Ante la pérdida no hay consuelo, sólo el dolor. Se acepta el dolor y la realidad poco a poco va apareciendo, poco a poco.
Alejandro Jodorowsky
En estos tiempos turbulentos se fermenta buen material para la creación. A donde mires algo está pasando y eso, aunque parezca malo, al final es savia elemental para el creador. Estamos viviendo tiempos venturosos...
Marcos Veroes Vegas
Escribir levanta los escombros del olvido. Escribir mantiene viva la memoria.
Skarlet Boguier
***
Minutos después de las 6:00 de la tarde del miércoles 24 de junio de 2026, nuestro país resultó afectado por causa de dos sismos consecutivos -de 7.2 y 7.5 en la escala de Richter- que en 39 segundos trastocaron de manera radical la geografía de nuestras ciudades, el silencio de nuestras calles y la tranquilidad de nuestros hogares. Ante el rugido de la tierra y el posterior desconcierto de las réplicas, las estructuras colapsaron, pero la memoria colectiva y la necesidad de arraigo se mantuvieron firmes entre las grietas.
Cuando la tierra calla, queda la palabra. Esta selección de textos reúne las voces de diversos poetas, narradores, cronistas y periodistas venezolanos que, conmovidos por el dolor, el asombro y la pérdida, recurrieron a la palabra escrita como el único refugio capaz de ordenar el caos. A través de sus obras, el lector encontrará un mapa de la resiliencia: testimonios de la noche oscura que envolvió a nuestras regiones, el eco de los llamados de auxilio, la mirada puesta sobre el polvo de los edificios caídos y, sobre todo, el abrazo solidario que surge en medio de los escombros.
Los textos de El rugido de la tierra no pretenden sólo registrar la herida de aquel junio que nos marcó para siempre, sino también tender un puente hacia la reconstrucción emocional de un país que, aún tambaleante, vuelve a levantarse. Estos escritos son la prueba de que, cuando el suelo falla bajo nuestros pies, la palabra nos sostiene.
Rafael Ortega
***
Mi gato enloquece
trae un pez en los dientes
Eso quisiera
Limpio y saco las entrañas
Agallas rosas
Maniobras rosas
Mi gato salta a la ventana
el pez se mete por su oreja
muerde su garganta
Debe notar la diferencia
Lame sus patas
Estruja su bigote
Maúlla
Piensa que los peces
salen del grifo
La réplica
vuelve a azotar la casa
Mi gato salta al vacío
Mi mano no lo alcanza
Ahora llora como un niño
En una oración interminable
mi gato comienza a contar las horas
Los peces muerden sus ojos
Freddy Borges
***
1.
Un perro ladra entre los escombros
un taladro y unas manos escarban
y cosechan el milagro de la vida
2.
La convulsión del horizonte
rompió el músculo de
la tarde
y nos hirió de angustia y de dolor
Elí Caicedo
***
Los pájaros,
lo invisible,
pueden huir
del temblor de la tierra,
ser otra morada,
ser aire,
otro tipo de verdad.
Cristóbal Camejo
***
Sé que donde estás
te diste cuenta de que tembló
Sé que me viste
y no te asombró mi actitud,
porque en instantes anteriores
de suaves movimientos de la tierra,
me comporté
como si no estuviera ocurriendo nada.
Pero por dentro
mi corazón se quebraba
ante esa amonestación de la naturaleza.
Sé que ella nos marcó
con una cruz de ceniza indeleble
como símbolo de reconocimiento
entre los que este 24 de junio
estábamos en nuestro país,
en nuestra casa.
Hoy, al declinar la tarde
en decúbito supino,
miro los tabelones
y las vigas del techo
de mi habitación
y vuelvo a recordar
este nefasto día de junio;
día del Santo de mi papá,
cómo mi cama y la lámpara
que pende del techo,
se movían con furia indescriptible
durante esos segundos interminables.
Mercedes Carmona
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Lo inesperado
Gritos y llantos
ahogan el paisaje
de la creación
Padecimiento
sin hogares familiares
vidas marcadas
Pequeños somos
ante la furia
de la naturaleza
El ser humano
es insignificante
para su poder
El templo fuerte
se llenó de miseria
Ruinas, escasez
Fue un oasis
Hoy transitan escombros
sombras, demencia
En el susurro
de la brisa quedarán
lamentaciones
Pasarán años
Brindar sueños después
de la intemperie
Desde la unión
surgirán lazos
que no se podrán romper
Forjaremos de nuevo
un jardín con fe
y esperanza
Julia Yasmina Liendo
***
El libro
Tras la ardua jornada
la señora busca consuelo o resignación
en las páginas del libro
La realidad le espera
al final de la línea
no obstante se quiebra
en el trayecto del Metro
donde consigue asomarse a la promesa
de un paraíso por recobrar
o a la advertencia de un destino de tormento
Saca el libro
le es necesario
lo llevaba en la cartera
celosamente resguardado en polietileno
El libro contiene
una suerte de contrato
en caso de que quieras ser salvado
Rescataron
de entre los escombros
el cuerpo sin vida
aferrado al libro
lo entregaron a su madre
el hijo había firmado.
