viernes, 6 de noviembre de 2026

Siete poemas de Freddy Borges



Tomados del libro Ocio sagrado


***


Casa I


Uno habita

las casas tantas veces 


Que un día 

aprendes a llorar 

dentro de ti


Mientras tu fantasma

se mueve detrás 

de la puerta.


***


Lo níveo

siempre aguarda las palabras. 


***


Deseché montones

de poemas escritos

antes de los veinte


Desestimé montones 

a los cuarenta 


Excluí una parte tras otra 


Dios perdone 

tanta terquedad 


La brecha sigue abierta. 


***


Por qué tan apagado 

acaso no ves

toda esa poesía en espera.


***


Este poema 

escrito sin tachones 


A veces añora

un borrón y cuenta nueva 


Una hoja escrita 

con el descuido de una letra


***


Las madrugadas

son un silencio incomprendido 


***


Sobre lo blanco del papel 

a un poemario 

le pasan tantas cosas 


Incluso 


El fracaso.


***

Freddy Antonio Borges (Maracay, 1967). Poeta e instructor de artes marciales, parte de su obra ha sido compilada en varias antologías de literatura regional. Es autor del poemario Animal de presa (Fondo Editorial el perro y la rana, 2012).

jueves, 5 de noviembre de 2026

El caso Vegas Pérez: la noticia como espectáculo | Hilayali Mata López


En la Caracas de 1973, exactamente en febrero, pleno bullicio y festividad de la época de Carnaval, el caso del joven Carlos Vicente Vegas Pérez, de apenas trece años, paralizó y mantuvo a la expectativa a todo el país, la angustia colectiva se tornó en un impacto devastador tras el trágico hallazgo de su cuerpo en un barranco de la carretera Caracas-La Guaira. 

Lo que debió resolverse con un proceso judicial riguroso y encararse con un duelo respetuoso para una familia destrozada, rápidamente tomó un rumbo turbio: la implicación de jóvenes pertenecientes a las familias más acomodadas de la capital agrupados en las llamadas "patotas" de la alta sociedad y el trasfondo del tráfico de drogas en sectores privilegiados volcaron todos los reflectores sobre el suceso. 

Fue allí donde la tragedia cruzó una línea peligrosa, la prensa de la época descubrió que el escándalo y el morbo no solo informaban, sino que vendían masivamente. A través de portadas estruendosas, fotografías explícitas y relatos que rayaban en la ficción, el dolor de un crimen se convirtió en el entretenimiento diario de una sociedad atrapada en la curiosidad morbosa.

En este trabajo se examinará cómo la cobertura del caso Vegas Pérez inauguró un modelo de circo mediático en Venezuela; una mercantilización de la tragedia que, lejos de quedarse en las páginas de la prensa de aquellos años, sembró las bases de la búsqueda obsesiva de atención y de la ética fragmentada que define al periodismo actual.

Tras el trágico hallazgo de Vegas, el enfoque periodístico dio un giro, la noticia dejó de centrarse exclusivamente en el dolor de la víctima para posar su mirada en un elemento detonante, lo que verdaderamente capturó la atención obsesiva de los medios no fue el hecho delictivo en sí, sino quiénes eran los señalados. Los sospechosos no encajaban en el perfil del delincuente común, pertenecían a la élite económica del país, eran los "hijos de papá", jóvenes criados en la abundancia que ahora se veían salpicados por el tráfico de drogas y la violencia. 

Para la opinión pública, ver las fisuras, excesos y la caída moral de las clases privilegiadas generaba un morbo colectivo irresistible, resulta innegable que si los implicados hubiesen sido personas de escasos recursos, la cobertura habría quedado relegada a la habitual página de sucesos y el revuelo nacional no habría alcanzado jamás esas dimensiones; la prensa entendió de inmediato este fenómeno y transformó el caso en un espectáculo de consumo masivo, donde sospechosos y testigos eran fotografiados a las puertas de los tribunales como si fuesen celebridades de farándula, construyendo un enfoque que subordinó la verdad judicial al morbo social de ver al poderoso expuesto.

Esta dinámica alimentó una competencia entre periódicos y emisoras de radio por vender el titular más escabroso o la revelación más escandalosa, en ese afán por acaparar la atención, el rigor informativo y el respeto a la memoria de la víctima pasaron a un segundo plano, la filtración de fotos explícitas, el uso de rumores sin verificar y la creación de juicios de valor paralelos demostraron cómo la ética periodística fue sacrificada en el altar del consumo masivo.

Lo impactante del caso Vegas Pérez no fue solo la impunidad judicial que lo rodeó al final, sino la manera en que los medios demostraron que la tragedia humana podía convertirse en un producto altamente rentable si se utilizan con el ingrediente correcto; el morbo.

Aun así, es importante destacar algo, aunque la prensa convirtió todo en un espectáculo, la gente de 1973 sintió un impacto real y profundo. Venezuela no estaba acostumbrada a ver crímenes tan despiadados, y mucho menos metidos en las familias más poderosas del país. 

Aunque los medios exageraban la sociedad de esa época todavía se conmovía, se indignaba y salía a pedir respuestas, la gran diferencia con el presente es bastante clara. Hoy en día, los medios y las redes sociales nos bombardean a diario con tantas noticias de violencia que el crimen se ha vuelto algo cotidiano. 

