmigración hispanohablante de la ciudad, funcionó como el laboratorio rítmico definitivo para *Carlos Santana* y su cofradía. Allí, entre los pregones de la calle, el orgullo chicano y el eco de los clubes locales, la agrupación asimiló la tensión de su entorno para parir una auténtica mutación del lenguaje sonoro. Su segundo larga duración, Abraxas (1970), permanece como el monumento definitivo de esta transformación. El álbum no sólo consolida el sincretismo presente en su debut, sino que opera como un crisol donde la herencia rítmica del África occidental —tamizada por la inconfundible síncopa afrocubana y puertorriqueña—, el lirismo de la guitarra eléctrica y el pulso del jazz y el blues se unifican bajo una misma cúpula urbana. Abraxas es, en esencia, una revelación envuelta en fuego dionisíaco que halla su origen y su brújula en el asfalto de La Misión.


El polvorín de la bahía: San Francisco como útero contracultural


Vamos a radiografiar el tejido social de la ciudad de San Francisco entre el declive de los años sesenta y los albores de los setenta para comprender la génesis de Santana. La metrópolis californiana latía bajo una paradoja estructural: por un lado, sufría la desindustrialización y las tensiones raciales propias de los centros urbanos estadounidenses; por el otro, se convertía en el epicentro mundial de la contracultura utópica, catalizada por el movimiento hippie en Haight-Ashbury, las protestas contra la Guerra de Vietnam en Berkeley y los reclamos de derechos civiles de los partidos de izquierda y las minorías étnicas. En este caldo de cultivo, la población de origen latino, concentrada mayoritariamente en el Distrito de la Misión, reclamaba su propia voz frente a la hegemonía anglosajona. Carlos Santana, un joven guitarrista nacido en Autlán de Navarro y forjado musicalmente en los burdeles de Tijuana, encarnó ese desarraigo transfronterizo. Al fundar la Santana Blues Band junto al tecladista y vocalista Gregg Rolie, el bajista David Brown, el baterista Michael Shrieve y los percusionistas Michael Carabello y José "Chepito" Areas, el grupo buscaba un espacio en los clubes locales; traducía el fragor de la calle en una propuesta sónica colectiva, multirracial y urgente.


La danza de las mil lenguas: Santana frente al espejo de su tiempo


El estilo de Santana desafió los parámetros de las bandas de rock que dominaban el panorama de San Francisco en aquel momento. Mientras agrupaciones fundamentales de la escena como Jefferson Airplane o Grateful Dead edificaban sus catedrales sonoras sobre la psicodelia ácida, el folk electrificado y las improvisaciones de corte modal angloamericano, Santana introdujo una rítmica polifónica basada en la clave afrocaribeña. Donde Grateful Dead estiraba los compases en largos viajes lisérgicos de raíz norteamericana, Santana instalaba una síncopa de guajira, mambo y chachachá que obligaba al cuerpo a abandonar la contemplación intelectual para entregarse a la danza ritual. La gran diferencia radicaba en la articulación del fraseo: la guitarra de Carlos Santana no imitaba el rugido industrial del blues británico ni la distorsión marcial de los power-trios de la época; su instrumento cantaba con un lirismo heredado de la trompeta de la música de mariachi y la fluidez melódica de Gábor Szabó, sostenido por una sección rítmica que operaba como el corazón de una deidad pagana.


El viaje místico: El cuerpo interno de Abraxas


El corazón del álbum late en piezas de contraste absoluto. Por un lado, "Oye Cómo Va", composición original del rey del mambo Tito Puente, abandona los metales de la big band neoyorquina para transformarse en un himno de rock chicano gracias al órgano Hammond saturado de Rolie y un solo de guitarra de Carlos Santana magistral por su economía de notas. Inmediatamente después se erige "Incident at Neshabur", una pieza instrumental donde el lirismo de la guitarra y los giros del piano de jazz de Alberto Gianquinto se debaten en una progresión de compases cambiantes, insertando de golpe a la banda en la misma vanguardia del jazz fusion que Miles Davis acababa de hacer explotar en la Costa Este. La cumbre de la introspección melódica llega con "Samba Pa Ti", un poema instrumental donde la guitarra llora y seduce mediante un fraseo limpio y un tono sostenido (sustain) que se inscribe en la memoria colectiva, introduciendo la cadencia de la balada lírica de raíz afrolatina –bolero mediante– al lenguaje de la guitarra eléctrica de rock. Finalmente, el cierre con "El Nicoya" despoja al grupo de todo ropaje occidental para dejar únicamente la percusión desnuda y el canto ancestral, devolviendo la obra a la tierra.


