domingo, 29 de marzo de 2026

Palabras bajo libertad (X / 2026)


Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


Ciudad


La materia oscura es teoría

o es poesía de los centros ateridos

donde la tierra se ensimisma

detectores de particulas exóticas

taladran el centro de la tierra

donde habite la ciudad original

galería de galaxias iniciales


Manuel Vázquez Montalban, 1997


1.


Desde una ventana azul,

el color de mi infancia, 

recuerdo la ciudad

con las líneas del tren

que ya no existen.


La de los deliciosos

almendrones

levantadores de aceras.


La de los papagayos multicolores.


La de los mangos con sal.


La de los juegos en las aceras, 

los solares y calles en libertad.


La de los apamates, 

araguaneyes y tamarindos.


Desde una ventana blanca

como las canas de mis cabellos

observo otra ciudad 

bordeada por un río que siempre

abraza el mar.


Dilcia Zamora


***


2.


Yo he respirado ciudades

en la espesura del campo,

con el humo del fogón,

y el olor de la mañana,

sin entender este ruido

que confunde,

no es canto de pájaros

ni de gallos.


El ambiente trae olores

contaminantes,

transeúntes por doquier...


en verdad respiro

algo nuevo


Julio César Pérez


***


3.


Ciudad en sombras,

mi deseo no duerme,

soy luz y vía.


Kreysi Dersi


***


4.


La ciudad nunca se va, 

permanece ahí,

en tu mirada taciturna, 

en esas noches llenas de insomnio 

y de imágenes en fuga,

por eso no importa 

si estás en Santiago,  

en Lima, en Caracas,

o aquí cerca, en Cagua, 

en Palo Negro o Turmero,

la ciudad está ahí,

donde tú estás,

donde te espero...


Cipriano Castro


***


5.


La ciudad duerme 

mientras mis deseos 

circulan las vías 

de tu cuerpo.


Emalida Viloria


***


6.


Busco una ciudad 

donde pueda encontrarte,

una ciudad donde las calles 

tengan tu nombre 

y el aire me envuelva 

con el rocío de tu transpiración;

donde las farolas se enciendan

con el brillo de tu mirada,

y en los jardines 

encuentre disperso tu perfume 

entre el follaje y los helechos;

una ciudad sin direcciones 

para poder seguir tu rastro

de embriagadas huellas 

sin destino;

una ciudad donde extraviarme 

cada vez que estés cercana, 

prendada fugazmente 

a un horizonte sin paisaje 

ni distancia.


Manuel Cabesa


***


7.


Gris al cobijo

del movimiento citadino 

espejo colonial 

sin modernidad. 


Los recuerdos 

de este hogar sin dueños.


Aimée Torres


***


8.


Sólo transito 

ciudad fuera cansada como jaguar en celo 

ciudad inventada para la multitud 

que se agolpa en plazas de toros y casinos 

sólo transito los huesos 

y la sangre que pulso 

en otras épocas 

sólo transito 

como el abrevadero de palabras 

y voy preso 

de cuando en cuando por vago, 

lo que transito no perdona, 

apuñala, roba, se casa, 

se orina, se suicida 

por desgracia Lee 

y se orienta entre la noche 

con las pistolas de la maldad 

y vence 


transito sólo transito 

en estas multitudes 

de cementerios con bríos 

y veo a pocos caminar 

hacia su abismo 


estoy dentro de mí 

caminando 

y tomando cada palabra 

por las patas 


incesante, solemne, 

disconforme 


pueden deshacer el cielo voy sobre mis huesos al futuro.


Helio Uzcátegui


***


9.


La ciudad nunca me abandona, 

está presente: 


en sus calles polvorientas, 

en las esquinas extraviadas 


en los semáforos a la espera 

del cruce de los transeúntes 

 

en los perros vagabundos 

que conversan con las moscas.


En las casas que esconden 

la vergüenza y los sollozos 


en la brisa que barre 

los escombros y la mugre 


en el borracho 

que perdió el sentido 

y nunca lo encontró 


en las lágrimas que ruedan 

por las calles sin ser vistas. 


La ciudad vive y respira.


Liris Miyares


***


10.


Cruzo dos ciudades 

con una veleta en la mano 

y la brújula en los labios. 


Ysbel Mejías


***


11.


El eco del suelo crudo.


A veces el cuerpo se siente como una ciudad vieja,

donde ya no fluye el río, 

sino el residuo de lo quemado;

llevo cenizas bajo la piel, 

un roce constante de áspero cilicio,

mientras los años se encargan 

de levantar el asfalto.


Es curioso cómo el tiempo, 

al desgastarse,

nos devuelve la verdad del suelo, 

esa tierra desnuda

que siempre estuvo ahí, 

esperando a que dejáramos de correr.


Me detengo en las esquinas 

de lo que no supe decir,

allí donde las calles 

ya no tienen nombre ni remedio.


Cuento mis errores 

como quien cuenta 

piedras en el zapato:

sin prisa, 

con una punzada 

que ya es casi costumbre.


Es la nostalgia de la madera 

que no se pulió a tiempo,

el arrepentimiento 

que no busca el perdón, 

sino el descanso,

entendiendo que lo que se rompió 

hace diez inviernos 

forma ahora parte 

del diseño de mi propia sombra.


No hay tragedia en este peso, 

solo una claridad tardía.


Me miro las manos y veo las grietas 

de los caminos que elegí,

sin la urgencia de volver atrás 

para borrarlos.


Simplemente acepto 

este pulso de polvo y memoria,

este caminar por lo irregular, 

por lo que nunca fue liso.