J.M. Llerena
***
Breves
Fui borrada
por las manos
de un fantasma.
II
Mi sombrero
fue lanzado
a los campos
del olvido.
-con calma-.
III
Una llama se extingue
al crujir
de hojas secas
en el viento.
IV
El reloj se paraliza
en la soledad
interminable
de un jardín.
V
Palpitan corazones
en mares
gelatinosos
de concreto.
VI
Chibchachum
sacude sus hombros
por 39 segundos.
VII
Una ciudad
llena de escombros
pide silencio.
Ysbel Mejías
***
Aquí en el ambiente hay confusión, una mezcla de sentimientos, tal vez algunos son nuevos. Todos vivimos en incertidumbre, caminan con miedo; miran con asombro, dolor, desconfianza del piso que tocamos. Todo se nos mueve, no solo por las réplicas, también por el shock no superado de dos terremotos 7.2 y 7.5, así como las más de 400 réplicas que se han producido.
Mi adrenalina ha estado a millón y no me ha permitido asentar los sentimientos, full trabajo en el canal. Informamos lo que pasó, pero tratamos de difundir calma ante el desasosiego.
Subir y bajar los 17 pisos de mi apartamento no ha sido lo más difícil, lo ha sido ver las grietas de las paredes de las áreas comunes en los pisos inferiores, tener la percepción de que se abren cada vez más... quizás lo imagino, no lo sé.
Para nosotros, los venezolanos, el humor es parte de nuestra existencia, pero hoy, al entrar a un establecimiento a comprar pan, alguien bromeó con la frase "morir todos" y nadie sonrió. Creo que después del 24 de junio de 2026, día en que se conmemorábamos los 205 años de la batalla que selló nuestra independencia, corroboramos que siempre seremos dependientes de la incertidumbre de la naturaleza.
No hemos cumplido el año desde el bombardeo del 3 de enero, cuando todo vibró por helicópteros y bombas, y nos damos cuenta de lo vulnerables que somos, no solo por las fuerzas extranjeras, sino también por nuestra posición geográfica. "Doblete sísmico" le llaman, "doble terremoto", en fin, el nombre que sea dejó una herida en el alma, por quienes murieron, por quienes aún luchan entre escombros o sobre los escombros con la esperanza encendida; por aquellos que el pasado 24 de junio se le desdibujaron sus recuerdos, sus sueños, su vida... Hay que construir de nuevo, como aquel 3 de enero, como el 15 de diciembre de 1999, como el 11 de abril de 2001, como el 27 y 28 de febrero de 1989, como entre 2013 y 2017 por toda la escasez, como los deslaves del 2011, como los disturbios, como tantos...
Aquí, en la capital, algunos siguen aferrándose al Mundial para darle respiro al alma. El sonido de Google, lejos de alertarnos del terremoto, nos dejó un estímulo condicionado que nos hace sobresaltarnos con cada vez que suena el celular. Tal vez esto es cotidiano en Chile, México, Filipinas, para nosotros no, para nosotros no. La generación que vivió el terremoto de 1967 dice que aquel año no fue igual. Como en el deslave del 99 todos tenemos a alguien que pereció en La Guaira o que aún está entre los escombros.
Venezuela, el país de la alegría, hoy está asustada, agradecida por las manifestaciones de apoyo, pero inevitablemente aterrada. Un río en Portuguesa clama su espacio y una montaña en Trujillo se quema, mientras tanto en el norte las placas no dejan de ajustarse y el corazón se acelera.
Vamos avanzando y con la mano en el pecho confiando en que todo esto pasará rápido, por lo menos en el plano real pues en nuestras mentes pasarán décadas para que nuestra placa tectónica interna cese...
Natcha Méndez, periodista
***
1.
Cae la tarde
triste como la sombra
pesan las nubes
2.
Lloran las almas
después de la tragedia
hay esperanzas.
3.
Hay mucho dolor
se respira tristeza
la muerte ronda.
Liris Miyares
***
Era un 24 de junio
en Venezuela,
el día cerraba su puerta,
la noche abría su cuerpo...
La tierra gemía
estremecida
tembló y volvió
a temblar
y quedamos
tan impactados,
desesperados...
El llanto corrió
como río crecido
por lo que vivimos
nosotros y otros
vecinos y compatriotas,
víctimas y fallecidos
hermanos de la patria.
