domingo, 1 de noviembre de 2026

Granos de sonido (XXII) | Roberto Santana

 


Caos, concreción y misticismo ácido en Group 1850 Live


Más allá de la luminiscencia californiana y las bucólicas comunas de la Inglaterra rural, hubo un epicentro continental europeo cuya densidad sónica desafió la complacencia de su tiempo: los Países Bajos. En el centro de esta insurgencia estética se sitúa Group 1850, una agrupación cuyo nombre evoca una era industrial inexistente, pero cuya música configuró el verdadero meridiano cero de la lisergia progresiva en los Países Bajos. El lanzamiento de Group 1850 Live, grabado en la agitación de 1969 pero congelado en el tiempo hasta su publicación oficial en 1975, constituye un documento arqueológico de gran valor, la captura cruda de una metamorfosis en pleno vuelo, el manifiesto de un sonido que se negaba a la pulcritud del estudio para arrojarse al abismo de la improvisación absoluta.


Geografía del desencanto y la utopía neerlandesa (1969–1975)


Radiografiar el entorno social de los Países Bajos puede ayudarnos a comprender el retraso cronológico entre el registro de estas cintas y su publicación definitiva. La Haya, tradicionalmente percibida como el bastión burocrático y aristocrático del país, experimentó una violenta transformación cultural a finales de la década de los sesenta. El optimismo económico de la posguerra dio paso a un cuestionamiento sistémico. Mientras Amsterdam se consolidaba como la capital del movimiento Provo y el hippismo contracultural, en La Haya fermentaba una energía subterránea mucho más sombría y eléctrica, bautizada popularmente como el sonido del Nederbeat.

Entre 1969 y 1975, el país transitó desde la euforia libertaria hacia las tensiones de la crisis del petróleo de 1973. Este bache económico domesticó las utopías juveniles y reconfiguró la industria discográfica local. Las bandas que antes llenaban clubes underground se toparon con la consolidación del mercado y la burocracia comercial. Este viraje explica por qué una grabación tan incendiaria como la de 1969 permaneció sepultada durante seis años. En 1975, en pleno auge del rock sinfónico y la comercialización del progresivo, rescatar este directo supuso un acto de resistencia estética: la irrupción de un fantasma del pasado que recordaba al mundo la verdadera naturaleza peligrosa y desprovista de filtros del acid rock.


El cisma del Nederbeat: Espejos de humo en La Haya


La Haya poseía una escena musical hiperactiva, pero profundamente polarizada. Por un lado, formaciones como Golden Earring o Q65 operaban bajo un pragmatismo comercial o un r&b directo y garajero que buscaba el beneplácito de las listas de éxitos. Frente a esta vertiente, Group 1850, bajo la dictadura creativa del organista Peter Sjardin, prefirió alinearse con el ala experimental de bandas como Supersister (quienes decantaban su propuesta hacia el jazz-prog de la escuela de Canterbury) o Earth and Fire.

Sin embargo, donde sus contemporáneos buscaban la simetría matemática de las estructuras del progresivo clásico o el virtuosismo melódico, Group 1850 inyectaba una dosis nihilista de imprevisibilidad. La banda funcionaba como un reverso oscuro de la escena de La Haya: mientras los demás pulían sus arreglos, Sjardin y su corte desmantelaban el formato de canción corta, usando el blues psicodélico sólo como una pista de despegue hacia el vacío cósmico.


El ritual de la continuidad


Al aproximarse a Group 1850 Live, no queda otra opción que abandonar la lógica de la audición fragmentada. El disco opera bajo el principio de la macroestructura, una arquitectura sonora indivisible donde las divisiones de las pistas son meras concesiones al formato físico del vinilo. La banda no se detiene a interactuar con el público, no hay discursos, ni se rompe el flujo sónico para afinar instrumento, la instrumentación de una pista se funde directamente con la atmósfera de la siguiente, forzando la percepción de un bloque indivisible. El álbum captura a la alineación histórica integrada por Peter Sjardin (órgano, efectos), Dave Duba (guitarra), Dolf Geldof (bajo) y Paul van Wageningen (batería) en un estado de comunión casi telepática.

La experiencia auditiva global se asemeja a una marea negra. No hay concesiones para el aplauso complaciente ni pausas para el respiro; los cuarenta y nueve minutos de música fluyen como un único lienzo. La sección rítmica de Geldof y Van Wageningen renuncia a la síncopa complaciente del jazz y adopta un pulso hipnótico, un motorik primitivo sobre el cual Duba dibuja líneas de guitarra impregnadas de un fuzz denso e hiriente. Sjardin, operando desde su trinchera de teclados modificados y efectos analógicos, no busca la ornamentación barroca de un Keith Emerson; prefiere la saturación de frecuencias, el ruido texturizado y los acordes sostenidos que generan una atmósfera de claustrofobia mística. El disco avanza como un ritual pagano donde la tensión no se resuelve, sino que se acumula hasta desbordar los límites del soporte físico.


Arqueología de lo precario: Producción y paisaje sonoro


La producción de Group 1850 Live es un monumento al accidente y a la honestidad brutal. Registrado originalmente con equipos portátiles rudimentarios en 1969, el sonido carece de la nitidez estéril de las producciones multinacionales de mediados de los setenta. Existe una saturación constante en los rangos medios; el bajo de Geldof retumba con una cualidad casi física, mientras que los platos de la batería sufren la compresión propia de las cintas magnetofónicas expuestas al límite de su capacidad.

Esta precariedad técnica, lejos de demeritar la obra, se convierte en su mayor virtud estética. El técnico de grabación o los encargados de la mezcla posterior entendieron que limpiar el grano de la cinta habría equivalido a despojar a un lobo de sus colmillos. El sonido es directo, sucio y espacial; se percibe el eco del recinto, la fricción de las púas contra las cuerdas y la inestabilidad de las fuentes de poder que alimentaban el órgano de Sjardin. Es la fonografía del peligro.


Del orden de estudio a la anarquía del escenario


La evolución estilística de la banda queda perfectamente expuesta si confrontamos sus dos obras maestras de estudio con este documento en directo. En Agemo's Trip to Mother Earth (1968), Group 1850 jugaba con viñetas de psicodelia pop ingeniosa y barroca, no exenta de una fuerte carga conceptual. Para Paradise Now (1969), el sonido ya se había endurecido de forma sustancial, coqueteando con el proto-heavy y la experimentación con cintas.

