sábado, 2 de mayo de 2026

Cuentos de Gabriel Jiménez Emán


La gran jaqueca

 

Cecilia no soportaba la cabeza. Le dolía arriba y abajo, los ojos, la garganta, las sienes, la parte del cráneo, a veces los oídos y hasta el cuero cabelludo le dolían. Todos los calmantes, tratamientos, operaciones, no daban resultado. Migrañas, jaquecas y neuralgias la atormentaban día y noche, y Cecilia decidió quitarse la vida. Como no tenía el valor para hacerlo, prefirió que se la quitaran y así le harían un gran favor. 

Así ocurrió. Los amigos la despidieron con un veneno de rápido efecto, y que no le causó ningún dolor. El día del entierro, el demonio, que se presentó al sepelio disfrazado de doliente, le comentó a uno de los asistentes, al oído y a espaldas de los familiares de Cecilia, que habían cometido un error: antes de ser sepultada tenía que haber sido decapitada. 


 ***

 

El viejo Félix

 

El viejo Félix se sentaba en la esquina –en toda la orilla del gran escalón- se quitaba el sombrero para rascarse la cabeza y miraba hacia las colinas lejanas del valle azul de Yaracuy. Era su manera de descansar luego de la faena diaria de trabajo, ayudando a mi abuelo en el negocio de los cambures pasados. Él era quien los transportaba del mercado a la casa en una carretilla. Graciosa era la manera que tenía el viejo de ladearse el sombrero y sonreír de lado y de caminar para la izquierda. El viejo Félix vivía de lado, veía el mundo al sesgo por las rendijas de sus ojos, y quizá esa era la clave de su personalidad. Mascaba su chimó, y se empinaba de vez en cuando su carterita de aguardiente. Todo él era un gran olor a cambur pasado, hojas aromáticas de tabasca, bayrum y frutas añejas. Hablaba con una sonrisita cantora, y cuando algo le hacía mucha gracia, se asfixiaba con la risa y tosía. 

Un día un viejo más viejo que él le contó un cuento cómico de su infancia que hizo reír al viejo Félix hasta pararle la respiración. Se puso rojo, tosió y se atragantó con la risa. Luego comenzó a derramar una saliva de varios colores, un hilillo de saliva rojo, verde, amarillo y azul. El cauce de la flema corrió por la avenida y al final llegó al jardín de una casa, por donde trepó a un árbol, poniendo el tronco y las hojas de un color turquesa muy bonito. 

Los pulmones del viejo Félix no dieron más. Tosió por última vez y de su garganta salió un gran caramelo con olor a frutas, que rápidamente se fue derritiendo en el patio con el fuerte sol de Yaracuy. El cuerpo del viejo se fue desinflando, hasta que de él sólo quedaron en la tierra los calzones, la franela y las alpargatas, medio tapados con el viejo sombrero oloroso a cambur pasado. 


 ***

 

Pequeño cielo

 

Cuando muera, no quiero ir a un cielo grande, de extensión inmensa y de promesas cumplidas. No me engaño al saber que lo merezco: he sido bueno, he sacrificado mi vida por los demás y nunca he hecho mal a nadie, ni siquiera por olvido u omisión. He sido fiel a mi mujer y he creído en el Señor hoy, antes y después, por encima de todo creo en el Señor Todopoderoso, y en que alguno de mi familia ha de seguirme. 

Por todo ello, pido cuando muera ir a un cielo pequeño, privado, donde vuelva a encontrarme con mi padre y mi madre y ver cómo ellos se besan y aman, y entonces yo vuelva a estar en el vientre de mi madre, chupando con fruición el pequeño cielo de mi dedo pulgar. 


 ***

 

Supervivencia

 

El hombre se asomó al jardín a mirar la noche. Estaba ahí, casi redonda, emitiendo unos destellos azulosos. Le parecía una ficción que él hubiese vivido allí antes, que sus padres le hubiesen dado la vida en aquel lugar tan ignoto, en aquel planeta cuyas aguas y aire no permitían ya la vida de las especies animales y vegetales. Apenas el sol prestaba un poco de su luz para hacer visible la tierra durante aquella noche más bien oscura, donde aquel hombre, como otros tantos a esas horas, contemplaban a duras penas los astros y las estrellas desde Marte, el planeta a donde ahora se había trasladado la especie humana, en su permanente búsqueda de supervivencia. 


***

 

El método deductivo

 

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a su lado, todavía humeante. 


 ***

 

La mano

 

Orlak se miraba la mano luego de salir de la famosa película, la cual había inspirado a sus padres a ponerle aquel nombre. La verdad, Orlak odiaba esta película y detestaba su propio nombre, que le parecía tétrico y ridículo. Sin embargo, lo había soportado pese a las bromas que le gastaron en la infancia. Varias veces reclamó a su madre la razón de aquel nombre, y ella hizo recaer la responsabilidad sobre su marido Ernesto, quien desde su adolescencia había sido impresionado con la célebre película. 

Pero Orlak no se atrevía a reclamarle a su padre, un hombre de carácter duro y autoritario. 

 Sin embargo, el día en que Orlak cumplía los dieciocho años se atrevió a enfrentar a su padre. 

 -Me has hecho infeliz con este nombre- le dijo. 

 -Ya lo sé, hijo, y lo siento- le replicó el padre. –Pero no tenía otra salida. 

 -Si no te ponía ese nombre estaba condenado a tener para siempre una mano asesina, que en cualquier momento podía estrangularme- dijo el hombre. 

 -¡Pero papá!- gritó Orlak. –¡Esa sólo es una película, y nada tiene que ver con nuestras vidas! 

 -Eso pensaba yo- respondió Ernesto. Pasado un tiempo conocí a Peter, el actor protagonista, y él me comentó que para poder librarse del maleficio de la mano había tenido que ponerle a su hijo el mismo nombre del personaje. Yo le argumenté lo mismo que tú a mí ahora, y él me dijo que esa película ya había causado suficientes problemas a muchas personas. 

 -Pero fuiste injusto conmigo. Hoy he decidido cambiarme el nombre y abandonar esta casa. 

 -Puedes hacerlo, pero te advierto que corres el peligro del maleficio. Si abandonas tu nombre, la mano te asesinará. 

 -Ya he planeado irme a otra ciudad, y librarme de todo esto con un nuevo nombre y una nueva vida. 

 -No puedes, hijo, te digo que corres peligro. 

 -Sí puedo- dijo Orlak. –Mira. Y le mostró un muñón recién cortado. 

 Al ver esto, el padre de Orlak se sintió turbado. Mareado, se dejó caer en un sofá. 

 -Qué alivio- dijo. Perdóname, hijo, ojalá puedas rehacer tu vida. Pero todavía me queda una duda: saber si cortaste la mano debida. 

 -Quien tomó la iniciativa de cortar la mano derecha no fui yo, papá, fue la mano izquierda. El bien le ha ganado una batalla al mal, por raro que parezca. 

 -Es la mejor noticia que he oído en mucho tiempo- le dijo al antiguo Orlak. Y agregó con alivio incomparable: Que seas feliz.


Del libro La gran jaqueca y otros cuentos crueles

Eleazar Marín, frente a un muro pintado de sueños: “La palabra tiene el poder de producir grandes cambios”


El escritor es como una especie de caracol, que carga a cuestas toda una cantidad de pesadumbres y alegrías hasta que llega ese momento específico en que requiere plasmar las ideas utilizando como herramientas un pedazo de papel, un lápiz o un bolígrafo