Al final, somos esto: 

un suspiro que reconoce sus deudas

y sigue andando, 

aunque el mapa ya no coincida con el paisaje.


Rebeca Morales Vitas

sábado, 28 de marzo de 2026

Los elegidos


-J.M. Llerena-


I

La siguiente pregunta fue algo más sencilla, así que accedí a responder con la condición de que se me otorgaran algunos minutos para pensar. La voz indicó que subiera a la nave extraterrestre mientras razonaba mi respuesta, cosa que me sorprendió: a nadie, hasta ese momento, se le había otorgado tal privilegio.

Subí por una rudimentaria escalera de mano. Me encontré en una habitación amplia y muy bien iluminada. En su interior se hallaban algunas personas de pie, otras sentadas en muebles, formando grupos. Al contrario de lo que imaginé, el mobiliario no era nada futurista, más bien humilde, al más puro estilo terrestre.

Me acomodé en un sillón cercano a una escalera que permitía el acceso a una segunda planta. Me devanaba los sesos pensando en qué tipo de tecnología podía mantener a semejante nave suspendida en el aire en perfecto estacionario, cuando de improviso se abrió una puerta en lo alto de la escalera.

La silueta de una criatura de baja talla, que me era difícil distinguir, apareció en el umbral. Al bajar unos escalones se definió por completo: se trataba de un ave gallinácea, un pavo, tocada con un extravagante casco plateado, coronado con un par de antenas divergentes entre sí. Me miró directo a los ojos y, en un gesto imposible de explicar, creí ver el esbozo de una sonrisa.

-Esta nave, y toda su tecnología, inconcebible para ti, está basada en su totalidad en conchas y hebras del fruto que ustedes llaman coco –me comunicó telepáticamente, con tono comprensivo y paternal.

Y luego, dirigiéndose al grupo, concluyó:

-Es todo lo que necesitan saber. Ustedes son los elegidos.

Los astros estaban alineados y marcaban el rumbo. Era hora de partir. Mi intuición me indicó que no volveríamos, y que la única forma de hacerlo, sería metamorfoseados en una raza superior hasta ahora desestimada.

II

El saque inicial, el toque de pelota, las piernas robustas, las chicas en las gradas, una sensación de abandono deslizándose por el tobogán en el parque de niños sin niños, las luces en el bosque y ese coro de voces apremiantes, amos del falsete, que nadie más parecía percibir.

Algo llegaste a sospechar en el autobús de venida, como cuando una noche, allá en lo alto, viste puntos luminosos que en un principio confundiste con estrellas, hasta que comenzaron a comportarse de manera extraña.

Ese mismo desconcierto te invadió al atravesar la ciudad, esa visión asfixiante: tanta ropa colgada en los balcones de los edificios, tanta gente colgada de los mismos balcones, tanto concreto, tanto tráfico, tanta furia.

Todo muy oscuro para continuar leyendo en el autobús, las cortinas cerradas, el sol moribundo que a intervalos irregulares irrumpía por los resquicios, de modo que era inútil seguir sosteniendo el libro a la altura del rostro.

¿Qué te inquietaba? No podías precisarlo. ¿Qué era eso de pararse en la piedra angular -la misma que rechazaron los arquitectos- cada vez que arreciaran los tiempos? ¿Y acaso ya no habías aceptado -como ley universal- que con un libro de Miller en la mano y un disco de Los Beatles en los audífonos eras capaz de comprenderlo todo?

Y cuando menos lo esperabas, al entrecerrar los ojos y apoyar la cabeza en el respaldo del asiento, ¡zas!:

¿De dónde viene la imagen de este señor de cabello entrecano que come espaguetis sentado a una mesa de un salón de banquetes desolado? Varios viejos vestidos de bailarinas del can-can, que tras alguna presentación se dirigen presurosos a sus camerinos, pasan cerca de él. El último de ellos se detiene y voltea a mirarlo. Le desea buen provecho con tono de voz divertido y gesto afeminado en extremo, y después sigue su camino.

Así como sobrevino la imagen, se fue. Te pareció inexplicable. Igual al día en que, en medio de la práctica, sentiste la imperiosa necesidad de ponerte a flotar delante de los demás, como si tal cosa, emprender el vuelo, dejar atrás el asombro y las bocas abiertas.

Asimismo el hecho -todavía más reciente- de confundir en un duermevela el sonido producido por una lavadora desajustada y a punto de estropearse, con el sonido de un tren en marcha. Y más preciso y angustiante aún: con el sonido del último tren que se pierde para siempre en la distancia.

III

Todo comenzó con el pitazo inicial en el partido de fútbol de la división súperveterana, disputado esa noche en el club de la fábrica. Yo jugaba último hombre. Sentí un cosquilleo en la espalda, miré hacia el bosque lindante, más allá de las gradas, y me pareció ver luces, como si algunas personas trataran de orientarse con linternas. Luego escuché un coro en falsete que nadie más parecía oír: cantaba mi nombre.

En un ataque fallido del equipo contrario, la pelota fue a dar lejos del campo. No tuve reparos en internarme en el bosque con el pretexto de traerla de vuelta. Invadido por una súbita energía, me dirigí corriendo al sitio de procedencia del coro.

Ya bastante alejado, trepé a la copa de un árbol. Sobre un pequeño claro gravitaba una nave espacial construida en madera y revestida con una especie de felpa marrón. No estaba solo, a mi alrededor, sobre el mismo árbol, había otras personas. Todos muy tranquilos.