Sin embargo, Group 1850 Live funciona como la radicalización absoluta de los hallazgos de Paradise Now. En el escenario, las pretensiones líricas y los arreglos minuciosos se disuelven. La banda toma los motivos temáticos de sus composiciones y los estira hasta desfigurarlos. La evolución no es hacia una mayor complejidad técnica, sino hacia una mayor profundidad psicológica. El vivo despoja a la banda de su ropaje de estudio y muestra el esqueleto de una formación obsesionada con el trance y la liberación de la energía pura.


El ocaso del ácido y el advenimiento del virtuosismo: De Live a Live on Tour


La brecha estética se ensancha aún más al contrastar este disco con el posterior _Live on Tour (1976). Grabado con una alineación drásticamente modificada —donde Sjardin se rodeó de músicos como Hessel de Vries y Arthur Ebeling —, el directo del 76 muestra la inevitable claudicación de la banda ante los dictados de la época: el giro hacia el jazz-rock progresivo y la fusión instrumental.

Mientras que el álbum de 1975 (grabado en 1969) es oscuro, visceral y profundamente guiado por la estética de una Jam Band de acid rock, Live on Tour abraza la síncopa limpia, los solos estructurados de piano Fender Rhodes y una destreza técnica refinada. El paso de un disco a otro ilustra el fin de una era: la transición del peligro psicodélico y la catarsis colectiva hacia la sofisticación técnica del progresivo maduro. Live on Tour es el trabajo de profesionales ejecutando una partitura flexible; Group 1850 Live es el testimonio de cuatro hombres poseídos por una idea.


Cartografía europea del trance: El espejo de las bandas continentales


Para situar con precisión este trabajo dentro de la constelación del rock europeo de vanguardia, resulta revelador trazar una línea narrativa con cuatro lanzamientos en vivo contemporáneos que compartían su espíritu de insubordinación. En primer lugar, el álbum Live de los alemanes Frumpy (1973) aborda un Heavy Psych de corte progresivo y tintes blueseros con una presencia colosal del órgano Hammond; sin embargo, mientras Frumpy busca la catarsis a través del virtuosismo vocal e instrumental, Group 1850 prefiere la disolución de la melodía en texturas abstractas. En una frecuencia similar, Amon Düül II entregaba ese mismo año su Live in London, un testimonio de acid rock caótico, espacial y cargado de iconoclasia política. Aunque ambas agrupaciones comparten la urgencia de la lisergia salvaje, los alemanes se muestran más fragmentarios y comunales, frente al pulso rítmico mucho más concentrado y monolítico de los neerlandeses.

Si nos desplazamos hacia Escandinavia, el panorama se vuelve aún más magnético. Mors mors (1974), de los suecos Träd, Gräs & Stenar, ofrece una psicodelia minimalista y un protopunk hipnótico de raíz folk. Ambas bandas entienden el directo como un trance repetitivo, pero mientras los suecos buscan la luz comunal, Group 1850 se sumerge en una paranoia urbana y eléctrica. Finalmente, Ur spår! (1975), de Arbete & Fritid, deconstruye los géneros mediante el jazz libre, la vanguardia y la ironía política; un desapego formal que contrasta directamente con la gravedad física, densa y magnética a la que Group 1850 se mantiene fiel en todo momento.


La visualidad del misterio: El envoltorio naranja


El soporte gráfico original de Group 1850 Live (lanzado bajo el sello Orange Records) refuerza su condición de objeto de culto. La tipografía descuidada y el diseño áspero de la carátula eluden los excesos ilustrativos de las portadas de rock progresivo de los setenta. No hay naves espaciales ni paisajes tolkienianos; hay una sobriedad casi tipográfica que anticipa el minimalismo del post-punk.

La escasez de material grabado en video de esta formación —más allá de esporádicas apariciones televisivas neerlandesas— no hace sino acrecentar el mito. El material gráfico funciona aquí como un velo: no busca explicar la música, sino preservar el enigma de una banda que operaba en las sombras de los clubes subterráneos.


El legado de una mutación fonográfica


El impacto a largo plazo de Group 1850 Live radica en su condición de eslabón perdido entre la psicodelia primigenia y el space rock germinal. La agrupación demostró que el formato de Jam Band no tenía por qué limitarse a la complacencia melódica del blues-rock americano al estilo de Grateful Dead. Group 1850 tiñó la improvisación libre de una densidad europea en su melancolía y urbana en su violencia. Su influencia resuena en las corrientes contemporáneas del space-rock moderno, el stoner hipnótico y las bandas de neo-psicodelia que buscan el trance a través de la repetición y el uso del fuzz analógico como terapia de choque.


Dictamen Crítico: El veredicto de la historia


Calificación: •Excelente

Justificación: Si bien el estatus de •Esencial suele reservarse para obras de estudio que reconfiguraron las listas globales, Group 1850 Live se consolida firmemente en la categoría de •Excelente debido a su incalculable valor histórico y estético. Es un disco que captura la pureza de una era justo antes de su domesticación comercial. Su sonido crudo, lejos de ser un defecto, constituye una lección imperecedera de cómo el rock puede ser un vehículo de exploración formal sin perder un ápice de su urgencia visceral. Es un álbum obligatorio para todo aquel que desee comprender que la psicodelia no fue una moda decorativa, sino una revolución de la conciencia y del sonido.


Conclusión


Group 1850 Live permanece como un monolito inclinado en el paisaje del rock europeo. Al escuchar estas cintas, desenterradas de la vibrante Haya de 1969 para ser arrojadas al mercado saturado de 1975, asistimos a un acto de pura nigromancia sónica. Peter Sjardin y su banda no buscaban la posteridad; buscaban incendiar el presente. Al final, consiguieron ambas cosas: legar al futuro el testimonio de una noche en la que el rock psicodélico continental abandonó la lisergia de ensueño para abrazar la electricidad más indómita y verdadera.

Group 1850 – Group 1850 Live (1975)


•Países_Bajos


•Space Rock

•Rock Psicodélico

•Acid Rock

•Jam Band

con matices de

•Krautrock


•Excelente


Músicos


•Peter Sjardin: organiser, voz, efectos sonoros

•Dave Duba: guitarra, voz

•Dolf Geldof: bajo

•Paul van Wageningen: batería


Si quieres escucharlo, toca el enlace : https://t.me/progresivoycosas/1065

Cinco poemas de Bolívar Pérez

Título: Paisaje de Ceuta I (2023)

Autor: Jorge Bulhosa 


***


Mírate


No quiero ser un pedazo de mujer


un trozo incompleto de mi esencia viva


una bocanada parcial


un animal domesticado por la vergüenza


un río fuera de su cauce


Verte cortada a la mitad por el miedo


me pone la carne de gallina


Quiero ver crecer mujeres enteras


Fui engañada


Yo ya no encuentro grandeza en ser dócil


en el fragmento limpio;


me da pena y tristeza por mis propias


raíces mutiladas


¡Qué desastre!