Texto y foto: Rafael Ortega

Se considera “birregional” de nacimiento porque vino al mundo en el pueblo de Irapa, estado Sucre, península de Paria, pero lo trajeron en brazos a la ciudad de Maracay, “creo de seis o siete meses de nacido”, confesó Eleazar Marín (1959), quien agregó, además, que su afición por la lectura proviene de las novelas de vaqueros, que más tarde le tendieron un puente hacia otros autores, como García Márquez, Hermann Hesse, Ernesto Sábato y Francisco Massiani.
“En los años setenta, era usual que los muchachos del barrio leyeran novelas de vaqueros y suplementos. Eran un palanquín para estimular el hábito de la lectura. Yo no sé cuántos de mis amigos que eran lectores de novelas de vaqueros pudieron seguir valiéndose de esto como una especie de necesidad vital. Creo que ninguno, pero para mí fue una arrancada”, manifestó Marín.
—¿Cuándo comienzas a escribir relatos y poesía?
—El inicio más fuerte fue con la narrativa. Empecé a hacer unos trabajos que al principio se me parecían mucho al autor de uno de los primeros libros que leí: La metamorfosis, de Kafka. Uno de mis trabajos iniciales tenía esa especie de ribete de alucinación, muy parecido a esa pesadilla de Gregorio Samsa. Yo andaba buscando una manera propia de decirlo, entonces me fui encontrando con otros autores que me ayudaron a entender, a decir como uno debe decir y como uno siente que debe decir, porque es el gran problema de la voz del escritor, los temas están allí, incluso uno pudiera tener un anaquel de temas ya preescrito, pero cuando lo va a decir, por ejemplo, Leonardo Maicán, no lo va a decir jamás igual Rafael Ortega, o como lo diría Alberto Hernández, o como lo diría Bryce Echenique, para ir haciendo distanciamiento de estilos y edades. Pero el asunto más serio es conseguir una voz y que tú digas: “Yo siento que hablo así y no debo tener temor de decirlo así”.
—¿Has participado en algún taller literario?
—Básicamente, los talleres nuestros han sido talleres callejeros. Yo creo que con las horas de conversación con Jaime Betancourt, las discusiones con Jesús Liendo, las bravatas con Erasmo Fernández, los intercambios con amigos a través de la prensa, por textos publicados, y una jornada de trabajo con Agustina Ramos en una página que produjimos, llamada Alcantarilla, no hicieron falta más talleres, nunca me inscribí formalmente en ninguno porque no le hallaba sentido.
—¿Crees que los talleres de literatura son fábricas de escritores?
—No, los talleres deben servir, en todo caso, para orientar de una u otra manera alguna vocación, pero el miedo que yo le tengo a los talleres es que los talleristas se parezcan tanto al facilitador y que éste se convierta en una especie de quemador de CDs, donde todos los muchachos van a aprender a escribir como lo hace el gurú. Pienso que el taller debe ser una gran estimulador, un promotor, y debe servir de ayuda al joven escritor a encontrarse a sí mismo. Así como sucede con los jóvenes actores, que el gran trabajo que hacen los profesores de actuación con ellos al principio es que deben aprender a encontrarse a sí mismos, por eso Stanislavski mandaba primero a trabajar sobre el actor, sobre la vida misma de la persona, que va a ser el vehículo que a llevar sentimientos.
—¿Cómo fueron tus inicios en el teatro?
—En el José Luis Ramos yo era un tirapiedras, pero con oficio. Nosotros integrábamos un movimiento de muchachos que creíamos que se podía cambiar el mundo. Claro, cuando uno tiene dieciséis años tiene derecho a pensar de un solo golpe y que esa rebeldía hay que manifestarla en las calles para levantarle el piso a la gente que gobierna. Yo creo que ese es el deber de toda juventud: cuestionar, criticar... en ese liceo había un grupo de teatro al que nunca me acercaba y observaba desde lejos, pero tenía un amigo muy cercano allí, Simón Áñez, quien era miembro de ese grupo, dirigido por Héctor Rodríguez, mejor conocido como “El Enano”, una persona bastante entusiasta y lograba captar la motivación de todos los estudiantes. Después que salí del liceo, me encontré en un desierto y me preguntaba para dónde iba, necesitaba hacer algo, sentarme en un sitio donde pudiera discutir con gente. Entonces me fui al Pedagógico un día, donde el grupo tenía un ensayo y fui como dos o tres veces. Héctor me invitó a hacer una audición con ellos, pues iban a hacer un montaje, y observando y observando me dieron entrada en el grupo. Allí me uní a ellos y me envenenaron o, mejor dicho, me envenené.
—¿Cuáles temas te motivan a escribir?
—A mí me sucede algo, no sé si le pasa a otros: yo no prefiguro los temas, no tengo temas preferidos, sino que a veces me caen del cielo o del suelo, o tal vez rebotan y me golpean. Si una idea me gusta, empiezo a caminarla en el cerebro y en la calle. Uno le mete al loco sin querer o, tal vez, queriendo. Luego se va componiendo, se va prefigurando y lo demás es que ya no aguantas más y es como si estuvieras preñado. Tienes que sentarte y parir. Y después de parir, viene el proceso de pulir, pulir y pulir, y pulimos tanto las cosas que a veces las echamos a perder. Hasta que te sientes satisfecho con lo que estás escribiendo y dices: “Voy a dejar esto hasta aquí y me atrevo a publicarlo”.
—¿En cuál género literario te sientes más a gusto?
—Así como te digo que los temas me llegan solos, las necesidades también. Cuando abordé una investigación sobre teatro, que se titula El valle en dramas, me sentí como pez en el agua. Nunca imaginé que me iba a sentir tan bien investigando sobre teatro, cuando me sentía mal era porque me parecía que nunca iba a terminar la producción, más bien se alargaba y cuando uno se sumerge en un proyecto laborioso, a veces surge la inquietud de no saber si va a ser publicado, de no saber cuál será su destino. También he desarrollado algunos trabajos de dramaturgia, pero las expresiones donde me siento más cómodo son la poesía y la narrativa, digo cómodo en el sentido de que yo siento que el escritor es como una especie de caracol, que carga a cuestas toda una cantidad de pesadumbres y alegrías hasta que llega ese momento específico en que requiere plasmar las ideas utilizando como herramientas un pedazo de papel, un lápiz o un bolígrafo.
—¿Cuál es la función del escritor?
—Creo que sirve para brindarle al lector una comprensión mayor del mundo donde estamos porque vivimos rodeados de interrogantes, de necesidades, y escribir —para mí— es un acto de sentirme libre, me siento solo y lo único que me domina son aquellos fantasmas que yo trato de llevar hacia un final o el verso que hay que cerrar para concluir un poema, pero creo que escribo para tratar de sentirme bien, para tratar de despejarme, dispersarme del mundo, que es bien pesado. La palabra tiene el poder de producir grandes cambios y la tarea de un escritor tiene que ser escribir para sentirse liberado del mundo y tener más capacidad de respuesta frente a él y en esa medida coadyuvar a que la gente pueda visualizar con mayor claridad el tiempo que le toca vivir. Shakespeare decía que la función de un escritor es hacer una crónica de la realidad de su tiempo y llamaba a este arte como el espejo de la naturaleza humana y es nuestro deber limpiarles el espejo, si se quieren ver, bueno, que se vean.

—¿Las instituciones ofrecen la ayuda necesaria al investigador?
—Creo que debería eliminarse la burocracia en las instituciones para facilitar la labor del investigador, aunque tener acceso a la información nunca es fácil, tomando en cuenta el simple hecho de tener que levantarse de la cama para ir a un sitio a buscar un libro, tener que trasladarse, tener que esperar por algunas horas que una secretaria aporte la información, pero yo creo que debe trabajarse más en función de la civilización de esos sitios, que la gente que trabaja en las bibliotecas entienda que no son las estrellas de la institución, que ellos son unos servidores públicos. La gente que hace investigación sabe que el camino va a ser arduo, que no va a conseguir las cosas fácilmente y tiene que valerse de todas las vías posibles, tanto la biblioteca personal, la biblioteca pública, los amigos, los referentes personales, la Internet... no es fácil, pero creo que la solución al problema está en sensibilización del funcionario para eliminar la burocracia.
—¿Cómo ves el panorama regional actualmente?
—Aragua es uno de los estados donde más se produce literatura, y no soy el único que piensa eso, hay mucha gente que lo cree porque aquí la temática es muy variada, mientras que en otras regiones la literatura es muy local. Encontramos acá desde poetas surrealistas, hijos de Breton, como es el caso de José Miguel Henríquez; otros de una tendencia bucólica urbana, como Guillermo Cadrazco, y gente que trabaja muy bien con la palabra como Alberto Hernández, por nombrarte algunos. Aragua tiene demasiado qué decir, pero ahora siento que a diferencia de lo que yo conocí hace algunos años, la presencia insurgente e irreverente del poeta en las calles, ha mermado. No es que no se esté escribiendo, al contrario, sí se está escribiendo y hay jóvenes talentosos, pero cuando comencé en esto yo me conseguí parte del terreno hecho. Los insurgentes más bárbaros en este asunto habían recorrido el camino en los años setenta. Prácticamente, los pioneros son unas personas que provienen de aquella generación, como es el caso de los llamados “poetas malditos”: Jaime Betancourt, Erasmo Fernández, Zoraida García; además de Agustina Ramos, Alberto Hernández y una cantidad de autores que ya habían abierto brecha. Encontré un espacio abierto en la literatura, algo así como un caminito enmontado, pero ahora que está más despejado hay una respuesta menos contundente desde el punto de vista de la presencia del autor.
—¿A qué atribuyes que los escritores venezolanos no sean tan conocidos como los de otros países?
—En nuestro país no se le da importancia a la promoción literaria ni a la discusión. En Venezuela, tanto los escritores como los editores piensan que el fin último es el libro. O sea, se edita el libro y éste va a cumplir un destino triste. Va a parar a las catacumbas de los sótanos de las editoriales o a los rincones de la casa del escritor que publicó por cuenta propia porque no existe ni distribución ni discusión en función del libro, ni tampoco hay un plan agresivo de promoción de la lectura, que permita integrar al escritor directamente con las fuentes fundamentales de lectura, que yo considero que son las escuelas. En el exterior nos conocen por Rómulo Gallegos, Arturo Úslar Pietri, Adriano González León, José Balza, Salvador Garmendia y en una antología de literatura latinoamericana de la Universidad Nacional Autónoma de Puerto Rico incluyeron unos poemas de José Antonio Ramos Sucre y “El Chino” Valera Mora, lo cual me pareció muy bien y me dije “están metiendo gente joven”, ironizando un poco.
—¿Qué opinas de las nuevas tecnologías?
—Me parece que son importantes porque podemos conectarnos con el mundo entero, si existiese Internet en Marte también nos comunicaríamos con los marcianos, pero pienso que la web viene a ser un instrumento más a favor del libro, pues como decía Efraín Subero, la muerte del libro la han decretado en muchas oportunidades y siempre se han equivocado porque el libro siempre será el libro, es una hechura humana, es la obra más hermosa que ha producido el hombre porque permitió que sus ideas recorrieran el mundo y se difundieran y multiplicaran, esa era la Internet del siglo XVI, el invento de Gutenberg.
—¿Cuáles han sido tus publicaciones?
—Cuando ingresé en la universidad, allí encontré un espacio de expresión propio, tomamos una pared y comenzamos a escribir poesía en ella, unos de los primeros poetas que escribieron allí fueron Aly Pérez y Mariozzi Carmona. Luego materializamos esa experiencia en una revista que todavía sale por allí, ella sale cuando quiere, es como una chicharra, una revista morrocoy, y no es un morrocoy azul, es un morrocoy llamado Muro de Sueños, que sale de vez en cuando. También tuvimos una página en El Aragüeño durante un tiempo. Nosotros intentamos, como todos los quijotes que buscan espacios en la prensa, hacer que la página viviera por sí misma, y conseguimos dos librerías de amigos que nos iban a apoyar, pero no se nos permitió porque la publicidad era exclusiva del periódico y tuvimos que morir de inanición, no teníamos dinero y decidimos dejar eso así. Tuvimos que morir con el trajín del teatro y la literatura en la calle. Ahora, en lo personal, he publicado en antologías, revistas y periódicos, algunas plaquettes propias, pero libros individuales, ninguno hasta ahora; obtuve el premio de novela en el XIV Concurso del Ipasme 2006, por la obra Infantes terribles, un trabajo que venía madurando desde hacía bastante tiempo; incluso, no lo había terminado porque una de las piezas estaba perdida y un amigo escritor, llamado Leonardo Maicán, quien se dedica al ocio de guardar papeles, había leído ese trabajo cuando fue jurado de un concurso donde participé y él lo había guardado en un arcón donde tiene un cementerio de textos viejos, y ese era el relato que me faltaba para engranar la novela, que es un mosaico triste, entre lo patético y lo sublime, donde casi todos los temas están marcados por cierta fatalidad, pero al final siempre abre una puerta para salir de ese hueco de tristeza. Allí se tratan situaciones diversas, pero en definitiva el espacio es uno solo y el hilo lo lleva un autor, que es el más desgraciado de todos, quien va ordenando sus cosas para darle final a su vida. Es un trabajo fragmentado, una novela que se puede leer como un libro de cuentos. Son muchas piezas sueltas con una intención temática y pudiese entenderse que hay un autor que está contando esas historias para finalmente contar la suya.

