miércoles, 17 de junio de 2026

La derrota de Darwin



-Mario Amengual-

 

Hace más de dos décadas trabajé con reconocidos científicos sociales en una desaparecida comisión presidencial. Mi presencia en ese selecto grupo era tan extraña como cuando, aún estudiante de Letras, formé parte de la selección de fútbol de la Universidad Central de Venezuela. No es difícil imaginar que en aquella comisión estaba destinado a tareas subalternas, por más que buena parte de sus publicaciones dependieran de mi afán de corregirlas y mejorarlas. ¿Cómo podía un lector de Villon y Conrad, que ocasionalmente publicaba poemas y artículos en revistas y periódicos, dar opiniones pertinentes donde se planteaban “reformas sustanciales para el país”? Aparte de eso, no ocultaba la inconveniente costumbre de ejercer la discrepancia en cuanto al lenguaje estereotipado y altisonante de la generalidad de la prosa y oratoria política, económica y sociológica que allí se practicaba.

La relación de este episodio autobiográfico viene al caso para resaltar prejuicios e hipocresías que poca gente quiere ver. Y no sé hasta qué punto los mismos artistas se complacen en ser vistos como especie rara, como personas dignas de ser premiadas y condecoradas, pero sin ninguna importancia, salvo para ornar conversas, en la formación intelectual y espiritual de los seres humanos. Tampoco deja de ser contradictorio que sean los científicos sociales, en su mayoría, quienes más subestiman el sentido poético, por ejemplo, y quienes más se vuelven contra las artes cuando se trata de encontrar el perfil de la sociedad. En un mundo gobernado por la economía (o más bien, por teorías económicas) y los políticos como acólitos, ya no sorprende que las artes visuales estén incorporadas al mercado y los escritores propendan a la diplomacia. Sin embargo, a un ciudadano del Tercer Mundo, de un país devastado por los políticos y sometido a rígidos y foráneos esquemas de dominación, se le ocurre no demostrar, porque las demostraciones pertenecen a la ciencia, sino afirmar que la poesía o el sentido poético, como saber y sentir plenos, es también conocimiento. No pretendo emparejar realidades en apariencia tan disímiles como el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y las cada vez más precisas observaciones del telescopio espacial Hubble; lo digo porque nuestra época, fascinada por sus maravillas técnicas, día a día confirma su quiebra espiritual. 

 

Los síntomas de un divorcio 

  

No es mi propósito historiar la escisión que hoy padecemos y menos aún buscar su origen y registrar sus etapas minuciosamente. Cuando mucho quiero compartir inquietudes y comentar opiniones que me ha deparado la lectura. 

Nada menos que Charles Darwin demostró las consecuencias y la tragedia humana de tener un intelecto alienado, puramente científico. Escribió en su autobiografía que hasta los trece años gozó intensamente de la música, la poesía y la pintura; pero después, durante muchos años, perdió el gusto totalmente por estos intereses: “Mi cerebro parece haberse convertido en una especie de máquina de deducir leyes generales a partir de grandes conjuntos de hechos... La pérdida de estos gustos es una pérdida de la felicidad, y posiblemente puede ser dañosa para el intelecto, y más probablemente para la moral, pues debilita la parte emocional de nuestra naturaleza”. (Erich Fromm, Tener o ser).

Y añade Erich Fromm: el proceso que Darwin describe aquí ha continuado desde su época a un ritmo rápido; la separación de la razón y los sentimientos es casi completa. A tal punto, podemos decir, se ha dado esa separación que se han difundido expresiones como “sensibilidad social” o “procesos de sensibilización”, las cuales vienen a ratificar nuestro vacío y a suplirlo por discursos al estilo de lo designado popularmente como “hablar de la boca para afuera”. Nos quedamos en las palabras para, apenas, esbozar lo ya perdido en el corazón; por eso, si en el Plan de Estudios de una carrera científica o técnica se incluyen charlas de literatura o cualquiera de las artes, son vistas con desdén, cuando no con burla. Es de esperarse: ¿quién en el curso de nuestros estudios o en nuestra vida familiar nos insinúa que Correspondencias de Baudelaire puede revelarnos otra manera de ver y comprender? ¿Son sólo producto del esoterismo los Versos dorados de Nerval y no, por ejemplo, la apuntación de realidades que la ciencia ahora comienza a reconocer? 

Sin embargo, lo que Darwin confesó como su propia tragedia y es síntoma general en nuestra época, ha encontrado un ligero contrapeso cuando gran parte de los principales investigadores en la mayoría de las ciencias más revolucionarias y exigentes (por ejemplo, la física teórica) se hayan sentido profundamente preocupados por las cuestiones filosóficas y espirituales. Me refiero a hombres como A. Einstein, N. Bohr, L. Szillard, W. Heisenberg y E. Schröndiger. Y a esta lista de Erich Fromm, cabe agregar científicos, aunque con perspectivas muy diferentes entre sí, como Fritjof Capra y Stephen Hawking. 

Lo demás es un vacío escandaloso y una continua presunción. Y si acaso esto parece exagerado, hurguemos un poco en nuestras escuelas y universidades. 


Ya Rimbaud lo había dicho

 

 En pleno “estupor positivista” Rimbaud avizora que el fervor por la ciencia crecerá. “Nada de vanidad, adelante la ciencia” grita el Eclesiastés moderno, es decir, todo el mundo. "¡Ah!, la ciencia no va bastante rápido para nosotros". Desde entonces esa velocidad y esa desazón han aumentado; pocos se permiten la duda: la mayoría o padece o se mantiene boquiabierta por los prodigios de la técnica, insaciable hermana de la ciencia. Ya al principio de este siglo va quedando un solo credo, el delirio tecnocrático: el espíritu se alivia con sucedáneos religiosos y la perenne invitación al placer. 

Tal vez hoy sea plenamente cierta la afirmación de un médico que cita Kandinsky en De lo espiritual en el arte: “He efectuado la autopsia de muchos cadáveres, no he encontrado nunca un alma”.

¿No es por el interés o la ganancia que se emprenden la mayoría de las causas en este mundo, sean buenas o malas? Abundan las iglesias, las sectas, los credos redentores; pero el espíritu brilla por su ausencia: en vez del asombro (principio de toda filosofía, según Sócrates; y podríamos añadir que de toda ciencia, religión y arte) encontramos autosuficiencia, manipulación y jerarquías arbitrarias. La economía es el gran ídolo y nada parecida a indispensable colaboradora para una sociedad que aspira a la sensatez y al equilibrio. La política ocupa la atención de temerosos ciudadanos carentes de todo sentido de comunidad, excepto si sus intereses muy personales son vulnerados. Nunca antes había sido el ego indiscutible protagonista de la cotidianidad humana y nunca antes había sido tan exaltado, gracias a los omnipresentes medios de comunicación, y nunca antes había sido la inanidad tan buena materia prima para cualquier negocio. Reconozcámoslo, así de simple: es éste el mundo que nos merecemos. ¿Acaso hemos procurado realizar cambios más allá de nuestras convulsas y festivas apariencias? Alguna vez escuché a unos jóvenes escritores asegurar que a la gente de letras, en cualquier lugar del planeta, le cuesta tragar su resentimiento por la actual preponderancia de gente del espectáculo y deportistas. De tal modo, en general, se comportan algunas inteligencias: en sus escritos, las palabras espíritu, alma y corazón sólo refieren a un diccionario de arcaísmos. 

Nos encontramos con un síntoma evidente de nuestros días; escasamente comentado en las revistas humanísticas: la casi total rendición de los artistas a las fuerzas del poder comunicacional globalizado y uniformante. Las escasas y benevolentes campañas que pregonan la diversidad de razas y culturas, apenas respiran entre los arrolladores artificios de la publicidad, la televisión, la cinematografía y las disposiciones políticas de los poderes angloamericanos y angloamericanizados. Para tales poderes, con su ciencia y su técnica desaforadas, cualquier disidencia intelectual, cualquier empuje del corazón, es sólo un graznido salvaje sobre los tejados del mundo. 