En ese momento escuché una potente voz en mi cabeza. Provenía de la nave. Los demás se miraron entre sí. Era evidente que también la escuchaban, sin embargo, nadie se alteró. La voz comenzó a plantear toda suerte de problemas matemáticos y de razonamiento. Lo supimos de inmediato: al que acierte, se le concede el permiso de ingreso.

Carolina Álvarez y las formas del Mal



-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje.

J.S.P.


Creo que todos tenemos conciencia de que el Mal existe, el Mal como esa parte oscura que gobierna al mundo y que no sabemos evitar. 

Pero, generalmente, también pensamos que el Mal es algo que está fuera de nosotros, algo que sucede a expensas de nosotros, en otro lugar, lejos de nuestro habitat.

Un síndrome que sólo vive en la literatura o el cine: Lex Luthor, Jack Torrence, Dark Vader, Hannibal Lecter, el doctor Moriarty, el teniente Ramírez Hoffman representan para nosotros los rostros del Mal.

Creemos que el Mal se manifiesta en las guerras, los genocidios, las formas totalitarias del poder, sólo en el crimen abierto y directo.

Pero resulta que no es así, leyendo Algunos delitos mínimos de Carolina Álvarez (Monteavila, 2022) me ha dado por pensar que el Mal somos nosotros; cosa que, por otra parte, ya sospechaba desde hace tiempo.

A través de dieciocho solventes relatos divididos en el libro en dos partes, la autora hace un inventario de esos momentos, esos gestos y palabras que parecieran no hacer daño pero en cuyo trasfondo se oculta esa parte oscura que nos acompaña. 

Pequeños miedos dormidos como en "Maigualida", inocentes confusiones que develan nuestra suspicacia como en "A que los chinos", confusos arrepentimientos como en "El patio de los tíos", lo nefasto del "empoderamiento" como en "La reina de corazones" o el simplemente negarse a aceptar la condición de un ser querido condenándolo a un discreto ostracismo en "Humberto", etcétera son sutilmente develados en estos relatos con mucho tino y cierta ternura que no deja de conmovernos. 

Porque si algo resulta atrayente en este libro es la forma en que la autora conduce sus historias, sin espasmos ni altisonancias, todo hilvanado en un lenguaje sutil, coloquial la mayor parte de las veces, sin que por ello haya ningún descuido en la forma. A través de estas historias viven seres comunes, que son incapaces de distinguir las formas del Mal: del que son víctimas o el que generan muchas veces sin darse cuenta. 

Son a la vez relatos de una actualidad espeluznante, cada vez que leemos o vemos en los informativos todas las manifestaciones de violencia cotidiana que somos capaces de ejercer, desde las más sutiles hasta las más cruentas cuando ya la conciencia deja de ejercer su dominio y somos víctimas de los arrebatos.

En este sentido, el libro de Carolina Álvarez es merecedor de una lectura que vaya más allá de lo meramente literaria para entrar en el campo de lo sociológico: importante para discutir sobre esa capacidad que tenemos todos para generar múltiples formas de violencia; para ser, muchas veces, víctimas o emisarios del Mal.

Perfecto Luna

-Elena Garro-


Tal vez serían las once y media de la noche, cuando Perfecto Luna pasó las últimas casas del pueblo. A esas horas ya todos dormían y nadie notó su paso. Todo gracias a Dios había sido muy simple: levantar las trancas de la puerta del almacén, husmear por la rendija y salir a la calle oscura. «Con tal de que no roben y que luego digan: miren al cabrón de Perfecto, se pasó a robar todo lo que había en la tienda». Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho? ¡No quería entregar su vida a un caprichoso! Sobre todo después de haber visto que en el otro mundo no había sino chiflones de aire frío. Ahora no le quedaba sino huir, borrar sus huellas abandonadas en el pueblo y en los caminos, tirar su nombre y buscar otro. No dejar rastro de Perfecto Luna. Pero ¿qué nombre? No era tan fácil dejar de ser él mismo. Desde chico así lo nombraban y él había sido siempre Perfecto Luna, el albañil, el peón, el muchacho que servía para todo, porque así lo había enseñado su patrón. Ahora tenía que olvidarse de lo que sabía y volver a empezar para ser otro. Le dio tristeza de sí mismo: ¡tan servicial y tan alegre como había sido! Pero así es la vida: a cada uno su mala o buena suerte. Recordó los nombres de sus amigos. Crisóforo Flores: ni modo de llamarse así, era robar el ánima de su amigo y, sin embargo, tal vez tendría que hacerlo. Crisóforo andaba siempre tan confiado, tan alegre, tan quitado de penas. Andaba como él había andado antes; Domingo Ibáñez era arriesgado, porque ése tenía las noches tristes. Justo Montiel, tampoco, no fuera que le diera por matar a los amigos.