Belén María Pacheco Ayala
***
El asfalto convertido
en oleaje imposible,
trae ruido, trae pánico,
el cielo derrumba
certezas
gritos, clamores,
derrumbes de la
esperanza
Silencios nerviosos,
miradas buscando
explicaciones,
la incertidumbre
de la muerte
es lo único que sabemos
Julio César Pérez
***
Entre santos, héroes y escombros
El 24 de junio en Las Tejerías siempre ha sido una jornada donde el misticismo y la historia se abrazan sin pedir permiso. Desde las primeras luces del alba, el repique del tambor despertó al pueblo. Las cofradías de San Juan Bautista, con sus pañuelos rojos y altares floridos, tomaron las calles en un sangueo cadencioso. El ritmo parecía brotar del asfalto mismo, un latido colectivo que celebraba la vida, la fe y la herencia indomable de la costa.
Mientras en Las Tejerías el santo bailaba al son de los cueros, en el oriente del país, en la población de El Tigre, el aire vibraba con una solemnidad distinta. El Día del Ejército y el aniversario de la Batalla de Carabobo se conmemoraban con un imponente desfile cívico, militar y estudiantil. El paso firme de las botas, el brillo de los uniformes y las banderas ondeando al viento rendían tributo a la gesta que fundó la patria. Dos realidades venezolanas, la sagrada y la heroica, transcurrían en un espejo perfecto de identidad. Hacia las dos de la tarde, el recorrido de los sanjuaneros alcanzó su clímax frente a la Alcaldía. El calor de la tarde no amilanó a la multitud; al contrario, los tambores retumbaban con una fuerza frenética que guiaba el movimiento libre y alegre de las caderas de las jóvenes muchachas, cuyo baile hipnotizaba a los presentes.
Ese repique fue el puente perfecto para conectar con otra gran celebración del día: el cumpleaños del alcalde Régulo la Cruz. Las puertas de la Casa de la Cultura se abrieron de par en par para recibir al pueblo. Adentro, la atmósfera era de pura algarabía. La música en vivo contagiaba a todos, mientras las bandejas de comida y los vasos de bebida circulaban sin cesar. El alcohol, la risa y el júbilo colectivo crearon una burbuja de desconexión total donde el mundo exterior simplemente dejó de existir.
A eso de las seis de la tarde, la fiesta popular rozaba su momento más tierno y tradicional.
La cronista Carmen Rojas, respetada por salvaguardar la memoria del pueblo, se acomodaba frente a la piñata, con el palo en la mano y la sonrisa dispuesta, lista para desatar las risas de los presentes.
Entonces, el tiempo se congeló. Un bramido subterráneo, sordo y violento, ahogó la música. El suelo de la Casa de la Cultura se sacudió con una furia imprevista. Para quienes ya sentían el peso del alcohol en las venas, los primeros segundos parecieron una pérdida pasajera del equilibrio, un vaivén mareado que pasaría rápido. "No es nada, una sacudida más", pensaron algunos entre la bruma del festejo. El temblor cesó en un suspiro, dejando tras de sí un silencio espeso, interrumpido solo por el tintineo de las botellas y los murmullos nerviosos.
Pero la ilusión de la normalidad se pulverizó en menos de una hora. La realidad irrumpió como un golpe seco en el pecho. Los teléfonos, las transmisiones de radio y las voces desesperadas comenzaron a tejer una crónica de terror que nadie quería creer. Lo que en Las Tejerías se sintió como un susto pasajero, en el resto del país se había transformado en un cataclismo.
Las noticias que llegaban de la costa eran devastadoras: el suelo firme se había convertido en una trampa mortal. En La Guaira, las estructuras no resistieron; el dolor se multiplicó al confirmarse que más de 200 edificios se habían derrumbado, transformados en montañas de escombro, polvo y lamentos. La línea del horizonte caribeño se desfiguraba entre columnas de humo y el eco de las sirenas.
El pánico se extendió como la pólvora por toda Venezuela. De oriente a occidente, los reportes repetían la misma pesadilla de infraestructuras colapsadas y vidas sepultadas bajo el concreto. En la Casa de la Cultura de Las Tejerías, la música ya no volvió a sonar. Los rostros, antes encendidos por la fiesta y el licor, se tornaron pálidos y desencajados. El 24 de junio, que había comenzado con el canto devoto a San Juan y el orgullo de Carabobo, cerraba sus cortinas envuelto en el luto, la incertidumbre y el llanto de una nación sacudida hasta sus cimientos.
Ana María Rodrigues Macedo, cronista
***
1.
Tiembla la tierra
respondiendo con rencor
el hombre corre.
2.
Sufre la tierra
con heridas profundas
y grandes daños.
3.
La tierra llora
siente graves heridas
pide ayuda.
4.
Honda tristeza
circula por sus venas
crece el dolor
5.
Se perdió la sonrisa
sólo existe dolor
no brilla el sol.
6.
No cantan las flores
sus pétalos se duermen
se opaca el sol.