Qué desastre sacarse tajos de piel


de deseo, de patetismo humano


de rotura sensible


Esto es mío


 esta es la que soy


Ya no admiro a quien retiene el llanto


ni a quien la prudencia le sacrifica


sus lugares sagrados,


ya no admiro el pudor ni la obediencia


ya no admiro mi pudor ni mi obediencia


Enséñame a liberarme


Mírate,


mira en quien te has convertido


has degollado al Dios de tus padres


rara, demasiado rara, inadecuada, irreverente, desvergonzada, indócil, desadaptada, indomable, ¡enséñame a liberarme!


Busca tu clan, hechicera


refúgiate en quienes también


transgredieron la larga noche


nuestros pasos, nuestra fuerza


ninguna se queda atrás


Crisálida rota, enséñame a liberarme


Amanece y


tu ternura me salva


Tu ternura me salva


Tu ternura me salva


***


Código piel


Somos


Interdependencia


Somos


Me sostengo quieta


respiro, trémula, en equilibrio frágil


aguantando la respiración, a la espera, me sostengo


con las uñas y los dientes,


apenas


Me sostengo


Me sostienes


criatura de símbolos


animal deseante


alma hambrienta


encrucijada viva


oxímoron


llama mortal


manojo de máscaras


¡Tú! Grieta


Me sostienes


¡Tú! Jardín


Me sostienes


en código piel


Extiendo mi mano y tu mano acude


Soy mi mano


Es decir, me extiendo y tú acudes


Lectura en lenguaje cifrado


rastreo, rastro, reptil, reptar, reptar hasta ti


retar, retarte a un próximo giro


¡Mirada arriba, mirada arriba!


Unifica el mensaje, júntate, intégrate


mírame con todos tus ojos


Código piel


peso temperatura


intención empuje


intención arrastre


rastreo, rastro, reptil,


reptiles, reptar, reptarte,


retar, retarte a un próximo abrazo


Sí, no, sino, sí pero no


que al final es sí


               me duele


                              me dueles


todo vínculo es palimpsesto de voces


Sí, no, sí, sí, sí. No. Sí.


Inventa una ruta


abre la compuerta


 extiende tu mano y viértete, mantarraya


                              Esta vez dejaré que emerjan


                                       nuevas contundencias


***


Tocar 


 

Me atraen las cosas por su forma


no por su nombre


creo llegar tarde a todo


tanteo con las manos, a ciegas


Solo me convencen las texturas


las temperaturas


el peso de las cosas


las palabras no me guían


las escucho y sigo de largo


He tenido que tocarlo todo con las manos


hundir las yemas en la mojada y fría viscosidad del barro


en la tibia viscosidad de la boca del animal


Entiendo el mundo con los dedos


sigo los rastros con la lengua y el olfato


Las pistas han de tener relieve


Es una vía complicada la del tacto


la del rastro químico


Requiero el contacto directo con la metáfora


ser atravesada por la idea


que se me enrede en los pies el deseo


No me sirve la distancia


salvarme tras la puerta


La aurora distante, espacial, sin temperatura posible


no me sirve


Las cosas tienen sentido


si dejan cenizas, chispas, humo


Cualquier residuo para recordar o anhelar


Átomo, partícula, molécula, sólido


 ***


Comunión con el misterio 


Parir lenguas entre mis huesos


nombrando


que mis venas púrpuras y verdes


enciendan sus diminutos y mojados ojos


Comunión con el misterio


brujería


abrir portales en mi ombligo


y en cada cosa que ingiero


Parecemos extinguirnos a pulso propio


y también eso es movimiento orgánico


-yo también soy la naturaleza-


El aliento salvaje se abrió camino


entre mis mucosas y mis entrañas


como una ráfaga de viento atraviesa las ramas de un apamate


Comunión con el misterio


brujería:


Encielarme, encielarme, encielarme


hasta verme a mí misma transmodificada


metamorfloreada


geomórfica


impertinentemente celeste


Digo palabras para no emitir quejidos,


mugidos, maullidos, seseos


las digo para decir otras cosas


pero ellas son también la naturaleza


Sueño palabras que han atravesado las lenguas de mis ancestros


que han vibrado en sus casas transitorias


Me fue dado el barro esencial


y tantas vasijas hechas,


para romper


La libertad está llena de destrucción


-soy la naturaleza-


Tengo candela indómita detrás de los ojos


un llamado anterior a la palabra no me deja dormir


me distrae de maya, la ilusión inercia


No me molestaría volver a nacer


en gotas de agua o alimento para insectos,


en aminoácidos


carbono


soy la naturaleza


***


Rota pero junta


Una voz que se funde en la multitud


una voz que se extingue


una voz que se entremezcla y desaparece;


una voz opacada, suspendida, pausada


acallada


acallada


Una voz de miedo heredado, enredado


una voz rota de miedo


Una voz rota de miedo


se observa a sí misma


y pliega sus extremos hacia adentro


palpita, muta, aguarda


Rota pero junta


como toda cosa viva que habita bajo el sol


palpita, muta, aguarda


Trayectoria ascendente


acertijo incompleto de mi madre, mi abuela,


mis otras antes de mí


mis otras


construir mi camino con sus pasos,


despejar incógnitas


dar luz al punto ciego


darme a luz


vencer falsas urgencias para hallarme


Ya me conformé con resquicios


ya me plegué a la voz de otros


ya confundí mi libertad con su deseo


ya quise ser buena, adecuada, querible,


suave, deseable, conveniente, dócil,


ya quise ser salvada


Rota pero junta 


ro-ta-pe-ro-jun-ta


pliego mis extremos hacia mi centro


No me voy a disculpar, señor


no, no me voy a acoplar


no lo voy a replantear


no me voy a censurar


no pienso pagar ninguna deuda con mi vida.


