miércoles, 24 de junio de 2026

Mi ventana

Título (fotografía): Atardecer en el barrio (2018)

Autor: Ramón Hernández


-Liris Miyares-

 

A través de mi ventana observo un cielo azul colmado de espumas, blancas, multiformes; la brisa suave y fresca que acaricia mi piel trae buenas nuevas desde lugares lejanos. 

Las personas transitan, algunas sonríen mostrando su alma libre, otras conversan sobre situaciones cotidianas, los niños juegan tejiendo sus sueños que vuelan al aire en papagayos multicolores. No faltan los que distraídos conversan bajo la sombra de un árbol, sobre las soluciones a los diferentes problemas que enfrenta el país sin aportar nada para ello. 

Los árboles frondosos cobijan con gracia un universo de aromas, alimento, canto, color y frescor a diversidad de especies. 

Las casas cuentan historias, cada una encierra en su esencia el alma de quien la habita, se escuchan voces, son nuestras propias voces y la de aquellos que alguna vez la habitaron. Todo en ellas tiene vida: el color de sus paredes, los cuadros, los muebles, las habitaciones... cada detalle. 

La calle, mi calle marca las huellas del continuo peregrinar de transeúntes asiduos y alguno que otro foráneo. Los perros saludan con la cola a los amables vecinos y ladran mostrando sus colmillos a los maleducados y a las personas no gratas. 

Esta es mi urbanización que para 1985, época en la que me mudé, se respiraba aire fresco, (exceptuando la llegada de las lluvias en la que circulaban los fuertes olores de las polleras de "Los Tanques" e impregnaban el ambiente acompañado de un enjambre de moscas). 

El verde de sus montañas, fieles guardianas del valle, que como gigantes saurios permanecen en letargo a la espera del despertar de sus atribulados coterráneos.

Se escuchan a lo lejos la voz de algún niño que en su inocencia no entiende por qué suben cada día los precios, por qué su madre debe hacer largas cosas para adquirir alimentos, medicinas o retirar efectivo de las entidades bancarias. 

Así transcurre la vida en mi comunidad, de gente sencilla, a la que en tiempos no muy lejanos era fácil sacarle una sonrisa, la de los chistes ligeros, sentarse en la puerta de las casas, contar las incidencias del día, tomarse un cafecito recién colado y hasta algún dulce o galletas eran cosa común. 

Esa misma ventana me exorciza y me lleva a tiempos lejanos a buscar mis raíces, donde siendo niña, en mis primeros años de escuela dibujaba un mundo con virginales trazos a veces de colores vivos, brillantes y otras en tonos blancos y grises. Esa niña que aún vive en mí tenía mucho miedo. La niña crecía, se hizo mujer y seguía callada, oculta.

Vienen a mi memoria recuerdos gratos de juegos en el patio bajo la sombra de dos hermosos y frondosos tamarindos: la ere (r), el avión... entre muchos otros.

Esa niña reclamaba atención, en ocasiones la reprendían por armar berrinches y ella callaba para evitar conflictos. Por muchos años, aún siendo mujer, vivíamos en una constante lucha ella queriendo salir y yo dándole palmadas y algún consuelo.

El paisaje se desdibuja en mi memoria: nubes grises cargadas de nostalgia acompañan los días felices de mi infancia que ya no están, muchos amigos y vecinos alzaron el vuelo peregrino de no retorno. 

Los largos y extensos caminos bordados de algarrobos y apamates se perdieron en el recuerdo. 

Regreso, encuentro un crecimiento urbanístico desproporcionado en cada rincón de las diferentes ciudades. Los ríos perdieron su caudal producto de la tala indiscriminada y la quema en sus nacientes, convirtiéndose por lo tanto en receptáculos de desperdicios.

Las grandes ciudades convertidas en monstruos gigantescos han pasado a ser cárceles particulares donde los ciudadanos se protegen de todos y de todo, no se respetan los derechos de los vecinos, prevalece la ley del más fuerte por lo que sobrevivir es una especie de suerte.

Contemplo a través de mi ventana y me pregunto ¿dónde nos perdimos?

 

2018

La ingeniería del naufragio: Crisis permanente como herramienta de dominación

Título: Una noche sin luz (2021)

Autor: Johnny Mendoza


-Roberto Santana- 


Como en el Gatopardo, todo muta para que el núcleo de la parálisis permanezca inalterado. La creencia de que flotamos en un vacío de eventos aislados es, quizás, la primera de nuestras ilusiones. Todo lo que sucede en el tablero geopolítico —esa coreografía de potencias y mercados— está intrínsecamente conectado con la gestión de nuestra propia realidad. El Orden Mundial actual no busca la estabilidad; requiere de una crisis permanente, un estado de asfixia controlada que nos mantenga demasiado exhaustos para reclamar la soberanía sobre nuestras propias vidas.

Mientras algunos sectores de la humanidad son borrados por la violencia directa del bombardeo, la vasta mayoría habitamos una zona intermedia: la de la angustia por el desamparo y la inseguridad alimentaria. Aquí, la supervivencia no es una meta, sino una carrera de desgaste que nos obliga a vivir en un presente perpetuo, despojado de horizonte. En las zonas que aún se perciben como privilegiadas, el terror es de otra naturaleza, pero igualmente efectivo: una ansiedad sistémica ante el colapso de un sistema tecnológicamente omnipotente que, sin embargo, ha perdido el control de su propia dirección.

La búsqueda de alternativas individuales, como el retorno a la tierra o la autosuficiencia, se desmorona ante la realidad de un tejido urbano y comercial que devora cualquier resquicio de autonomía. No es sólo que el campo haya sido absorbido por la lógica del mercado invasivo, es que la violencia simbólica nos ha convencido de que la única vía es la huida hacia adelante, siempre buscando un refugio que, al alcanzarlo, resulta estar igual de secuestrado por la angustia.

Es aquí donde el mecanismo se vuelve sofisticado. Mientras que en los países de alto consumo el sufrimiento social se etiqueta y se diluye en la medicalización del sufrimiento social —convirtiendo un problema sistémico en una responsabilidad química privada—, en nuestra realidad, este sufrimiento, junto a la decepción política, deriva en una desintegración ética. Cuando la vida se reduce a la gestión del hambre o de la escasez, el individuo no necesita ser medicado: basta con la angustia del mañana para que su capacidad de reflexión se atrofie.

Nos enfrentamos a una estructura que ha diseñado nuestra talla. Para muchos, la sola idea de una transformación social profunda y el rescate de aspiraciones que han sido traicionadas parece "mucho camisón pa' Petra": un desafío que excede nuestras fuerzas porque nos han adiestrado para medirnos con una vara de derrota. Existe una desconexión fundamental entre nuestra capacidad de comprensión y nuestra voluntad de acción; es como si la mera subsistencia, el acto de mantenerse vivo, hubiera consumido nuestra capacidad de llegar a ser.

Sin embargo, comprender el mecanismo no es un ejercicio estéril de cinismo, sino un acto de higiene mental. El secuestro de nuestra realidad sólo se sostiene mientras ignoremos que la opresión es, en su raíz, un robo de consciencia. La salida no reside en la adhesión a un dogma que sólo divide el campo de juego, ni en la espera de una epifanía colectiva. La salida comienza cuando el sujeto decide, en el silencio de su propia determinación, que la dignidad no es negociable.

La acción real, aquella que tiene el peso de la historia y la profundidad de lo sagrado, surge de la unión entre la lucidez analítica y la voluntad. No se trata de alzar banderas, sino de recuperar la capacidad de actuar fuera de los límites que nos han impuesto. Estamos ante la urgencia de entender que la transformación social no es un evento externo, sino el resultado de individuos que han dejado de ser "pacientes" de su propia historia para convertirse en agentes de la misma. Si la supervivencia de la especie parece exceder nuestra capacidad ética, es solo porque aún no hemos reconocido que la verdadera fuerza reside en la soberanía del ser, y que la transformación colectiva es, en última instancia, el fruto inevitable de una conciencia que se niega a seguir siendo secuestrada.

martes, 23 de junio de 2026

El contexto de Ifigenia

-Victorino Muñoz- 


Me han pedido que hable un poco sobre el contexto en el cual surge, se escribe, se publica y se edita Ifigenia de Teresa de la Parra[1], obra que ve la luz, como bien sabemos todos, en 1924, hace exactamente cien años y un año más, motivo este por el cual se ha renovado el interés y el fervor del público en general y de la crítica especializada.

Pues, bien, al tratar de pensar en eso del contexto de Ifigenia me han venido a la cabeza un par de ideas, tal vez tres, que quiero comentar aquí con ustedes, como si estuviera pensando en voz alta, cosa que cada vez hacemos más a menudo conforme nos adentramos en eso que se llama de manera eufemística “la tercera edad”.

La primera de esas ideas que me vino a la mente fue la consabida frase de José Ortega y Gasset: yo soy yo y mi circunstancia; si bien a veces más bien puede ser un yo soy yo a pesar de mi circunstancia. Y ambas formas aplican en el caso de Teresa de la Parra y su obra; aunque es menester partir del hecho de que nuestra autora era una persona que vivió entre dos mundos y dos circunstancias.