Marina Sandoval
***
Cruje la costura que amarra los dos edificios gemelos y el aire se llena de un silbido denso, vertical, geométrico. Atrapado en el núcleo de la estructura, bajo el ángulo ciego del marco de la puerta, mido el abismo en metros y segundos. A quince metros de altura el tejado se desgarra a dos aguas, liberando una granizada furiosa de proyectiles de arcilla. Son veloces hachas de tierra, cuchillos de fuego frío que descienden en picada libre, acelerando su gravedad asesina a setenta kilómetros por hora. Estallan a mi izquierda, trituran la piedra a mi derecha, rozan el límite exacto donde termina mi piel y empieza la nada. El tiempo se estira, se deforma, se vuelve una masa interminable de estrépito y polvo rojo. Y sin embargo, en el centro mismo de esa tormenta letal, bajo el umbral que resiste, el terror se disuelve en puro asombro. La cercanía de la muerte no congela; al contrario, es un chispazo eléctrico, un recordatorio violento y absoluto de la propia carne, un saludo del abismo que, de pronto, vuelve la experiencia más vital. Nunca estuve tan expuesto, nunca estuve tan despierto. Esto no es un poema todavía; es el pulso que regresa, el miedo transformándose en canto, poco a poco, de temblor a temblor.
Roberto Santana
***
Sismo
Oleaje de lo rígido
en casa
fractal en vitrales
de vidas caen
y a su vez se salvan.
Somos marionetas
con hilos cortados
al azar.
Un curso de milagros
tenía razón:
"Lo material tiene vibras
y lo rígido se vuelve flexible".
Amo y perdono
sin miedo
me voy
entre los escombros...
¡Ya no vivo
en tensa calma!
¡Es mi paz certera
QEPD yo!
Revivo en solidaridad
entre cadenas
de oración y de favores
Somos todos
constelaciones estelares,
donde Dios
vive la experiencia
en nosotros:
duelo en todos sus prismas,
vamos digiriendo
el nuevo sistema
de nuestra cadena
alimenticia fraternal.
Canto a mis células
para sanar:
tu en mí y yo en ti.
Aimée Torres
***
1.
Tsunami de cuatro patas
En medio del gran dolor que invade al venezolano, ha surgido un Súper Héroe en labores de rescate, que no usa casco duro ni gruesos ni largos mecates, se trata de un animal vestido de blanco y negro, que es el mejor rescatista mencionado hasta el momento, se trata de un noble perro con nueve años de edad, que en estos dos terremotos ha sido de gran ayuda en la golpeada ciudad, en Caracas fue vital para olfatear atrapados, en La Guaira su labor ampliamente difundida, por la forma tan veloz como ubicó gente herida, Tsunami lleva por nombre, su raza viene del Border Collie, entrenado por bomberos y cuerpos profesionales, que han hecho de este canino el miembro más efectivo en cuestión de salvamento, Venezuela aplaude en pleno la actuación del gran Tsunami, por ser ejemplo viviente en esta hora tan triste, dando muestras increíbles de valentía y coraje.
2.
La voz del dolor
En el dolor hay vacíos, no existe entendimiento, la duda nos invade y el llanto habla el lenguaje del débil corazón, todo parece oscuro, el alma se nos nubla y tan sólo preguntas desfilan en la voz.
Luis Valero, escritor y periodista
***
Para los que partieron sin despedirse
No te conocí.
No supe el color de tus ojos,
ni el tono exacto de tu risa,
ni qué sueño te desvelaba la noche anterior.
Pero la tierra tembló,
y dolió en el mismo pecho.
Porque el dolor no pide cédula,
ni el luto necesita conocer el rostro.
Somos la misma raíz que se sacude, el mismo suelo que, al abrirse, nos arranca un pedazo de futuro.
Hoy no lloro una estadística.
Lloro la taza de café que quedó llena, la puerta que no volvió a cerrarse, el abrazo que se quedó a mitad de camino.
No son cifras que borra el viento, son luces que cambiaron de altar.
La tierra se movió un momento...
¡Y ellos se mudaron al mar!
Vuelen alto, almas sin nombre,
vecinos de la misma herida.
No los conocí en la vida,
pero los guardo en el alma
para que no los toque el olvido.
Alis Teresita Velasco
***
Esperanzas
Manos que se buscan
entre los escombros,
olvidando el miedo,
levantando el alma;
el peso del mundo
se carga en los hombros;
el esfuerzo compartido
nos devuelve la calma.
No hay extraños
en esta tierra herida,
solo hermanos que tejen
una red de acero,
cada vida salvada
es luz bendecida,
cada rescate,
un abrazo sincero.
Del polvo brotan
fuerzas latentes,
un lazo invisible
que el sismo no quiebra,
ver al pueblo unido y valiente,
que de los escombros renace
y la vida celebra.
Emalida Viloria





