Esta voz mía no es negociable


                                       Libertad no negociable



***

Bolívar Pérez. Nacida en Maracay (1990), residenciada en Caracas, Venezuela. Psicóloga de profesión, escribe poesía desde la adolescencia como herramienta de autoexploración; la mayoría de sus escritos tienen origen en sus diarios. Del 2014 al 2017 condujo el colectivo de poesía La Ruta Poética, junto a otras poetas caraqueñas. Ha participado en múltiples recitales de poesía, tanto en espacios institucionales como no convencionales, así como en distintas ferias y festivales de lectura y poesía dentro y fuera de su país, incluyendo el 1° y 2° Encuentro Internacional de Mujeres Escritoras (2020 y 2022, respectivamente), el Encuentro Poético del Sur (2022), la 13° Feria del Libro de Caracas (2022), la Feria Internacional del Libro de Venezuela 2022, la 18a FILVEN Portuguesa – Capítulo Guanare (2023), el 16° y 17° Festival Mundial de Poesía de Venezuela (2022, 2023) y el Festival Internacional de Poesía “Jauría de Palabras” en Bolivia (2023). Actualmente forma parte de la agrupación Los 4 Grados del Fuego. Explora el performance, la danza, la improvisación y su relación con la palabra. Varios de sus poemas han sido publicados en revistas venezolanas de formato digital como Chivos sin Mecate, Épale y Mentekupa y en el 2020 fue publicado su poemario Contra-natura, nada por Fundarte, también en formato digital.

Libros, pan y café (III) | Ysbel Mejías


Tokio Blues, de Haruki Murakami — El café, la música y los libros como refugio


No necesitamos el pan entero para vivir, pero sí necesitamos el libro entero para soñar. 

(ysbelmejias) 


Hay novelas que surgen como experimentos literarios, o como simples ejercicios de escrituras; este es el caso de este libro de Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood) que llegó a mis ojos lectores a través de la navegación que hago ubicando textos donde el café y el pan sean parte importante dentro de los argumentos que el escritor desarrolle, para continuar alimentando este espacio que comparto contigo. Esta obra posee además sonoridad, pues, la música se desenvuelve como un personaje más dentro de su trama y por supuesto cada página leída tiene ese olor de las cafeterías, de los sitios de espera: aeropuertos, comedores universitarios, restaurantes, bares, salas de hospitales. La primera página de esta novela desde mi perspectiva lectora nació, sobre una taza humeante. Y eso, para una columna que se llama Libros, pan y café, es casi una declaración de principios.


Una canción que detiene el tiempo


Toru Watanabe tiene treinta y siete años cuando aterriza en Hamburgo. Mientras el avión desciende, por los altavoces suena Norwegian Wood, de The Beatles, una pieza que está marcada por innovaciones musicales como la incorporación de la Sitara como idea de George Harrison y la letra escrita por Lennon nos lleva a descubrir una historia amorosa escondida a través de esta composición. Esa melodía detiene el tiempo en su mente y lo devuelve dieciocho años atrás, en el Tokio de finales de los sesenta. Allí están Naoko, la novia de su mejor amigo, marcada por una pérdida que no logra superar; Midori, vital, irreverente, llena de ganas de vivir; y la pregunta que atraviesa toda la novela: ¿cómo se sigue adelante cuando el dolor parece más real que la vida misma?

De allí en adelante, se inicia donde los duelos, amores que no llegan a ser y amistades que se deshacen. Pero también me encontré con esos pequeños rituales que nos sostienen: una taza de café, un trago, una cerveza, un disco que suena, un libro que se comenta en voz baja. En las primeras páginas de este libro se describe el espacio de la residencia universitaria en la que Watanabe estaría durante un largo tiempo para conocer y compartir con otros personajes:

En los estantes de la mayoría de habitaciones se alineaban transistores, secadores del pelo, cafeteras y hervidores eléctricos, café instantáneo, bolsitas de té, terrones de azúcar, ollas y vajilla sencilla para preparar raamen instantáneo.

Estas descripciones permiten llegar hasta ese edificio de habitaciones para estudiantes y pasearnos con Watanabe para conocer de cerca sus sensaciones como estudiante Teatro en la universidad de Tokio. Aunque su vocación no estaba totalmente clara. Todo esto ocurre mientras pasamos las páginas; escuchamos la canción Norwegian Wood.


El café como espacio de encuentro


En Tokio Blues, una cafetería no es un decorado: es el lugar donde los personajes conversan, se conocen y comparten silencios. Las conversaciones decisivas de Toru con Naoko, con Midori, con Reiko, ocurren casi siempre alrededor de una mesa. Así las cafeterías se convierten en territorios donde las emociones se dicen sin rodeos, se habla de la muerte sin que el mundo se derrumbe.

La novela se construye sobre lo cotidiano que funciona como anclajes emocionales para los personajes, por ello a lo largo de la lectura aparece el compartir una taza de café, comida y cerveza son elementos que forman parte del universo cotidiano dentro y fuera del libro, son esas anclas que permiten continuar viviendo. En este pequeño fragmento lo puedes apreciar:

Entramos en una soba -ya cerca de la estación y tomamos un bol de soba. Como tenía sed, bebí cerveza, yo solo. Encargamos los fideos y comimos en silencio. Yo estaba agotado por la caminata, y ella, con sus manos descansando sobre la mesa, parecía estar de nuevo absorta en sus cavilaciones. Las noticias de la televisión anunciaban que aquel domingo los lugares de ocio habían tenido una ocupación plena. «Y nosotros hemos ido a pie desde Yotsuya hasta Komagome», me dije. —Estás en forma —bromeé cuando terminé mis fideos.

La vida transcurre para Watanabe y Naoko entre el desarrollo de una caminata y la llegada a un lugar de comida para compartir el silencio.


La música como detonante de la memoria


Norwegian Wood, es la canción que funciona como un leitmotiv que se propaga a lo largo de toda la novela. Esa melodía en los altavoces del avión es el disparador que hace retroceder la memoria de Watanabe. Esta canción, conecta a Watanabe con su juventud y lo que significa convertirse en adulto; Murakami narra a través de experimento realista: el dolor de hacerse adulto.

Pero la novela está atravesada por muchas otras músicas: los Rolling Stones, Bill Evans, Burt Bacharach. La música define la experiencia juvenil de Toru y dibuja la nostalgia también, como un territorio. En Tokio Blues, escuchar una canción es recordar; recordar es volver a perder lo que ya se perdió. Aquí les dejo algunos trozos de este hermoso libro y lo que va definiendo en el texto: 

El trabajo: 

Una chica con los labios pintados de color rosa, que la miraras por donde la miraras no aparentaba más de trece años, entró en la tienda y me pidió que le pusiera Jumping Jack Flash, de los Rolling Stones. Empezó a bailar meneando las caderas y marcando el ritmo con los chasquidos de los dedos. Luego me pidió un cigarrillo. Le di un Lark del paquete del encargado. Fumó con deleite y, cuando se acabó el disco, salió de la tienda sin darme siquiera las gracias.

Vivir solo: 

Aunque no era una buena guitarra, fui capaz de afinarla. Pensándolo bien, no había tenido ninguna desde mi época del instituto. Me senté en el porche y fui punteando despacio, de memoria, Up on the Roof de The Drifters, que había aprendido tiempo atrás. Me asombró que aún recordara la mayoría de acordes.