Nació, como seguramente ustedes saben, en París, en 1889. Se vino a Venezuela, con su familia por supuesto, cuando tenía dos años. Volvió a irse a la edad de once; vivió en Valencia, la otra Valencia, y regresa a nuestra tierra en 1920. O sea, que al llegar a los veinte años tenía más de la mitad de su vida fuera. Me recuerda un poco otra frase, ahora de Facundo Cabral: No soy de aquí ni soy de allá. Le habría venido muy bien a nuestra Teresa como título de su autobiografía.



Posiblemente, valga la acotación, esta es una de esas situaciones condicionantes desde las que se empieza a entretejer en un autor o autora la necesidad de querer comprender-aprehender el mundo que le rodea a través de lo escrito. Digo, tal vez en ella haya surgido todo por esa necesidad de explicarse por qué aquí es así y por qué allá es asá.

Ahora bien, aunque se ha tendido a ver la obra Ifigenia como una ruptura paradigmática con respecto a la tradición literaria venezolana de su tiempo, yo creo que este hecho más bien la hermana con cierta tendencia, presente entonces y presente también ahora: la diáspora. En tal sentido, debemos reconocer que hay alguna afinidad con otros autores que hablaron desde afuera o, más bien, desde el regreso. Sería, para buscarle una etiqueta, una literatura del repatriado. Menciono, a vuelo de pájaro, un par de ejemplos, conocidos y emblemáticos de nuestras letras: Vuelta a la patria de Pérez Bonalde e Ídolos rotos de Díaz Rodríguez, ambos también autores que se fueron y volvieron, para vivir y padecer, y escribir luego sobre ello.

Así, pues, Teresa habla un poco como extraña, porque lo de aquí le resulta a veces raro, a veces incómodo. Pero también habla como alguien de aquí, porque se nota que le duelen las cosas. Y habla a menudo de manera crítica y hasta con desencanto, por lo menos en Ifigenia, no tanto en las Memorias de Mamá Blanca. De este modo, el personaje de María Eugenia Alonso vendría a sumarse a la lista de personajes pesimistas de nuestra literatura, que están desengañados por la situación social y por las rémoras de ciertas ideas, a su juicio encadenadas en el pasado. Me refiero a personajes como Alberto Soria, de la mencionada obra de Díaz Rodríguez, y un largo etcétera, antes y después.

Uslar Pietri, en un ensayo titulado El carácter de la literatura venezolana, es de este parecer, cuando señala que: “Si pudiéramos hacer un censo de los personajes de la novela venezolana, resultaría impresionante el número de añorantes, abúlicos, soñadores y fracasados que la pueblan. Todos los que encarnan las ideas de reforma terminan en fracaso o en repudio”. Yo no diría que María Eugenia sea abúlica o fracasada, pero sí es añorante y soñadora, sobre todo cuando se preguntaba por cómo podría cambiar algo que resulta tan difícil de cambiar: un modo de pensar arraigado en una sociedad.

Luego, continuando con el ensayo de Uslar Pietri, este añade: “En el período más reciente, tampoco cambia en lo esencial esta actitud del novelista ante la realidad. La María Eugenia de Teresa de la Parra no es, a su manera, menos frustrada que el Reinaldo Solar de Gallegos. Son gentes que no parecen hechas para el país que las aguarda, que tratan de defenderse ante él con la sátira o el vano sueño y que, finalmente, parecen repudiarlo”. (Aclaro que el ensayo que cito es de 1949 y por eso, para él, Ifigenia es una obra aún reciente).

Esta era la primera idea en la que pensé. Un poquito larga, dirán ustedes. Pero es que cuando estaba en mi cabeza no se veía así. De hecho, lo pensé en un segundo y luego tardé unas cuantas horas en escribirla. Así es el mundo que vivimos en nuestra cabeza. En fin, pasemos a la otra idea, que tiene que ver con la manera como desde la obra se presenta ese contraste aquí-allá, siguiendo un poco la técnica de los deconstruccionistas, porque precisamente este contraste se manifiesta a manera de antinomias u oposiciones entre parejas de ideas o rasgos, a menudo irreconciliables.

Una de estas es la inevitable tendencia a pensar a Venezuela en términos de atraso social, económico, tecnológico y hasta cultural, en comparación con la Europa que conocía la autora. De aquí surge la primera antinomia que se hace presente en la obra de Teresa de la Parra: atraso versus desarrollo. Venezuela en la década de 1920, años para los cuales nuestra autora gesta, escribe y publica Ifigenia, era como una aldea, el país entero. Se dice que era casi totalmente rural, con algunos pequeños brotes de población urbana. Pensando en esto, me imagino un inmenso hato (todo el país), con una casa de hacienda (la ciudad de Caracas) y un hacendado mandón (Gómez).

Según el censo de 1920, Venezuela no llegaba a los dos millones y medio de habitantes. Más o menos lo que hoy día tiene este estado donde nos encontramos. Siguiendo con los contrastes, para ese entonces, nada más la ciudad de París tenía tres millones. Y nuestra población se encontraba tan dispersa como se pueda imaginar. Caracas era apenas un poblado de 100 mil habitantes.

En este panorama, más allá de cuestiones demográficas, la literatura y el arte en general estaban tan atrasadas como la tecnología: iban a la zaga, recogiendo algunas ideas dispersas que llegaban. Mientras en Europa el Surrealismo y el Dadaísmo andaban poniendo el mundo patas arriba, aquí imperaba aún el modo criollista de ver y contar las cosas; aunque hay que hacer la salvedad de que hubo atisbos de modernismo, con el mencionado Díaz Rodríguez. Y es que si bien pueden resultar aún de nuestro agrado obras como Reinaldo Solar de Gallegos o Cuentos grotescos de Pocaterra, publicadas en 1920 y 1922, respectivamente, hay que reconocer que estas no dejan de estar escritas un poco a la manera naturalista de Zola, o sea, son obras del siglo XIX pero escritas en el siglo XX.

Así surge otra dicotomía, que tiene que ver con el afuera y el adentro. Dicha literatura de la que hablamos tendía a lo sociológica, era bastante política, y en ocasiones simbólica. Pero no es muy dada a la intimidad. De hecho, es más frecuente el uso de la tercera persona y muy poco el de la primera. Uno de los primeros atisbos de asomarse a cierta intimidad la constituye Julián de José Gil Fortoul, a quien se atribuye el haber sido pionero en el uso del monólogo interior o el rumor de conciencia. Pero, a diferencia de esta obra, Teresa de la Parra en la suya opta por la primera persona y además emplea el recurso epistolar, lo que nos permiten sentirnos más cerca de su personaje, casi como si estuviéramos viendo desde dentro lo que piensa y lo que vive, un poco a la manera de eso que en cinematografía se llama cámara subjetiva.

Otra antinomia en la que es inevitable pensar al leer Ifigenia es el enfrentamiento entre la visión machista de la sociedad y la de la mujer que reclama para sí más derecho a su autodeterminación y a su participación en la toma de decisiones, tanto con respecto a lo que le concierne directamente, entendiendo por tal matrimonio, familia, hijos, etc., como en lo que concierne al mundo social y político. Ya se sabe que para la época no había participación de esta en el sufragio, mucho menos en los cargos públicos; apenas para 1915 se registra por primera vez el ingreso de mujeres en la Universidad Central de Venezuela.

Y ya para cerrar nuestra participación, podemos observar que, de alguna manera, estas tres dicotomías (atraso/desarrollo, naturalismo/intimismo y machismo/feminismo) estarían relacionadas en Ifigenia, pues la novela parte de una situación de incomodidad que vive la protagonista-narradora con respecto al atraso en lo social y al atraso en las ideas (¿puede haber uno sin el otro?, tal vez) y la autora recurre, para plantear tales conflictos, a una manera que no era la tradicional en nuestras letras, como hemos podido ver, creando así una obra singular para su tiempo y que sigue siendo de interés para el nuestro, como lo prueba el hecho de que estemos hoy aquí reunidos para hablar de ello, aún a cien años de su publicación.

Hoy, precisamente, pensaba en esto, en su permanencia o en qué es la que ha hecho trascender. Tengo para mí que el drama que vive María Eugenia en cierto modo es el nuestro de siempre o el nuestro de toda la vida: enfrentar situaciones que no nos parecen, que no concuerdan con nuestros ideales, y no poder hacer nada para cambiarlas. María Eugenia ni siquiera encuentra el modo de decirlo, de expresar su desacuerdo. Pero, por suerte tiene la escritura y recurre a ella. La escritura la salva un poco o le alivia la carga, como muy seguramente sucede con muchos de nosotros.



[1] Texto escrito para ser leído en el cineforo especial sobre Ifigenia, que tuvo lugar en el Cinearte Patio Trigal el 20 de junio de 2025, con motivo del centenario de la obra de Teresa de la Parra.