La necesidad de buscar respuestas

He escrito en bares, he escrito en la acera, he escrito en plazas, he escrito en mi casa, he escrito en un salón de clases mientras los estudiantes están matando el tiempo en el recreo, donde me aborde la necesidad de concluir una idea, escribo. A veces, ni siquiera se trata de escribir un relato, sino, por lo menos, una frase clave que evitará que pierda la idea que tengo para desarrollarla después. Por lo menos eso. Pero no hay una metodología organizada, más bien soy un poco desordenado. En el fondo, existe una necesidad de buscar respuestas a interrogantes o inquietudes. A veces, uno tienta los temas a propósito, pero eso resulta peligroso porque la temática se puede ir para otro lado y resulta que el tema escogido queda plasmado en el texto como una especie de marco referencial y no como sustancia

viernes, 1 de mayo de 2026

Pequeño homenaje a Ángel Rama


-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje

J.S.P


Este 30 de abril se cumplieron los primeros cien años del nacimiento del crítico y narrador uruguayo Ángel Rama y el acontecimiento, como suele suceder, ha pasado desapercibido para todos, hasta donde yo sé.

Lo cual es lamentable, sobre todo en el ambiente cultural venezolano ya que Rama no sólo fue uno de los tantos refugiados que encontraron en nuestro país el amparo necesario para escapar de la oleada fascista que ensombrecía el cono sur sino que, una vez entre nosotros, desarrolló una labor verdaderamente importante de estudio y difusión de nuestra literatura. 

Testimonio de ello, sus lúcidos ensayos sobre la obra de Ramos Sucre, Salvador Garmendia y su inapreciable antología de El Techo de la Ballena, entre otros escritos menores recopilados luego en el volumen "Estudios de literatura venezolana" publicado por Monteavila a principios de los años 90.

De mayor envergadura aún fue la creación, con el apoyo del Estado venezolano, de la formidable Biblioteca Ayacucho donde se reúne lo más importante del pensamiento y la literatura hispanoamericana desde la época precolombina hasta los albores del siglo XXI y que aún se mantiene vigente y publicando títulos indispensables para entendernos como continente. 

Otra empresa de no menor importancia fue la publicación de la revista Escritura, con el apoyo de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela en trabajo mancomunado con el profesor Rafael Di Prisco y que puso al día los estudios literarios realizados con rigor y acuciosidad dentro del ámbito universitario continental.

Tanto él, como otro gran crítico uruguayo, Emir Rodríguez Monegal situados en planos divergentes con respecto a sus objetos de estudio pusieron al día a los lectores con respecto al movimiento que desde los años 60 vivió la narrativa de América Latina, no desde la simple gacetilla bibliográfica, sino desde el estudio profundo de obras y autores, sus características y lo más importante sus raíces y su relación con el entorno. 

Hoy que se suele "acuñar" nueva terminología a lo ya sabido, más para confundir que para iluminar, en materia de literatura y sociedad, se tiende a olvidar que su libro "La ciudad letrada" es pionero en el estudio de cómo la formación de la urbe fue modificando la relación entre la sociedad y su literatura, todo escrito de manera directa, sin eufemismos, ni terminologías supuestamente novedosas, atendiendo al axioma de Tzvetan Todorov: "La literatura ha de tratarse como literatura".

No dudo ubicar a Ángel Rama al lado de Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas, Pedro Henríquez Ureña o Raimundo Lida, estudiosos para quienes la cultura es bien social y la pulcritud de estilo una forma de cortesía, hoy lamentablemente perdidos, como todo lo demás.

martes, 28 de abril de 2026

Maestro Orlando


-Manuel Cabesa-


Con la partida de Orlando Ascanio, este martes 28 de abril, baja el telón para una de las personalidades más significativas de la historia del teatro aragueño y nacional. 

Figura imprescindible dentro de una generación que contra viento y marea hicieron de la representación escénica una fe de vida, más que profesión u oficio. 

Junto a otros visionarios como Ramón Lameda, Enrico Terrentín, Roger Rodríguez, Claudio Castillo, Julio Jauregui, Alejandro Fuenmayor, el maestro Ascanio se mantuvo fiel a los postulados de su vocación: director, dramaturgo, docente, en cada área brilló por su pasión y su entrega. 

Su principal legado: El Teatro Estable de Villa de Cura, benemérita institución que a lo largo de varias décadas supo mantener su vigencia y convertirse en una de las agrupaciones de teatro regional más importante del país recibiendo el reconocimiento de la crítica y el público en festivales y temporadas.

Activo hasta el final, sin perder el sentido del humor, Orlando Ascanio se va con el aplauso y el cariño de quienes lo conocimos y de quienes recibimos durante mucho tiempo la bendición de su amistad.


mcabesa, 28/04/2026


***


Dime que es mentira tu adiós 

Que este lamento de chicharras

no tiene que ver con tu partida.


Dime que aún sigues en pie

renovando la poesía 

hecha sangre y huesos

levantando el telón 

a nuevos mundos 

y desafiando la modorra 

de "creadores consagrados".


Dime, Orlando, 

que no te has ido

que tu luz seguirá guiando 

los caminos del verso 

hasta volverlo hombre, 

mujer o alma

y se haga teatro, rebelde, palpitante, eterno.


Ninfa Monasterios Guevara

La poeta descalza

Marcos Veroes, presencia impalpable y mesurada: “La escritura es una forma de vida”


Una de las cosas que debe tener presente el creador es que es tan efímero y pasajero como cualquier otro ser humano. Esa debe ser parte de la percepción: saber que no somos eternos y no estamos aquí para imponernos por encima de los demás


Texto y fotos: Rafael Ortega

Tras haber publicado su primer libro de narrativa, titulado Vencedores (La Liebre Libre, 1993), Marcos Veroes (Barquisimeto, 1965) sintió la necesidad existencial de expresarse a través de la poesía. “El cuento ya no tenía el asidero lo suficientemente sólido como para sostenerse en su construcción”, comentó. Fue así como inició un recorrido que lo llevó desde los relatos extensos, con pretensiones de convertirse en capítulos de alguna novela, pasando por los cuentos breves hasta que “por cuestiones de vida y por la dinámica citadina” desembocó en la poesía “porque la palabra tiene una contundencia, mientras que en el cuento la contundencia de la palabra no es tan profunda. En un poema, el ritmo es más pausado, pues la palabra lo exige”.
—¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
—Las primeras lecturas fueron caóticas, pero las que vienen a mi memoria son principalmente con las cuales tuve contacto en el liceo y, por supuesto, esas cosas que también llegan a través de la familia. Para mí es inolvidable la imagen de Sherlock Holmes, gracias a mi mamá, pues a ella le gustaba mucho ese género policiaco hasta el punto de devorar con saña las novelas de Ágatha Christie. De allí pasé a leer los inevitables poemas de amor de Pablo Neruda y más adelante me fui topando con otros autores por casualidad, como sucedió con Julio Cortázar. Resulta que mientras ayudaba a un tío en una mudanza, me puse a revisar unos libros de los que pensaba deshacerse y entre ellos estaba Bestiario. Yo ni siquiera sabía quién era Cortázar y al encontrar ese libro empecé a leerlo para ver cuáles eran las razones para botarlo y finalmente opté por guardarlo para mi biblioteca personal.
—¿Participaste en algún taller literario?
—En varios, en talleres de narrativa y de dramaturgia. Participé en un taller de narrativa dictado por Orlando Chirinos y de esa experiencia quedó una gran amistad con él y con el resto de los talleristas, y en dramaturgia estuve con Néstor Caballero, aunque este taller se truncó por problemas de tipo administrativo, pero más tarde continuó en Caracas, en otra institución.
—¿Consideras que los talleres son fábricas de escritores?
—No, yo creo que los escritores caen por sí solos en esa forma de vida. Al final, la escritura tanto para los autores no publicados como los publicados o “consagrados”, como quiera llamárseles, es eso: una forma de vida. Hay gente que pasa por un taller literario y al culminarlo más nunca tiene que ver con la escritura porque eso no forma parte de su vida. No es una necesidad orgánica como para otras personas.
—¿Cuáles temas te motivan a escribir?
—Los temas pueden ser muchos, como el del ineludible amor, el tema de la muerte, el tema de la vejez, pero el mejor tema es la lectura; es decir, los autores que me agradan son los que me impulsan a escribir. Autores con los que uno consigue una frase, un verso, una oración que nos dispara ideas, que nos hace pensar en otras posibilidades, y te hace arrancar con ese sufrimiento que es la escritura de algo que tenga forma y sentido, que tenga algún soporte del cual uno pueda decir: “Mira, estoy escribiendo esto”.
—Aparte de lectura, ¿de qué otras fuentes te nutres para escribir?
—Se me hace difícil relacionarme con otras artes para efectos de la creación. Yo parto de un momento de inspiración en medio de la lectura. Claro, hay circunstancias, hay hechos, hay palabras que se escuchan en la calle y uno dice: “Esto es poesía”. Los personajes se encuentran en la ciudad, en cualquier calle, en un autobús, quienes sin proponérselo hablan un lenguaje poético.
—A tu criterio, ¿cuáles escritores venezolanos son fundamentales?
—Fundamentales hay muchos, pero entra en juego el asunto de la discusión. Allí tenemos a Ana Enriqueta Terán, Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, Eugenio Montejo, Yolanda Pantin, Edda Armas... la lista de escritores venezolanos en el área de la poesía es larga; y en el área del cuento están Ednodio Quintero, Oscar Guaramato, Antonio Márquez Salas, Guillermo Meneses...
—¿A qué atribuyes que los escritores venezolanos no sean tan conocidos en el exterior?
—Es escabroso este tema porque es algo que puede analizarse desde distintos puntos de vista: el de los padres y representantes, de los maestros de las escuelas, de los profesores de los liceos y las universidades, de los titulares de los organismos del Estado, de los medios de comunicación, porque si los escritores venezolanos no son personajes reconocidos ni tienen representatividad dentro de la sociedad es porque esa figura es disminuida al 99,99 por ciento. Resulta difícil aceptar que en un país como el nuestro, que posee una variedad de medios de comunicación, la figura del escritor no tiene el peso ni la espesura que debería tener en cualquier otra congregación de seres humanos. Creo que eso parte de allí, fíjate que nuestras escuelas tienen un gran defecto: todavía se estudia con el texto de Hurtado, y no es que tenga algo en contra del autor, sino que no es posible que veinte años después de haberme graduado todavía se siga hablando de Doña Bárbara como la novela más representativa, más actual y más moderna de nuestro país. Tal vez, eso pudo haber sido cierto, pero después de Rómulo Gallegos han nacido y han publicado otros autores. Entonces, el asunto debe ser analizado desde varios ámbitos, desde la promoción, pasando por la escuela, por el hogar, por las editoriales y por el Estado.