Al ver tragedias una tras otra sin parar, el periodismo actual ha hecho que nos acostumbremos al horror, a diferencia de aquella Venezuela que se paralizaba por un caso así, hoy nos hemos vuelto insensibles; la tragedia ajena se ha vuelto tan rutinaria que simplemente la vemos pasar en la pantalla del teléfono sin que nos conmueva o nos haga reflexionar.

Es lo que la filósofa alemana Hanna Arendt denominó "la banalización del mal" en un ensayo donde meditaba sobre los crímenes del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial.

El caso Carlos Vicente Vegas Pérez no solo quedó grabado en la memoria venezolana como un trágico expediente sin resolver, sino como el momento en que los medios descubrieron el rentable negocio del escándalo. Sin embargo, la lección más profunda que nos deja este episodio en la historia criminal venezolana, no está en el hecho policial, sino en la urgencia de rescatar la ética periodística en el presente.

Es lamentable ver como a lo largo de los años que siguieron al caso Vegas Pérez, el periodismo amarillista ha aprovechado sucesos como el caso del abogado Carmona, el secuestro de los Niños Fadul, el caso Mamera o el caso de Dr. Chirinos en una empresa que no sólo produce información, sino que ha competido con la sociedad del espectáculo con semanarios de edición especial, libros y hasta películas y series televisivas.

En este sentido el caso Vegas Pérez puede también considerarse pionero ya que una vez cerrado fue explotado comercialmente a través de libros como "La verdad sobre el caso Vegas Pérez" memorias de Omar "Chino" Cano, uno de los implicados; en el libro de ficción "Cuatro crímenes, cuatro poderes" del comisario Fermín Mármol León y la película de Román Chalbaud "Cangrejo I" basada en el libro de Mármol León. 

Esta responsabilidad recae con especial fuerza sobre el periodismo de opinión, en una época donde cualquier tragedia se convierte en contenido de consumo rápido y donde la violencia se ha vuelto cotidiana, el periodista que opina tiene el deber ético de marcar la diferencia; su tarea no es avivar la morbosidad del público ni convertirse en un juez de circo mediático, sino ofrecer luz, análisis y contexto donde solo hay ruido. 

Cuando la opinión periodística prioriza el impacto superficial o el espectáculo por encima del rigor, deja de educar a la sociedad y pasa a ser cómplice de su insensibilidad. El "caso Cangrejo" debe recordarnos que el verdadero valor de la palabra escrita no reside en la capacidad de escandalizar, sino en el compromiso inquebrantable de apelar a la conciencia, defender la dignidad humana y encender la indignación justa cuando la sociedad parece haberlo olvidado todo.

Desde su concepción la idea de un periodismo al servicio de la sociedad ha sido la de develar la verdad oculta tras el tupido velo de la corrupción y las fuerzas oscuras que se mueven desde el poder bajo distintos rostros.


***

Hilayali Mata López (Maracay, Venezuela, 2008). Estudiante de Comunicación Social en la Universidad Rómulo Gallegos, núcleo San Juan de los Morros.


***


Poemas de Miguel Ramón Utrera


Título: Mujer vegetal (1954)

Autor: Mario Abreu


***

En esta edición de ZdT nos detenemos a celebrar la hondura lírica de Miguel Ramón Utrera, uno de los creadores más lúcidos y esenciales de la tradición poética venezolana. Su obra, marcada por una profunda conexión con el paisaje, la memoria y el pulso humano, nos invita a recorrer los recovecos de una voz que supo extraer lo universal de lo cotidiano. Presentar esta selección de poemas es un acto de rescate y homenaje a un autor cuya escritura sigue resonando con una vigencia impecable, ofreciendo al lector contemporáneo un refugio de rigor estético y sensibilidad inquebrantable.


Rafael Ortega


***


Los nombres de la noche


 I


Alguien debía volver de aquel país de sombra. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, caminaba a tiendas, procurando recordar nombres olvidados en la sombra.


 Quizás pensó en el silencio nocturno de los árboles.


Y volvió a caer en la sombra. Otra silenciosa sombra.


Quizás tocó los labios dormidos del agua. Y descubrió que la sed es otra sombra. Otra dormida sombra



Quizás llamó a la puerta de alguna choza abandonada. Y sólo halló la respuesta de la sombra. Otra abandonada sombra.


 II


Alguien debía volver de aquel país de sueño. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, trataba de alcanzar los caminos donde siempre descansa el último sueño.


Quizás tomó la senda de los frágiles cocuyos. Y tropezó una vez más con las espinas del sueño. Su desgarrado sueño.


Quizás trató de seguir el vuelo de las hojas. Y se encontró, de sorpresa, ante la fronda de otro sueño. Otro abatido sueño.


Quizás palpó las piedras que ocultan los secretos de la noche. Y junto a ellas pudo escuchar los ecos de aquel sueño. Aquel desvelado sueño.


 III


Alguien debía volver de aquel país de silencio. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, pretendía trepar a las grutas donde moran las arañas del silencio.


Quizás buscó el abrigo de algún recóndito jardín. Y en él contempló, ya deshojada, la rosa del silencio. Aquel mustio silencio.


Quizás descubrió los hilos de otro remoto manantial. Pero en ellos también dormía el silencio. El más callado silencio.


Quizás volvió a hollar los tenues espejos de la lluvia. También en ellos había huellas desvaídas. Las huellas del más callado silencio.