Teresa de la Parra según Ifigenia

 


-Victorino Muñoz-


En una ocasión leí en Kundera algo así como: “no somos lo que somos, sino lo que los demás piensan que somos”. No estoy seguro de en cuál de sus libros está la frase, o una similar; tal vez sea en La inmortalidad o en La insoportable levedad del ser, que fueron dos que leí y releí por mis años de adolescencia. Tengo la mala costumbre de citar de memoria y acaso añado algo para que la cita se parezca más a la idea que yo también tengo sobre el asunto.

Ahora bien, de alguna manera, esta idea se ha ido reforzando a lo largo de mi vida con otras, fusionando o acaso creando redes, como una suerte de micelio, con otras lecturas. Entonces la mezclo y la discuto un poco con la de Ortega y Gasset según la cual “yo soy yo y mi circunstancia”, frase que nos lleva a suponer que toda persona está moldeada por los paradigmas de su tiempo, y que no se puede ser o no se debería pensar que seríamos los mismos, si hubiéramos nacido en otro lugar y momento.

Pese a esto, considero que la persona también contribuye, y mucho, a modelar la idea que sobre ella se hacen o harán los demás. Y creo que los escritores son, precisamente, los primeros que ponen en práctica esta tercera variante del asunto. Entonces, no seríamos ni lo que los demás piensan de nosotros, ni lo que las circunstancias han moldeado, sino lo que decimos y decidimos. Fíjense, qué curioso, en lo cercanas que son, fonética y semánticamente, estas palabras: decimos, decidimos.

Y es que desde su universo ficcional, hecho de palabras, los creadores van construyendo la imagen de lo que quieren ser y lo que quieren vendernos, en una suerte de storytelling, a la manera de los políticos y religiosos y otras figuras públicas. He usado la palabra ficcional en un sentido bastante amplio, pero no tan vago; considero que tanto la poesía, como la prosa (sea narrativa o ensayo) crean algo nuevo: crean imágenes, metáforas, símbolos, historias, sistemas de pensamiento, que no existen propiamente tales en la realidad. Y en esa medida resultan ficcionales (invenciones), lo cual no significa falsedades, sino todo lo contrario: verdades otras, versiones hechas de otra materia, pero sobrepuestas, superpuestas y hasta impuestas a la realidad.

La creencia de que existe, en efecto, algo llamado el ego, de que las personas pueden tener un complejo de Edipo (aún aquellos que nos criamos sin la figura del padre), ¿no viene a ser una especie de ficción aceptada? ¿Y no es una suerte de mitología, que demanda mucha fe de parte de quien lo supone, que un trastorno de cierto tipo es tan real como el rostro de la persona? Es otra forma de creencia, no religiosa, pero creencia al fin; y tal vez no sea tan diferente como aquella que me puede llevar a emocionarme, a llorar incluso, cuando veo una ficción en la pantalla o cuando leo un libro.

Entonces, tomamos como premisas que: primero, desde lo que escribimos podemos moldear la forma como seremos o queremos ser percibidos-recibidos, nosotros y lo que escribimos: autor y obra; segundo, que la recepción de lo escrito se asumirá real en la medida que teje una historia, no sólo sobre el asunto de lo que se habla, sino sobre aquel que habla, lo cual a menudo puede resultar difícil de separar, como ya veremos; tercero, esta hipótesis acerca del mito del escritor contado por sí mismo se reforzará cuando: 3.1 ciertas metáforas y símbolos se hacen recurrentes; 3.2 el autor emplea técnicas de autoficción, introduciéndose como personaje, empleando preferentemente la primera persona, usando con toda intención personajes que se le parecen, tienen nombres parecidos, etc.

Un ejemplo de esta tendencia o práctica (no tengo una mejor manera de llamarla por ahora) es Charles Bukowski, quien con sus seres desarrapados, inestables emocional y laboralmente, pendencieros, dipsómanos, no sólo se convirtió a sí mismo en su mejor personaje, nos hizo creer que él era su personaje, que él era Chinaski. Así, la obra de Bukowski es doble: escribió sus libros y se reescribió a sí mismo, escribió el guion de su vida tal como quería ser recordado. Más bien diría que su obra es él mismo.

Pero, su caso no es el único. Esto es más abundante de lo que suponemos. Oscar Wilde sería otro ejemplo: elegante, irónico, mordaz; así son sus personajes (por lo menos Dorian Gray), así es su prosa; así querría ser él recordado, supongo. ¿Y qué decir del atildado Marcel Proust? La imagen que se ve en las fotografías que de él se han conservado, nos muestran que era como su prosa: acicalado, pulcro, aseado, limpio, elegante, cuidadoso, impecable, minucioso, primoroso, esmerado… todo eso dice el diccionario de la Real Academia Española cuando buscamos la palabra atildado.

En Venezuela tenemos un caso que para mí es más que emblemático, es tal vez el más emblemático de todos en los que se presenta esta fusión autor-obra: Teresa de la Parra, una escritora que hizo de su vida un mito, sin querer o queriéndolo, hasta el punto tal de que ni podemos separar muy bien su vida de ese mito ni podemos diferenciar hasta dónde llega la ficción en su personaje María Eugenia Alonso, o dónde comienza la vida de Teresa, si es que hay una diferencia en la vida o la forma de pensar de una y de la otra.

Y es que son tantos los paralelismos entre lo que se sabe de Teresa de la Parra y lo que se cuenta de María Eugenia Alonso que cualquiera se confundiría. A saber (menciono algunos):


- Teresa de la Parra nunca se casó; María Eugenia se oponía al matrimonio, aunque al final sí termina casándose con un papanatas (no tengo mejor manera de llamarlo), lo que tal vez sería una forma de no darle ninguna importancia al matrimonio.


- María Eugenia regresa de Europa y se encuentra con una ciudad y una sociedad caraqueñas que se le antojan provincianas, demodés, pacatas, entre otras cosas; Teresa también regresa de Europa, más joven (de 11 años) y luego viaja al viejo continente, más o menos a la edad de su protagonista; un viaje inverso y a la vez convergente.


- María Eugenia se autopresenta como moderna y sofisticada, e innovadora (por lo menos en las formas), aunque encerrada por la tradición familiar y social; y según Julieta Fombona, Teresa “confesaba preferir mil veces la vanidad de los trapos a la otra, la literaria” (un detalle superficial que no desdice su condición de intelectual).

¿Se parecían Teresa y María Eugenia? ¿Quería ser ella como su personaje, o que se creyera que era tal como su personaje? ¿Quería Teresa que se le considerara una abanderada del feminismo? Sí, no, tal vez un poco. Sin dudas, Teresa de la Parra abogaba por la igualdad entre los géneros, pero se mostraba moderada, sin radicalismos. La creadora y su creación se parecían y eran diferentes, como sucede con las hermanas.

Ahora bien, el problema es que este mito de Teresa de la Parra según Ifigenia se ha ido convirtiendo con el tiempo en una cuestión en la que resulta cada vez más difícil separar el grano de la paja: dónde termina el mito y dónde comienza la escritora, dónde comienza la persona real, de carne y hueso. Y podría uno preguntarse, también, volviendo al asunto del inicio, si en los escritores hay, en efecto, un ser de carne y hueso, cuando lo que mostramos es más bien una imagen hecha de palabras, una máscara acústica, como dijo Elías Caneti, hablando acerca de su Auto de fe.

Teresa y María Eugenia vienen a ser, entonces, como dos siamesas. Y la cuestión, la confusión o la indiferenciación se ha ido agrandando con el correr de los años y el añadido de más y más ensayos y estudios, así como de nuevas teorías: el neocolonialismo, las ideologías feministas, etc. Pero dentro de este proceso pueden surgir equívocos, tergiversaciones y variaciones.

Aclaro que no estoy reivindicando que haya o deba haber una lectura correcta, de esta, o de cualquier obra, sino que la óptica del lector, o el enfoque que asume para leer la obra, hacen que a veces la trompa del elefante se vuelva tan importante, que termine por pensarse que este es un ser de forma tubular, recordando la metáfora de Keynes sobre la economía, la cual puede aplicarse a casi cualquier cosa (por lo menos yo lo hago).

Así, el mito de la Teresa-Ifigenia reformista, que quería cambiar su sociedad y su tiempo, es uno que ha tenido grande resonancia en los estudios y escritos sobre la novela. Sin embargo, en su momento Julieta Fombona pareciera haberlo desmentido: “Con Ifigenia, Teresa de la Parra no pretende reformar nada, y ni siquiera denunciar (la denuncia se da por añadidura, como un subproducto): simplemente compara, calladamente, con un modelo interior, el del recuerdo, a sus hombres y mujeres, y luego los deja ir rodeados por la aureola piadosísima de la equivocación, mientras los escolta en silencio como un can fiel e invisible el ridículo”.

Y tal parece, leyendo entre líneas las Memorias de mamá Blanca y algunas de sus conferencias, que más bien Teresa daría de antemano por perdida la batalla contra las normas sociales, y que en lugar de una lucha por la reforma, hubiera preferido entonces la apartada senda de la que habla Fray Luis: un ambiente bucólico, anhelando y añorando la naturaleza. El hecho podría confirmarlo el orden cronológico de sus novelas y la dinámica sociedad-oposición-desencanto (En Ifigenia) versus naturaleza-añoranza-anhelo (en las Memorias) que constituyen la clave en cada una de estas obras.