El mundo estridente que nos ha tocado, la época de la humanidad superinformada pero exangüe, tal vez necesite poetas que no jueguen a su exclusividad, a su reclamado endiosamiento y menos aún que tengan fe en el veneno. Por los momentos las artes ostentan (quisiera estar equivocado), al menos en sus representaciones más conocidas y apreciadas, una sumisión al parecer general y poca fuerza de rebelión e ironía. No es casual que muchos museos y librerías ofrecen aires de supermercado. 


El poder del conocimiento 

 

 El conocimiento es poder, ése es el lema imperante. Los héroes fabricados en Hollywood y de los dibujos animados lo repiten como una consigna del Gran Hermano. No es raro ver a un niño que, mientras tira golpes y patadas, grita a todo gañote: "el conocimiento es poder". Y cuando llega a la adultez (o así lo suponemos) la misma frase, como insertada por un programador de computadoras, lo acompaña toda su vida: en su trabajo, en su familia y en sus diversiones. Aquí, por supuesto, el conocimiento es el científico, el dominio de la técnica; pero demos por sentado que ese conocimiento científico y técnico al cual aludimos es el que se halla sometido a las manipulaciones para alcanzar y mantener el poder. Sería necio pensar que la ciencia y la técnica, por sí mismas, son dañinas; si no fuese por ambas estaríamos sometidos al exclusivo dominio de la Inquisición y las supersticiones. 

Cuando enfrentamos la ciencia y la técnica como si fuesen enemigas implacables, me estoy refiriendo a la nefasta escisión en el alma humana que señaló Bertrand Russell: "la ciencia ha sustituido cada vez más el conocimiento-poder al conocimiento-amor; y a medida que se completa esa sustitución, la ciencia tiende a hacerse más y más sádica". Y también estoy pensando en otro señalamiento del mismo Russell: "Tan pronto como se comprueba el fracaso de la ciencia considerada como metafísica, el poder que la ciencia confiere como técnica se obtiene a algo análogo a la adoración de Satanás, o sea, por renuncia al amor". De esa manera, ya no es el conocimiento por la verdad, ni siquiera por la veracidad, es el conocimiento de quienes no quieren experimentar el silencio ni quieren arrostrar la condición humana con sus glorias y sus bajezas, con sus prodigios y sus limitaciones. En este punto toca hablar de poetas, amantes o místicos o, sencillamente, del ser humano cabal. 

¿Estaremos acariciando un ideal? No creo. No fue un ideal (tal vez un personaje legendario) quien dijo: 

 

"Hay algo inherente y natural, que existió antes del cielo y de la tierra. Inmóvil e insondable, permanece solo y jamás se modifica; lo llena todo y nunca se extingue; lo podemos considerar Madre del Universo. No conozco su nombre; pero me veo forzado a darle un nombre: lo llamo Tao, el trascendente". 

 

Sé, con la misma fuerza de una corazonada, que estamos lejos del asombro, de ese asombro para el cual Goethe dijo que vivía. Escribo asombro pensando en El ruiseñor de Keats, en El largo aliento de Whitman, en la Noche estrellada de Van Gogh, en los Himnos de Hölderlin, en el Otro poema de los dones de Borges; pienso en ese asombro que fue materia esencial de la escritura de Rilke; escribo asombro y recuerdo unos versos de Pavese: "Estoy vivo/ y he sorprendido en el alba las estrellas"; escribo asombro y me veo a mí mismo, como de diez años, sentado en el malecón de Ocumare de la Costa, asustado y llorando por el azul y la inmensidad del mar. 

Estamos lejos del asombro, y es poco decir. Sólo nos causa singular estimación lo que ideamos y producimos. Arrobados por la incesante invención y perfeccionamiento de artificios, no reparamos en cuanto late en nosotros y a nuestro alrededor; menos aún sentimos el silencio de los espacios infinitos que aterrorizaban a Pascal. Aquí tomo prestada una anotación del poeta Rafael Cadenas: "No hago diferencia entre vida, realidad, misterio, ser, alma, poesía. Son palabras que designan lo indesignable". Pero a casi nadie le interesa lo indesignable; queremos seguridades, definiciones, conceptos, explicaciones. Cualquier hijo de vecino las exige. No importa si es académico, tecnócrata, policía, deportista o carnicero. El sentido religioso se cumple con la misa dominical, la realidad nos la cuentan la televisión y los periódicos, el misterio queda para brujas y gurúes, el ser es tema de filósofos anacrónicos, el alma es algo que irá a alguna parte cuando muramos, la vida es una especie de carrera contra reloj y la poesía es obsesión de gente descaminada, cuando no retórica sensiblera. Así llegamos al siglo XXI, orgullosos, sin saberlo, de esas y muchas otras carencias. 

Afortunadamente, el mundo no parece encaminado, de buenas a primeras, hacia la sociedad científica y superplanificada que describió Huxley en Un mundo feliz. Aún quedan bastantes contrastes, subversiones, contradicciones, desigualdades y, sobre todo, pese al afán uniformante de los tecnócratas, nos quedan la playa armoricana, la cueva de Montesinos, el dominio perdido del Gran Meaulness, la isla de Morel... 

Nuestra época ha seguido la derrota de Darwin, derrota en una doble acepción: como camino y como vencimiento. No quiero decir que con Darwin haya comenzado este ya largo dilema; supongo que se trata de fuerzas muy activas: se atraen y se rechazan en nuestra alma desde nuestro origen. Apenas me atrevo a señalar una paradoja obliterada: que haya sido Darwin, influyente y emblemático científico del mundo occidental, cuya obra originó tantas polémicas y tantas discusiones, quien haya confesado tan demoledora pérdida de gusto y sensibilidad. A diferencia de él, la casi totalidad de los seres humanos de nuestros días ni siquiera sospecha ese menoscabo en sus corazones. Darwin, al menos, pudo darse cuenta y eso abrió otro camino, otra derrota. 

Soy incapaz de predecir los traspiés o aciertos de la humanidad –ni siquiera para los próximos días. Al respecto, no soy pesimista ni propicio esperanzas. Mi actitud es la de quien se halla inerme ante un ejército invasor. Ésta es la época que me ha tocado vivir, no sé si mejor o peor que otras.  

Me emociona hondamente (valga el lugar común) que hace unos 2.200 años Eratóstenes, con una vara y su minuciosa observación, dedujo, casi con exactitud, la circunferencia de la Tierra; que Aristarco de Samos, por la misma época, sostenía que la Tierra orbitaba el Sol como los otros planetas y que las estrellas están a una enorme distancia de nosotros. Me emociona saber que Hipatia, nacida en el año 370 en Alejandría, fue matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neoplatónica de filosofía y me indigna saber que las hordas del arzobispo Cirilo la desollaron viva con conchas marinas y sus restos fueron quemados, sus obras destruidas y su nombre olvidado. Admiro la fundamental aventura científica de Galileo, que contribuyó, definitivamente, a desmontar el aparataje mezquino y fanático de la Iglesia Católica. Me cuesta comprender y me cautiva el complejísimo microcosmos de las partículas elementales y me agrada saber que unas de esas partículas elementales, los quarks, de las cuales se componen los neutrones y los protones, deben su nombre a una enigmática frase de James Joyce: “Tres quarks para Muster Mark”. Durante muchos años me ha acompañado la fascinación por las investigaciones de astrónomos y astrofísicos y su empeño en conocer el pensamiento de Dios. 

Doy por verdad que la ciencia está circunscrita a los límites del pensamiento; jamás podrá arrogarse su anhelada verdad de las verdades. La tarea por realizar consiste en devolverle a la ciencia su auténtica jurisdicción y mantenerla ajena a nefastos fines de control, manipulación y destrucción. Nos corresponde, como en tantas otras circunstancias de la vida, equilibrar las tensiones entre el conocimiento científico y el saber poético. Así como necesitamos saber que vivimos en un planeta ubicado en una especie de suburbio de la Vía Láctea, con igual primacía requerimos el incomparable goce y saber de modestas palabras como las que siguen: 

   

"Y es de tan alta excelencia aqueste sumo saber 

que no hay facultad ni ciencia  

que le puedan emprender;  

quien se supiere vencer  

con un no saber sabiendo  

irá siempre trascendiendo.    