 IV


Alguien debía volver de aquel país de soledad. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, descansa ahora a la vera de su cansada soledad.


Quizá vació sus lágrimas en el cálido surco de la sombra. Y allí creció, entonces, el árbol de la soledad. La más armoniosa soledad.


Quizás dejó caer sus voces en el cálido río del silencio. ¿Recuperó allí la clave de sus pasos? Desde entonces quedó poblada de música la soledad de las palabras.


***


Ha pasado una sombra


Ha pasado una sombra a nuestro lado,

sin voz ni aliento, como flor caída.

Pensamos en los nombres olvidados;

en los días perdidos;

en los árboles muertos, en los raros

celajes que cubrieron las distancias

por donde huyeron aves sin descanso.


¿De quién es esta sombra?, nos decimos.

Y de nuevo pensamos

en el hondo país de los ausentes

y en aquel derruido campanario

cubierto de hojas secas.


¿De quién es esta sombra?, preguntamos.

Nadie responde. En el ocaso apenas,

se divisa los humos del verano.

La sombra no se aleja.


La vemos caminar a nuestro lado.

Y otra vez con angustia,

retornamos al aire del verano.


***


Última lluvia


Llega un anuncio plácido del campo:

la crisálida pura recomienza

su aventura pueril; y la mañana

abre el infolio azul de las consejas.


El último silencio

sobre los ecos de la brisa lenta.

Un cerco de cristales se desprende

de otra nube viajera.


Y surge la encendida chupa─chupa,

como enjoyando el alma de la tierra.


Alguien puede ascender hasta la nube

donde mora la tímida azucena;

alguien puede apurar todas las mieles

que dan a las palabras savia eterna.


Bajo el opaco cielo

se derrama la mínima odisea.


***


Los días del verano


Sabemos lo que ocurre en estos días.

El espejo del agua, ya cegado,

no podrá recibir el fiel mensaje

desprendido del campo,

cuando el campo descubre los fulgores

que han de aliviar su rostro resignado.


Allí están los matices:

a través de los días más amargos

engalanan el monte; y los caminos

recogerán con aire desvelado

la diáfana visión de esos reflejos.


Pero el cristal opaco

no llega a ver la límpida presencia.

Aquí están los matices, azotados

por el hondo fragor de las edades

ardorosas y lentas del verano.


Y pasan al recinto de la sombra

las sangres, las cenizas, los dorados

vasos plenos de mieles y de aromas.


Con el bravo clamor de las cigarras

se prolonga el letargo

que paraliza al corazón del monte.


Por escalas de humo van viajando

hacia medrosos lares las corolas

que un antiguo pastor habrá guardado.


Cuando vuelva la luz al ojo de agua

descenderá hasta el campo

otro caudal de pétalos recientes.


Y puede ser, entonces, que veamos

tornar hacia la luz, ya redimida,

la imagen de aquel tiempo derramado.


¿Sabemos lo que ocurre en estos días?

Puede ser que veamos,

sobre el cristal opaco de los cielos,

trocarse en flor la sangre del verano.


***


La otra claridad


Tomaremos el cauce de estas voces

que nos llegan de lejos,

pidiéndonos asiento a nuestro lado

para un viaje de múltiples senderos.


¿Qué misterioso río

podría conducir nuestro desvelo

hacia el campo deseado

de inusitada luz y claro acento?


¿En qué tierras de olvido

podría refugiarse el mustio sueño?

Todo es oscuro ahora, hasta los rumbos

que hubieran sido, al fin, los verdaderos.


Y así caminaremos, como a tientas,

bajo el fragor del viento.

Que no nos llame nadie en el camino;

que no nos mire en sed el arroyuelo;

que no salgan al paso para herirnos

los pálidos deseos.


Tomaremos el cauce de estas voces:

claridad esperada, dulce fuego,

aroma del acento que redime

y debe ser eterno.


***


Plenitud


Ya no hay más aires para el eco puro

que estuvo aquí, elevando

cuanto quedaba en sosegada huída,

detrás de los veranos.


Ya no hay más nombres para el tierno aroma

que deslumbró el acento recobrado.


Bajo el tibio silencio de la noche

ya no hay más lumbre para el suave rastro.


Si dijéramos niebla,

pudiera derrumbarse el cielo manso

y una lágrima azul descendería

a la cuenca del día desgajado

Si dijéramos sombra,

pudiera el día derramarse en llanto

sobre el surco vacío donde yacen

los días, esperando.


Pudiera abrirse el cauce del silencio;

y del torrente claro

pudiera renacer otro universo,

aunque sin voces en ningún espacio.


Porque en los mansos aires

ya no hay más nombres para el dulce llanto.


***


La voz infinita


Puede ser un eco limpio

a orillas de la alborada,

junto al ámbito sereno

que diera albergue a sus alas.


puede ser otro silencio

la voz azul que resbala

sobre el silencio y las voces

de una infinita distancia.


Puede ser un eco limpio

a orillas de la alborada.


***


La flor ignorada


Alguien torna a buscar aquel aroma

mientras bulle el verano

en cruento, desalado torbellino.


Cuando ese hálito puro

colmaba las fecundas primaveras,

nadie alcanzó a medir sus leves hilos.

Nadie pensó que aquella aldea opaca

guardaría la lumbre del hechizo.