—¿Es difícil ser escritor en un país de pocos lectores?
—Bueno, sí. Es casi utópico. Una de las cosas que nos proponemos a través de los talleres de literatura es básicamente la formación de lectores. Y cuando hablamos de formación de lectores no queremos decir “lectores profesionales”, sino personas que le dediquen un tiempo al ejercicio de la lectura, desde el punto de vista de la distracción. Porque como bien lo dice Ernesto Sábato en uno de sus libros: “La lectura es como el sueño” y eso nos brinda tanto una sanidad mental como un equilibrio psicológico para poder soportar la realidad, que muchas veces supera a la ficción, pero que nos ayuda a entender.
—¿Las instituciones del Estado ofrecen ayuda al escritor?
—Últimamente, se ha querido dar un impulso a la literatura contemporánea. En Guatire se inauguró una imprenta que produce cinco mil libros por hora y ahora en cada estado hay una, a través de la Red de Escritores y otras asociaciones que se han ido creando. Me parece que ése es el primer paso. El Estado está sufriendo transformaciones y una de ellas es que la educación y la cultura vayan más allá de un salón de clases o una biblioteca.

—¿Cómo percibes la presencia de la mujer en el mundo de la literatura?
—Sin caer en el tema del machismo y el feminismo, la presencia de la mujer en la literatura es positiva porque es una manera distinta de ver el mundo, de apreciar la dinámica humana. Te lo digo porque, por ejemplo, la visión erótica del hombre, en algunos puntos, es distinta a la visión erótica de la mujer. Eso si hablamos desde el punto de vista del común, pero si hablamos de los escritores, hay más puntos de encuentro que puntos divergentes. Entonces, claro está, cuando leemos a Luz Machado, decimos: “Diablos, ¿por qué esto no lo escribió un hombre?”. No, porque es una sensibilidad, que estaba dispuesta para eso en ese mismo momento. Todos sabemos que Luz Machado no fue una escritora prolífica, pero todo lo que escribió lo hizo con un buen ojo poético. Lo mismo pasa con Blanca Strepponi, Yolanda Pantin y con cualquiera de nuestras escritoras que abordan tanto puntos de encuentro como divergentes.
—¿Cuáles obras de la literatura universal recomendarías?
—Sandokan, de Emilio Salgari;Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne... hay que disfrutar de esas lecturas que de una u otra forma nos van construyendo como seres humanos. También los novelistas rusos son ineludibles, Crimen y castigo, de Dostoievski, una obra que nos confronta con lo que debe ser la moral y la ética; Emile Zolá; en fin, serían tantos que tal vez cometa el más típico acto de injusticia al olvidar alguno de ellos.
—¿Cómo ves el panorama literario actual en la región?
—Lo veo lleno de prepotencia y carente de humildad a la hora de asumir el trabajo de la escritura porque hay autores en el estado Aragua que creen que porque les publicaron en una revista literaria o porque les editaron un libro aquí o en cualquier otro lugar tienen “derecho a” y pienso que no debe haber persona más humilde que los creadores, porque una de las cosas que debe tener presente el creador es que es tan efímero y pasajero como cualquier otro ser humano. Esa debe ser parte de la percepción: saber que no somos eternos y no estamos aquí para imponernos por encima de los demás. A pesar de todo, creo que el panorama regional luce optimista, no diría positivo porque obviamente debe haber un esfuerzo que vaya dirigido a conseguir bienes comunes, pero yo entiendo que la escritura es un trabajo solitario y al escritor le cuesta sentarse con otros para hacer un proyecto común.
—¿Qué opinas de las nuevas tecnologías?
—Es como una Torre de Babel, todo el mundo se encuentra allí, en el mismo lugar. En Internet desarrollamos una conversación con alguien que está al otro lado del mundo, pero es tan irreal que después de que uno se levanta de la silla surge la interrogante: ¿en verdad era un ser viviente el que estaba del otro lado? Entonces, las nuevas tecnologías te ayudan, pero también te crean ese sentimiento de ser un personaje ficticio tanto para el otro como para el computador mismo, porque la palabra virtual es muy rica en su significado: ahora tenemos una realidad virtual y una realidad real. Por eso las nuevas tecnologías son como un cuchillo de doble filo.
—¿Piensas que la Internet suplantará la imprenta?
—Me parece imposible. Cuando uno está trabajando un texto se necesita del papel impreso para la revisión, la corrección o para darle el sí definitivo y eso no se cumple frente a la pantalla. El computador no te ofrece esa calidez que te da la hoja de papel.



Pluma y libreta


Ya no concibo pasar mucho tiempo sin escribir una línea. Mis compañeras son una pluma y una libreta. Agradezco a todas las fuerzas divinas de la creación por permitirme usar el don de la palabra y pienso que es una ayuda para vivir. En medio de un dolor, me siento a escribir y cuando me levanto del asiento lo hago con un peso menos

Manuel Cabesa, una biblioteca fundada en la memoria: “Amor y poesía: energías que mueven el mundo”


El escritor no debería pensar en los lectores de verdad, sino preocuparse por hacer las cosas bien y si por casualidad hay lectores, bienvenidos sean. Yo sé que Venezuela no es un país de grandes lectores, pero con los pocos que hay, siempre y cuando sean inteligentes y sensibles, yo creo que es suficiente