Y si lo queréis oír,   

consiste esta suma ciencia  

en un subido sentir 

de la divinal esencia; 

es obra de su clemencia  

hacer quedar no entendiendo,  

toda ciencia trascendiendo".

TAM: 100 años de arte, permanencia y aplausos

Texto y foto: Rafael Ortega


Cruzar el umbral del Teatro Ateneo de Maracay (TAM) es sentir el peso y la magia de cien años de aplausos, suspiros y pasiones desatadas sobre las tablas

En el bullicio de nuestra cálida ciudad, este santuario del arte se erige no sólo como un monumento arquitectónico, sino como el testigo más fiel de la identidad aragüeña.

Por esta razón, este 24 de junio al cumplir su primer centenario, el Ateneo no evoca nostalgia; ruge con la fuerza de un presente totalmente vivo.

Para los trabajadores culturales de Aragua, el Ateneo no son sus paredes ni sus butacas; son los fantasmas de los poetas, los bailarines y los dramaturgos que se quedaron a vivir en las bambalinas para inspirar a las nuevas generaciones.

Lo que hace verdaderamente grande al Teatro Ateneo de Maracay en su centenario es su arraigo popular. No es un templo frío para las élites; es el lugar donde el estudiante de liceo descubre el teatro por primera vez, donde la bailarina de danza contemporánea ensaya hasta el cansancio y donde el ciudadano común acude a encontrarse con su propia belleza.

Durante mi adolescencia, en este recinto sagrado del arte tuve la oportunidad de ver documentales de alta factura como Araya de Margot Benacerraf y La ciudad que nos ve de Jesús Enrique Guédez, así como películas que marcaron parte de mi existencia como The Wall, Heavy metal, Tommy, Birdy, The song remains the same y ni hablar de la cantidad de bandas de rock de nuestra entidad que pasaron por ese prestigioso escenario.

Allí han resonado desde las notas de la Orquesta Sinfónica de Aragua hasta las propuestas de teatro experimental más contestatarias del país, demostrando que el arte en Maracay siempre ha sido un espacio de encuentro y libertad.

Cien años después de que se colocara su primera piedra, el Ateneo sigue en pie, con el telón arriba y las luces encendidas. 

En una Venezuela que se reinventa todos los días, este siglo de historia nos recuerda que los edificios se construyen con concreto, pero las ciudades se fundan, verdaderamente, sobre el alma de sus teatros.

Como acabar de una vez por todas...

-Manuel Cabesa-


(A la mystérieusse)


Siempre he dicho que los intelectuales son como la Mafia. Sólo matan a los suyos

Woody Allen


Mientras iba hilvanando estas notas dos aniversarios se conmemoraron en unos pocos días: la muerte de Jorge Luis Borges hace cuarenta años, y los setenta y dos de la primera celebración del Bloomsday en homenaje a la famosa novela de James Joyce.

Importante recordarlos porque tanto Joyce como Borges, cada uno en su idioma y desde su propia herencia cultural llevaron a los más altos niveles de creatividad la narrativa del Siglo XX y casi seguro que sin hacer "dieta de lecturas" ni un solo día, ni pretender ser originales con respecto al resto de la literatura de su tiempo; sobre la supuesta idea de originalidad Borges estaba al parecer bastante claro: "No sé hasta qué punto un escritor puede ser revolucionario. Por lo pronto, está trabajando con el idioma, que es una tradición."

En tanto que el irlandés tampoco se preocupó mucho por eso ya que para su monumental novela escogió de modelo la Odisea, la primera narración concebida en occidente y madre de todo lo que vino después.

Mediando el Siglo XX un grupo de arqueólogos llegó a la conclusión, luego del hallazgo de unas osamentas de distintas características en algún lugar de Asia o el norte de África, que es muy probable que al inicio de los tiempos se hubieran apareado un hombre y una mujer con diferente grado de evolución: Neandertal y Cromagnon, lo que daría un ser de inteligencia más evolucionada que la de sus predecesores y al parecer los descendientes de estas primeras uniones fueron formando grupos que luego se transformaron en pueblos, éstos en naciones, luego en continentes y en medio de esa evolución fue surgiendo la cultura como un bien compartido.

Felix de Azúa lo cuenta así: "Hubo un tiempo en el que los pueblos se unificaron en torno a un canto. Que se unificaron quiere decir que, aunque vivían a unas distancias como de la Tierra a la Luna, gracias a esos cantos se sintieron acompañados por sus semejantes. La compañía completa, una vez asegurada, pasó a llamarse «nación», aunque eso fue mucho más tarde. La conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o a una familia de pueblos se despertó en torno a los fuegos de campo y los lares domésticos con decenas de personas apiñadas en torno a un recitador que iba cantando unos poemas. Curiosa manera de acceder a la identidad. Y digna... Esos enormes poemas y cantos son algo más que una costumbre arcaica: son retratos imperativos de un comportamiento que nos es por completo extraño. Los pueblos que fueron creados por ellos, sin saberlo, habían descubierto que nuestra identidad es un efecto de las palabras, que nosotros somos tan solo palabras, y que las palabras se pueden cincelar como el mármol o ensuciar como basura".

Es decir que a esta altura, somos descendientes de aquellos que intercambiaron las primeras palabras que oyó el hombre influyendo los unos en los otros con esas mismas palabras... ¿cómo, entonces, escapar de este círculo que lleva milenios girando como una espiral hasta llegar a nosotros?

Ya está dicho: todo lo que se podía decir ya está dicho; pero aún así la capacidad de crear no se detiene porque cada vuelta de la espiral es igual y distinta a la vez, son nuestra imaginación y nuestros sueños emparentados con los sueños del mundo lo que hace que todo sea antiguo y nuevo a la vez, conocido pero sorprendente, cada era la misma y otra al mismo tiempo. 

Me arriesgo a distribuir el uso de las influencias literarias (inconscientes o no) y de la tradición (de manera consciente o no) siguiendo una ruta de lecturas: en principio olvidemos el plagio, que es un delito y no tiene nada de creativo, es simplemente apropiarse de un texto ajeno, sin cambiar ni una coma y encima sacar provecho del acto.

Hablo de ese tipo de influencias que marcan ciertas pautas ya sea que nos apropiemos de una historia para recrearla, que nuestra forma de escribir tenga la resonancia de otros autores, o que simplemente, decidamos por propia voluntad copiar el estilo de nuestro escritor favorito.

No debemos confundir plagio y copia, para Milan Kundera: "La imitación no significa falta de autenticidad, pues el individuo no puede hacer otra cosa que imitar lo que ya ha sucedido; por muy sincero que sea, no es más que una reencarnación; por muy veraz que sea, no es más que la suma de las sugerencias y exigencias que emanan del pozo del pasado"

En todo caso, lo importante es el buen uso que hagamos de los recursos que nos brinda la tradición, como dice Sergio Pitol: "Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades, tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible; no hacer concesiones a nadie, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir".

Como ya se ha dicho la permanencia del mito en el inconsciente colectivo es una presencia real y aparece en cualquier momento sin que nos demos cuenta de ello. A diferencia de la mitología que se ocupa de los dioses y los héroes de la antigüedad, llamo mito a aquellos arquetipos que nacen de la cultura: Don Juan, Fausto, la Virgen, el Quijote, entre otros que han formado parte de nuestro patrimonio durante siglos. 

Luego está el uso del idioma convertido en lenguaje con el cual expresar los sentimientos humanos: salvando algunas diferencias de carácter todos pasamos por los mismos trances: el amor, la soledad, el hastío, los temores, las mismas incertidumbres que forman parte de nuestro tránsito terrestre desde el nacimiento hasta la muerte. 

Mezclando ambos ingredientes, mitos colectivos y sentimientos personales, es que se va elaborando el mundo que solemos convertir en literatura. 