La muerte: 

Primero hizo una interpretación serena y bellísima de Dear Heart, de Henry Mancini. —Este disco se lo regalaste tú, ¿no? —Sí. Hace dos años, por Navidad. A ella le encantaba esta melodía. —A mí también. Es tan dulce, tan hermosa... Y, tras rasguear deprisa algunos acordes de Dear Heart, tomó un sorbo de vino. —Veremos cuántas canciones puedo tocar antes de emborracharme. Un funeral así no está nada mal, ¿no te parece? No es triste. Reiko pasó, a los Beatles y tocó Norwegian Wood, Yesterday, Michelle, Something. Después cantó, acompañándose de la guitarra, Here Comes the Sun. Al final interpretó The Fool of the Hill. Puse siete cerillas en fila.

Cada capítulo tiene su propia lista de canciones que me permitió adentrarme en esos territorios que la memoria, el tiempo, la cotidianidad y los choques dolorosos como la muerte en ese transcurrir de hacernos grandes (adultos) que nos van dejando la vida. El libro puede funcionar como un compilado de experiencias juveniles hacia la adultez.


Los libros dentro del libro


Otro elemento interesante y valioso en esta obra es que Murakami rinde un tributo explícito a sus influencias literarias. En la novela se citan obras como El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; La montaña mágica, de Thomas Mann; y Bajo las ruedas, de Hermann Hesse. También aparecen William Faulkner y El guardián entre el centeno de J.D. Salinger.


Yo iba correctamente vestido, me había afeitado aquella misma tarde y, además, estaba absorto en la lectura de La montaña mágica, de Thomas Mann.


Cumplí veinte años, el otoño dio paso al invierno, pero mi vida no experimentó cambio alguno. Asistía sin interés a las clases, trabajaba tres veces por semana, de cuando en cuando releía El gran Gatsby, y los domingos hacía la colada y escribía largas cartas a Naoko.


Estaba tomando la cerveza cuando de pronto recordé que me hallaba en una librería. Bajé a la tienda, encendí la luz y rebusqué en la estantería de los libros de bolsillo. No me apetecía ningún libro en especial, pues había leído la mayoría de ellos. Al final, me decidí por un descolorido ejemplar de Bajo las ruedas de Hermann Hesse, que aparentemente llevaba mucho tiempo en la tienda, y dejé el importe al lado de la caja registradora.


Para esta columna los elementos que se conjugan en Tokio Blues; el café, la música y los libros conviviendo en la misma mesa. Son referentes de importancia, pues, los personajes no solo toman café: mientras lo hacen, hablan de literatura. La novela se construye como un homenaje a la lectura como una forma de habitar el mundo, de nombrar lo que duele y de encontrar compañía en la voz de otros.


El pan cotidiano


La comida es también un anclaje emocional y cotidiano dentro de esta novela porque es una de las formas que presenta el autor para sostener el cuerpo cuando las emociones nos hacen más frágiles, y es lo que se puede observar en este párrafo significativo:

El menú consistía en estofado de patatas con fideos, ensalada, zumo de naranja y pan. Las verduras eran tan deliciosas como las había descrito Naoko en su carta. Comí todo lo que había en el plato sin dejar ni una miga. —Comes a gusto, ¿eh? —comentó admirada. —Está todo delicioso. No había probado bocado en todo el día. —Si quieres puedes terminar mi plato. Estoy llena. —Claro —dije. 

Es el lapso de tiempo en el que Watanabe comparte con Reiko y Naoko en el comedor de un centro de salud en el que esa chica que él amaba transitaba por un momento tambaleante de su vida. Y éste decide acompañarla durante el proceso. 

Tokio Blues encaja en Libros, pan y café porque muestra, con una claridad conmovedora, que cuando la vida duele los personajes se pueden refugiar en una taza de café, en una canción y en un libro. El café es el medio pan que permite la conversación; la música y la literatura son el libro que alimenta el espíritu. Es exactamente el gesto que reivindicaba Lorca: no pedir un pan entero, sino medio pan y un libro para que el alma no muera.

Los invito a prepararse un café, poner Norwegian Wood de fondo y sentarse a leer esta novela. Quizás, como Watanabe, descubran que una melodía puede devolvernos a un tiempo que creíamos perdido. Y que, en medio de la pérdida, siempre queda una mesa donde compartir el pan y la palabra.

Cinco poemas de Andrea Crespo Madrid

Título: De la serie Fósiles, código de barra partituras de las cigarras (2005) 

Autor: Orlando Guerra


***


I 


Yo pertenecía a una casta de mujeres dolidas, seducidas por el musgo y las voces del estruendo.

En nuestra sangre corría la enfermedad del olvido y aprendíamos a tejer en el aire, aunque para nadie. Todas sabían el significado de partir y de partirse, desde adentro. Todas atesoraban pequeñas cucarachas en los rincones.

Pero mi raza era de distinto linaje. Sabíamos hablar una lengua sin huesos. Yo concebía el amor dentro de las cavernas, entre la humedad y el silbido. Yo no podía partirme. Entonces ya no pertenecía y ninguna mujer me pertenecía. Tuve que abandonarlas a todas.


°°

 

Astilla #9


Escribo este artefacto

gelatinoso e incomprensible

en mi propia boca,

la saliva hinchada en las lindes del género

en la última puerta del lenguaje

que toco y toco y toco

pero ya nadie abre.


°°


Astilla #20


Deseo

ser parecida a la piedra:

        sin pensamientos líquidos

        sin forma dada por el hombre

        (salvo en los cuadros de Magritte)

deseo paradójico de ser

                        despojada

y sin embargo desde la quietud

contemplar todas las voces

como yo / como las piedras

inéditas y bruscas

hasta que tú las miras


°°


El golem


Tengo miedo de vivir

Leopoldo María Panero


nuestra misión

regurgitar el lenguaje reverberar esta gramática

hacerla muñeco de barro/autómata

hasta que escriba por nosotros

cualquier línea sin temor a la vida

sin temor a saber que un demiurgo se toca

bordeando su estiércol

le pediré que vaya por mí a terapia/relate una nueva ficción

aceptando tal vez

que debe «dialogar con su tristeza» o «encontrar razones para vivir»

más allá

de los huesos concatenados de una mujer

a quien hunde con el plástico


°°


me pregunto 

si el horror cabe en un paréntesis.