Se saltó de la vereda para agarrar a campo traviesa el rumbo de Actipan. Así, cuando todos lo buscaran por San Pedro, él andaría muy tranquilo por Acatepec. Le gustaba el mercado de Acatepec. Apenas llegara se iba a comprar su buen pañuelo de seda y comenzaría a buscar trabajo. Al fin, él para todo servía. Tardaría toda la noche en cruzar la huizachera, pero iba más seguro. ¿Quién iba a encontrar sus huellas entre aquellas matas? Apresuró el paso y se tropezó con una piedra. «¡Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo!», se dijo en voz alta para espantar aquel silencio redondo que en ese momento lo rodeó. Era mejor no mirar, el campo se había vuelto enorme. Empezaba a suceder lo que sucedía todas las noches desde hacía cinco meses: el silencio crecía de tal manera que era inútil tratar de decir cualquier palabra; allí nunca, a través de todos los siglos, había caído un ruido. Acababa de decir: «Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo» y no lo había dicho. Las palabras habían salido en silencio y se le habían quedado prendidas en la punta de la lengua. Tenía que irse lejos de Amate Redondo y lejos de Perfecto Luna, porque era a Perfecto Luna al que querían; por eso lo habían metido en aquellas noches redondas que duraban más que el día. Apretó el paso otra vez. Las capas de aire se separaron; su nariz quedó en el espacio vacío entre dos de ellas y casi no podía respirar. En cambio, a la altura de sus ojos y de sus cabellos el aire soplaba sin soplar, levantándole los pelos y enfriándoselos, hasta sentir que miles y miles de hielitos le perforaban la cabeza. ¿Cuándo acabaría de salir de esos lugares extraños? «Seré Crisóforo Flores, no andaré por estos parajes y volveré a gozar con mis amigos».

Adelante de él vio a un hombre que, agachado, buscaba algo entre los huizaches. Estaba muy inclinado sobre el suelo, tratando de ver en la oscuridad. Le dio gusto encontrarse con alguien en aquellas soledades. El hombre estaba allí, a dos pasos, impidiendo el camino. Por cortesía le dio las buenas noches.

—Buenas noches —contestó el desconocido sin abandonar su búsqueda.

—¿Busca algo? —dijo Perfecto Luna amablemente, pensando que así lo diría Crisóforo Flores.

—Sí —contestó el desconocido con voz quejumbrosa—. Y no lo hallo…

—¿Puedo ayudarlo, señor? —preguntó Perfecto Luna, sintiéndose cada vez más Crisóforo Flores.

—Si fuera tan amable… —respondió el otro con voz débil.

Perfecto Luna se agachó a buscar aquel objeto perdido. De seguro era dinero, sólo que el ladino no se lo quería decir, por temor a que lo robara. Apenas veía entre las sombras y las piedras. Miró con curiosidad las piernas del desconocido; le pareció que llevaba huaraches y una tilma roja. Parecía moverse con dificultad, como si estuviera ciego. Tentaleaba trabajosamente, agarrándose a las piedras y a las matas.

—¡Ay, señor! —dijo Perfecto Luna, sintiendo que de nuevo las palabras apenas le salían de la boca. El hombre no le hizo caso. Y siguió buscando, removiendo las piedras.

Perfecto Luna se sentó en el suelo descorazonado.

—¡Ay, señor, a mí me han pasado cosas! —continuó, olvidándose de ser Crisóforo Flores—. ¡Mire cómo me he quedado, en los puros huesos!

La confesión no conmovió al desconocido, ni lo hizo cambiar de actitud.

—¡Usted sabe que yo fui Perfecto Luna hasta esta noche!

—¡Caray, ya me canso de buscar y buscar! —se quejó el desconocido.

—Ahorita le ayudo —ofreció Perfecto acordándose que debía ser el alegre Crisóforo. Y con energía se entregó otra vez a la búsqueda. El desconocido estaba ahora lejos, apenas veía su bulto blanco y rojo buscando entre los huizaches. Se sintió tranquilo en su compañía. Pensó: «Ésta será la última noche desgraciada; desde mañana, cuando yo sea Crisóforo Flores, nadie nunca más se acordará del que fui».

—¡Señor! —gritó con optimismo y sintiéndose ya en el otro día—. ¿Usted cree en los muertos?

—¿En los muertos? —preguntó el otro sorprendido. Su voz le llegó desde muy abajo.

—Sí, señor, pero no en los muertos de cuerpo presente, sino en los otros…

—¿En los otros? —volvió a preguntar el desconocido deteniéndose en su búsqueda.

—Sí, en los otros —contestó con aplomo Perfecto, cada vez más Crisóforo Flores—. ¡Figúrese usted, yo fui Perfecto Luna y tuve que dejar de serlo, por causa de un difunto!

—¡Ah! —contestó el desconocido.

—¿Pasó usted por Amate Redondo? De seguro conoció a don Celso, el dueño del almacén. Yo le debo a él todo lo que fui. Él me enseñó a trabajar mientras fui Perfecto Luna. Andaba yo en los cinco años, cuando ya le hacía los mandados. Con él me crié, porque fui huérfano de nacimiento. «¡Ándale, Perfecto, mira cómo se cepilla la madera! ¡Aquí quédate, Perfecto! ¡Ya sabes cuánto cuesta un cuartillo de maíz, aquí lo marcas en la registradora!». Porque sólo don Celso tiene registradora en Amate Redondo. Es el único que lo ha trabajado, aunque digan que se roba los gramos en los kilos. Y así viví, trabajando, hasta que don Celso quiso hacer las mentadas accesorias.

Perfecto Luna guardó silencio. Recordó que hasta ese día había sido muy confiado. Don Celso le encargó que demoliera las casuchas que estaban detrás del almacén para construir unas viviendas como las de México. Se volvió otra vez con el azadón en la mano, tirando aquellos jacales. ¿Cuánto tiempo tardaría en hacer aquel trabajo? Vamos a decir un mes; y al cabo de ese mes todo quedó rasito y limpio. Hasta ese día también había sido alegre. ¿Qué le faltaba? Nada. Tenía buen trato y la estimación de sus amigos. Nadie le deseaba un mal. Fue un día cuatro de abril, cuando don Celso le dijo: «Abre las zanjas para echar los cimientos». Como a las doce del día, mientras ahondaba en la zanja, encontró al muerto. Era un muerto viejo porque no quedaban de él sino los puros huesos. Le pareció volver a verlo, relumbrando al sol, con los brazos puestos sobre las costillas. «Habrá tenido, de seguro, una muerte mala, porque no tiene cabeza. ¿Quién lo mataría? ¿Dónde andará su cabeza?».