De allí que no es extraño que James Joyce tome la travesía de Homero y la recree en su entorno a lo largo de un día; ni que podamos adivinar en la primera novela de Stephen King el cuento de la Cenicienta; tampoco que las figuras de Don Quijote y Sancho se transmuten en Batman y Robin, Sherlock Holmes y Watson, el Gordo y el Flaco, Mortadelo y Filemón, Martín Valiente y Frijolito o cualquier otra pareja que decida quijotescamente enfrentar al mundo; lo mismo vale para Romeo y Julieta y el resto de las parejas que han visto tronchados sus amores desde Dafnis y Cloe hasta Corin Tellado.

Sé que he ocupado vuestro tiempo repitiendo lo que ya todos saben, o deberían saber, y me disculpo. Pero habida cuenta de que uno también forma parte de este engranaje, hay que hacer como dice Woody Allen y acabar con tanta impostura intelectual disfrazada de cultura tecnológica utilizando las mismas palabras que han venido evolucionando durante milenios y que hemos heredado de aquellos primeros seres que nacieron del encuentro entre las especies Neandertal y Cromagnon para fundar el porvenir.

martes, 16 de junio de 2026

Entrevista en el programa radial Cátedra Libre de Fotografía con Leonor Basalo y Carlos Bencochea (16/06/2016)



Comunicador social, escritor, conocido y querido por todos los cultores aragüeños, gracias a su apoyo en la promoción y difusión de nuestro acervo cultural. Su blog Zona de Tolerancia contiene entrevistas y textos para el disfrute de sus lectores, así como también, invitaciones a las diferentes actividades que se desarrollan en nuestra ciudad en torno a la cultura.

Cátedra Libre de Fotografía es un programa radial especializado en fotografía y cine, único en toda Venezuela y Latinoamérica, transmitido todos los miércoles de 4:00 a 5:00 pm por Radio Girardot 96.1 FM.

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lunes, 15 de junio de 2026

Quince poemas de Julia Yasmina Liendo

 


Título: El ojo (2013)

Autora: Zullym Bello


***


Del libro inédito Heraldos del silencio 


1.


La odisea termina

atrás quedan

los caminos salpicados

de encrucijadas, de abismos,

de adversidades


El azul del horizonte

promete

un festín de quimeras


Llega la noche

el remanso se acerca


La luna me acuna

entre sus brazos

mientras el silencio

acaricia mis ojos


2.


Mi casa

Piso Celestial

Paradigma de mis acciones eternas

Cecilia Ortiz 


En mi casa

La lluvia se convierte

En un murmullo

De risas de otro tiempo


Ella despierta al silencio 

Mitiga la soledad 

Perdona el olvido 

Rescata la ausencia 


Sus pasillos se inflaman 

De júbilo por el frenesí 

De las poesías, el diálogo, 

Y las lecturas en las tardes 

Aromatizadas con el café 

Y el dulce pan 


Mi hijo me espera 

Con un beso o un abrazo 

En la puerta de la casa 

Su presencia nutre cada

Paso de mi existencia


Seduce 

La frescura de los mangos 

Aguacates y naranjos 

Al fondo del patio 


Mi madre

Susurra las letanías

A la hora del rosario 

Los ángeles la acompañan 

Entonando cánticos de alabanza 

Que invaden de luz 

Cada ámbito de mi casa


Mi hogar 

Calmante de todos mis temores 

Escudo de todas mis pasiones 


Siempre 

Refugio en la orgia de mis sueños


3.


Es una necesidad

Que el mundo

Se borre

Isabel Rivas 


No existe espejo

Que devuelva las imágenes

De primavera del ayer


Todo empeño es fracaso


Un placer mirarnos 

Repetidas veces

En ese silencio

Que es una sentencia

La ventana del espejo

Muestra un abanico 

De facetas

Pero una sobresale

Entre todas

Y aunque duela

Siempre estará

A nuestro lado


La imagen de la decadencia


4.


Sonoro silencio de una tristeza

Que ilumina lejanas nubes

Vicente Gerbasi 


El embrujo del mar

Atrapa a los pescadores

Con el galardón

Al desafío del amanecer


El cielo despejado de tormenta

Extiende sus brazos

A las aves que Revolotean

Alrededor de las embarcaciones


De regreso al hogar

Los cubre el manto del regocijo

Sus barcas repletas

Del tesoro extraído

De las profundidades


A la orilla de la playa

Sea de día o de noche

Les da la bienvenida 

Un amigo incondicional 

Con sus ladridos 


El verdor abarca 

Un espacio del camino 

Hacía parajes de brisa

De palmeras y cocoteros 


La mirada se extravía 

Hasta la unión de los azulejos 

Como quisiera ser brisa o silencio y morar con ellos 

El arrullo

 de las inquietas olas 

Trae a mi memoria 

Aquellos atardeceres 

Donde el ardor de tu cuerpo 

Era el oasis 

De mis horas menguadas


5.


Si preguntan por mí, diles que busquen el reflejo de mi sed entre las flores

Beatriz Mester


La hoja


¿Qué es un árbol 

sin el atavío de las hojas? 


La gallardia del verdor 

Se desborda en las hojas 

Como la majestad de la blancura 

En las nubes del azul 


Suavemente 

La hoja se desprende 

Nada altera su caída 

En la caída de la hoja

Descansa el susurro del silencio 


La niebla del olvido 

Y el abrojo del desaire 

Las únicas recompensas 

En su paseo 

Por este reino de ilusiones 


La hoja danza con la brisa 

Se deja llevar por su destino 

Sucumbe

A la inclemencia del viento 


Ella sabe

Que sus días de luminosidad 

Se han terminado 


Ella sabe 

Que jamás retornara

A los apasionados brazos del árbol


6.


No nací para ocupar un espacio y nada más

Ignoro cuál será mi participación.

Lydda Franco Farías 


Mujeres


Somos los pedestales

De la humanidad


Somos las preferidas

Del Creador

Con su bendición

Nuestro vientre

Es el nicho del génesis

En estas comarcas

Henchidas de tesoros


La tierra nos brinda


El timón de la Justicia

El bastón de la Esperanza

La armadura de la Fe

El estandarte de la Paz

El cántaro de la Valentía

La brújula del amor

La nave de la Pasión

Se llevan grabados

En el alma y el corazón

Como las llaves

Que pueden abrir

Los cofres del cielo


Millones de plegarias

En el silencio de la memoria 

Para cumplir la misión celestial

Forjar legiones que ofrezcan

Luceros como Esther, Rut,

Moisés y Abraham


Cada día es un desafío 

Cada día algo nos sorprende 


Mujeres, hermanas, amigas

Sin distinción de raza,

Doctrina o religión


Halaguemos al Universo.


7.


Atados a cortes y agujas

que tratan de calmar

el largo padecimiento

la compasión y la paciencia

unidas a la esperanza


El firmamento de los sueños

queda estancado

en el desgaste de las carnes

en los huesos retorcidos


Los ojos casi gotean sangre

es una queja apenas escuchada

el soplo de vida se escabulle

a través de las carnes putrefactas

qué empiezan a contaminar

todo el cuerpo

como un llamado al desenlace


Amparados en el ritual del silencio

elevan súplicas

para sanar del cuerpo

y del alma


Es una lucha entre 

Santidad y Galenos


8.


En un vientre desértico

Habitado de nostalgias

Carmen Alida Méndez 


En este invierno

Tu lejanía es como

Una prisión de fuego

El sueño se espanta

La penumbra cubre mis días

En mi cama de soledad

Aumenta el deseo

De sentir la delicia

De tus manos

Descubriendo mi cuerpo

De sumergirme

En la llama de tus brazos

De escuchar

En el susurro de tu voz

La melodía del silencio

De volver una vez más

A convertirnos

En los hechiceros del éxtasis


9.


Adentro

sigue siendo noche

Yadira Pérez


Después de ser rescatada

de las entrañas del infierno

no asombra el despojo

en que me he convertido


Son los caminos de la infancia

plenos de recuerdos

arcoíris y rocío

que han mitigado

en parte esta desolación


Con la voz de mi silencio

y la piel de mi soledad

seguiré en la búsqueda

de un refugio donde esperaré

la hora de compartir contigo

la soberanía de los siglos


***


Del libro inédito Celajes y susurros


10.