Alguien va a penetrar ese misterio,

volviendo a desandar el tiempo mismo

tras el aroma claro

que ahora es otro tiempo fugitivo.


Y encontrará, como la imagen cierta,

una ignorada flor que duerme, casta

junto al cristal del río.


***


Caminos del alba


Los ecos de la brisa

van señalando surcos en el alba.


Al norte desvelado,

la cristalina voz de una campana;

al sur de los veranos,

el mito de otra huella desgarrada;

al este del recuerdo,

el roce sigiloso de la lluvia

que vuelve ya con un rumor de alas.


En el ocaso, apenas

dejarían su aroma las palabras

para guardar, quizás la dulce historia

de aquella aldea opaca.


Alguien debe volver sobre sus pasos

a iluminar los días

con el cándido albor de las palabras.


***


Colibrí




¿Dónde se esconde?

¿Dónde lo vi?

Saeta de raso

el colibrí.


Se ha zambullido en el iris

muy temprano, de mañana.


Las gemas de su plumaje

luce ahora en tu ventana.


¿En qué flor habita?

¿Dónde lo vi?

Saeta en el alba

el colibrí.


***


La sombra temeraria




Esta sombra nos sigue, de puntillas;

se oculta en todas nuestras horas claras;

y así mismo se infiltra en nuestras voces

con leves ademanes de fantasmas.


La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,

y trepando por todas las palabras;

inasible, fugaz, sin rumbo fijo,


pero presente siempre y siempre extraña.

Guardemos ya nuestras mejores voces.

Deshilando las hebras de este sueño,

esperemos la luz de la mañana.


Cuando el día retorne con sus sones,

en el diálogo puro -lumbre y sueño-

se rasgará la sombra temeraria.


***


Tiene ese secreto el humo:

estar ausente y cercano;

dejar huellas en el aire

sin que se note su paso.


Ser imagen de la vida

Y estar de su muerte ufano;

Andar siempre fugitivo

Y a la vez encarcelado.


Tiene ese secreto el humo:

Estar presente y lejano.


***


Ronda del arroyuelo


Arroyuelo claro,

arroyuelo raudo

que, a través del norte,

huyes del verano;

tras de ti, un grito

por cerros y campos:

—No huyas tan de prisa!—

claman los rebaños.


Pasos de cristal

quiebran por el prado

huellitas de armiño

y musgos plateados.


Corre el arroyuelo

con pasos de espanto:

—No huyas tan de prisa!—

gimen los rebaños.


Las mudas espigas

se visten de llanto;

sus rizos de lumbre

ya están enlutados.


Lloran las espigas,

lloran los guijarros:

—No huyas tan de prisa!—

lloran los rebaños.


Columpios de aljófar

el sol ha estrenado;

sus garras de sed

perdiera el verano.


Corre el arroyuelo

entre los sembrados:

—Viniste tan pronto!—

cantan los rebaños.


A sendas de nácar

pasos aromados.


***


El bosque fugaz



Puede convertirse en ave

el azahar de la niebla.


En humo puede trocarse

su arquitectura viajera.


Pero en una fronda blanca,

suave, pura, blanca y fresca:

un bosque frágil que huye

del vaho gris de la tierra.


Puede convertirse en ave

el azahar de la niebla.


***


Cantiga del infante dormido


Van hilando los caminos

menudos sueños lejanos.


Por el sendero en vigilia

pasan las sombras, trotando.

Se miran sus tres andares

como tres silenciosos claros,

como tres quejas en fuga,

sin abrigo y sin descanso.

Aros de fuego marchito

les van ciñendo los pasos:

arriba, miel y espuma,

color de penas, abajo.


Por el sendero en vigilia

los tres viajeros cruzaron.

La noche aldeana —nodriza

de luceros y rebaños—

dejó sus sandalias nuevas

a la vera del establo.

Al ovillo de las horas

le salen hebras de llanto,

mientras los caminos hilan

menudos sueños lejanos.


La noche aldeana, cansada,

lavó en su tibio remanso

los filos de las estrellas,

las espinas de los cardos

y los pañales del niño

que está en las pajas llorando.

Leche de cielos maduros

los alcores derramaron.

El chiquitín de la aurora


Está en las pajas, llorando.

¿Dónde estarán sus luceros?

Sus cabras, ¿dónde quedaron?


¿Dónde escondieron las sombras

Sus vellones fatigados?

¿En qué vergel escondido

se abrió su nombre de nardo?


La noche aldeana, impaciente,

colgó su lumbre de estaño

sobre el sopor que vacila

en el humo de los ranchos.


Tres sombras, tres sombras mudas

y un camino desvelado.

Por el camino en vigilia

tres sombras van, caminando.



***


Balada del alba virgen


Mañana de sueños niños

trajeada para leyendas:

blondos zapatos de bruma

y risa de lluvia lenta.


Mañanita balbuciente

que jugabas a tristeza,

vistiendo recuerdos pobres

en tu retablo de pena,


cuántas cosas te dijeron


los ojos de la miseria!


Mientras buscabas, rendida,

más sueños para tu rueca,

añorando lobos buenos

en leves voces abuelas;

y tus pasos irisados

iban labrando tus huellas

para el sendero encantado

de una encantada conseja,

qué dolor el de los ojos

que te supieron doncella!


Hierbas de azules congojas

se asomaban a las sendas;

lejos, buscaba tu rostro

las mariposas viajeras.