°°

Andrea Crespo Madrid. Filóloga, lectora, poeta y narradora venezolana. Nació en Valencia (Venezuela) en 1995. Cursó estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca, donde obtuvo una beca de colaboración (2017-2018) en el Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana para estudiar la obra de Rafael Cadenas. Ha sido parte del equipo editorial de la revista Canibalismos. Fue finalista en el III Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas 2018, en el Concurso «Al aire de tu vuelo» de la Feria Internacional del Libro Universitario (Filuni), organizada por la Universidad Nacional Autónoma de México, y ganó el tercer lugar en la mención poesía en el XVII Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Salamanca (2016). Ha publicado el poemario Tuétano con la editorial Fundación La Poeteca (Caracas- 2008), y en su segunda publicación como edición bilingüe, cuenta con la traducción de Daniel Oliveros, en la editorial Ojos de Sol (Madrid- 2020).

Juan Martins, selección de poemas

Título: La tempestad 

Autor: José Carrillo 


LIDIA DE CADAQUÉS  es el nombre que veo sobre la sinuosidad del mar y ante tus pies de barro. Sé que le acompañabas cuando morías de ti. Y ahora descansas de la memoria. Todo se agrume en la voz del pintor que supo recitar sobre la piel. Si ese sueño fuera surrealista entonces esa memoria es el polvo de Portlligat que te tiene para su gloria en el nudo de las paredes. Siempre escribo con minúscula tu sensualidad y me educa en la mística del pincel. No pude poseer tus sueños pero tu trazo penetra cualquier sentido de pureza. Así logro imaginar que tu vientre suda por los labios del incesto.


***


EL CORTEJO DE esta enfermedad medieval alcanza mi rostro en el fallido intento de la mirada. Tus movimientos quieren que seas un trozo intangible del deseo que se entrega al desgarro de mis ojos. Y eso no te produce el más mínimo dolor, pero nadie pone en duda de que tu enfermedad se prolonga como el placer. Poco antes debo tomar este libro, leerlo, y dejar que la ciudad muera detrás de ti, reposando del otro cuerpo.


***


OÍR LA CAÍDA de los yerbazales en el silencio de la ciudad.


***


ESTA CIUDAD metida en la noche padece de su ritmo por tu apego sentimental hacia las formas. En su sitio te encuentras con el desprecio emocional de los cuerpos. Sabes que lo que acabo de decir es una ironía del placer. Descuida, han desavenido sobre su víctima el beso que ahora te penetra como si el gesto fuera un acto de Dios. Y lo es. Cada transeúnte se despide del vértigo, se despide de tu voluptuosa permanencia. Nadie les mira, arrastrados por la tarde, no tienen tiempo para más nada.


Del libro Ese animal que engaña mi vientre 

1ª. edición, mayo de 2012 Colección: Faisán. Ediciones Presagios. México.


***


PAUL GAUGUIN en un presagio suave y dulce

como el ojo de tu madre.

Y tú con la piedra de su escándalo,

en una soledad de los espejos benévolos

de la cura emocional. Ni Copenhague ni París

están en la silueta de un velado viaje a la

soledad de la miseria de tu pincel sordo y crudo

en un mundo arcaico y secreto de Teha’amana,

del espíritu que piensa en las formas cenias

de tus acuarelas, ritmos, rostros de signos

curvos por el final de tus fuerzas.

O voluptuosos al límite también de una sabiduría

y de un Taití rumiante de aquel escándalo.

Se burlan de ti porque sus dioses no están

en el corazón gris de Europa, cuyos

desnudos en nada se parecen al catálogo

de la muerte como celebración.

Y el dejo de las Islas Marquesas,

donde tu talento no es

ahogado por los negruzcos lienzos del pasado.

Aquel presagio de la Polinesia, en cambio,

devuelve la historia de los colores.

Y tú, como dices, serás algo grande en las manos

de los otros.

Y tú, no eres Van Gogh del cielo amarillo,

donde los espíritus de los muertos no velan a nadie.

O cantas las resonancias de las formas y del sexo

como lenguaje de los sueños y la naturaleza

eterna que los ojos mudos no ven:

Y tú, no ofendiste a Dios, sino que le sonreíste.

 

En mil ochocientos cuarenta y nueve naciste, eso sí,

en mi corazón: esa cabaña, el país que quiero.

Y tú, Paul Gauguin, vives.


***


ALGUIEN me lastima

en el cuerpo del otro

para este hundido resto que soy.

Hasta amarte por separado

de la luz que se revienta

sobre mi sueño,

lidiando en el tallo de tu sexo,

como este proverbio del reflejo

que se yergue de lo eterno

cuando te excitas con la idea

de lo sagrado,

de saberte morir

en un abrazo anegado y disuelto.


***


EN LA COMISURA del mar,

donde las palabras

salvan la sierpe de tus dedos,

aprendí a ver hacia adentro

ese patio que se arrinconaba

en mi reino de pájaros,

pero eran inocentes

de mi crueldad

cuando recorrían con vuelo

mi voz de mando

que un niño puede decretar

de su retiro, como una higuera

metida en el llanto,

sufre por no extender

el muro de su eternidad

y me arranca el aliento

en un lugar común de este verso.


Del libro  Suele vestir de sombra 

Colección Voz Aislada. El Taller Blanco Ediciones. Cali, Colombia

 

******

                                                    A Ana Ajmátova

 

"En este mundo la belleza es común"

Jorge Luis Borges

(Elogio de la sombra)

 

 

Me morderán los labios de tu muerte

por recibir su desagravio,

esta parte de la tierra que se hunde

al olvido de los cuerpos.


***

 

La caída tiene rostro humano

porque el labio marca el puñal abstracto

de su belleza.

He encendido su rostro secreto

que no ha llegado a mi cordura,

brindo entonces en la oscuridad de otro pecho

cuando el recuerdo no existe

sino el deseo

sobre su muro bramido.

Me morderán los labios de tu muerte

afuera de la noche

y sabré de tu acento travestido por los años.

Nacida en Odessa haz muerto en el mundo

cuando se ha doblado la ciudad

que nos separaba.


***


A Emily Dickinson le debes el ardor de tus manos

porque la noche escupe dentro del ave

como esfinge sobre la piel

y el amor tendrá nombre de mujer.

Hasta el temor del destino broquela

la escritura de esa mañana

para besar los pedazos de tu cabeza

que me niegan

aquel instante del respiro

cuando todos los hijos son moribundos

de la verdad.

El nombre de tu escándalo es voluptuoso

en la boca de los años.

Después del beso sobre el féretro

volvemos al mismo lugar

de la ruina.

La ruina, tu beso heterodoxo de la homofobia.

La vigilia se detiene por el canto de Dylan

donde William Blake ha cegado al aire.


***


Los cuerpos no regresan

—convéncete—

por los excesos que llevan a la sabiduría.