Unas gotas de lluvia

sobre mi rostro

se funden 

con mis lágrimas


elevo la mirada

hacía el cielo 


Tu imagen se refleja 

en la inmensidad 

del azul 


Por un instante 


Siento que acaricias 

y besas mi rostro


11.


Madre


Tu ausencia

condena mi alma

a vivir hundida

en el delirio de ser

como la diosa del tiempo


Así hubiera

eternizado tu ternura


Y tu seguirías a mi lado

dándome consuelo

con tus palabras como la miel

por aquellas pasiones

qué solo han dejado

heridas punzantes que todavía

no han cicatrizado


Y tú seguirías cultivando

apasionadamente

senderos de amor en el vergel

que habíamos logrado después

de tantas lunas y soles


Y tu seguirías entrelazando

tus sagradas manos con las mías. 


Como símbolo 

de que nunca 

me abandonarías


12.


Estamos destinados


a perder la lozania


de la juventud


A cruzar veredas


de infortunio


A no sentir el éxtasis


del orgasmo 



Sin embargo 


tu permanecerás


por siempre


13.


Morada que arrastras

sueños y cuerpos

hasta un cauce

sin retorno


Inspiras respeto y desdén


La impotencia cubre 

a quien no ha cruzado

el umbral


Me acerco a ti

alrededor sólo hay

sombras de aflicción


Tu huésped se extingue

con la indiferencia.


14.



Único refugio


Ese mundo de pájaros

se vino abajo

Antonio Trujillo 


Están derrumbados

árboles de milenios


¿Cómo pueden ser reemplazados? 

¿Cuántas estaciones pueden grabar 

sus huellas en la tierra

para que la frondosidad

Invada esos espacios?


Madre 

Llora mi corazón 

como el día de tu llamada 

al reino de la transparencia 


La quema o el viento 

esparce las cenizas 

y los desperdicios 

en ese lugar ahora inunda la desolación y la tristeza 

como en mi alma 


Sin piedad 

todo ha sido destrozado 

las piedras y los ríos 

se hermanan con los pájaros 

por la pérdida del refugio 

como yo he perdido mi refugio 

que eras tu madre amada 


Los pájaros seguirán 

en su peregrinaje


Sin embargo, tú madre mía 

has llegado al único refugio 

que nunca será destruido 


Donde jamás se marchitará 

El esplendor de la primavera 

Y donde siempre

Los ángeles te brindarán

el arrullo de su custodia.


15.


Vislumbro tu figura 


entre los árboles 


evoco tu nombre 


Corro hacia ti 


ansiosa 


Intento abrazarte



La bruma desaparece 


en mis manos 


queda el vacío


Para acabar de una vez por todas con la escritura

-Manuel Cabesa-


(Para la mystérieusse)


De querer actualizar en esta época su libro Como acabar de una vez por todas con la cultura, estoy más que seguro que Woody Allen no perdería la oportunidad de hacer una parodia de "los beneficios" que presta la Inteligencia Artificial a la cultura. 

Digamos que es en verdad es una herramienta útil y digamos también que hasta donde se puede justificar su existencia, la idea sería aprovecharla para apoyar el desarrollo de trabajos que implican una gran cantidad de tiempo y de recursos: quizás para realizar un posible tramado de vías que no existen en un territorio determinado (lo que no quiere decir que el ingeniero que realice esta investigación esté en ayunas de las lecturas que podrían servirle en el proceso); o para realizar un cálculo promedio de cuántas estrellas posee cada galaxia y el porcentaje que representa cada galaxia según su cantidad de estrellas en la totalidad del universo, etc... ¿pero para hacer literatura? 

Una amenaza latente y que ya hemos visto de cerca son las atribuciones que se toma este sistema sobre lo que ya ha sido elaborado y forma parte de nuestro patrimonio cultural. 

He aquí un ejemplo en la siguiente ilustración:

La cita de Sábato que antecede fue alterada; en realidad dice:


Hombre y mujer


"Siempre habrá un hombre tal que, aunque su casa se venga abajo, estará pendiente del Universo. Y siempre habrá una mujer tal que, aunque el Universo se venga abajo, estará pendiente de su casa".

(Uno y el universo, 1945)


Fue el segundo libro de Sábato que leí después de El Túnel cuando estaba en el liceo y todavía lo conservo.

Imagino que la implicación misógina del texto puede molestar un poco a quienes defienden la igualdad entre géneros y están en su derecho; sin embargo, allí no radica el problema. 

El problema es que para complacer la sensibilidad contemporánea se altera el contenido de un texto que forma parte de la historia de la literatura y que en su momento tuvo su importancia, aunque haya tenido detractores también en su época. 

Como sucede con esas atribuciones en forma de "mensajes positivos" que endilgan a autores cuya verdadera visión del mundo, si leemos directamente su obra, es bastante pesimista: Huxley, Sartre, Cioran, Nietzsche, entre algunos otros.

Esto plantea un problema grave: ¿a quién estamos leyendo cuando creemos leer a un autor conocido?

En un artículo reciente la española Rosa Montero se dió a la tarea de denunciar a esos autores que ocupan un espacio de excepción en las vitrinas y las listas de mayores ventas pero cuyos títulos no son escritos por ellos, sino por escritores que conocen el oficio pero que no gozan, cuando son ellos mismos, de la misma aceptación.

No es una historia nueva, de todos es conocido que Alejandro Dumas para cumplir con la demanda de historias que tenía que entregar a sus editores recurría a este recurso. 

El problema actual es que estos señores y señoras que se ganan el pan alquilando su talento a estas "vedettes" del mundillo literario, también están en riesgo de quedarse sin empleo. 

Actualmente cualquiera, conocido o no, con talento o no, puede pergeñar sus libros (porque nunca es uno solo, hay unos que se ufanan de tener varios manuscritos listos para la publicación) con el apoyo de este mecanismo y haciendo su respectiva "dieta de lecturas". 

Por eso también los que dedican tiempo a revisar las novedades que circulan en el mundo, se encuentran con autores que en pocos años han publicado una cantidad considerable de libros, todos de dimensiones escandalosas, y por supuesto "sin precedentes en la historia"... y uno se pregunta ¿cómo lo hacen?

Por otro lado están los que tienen la ilusión de ser escritores conocidos y no poseen las herramientas necesarias para realizar su sueño. 

Éstos, en vez de ponerse a trabajar con la mente puesta en su objetivo, acuden a la tecnología para que realice por ellos una tarea que normalmente exige mucho tiempo, paciencia y sobre todo dedicación.

Porque la mala noticia es que para escribir hay que escribir, aunque suene redundante: la única forma posible y honesta de culminar una obra es escribir y leer mucho, sin dietas ni apoyos artificiales.

Ahora .. ¿y qué pasa con el lector que recibe toda esta carga adulterada de literatura?

En su libro Geografía de la novela, Carlos Fuentes dice lo siguiente: "La esperanza de la civilización descansa sobre esta hipótesis: Mañana habrá un Lector. En consecuencia, la literatura debe presuponer un público más culto que el propio escritor. El escritor se dirige a un lector que sabe más que el autor. Y lo que el lector sabe es lo que ningún escritor sabe hoy: el Lector conoce el Futuro".

De esta manera, si bien es cierto que como dice Rosa Montero, todavía hay escritores honestos que realizan su mejor esfuerzo para llevar adelante su obra sin otro recurso que su voluntad de trabajo. También tenemos que tomar en consideración que todavía quedan lectores inteligentes que esperan de los autores que leen ese esfuerzo.

En ese futuro que conoce el lector, una vez que se canse de que lo estafen con historias planas, mal construidas, producto no de un trabajo humano sino de una mascarada tecnológica, terminará por poner un límite y cerrarse a cualquiera que pretenda engañarlo.

Volverá el lector a los viejos libros y autores conocidos que elaboraron sus obras antes de todo este apocalipsis y dará la espalda a cualquier novedad, con lo cual saldrán perdiendo también los que todavía realizan su trabajo como debe ser, pues, ¿cómo demuestran que de verdad hicieron su trabajo como debe ser?