—¡Fíjese, señor, le faltaba la cabeza, seguro alguien lo degolló!

El desconocido no dijo una palabra.

—Lo malo, señor, es que cuando yo fui Perfecto Luna me gustaba ser maldoso. «¡Perfecto!, me gritó la señora de don Celso, ven a comer». Puse mi cobija en el hoyo del difunto y me fui a comer. Me acuerdo que mientras echaban las tortillas, yo en mis adentros me andaba riendo.

—¿De qué te ríes? —me preguntaron.

—Sólo yo lo sé.

Y sólo yo lo sabía. Después de comer envolví los huesitos en mi cobija y me los llevé a mi cuarto. «¡Vas a ver, muerto cabrón!», le dije. Llegó el día en que me vi haciendo los adobes… y Perfecto se volvió a ver revolviendo el lodo con las hierbas secas y silbando.

—¡Miren a éste, qué gusto trae, ojalá y así trabajaran todos! —decía don Celso. Y era verdad, porque mientras fui Perfecto Luna cualquier cosa me gustaba y todo me ponía contento. Me acuerdo que estaba yo envolviendo mi cigarro de hoja, cuando se me vino la idea al pensamiento. Me fui hasta mi cuarto, saqué el hueso del dedo de un pie y lo enterré en un adobe que había yo puesto a secar al sol. «Ya que te hicieron el favor de enterrarte separado, yo te lo voy a hacer completo», le dije. Le puse una marca al adobe, para saber que allí estaba un pedazo de su tumba. Luego me traje una costilla y la metí en otro adobe con su señal. Y así hasta que me acabé los huesitos.

—Oiga, don Celso, ¿qué le pasa a un muerto despedazado?

—Pues se vuelve loco, muchacho, buscando sus pedacitos.

—¡Ja, ja, ja! —y me fui muy contento a ver mis tumbitas—. ¡Lo que es ser muchacho y ser alegre, señor! —dijo Perfecto Luna sentándose de nuevo en el suelo y buscando con los ojos al otro, que indiferente seguía por allí sin hacerle caso. Con tristeza pensó que a nadie le importaba que él, Perfecto Luna, hubiera sido alegre, y que por causa de su alegría tuviera que dejar de ser él mismo. Recordó cómo empezó a construir las viviendas: cuidadosamente repartió los adobes con los huesos en los muros de las viviendas; no quedó ni un lugar de la vecindad en donde no estuviera enterrado «el sin cabeza». Y él, gozoso, seguía abriendo ventanas, techando, haciendo puertas, mientras silbaba y se reía a solas.

—¡Mira, Perfecto, quedaron bonitas, ponles su lambrín azul!

—Yo eché el azul más vivo, señor, para alegrar el sepulcro encalado.

Y se volvió a reír a pesar suyo. «Ojalá y se vengan a vivir los Juárez, y que en la noche “el sin cabeza” les jale las patas», pensaba. Cuando las viviendas estuvieron terminadas, don Celso le encargó que las cuidara, no fuera a ser que los mocosos se metieran y rayaran las paredes. Olía a nuevo: a cal y a mezcla. Las paredes y los ladrillos del suelo todavía estaban húmedos; en todos los cuartos había presencia de lo limpio, lo no tocado por el hombre. Perfecto Luna tomó sus camisas, su petate y su cobija y se instaló en uno de los cuartos. Estaba cansado; se quitó los huaraches, se tendió en su petate y por la ventana miró la noche. El cielo estaba tranquilo y claro y desde donde estaba veía dos estrellas brillantes. Entrecerró los ojos. «¡Quién le hubiera dicho que él solito iba a hacer todo aquel trabajo!». Abrió los ojos y miró regocijado su obra: recorrió el techo, las paredes, la puerta y llegó otra vez hasta la ventana. Abajo de ella, una saliente pequeña marcaba una de las tumbas del «sin cabeza». Se echó a reír y se le cuajó la risa. Los labios se le quedaron tiesos, y el cuarto se volvió tan oscuro que perdió la vista a la ventana. «¿Quién oscureció la noche?». Buscó a tientas la vela que había dejado junto al petate. Estiró el brazo y sintió que se le había hecho muy corto; en cambio el cuarto había crecido enormemente y la vela estaba lejos, fuera de su alcance. Se resignó a la oscuridad. Abrió mucho los ojos tratando de ver algo, pero la sombra se hacía cada vez más y más densa. «Creo que aquí espantan». Se quedó quieto. De pronto vio brillar la marca que él había puesto en el adobe. «¡Es el sin cabeza!». Su corazón empezó a golpear con tal fuerza que le pareció que iba dentro de un río muy crecido. Sintió que se quedaba sordo. No le quedaba sino esperar a que amaneciera. Pero la noche se alargó en muchas noches. Cuando rayó el día, vio que su petate estaba húmedo de sudor.

—¿Qué te pasa, Perfecto? Andas muy desencajado.

No supo qué contestar. Apenas si probó su café, pensando que tenía que oscurecer. Con tristeza se sentó en el patio de las accesorias a ver cómo pegaba el sol en los tejados.

—Ya se está acabando el día… —dijo con pesadumbre. Cambió su petate y sus tiliches al segundo cuarto. Volvió la noche y él se acostó sin querer mirar por la ventana.