Esta ética de la voz que se escribe en

el seno oscuro de la niña.

La niña, el rostro de tu viril protesta

que se agolpa con astucia

sobre las multitudes de tus canciones,

cuando cantaste arriba de Kerouac

después de su muerte,

donde aprendí amar a los cuerpos.

¿Sabrán de ti que los ídolos no existen

en el coito de tus labios?

Y legitimaras el afecto de su semejanza

por su belleza común.

 

******


La memoria me borra de sus labios,

donde los fenicios vierten el continente

en la resonancia del miedo.

El día es oscuro por voluntad del odio

—todos lo saben—,

cuando respiramos sobre la voz del mar.

 

Sin saber del golpe que sacude,

de tu hondo apagar la sangre,

arriba en lo desconocido del risco

y sobre las puertas del inconsciente.

 

Quizás sus recuerdos le hayan abandonado.


**


Ignoro su honda permanencia

en la ciudad que me engaña

como a una mujer,

donde la piel se ajusta

a la blanda sombra de su espejo

y esta sangre se escurre por la vida

desde la ansiedad de sus amantes.

Al ser recibido de una población asolada

como el jardín de una realidad,

siempre abstracta y albedrío

por un gris eterno de tus restos.

 

La belleza tiene ese saludo que desprecio

porque el cielo se harta de los que mienten.

 

La ciudad, otra vez la ciudad, no descubre

dos cosas iguales en un poema de los muros.


**


Has venido para recordar que tu reino ha sido perdido

en el extremo de un Oriente

que nadie conoce por su nombre de Dios.

En la cima de ese viaje, al paso de hierro, sonríes

sobre la historia de la noche cuando repito el título

de esa escritura persa que te olvida.

Mi corazón es un alfabeto inclinado al que nadie acude.


**


La noche, ajena a todo, escupe dentro del ave

como esfinge sobre la piel.

Repito el verso hasta el libro

por la incapacidad de mi escritura.

La noche, sigue allí sin las palabras.

La noche del olvido es silente sin tus manos

como un punto dibujado en el desamor.


Del libro Soy una herida que se deja atenuar

Premio III Bienal Abraham Salloum Bitar. bid & co editor


***

 

Juan Martins. Poeta y dramaturgo. Escritor. Magíster en Literatura Latinoamericana (UPEL). Crítico Teatral con trayectoria internacional. Director de la revista de Crítica Literaria y Teoría Teatral «Teatralidad». Editor. Destacado con varios premios. Como investigador es coautor del libro «Análisis de la dramaturgia venezolana actual» (2017). España, Ediciones Antígona, S.L., bajo la dirección de José Luis García Barrientos y coordinado por Leonardo Azparren Giménez.. Ha recibido también el premio «Mejor dirección» con el espectáculo Mariana de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el «III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina». Publicado Ese animal que engaña mi vientre, Ediciones Presagios (2012), México. Él es Vila-Matas, no soy Bartleby (2014), El delirio del sentido, desde una poética del dolor y otros ensayos (2014), Novelas son nombres, ensayos inexactos (2016), De qué hablo cuando hablo de Murakami (2016) son sus libros de ensayos publicados en Ediciones Estival, Venezuela. Galardonado con el «Premio III Bienal de Literatura de Poesía Abraham Salloum Bitar (2018)» por Soy una herida que se deja atenuar, editado por bid & co. editor (2019). Habría que destacar su publicación Gonçalo M. Tavares: el secreto de su alfabeto (2019), patrocinado por la Fundación Instituto Portugués de Cultura y el Instituto Camões Portugal. Ministério Dos Negócios Estrangeiros. Y su libro de relatos El vuelo fractal de la mosca (2020), bajo el aporte de Centro de Língua Portuguesa UPEL Maracay y al Camões, Instituto da Cooperação e da Língua de Portugal. Ministério Dos Negócios Estrangeiros. Su poemario Suele vestir de sombra (2021) recién ha sido publicado en Colombia por «El Taller Blanco Ediciones». Falleció en Maracay, Venezuela, el 30 de agosto de 2026.

 

miércoles, 28 de octubre de 2026

Breves y siniestros: Microrrelatos para leer con la luz apagada

Hay misterios que no necesitan grandes preámbulos para manifestarse. A veces, una puerta que cruje, una sombra que parpadea o una presencia furtiva al borde de la cama caben perfectamente en un par de líneas y eso es suficiente para erizar la piel.

En esta edición especial de ZdT para celebrar Halloween, compartimos una selección de microrrelatos nacidos en el taller de escritura creativa Mínima expresión, dictado por quien suscribe estas líneas en los espacios de la Librería del Sur de Maracay, Venezuela. En estos textos, los participantes han explorado lo paranormal en su forma más concentrada: historias cortas, incisivas y directas a la columna vertebral.


Rafael Ortega


Un homicidio


Veo una luz incandescente. No sé qué está pasando a mi alrededor. Entre las luces observo sombras caminando en esta gran biblioteca. Una mirada, un grito ensordecedor, el murmullo del camino final. Me convertí en una sombra.

Antes de irme, vi la mirada de mi asesino. La belleza de un homicidio, mi género favorito. Estaba en la biblioteca sentada frente a la sección de ficción.

Irónico, convertí mi vida en una de las historias que tanto me gustan. La última página que leí la recuerdo borrosa. Solo diré: tenía el libro entre mis manos cuando el punzón atravesó mi alma.


Angélica Leal

***


El misterio del alma errante


Me levanté del escritorio y subí las escaleras para cerrar la ventana que la tormenta batió. El frío penetraba mis huesos, mi cuerpo tiritaba. En busca de un suéter me dirigí a la habitación. Frente al espejo un escalofrío me recorrió al no encontrar con mis manos la forma de mi rostro ni escuchar mi corazón. Mi sombra atemorizada corría hacia la biblioteca tras haber escuchado aquel alarido ensordecedor. Mi libro ahí estaba, cubierto de sangre, con una nota entre las páginas: “Ella te mató”.


Sofía Vargas


***


Fantasmal   


Ding-dong ding-dong la biblioteca ha cerrado, es la hora de buscar a mi hijo. Allí lo voy encontrar. Ding-dong ding-dong todos los días es igual. Ding-dong ding-dong y ¿si dejara de intentar? Ding-dong ding-dong aquella persona al verme se ha asustado, ¿qué le habrá pasado? Ding-dong ding-dong Dios mío, Dios mío, ese espejo mostró a un ser atroz. Sin piernas y sin la voluntad para ser. Dispuesto a vagar por toda eternidad.


Cipriano Castro (Hijo)


***


Desvarío


Este libro me enloquece, jamás me muestra las pruebas que necesito.