Así, podríamos conjeturar que tal vez Teresa comienza por parecerse a María Eugenia, buscando innovar, cambiar, con ese ímpetu propio de los años mozos que todos tenemos. Esto me recuerda algo que decía Borges (y nuevamente cito de memoria, aunque sé que lo leí en Otras inquisiciones); más o menos era algo como que, filosóficamente, todos comenzamos por ser destructores de sistemas; y al final pasamos a ser constructores de un sistema. Un poco iconoclasta es la juventud, añado yo. Luego, Teresa-Ifigenia se olvida de querer cambiar el orden social y busca un orden otro, más armonioso: el de la naturaleza o el de la familia.

Es más o menos esto de lo que habla en Memorias de Mamá Blanca. Curioso que al final ella, Teresa, también buscara en espacios de la naturaleza recuperar el equilibrio de la salud y que terminara muriendo rodeada de su familia… De este modo, para cerrar nuestra pequeña disertación, Teresa habría dejado de parecerse a Ifigenia, para pasar a ser un poco más como la Blanca Nieves que cuenta la historia en la última de las novelas que publicara.

Qué misterioso empeño el que tiene la vida de tratar de parecerse a las letras (y esta vez me estoy citando a mí mismo, para no equivocarme más y que no vengan después a criticarme por mis inexactitudes).


Poemas de J.M. Llerena

 

Autor: Orlando Guerra


***


En el nombre del padre



Desde Playa Azul hasta Mozambique

anduviste por rumbo incierto,

tu primavera cruzaste 

y llegaste al invierno.


No existía (¿acaso existo?)

ni en pensamiento fugaz estuve;

de ti vengo y a otro rumbo voy,

pues mi camino es pedregoso

y el tuyo no es mío


Nos quedamos en silencio 

bajo un árbol sombrío

y me dejo llevar 

cual sortilegio de nostalgia

añorando mi sueño tardío.


****


He visto a mi padre a través 

de una retroproyección

telepática

llorar asomado 

a un ataúd de pequeñas dimensiones

quebrantado 

como nunca lo había visto

de pronto enniñecido 

por el alcohol

ebrio de nostalgia

llorando 

después de tantos años

la despedida de un amor fraterno

también lo he visto

(y esto a través de mis ojos)

patear a un perro


****


Todas las piedras


El tren se demora en la estación

agitados los padres

ahuyentan el calor

con abanicos improvisados

aprovecho la ocasión

 

la niña juega en el andén

ofrenda su muñeca 

apenas le muestro los caramelos

mientras nos marchamos 

tomados de la mano

una lluvia apresurada 

resbala por los cristales

 

además de la inocencia

la muñeca y el vestido

me llevé también el verde intenso

que reflejaron sus ojos 

llenos de terror aquella tarde

 

esta noche

hora del este

me iré muy despacio

muy suave entre miradas azules 

y expresiones severas

al otro lado del falso espejo

evocando un viejo bosque y su lago

y un pequeño cuerpo 

abandonado en la hierba

desnudo y maniatado

desfigurado con una piedra 

hasta morir

 

quedaré tendido en la camilla

los brazos en cruz

todavía conectado a la máquina

desvanecido en el sueño

hasta que autoridades

familiares y público general

certifiquen (ingenuos) que 

"ahora el mundo es un lugar mejor"

 

entonces mi padre

un dios fúnebre

expiará mi culpa

después de todo

(ya sea angular o de Rosetta

de toque de trillar o de tropiezo)

él es el creador de

todas las piedras

y el peso que representan.


****


Despedida matinal en una noche lluviosa


 I

Papá

esta mañana escuché 

una gran explosión

¡una explosión para perros!

Hablamos diferentes idiomas

¿cómo hacerte entender 

la belleza que suena

que resbala por la piel?

no hay traductores

todos están muertos.


 II


¿Recordarás nuestra hospitalidad

pequeño perro

la calidez de nuestro hogar?

estuviste tan solo un instante 

en nuestras vidas

¿fue suficiente para no olvidar 

nuestro aroma?

y al pasar de los años

cuando se fortalezcan tus patas

se agucen tus colmillos 

y crezcan tus garras

si un día nos cruzamos por la calle

¿menearías la cola 

o fruncirías el hocico

mostrando los dientes?


 III


Aquí comenzó el invierno

los días son grises

sin embargo

una visión alegra la mañana

fugaz y difusa

una visión de ojos muertos.


IV


Acorta tu ausencia

la lluvia llena los espacios vacíos

los que quedaron 

después de tu partida

cieno y tristeza

velo acuoso

mi voz no te alcanza

y cuando no vienes

un olor a muerte 

invade los pasillos.

 

V


Por las noches

alguien intenta abrir mi puerta

pero sus manos son espectrales

y no consiguen asir el pomo

¿acaso eres tú?

la cara feliz tiene la sonrisa sellada

y su único ojo

nublado por una cortina manchada de semen

¿es que no oyes el batir de alas

el galope de las almas?

parece que todo está bien 

mientras preparas tu comida

allá afuera

el mundo se cae a pedazos.

 

VI


Estamos solos

cada quien 

con el peso irremediable 

de su propia piedra.

 

VII


Pese a todo

escuché una hermosa canción 

al final de la tarde

tu voz onírica

una buena voz

perro

te digo adiós

papá

me despido

la lluvia me abre los ojos

y te veo desde adentro

mientras cae la noche

y la clave del enigma

se revela en parte:

tu ombligo

el centro del universo

como un culo clausurado.

Realizado I Coloquio de Poesía y Encuentro de Libreros "Paisajes, mujeres y libros" en la Casa de la Cultura de Maracay


Recién este viernes 19 y sábado 20 de junio se realizó en el espacio de la Pérgola de la Casa de la Cultura el I Coloquio de Poesía y Encuentro de Libreros, que tuvo como temas para discutir el paisaje como representación literaria y la presencia de la mujer en el desarrollo de la literatura de este siglo.

Este primer Coloquio se realizó gracias al esfuerzo mancomunado de la Librería del Sur/Maracay, la Red de Bibliotecas Públicas del edo Aragua y la Coordinación de Literatura de la región. 

En ese sentido el nutrido público que asistió a cada una de las actividades programadas se pudo encontrar una diversidad de temas y talentos que mantuvieron vivo el intercambio fraternal entre los creadores y todos los presentes. 

También fue propicia la oportunidad para realizar un Video-foro alrededor de la película "El poeta" del colombiano Simón Mesa que se ha convertido en un fenómeno de masas a nivel mundial luego de su participación en el Festival de Cannes.

Entre los invitados a compartir los conversatorios y recitales se pudo contar con la presencia del poeta Efrén Barazarte, el colectivo Poetisas a Viva Voz coordinado por Emalida Viloria, la profesora Cristina Tamasauskas, el grupo de teatro Asotea bajo la dirección de Rubén Joya y las poetas Aimée Torres desde Valencia y Beatriz Helena Peñaloza desde Cagua; la parte musical corrió bajo el talento de Víctor Salazar con un repertorio de canciones románticas. 

También fue oportuna la ocasión para que se pudieran adquirir libros de diversas materias a precios accesibles por parte del público, especialmente jóvenes, que visitó la Pérgola durante las jornadas.

domingo, 21 de junio de 2026

Microrrelatos de Rafael Ortega


Autor (fotografía): Rafael Ortega 


Del libro inédito Fábulas infames y otros relatos absurdos 


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La cita


El rugido. El terrible rugido del motor ensordece la autopista. Las sirenas se abrazan a mis espaldas y una caravana de automóviles rodea lo que antes fue mi cuerpo. No tengo remedio. Hoy faltaré a la cita. Mi récord de impuntualidad continúa intacto.


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Final de la Copa en el bar



Tiene ese secreto el humo: estar ausente y cercano (...) Tiene ese secreto el humo: Estar presente y lejano

Miguel Ramón Utrera



Sorbía una taza de café mientras miraba por la ventana. La lluvia había cesado, pero las aceras y las calles estaban tan húmedas como un orgasmo.

El partido final de la Copa Mundial se disputaba a dos cuadras en la pantalla de un bar de ambiente "deportivo".

Por causa de mi ubicación no podía ver nada, pero escuchaba los aullidos de gol que se esparcían en el aire como el humo de mi taza de café.

Sin nada qué hacer en casa, me debatía entre salir o no a la calle. Solo tomaba mi café a breves sorbos, así de lento, para sentir en rostro las caricias del humo, que resguardaba de mí su secreto de estar ausente y cercano.

Desde mis coordenadas escuchaba los gritos de entusiasmo y furor de la jauría que estaba frente a la pantalla del bar. El partido había terminado.

Entre la algarabia, el estruendo de los fuegos artificiales (eso creía yo que eran) y el ruido de distintos cilindrajes se inundaron las calles.

De pronto el escenario me resultaba repetitivo y banal. El aburrimiento se transformaba en agotamiento y me alejaba de la ventana con dirección al sofá para darle los últimos sorbos a mi café.