La física del aire: Producción y sonido


La producción de Abraxas, acreditada a Fred Catero y a la propia banda, representa un hito en la ingeniería de sonido de la época. Grabado en los estudios Pacific Recording de San Mateo, el álbum destaca por la separación nítida y el relieve tridimensional de los instrumentos de percusión. Las congas, los timbales y el güiro se sitúan al mismo nivel dinámico que la guitarra solista y la batería. El uso del eco y la reverberación en el Hammond B3 de Rolie genera una atmósfera de templo gótico sumergido en el trópico. Asimismo, el sonido de la guitarra de Carlos —logrado mediante la combinación de guitarras Gibson acopladas a amplificadores Fender Twin Reverb e ingenios de distorsión temprana— posee una cualidad vocal y un grano orgánico que la tecnología digital posterior raramente ha podido emular.


El sendero del músico: Evolución desde el debut hasta la madurez


La trilogía inicial de Santana debe leerse como una crónica de maduración, saturación y posterior ruptura de un organismo colectivo. La distancia que media entre el debut homónimo de 1969 y la aparición de Abraxas en 1970 representa el salto cualitativo más dramático en la carrera de la banda; el paso definitivo del instinto salvaje a la arquitectura consciente.

El primer álbum, Santana (1969), era una criatura puramente visceral. Gestado en las descargas de los clubes de San Francisco y catapultado por la mítica presentación en Woodstock, aquel trabajo basaba su efectividad en la crudeza de su sección rítmica y en estructuras armónicas elementales, casi siempre ancladas en progresiones de blues de doce compases o improvisaciones de dos acordes de corte modal menor. Era música de asfalto y sudor: directa, urgente, pero compositivamente limitada. En Abraxas, esa misma energía se somete a un proceso de refinamiento y expansión conceptual. La banda ya no se limita a golpear los cueros con rabia; asimila las lecciones del jazz contemporáneo y la sofisticación armónica de la música afrocubana tradicional. La madurez de Carlos Santana como solista es el cambio más evidente: su guitarra abandona el fraseo acelerado y ruidoso del debut para concentrarse en la pureza del tono, la dosificación del silencio y la búsqueda de un canto lírico y sostenido que se convierte en la firma de su identidad.

Sin embargo, el equilibrio alcanzado en Abraxas fue un milagro efímero. El paso hacia Santana III (1971) ilustra el colapso de esa paz espiritual en favor de una estética mucho más densa, masiva y violenta. La incorporación crucial del joven guitarrista Neal Schon —quien apenas tenía diecisiete años— alteró drásticamente la dinámica interna del grupo. El sonido místico, espacioso y suspendido en el aire de Abraxas se vio devorado por el embate de dos guitarras eléctricas en un duelo constante de virtuosismo y saturación. Santana III se vuelca de lleno hacia el funk-rock urbano de alta velocidad y el rock duro. El lirismo contemplativo de temas como "Samba Pa Ti" es sustituido por la agresión rítmica de "Batuka" o "No One to Depend On". Musicológicamente, si Abraxas representa el cenit de la integración cultural y el equilibrio esotérico de la banda, el tercer álbum es el testimonio de una aceleración técnica desbordante, el canto de cisne de una alineación clásica que terminó estallando debido a las drogas, las presiones comerciales y las profundas divergencias místicas e internas de sus líderes.


El espejo continental: Abraxas frente a la periferia del Rock Latino


Para calibrar la verdadera estatura mítica de Abraxas, resulta imperativo sacarlo de su burbuja californiana y contrastarlo con el ecosistema de producciones que, entre 1970 y 1971, intentaban resolver la misma ecuación histórica desde distintos puntos del continente. Este ejercicio revela que lo de Santana no fue un hecho aislado, sino la respuesta más exitosa a una urgencia hemisférica.