Sí, ya todos me olvidaron, pero sigo aquí.

La noche se hace corta luego del cierre de esta maldita biblioteca.

Y mientras mi asesino sigue libre, yo sigo viendo esta página que un día me hace sentir culpable y otro día víctima.


Olga C. Robles R.


***


Terror circunstancial 


Bajo una atmósfera de incertidumbre total, a solo segundos de descender ante la más profunda e inevitable locura, una sombra solitaria contempla con aire melancólico la página final de un libro gastado.

Sacando provecho de la quietud que le obsequia una biblioteca tras su hora de cierre, mira con detenimiento una y otra vez cada párrafo final de una historia tan trivial que el solo hecho de haberla impreso ya representa un desperdicio. Mientras en la última tumba del mausoleo, un autor sin mérito suelta una silente carcajada para despedirse de un mundo que jamás valoró su ingenio.


Bernardo Vernáez


***


Tierna despedida 


Ella pensaba que la muerte era poética, el final perfecto a una vida sin sentido. Por eso no se sorprendió cuando el asesino de la biblioteca, entre el revoltijo de libros, hojas, sangre y vísceras, dejó una rosa blanca como tierna despedida.


Cipriano Castro


***


Gemelas


Diana y yo éramos gemelas. En la biblioteca agarramos un libro al azar. El mío parecía tenebroso, el de ella no tanto. Rápidamente lo leí. Diana no estaba a mi lado. Fui a buscarla. 

Yacía desmayada en un pasillo, traté de levantarla, pero tenía sangre por todas partes. Ya no le quedaba hálito de vida. Apenas escuchaba lo que le decía: Cierra el libro, van a venir por ti y se extinguió. Corrí a la mesa y el libro no estaba, cuando me di vuelta para huir, el libro apareció como un gigante, me abrazó e inmediatamente se cerró.


Julia Yasmina Liendo


***


La última visita


Érase una noche en la calurosa ciudad de La Habana, el aire de la habitación era un manto pesado que dificultaba la respiración. De pronto, el silencio fue interrumpido por los ladridos frenéticos y agudos de Niña, una pequeña perra que había recogido días antes en la calle.

Me levanté con el corazón golpeándome el pecho. Al asomarme a la ventana, no vi nada. La ciudad parecía muerta, devorada por una densa oscuridad.

Sin embargo, observé que el animal tenía la vista fija en un rincón vacío del cuarto, así que erizada y en silencio regresé a la cama intentando calmar el pulso, pero apenas apoyé la cabeza en la almohada, sentí con espantosa claridad cómo alguien se sentaba justo a mi lado.

No hubo ruido. No hubo pasos. Solo una presión sutil en las sábanas y un escalofrío violento que me recorrió la espina dorsal y congeló el sudor de mi frente. Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos en la penumbra, atrapada entre el miedo y la curiosidad. No sé cuánto tiempo pasó antes de que el cansancio me venciera.

El amanecer trajo la respuesta en el timbre estridente del teléfono, cuando una voz quebrada al otro lado de la línea me daba la noticia: Luisa, una gran amiga había muerto esa misma madrugada.

No bastó la distancia geográfica para la despedida, y es que el alma no entiende de fronteras.

Ahora sé, con una certeza que me estremece y me consuela, que ella antes de marcharse definitivamente, cruzó el océano para sentarse a mi lado y darme su último adiós.



Emalida Viloria 


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La otra llamada


El teléfono fijo de la sala comenzó a sonar a las tres de la mañana. Me desperté con el corazón acelerado, frotándome los ojos en la oscuridad. Al levantar el auricular, solo escuché una respiración temblorosa al otro lado de la línea.

—¿Quién es? —pregunté con voz ronca.

Una voz idéntica a la mía, susurrando con terror, me respondió desde la bocina:

—No cuelgues... entra rápido al dormitorio. Acabo de ver a alguien parado junto a tu cama.

Un segundo después, escuché que el teléfono celular, que había dejado olvidado sobre la mesa de noche de mi habitación, comenzó a vibrar con una llamada entrante.


Leila Sosa


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El Sr. H.Q.


Cuando la biblioteca está cerrada el Sr. H.Q. se sienta a escribir su libro de relatos en el que la selva es su enemiga y los cazadores mueren en accidentes. Dibuja animales y monstruos al ritmo del reloj. Cada noche cambia el final de alguno de los cuentos para evitar vivir. En la habitación de un hotel su hijo lee este libro; se inquieta al escuchar el cascabel de una serpiente en la página 66, prepara su escopeta y se esconde detrás del árbol dibujado en la siguiente hoja. Su cuerpo fue encontrado dentro de un gran almohadón de plumas. 


Ysbel Mejías 


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Ese espeluznante sonido


No sé la hora que era, solo que era noche cerrada. El toque en la puerta me despertó otra vez. En mi casa familiar, allá en Puerto Cabello, solo mi mamá tenía llave. Cualquier habitante de la misma (excepto la mencionada) que llegara después de las nueve de la noche, tenía que tocar a la puerta, incluso mi papá. Pero la puerta que tocábamos era la del fondo, la del patio, la que mi mamá podía oír más fácilmente. Además, a quién se le ocurriría visitar a altas horas de la noche.

Ese espeluznante sonido: toc, toc, toc, toc, toc, toc, lo oía y me arropaba hasta la coronilla. Más nadie parecía oírlo. Nunca alguien atendió a ese llamado. No me atrevía a comentarlo. Me preocupaban las burlas, la incomprensión, la incredulidad. Así que me callé por años.

Una vez, serían las tres de la tarde, yo leía en el porche y me sobresaltó el dichoso sonido, giré mi cabeza hacia su origen y descubrí a mi torturador: Kaiser, el perro de la familia, lamía extasiado sus genitales, mientras su cola golpeaba acompasadamente la puerta: toc, toc, toc...


Eliezer Salinas Delpino


***


Amor paranormal 


a Evelyn E.


Al salir del trabajo me senté en un banco de la plaza para leer el diario, luego llegó ella, dijo llamarse Carmen Rosa, era hermosa, traía esa belleza etérea de las flores secas.

Se sentó a mi lado, conversamos como conocidos de siempre. Me enamoré de aquella mujer en las dos horas que pasamos juntos.

Nos despedimos con un beso, volveríamos a vernos el viernes en la alameda.

En casa abrí el periódico, por azar lo hice en la página de los obituarios, allí vi su fotografía, abajo una leyenda rezaba. “Carmen Rosa a cinco años de tu partida”.

Era febrero y aún estoy muy triste.


Juan Francisco Lara