No estaba equivocado. Fueron los últimos sorbos. Lo supe al sentir en mi cuerpo una corriente de lava que entraba por mi espalda e invadía mi humanidad.

No hubo tiempo de gritar. No hubo tiempo de indagar qué había sucedido en ese momento cuando mis ojos descubrieron -al ras del suelo - el secreto del humo: de estar presente y lejano, elevándose desde mi café derramado hacia la ventana con la intención de ganar la calle para celebrar el resultado del partido final de la Copa Mundial.


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El vuelo de la mosca



El malestar la despertó, un eco terrible de la pesadilla que había interrumpido su sueño durante la noche y la madrugada. 

Aún con el cuerpo entumecido, Justina se levantó. El ritual de aseo y desayuno era un acto necesario. 

Tenía dos horas hasta las nueve en punto, tiempo suficiente para no sentir prisa. 

En ropa de trabajo, encendió la hornilla. El olor del café se esparció en el ambiente mientras dos arepas se tostaban sobre el budare.

Ya sentada, la advirtió. Una mosca verde, insistente, rondaba su comida. 

De un manotazo instintivo la ahuyentó, pero la intrusa regresó. El desayuno de Justina se veía amenazado, obligándola a una acción más drástica.

Decidida a acabar con ella, se armó: matamoscas en una mano, veneno en espray en la otra. La cocina se convirtió en un escenario de danza frenética. 

El insecto, con un zumbido denso, casi ajeno a este mundo, esquivaba cada golpe con una agilidad fantasmal.

Desesperada, roció una nube plateada de veneno justo cuando la mosca aterrizó en el espejo del pasillo. El aire se cargó, denso, con un olor a almendras amargas, a olvido. 

Pero la mosca no cayó. En lugar de eso, atravesó el cristal como si fuera una brisa, sumergiéndose en el reflejo.

Atónita, Justina se acercó al espejo y contempló una escena desoladora: la habitación vacía, las dos arepas y la taza de café humeando sobre la mesa desierta, el reloj marcando las nueve en punto. Una mañana que ya no le pertenecía. 

Fue entonces, al sentir el peso ligero de sus propias alas y la irresistible atracción por el aroma del café tostado que emanaba del otro lado del vidrio, que comprendió la pesadilla.

Dio un sutil aleteo verde contra el cristal, un último intento por advertir a la mujer que acababa de despertar en la cama.


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La noche de los gatos



Los humanos antes, como nosotros ahora, empleaban la palabra para hablar en privado dentro de un grupo y la telepatía para larga distancia

Lobsang Rampa. Mi vida con el Lama



Los gatos del barrio sabían que los martes a la medianoche se celebraba una reunión en el parque para contar historias.

Ni los felinos más antiguos recordaban cuándo comenzó esa tradición, pero todos acudían con entusiasmo a la cita con la oralidad.

Como éramos nuevos en esa comunidad, Benny se sentía nervioso no sólo por ser su debut ante el público, sino que además era algo tímido y desconfiado, cosa que no es común entre los gatos nacidos en el Caribe.

Pese a que habíamos ensayado en casa un amplio repertorio de anécdotas, adivinanzas y chistes subidos de tono, Benny aún no estaba seguro de lograr el principal objetivo de la reunión: agradarle a las felinas más jóvenes del barrio.

Al llegar el día acordado -exactamente a las once y cincuenta y ocho-, cuando el primer maullido rasgó el aire para anunciar el inicio de la jornada, el recinto se llenó de siluetas felinas de distintos tamaños y colores de pelaje.

El silencio que siguió al maullido inicial fue tan denso que Benny juró escuchar el zumbido de los piojos del gato de enfrente.

El presidente del cónclave, un siamés bizco que afirmaba haber sido el consejero espiritual de un político en Caracas, dio tres golpes con la cola contra el pavimento. Era el turno de los novatos.

Benny avanzó hacia el centro del círculo, con las patas temblorosas y la dignidad pendiendo de un hilo de pescar. 

Las felinas jóvenes, un grupo de angoras con aires de divas de telenovela, lo miraron con un desdén tan afilado que podría haber rebanado una lata de sardinas.

Olvidando por completo las adivinanzas refinadas que habíamos repasado, Benny carraspeó, tragó saliva y comenzó a relatar la vez que persiguió a un ratón que resultó ser el fantasma de un antiguo conquistador español.

A medida que avanzaba en su relato, el aire del parque empezó a oler a agua de coco y pólvora vieja, y la luna, contagiada por el ritmo de su prosa, comenzó a titilar al compás de un bolero invisible.

El clímax llegó cuando Benny recreó el chiste subido de tono sobre el veterinario y el termómetro de oro. Fue un éxito rotundo. Las gatas jóvenes no sólo ronronearon de la risa, sino que la gravedad del parque se alteró tanto por el misticismo del relato que tres de ellas comenzaron a flotar a unos centímetros del suelo, agitando sus colas con una elegancia ingrávida.

Al amanecer, la sesión se dio por terminada. Benny regresó a casa caminando con el pecho inflado y dos gatas calicós flotando a su lado a modo de cortejo.

Había conquistado el barrio. Eso sí, el precio de la fama literaria fue alto: pasó todo el miércoles durmiendo en el sofá, exhausto, y con una resaca mística que ni siete tazones de agua fría lograron curar.


***


La profecía


El nido permanecía vacío en la copa del árbol más alto desde tiempos inmemoriales, seguro de que -en cualquier momento- una pareja de aves ancestrales vendría a arrasar con su pasado.


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Pérdidas y ganancias


El camión me arrolló a mitad de la avenida y lo supe de inmediato: el infarto no sólo me costaría la vida, sino también el depósito de la garantía de las patillas que jamás llegué a devolver.


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Hotel Ccs



a S.B.


Porque beber canelita jamás será lo mismo...

La paz

 

Autor: Alberto Colantuoni 


La paz no es la ausencia de conflictos, sino una virtud del alma 

Baruch Spinoza 


-Liris Miyares-


Hablamos de paz, ¿pero realmente sabemos lo que esto significa?

A lo largo de la historia de la humanidad han habido incontables pérdidas humanas las cuales han sido justificadas en nombre de la paz.

Alguien en algún momento opinaba "si quieres alcanzar la paz, prepárate para la guerra". Considero que los grandes males de los pueblos son la consecuencia del mal uso que se ha hecho de ella.

Miles de personas mueren diariamente en busca de la tan ansiada paz. Muchos gobiernos se arman bélicamente interviniendo en los asuntos internos de otros países con el pretexto de alcanzar la paz en dichas regiones.

¿Será ésta la manera? Se han invertido inmensas fortunas en armamentos, seguridad, creando planes y proyectos para alcanzar la paz y aún así no se ha logrado nada, lo cual indica que la solución no es esa.

Mientras sigan prevaleciendo los intereses particulares sobre los colectivos, las desigualdades, el deseo de poder, el enriquecimiento ilícito y no se respeten los derechos del otro estaremos más alejados de alcanzar la paz.

El egoísmo, la envidia, el rencor... hacen al individuo más insensible, capaz de cometer las más grandes atrocidades, con el fin de obtener protagonismo y el control sin importar las consecuencias.

Todo esto es producto de lo mucho que nos hemos alejado de nosotros. Buscamos afuera lo que tenemos dentro de cada uno.

Al alejarnos tanto de nuestro ser nos hemos deshumanizado, de allí que no encontremos la solución a los múltiples problemas que hemos creado. 

Por ello para encontrar la paz, debemos trabajar en nosotros. El trabajo no es fácil pero si lo hacemos con entrega y disciplina podemos lograr la tan ansiada paz que tanto andamos buscando.

Modesta Bor, centenaria sirena del canto mar



-Orlando Conde-


Azules los vientos de la historia, por ese mar de notables atardeceres, en el muelle y en el Fortín de la Galera, agitaron su sinfonía de espuma con oleaje coral, cuando nace Modesta, en Juan Griego, pueblo de hechizos móviles y profundos cruces históricos, en 1926, tiempo gomecista, año de la primera transmisión de Ayre, la primera estación de radio de Venezuela, y de la instalación de Telares Maracay, algodón en telas para las niñas que tocan el cuatro, y su alegría se alimenta con pasos de canto libre, en fiestas tradicionales. 

Hablo de Modesta Bor, la destacada compositora y arreglista coral geminiana, quien supo fusionar las rítmicas y sonoridades afrovenezolanas con la complejidad de la música clásica europea. La jovencita, rostro de sirena, discípula de María de Lourdes Rotundo; de Elena Soriano de Arrarte; de Juan Bautista Plaza, de Antonio Estévez y Vicente Emilio Sojo. La misma dama que a los 25 años de edad, en su décimo año de piano, siente que sus manos rumoran hormigas, timbres, dolores intensos que entorpecen su pasión por la música y su talento por la creatividad sonora: Síndrome de Guillain-Barré. Pero la margariteña, no obstante la inclemencia de esa enfermedad, inicia una amplia actividad en los campos de la musicología y la docencia. Trabaja en el Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales como Jefa del Departamento de Musicología; ejerce la docencia musical en diferentes escuelas primarias y secundarias de la capital; dirige coros de Niños de las Escuelas Municipales de Caracas. Ya como Maestra Compositora, viaja a Moscú, para estudiar polifonía, literatura musical, orquestación, composición.  