«Ahora no voy a mirar la noche». Y apretó bien los ojos. Un ruido de alas recorría las paredes. Las alas giraban al tiempo que subían y bajaban por los muros. Pasaron sobre su frente y sobre su cuerpo. Se fue quedando helado. ¿Cuál sería el maldito hueso que hacía aquel ruido que no se oía? Y esa noche duró más que la anterior. Quería pensar cómo contentar al difunto pero las alas corrían a tal velocidad que no le permitían formular su pensamiento. Al amanecer, sus rodillas estaban adoloridas y apenas si pudo levantarse.

—Agarraste frío, Perfecto —le dijeron.

Y él no pudo contar lo que le había sucedido aquella noche inmensa con aquellas alas frías. Se puso al sol, pero las rodillas seguían duras y heladas. No tuvo tiempo de calentarse, porque ese día el sol duró muy poco. Le pareció que apenas acababa de cantar el gallo del amanecer, cuando oyó a las gallinas acomodarse en sus palos para dormir. Completamente desesperanzado trasladó su petate, su cobija y su vela al tercer cuarto.

—¡Muerto maldito, quédate sosiego y no me quites la paz, que yo nunca le hice daño a nadie!

Se enrolló en su tilma para no pasar los fríos y cerró los ojos para no ver las sombras que lo envolvían. De una esquina del cuarto se desprendió un remolino de viento; zumbaba con gran violencia y se le vino a pegar al oído izquierdo. Por allí entró a gran velocidad, aturdiéndolo.

«Dime, ingrato difunto, ¿qué quieres que haga por ti?», hubiera querido decir, pero las palabras se le quedaron embarradas en la lengua. Luego se la vendaron, como vendaron la pierna de Anselmo cuando le dieron de navajazos. Inmóvil, con la lengua ligada, sufrió aquel remolino que le acalambraba el cuerpo.

—Ya amaneció… —dijo con dificultad, cuando entró a la cocina a que le dieran café caliente.

—¿Qué te pasa, muchacho? ¿Por qué hablas así? Parece que tienes la lengua amarrada.

Y Perfecto Luna agachó la cabeza y pensó que también ese día se iba a acabar muy pronto.

—Don Celso, ¿me deja dormir con Alambritos?

—A poco, muchacho, ¿para qué lo quieres? ¿Te anda buscando el miedo?

Apenas acababa de agarrar a Alambritos, cuando ya había caído la noche. Amarró al perro con un mecate largo a la aldaba de la puerta del cuarto siguiente, y se tendió en el petate. ¡Se estaba quedando flaco y se le había muerto la risa! La oscuridad empezó a bajar del techo como una espesa nube negra que lo quería aplastar. «¿Qué quieres que haga por ti, difunto? No puedo deshacer las accesorias, para juntar de nuevo tus huesos». Acababa de pensar eso, cuando vio que Alambritos se venía arrastrando por el suelo, pegado al piso como una calcomanía, y se quedaba junto a él. Alambritos empezó a aullar desde su nueva forma aplastada y plana como una hojita de papel. «Es cierto que andas aquí», pensó Perfecto Luna. «¿Qué quieres? Yo te lo doy para que te vayas». En ese momento la capa de sombras cayó sobre él como una cobija pesada y lo dejó sin pensamiento. ¡Lo quería a él! Toda la noche estuvo allí debajo de aquella cobija negra.

—¡Mira, muchacho, tienes las narices aplastadas! —le dijeron al verlo salir del cuarto. Las piernas apenas le sostenían.

—Don Celso, ¿cuánto dura una noche?

—Lo mismo que todas las noches.

Ya los días apenas eran una raya de luz entre dos inmensas noches. No tenía tiempo ni de ponerse y quitarse los huaraches. La ropa se le empezó a hacer vieja en el cuerpo. ¡Qué esperanzas que pudiera ir a recortarse los bigotes o el pelo! ¡Si apenas amanecía, ahí estaba ya la noche! No tenía tiempo ni de comer y se fue quedando en los puros huesos. Recorrió la fila de cuartos hasta que los acabó y en todos halló la presencia del difunto, que lo quería sacar de su pellejo. Desde lejos, arrinconado en el patio de las accesorias, oía a Crisóforo tocar la armónica y cantar con los amigos. De seguro estaban en la cantina. Eso lo sumía más en la tristeza, pues era el anuncio de que la noche estaba ahí esperándolo.

—¿Qué te pasa, muchacho? Si sigues así, no vas a tardar en entregar tu alma.

—¡Don Celso, déjeme que duerma en el almacén!

Así «el sin cabeza» vagaría furioso por todos los cuartos, sin hallarlo, pues él estaría durmiendo entre los manojos de canela y los costales de maíz.

—Ándale, pero si es por miedo, allí no lo vas a perder.

Cambió su petate al almacén. Parecía que esa noche llegaba más tranquila. El almacén estaba animado: los clientes bebían su última copa de tequila; don Celso echaba sus cuentas; olía a alcohol y a especias. Se sintió aliviado. Dieron las diez y Crisóforo Flores, su amigo, se echó el último trago.

—Ahí te veo mañana, si amaneces, porque se te está poniendo cara de difunto… —y se fue muy tranquilo, con su sombrero ladeado.

Don Celso le dio las buenas noches. Perfecto Luna cerró las puertas del almacén, vio que estaban muy sebosas, luego echó la tranca transversal que iba de muro a muro, se tendió en el mostrador y dejó la lámpara de gasolina ardiendo. Con la luz «el sin cabeza» no se atrevería. Aspiró con deleite el olor de la manteca, revuelto con el del polvo de los frijoles, se sintió seguro y se estiró. En la trastienda se produjo un ruido. Buscó la vela y los cerillos, pero los tenía en la bolsa de su camisa de manta. El ruido aumentó. Era más prudente no ir a ver qué sucedía. Un ruido semejante acompañó al primero: algo caía, caía sin cesar, silbando dulcemente. Era como si dos costales de maíz dejaran escapar el grano por un agujero.