Más allá de la campiña

la brisa rasgó sus sedas

y colgó regios aromas

al palacio de la niebla.


¡Cuánto tardaron los ojos

que te creyeron enferma!


En la corte de horas blancas

se vio la fuga discreta:


sobre lejanos armiños

adioses de primavera…


Calló sus voces la lumbre,

quedó en silencio la rueca,

las alas de la esperanza

se estrenaron en la ausencia.


¿Quién vio las perlas amargas

de tus ojos en la espera?


Después llegó aquel mensaje

del país de las estrellas:

un rico príncipe ardiente

con una ardiente promesa.


Cuando encontró los vestigios

de tus diminutas huellas

y la soledad ignota

de aquella escondida senda,

cómo lloraron de sombra

los ojos que no te vieran.


***


La casa


Sumida en el fragor de otro silencio,

que es mudo cerco de interior morada,

está la casa sola. Y es un cruento

y lánguido penar su paz callada.


Adusta soledad nimba el momento

en que la leve imagen ensoñada

rasga la transparencia de su cielo,

en mágico fulgor transfigurada.


Pálida mensajera de otros días,

¿cubrirá la nostalgia este recinto

como la sombra el alma atribulada?


El silencio es guardián de cosas idas,

desde el umbral en que lanzó el olvido

desnudo cerco de interior morada.


***


Miguel Ramón Utrera (San Sebastián de los Reyes, Venezuela, 1908-1993). Poeta, periodista, educador. Su infancia transcurrió en su pueblo natal donde estudió primaria, trasladándose en 1927 a Caracas para cursar estudios de normal y medicina sin concluir ninguna de las dos carreras. En 1932 regresó a San Sebastián de los Reyes y continuó sus labores como educador, siendo designado en 1937 director de la escuela Pedro Aldao, cargo que ejerció ininterrumpidamente hasta 1950. Fundó el periódico Crisol y fue jefe de redacción del diario La Caridad, ambos de San Sebastián de los Reyes. Publicó sus primeros escritos en la revista Viernes, órgano divulgativo del grupo literario homónimo, así como en el suplemento «Artes y letras» luego «índice literario» de El Universal. Antes de publicar su primer libro recogió, escritos a máquina, un conjunto de breves poemas de contenido nativista que en forma de cuadernillo circuló entre sus amigos de San Sebastián, San Casimiro y otras poblaciones vecinas. En 1940 publicó su primer poemario, Nocturnal y en 1944 el segundo, Rescoldo. En 1967 compiló una antología de la Poesía de Aragua. En 1981 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura, el cual rechazó. Su obra poética fue recopilada en diversas ediciones, destacando La otra claridad: antología 1928-1982, publicada en 1993.


***

Este documental exhibe al poeta y maestro Miguel Ramón Utrera Galindo desde su lar nativo en el año 1993. La entrevista realizada por Jesús Enrique Guédez muestra la voz del poeta, surcando cuatro siglos de historia en San Sebastián de los Reyes.


Realización: Jesús Enrique Guédez 

Cámara: Rafael Guédez 

Edición: César Bigott

Remasterización: Miguel Guédez 

Archivo Documental de Sanse Entertainment

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Miremos hacia adentro (Video poema) | Skarlet Boguier

 


***


Miremos hacia adentro


escuchemos las estrellas hacia adentro

porque si este pueblo es fantasma

nosotros somos apenas espectros de arena 

que sueñan al máximo creyendo estar vivos


La casa en ruinas

la calle desolada

todo parece real sin serlo


Afuera el espejismo eclipsa la mirada

entonces miremos hacia adentro.



Skarlet Boguier

De La Lámpara de los muertos (2015)


***

Sinopsis:

Hay máquinas que mastican memoria para vomitar discursos mientras la sostienen como una pesada máscara. Hay un olvido que se traga tesoros visibles para quien investiga lo invisible.

Familias fantasmas, restos de colmenas rotas, cenizas de cielo caído, el escombro, lo que queda, la simiente.

Video poema basado en "Miremos hacia adentro", perteneciente al poemario La lámpara de los muertos, ganador de la IV Bienal Nacional de Poesía Félix Armando Nuñez. 


- Voz y autoría: Skarlet Boguier 

- Voz, dirección y edición: Antonio Vargas 

- Ejecución de flauta y maraca: Tukan ancestral

martes, 3 de noviembre de 2026

Poemas de Jeroh Juan Montilla

Foto: Carlos Nohan Moreno (2026)


***


Aquí un nivel de bocas 

mudas e inútiles 


inaguantables por el insomnio 


inciertas 

en la luz y en la sombra.


*** 


Llueve


Llueve 

a mi sombra se le matiza un dulce fastidio en sus ojos 

de tierra negra, 

hace mucho llueve llorando, 

como si el sol en una cotidiana locura de invierno 

se suicidase al atardecer. 


Llueve, 

ayer, hoy y mañana. 

Siempre o a veces jamás. 


Llueve

como un hongo de acertijos. 

Llueve, 

me antojo de besar al ritmo de esta tarde.


Llueve

Solo basta morir.


***


La lluvia se revuelca sumisa 

sin retorno 

tibia como un golpe.


Ella desconoce 

reitera soledad en mis zapatos 

quebradura en los árboles. 


Ubica levadura 

en las líneas de la mano. 