En una época las narraciones traían la siguiente advertencia en el fronstipicio: "Cualquier parecido con personas o eventos de la realidad es mera coincidencia".

Hoy los escritores dependientes (de la lectura, del hacer diario) tendrán que usar algo parecido a: "Escrito sin utilizar Inteligencia Artificial ni otro recurso alternativo, cualquier influencia no es mera casualidad: forma parte de mi herencia cultural".

Trascendencia de la obra de José Rafael Pocaterra

-Victorino Muñoz-


Se me ha pedido que hable de la trascendencia de la obra de José Rafael Pocaterra y, al momento de comenzar a redactar estas líneas, me doy cuenta de que lo que es un tema, es en realidad varios, tal vez tres o cuatro: la obra de José Rafael Pocaterra; lo que significa trascender o trascendencia, referida a los términos de una obra literaria; y lo que nos podría hacer afirmar que, de manera específica, la obra literaria de José Rafael Pocaterra ha trascendido, es trascendente o es trascendental, que no es lo mismo ni se escribe igual.


¿Qué significa trascender?


Ahora bien, siempre que me toca hablar de un tema, me gusta ir a la raíz del asunto, comenzando por la etimología de la palabra. En este caso sería de la palabra trascender. Leo en la tercera edición del Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, que la palabra trascender deriva de scandere, subir o escalar en latín, unida además al prefijo tras. Sería, en su sentido original, algo así como rebasar, o rebasar al subir.

En la actualidad, el término tiene básicamente tres acepciones: despedir un olor o aroma que se percibe a distancia o que trasciende (valga la redundancia) el recipiente en que está encerrado algo. En un sentido figurado esto adquiriría sentido de conocerse algo que está oculto o está encerrado. En segundo lugar, aunque un poco relacionado con la primera acepción, tendría sentido de extenderse el efecto de una cosa hacia otra. Y tercero, también relacionado, sobrepasar ciertos límites.


¿Qué significa, entonces, trascender, en el caso de un escritor?


Lo natural con toda obra literaria sería o debería ser el trascender del recipiente en que están contenidas las palabras (léase: libro) hacia los lectores. En este caso no hablaríamos de un aroma que se percibe, sino de algo más inmaterial: la esencia del pensamiento del autor. Ya el mero hecho de haber escrito y luego ser leído significa, ni más ni menos, trascender de esto que soy a esto que son ustedes, otros, distintos, pero semejantes.

El segundo sentido que podemos dar a la palabra trascendencia, en términos de una obra literaria, sería, como se recordará, el extenderse el efecto de una cosa hacia otra. Podríamos interpretar esto también como el efecto de la obra en otras. Para decirlo con una palabra sencilla: la influencia que genera (pensando un poco en lo que decía Harold Bloom), la presencia efectiva de la obra en otras (pensando ahora en Gerard Genette). Imitarlo, en el buen sentido, usar epígrafes de un autor, citarlo, parafrasearlo, escribir ensayos o tesis sobre su obra, entre otras, serían los distintos mecanismos para hacer esto, para trascender en esta vía. 

Y en tercer lugar, recordamos, el trascender guarda relación con sobrepasar ciertos límites. Dado que somos entidades supeditados a las leyes del universo físico, podríamos conjeturar que tales límites tienen que ver con el espacio-tiempo. Trascender, literariamente, sería la presencia en un autor en lugar distinto del suyo, lo cual implicaría la edición de sus libros en otros ámbitos y la traducción de su obra a otras lenguas. 

Pero, por otro lado, está la presencia del escritor, o más bien, de la obra del escritor, en un tiempo que no es el suyo, en un tiempo posterior al suyo. Porque, como ustedes seguramente saben, no podemos vivir por siempre. Pero nuestras palabras pueden trascender el tiempo en que vivimos, sobre todo si están escritas, por aquello de verba volat scripta manent. Sin embargo, hubo personas que no escribieron y también trascendieron: Sócrates, Cristo, Buda...


¿Por qué pensamos que la obra Pocaterra ha trascendido?


Ahora arribo al centro inefable de mi relato, como decía un personaje de Borges. Aunque tal vez lo más justo sea decir el centro inexacto, en fin. En cierto modo, ya hemos ido respondiendo la pregunta, si es que era una pregunta, acerca de por qué pensamos que la obra de Pocaterra ha trascendido. 

La primera y mejor prueba sería que hoy, a cien años de la publicación de sus Cuentos grotescos y a 67 cumplidos del fallecimiento del autor, estamos aquí recordándolo y hablando de él. Ha trascendido su tiempo vital. Ha rebasado, incluso duplicado, la prueba de fuego de la que hablaba Schopenhauer, quien aconsejaba no leer un libro que tuviera menos de 50 años de haberse publicado. Doble o nada, podría haberle replicado el escritor valenciano al filósofo de origen polaco. 

Y en cuanto al espacio, si bien estamos en el mismo país en que vivió Pocaterra, sí podemos decir que ha habido ediciones de los cuentos grotescos en otros países; por ejemplo, recuerdo haber visto una selección publicada en Lima. Además, ha sido parcialmente traducido al francés y al inglés, particularmente su obra de denuncia del gobierno de Juan Vicente Gómez.

Ahora, debo aclarar que quizás toda la obra de Pocaterra no ha trascendido en la misma medida ni de la misma manera. Para explicar esto, habría que dividir, no tan arbitrariamente, sus escritos en tres grandes grupos:

- En primer lugar, los nombro de primero porque para mí siempre lo están, tenemos los Cuentos grotescos; olvidando por un momento que yo también soy valenciano, me atrevo a afirmar que es la mejor colección de relatos escrita y publicada en este país.

- En segundo lugar, Memorias de un venezolano de la decadencia, cuya trascendencia habría que buscarla no solo en lo estrictamente literario, es decir, en lo que está en libro escrito, sino en lo que el autor representa como hombre mito o como hombre símbolo, junguianamente hablando. Y es que en este caso, como suele suceder con la literatura testimonial, es difícil separar la gesta de la obra, al hombre del texto. En realidad una es la otra: la lucha es el libro, el libro es la lucha. No hay página de las Memorias... que no rezume el padecer, no de la cárcel, sino de la vida en su país. Porque a menudo es la impresión que da con la lectura: más que el dolor de estar preso, duele y le duele saber que Venezuela es así y ha sido así.

- En tercer lugar están sus novelas; es lo que menos ha trascendido de la obra de Pocaterra. Y si las leemos tal vez es un poco por la fama que le han prestado al nombre del autor las otras obras mencionadas (los cuentos grotescos y las memorias). Sus novelas, quizás con excepción de El doctor Bebé y Tierra del sol amada, no tienen la intensidad y la vehemencia que percibimos en otros momentos de su prosa. Aquí me atrevo a hacer una conjetura: en El doctor Bebé, el personaje real que inspiró la novela (Samuel Niño, gobernador de Carabobo para esos tiempos), posiblemente le resultaba muy antipático a Pocaterra, de manera que escribió en estado de ánimo algo exaltado. Lo mismo sucedería, pero por razones exactamente opuestas, con Tierra del sol amada, una novela ambientada en el Zulia, donde seguramente Pocaterra se sintió bien tratado. De modo que, en un caso por el odio y en otra por el amor, dos novelas de Pocaterra trascienden o sobresalen del montón.


¿Pero, cómo ha trascendido?


Ahora bien, me quedo por un momento con los Cuentos grotescos, que son el objeto del homenaje y motivo de celebración, por haber cumplido sus primeros cien años, de continuada y fervorosa lectura por parte de los venezolanos. Hace unos días, desde las cuentas de redes sociales de la página que coordino, hicimos algo así como una pequeña encuesta, preguntando a los lectores cuáles eran los cuentos que más les gustaban o recordaban de Pocaterra. Fueron miles las respuestas, y mucho el entusiasmo al responder, recordando títulos como: La I latina, Los comemuertos, Matasantos, La casa de la bruja, Las frutas más altas, Panchito Mandefuá, entre otros. 