Texto y fotos: Rafael Ortega

Proveniente de Caracas, a principios de los años noventa llegó a Maracay cargado de historias y con un libro de poesía bajo el brazo: Vida en común, publicado por la editorial Fundarte en el año 1985, para formar parte del equipo de trabajo de la Biblioteca Pública Agustín Codazzi, donde coordina la Sala Audiovisual. Manuel Cabesa (Caracas, 1960) es poeta, narrador y ensayista, además de ser un lector empedernido que colecciona libros y papeles de una manera ritual. Desde hace varios años dicta talleres de poesía y narrativa auspiciados por la Secretaría de Cultura y otros entes culturales del estado Aragua, donde ha publicado la mayor parte de su obra literaria.
—¿Cuáles lecturas te atraparon en tu juventud?
—Siempre me llamaron la atención los libros y la lectura, a pesar de que no tuve una educación como la de otros niños cuyos padres les leían cuentos infantiles. Aprendí a leer con las tiras cómicas. Y creo que eso tenía que ver con la necesidad de vivir fuera de la realidad. Primero fueron las comiquitas, después Julio Verne y, más adelante, la poesía. Recuerdo mis días en bachillerato, tendría yo unos trece o catorce años, cuando nos hacían leer aquellas glosas y elegías espantosas hasta que un día descubrí un libro de Juan Calzadilla, del cual me llamó la atención el título: se llamaba Manual de extraños. En aquella época, un libro costaba dos bolívares. Fue así como, al leer aquella obra, me di cuenta de que un autor podía escribir a su manera: el verso largo y con un lenguaje muy coloquial, y yo pensé: Bueno, si este tipo puede hacer esto, yo también. Entonces, quien me abrió el mundo de la poesía, sinceramente, fue Juan Calzadilla. A partir de esa lectura comencé a escribir, por supuesto, cosas muy malas. Pero, como le sucede a todo escritor, uno empieza como jugando a querer ser escritor y luego te vas quedando hasta que empiezas a asumir que es una responsabilidad seria y tienes que alimentarte, tienes que leer a los maestros. Después me desdije, comprendí que Calzadilla no era ningún loco, el loco era yo que no sabía lo que valía su poesía. Más adelante, en el camino me he encontrado con muchos amigos que me protegieron, me leyeron y me prestaron libros. Conocí en los años ochenta a Oswaldo Trejo, quien me adoptó como si fuera un hijo y gracias a él conocí a Antonia Palacios y a Alfredo Silva Estrada y poco a poco se fue armando una especie de “fraternidad poética”, como la llamaba Silva Estrada.
—¿Consideras que los talleres literarios son fábricas de escritores?
—De verdad, no. Eso depende de quien lo maneje. Más que incentivar la escritura, en mis talleres me he dedicado a motivar la lectura. A mis talleristas les hago descubrir libros, poetas, autores que repente no son muy conocidos, que en el liceo ni en la universidad han oído nombrar, y el taller se convierte en la oportunidad de conocerlos y de compartirlos con otras personas que están en la misma búsqueda. Un coordinador de taller muy estricto o muy soberbio impone cierto tipo de escritura. Yo considero que no debería ser así. El taller es para expandir la mente. Por eso en un taller hay poetas que brillan con luz propia, que descuellan primero que los demás, mientras que hay otros que se quedan atrás, pero tanto a los que van adelante como a los que van detrás lo único que debe interesarles es tener su propia voz, su manera de hacer las cosas.
—¿Cuáles temas te motivan a escribir?
—En principio, el amor. Casi todos mis textos son poemas amorosos y en los cuentos he trabajado mucho el motivo sin querer ser un Corín Tellado. Pienso que el amor y la poesía son las dos energías que mueven el mundo. Si Dios existe, se refleja en la relación amorosa y se refleja en la escritura.
—Tienes obras publicadas como poeta, como narrador y como ensayista, ¿con cuál género te expresas mejor?
—Eso depende del ánimo, del momento. Escribir artículos de prensa, preparar conferencias y hacer ensayos se me hace mucho más fácil, aunque parezca contradictorio, porque allí yo comunico ciertos conocimientos y sentimientos a todas las personas que conozco y a las que no conozco también, mientras que la poesía es un proceso mucho más íntimo. Me considero muy duro para escribir poesía, me cuesta hacerlo. Y cuando la escribo, me cuesta mucho mostrarla, porque la corrijo muchas veces. Me inicié como poeta siguiendo la coyuntura natural de todo aquel que comienza a escribir. Se empieza escribiendo poesía porque pareciera que es lo más fácil de hacer hasta que llega el momento que te das cuenta de que la cuestión no es un juego. Hay que tomarse bien en serio la poesía. Y la narrativa aparece en un momento de mi vida cuando sentí que la poesía no podía decir lo que quería decir. Entonces busqué los caminos de la narrativa porque había cosas que ya no podían entrar en un poema. Por otra parte, empecé a escribir ensayos por casualidad, porque tengo amigos periodistas que muchas veces me pedían trabajos para periódicos y le fui cogiendo el gustico a la cosa y me quedé.
—Aparte de la lectura, ¿de cuáles otras fuentes te nutres para escribir?
—El cine, me considero más cinéfilo que melómano, lo que no quiere decir que no me guste la música, pero después de la lectura, el cine es una fuente de información y de inspiración completa, y más atrás vendría la música, no necesariamente tendría que ser Beethoven, sino cualquiera que me haga entablar una comunicación con la melodía, podría ser hasta un rap.
—¿Cuáles escritores venezolanos son fundamentales?
—Francisco Massiani, Eugenio Montejo y José Antonio Ramos Sucre son referencias esenciales, al igual que Guillermo Meneses y Juan Sánchez Peláez, a quien tuve la suerte de conocer y su presencia emanaba una energía que muy pocas veces he visto en otras personas, era un mago. También mencionaría a todos aquellos poetas de la generación de los sesenta: Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Alfredo Silva Estrada y Oswaldo Trejo. Creo que es absolutamente necesario leerlos y tenerlos cerca. Me parece inconcebible que un poeta joven no conozca a sus maestros. De mi generación, está Alberto Barrera Tyszka, que ganó el premio Herralde, a quien siempre consideré como un excelente escritor y el Herralde vendría a ser la consolidación de una idea que yo tenía desde hace tiempo. Y aquí, en Aragua, hay unas cuantas personas que vale la pena leer, por ejemplo, Erasmo Fernández, quien me parece uno de los poetas más importantes, no sólo de Aragua, sino del país en general; y tenemos a Astrid Salazar, que a pesar de ser una muchachita de veintitrés años tiene una obra contundente.
—¿A qué atribuyes que los escritores venezolanos no seamos tan conocidos como los de otros países?
—Aunque eso aparentemente se está reparando, siempre ha faltado una buena política de promoción que debería bajar desde el Estado. El Estado debería proteger a sus escritores, no en el sentido de darles becas ni subsidios, sino promocionando y distribuyendo sus libros. En 1996 estuve en México y visité como cinco librerías y el único libro de un autor venezolano que encontré fue Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y entonces en aquellos días me preguntaba: ¿qué hace el agregado cultural de Venezuela en la Embajada de México que no está trayendo libros venezolanos para que se distribuyan en las librerías mexicanas? Sería interesante que cualquier mexicano pudiera acceder a un libro de José Balza o de Oswaldo Trejo u otro autor.
—Aparte de los talleres que dictas, también organizas círculos de lectura a escala regional, ¿es una manera de asumir el reto de ser escritor en un país de pocos lectores?
—Lo de los círculos de lectura forma parte de una política de Estado para la motivación de la lectura, de ahí sale también que regalen el Quijote y Los miserables. Y en cuanto a lo de asumir el reto, pienso que uno, como escritor, no debería pensar en los lectores de verdad, sino preocuparse por hacer las cosas bien y si por casualidad hay lectores, bienvenidos sean. Yo sé que Venezuela no es un país de grandes lectores, pero con los pocos que hay, siempre y cuando sean inteligentes y sensibles, yo creo que es suficiente.
—¿Cómo percibes la presencia de la mujer en el mundo de la literatura?
—En los últimos años ha habido en nuestro país un boom de mujeres escritoras, sobre todo poetas. No sé qué pasaba en décadas anteriores, pero a partir de los años ochenta ha habido un florecimiento en la literatura escrita por mujeres, no voy a decir literatura feminista porque eso es otra cosa. Y entre esa literatura escrita por mujeres tenemos a personas extraordinarias como Victoria de Stéfano, que para mí es una de las mejores novelistas de América Latina, quien empezó a escribir después de los cuarenta años, después que crió a sus hijos, se jubiló de la universidad, se dedicó a la escritura y es una novelista excelente. Y en poesía, allí tenemos a Yolanda Pantin, y aquí en Aragua también hay mujeres escribiendo, que son amigas nuestras: Rosana Hernández Pasquier, María Luisa Angarita, Astrid Salazar, Gloria Dolande, entre otras. Pareciera que las mujeres también decidieron tomar la fuerza, la energía, de ser escritoras... así como los hombres hemos asumido la cocina, las mujeres asumieron la literatura.
—¿Cómo ves el panorama literario en Aragua?
—Tengo trece años en el estado Aragua y he notado un gran movimiento de escritores, sobre todo jóvenes, coincidió mi llegada a Maracay con el florecimiento de la literatura en Aragua. En parte, en eso tienen que ver los talleres literarios. Hay que reconocerle a Harry Almela y a Rosana Hernández el trabajo que hicieron para ubicar muchachos que empezaron a escribir a partir de los talleres. Eso me emociona porque no sólo se está escribiendo, sino que existe una relación entre nosotros. Contamos con una página importante en Internet como Letralia, de Jorge Gómez Jiménez, donde se ha abierto una brecha.
—¿Cuáles autores de la literatura universal recomendarías?
—Eso depende, ahorita estoy pegado con Laurence Durell, pero lo primero que le recomiendo a un adolescente es a Julio Verne y Robert Louis Stevenson, porque son los libros que despiertan las ansias de querer leer más. Hay autores que son imprescindibles, como Ernest Hemingway, Malcolm Lowry, William Faulkner, James Joyce...
—¿Cuál es la función de un escritor?
—Escribir bien. Cuando digo eso no quiero decir que se trata de escribir como lo dice cualquier manual de gramática. Me refiero a ser sincero, preciso y tratar de expresar los sentimientos a través de la palabra escrita. Lograr que al otro que está frente a la página se le despierte algo en su corazón.

—¿Las instituciones del Estado aportan ayuda al investigador?
—La Biblioteca Nacional lo hace, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos también, pero las universidades le dan una pauta a los investigadores donde hay una serie de normativas que entorpecen el trabajo. Conozco excelentes estudiantes del Pedagógico que deben regirse a una manera de escribir dictada por una pauta que da la institución, donde la libertad de imaginación queda coartada.
—¿Qué opinas de las nuevas tecnologías?
—Opino como Umberto Eco, la Internet ha abierto espacios que antes eran inéditos. Es muy difícil, por ejemplo, encontrar un libro de William Faulkner en cualquier librería de Maracay, pero te metes en Internet y consigues su bibliografía y hasta fotos, lo cual acerca el autor al público.
—¿Algún día los libros virtuales suplantarán a los libros tradicionales?
—Sinceramente, no lo creo. No porque yo sea un reaccionario que está en contra de la tecnología, sino porque en la lectura hay una especie de intimidad, de relación personal con el libro, porque el libro no es sólo lo que está escrito dentro de él, también es el libro como objeto, aquella cosa cariñosa que tú le tienes al libro. Existe una relación de amor con el libro como objeto. Existen maniáticos, como yo, que les gusta coleccionar libros, entonces, no creo que las computadoras, siendo éstas unas herramientas utilísimas, lleguen a suplantar al libro.
—¿De qué manera influyó el boom latinoamericano en los escritores venezolanos?
—Aquí hubo un libro que revolucionó los años sesenta que se llamó Rayuela. Una noche, mientras cenaba con Carlos Noguera, presidente de Monte Ávila, yo le decía que si Julio Cortázar no hubiese publicado Rayuela, quizás él no hubiese escrito Historias de la calle Lincoln, y lo reconoció. El boom de los sesenta: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, no sólo influyó a muchos escritores venezolanos, sino que en todo el orbe latinoamericano hubo una toma de conciencia de que se podía escribir con ciertas libertades; como es el caso del escritor cubano Severo Sarduy que demostró que escribir también podía ser una especie de goce erótico, que las palabras podían ser algo majestuoso. La influencia continúa, hay nuevos autores latinoamericanos, como Jorge Franco, de Colombia; Luis Antonio Parra, de México; Santiago Roncagliolo, de Perú, ganador del premio Alfaguara de este año, quienes dejando atrás el lenguaje totalizante que utilizaron los autores del boom, están en la palestra en estos momentos. Gracias al boom se armó una tradición que antes no existía, o que existía, pero en casos muy aislados: Juan Rulfo en México, Juan Carlos Onetti en el Uruguay, Lezama Lima en Cuba. De repente hay una conciencia latinoamericana y los venezolanos y el resto de los ciudadanos latinoamericanos nos damos cuenta de que formamos parte de una sola nación, donde impera la lengua castellana, y eso se lo debemos a Carlos Fuentes. Nos dimos cuenta de que podíamos escribir en Venezuela, en Maracay para ser preciso, y que cualquier cubano o cualquier argentino nos lee.



Testimonio de vida


La escritura es una forma de comunicación y creo que es la primordial. Uno escribe para decir cosas importantes o que tienen que ver con la mayoría de los seres humanos, más allá de la noticia. Uno escribe no sólo para ser leído, sino para dejar una heredad, un pedazo de testimonio de vida y también crear una especie de fraternidad.

lunes, 27 de abril de 2026

Dos relatos de Jhonatan Sarmiento


Alberto del Rosario


Las cadenas aguardan en las muñecas de un hombre que se durmió en la salvación. Alberto del Rosario Mejías, el nombre de la percepción en las playas de Lechería, se transformó en una bestia de amor amargado y vacío; sin nada que decir, lo hizo y ya.

Alberto es un hombre que vive con una familia cerca de Caracas. Su esposa, María de Mejías, lo espera con un pastel en su «mesa de los deseos», rodeada de sus hijos pequeños, tan tiernos, que llaman a su padre: «papá, el héroe de todos».

Una noche, sin más que agregar, Alberto se marchó de casa en su viejo Toyota de antaño. Con sus zapatos Adidas del 23 pisó los pedales y dejó a la familia, antes estable, debajo de una mesa. El din, din, din de la puerta abierta del carro lo vuelve más cano; sus manos están empapadas en sangre y la camisa revolotea con manchas benditas e inocentes sobre su corazón de «buen padre».