Es inocente 

e inclinada por cansancio 


amarga como el borde.


***


Olvidé con las manos 

y me cosieron el rostro de espalda 


Por eso siempre 


entre aquellos hombres 

de sobra lenta 


grises y hojeados.


***


Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga a aguas profundas, y arrojen sus redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. Lucas 5:4,5


Dios mío

cada día despierto

para buscar lo imposible

solo encuentro

la desnudez del sol

lo fugaz de las horas por venir

la sensata banalidad

en lo duro y en lo blando

ningún jardín muestra

el trébol divino

puedo jugar a desconocer

tu canto en lo espeso del árbol

allí el viento dice

jamás amor o desdicha

entregado al mandato

de los sentidos

en la impotencia

de rezar o santiguarme

en este exilio me dedico

a mutilar la letra

cavando sin piedad

la piedra de dos metáforas

los pies descalzos del loco

o los pasos titubeantes del borracho

has puesto sal y azúcar

en todas mis huellas

después de tanto poema

el tejido de la vigilia

no puede atrapar lo imposible

entonces te tuteo

convencido de las rimas del corazón

seguro de que la cháchara

del ruego tampoco es consuelo

cuando no sabes

ni el día ni la hora

escribirte es la única superstición

que me concedes.


***


Señor siempre creí

que las palabras eran mías

mi derecho de propiedad

sobre cada paisaje

la ronda de niños

en el parque

o el último canto

de los pájaros

en la penumbra del nido

vana luminosidad

estuve convencido

de todos los ecos

sobre el silencio

bastaba una emoción

para legitimar

el ego o el corazón

el ropaje

de cada acto

colocar carteles

a lo largo de la vida

el nudo de los nombres

me mantuvo firme

pero no tomaste cuenta

que sobre mi estaba

el peso de la transparencia

el frágil amo

de todos tus lugares

por cada rincón

has plantado intermediarios

una multitud de cuchillos

clavados en el pan

todos ellos el lugar del otro


Señor mío

todas las palabras mienten

igualadas con el hágase

siempre libres

en tu única oscuridad

acorraladas en el poema

no las haré mías


Señor toma las palabras

devuélveme tu misterio

la desnudez.


***


Señor por qué te importan tanto

ira alegría y tristeza

nuestros gustos y odios

mis aciertos y equivocaciones

lo que apesta y perfuma

no te basta toda la pulpa del sol

los hielos más lejanos

o las últimas llamaradas

de cada estrella en tu mano

las cenizas del amor

por qué te asomas a esta hendija

tu manzano de la discordia

qué tanto o tan poco encuentras

en el laberinto de mis vísceras

este poema no es un reclamo

tú decidiste que todo

todo lo humano es solo pregunta

la única que te has hecho

Señor, ¿por qué me has abandonado?


***


¿Qué es eso que corre en la lluvia?

una jauría de dioses

le ha arrancado

todos los corazones al mango

¿qué es la lluvia

cuando no hay preguntas?

¿es Dios esa voz ajena

o el último animal del paraíso?

feroz y bello

inhumano

sin pecado.


***


Cada cosa se esfuerza, en cuanto está en ella, por perseverar en su ser.

Baruch Spinoza


Esa paloma, en la cornisa, no se siente inmensa ni mínima ante la densa hondura del horizonte.


(Sólo a mí, frente a las noches de enero, me asombra un puñado de estrellas. En saberme pequeño o grande he tenido perfectos maestros, escribas del castigo o la redención)


Para ella el espacio es la ruta del amanecer y el atardecer, única en el instinto de apagar la vigilia.


(Yo hago poesía como súplica, insaciable y perdido, sin entender la culpa o la inocencia)


Esa paloma vive despreocupada de los haceres del Espíritu Santo, ella apenas vuela, eso es suficiente.


***

Jeroh Juan Montilla (Valle de la Pascua, Venezuela, 1960). Escritor venezolano, Profesor egresado de la UPEL, magister en Historia de Venezuela, profesor de la maestría en Historia de Venezuela de la UNERG, facilitador de talleres de poesía y narrativa, y seminarios de literatura. Ha publicado en El Carabobeño, La Prensa del Tuy, El Periódico (Maracay), Papel literario de El Nacional, Revista Poesía (UC), Revista Nacional de Cultura, Letralia, entre otros. Sus poemarios: Humano de manchas (1988), Pasollano 18 poetas guariqueños (coautoría, 1993), Lides de amor (1995), y el libro de ensayos, Articulaciones (2001) Obtuvo en 1989, el Primer Premio en el Concurso Regional de Poesía “Lazo Martí” de la Casa de la Cultura de Calabozo, con el poemario Naranja del cinco de marzo.

Poemas de Adhely Rivero

Título: La tala (1946)

Autor: Mateo Manaure


***


Número de suerte

Me puedo quedar la noche pensando

y sacrificar la tristeza del día.

Todos estos años le he pedido a Dios

muchos años

para contar la experiencia de la vida que tienen

los hombres viejos.

Uno se levanta a diario

sobre la luz del amanecer, sale al trabajo,

se sienta como un jefe a esperar las dificultades

que traen los otros.

Habla con sabiduría, delante de una biblioteca

de la poesía contemporánea del mundo,

recuerda un verso, un buen verso, y salva

la jornada.

Hay días difíciles para el alma,

nos recogemos para que el sueño

revele un número de suerte.