Algunos pensarán que esto se debe a que los cuentos de Pocaterra tienen el dudoso privilegio de formar parte del canon en las escuelas y liceos de nuestro país (léase: programa de literatura). Sin embargo, me permito recordarles o recordarnos que son muchas las cosas que nos dijeron los maestros en la escuela, pero que ya hemos olvidado. El hecho de que recordemos haber leído un cuento, que recordemos el título y el nombre de quien lo escribió, dice mucho del autor. Nos dice que ha trascendido también en nuestra memoria. Y para ser sinceros, muchos seguimos leyéndolo, aun cuando ya hace rato pasamos la edad de estar sentados en un pupitre, vistiendo una camisita azul o blanca.

De hecho, los cuentos de Pocaterra no son solo lectura escolar obligatoria, también despiertan el interés de estudiosos sobre el tema. No tengo un catálogo completo de la bibliografía indirecta sobre el autor; pero es tan abundante como para llenar un tomo, quizás varios. En estos momentos que escribo tengo frente a mí (pero ustedes no pueden verlas) varias antologías del cuento que se han publicado en Venezuela: en la Antología del cuento venezolano, elaborada por Guillermo Meneses; en El cuento venezolano, de José Balza; 46 cuentos, un país, trabajo de recopilación realizado por Carolina Álvarez y Elisa Maggi;  La vasta brevedad, Antonio López Ortega, Carlos Pacheco y Miguel Gomes; Relatos venezolanos del siglo XX, de Gabriel Jiménez Emán... en todas ellas aparece un texto de José Rafael Pocaterra.


¿Por qué ha trascendido?


A mí no deja de parecerme curioso que siendo un país con tan pocos lectores, en el que muchos leen solo por obligación las cosas que mandan en la escuela (entre las cuales, para bien o para mal, está Pocaterra), sea este autor una de las lecturas que más recuerda la mayoría. Lo digo con conocimiento de causa, porque solía sondear a mis estudiantes sobre el tema. Recordaban algún cuento, el nombre del autor, el título del libro... Y créanme que esta es una suerte de la que no disfrutan muchos de nuestros autores.

Pero, por contrapartida, no he encontrado tanto esta trascendencia en la instauración una tradición literaria o aun cuentística en nuestro país. Quiero decir, la impronta que ha dejado Pocaterra en nuestra literatura es más con los lectores, cara a cara, antes que con los escritores o a través de otros escritores. Si bien hay bibliografía indirecta sobre nuestro autor (estudios y monografías, como mencioné), haciendo esfuerzo de memoria o de imaginación, me llegan a la mente pocos cuentistas que podamos decir que claramente han sido influidos por los relatos de los que hablamos hoy. Tal vez el caso del Garmendia de Los pequeños seres, sea uno de ellos, aunque su parafernalia verbal se aleja mucho de la prosa cáustica, ascética, del valenciano.

No parece, pues, haber tanta continuidad en el presente de su obra. Parece que muy pocos siguieron ese su camino. Con la cuentística de Pocaterra yo diría que en cierto modo se cierra un ciclo en el cuento breve, que inició con nuestros escritores costumbristas, con Bolet Peraza, Sales Pérez y Rafael Bolívar. El hacer una estampa, el retrato del personaje típico o emblemático, son comunes en ambos, en Pocaterra y en los costumbristas. Claro que en Pocaterra hay más elementos, hay más drama... pero. 

Después de nuestro autor, nuestra cuentística se iría por otros derroteros: de la mano de Uslar Pietri y autores como Guillermo Meneses, el cuento venezolano se transformaría definitivamente, alejándose cada vez del costumbrismo pocaterriano. Este perduraría por un tiempo, pero en forma de novela, en Gallegos, aunque con un acento muy distinto, porque Pocaterra no parecía tan optimista o positivista como el autor de Doña Bárbara.

Sin embargo, allí quedan los cuentos grotescos de Pocaterra, con sus personajes como testigos mudos, a menudo absortos, y víctimas de unas circunstancias que no siempre consiguen explicarse bien. La mayoría de estos cuentos, como se sabe, fueron escritos durante la dictadura gomecista. Aunque hay algunos ambientados en épocas anteriores (como La mista, que transcurre en el guzmancismo). A dicha época pertenecen y de ella no han podido escapar, ni el autor ni los personajes, mas sí la obra. No podría uno imaginarse a un personaje de Pocaterra actuando y hablando de otra manera, viviendo en otro tiempo, vistiendo de otro modo o, aún, siendo feliz. 

Empero, permanecen ellos, personajes, textos, precisamente porque eran exactamente como debían ser de acuerdo con su tiempo; un tiempo del cual a su vez son prisioneros, así como lo son de las formas y de los prejuicios, que son los mismos del autor (presumimos). En alguna ocasión Rimbaud dijo: hay que ser absolutamente modernos. Tal vez los personajes de Pocaterra dijeron: tenemos que ser absolutamente provincianos, absolutamente desencantados, absolutamente pocaterrianos.

De ese modo y gracias a eso, los cuentos de Pocaterra permanecen en nuestra memoria, personal y colectiva, como recuerdo de un tiempo que no parece fluir sino estancarse; como un daguerrotipo sepia, algo desvaído, de un pasado que no vuelve y un modo de escribir que ya tampoco será. Hoy día incluso se nos antojan un poco arcaicos sus conflictos. Pero, qué se le va a hacer, eran así. Y así han permanecido, hasta llegar a nosotros.

En una ocasión dijo Uslar Pietri: “Acaso sean los cuentistas venezolanos los que mejor pueden reflejar, en su obra breve e intuitiva, la realidad fluida, atormentada y contradictoria de la nación. Sin ellos, el rostro de Venezuela estaría incompleto y mucho de su misterio no habría empezado a expresarse. No tienen manifestación más alta la literatura venezolana, ni en ninguna otra forma se ha revelado con más poderosa y varia espontaneidad su genio propio.” A menudo he creído que cuando Uslar escribió esto estaba leyendo los cuentos de Pocaterra o pensando en él. Quién sabe. 

Por lo menos parece que sin los cuentos grotescos estaría a medio desdibujar el rostro de esa Venezuela de principios del siglo XX, siglo al cual entramos dando un paso hacia el pasado, que no hacia el futuro. Y para entender la pequeña historia detrás de la historia, durante la oscura noche del gomecismo, que es como nuestro Medioevo nacional, faltaría la pluma de Pocaterra y sus personajes, en su pequeñez y en sus desencantos, en esas vidas oscuras (tomando prestado el título de otra novela del autor).

 

Así, lo que ha trascendido a través de sus letras, a través de esas líneas, es la visión de una gran amargura, un desencanto, tal como presumimos debió sentirse el autor en vida. No sabría decir por qué recordamos tanto a esos personajes, que más bien mueven a sentir honda pena. Tal vez seguimos sintiéndonos un poco así en ocasiones y no nos hemos dado cuenta.

Pero lo importante es que lo que pasa con la literatura cuando permanece: de algún modo trasciende con su tiempo y hace que este trascienda hacia nosotros, lo cual es una paradoja. ¿Ocurriría la guerra de Troya? No lo sabemos. Pero lo creemos. Y el pasado lo recordamos o imaginamos en la medida que ha sido literalizado. Y trasciende solo en la medida en que es texto.

domingo, 14 de junio de 2026

Doce poemas de Freddy Borges


Título: Triciclo y otros elementos (2025)

Autor: Luis León



Del poemario inédito Ocio sagrado 


1.


Los árboles de la avenida

Las Delicias 

se llenan de pájaros

por las noches

 

Cansados

regresan como niños

sorprendidos por las hojas


Si pasas en silencio 

una canción de cuna 

se une con el viento


Son pájaros de alas oscuras


Mi alada memoria 

recibe el cuento de un angel

a punto de dormir


2.


Este poema

escrito sin tachones

a veces añora 

un borrón y cuenta nueva 


Una hoja escrita 

con el descuido de una letra


3.


Uno detrás de otro 

la fila 

la cola 

la columna 

y una pilastra 


Siguiente


El cuchillo 

la carne

el carnicero

la máquina 

el mostrador

el punto 

y una pilastra


Mi molida humanidad


4.