 Seis voces blancas -Arpegio- bajo la mirada directriz de Modesta, fue un grupo ensamble con el cual la querida compositora difundió melodías infantiles, polifonía culta y música popular venezolana. Combinó arreglos de raíces populares con piezas academicas

 Mi querida profesora Bor. Me gusta más decirle Modesta. Es más bonito ¿Verdad? Más sonoro, más amistad y cariño. Desde que cantamos en agrupaciones corales, es casi que un impulso mágico interpretar piezas arregladas por usted. No existe repertorio que no la incluya. Es una escarcha su acento, su presencia, su encanto. ¡El encanto de Modesta! Un encanto que tiene la tertulia del mar, el empeño madrugador de los pescadores, el pensamiento crítico, la fortaleza de la mujer que recuerda la heroicidad de Luisa Cáceres. 

Para escribir esta oratoria por el Centenario de su vida. -porque usted sigue viva- en su producción musical se registran la Suite Criolla para piano, la Suite para Orquesta de Cámara, la Sonata para Viola y Piano, el Segundo Ciclo de Romanzas para contralto y piano, la Sonata para violín y piano; laa obras corales El Pescador de Anclas y Regreso al Mar; y Genocidio, Poema Sinfónico, con agudo sentido de crítica social. Pero hay más. El tríptico coral Manchas Sonoras; los siete Sarcasmos para piano; el Prisma Sonoro para cuatro voces mixtas; el Concierto para piano y Orquesta; Acuarelas para orquesta de cuerdas, obras atonales desligadas de la tendencia nacionalista.

Su nombre, mi entrañable profesora, no encuentra cabida en su obra. Hay demasiada luz, constancia, esfuerzo. Mucho océano. Mucha playa y besos en la arena. Pero es Modesta, la de las manos traviesas, temblorosas, enfermas pero llenas de un paraíso de fortaleza invencible. Modesta, la dama vigente, infaltable en nuestro repertorio de sueños musicales. Modesta, la Compositora Bor, que rima con valor y amor. Reciba el abrazo de Venezuela, vital y dedicada como usted. Reciba nuestro canto de sal y peces entusiasmados con la musicalidad de nuestras gargantas que gritan su nombre como quien llama a su pareja, bajo la luna, -redoma con fogata adentro- rodeados de ese murmullo tan especial que nos regala el mar, en sus olas eternas, baile de marinos poetas, tan claros, tan azules como usted, Modesta, la margariteña del canto mío.

jueves, 18 de junio de 2026

Los versos de la silla rota

 


-Gabriel Jiménez Emán- 


Desagües del ser (1)


ahí va otra vez el ser en su desagüe

en la mañana rota por la noche

que le abrió las sienes en nombre de tu amor

y del mío que de todo comen

en la mañana de retardos magníficos

para el alma saludables pues en ellos

va mi corazón enmudecido

a darse contra las paredes y salta alborozado

mientras el ser sigue fluyendo sigue hacia la nada

de donde jamás debió salir


***


Hollín del día (2)


este día me ha dejado todo sucio

me ha dejado empapado de humo negro

con un sudor espeso que viene

de otro mundo

no avanzó ni un ápice el día como yo deseaba

como lo tenía contemplado en la agenda

con los demás sucesos absurdos y antagónicos

que me han deparado las horas

en esta angustia cálida

en este bramar de los minutos ahora acorralados

por la regadera cayendo en cascada

sobre mi pecho velludo


***


Azotes en las sienes (3)


quiero reír a carcajadas para espantar los pensamientos

caminar patas arriba para no pensar más

mis sienes azotadas de ideas sólo quieren beber una cerveza

atragantarse de vacíos contemplativos

de arañas silenciosas y salamandras boquiabiertas

mi carne se ha destapado por detrás

para vaciarse de organismos necios

de esas ideas sembradas por la historia


quiero treparme a ese árbol y lanzarme al mar

caer de cabeza en el océano violento

y nadar por las aguas coralinas

trabar amistad con las ballenas

y vivir dentro dellas

como en una casa que me saque de una vez por todas

de esta pregunta cotidiana

sin respuesta posible 


***


Puntapiés en el ojo (4)


el ojo se dispara de la cara como una metra

el ojo sale rodando por la acera

es pisado por transeúntes zapatos y cauchos

rebota de las paredes y cae en las alcantarillas azules

finalmente va a dar a la bolsa de un mendigo ciego

a quien aún le queda un hueco en la cara

por los ojos que ha perdido

advierte algo extraño en su porosidad 

y decide colocarlo en su ojo ciego

y hélas! cuando descubre que ve

con el ojo que se ha caído de mi pesadilla


***


Requiebros de la luz (5)


la luz está enferma esta tarde

está dolida consigo misma de tanto alumbrar

se ha caído a trozos de la mañana hirviendo

donde el calor alborota los basureros del sueño

la luz revienta en los parabrisas en las vidrieras

en las botellas y vasos

que se mueven en la ciudad como parásitos blancos

la luz se quiebra se requiebra

revienta todo a su paso como una recién nacida

que hubiese preferido quedarse allá arriba

jugueteando con las nubes


***


Sopa de barro (6)


la sopa de barro está servida

dios la remueve con un gran cucharón de madera

de su gran barba cae de vez en cuando un pelo cósmico

para aderezarla

la sopa bulle en su gran estupor

sus burbujas bermejas hacen plop plop

hasta que el gran señor la derrama por la tierra

para que se hagan casas avenidas y ciudades

la sopa de barro no es inagotable

ella tiene un límite que le han puesto los valles y montañas

las hormigas y todos los insectos dimanan de ella

de su gran reverbero situado detrás

de los montes del cielo


Del libro Los versos de la silla rota, 2021

Aly Pérez: Caballero de la palabra pintada que desafió al silencio

-José Carpio-


En aquel entonces, en la ardiente Villa de Cura, existía un rincón llamado Los Colorados. Quienes se animaban a cruzar su umbral no buscaban favores, sino un destello de creación, mientras el cerro El Vigía, eterno guardián, contemplaba en silencio a un artista de dedos teñidos con óleo y tinta, forjando paso a paso la identidad de su tierra natal. 

Ese hombre respondía al nombre de Aly Pérez: poeta de verbo profundo, pintor de luces y sombras, rockero de oído clásico y sembrador de versos en cada esquina.


De los talleres de zapatero a las tablas de Shakespeare


Aly nació en San Luis de Cura en 1955, hijo de Domitila Pérez y de Antonio Martínez, un zapatero que además destilaba tangos como nadie. Su infancia transcurrió en El Rincón, llamado entonces Los Coloraditos, con sus hermanos y un paisaje de almendrones que luego lloraría en versos.

El destino lo arrancó del terruño: dos años en Valencia, cuatro en Maracay, en el barrio La Democracia. Allí, a los catorce años, la fiebre del teatro lo poseyó. 

Se subió a las tablas con el grupo Tránsito, dirigido por Arnaldo Díaz, y nada menos que para interpretar a Próspero en La Tempestad de Shakespeare. ¡Un adolescente villacurano encarnando a un duque mago!

Esa fue su primera lección: el arte no entiende de edades ni de orígenes. 

Rock, violín y la rebeldía de los clásicos


Cuando el rock andaba quemando los surcos de los discos de vinilo, Aly se dejó hechizar por la serpiente eléctrica de The Doors y el aullido de Janis Joplin. Coleccionaba discos de Rolling Stones y Bob Dylan como quien guarda reliquias. 

Pero su oído tenía dos almas: junto al rugido del rock, también se embelesaba con Bach, Beethoven y Mozart. Tanto que decidió aprender violín y solfeo entre 1984 y 1985. 

Sin embargo, una frustración lo marcó: “No había correspondencia con las otras artes”. Y así, como Max Jacob, prefirió inscribirse en la escuela de la vida interior. 

Más tarde llegaron Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y el jazz americano, que lo acompañarían hasta su último aliento.


La calle como galería: el movimiento que nació sin permiso


“La Villa nunca ha tenido espacios de cultura, gracias a la desidia gubernamental”, decía con una sonrisa que era mitad queja y mitad bandera. 

Así que Aly no esperó paredes blancas ni curadores de sala. Formó el grupo Gente del Común con Elías Álvarez, Alfredo Torrealba y otros valientes. 

¿Dónde exponían? En las plazas, al aire libre, mientras los poetas leían sus textos entre transeúntes curiosos. El arte era un movimiento de calle, una vivencia.

Luego vino el Movimiento Cultural Zamora y, más adelante, el taller La Cigarra, homenaje a Sergio Medina, que llevó hasta la cárcel de Tocorón. 

Allí, entre reclusos, la poesía floreció como un geranio entre ladrillos. Publicó su primer libro, Pasión según la casa, en 1991, y no paró: premios en Guárico, en Maracay, y en 2004 representó a Venezuela en el Festival de Poesía de Medellín.