Se dirige a Barcelona con su motor a punto de descansar. Alberto se detiene en una gasolinera llamada «El Progreso». Mientras el tanque saborea el combustible, él paga con una sonrisa y, sin decir nada más, suelta un: «gracias, muy amable». Se monta en el coche y el run acelera; toma la carretera de prisa para llegar a Lechería, la playa de la Italia Venezolana

Al amanecer, los primos de María encuentran los cadáveres regados por toda la casa; la estabilidad del hogar ahora es el epicentro de un corazón amargo. Mientras tanto, Alberto «progresa» como la gasolina en sus venas y llega tranquilamente a su destino. Se detiene a comer una empanada de carne que sacia al hombre maldito de sus cadenas. La salsa de ajo evoca la claridad del pastel lleno de azúcar; la malta fría se siente como el acto del cuchillo en los senos. En Caracas, la casa aún espera por el héroe de todos.

Alberto se despoja de la ropa y se sumerge en el mar. Se quita el sucio pulido de las lágrimas del hogar, sintiéndose feliz en esas horas de «salvación» hechas de carne tirada en la cocina. Nada como un baño de sal tras el baño de sangre en la mesa ahorcada de Caracas. Sin nada más que decir, se hospeda en el hotel Maremares. Con el dinero sucio extraído del rincón de la cama y el Cristo susurrando en su palma, paga la habitación. Se queda dormido con el peso del anillo en el dedo y el bautizo del milagro en sus brazos

La brisa se acomoda en las ventanas de la miseria. La playa contagia sonrisas de niños y madres en un hotel que ahora aloja a un asesino suelto. Alberto despierta en su «Domingo de Gloria» ante una mesa rebosante. El aroma del ceviche "vuelve a la vida" inunda sus narices llenas de polvo de ángel; mastica la sabrosura del redentor en su boca. En su estómago imagina el canto de su hijo debajo de la mesa: sangre idiota… vuélveme la vida…

Se viste para ir a una misa cerca del hotel. Llega a la iglesia bajo el sonido de campanas a fuego lento. Los devotos se agrupan frente al altar de Jesucristo. Alberto entra con colores en las manos y el estómago lleno de calamares. Se arrodilla y exclama:

—Padre, perdón, porque he pecado en los mares llenos de carne bendita, debajo de la mesa del buen Dios. Padre, perdón, pero me siento… me, me, me siento rodando por el sacrificio eléctrico en la cama de la divinidad.

De pronto, una sirena suena como las trompetas del cielo; «El Progreso» ha llegado a su fin. Los recuerdos se fragmentan. La policía entra en la iglesia y lo encuentra arrodillado frente al altar. Sin forcejear, con la mirada perdida, Alberto se deja vencer por las manos de la justicia. Le colocan las esposas junto a su anillo brillante y lo escoltan a la patrulla de la salvación, encadenado de muñecas.

El carro quedó como un hilo suelto en la carretera de Caracas.


***


Amanda


Durante el transcurso del mes, empecé un nuevo semestre en la Universidad de Carabobo. Allí conocí a una linda chica llamada Amanda. Ambos asistíamos al núcleo La Morita; yo para estudiar Contaduría y ella Bioanálisis.

Solíamos hablar durante las horas libres. Un día, empecé a hacerle preguntas personales; reconozco que me pasé un poco al preguntarle sobre sus padres, si se llevaban bien y si tenía novio. La verdad es que ella era una chica de casa y no tenía pareja, lo cual me alegró. Sin embargo, me invadió una pequeña tristeza al enterarme de que su padre había muerto y que su madre, según dicen, estaba en rehabilitación. Yo no sabía nada de esto, así que le pedí perdón por aquellas preguntas que resultaron ser un puñal para ella. Por suerte, no se molestó ni se puso triste; al contrario, me dijo que buscaba a alguien para desahogarse y me sentí afortunado de ser yo quién escuchara su historia

Me fue contando cosas profundas que de verdad me impactaron, pero no era el momento ideal para terminar la charla, ya que el tiempo del receso se había acabado. Lo poco que llegó a decirme fue que su padre murió en un accidente y que se rumoreaba que su propia esposa —la madre de Amanda— lo había provocado. Aquello me dejó helado y con ganas de saber más. Ella me prometió que me lo contaría todo al terminar las clases y que la esperara afuera. 

No pude concentrarme en toda la tarde; estaba realmente intrigado.

Cuando dieron las cinco de la tarde la espere afuera pero no llegó y fue raro, la busqué en su salón, pero no estaba. Les pregunté a sus amigas y me dijeron que se había ido sin decir nada. Me extrañé y empecé a buscarla por todo el recinto sin resultados. Me desesperé porque no sabía dónde vivía, pero logré calmarme pensando que volvería al día siguiente.

Al llegar a casa, me desvestí y me preparé algo caliente porque tenía un frío descomunal. También tenía hambre, así que hice un pequeño revoltillo con lo que quedaba en la nevera. Me lo comí pensando en Amanda... y pensaba... y pensaba. Terminé mi cena y me acosté, no sin antes rezar un poco.

A la mañana siguiente me levanté con algo de fatiga; sentí el piso frío bajo mis pies dormidos, pero debía estudiar antes de irme. Me preparé unos tocinos fritos y comí rápido porque tenía examen y, como siempre, no sabía nada. Al llegar a la universidad, busqué a esa joven preciosa, pero nadie la encontraba. Ni siquiera los profesores sabían por qué faltaba. Me preocupé tanto que hablé con el director, pero él ya sabía que Amanda no había asistido; no había reporte de enfermedad ni justificativo alguno. 

No sabía qué hacer. No conocía su dirección ni con quién vivía, más allá de lo que me contó sobre sus padres. El rumor ya corría por los pasillos, pero nadie le daba importancia. Me dirigí al salón. En el receso, me senté solo en un banco; no pude probar ni la galleta que guardé para la merienda.

Al terminar las clases, regresé a casa agobiado por las tareas. Me desvestí y encendí la televisión para desconectar. Pasé el canal 4, luego el 5, y de pronto me encontré con un noticiero:

"En la mañana de este martes 26 de abril de 2026, se encontró un cuerpo a las orillas del Lago de los Tacariguas, oculto bajo el Puente de la Cabrera . La víctima ha sido identificada como Amanda Guerrero. Fue brutalmente asesinada con un objeto punzante. Las autoridades han descubierto que el autor del crimen fue su madre, Leonora de Guerrero, quien posee antecedentes penales por robo a mano armada y era sospechosa de la muerte de su esposo. Según los informes, la mujer confesó haber matado a su propia hija mientras dormía en casa de su abuela, quien también fue asesinada. Hasta el momento, se desconoce el motivo detrás de esta macabra decisión."

Sentí un peso muerto caer hasta mis pies; un frío y helado de miedo recorrió todo mi cuerpo. No podía creer que la joven más hermosa que había visto en toda mi vida, había sido asesinada por su propia madre. Aquella mujer, sumida en la locura, le había arrebatado la vida a la misma persona que solo buscaba un poco de paz.

La semántica del fósil (o Tratado de límites entre el genio y la locura)

-Leonardo Maicán-



Yo no quiero ni triunfar ni fracasar, yo estoy detrás del sonido de la obra

Orlando Guerra



Hijo de Carmen Ojeda, una indígena apureña de la etnia pumé, y de Virgilio Guerra, un exiliado cubano que llegó a Venezuela tras la caída del régimen de Batista, el etégena Orlando Alfredo Guerra Ojeda pegó su primer grito en San Fernando de Apure, una mañana de septiembre de 1960, día de Nuestra Señora de Las Mercedes. A las pocas horas de haber nacido creó su primera obra: manchó de colores ocres un blanco guayuco de algodón que su buena madre le había puesto. Comenzó a colorear y a trazar líneas alrededor de los seis años. Fantasioso e imaginativo, el niño Orlando hacía sus propios carritos y barquitos con latas de sardina, artificios lúdicos con los cuales cruzaba las antípodas de la esfera terrestre y los lejanos mares magallánicos. Me lo imagino correteando por el patio del colegio Creatividad Infantil "Juan Lovera", donde recibió sus primeras luces, en su tierra natal. Curioso él, vivaracho, prosisto, inteligente, observador, descubriendo el fascinante mundo cromático en cada aleteo de pájaro volando, en cada pétalo de cayena fraganciosa y de cárdenos matices, en cada estirpe de palmera, las hojas sacudidas por el viento franco, de silbo triste. Descubriendo el mundo con sus grandes ojos aguarapados y saltones.

Ese mismo viento franco y de entristecido silbo lo trajo al estado Aragua, como si él, Orlando Guerra, fuese águila de altivo vuelo, o hábil colibrí de corazón grande y brioso palpitar. De eso hace ya una pila de años. En estos valles de samanes y araguaneyes cursó estudios en la Escuela de Cerámica Indígena, en La Victoria, así como en la Escuela de Artes Visuales "Rafael Monasterios", en Maracay. En esta última ciudad, en un acto de amor, Orlando Guerra pintó hacia 1990 un hermoso mural en la avenida Casanova Godoy. Al respecto, señaló: "Lamentablemente, la propaganda de los partidos políticos y los grafiteros acabaron con el mural". Pero luego de unos segundos, cambió de parecer, como río crecido en sabiduría que desborda sus verdades: "Tal vez fueron ellos (los propagandistas y los grafiteros) quienes completaron la obra".

Orlando Guerra es pintor, dibujante y escultor. Eterno estudiante de la cerámica, se considera sin embargo un ceramista frustrado. Posee asimismo una particular forma de asumir su "poiesis", una peculiar manera de "parir arte". No se caracteriza este creador por ocultar sus influencias, o en disminuir el peso que tal o cual artista ha tenido en su centro de gravedad, por el contrario, los nombra con orgullo: Wilfredo Lam, Oswaldo Vigas, Guayasamín, Henry Moore, entre otros. Me dijo: "A todos ellos los sumergí en el embudo del caos para luego entrar a la "poiesis", de donde sale O. Guerra". Este artista venezolano de contundente verbo pictórico define su oficio con estas palabras: "El pintar, el arte en general, es una profesión que tiene que ver con el séptimo sentido del ojo del invidente. Es un mirarse a sí mismo, internamente. Es como vivir al borde del abismo para plasmar los avatares del cosmos y conducirse por el camino con armonía, naturaleza y creación".