Ya no quiero volver a Ítaca 

su laberinto es eterno


Eterno su destino 


Ya no quiero volver a Ítaca 

por respeto a muertos y mutilados

almas exhaustas

errantes a mi lado


Los dioses han de saber 


Ya no quiero volver a Ítaca

amada tierra del tiempo 

yo nunca me fui 


5.


Mi mano aplasta

un zancudo en la pared 


Su sangre es tan suya 

como mía 


Pienso en su ADN

en mi ORH positivo


El mensaje no está claro


No distingo lo primero 

de las cosas


Un caminito de hormigas

se suman al cortejo


6.


Las sombras viven por fuera

todo persigue

nada deja


A veces unas pesan más que otras

porque la luz las engorda

nada guarda


Como la sombra

hay poemas que se igualan

dueño del espacio 

te castigan por amor


7.


Uno habita 

la casa tantas veces


Que un día 

aprendes a llorar 

dentro de ti 


Mientras tu fantasma 

se conmueve detrás 

de la puerta 


8.


Vuelves a ser

pan en mi boca


La concha rompe en los labios


La mojas en el café 


Apoyas la tormenta 

en el pecho


Porque en una taza

caben todas las migajas

del corazón 


9.


Me acerqué a ver el cielo esta mañana 

porque era azul en medio de los ojos


Un cielo lleno de domingo 

azul azul

con todo el azul del cielo 

(a punto de caerme en la cabeza) 

pero se tornó gris

oscuro 

sin paraguas


10.


Sin escrúpulos 


Durante años 

el closet ha guardado 

mi ropa 


Pero ya hay un cuarto 

en la casa

con un ropero


11.


En un acto de acoso


El poema

opta por la defensa personal 


12.


La veo aparecer 

por el techo de las casas


Desesperada 

la lluvia huye del cielo 


Corre por las calles


Mi carrera no es consuelo 


Sus diminutos pasos

queman la tierra


¿Es acaso su urgencia mi urgencia?


¿Escapa del orden o del infierno?


El frágil modo me detiene


Sin egos de corazón 


Dejo que me abrace


La dádiva hace su encuentro

Como acabar de una vez por todas con la lectura


-Manuel Cabesa-


(Para la mystérieuss


De pronto uno se acuerda de Woody Allen y su delicioso libro de cuentos Como acabar de una vez por todas con la cultura, porque parece que eso es lo que estamos viviendo: una inversión de los conceptos y valores disfrazando con un lenguaje aleatorio el trasfondo de banalidad en que vivimos inmersos. 

Pero a diferencia de la sonrisa que producía aquel volumen con sus paradojas hoy no sabemos si lamentarnos más bien por la alocada confusión que nos rodea. 

Ahora resulta que entre las novedades que se insertan en esta era de "discursos transversales", está la de insinuar que los escritores deberían hacer "una dieta de lecturas" para mantener pura su "voz creativa", evitando cualquier influencia que les impida lograr una obra "original".

Esta idea de la "originalidad" que parecía descartada porque, entre otras cosas, no existe la originalidad en la literatura: todo cuanto hay que decir sobre la existencia ha sido escrito antes o colateralmente, parece cosa de niños que rechazan las reglas del juego. 

No es coqueteando con la ignorancia que se logra una obra de valor, sino todo lo contrario, es absorbiendo las nutrientes de la cultura que nos antecede como podemos definir una voz: la voz que corresponde a la obra y a la época que la engendra; del resto es megalomanía pensar que se puede ser distinto a las pautas que nos impone el ambiente en donde nace nuestra imaginación. 

Pero aun así veamos algunos detalles al respecto...

Hace muchos años, Harold Bloom, expuso en su libro La angustia de las influencias esa especie de autonomía que tienen ciertos temas de sobrevivir al tiempo y arraigarse de manera fluctuante en el cambio de las generaciones: cada verdadero autor recibe en herencia la influencia de las voces que le anteceden; sin embargo, lo importante de una influencia no es que exista y de alguna manera "contamine" nuestro proceso, sino la capacidad de transformarla en algo novedoso, en lograr "Repetir cosas ya dichas y hacer creer a las gentes que las leen por primera vez. En esto consiste el arte de escribir", como dijera el poeta Odysséas Elýtis.

Por su parte a comienzos de los años 80, Gerard Genette nos regaló la idea del "palimpsesto" con sus múltiples categorías y pudo de esa manera abrir una nueva brecha para el manejo de las influencias, demostrando que en toda literatura (al menos en la occidental) hay una relación de co-presencia entre los textos, mucho más allá de la intención de los autores, creando una red infinita de relaciones en donde es posible leer en lo contemporáneo su trasfondo escrito en las paredes del profundo pasillo de los tiempos. 

De allí la permanencia del mito (no la mitología, que es otra cosa) en las culturas de todos los tiempos y todos los lugares, aunque de antiguo era impensable la comunicación entre ellas.

Siendo que esto es así, resulta mucho más provechoso, mientras estamos embarcados en un proyecto de escritura, leer cuanto podamos o al menos todo cuanto nos pueda alimentar mientras dicho proceso prosigue su curso.

Aclaremos un punto, si bien es cierto que es una patraña que para escribir hace falta leer ingentes cantidades de libros al año, también lo es creer que no hacerlo te asegura la inocencia suficiente para ser original; en todo caso en la relación leer-escribir lo ideal es asumir una posición parecida a la del poeta Nesfran González: "Yo me he manejado siempre desde un ángulo intuitivo, sin presión por tener que leer tal o cual libro, ni la cantidad por mes o año. El placer por el placer. Como dice Isabel Bono: escribir por y no para".


Para José Emilio Pacheco:

 

"todo escritor debe honrar el idioma 

que le fue dado en préstamo, 

no permitir su corrupción ni su parálisis, 

ya que con él se pudriría 

también el pensamiento. 

Su obligación primera consiste 

en escribir prosa o verso 

de la mejor manera posible".


Y queda la duda ¿cómo cumplimos con esta obligación, si mientras realizamos nuestro trabajo dejamos de leer a aquellos que lo han realizado mejor que nosotros y pueden ir allanando nuestro camino?

En el caso de nuestro idioma, el desconocimiento de los trovadores medievales, del Mío Cid, Fernando de Rojas, el Conde de Lucanor, Francisco Delicado, Quevedo, Tirso, Galdós, Machado o Darío no nos exime de estar conscientes de que su obra está en el ADN del lenguaje que usamos para escribir, y aunque no hayamos tenido trato directo con ellos su presencia existe en los genes de la lengua a través de eso que se llama "tradición" y que, querámoslo o no, lo sepamos o no, nos guste o no, termina por hacer acto de presencia en la obra de todos nosotros.

Desde todo punto de vista resulta inconcebible mencionar autores que han sido relevantes en nuestro idioma, que han dejado grandes aportes a nuestra cultura sin pensar en ellos como autores-lectores: Cervantes, Borges, nuestro Ramos Sucre, de quién escribió Alba Rosa Hernández es: "un poeta lector, detrás de su escritura está casi siempre un texto que él varía, recrea, transforma. Escribía reescribiendo modificando -y aun invirtiendo- la tradición".

De todo esto resulta que "La originalidad consiste en el retorno al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones", como dijo Antonio Gaudí, o sea que la originalidad está en el uso innovador de los recursos que nos brinda la tradición, no en obviarlos para mantener la pureza de una supuesta "voz", tristemente auntenticada por un sistema de Inteligencia Artificial.

Cerrando su libro Mientras escribo, Stephen King comparte una serie de títulos que considera le han sido útiles en la conformación de varios de sus relatos y novelas con la siguiente advertencia: "Son sólo títulos que me han servido a mí. También es verdad que no son de lo peor, mucho menos, y hay bastantes que pueden enseñarte nuevas maneras del oficio. En todo caso, aunque no te enseñen nada, seguro te hacen pasar un buen rato". Por eso es que nunca dejamos de leer, estemos escribiendo o no.

Y por último nos preguntamos: si dejamos de leer a nuestros semejantes, entonces ¿cómo vamos a aspirar que alguien lea lo nuestro?... Como dice Nesfran: "al final terminas con más libros publicados que con lectores de tu obra".