Curiosidades de aquella época


- El violín que nunca sonó en público: Se dice que Aly practicaba escalas hasta el amanecer, pero cuando alguien se asomaba a la ventana de su casa, él escondía su violín.


- La tertulia de los viernes sin electricidad: Cuando se iba la luz en Villa de Cura (algo frecuente en los ochenta y en la actualidad), Aly encendía velas y recitaba a Pessoa mientras sus amigos pintaban a tientas. Llamaban a eso “la sinestesia del apagón”.


- El zapatero que cantaba tangos: Su padre, Antonio Martínez, medía el calzado con un compás que también usaba para silbar Volver. Aly aprendió de él que el ritmo se mide igual en el cuero que en el verso.


El temple que no se rindió


Aly Pérez nació en un pueblo sin salas de exposiciones ni editoriales oficiales. Pero no se quedó cruzado de brazos. Pintó en plazas, fundó grupos callejeros, llevó la poesía a una cárcel y representó a Venezuela en el mundo. La falta de apoyo no apagó su voz; al contrario, la hizo más ancha. 

Tras su partida, el 30 de enero de 2005, sus versos siguieron germinando. Una fundación lleva su nombre y en cada rincón de Villa de Cura donde alguien lee un poema o pinta un paisaje, Aly sigue ahí, como el cerro que vigila la memoria porque el verdadero legado no se pide prestado: se siembra en tierra firme, aunque nadie la riegue.


***


Fuentes consultadas:


Villa de Cura y su historia, autor: Giuseppe Girlando


Revista Expresión (2005)


Blog: villaliteraria2010.blogspot.com

miércoles, 17 de junio de 2026

La derrota de Darwin



-Mario Amengual-

 

Hace más de dos décadas trabajé con reconocidos científicos sociales en una desaparecida comisión presidencial. Mi presencia en ese selecto grupo era tan extraña como cuando, aún estudiante de Letras, formé parte de la selección de fútbol de la Universidad Central de Venezuela. No es difícil imaginar que en aquella comisión estaba destinado a tareas subalternas, por más que buena parte de sus publicaciones dependieran de mi afán de corregirlas y mejorarlas. ¿Cómo podía un lector de Villon y Conrad, que ocasionalmente publicaba poemas y artículos en revistas y periódicos, dar opiniones pertinentes donde se planteaban “reformas sustanciales para el país”? Aparte de eso, no ocultaba la inconveniente costumbre de ejercer la discrepancia en cuanto al lenguaje estereotipado y altisonante de la generalidad de la prosa y oratoria política, económica y sociológica que allí se practicaba.

La relación de este episodio autobiográfico viene al caso para resaltar prejuicios e hipocresías que poca gente quiere ver. Y no sé hasta qué punto los mismos artistas se complacen en ser vistos como especie rara, como personas dignas de ser premiadas y condecoradas, pero sin ninguna importancia, salvo para ornar conversas, en la formación intelectual y espiritual de los seres humanos. Tampoco deja de ser contradictorio que sean los científicos sociales, en su mayoría, quienes más subestiman el sentido poético, por ejemplo, y quienes más se vuelven contra las artes cuando se trata de encontrar el perfil de la sociedad. En un mundo gobernado por la economía (o más bien, por teorías económicas) y los políticos como acólitos, ya no sorprende que las artes visuales estén incorporadas al mercado y los escritores propendan a la diplomacia. Sin embargo, a un ciudadano del Tercer Mundo, de un país devastado por los políticos y sometido a rígidos y foráneos esquemas de dominación, se le ocurre no demostrar, porque las demostraciones pertenecen a la ciencia, sino afirmar que la poesía o el sentido poético, como saber y sentir plenos, es también conocimiento. No pretendo emparejar realidades en apariencia tan disímiles como el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y las cada vez más precisas observaciones del telescopio espacial Hubble; lo digo porque nuestra época, fascinada por sus maravillas técnicas, día a día confirma su quiebra espiritual. 

 

Los síntomas de un divorcio 

  

No es mi propósito historiar la escisión que hoy padecemos y menos aún buscar su origen y registrar sus etapas minuciosamente. Cuando mucho quiero compartir inquietudes y comentar opiniones que me ha deparado la lectura. 

Nada menos que Charles Darwin demostró las consecuencias y la tragedia humana de tener un intelecto alienado, puramente científico. Escribió en su autobiografía que hasta los trece años gozó intensamente de la música, la poesía y la pintura; pero después, durante muchos años, perdió el gusto totalmente por estos intereses: “Mi cerebro parece haberse convertido en una especie de máquina de deducir leyes generales a partir de grandes conjuntos de hechos... La pérdida de estos gustos es una pérdida de la felicidad, y posiblemente puede ser dañosa para el intelecto, y más probablemente para la moral, pues debilita la parte emocional de nuestra naturaleza”. (Erich Fromm, Tener o ser).

Y añade Erich Fromm: el proceso que Darwin describe aquí ha continuado desde su época a un ritmo rápido; la separación de la razón y los sentimientos es casi completa. A tal punto, podemos decir, se ha dado esa separación que se han difundido expresiones como “sensibilidad social” o “procesos de sensibilización”, las cuales vienen a ratificar nuestro vacío y a suplirlo por discursos al estilo de lo designado popularmente como “hablar de la boca para afuera”. Nos quedamos en las palabras para, apenas, esbozar lo ya perdido en el corazón; por eso, si en el Plan de Estudios de una carrera científica o técnica se incluyen charlas de literatura o cualquiera de las artes, son vistas con desdén, cuando no con burla. Es de esperarse: ¿quién en el curso de nuestros estudios o en nuestra vida familiar nos insinúa que Correspondencias de Baudelaire puede revelarnos otra manera de ver y comprender? ¿Son sólo producto del esoterismo los Versos dorados de Nerval y no, por ejemplo, la apuntación de realidades que la ciencia ahora comienza a reconocer? 

Sin embargo, lo que Darwin confesó como su propia tragedia y es síntoma general en nuestra época, ha encontrado un ligero contrapeso cuando gran parte de los principales investigadores en la mayoría de las ciencias más revolucionarias y exigentes (por ejemplo, la física teórica) se hayan sentido profundamente preocupados por las cuestiones filosóficas y espirituales. Me refiero a hombres como A. Einstein, N. Bohr, L. Szillard, W. Heisenberg y E. Schröndiger. Y a esta lista de Erich Fromm, cabe agregar científicos, aunque con perspectivas muy diferentes entre sí, como Fritjof Capra y Stephen Hawking. 

Lo demás es un vacío escandaloso y una continua presunción. Y si acaso esto parece exagerado, hurguemos un poco en nuestras escuelas y universidades. 


Ya Rimbaud lo había dicho

 

 En pleno “estupor positivista” Rimbaud avizora que el fervor por la ciencia crecerá. “Nada de vanidad, adelante la ciencia” grita el Eclesiastés moderno, es decir, todo el mundo. "¡Ah!, la ciencia no va bastante rápido para nosotros". Desde entonces esa velocidad y esa desazón han aumentado; pocos se permiten la duda: la mayoría o padece o se mantiene boquiabierta por los prodigios de la técnica, insaciable hermana de la ciencia. Ya al principio de este siglo va quedando un solo credo, el delirio tecnocrático: el espíritu se alivia con sucedáneos religiosos y la perenne invitación al placer. 

Tal vez hoy sea plenamente cierta la afirmación de un médico que cita Kandinsky en De lo espiritual en el arte: “He efectuado la autopsia de muchos cadáveres, no he encontrado nunca un alma”.

¿No es por el interés o la ganancia que se emprenden la mayoría de las causas en este mundo, sean buenas o malas? Abundan las iglesias, las sectas, los credos redentores; pero el espíritu brilla por su ausencia: en vez del asombro (principio de toda filosofía, según Sócrates; y podríamos añadir que de toda ciencia, religión y arte) encontramos autosuficiencia, manipulación y jerarquías arbitrarias. La economía es el gran ídolo y nada parecida a indispensable colaboradora para una sociedad que aspira a la sensatez y al equilibrio. La política ocupa la atención de temerosos ciudadanos carentes de todo sentido de comunidad, excepto si sus intereses muy personales son vulnerados. Nunca antes había sido el ego indiscutible protagonista de la cotidianidad humana y nunca antes había sido tan exaltado, gracias a los omnipresentes medios de comunicación, y nunca antes había sido la inanidad tan buena materia prima para cualquier negocio. Reconozcámoslo, así de simple: es éste el mundo que nos merecemos. ¿Acaso hemos procurado realizar cambios más allá de nuestras convulsas y festivas apariencias? Alguna vez escuché a unos jóvenes escritores asegurar que a la gente de letras, en cualquier lugar del planeta, le cuesta tragar su resentimiento por la actual preponderancia de gente del espectáculo y deportistas. De tal modo, en general, se comportan algunas inteligencias: en sus escritos, las palabras espíritu, alma y corazón sólo refieren a un diccionario de arcaísmos. 