—¡Ora sí, el canijo está destripando los costales!

Los silbidos se multiplicaron. Todos los costales se vaciaban a gran velocidad. La trastienda se iba llenando de maíz, estaba seguro de eso. Con precaución miró hacía allí: la puerta colmada de granos se desbordaba y el maíz avanzaba por la tienda. Asombrado miró a su derredor. Estaba entre costales. Arriba de la puerta de salida había tableros cargados de sacos de ayate. En ese momento se abrió el primer costal y los granos cayeron sordos, en un chorro dorado, sobre el suelo. Luego se agujereó el segundo costal, luego el tercero, luego el cuarto, luego la tienda entera llovía maíz de todas sus paredes. El lugar del mostrador se fue estrechando. Vio que la puerta de la calle que antes había atrancado cuidadosamente estaba siendo bloqueada, pues los costales de arriba también estaban agujereados. Se levantó como pudo y a zancadas, enterrándose en el grano hasta los muslos, llegó a la puerta. Con dificultad levantó la tranca y logró, haciendo un esfuerzo, abrir una rendija, husmear la noche y salir a la calle.

—A estas horas, señor, estaría allí sepultado en el maíz, y «el maldito sin cabeza» me tendría cogido de los pelos para toda la eternidad. Pero me le fui. Y me le fui no solamente de Amate Redondo sino de Perfecto Luna, porque cuando lo busque ya no lo va a hallar. Ahora soy Crisóforo Flores. ¡Lo que es tener un poco de presencia de ánimo! ¿Verdad, señor? Por eso le preguntaba si creía usted en los muertos, porque antes del «sin cabeza» tampoco yo creía.

—¡Ah! —contestó el desconocido desde muy abajo. Y con dificultad se fue enderezando.

—Le voy a ayudar a buscar, ya que le conté la triste historia del que fue Perfecto Luna.

—¡Ya no! —contestó el desconocido de pie junto al narrador. Éste apenas tuvo tiempo para ver el rostro sin rostro de su nuevo amigo: el cuerpo del desconocido terminaba sobre los hombros.

—¡Se endemonió! —dijo don Celso al día siguiente—. Me soltó todo el maíz y murió en medio de la huizachera. ¡Caray! ¡Y parecía tan buen muchacho el tal Perfecto Luna!


Publicado en: Revista de la Universidad de México, agosto de 1958

Posdata


Durante buena parte del siglo XX, Elena Garro ocupó un lugar ambiguo dentro de la literatura mexicana. Era reconocida como una escritora excepcional, pero su presencia en la conversación cultural no siempre correspondía con la fuerza de su obra.

Desde su publicación en 1963, Los recuerdos del porvenir fue celebrada como una novela singular. Sus cuentos y piezas teatrales anticiparon discusiones sociales y políticas que hoy forman parte del debate público. Aun así, con el paso del tiempo, su nombre comenzó a aparecer con menos frecuencia en estudios universitarios y catálogos editoriales.

Esa distancia empezó a transformarse en la última década. Nuevas reediciones —algunas con prólogos críticos que actualizan la lectura de su obra— devolvieron sus libros a la circulación. Instituciones culturales mexicanas subrayaron la amplitud de su trayectoria: narrativa, teatro, ensayo, crónica y poesía. Ese movimiento editorial e institucional reabrió el acceso a su obra.

Paralelamente, la crítica académica contemporánea encontró en Garro una escritora que dialoga con temas centrales del presente. Estudios recientes analizan sus textos desde perspectivas de género, memoria histórica, violencia política y mitología, lo que ha ampliado la comprensión de su legado. Universidades dentro y fuera de México han incorporado sus obras en programas de literatura y estudios culturales.

En este contexto también se ha revisado la forma en que la autora fue recibida en su momento. Investigaciones, biografías y ensayos señalan que su figura estuvo atravesada por tensiones personales, políticas y culturales que influyeron en la difusión de su obra. Algunos análisis incluyen su relación y ruptura con Octavio Paz como parte de un entorno literario en el que ciertas voces —en especial las de mujeres— quedaron relegadas. No se plantean causas únicas, pero sí un entramado complejo que ayuda a explicar su visibilidad irregular.

La revisión del canon literario mexicano ha sido un factor determinante. El interés actual por recuperar escritoras del siglo XX que quedaron fuera de los escenarios dominantes ha abierto espacio para leer a Garro desde un lugar distinto: no como una figura periférica, sino como una autora central en la construcción de nuevas sensibilidades literarias.

La vigencia de sus textos explica parte de este retorno. Sus novelas y cuentos abordan la memoria, la violencia, la opresión y las fracturas del país con una claridad que resuena hoy de manera particular. Esa actualidad temática ha impulsado nuevas lecturas, alejadas de prejuicios o polémicas que durante años condicionaron la conversación en torno a su nombre.

Además de este renovado interés crítico, han surgido hallazgos y documentos que amplían el panorama sobre su vida y obra. Correspondencia recuperada en archivos universitarios, primeras ediciones localizadas en colecciones privadas y testimonios de contemporáneos que apenas se han comenzado a estudiar han permitido reconstruir episodios poco conocidos de su trayectoria. 