***


En el cielo de Bagdad


A Caupolicán Ovalles


La luna en Irak no se puede ver

lastima la cara del nativo

que ha visto caer bombas todo el año.

De noche al lado de la luna llena

caen Racimos,

terminando por creer que una bomba se quedó

pegada al firmamento.

Lo mismo ocurre con una sirena letal

que socava los refugios.

Ni los ángeles están seguros en el cielo.

el día que Caupolicán visitó Bagdad,

Les llevó el humor y perdieron la paciencia,

todos lo besaban y él sospechaba y se reía.

Hoy nadie duda de la valentía de los hombres

y de los pájaros que se desgranan en el aire.

Cuando termine la pesadilla, dormirán eternamente

en las arenas del desierto

y podremos ver la luna llena en el cielo.


 ***


Mar afuera

 

Tengo el mar Caribe muy cerca.

Lo veo durante el día.

Me pregunto: quién me puso aquí,

mar afuera,

cuando mi cabeza es una cresta de olas?

Sé tan poco de estas costas,

algunos nombres de playas

malolientes a puertos y refinerías.

Calor y sudor.

En el campo es otra vida,

allí se siente el mar volando:

el mar y el amor de las mujeres en la playa.

Se come buen queso de vacas que pastan

en potreros salitrosos

que en el pasado fueron playas.

En la mañana pensamos

la mujer amada.

El mar lo corroe y lo borra todo. 


 ***


La vida austera


Tan austera esta vida

que la mesada redunda en especies.

Cuando llego a la calle e entro a la cuadra

de residencia algún pariente me espera,

circunspecto en la sala, con un saco o una caja, pesados,

de olores agrios de estar a la intemperie.

Recibo la carta, la aprieto y siento el espesor de

la mesada

y contesto todo está bien, no es mucho.

Qué importan las letras, el disentir o algún

razonamiento en el papel.

Nada alcanza.

Cuídate en la calle, de noche, la gente.

Pronto te escribo, te envío queso y carne seca

y lo que me pides para conocer la ciudad.

Aquí la naturaleza es próspera y tolerante

con lo salvaje que somos.


 ***


        La casa


Cuando salí del pueblo pensaba regresar

a comprar la casa de la esquina suroeste de la plaza,

cerca de un puerto solitario y entiendo el arraigo

de los dueños.

A cada vuelta al pueblo visito la calle y bajo mi familia

a la costa a contemplar las aguas pardas bajar

eternamente.

Me enteré que vendieron la casa que me gusta,

cerca de la plaza y del río de mi infancia.

Continuaré a la espera de la oferta

en el tránsito del pueblo que crece y se desborda,

solicitándole a Dios la gracia

que no se me adelante un turco y la transforme en tienda.

       Por las aguas del río pasan las horas

mientras espero el día.


***


Me estoy deteriorando 

cuando los viejos míos vivían 

estaban enteros 

Llego a los ochenta 

recorro kilómetros a pie pero 

no puedo levantar la pierna sobre el lomo 

Me pesa el cuerpo y me pesa el alma 

¡Es verdad! Todo tiempo pasado fue mejor 

Yo vivía en el rebaño no en la casa 

Un animal de sabana de monte o río 

perece en el encierro 


Qué puedo a mi edad pedirle a Dios 


***


Tengo una casa en el monte frente a la sabana

Es una ofrenda a Dios  

Que deja tanto animal desamparado

y la luna lo descubre

Tengo un cuero de tigre en la sala 

Cuando venía en la noche

él estaba distraído y yo lo vi primero

El viento saca agua de la tierra 

en el molino

y todos los animales en el verano beben 

en la tanquilla

y se van

Tengo pendiente mucha sequía

No soy un ángel

pero la sed de estos animales

la tengo por encargo de Dios 


***


Vengo a pie de la quesera

Me tumbó el caballo

Se me fueron los buenos tiempos

Vi el cielo azul 

y venía pensando en el cielo

qué hermosas sabanas debía tener Dios


Adonde va uno después de tanto Llano

animales de día y de noche

Si me ponen a pedir un deseo 

voy a pedir que me dejen en lo mío 

Allí es donde puedo estar bien  


***


Se casan los hijos 

Es bueno que se vayan 

Nosotros somos pura sombra 

y necesitamos un tiempo de nostalgia 

Vete a la sabana y cuenta los animales 

mientras pongo el fuego 

Cuando regreses cortaremos un queso 

Habrá acabado el fulgor de las fotos


***


Aquí no necesito un nombre 

una documentación 

Paso el día viendo los animales 

y ellos me tienen por dueño 

de la tierra y el río 

Me voy a quedar viviendo su estima 

Me traen del pueblo 

todo lo inútil 

para reconocerme  


Para que Dios me vea


***

Adhely Rivero (Guadarrama, estado Barinas, Venezuela, 1954). Poeta, editor y promotor cultural. Desde hace años está residenciado en Valencia. Es Licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Se desempeñó como Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, Coordinador del EIPUC y director de la revista Poesía. Es Premio de Poesía Facultad de Ciencias de la Educación. Premio de Poesía "Cecilio Chio Zubillaga" de Carora, Premio Universidad de Carabobo, Premio Universidad Rómulo Gallegos, Premio Único de Poesía "40 Aniversario de la Reapertura de la Universidad de Carabobo". Es autor de los Poemarios: 15 poemas, 1984; En sol de sed, 1990; Los poemas de Arismendi, 2006; Tierras de Gadín, 1999; Los poemas del viejo, 2002; Antología poética, 2003; Medio siglo y la vida entera.