Nos encontramos con un síntoma evidente de nuestros días; escasamente comentado en las revistas humanísticas: la casi total rendición de los artistas a las fuerzas del poder comunicacional globalizado y uniformante. Las escasas y benevolentes campañas que pregonan la diversidad de razas y culturas, apenas respiran entre los arrolladores artificios de la publicidad, la televisión, la cinematografía y las disposiciones políticas de los poderes angloamericanos y angloamericanizados. Para tales poderes, con su ciencia y su técnica desaforadas, cualquier disidencia intelectual, cualquier empuje del corazón, es sólo un graznido salvaje sobre los tejados del mundo. 

El mundo estridente que nos ha tocado, la época de la humanidad superinformada pero exangüe, tal vez necesite poetas que no jueguen a su exclusividad, a su reclamado endiosamiento y menos aún que tengan fe en el veneno. Por los momentos las artes ostentan (quisiera estar equivocado), al menos en sus representaciones más conocidas y apreciadas, una sumisión al parecer general y poca fuerza de rebelión e ironía. No es casual que muchos museos y librerías ofrecen aires de supermercado. 


El poder del conocimiento 

 

 El conocimiento es poder, ése es el lema imperante. Los héroes fabricados en Hollywood y de los dibujos animados lo repiten como una consigna del Gran Hermano. No es raro ver a un niño que, mientras tira golpes y patadas, grita a todo gañote: "el conocimiento es poder". Y cuando llega a la adultez (o así lo suponemos) la misma frase, como insertada por un programador de computadoras, lo acompaña toda su vida: en su trabajo, en su familia y en sus diversiones. Aquí, por supuesto, el conocimiento es el científico, el dominio de la técnica; pero demos por sentado que ese conocimiento científico y técnico al cual aludimos es el que se halla sometido a las manipulaciones para alcanzar y mantener el poder. Sería necio pensar que la ciencia y la técnica, por sí mismas, son dañinas; si no fuese por ambas estaríamos sometidos al exclusivo dominio de la Inquisición y las supersticiones. 

Cuando enfrentamos la ciencia y la técnica como si fuesen enemigas implacables, me estoy refiriendo a la nefasta escisión en el alma humana que señaló Bertrand Russell: "la ciencia ha sustituido cada vez más el conocimiento-poder al conocimiento-amor; y a medida que se completa esa sustitución, la ciencia tiende a hacerse más y más sádica". Y también estoy pensando en otro señalamiento del mismo Russell: "Tan pronto como se comprueba el fracaso de la ciencia considerada como metafísica, el poder que la ciencia confiere como técnica se obtiene a algo análogo a la adoración de Satanás, o sea, por renuncia al amor". De esa manera, ya no es el conocimiento por la verdad, ni siquiera por la veracidad, es el conocimiento de quienes no quieren experimentar el silencio ni quieren arrostrar la condición humana con sus glorias y sus bajezas, con sus prodigios y sus limitaciones. En este punto toca hablar de poetas, amantes o místicos o, sencillamente, del ser humano cabal. 

¿Estaremos acariciando un ideal? No creo. No fue un ideal (tal vez un personaje legendario) quien dijo: 

 

"Hay algo inherente y natural, que existió antes del cielo y de la tierra. Inmóvil e insondable, permanece solo y jamás se modifica; lo llena todo y nunca se extingue; lo podemos considerar Madre del Universo. No conozco su nombre; pero me veo forzado a darle un nombre: lo llamo Tao, el trascendente". 

 

Sé, con la misma fuerza de una corazonada, que estamos lejos del asombro, de ese asombro para el cual Goethe dijo que vivía. Escribo asombro pensando en El ruiseñor de Keats, en El largo aliento de Whitman, en la Noche estrellada de Van Gogh, en los Himnos de Hölderlin, en el Otro poema de los dones de Borges; pienso en ese asombro que fue materia esencial de la escritura de Rilke; escribo asombro y recuerdo unos versos de Pavese: "Estoy vivo/ y he sorprendido en el alba las estrellas"; escribo asombro y me veo a mí mismo, como de diez años, sentado en el malecón de Ocumare de la Costa, asustado y llorando por el azul y la inmensidad del mar. 

Estamos lejos del asombro, y es poco decir. Sólo nos causa singular estimación lo que ideamos y producimos. Arrobados por la incesante invención y perfeccionamiento de artificios, no reparamos en cuanto late en nosotros y a nuestro alrededor; menos aún sentimos el silencio de los espacios infinitos que aterrorizaban a Pascal. Aquí tomo prestada una anotación del poeta Rafael Cadenas: "No hago diferencia entre vida, realidad, misterio, ser, alma, poesía. Son palabras que designan lo indesignable". Pero a casi nadie le interesa lo indesignable; queremos seguridades, definiciones, conceptos, explicaciones. Cualquier hijo de vecino las exige. No importa si es académico, tecnócrata, policía, deportista o carnicero. El sentido religioso se cumple con la misa dominical, la realidad nos la cuentan la televisión y los periódicos, el misterio queda para brujas y gurúes, el ser es tema de filósofos anacrónicos, el alma es algo que irá a alguna parte cuando muramos, la vida es una especie de carrera contra reloj y la poesía es obsesión de gente descaminada, cuando no retórica sensiblera. Así llegamos al siglo XXI, orgullosos, sin saberlo, de esas y muchas otras carencias. 

Afortunadamente, el mundo no parece encaminado, de buenas a primeras, hacia la sociedad científica y superplanificada que describió Huxley en Un mundo feliz. Aún quedan bastantes contrastes, subversiones, contradicciones, desigualdades y, sobre todo, pese al afán uniformante de los tecnócratas, nos quedan la playa armoricana, la cueva de Montesinos, el dominio perdido del Gran Meaulness, la isla de Morel... 

Nuestra época ha seguido la derrota de Darwin, derrota en una doble acepción: como camino y como vencimiento. No quiero decir que con Darwin haya comenzado este ya largo dilema; supongo que se trata de fuerzas muy activas: se atraen y se rechazan en nuestra alma desde nuestro origen. Apenas me atrevo a señalar una paradoja obliterada: que haya sido Darwin, influyente y emblemático científico del mundo occidental, cuya obra originó tantas polémicas y tantas discusiones, quien haya confesado tan demoledora pérdida de gusto y sensibilidad. A diferencia de él, la casi totalidad de los seres humanos de nuestros días ni siquiera sospecha ese menoscabo en sus corazones. Darwin, al menos, pudo darse cuenta y eso abrió otro camino, otra derrota. 

Soy incapaz de predecir los traspiés o aciertos de la humanidad –ni siquiera para los próximos días. Al respecto, no soy pesimista ni propicio esperanzas. Mi actitud es la de quien se halla inerme ante un ejército invasor. Ésta es la época que me ha tocado vivir, no sé si mejor o peor que otras.  

Me emociona hondamente (valga el lugar común) que hace unos 2.200 años Eratóstenes, con una vara y su minuciosa observación, dedujo, casi con exactitud, la circunferencia de la Tierra; que Aristarco de Samos, por la misma época, sostenía que la Tierra orbitaba el Sol como los otros planetas y que las estrellas están a una enorme distancia de nosotros. Me emociona saber que Hipatia, nacida en el año 370 en Alejandría, fue matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neoplatónica de filosofía y me indigna saber que las hordas del arzobispo Cirilo la desollaron viva con conchas marinas y sus restos fueron quemados, sus obras destruidas y su nombre olvidado. Admiro la fundamental aventura científica de Galileo, que contribuyó, definitivamente, a desmontar el aparataje mezquino y fanático de la Iglesia Católica. Me cuesta comprender y me cautiva el complejísimo microcosmos de las partículas elementales y me agrada saber que unas de esas partículas elementales, los quarks, de las cuales se componen los neutrones y los protones, deben su nombre a una enigmática frase de James Joyce: “Tres quarks para Muster Mark”. Durante muchos años me ha acompañado la fascinación por las investigaciones de astrónomos y astrofísicos y su empeño en conocer el pensamiento de Dios. 

Doy por verdad que la ciencia está circunscrita a los límites del pensamiento; jamás podrá arrogarse su anhelada verdad de las verdades. La tarea por realizar consiste en devolverle a la ciencia su auténtica jurisdicción y mantenerla ajena a nefastos fines de control, manipulación y destrucción. Nos corresponde, como en tantas otras circunstancias de la vida, equilibrar las tensiones entre el conocimiento científico y el saber poético. Así como necesitamos saber que vivimos en un planeta ubicado en una especie de suburbio de la Vía Láctea, con igual primacía requerimos el incomparable goce y saber de modestas palabras como las que siguen: 

   

"Y es de tan alta excelencia aqueste sumo saber 

que no hay facultad ni ciencia  

que le puedan emprender;  

quien se supiere vencer  

con un no saber sabiendo  

irá siempre trascendiendo.    

Y si lo queréis oír,   

consiste esta suma ciencia  

en un subido sentir 

de la divinal esencia; 

es obra de su clemencia  

hacer quedar no entendiendo,  

toda ciencia trascendiendo".