Por supuesto, no iba a quedarme yo sin despejar la incógnita del "séptimo sentido del ojo del invidente". Me explicó Guerra (parándose de la silla) que el hombre tiene, como sabemos, cinco sentidos: el olfato, el gusto, el tacto, la vista y el oído. El cuerpo humano, visto como un todo, conforma el sexto sentido. Y el séptimo sentido del ojo del invidente es sencillamente Dios, el poder creador del Supremo. De acuerdo con esto, el artista, en tanto que ser creador en constante ebullición, ha de estar en permanente comunión con el ojo del séptimo sentido, sobre todo en momentos en que el artista plástico (válido también para el poeta) se encuentra en pleno proceso de alumbramiento cósmico.

Este oficio de plasmar los avatares del cosmos llevó a Orlando Guerra a ganar en 2009 el Gran Premio Salón Nacional de Arte Aragua, con su obra "Hidromemorias", extraordinaria talla en madera de samán negro, resina y pintura. Con este trabajo, cuyo solo título es de por sí un libro abierto de reflexiones conservacionistas, Guerra se nos muestra como el humanista preocupado por el futuro inmediato de la Tierra y de todos los seres vivos, pues en "Hidromemorias" se anuncia (y se denuncia) que si no hacemos -a escala global- un uso racional del agua, la raza humana al cabo de unas pocas centurias (décadas, quizá) podría llegar a desaparecer. Para evitar que ello acontezca, debemos hacer un buen uso de la memoria, y actuar en consecuencia, pues hasta ahora sólo hemos hecho uso de su contraparte, la amnesia, y lo que es aún peor, del olvido. Y es que la amnesia puede ser pasajera, temporal. El olvido en cambio es síntoma de desidia, dejadez, entumecimiento de la memoria colectiva. Leamos lo que nos dice el propio autor acerca de "Hidromemorias": "La carencia temporal o indefinida del agua en determinadas zonas de la Tierra, y en distintas épocas, ha sido factor fundamental en la desaparición de civilizaciones, como la nazca y la maya. "Hidromemorias" es un alerta. En América del Sur tenemos el mayor reservorio de agua dulce disponible del planeta, y para nadie es un secreto que las grandes potencias tienen sus ojos puestos en la formidable riqueza acuífera de Suramérica. En lenguaje pictórico, eso es lo que dice mi obra".

De igual manera, Guerra ha sido merecedor del III Premio "Mario Abreu" del Salón Municipal de Maracay (2007), con su obra "De la serie fósiles conos y ozonos". Así como del Premio "Armando Reverón" del Salón Arturo Michelena (Valencia, 2008), con "De la serie fósiles, conos y ozonos, puntos y suturas". Y es que definitivamente el fósil, el "hueso" en madera como elemento pictórico, ha sido una constante en la obra de este creador. Fósiles y naves, estas últimas en forma de semilla (germen de la vida), quizás con la intención de decirle al mundo que él, Orlando Guerra, es un etégena venido de los insondables mares del cielo, y que busca, con la sapiencia de un paleontólogo, huellas fósiles en nuestra endeble memoria terrícola. Vestigios "orgánicos e inorgánicos" con los que Guerra, alquimista del color y de la forma, desentraña e interpreta las angustias y contradicciones del alma humana.

Sus "fósiles" se han paseado por diversas galerías, en exposiciones colectivas en Maracay, Mérida, Valencia, Caracas y Maracaibo. Actualmente, Guerra participa como artista invitado en el XXXVI Salón Aragua, con "De la serie fósiles Somalia, susurros del agua". Pero el aplauso de los colegas y de los críticos de arte no le quita el sueño, pues como él mismo ha dicho:"El taller ambulante fue un período crítico en mi vida personal, pero tuve mucho contacto con el transeúnte, la gente común, quienes son grandes sabios, y que el tiempo, la memoria y la modernidad han querido desplazarlos. Ellos viven en estas calles, son mis fanes: el mendigo, el cotufero, el raspadero, el cafecero, el vikingo, el zapatero, el limpiabotas, el chichero, el vago...Ellos aún se detienen y aplauden mis colores".

A su edad, Orlando Guerra no ha dejado de construir barcos y carritos con latas de sardina. Ahora también construye naves espaciales. Lo hace con el mismo entusiasmo de sus primeros años. Pero ahora no viaja solo: Basta mirar una obra suya para subirse a sus artificios lúdicos y cruzar junto con él las antípodas, los mares magallánicos. En ocasiones, Orlando suelta el volante, el timón, dejándonos llevar por la sabiduría del viento y de las corrientes marinas.



Nota de L.M.: La palabra "etégena" es creación mía, la inventé hace pocas semanas. Es sinónimo de extraterrestre. Sus dos primeras letras (et) derivan de "extraterrestre", y la partícula "gena" (como en alienígena) no requiere mayor explicación. Hoy la hago pública por primera vez. Es un regalo mío a la hermosa lengua castellana, ella, que tantas palabras me ha regalado.


América, 14 de noviembre de 2011


Historia de la noche y el alba

 


-Manuel Cabesa, Leonardo Maicán y Rafael Ortega-

(Ejercicio narrativo a seis manos, 2004)


I

Ahora mismo te encuentras en casa, en el dormitorio donde nacen y mueren tus sueños. Estás ahí, sentado en el taburete de siempre y la máquina te mira en silencio. Sientes escalofrío (miedo a la hoja en blanco) y el calor inmenso. De nada te valió haberte bañado con agua fría. El termómetro arde. Un segundo antes de desvirgar la hoja, pulsas el botón del ventilador. Había una vez un anciano cascarrabias que echaba humo por los oídos y culebras y mierda por la boca cuando le decían Candela en vez de Candelario, su nombre. Quieres escribir más rápido que tus dedos y tu mente te ataja: por un instante piensas en Maga, la mesera pelirroja (siempre se lo tiñe) que te vuelve loco: cierras los ojos con magia y tratas de olvidar al viejo Candela (lo congelas con muleta y todo). Sí, allí tienes a la Maga en carne y hueso (más carne que hueso) caminando de mesa en mesa y de cliente en cliente. Se ríe con los dientes y no con las mejillas. Esa minifalda de flores rojas combina con la sangre que te sube a la cabeza y te dices que la chica tendrá unos treinta años: anoche estuviste a punto de preguntarle su edad, pero te dio pena. No es que seas tímido: eres una persona discreta y moderada y educada. Sí, te la imaginas también con esa blusa marinera que le baila sobre los hombros como una rumbera. Así iba vestida anoche (tú solo te tomaste media caja de cervezas) y antenoche y todas las noches pasadas. El uniforme le cuadra mejor que a las otras. Que a Raquel, que a Marisol, que a Ingrid. Será porque eres más bonita y joven. Escribes como un tornado. No se te escapa una. Miras el reloj y las paredes te dicen que son las dos y nueve de la tarde. Sabes que tienes que darte prisa con el cuento ese del anciano cascarrabias que ahora parece cobrar nuevamente vida y avanza a muletazos hasta la pequeña plaza del barrio. Por fortuna tiene una pierna sana y vive cerca de aquí. Tienes que apurarte con el relato ese porque esta misma tarde tienes que entregarlo al licenciado Benítez, director de la revista El Piojo. Te sientes de pronto cansado, te levantas y vas directo a la nevera. Agua, vaso, hielo. Aún perdura el maldito ratón. Ahora te encuentras nuevamente frente a la máquina. Lees con ojos de crítico el relato. Te asombras con A de angustia. Alguien (durante el par de minutos que permaneciste fuera del cuarto) ha terminado el cuento acerca del anciano que está sentado en un banco junto a una mata de guásimo que sombrea su espíritu y su nostalgia. No he sido yo quien lo ha completado, piensas. No he sido yo, y entonces (desconcertado) buscas debajo de la cama y dentro del escaparate. No hay nadie en casa, excepto él. Se rinde ante la evidencia: seguramente (pensaba en la magia de la Maga) ha estado escribiendo como un autómata, o quizás (este razonamiento lo cautivó) ha podido dormirse frente a la máquina y sus pensamientos acerca de su amor secreto hayan sido —de esta manera— un sueño único e irrepetible (algo le decía que nunca más volvería a soñar con ella). Así, pues, ¡había escrito el relato mientras dormía! ¡Era un narrador-sonámbulo! Miras el azul de las paredes y el reloj grita que son las tres y nueve y el sol camina. Entiendes que tienes el tiempo medido y sales a la calle. Llevas contigo la cuartilla. Cruzas la avenida principal y tomas el norte: una, dos cuadras; cruzas luego a la izquierda (¡cómo te gusta andar a pie!). Te confieso que a mí también me gusta. A veces, cuando no tengo nada que hacer, me pongo los zapatos de goma y un mono y un bolso terciado a la espalda (en el cual llevo una cantimplora y un par de libros del siglo XVII) y camino por todos los rincones de la ciudad, desde el alba hasta el crepúsculo. Tú no te acuerdas de mí, estoy seguro de ello. Me llamo Efraín Cubillas y no tengo edad. Soy un personaje tuyo, creado por ti, a quien tú mismo malograste, aquella tarde de julio cuando me llevaste a conocer el fuego. De pronto no te gustó la historia y tiraste el papel a la papelera (hubiese preferido que la quemases). He logrado sobrevivir gracias a mi capacidad para crear. Eres, sin saberlo, un personaje de un personaje tuyo. Eres el otro. Caminas despreocupadamente por una acera anónima. Falta poco para llegar a la sede de la revista El Piojo. Entre tanto, te entretienes con la historia: Candelario Cibeles enciende un cigarrillo, fuma el mismo humo, inagotable. Dos muchachos que bajan a la escuela se burlan de él: ¡Viejo Candela, Candela, Candela! La voz del anciano salta en persecución de los chicos; esa voz acerada, como pronunciada por un hombre joven y robusto, los va convirtiendo en sapos, culebras, piedras, truenos, cebollas, poemas... Atraviesas la plaza, miras al señor Cibeles y sonríes. Lo saludas afectuosamente. El anciano devuelve el saludo, se calma. El pobre ignora que sólo existe en la historia, en el cuento, que sólo es ficción. Sí, le dijiste "hola" al viejo Candela y te detienes en la esquina. El semáforo cambia a rojo y pasas a la otra esquina (frente al bar donde trabaja la pelirroja de mentira). Miras al cielo: las nubes te responden que son exactamente las cuatro y nueve minutos (falta poco menos de tres horas para que comience la faena de Maga). Sigues de largo, entras a un pequeño e incómodo edificio y vas comiéndote (uno a uno) los peldaños del primer piso, y los del segundo, y los del tercero. Finalmente, te detienes frente a una puerta de madera, tocas el timbre. Esperas. Por tu cabeza giran ideas de cualquier calibre. Esta vez no me voy a dejar envainar con el vivo de Benítez. Le voy a decir que este cuento —a pesar de su corta extensión— es único e irrepetible. Le diré que lo creó un sonámbulo mientras soñaba. Y que ese sonámbulo soy yo. Que es exclusivo. Que vale más que los anteriores, puesto que lo escribió sin escribirlo. No le digo mentiras, señor. ¿Cuándo le he mentido? Nunca, ¿verdad? ¿Me conoce usted por neurótico? No, ¿verdad? Y das media vuelta y sales nuevamente a la calle, feliz. Sabes que con esa cantidad puedes darte el lujo de beberte una botella de exquisito whisky escocés y de llevarte a la Maga a la cama (tratarás por todos los medios de conquistarla). Ahora el tiempo se ha vuelto brusco, apetecible. Entras al bar. No ha llegado aún la chica de tus sueños (apenas son las cinco de la tarde). Pero sí están —sonrientes— Raquel y Marisol. Te sientas en la barra y pides una cerveza. Te sientes más seguro que nunca, pues dentro de dos horas verás a tu chica. De pronto, entre trago y trago, ves entrar a un sujeto moreno, de unos veinticinco años, que se sienta junto a ti. Lo miras con disimulo. Piensas que el individuo se parece —físicamente— a un personaje de una historia que tiraste hace unos días al olvido de la papelera.