Poemas de Tibisay Vargas Rojas

 

Título: Flores de mayo y paisaje (1896)

Autor: Arturo Michelena


***


Allá una palma sola 

resquebraja el sol  


sobre la carne 

esta carga 

la bestia tiembla 

y yo 

   arreo 


tanto cuesta 

un pedazo del sombra.


***


Le tengo miedo a los toros 

tus toros 

deben tener 

los cuernos descascarados 

por todos las cornadas que pude imaginar 


los veía de reojo 


quiero tocarles las puntas 

ahora 

veo por cuál de las heridas sangro.


***


Este recuerdo 

tengo que apuntarlo 

porque tengo cara de ocio 

y los espejos 

duermen a la hora desacostumbrada. 


Me sorprendo inerme 

en la misma mesa 

de volcar el vaso por las tardes 

y suponer atentos los oídos 

que pugnan metérseme en la boca. 


Hace tarde 

ayer 

es sólo una sombra 

cuando bajo la cabeza 

tomo el lápiz 

y entresaco los apuntes 

al corazón.


***


Alta madrugada


Un gallo

rasga la tiniebla

en sincronía

otros cantos se agregan

con la limpia prestancia

de la secularidad

alta aun

la luna llena

tiene la plenitud

de un rostro vigilante

ante lo imperceptible

los grillos suman

en menudencias

secundan los seres

de la charca

que fractura el plenilunio

mientras otro canto

enhebra la lucidez

de los patios.


***


A esta hora

enciendo la lámpara

llegan las sombras

y las paredes se confunden

entre insólitas figuras

distingo

un pequeño escarabajo

de ilegible caligrafía

la polilla que empeña vuelo

impenitente

hacia la bombilla

una hormiga alada

remanente nupcial

de medianoche

se precipita

la oscuridad tras la ventana

y este retazo

de luz artificial

sigue arrebatándole seres

a lo ignoto.


***


Sí

es el amanecer

un desgranar de cantos

en los patios vecinos

entre verdores

el gallo de alabanza

alterna con los grillos

los sapos de la charca

y yo en suspenso

frente a la ventana

profunda acuarela que asoma

a retazos de luz

todas las formas

presentidas

por mi corazón en laberinto

ya sin luna

ni sol todavía

sólo la mínima

bujía del instante

que este lápiz permite

sin salida.


***


Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores

Olga Orozco


Voy a la cocina

el árbol de mi sueño

zumba

la despensa es un rumor

de hojas

sobre mi cabeza

avanza mi brazo

hasta el ambarino tarro

donde miríadas de flores

resplandecen

bajo el ávido enjambre

de mis dedos

brotan soles miniatura

redecillas aéreas

que me dejan a salvo

entre belleza

una vez más mis labios rozan

el misterio del nardo

y la violeta.


***


Los pájaros no tienen tiempo

nada saben de estos ardides

duermen, sí, pero la noche sobreviene

en el cosquilleo de las plumas

y el llamado de los árboles.


Por eso en cada rama

cabe un pájaro perfecto

y de vez en cuando

un nido.


***


Llueve a destiempo

lo saben los pájaros

las cigarras

que seguro apresuran el verano

bajo tierra

la semilla teme al espejismo

titubea

como el canto de la torcaza

apenas enero

ya los cerros ribetean de fuego

y tengo que ir al calendario

para entender

que es tiempo trastocado

cómplice

de la estación humana

que ya no sostiene

la cordura.


***


Rodeada por un ropaje mítico

la ciudad despereza

es la lluvia

sin duda

esa grácil equilibrista de varillas

que pudo ser Dánae fecunda

o la temible precursora del arca

para las conspiraciones

que siempre serán embrión

al filo de cualquier despropósito

porque no puede frenar

su oscilación hacia la vida

sustraerse al germen

a la eclosión, al vuelo

a la ingenua plegaria del labriego

ante la herida del surco

o del sensible

oteador de los cielos

que empeña arcoíris

y relámpagos

a guisa de dioses

irrecuperables.


***


Tibisay Vargas Rojas (Caracas, 1961). Escritora. Licenciada en Educación, Mención Lengua y Literatura, por la Universidad de Carabobo. Sus textos han sido publicados en revistas y periódicos (físicos y digitales) nacionales e internacionales. Ha publicado los poemarios Llana palabra (1993), Pasollano (coautoría, 1993), De humo y sal (1998), Tachaduras (2000), Tema de miseria (2002, reedición 2019), De un patio a otro (2005), Tercera persona (2008) y Poemas (2009). Obtuvo los premios: Primer Premio en Poesía del Instituto de Previsión y Asistencia Social para el Personal del Ministerio de Educación, Ipasme (1992); Primer Premio Poesía Infantil «Rafael Rivero Oramas», que otorga el Ministerio de Educación de Venezuela (1997); tercer lugar en el Primer Concurso Nacional Interuniversitario de Poesía (1998); Primer Premio del Concurso Interuniversitario de Poesía Cuam (2001), y calificación en el IX Concurso Nacional de Literatura Infantil «Miguel Vicente Patacaliente» de la Fundación Cultural Barinas (2003).