En la Costa Este de los Estados Unidos, el álbum homónimo de Broth (1970), editado por Mercury Records bajo la producción de Steve Verroca, se debatía en una línea similar pero con un enfoque radicalmente distinto. Broth, un colectivo neoyorquino que integraba a músicos cubanos y puertorriqueños, empujaba el rock psicodélico hacia el hard-rock con una fortísima sección de vientos. Temas como "I'm a King" delatan un manejo impecable del groove urbano. Sin embargo, al comparar ambos trabajos, se evidencia que en Broth los elementos latinos operan como un aditivo estético, una capa de color superpuesta sobre una estructura que sigue respondiendo al canon del funk-rock anglosajón. Santana, en cambio, logra en Abraxas que la síncopa afrocaribeña sea la matriz misma que dicta el comportamiento de la armonía; la guitarra de Carlos no toca sobre los tambores, nace de ellos.

Hacia el sur, en la escena mexicana marcada por la censura gubernamental y la criminalización de la contracultura después del impactante Festival de Avándaro, La Kábala (1972) facturaba un larga duración homónimo que hoy permanece como una oscura pieza de culto. La Kábala proponía una relectura del latin soul y el garage-rock, con un uso descollante del órgano, la flauta traversa y densas descargas percusivas, volcándose a reinterpretar clásicos como "Guajira". No obstante, la producción de La Kábala arrastraba las limitaciones técnicas de la industria local de la época; su sonido se percibe artesanal, comprimido y estrictamente ligado al formato de la música de club o de la descarga callejera inmediata. Abraxas juega en otra liga de ingeniería sonora: el trabajo de Fred Catero dota a la banda de una profundidad tridimensional y una ambición cosmológica que convierte el disco en una experiencia de escucha inmersiva, transformando el sudor de la pista de baile en un viaje metafísico.

La respuesta más sofisticada y artísticamente autónoma a la hegemonía de Santana no vino del norte, sino del Cono Sur, concretamente de Montevideo, con el debut homónimo de Totem (1971). La agrupación liderada por Rubén Rada y el guitarrista Eduardo Useta realizó una operación antropológica colosal: en lugar de recurrir a la clave afrocubana —que ya se estaba estandarizando gracias a la industria neoyorquina—, Totem fundió el rock y el jazz con el candombe afro-uruguayo. Escuchar piezas como "Dedos" o "Biafra" es asistir a una complejidad que, en términos estrictamente armónicos, supera las progresiones modales relativamente simples de Santana. Totem demostró que el mestizaje negro en América Latina tenía múltiples cabezas y que la síncopa del Río de la Plata poseía una densidad política y vanguardista que corría en paralelo a la revolución chicana de California, aunque sin el beneficio de la distribución global de Columbia Records.

Finalmente, en el propio suelo californiano pero en el asfalto de Los Ángeles, El Chicano publicaba Revolución (1971). Vecinos generacionales de Santana, los integrantes de El Chicano entregaron un manifiesto arraigado en el brown-eyed soul, el jazz-funk y el orgullo comunitario chicano. El Chicano era elegante, nocturno, construía atmósferas densas basadas en el piano y el órgano Hammond, manteniéndose fiel a la crónica social de su barrio. La gran diferencia estriba en el alcance del mito. Mientras Revolución se planta con los pies firmes en la realidad urbana de los barrios del este de Los Ángeles, Abraxas prefiere la huida hacia la mitología universal de Hesse y el esoterismo pictórico de Klarwein. Santana tomó la materia prima del gueto latino y la revistió de una mística gnóstica que le permitió cruzar fronteras culturales que para El Chicano resultaron infranqueables.


La revelación pictórica: El soporte visual


La experiencia de Abraxas se completa de forma indisoluble a través de su portada, la cual reproduce la pintura "Annunciation" (1961) del artista surrealista francés Abdul Mati Klarwein. La imagen presenta a una Virgen María negra, desnuda y voluptuosa, rodeada de una fauna simbólica, mientras un ángel también desnudo desciende montado sobre una conga. La obra es una traducción exacta de la música del disco: la profanación de los símbolos sagrados occidentales mediante la inserción de la sensualidad, el misticismo pagano y la herencia africana. La portada avisa al oyente que está a punto de trasgredir un límite espiritual, integrando el soporte visual como un elemento narrativo fundamental de la obra de arte total.