II


Blanco. Blanco. Hace frío y todo es blanco. El malestar preside su razonamiento. Blanco. ¿Encontraría a la Maga? La frase viene sola, sin contexto. Hace frío. Lowry. Sí, un autor que concibe una novela que luego se transforma en su vida. Escribir. Tiene que escribir, se dice. Pero no ahora. El malestar. Hace frío. Todo es blanco.

Foto: Skarlet Boguier 


III


Pides otra cerveza que el caballero moreno insiste en pagar. Aceptas sin remilgos y le das las gracias parcamente. Tratas de improvisar una conversación que sea amena para que te ayude a matar el tiempo mientras esperas a Maga. Quién quita que este sujeto tenga algo interesante para contar. Los minutos corren a paso de tortuga y de aquella conversación improvisada no consigues extraer nada para lograr un buen relato. ¡Qué ladilla —piensas—, me salió cara esta cerveza! No entiendes por qué razón cada vez que decides entrar solo a un bar y te ubicas en la barra, siempre tiene que haber un imbécil que te cuente sus insulsas preocupaciones; como si no fuera suficiente con tus problemas existenciales: pagar el alquiler del cuchitril donde (sub)vives, lidiar con tus vecinos (que cada día te resultan más mediocres), pagar la cuenta del restaurancito de la cuadra (por la comida rancia que te fían), buscar las "atmósferas" necesarias para crear un buen relato (para que luego, al entregárselo al licenci(oso)ado Benítez, no vaya a decir que es una mierda y te saque a patadas de su oficina), soportar el peso de tu soledad (de no tener a Maga), tener que soportar las elucubraciones intelectuales de la cuerda de locos que te rodean; en fin, cuando no es algún frustrado, se trata de algún marica que pretende conquistarte a fuerza de tragos y verbo(gono)rrea pervertida. Como la otra noche, cuando estabas tan borracho que caminabas recostándote de las paredes, un joven de rostro de porcelana (después de invitarte unos tragos de vodka con jugo de naranja) se ofreció a llevarte a tu casa. Sabías qué era lo que quería y lo dejaste toquetear tímidamente la bragueta de tu pantalón (con la intención de que pagara la cuenta porque tú andabas en quiebra). En un momento de descuido (cuando el niño de porcelana fue al baño) emprendiste veloz huida, a tumbos hacia tu cueva. Observas con insistencia tu reloj para calcular el tiempo que resta para que cruce por esa puerta la chica que te trae de cabeza. Palpando tu billetera, piensas que esta noche la invitarás a una copa y le abrirás tu corazón. ¡De esta noche no pasas, Maga! Por un instante te detienes a pensar si no tendrá algún pretendiente. La sangre entremezclada con la cerveza se te sube a la cabeza cuando la imaginas con otro. Serías capaz de escribir un relato donde todos sus enamorados sucumben trágicamente ante tu implacable pluma. Palpas de nuevo la cartera para asegurarte que el dinero aún está allí, no se ha ido volando. Recuerdas la labia que le metiste al licenci(oso)ado Benítez esta tarde, cuando estuviste en su oficina. Te produce gracia la manera en que aquel viejo verde te recibió, después de haberlo pillado la otra noche metiéndole mano a una carajita que podría ser su nieta dentro de su automóvil estacionado frente a la plaza. Exageraba en ser amable, tal vez pensando que serías capaz de ir con el cuento a la cuaima de su esposa si no te publicaba el relato. Puede ser que éste no haya sido tu mejor cuento, pero de lo que sí estás seguro es que fue el mejor pagado. De todas formas, agradeces en el fondo de tu corazón esta oportunidad que te brinda la vida. Miras hacia la izquierda, donde aquel sujeto moreno no ha dejado de confesarse. Te preguntas si aquel tarado no se habrá dado cuenta de que no le has prestado la más mínima atención a su historia. Si le hubieras escuchado, sabrías de quién se trataba. Vuelves a mirar tu reloj, justo en el momento en que entra la pelirroja oxigenada. Pasas la mano por tu ralo cabello y te secas el bigote con la servilleta. La chica se dirige al baño y cierra la puerta. Notas que el caballero moreno ya no está sentado en la barra y sientes un alivio de que se haya ido. Magaly (o Maga), sale del baño con otra ropa que resalta más sus atributos físicos. Se acerca a una mesa para limpiarla con un paño, mientras contemplas embelesado la manera como se contonean sus nalgas al ejecutar dicha operación. Del urinario sale el sujeto moreno, que hacía unos momentos estaba fastidiándote con sus confesiones, con una botella en la mano. Se acerca a donde está Maga y estrella la botella contra la mesa sin soltar el pico. Ésta, al mirar la cara de su atacante, lo reconoce y lo llama por su nombre. El caballero moreno, luego de vociferar imprecaciones, la toma por los cabellos y coloca el arma improvisada sobre su cuello. Sigilosamente, te acercas por detrás del sujeto y le rompes una silla en la espalda. El hombre soltó a la mujer y se dio vuelta para hacerte frente. Te cuadras confiado en que debía estar mareado por el silletazo, pero no fue así. En segundos, sientes un golpe en la nariz que te hace recular y ver todo borroso. Varios hombres que miran la escena acuden en tu ayuda y se lanzan sobre el moreno. Aprovechándote de la trifulca, tomas a la chica de la mano y la sacas del lugar. ¡Definitivamente, Maga, esta noche darás de comer al pajarito!, piensas mientras la conduces hacia la calle prendida de ti, sintiéndote todo un caballero andante con la nariz rota.


IV


Despierta. Lo despierta el malestar que asciende desde el esófago hasta la garganta. Blanco. Abre los ojos y en la oscuridad descubre que todo es blanco. A su mente sólo llegan palabras aisladas: blanco, malestar, escribir... Hace tres años que no escribe una línea. A veces sueña con relatos que al despertar no logra trasladar al papel, queda de ellos una bruma etérea que no significa nada. El malestar ataca de nuevo. Quisiera que el sueño volviera, estar con Magaly. La Maga. ¿Encontraría a la Maga?, Cortázar. Sabía que este sueño era también una traición, ni siquiera puede soñar sin que la influencia de lo leído intervenga borrando toda originalidad. Cierra los ojos. Quisiera saber la hora, pero cuando lo internaron le quitaron el reloj junto a las demás prendas. ¿Estuvo en el bar o fue parte de ese sueño obsesivo donde escribe innumerables historias que vende a hipotéticas revistas por grandes sumas de dinero, como si alguna vez su trabajo literario fuera reconocido o remunerado por alguien que no fuera el vacío en que quedaban una vez escritos? En el bar seguro que estuvo, es la antesala para llegar aquí. Pero ¿hace cuánto que está aquí? Abre los ojos y reconoce el blanco familiar de la habitación. Hace frío. Alguien, quizás la enfermera de guardia, olvidó cerrar la ventana y la brisa fría de la madrugada se cuela impunemente en la habitación agudizando el malestar que siente. Piensa que no puede seguir viviendo así. En principio, debería dejar de beber. Cada vez que realiza la misma promesa termina por romperla. Como Malcolm Lowry. Siempre fue su escritor favorito. Cuando escribió sus primeros cuentos, esos de los cuales ya no quiere ni acordarse, soñaba con escribir una novela como Bajo el volcán, pero lo fue dejando para después, cuando fuera el momento oportuno, mientras se conformaba con escribir inútiles reseñas sobre libros estúpidos que nadie leía. Ahora se ha convertido en un personaje de Lowry: alcohólico y pusilánime. Ya no soporta el frío y el malestar lo acosa. Se levanta de la cama y casi se arrastra hasta el balcón. Las luces del alba se asoman sobre la ciudad. Quizás su historia pueda ser escrita por otro, piensa mientras las luces de los alumbrados ceden su paso al amanecer. Es por desesperación, podría jurarlo. Ya no soporta más. Su vida se ha convertido en una desgracia, así que lanzarse por el balcón le parece la solución más lógica a todos sus problemas. No tiene tiempo para pensar, el amanecer se abre en el cielo como una flor. Siente que el malestar asciende de nuevo hasta convertirse en una náusea mientras mira hacia abajo tratando de calcular cuántos metros hay hasta la calle. Ya no tiene dudas. Respira profundo y se lanza al vacío. En el instante en que sus pies abandonan el piso donde se sostenían se arrepiente, pero ya es tarde. El aire golpea bruscamente su cara. De pronto, mientras cae, recuerda una frase leída en las Memorias de Adriano: "La vida es una derrota aceptada".