El veredicto: Un faro inamovible


Dentro de cualquier escala crítica que pretenda evaluar el devenir de la música popular del siglo XX, Abraxas se sitúa de forma incuestionable bajo la calificación de •Esencial. No estamos ante un documento histórico que simplemente testifique el estado de gracia de una banda o las tendencias de un año específico; nos encontramos ante una obra cumbre que reescribió de manera irreversible las coordenadas genómicas de la música global a través de tres avenidas musicológicas definitivas.

En primer lugar, el álbum es la consolidación y el mapa definitivo del Rock Latino. Antes de Abraxas, la juventud hispana ya había encendido sus propios laboratorios de resistencia cultural, ensayando el cruce bilingüe a través del boogaloo neoyorquino –con su cruce de rock, soul, R&B y blues norteamericanos con el son y mambo cubanos– y liberando la crudeza percusiva en el debut salvaje de Santana (1969). Sin embargo, Abraxas ejecuta una operación de madurez formal inédita: toma la herencia rítmica de los barrios y la expande hacia una ambición compositiva capaz de disputarle el centro al canon anglosajón. Demostró que la identidad latina no necesitaba asimilarse ni pedir permiso para sonar universal; podía imponer sus propias condiciones estéticas y obligar al rock a hablar en su propio idioma.

En segundo lugar, el disco aporta una perspectiva inédita al desarrollo del Rock Progresivo. Mientras las bandas británicas de la época —siguiendo la huella ya abierta por el flujo ininterrumpido de The Moody Blues o King Crimson— buscaban la complejidad narrativa a través del sinfonismo formal europeo y la herencia académica, Abraxas propuso una vía alterna hacia el trance conceptual. Lo hizo demostrando que la continuidad y la ilación mística entre las piezas no dependían de pasajes de música clásica barroca, sino que podían fundamentarse en la síncopa y la polirritmia cíclica de raíz afrocaribeña. Ensanchó las fronteras del género al demostrar que el rock de vanguardia podía sostener una suite sin perder el pulso de la calle ni la agitación del cuerpo.

Finalmente, el álbum camina en absoluta sincronía con la revolución del Jazz Fusion que Miles Davis estaba detonando simultáneamente en la Costa Este con Bitches Brew. La libertad de las improvisaciones modales presentes en piezas como "Incident at Neshabur" dejó en claro que el rock podía abandonar las rigideces formales del pop para adoptar la elasticidad del jazz, alimentándose de la polirritmia de la calle. Abraxas rompió los compartimentos estancos de las tiendas de discos, recordándole a la industria que la música de vanguardia y la música popular comparten la misma raíz ritual.


Conclusión


Transcurridas las décadas desde su lanzamiento, Abraxas conserva intacto su misterio y su peligro, blindado contra el desgaste del tiempo y la domesticación comercial de la nostalgia. Es un volumen donde los sustantivos de la calle —el cuero, la madera, el metal, el sudor, la acera— se desvisten de su condición puramente física para disolverse en los verbos del rito: golpear, cantar, arder, levitar, transmutar. Al negarse a separar la agitación del cuerpo de la elevación mística, Carlos Santana y su cofradía de músicos lograron lo que poquísimos creadores alcanzan en su vida útil: abrir una grieta irreversible en el tiempo para que el mundo escuchara, por primera vez, el latido unificado y el grito soberano de un continente mestizo.

Este trabajo no se limita a ser el registro de una sesión de grabación afortunada en la California de 1970; es un documento de resistencia antropológica que demostró que la síncopa y la memoria de los pueblos subyugados poseían la potencia necesaria para colonizar los amplificadores del imperio. La suite de La Misión sigue funcionando hoy como un faro y como un recordatorio de que la verdadera vanguardia no nace en las academias ni en los escritorios de los burócratas de la industria, sino en la fricción orgánica del gueto, allí donde la tradición oral se encuentra con la electricidad del mañana. Al apagar el reproductor, lo que queda flotando en la estancia no es el eco de una época extinta, sino la certeza absoluta de que esa locura sagrada, encendida en el asfalto y consagrada en el mito de Hesse, permanece viva, urgente y alcanzable.


Santana – Abraxas (1970)


•Estados_Unidos


•Latin_Rock

con fuertes influencias de

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RJazz_Rock

•Psychedelic_Rock

•Blues_Rock


•Esencial


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