Entre ellos destacan su trabajo periodístico en los años cincuenta, sus guiones cinematográficos poco difundidos y las primeras versiones de textos teatrales que circularon de manera limitada. Estos materiales ofrecen un mapa más amplio de su actividad creativa y abren nuevas líneas de investigación sobre su papel en la literatura mexicana del siglo XX.


(Texto: cortesía de Ingrid Chicote)

miércoles, 25 de marzo de 2026

Tributo a los ausentes: Una cita con la memoria y el alma literaria de Aragua

-Claudio González Luna-


En un ambiente donde la nostalgia se amalgamó con la esperanza y el respeto, la Sala Audiovisual de la Biblioteca Pública Agustín Codazzi se convirtió en el escenario propicio del encuentro literario Tributo a los ausentes, evento impulsado por el Gobierno Bolivariano de Aragua a través de la Secretaría de Cultura y en alianza con la Red de Bibliotecas Públicas.

 La actividad, concebida como una lectura colectiva a micrófono abierto, permitió que la palabra escrita de los autores regionales que han trascendido el plano terrenal pudieran reencontrarse nuevamente con su pueblo.

La cita literaria rindió honores a figuras icónicas cuyas obras son pilares de la identidad aragüeña y, entre suspiros y aplausos, los asistentes dieron voz a los textos de autores de la talla de Aly Pérez, Miguel Ramón Utrera, Harry Almela, Mariozzi Carmona, José Manuel Morgado, Moraima Rodríguez, Carmen Campos, Adolfo Salazar y Zoraida García, entre otros poetas que dejaron una huella imborrable en el imaginario colectivo.

Más que un acto protocolar, la jornada se transformó en un ejercicio de reflexión profunda sobre el carácter humano que habita en las letras, resaltando la visión de la literatura como un organismo vivo, un instrumento de paz y amor capaz de derribar barreras y promover la inclusión social.

“Cada lectura reafirmó que el quehacer literario en Aragua es, en esencia, una herramienta de transformación que cultiva valores y fortalece el sentido de pertenencia”, acotó Rafael Ortega, coordinador de Literatura en la Secretaría de Cultura.

La masiva participación de creadores, promotores culturales y público general demostró que, aunque estos autores hayan partido de este plano, su pensamiento sigue vibrando en cada rincón del estado.

El Gobierno regional continúa así consolidando espacios para el encuentro ciudadano, donde el libro no sólo se lee, sino que se siente y se vive como un puente hacia una sociedad más sensible y humana.

“Con este Tributo a los ausentes, Aragua vuelve a abrazar a sus hijos ilustres, recordándole al mundo que en la palabra escrita reside la verdadera inmortalidad”, finalizó el escritor y crítico literario Manuel Cabesa.



martes, 24 de marzo de 2026

Palabras bajo libertad (IX / 2026)

Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


En 1998 el poeta Harry Almela por medio de su editorial La Liebre Libre puso en mano de los aragüeños un breve volumen de poemas de Jaime Sabines (1926-1999) titulado Los amorosos.

Apenas veintidós textos que revelaron la fuerza expresiva de una de las voces más importantes de la poesía mexicana del siglo XX; autor de un estilo muy particular de nítidas metáforas y un lenguaje entre sublime y coloquial. 

El pequeño volumen se convirtió en un objeto de devoción entre la pequeña comunidad lectora de la época y aún se le cita y recuerda con sumo cariño y aprecio.

Al cumplirse, este 25 de marzo, cien años del nacimiento del poeta Sabines abrimos nuestro espacio para celebrar su recuerdo y sus palabras. 


(mcabesa)


***


Jaime Sabines es uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible, un poco ronca y áspera, piedra rodada y verdinegra, veteada por esas líneas sinuosas y profundas que tallan en los peñascos el rayo y el temporal. Mapas pasionales, signos de los cuatro elementos, jeroglíficos de la sangre, la bilis, el semen, el sudor, las lágrimas y los otros líquidos y sustancias con que el hombre dibuja su muerte -o con los que la muerte dibuja nuestra imagen de hombres. 


Octavio Paz: In/mediaciones, 1979

¿En qué pensaba mientras escribí Los amorosos? No sé, tal vez pensaba en mí, en mi vida, en lo que había hecho de joven, ir de un lado para otro con las mujeres. Obviamente, no pensaba en ningún extraño, era una cosa mía. Todo lo que se plantea ahí es lo que he hecho a lo largo de mi vida y en muchos sentidos el poema anticipa toda mi obra poética. Los amorosos fue en muchos sentidos como un vaticinio de los temas esenciales de mi poesía, los grandes temas ya están ahí: el amor, la soledad, la presencia de la muerte, el paso del tiempo, el cuerpo y el amor a la vida.


Jaime Sabines


***


Te quiero como para invitarte a pisar las hojas secas una de estas tardes. 


Te quiero como para salir a caminar, hablar de amor, mientras pateamos piedritas.


Te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles. 


Te quiero como para ir contigo a los lugares que más frecuento, y contarte que es ahí donde me siento a pensar en ti. 


Te quiero como para escuchar tu risa toda la noche.


Te quiero como para no dejarte ir jamás. 


Te quiero como se quiere a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás. 


Jaime Sabines


***


Ciudad de México, 1947


Ah, si cada vez que pasas pudiera detenerte y platicar contigo. ¡Verte de cerca, escucharte reír! Quiero aprender tu risa como he aprendido ya tu andar y tu mirada. (El conato de tu mirada, pura aproximación a tus ojos, porque jamás me miras.) Y pasas, y siento que el aire se estremece, y todo yo, inmóvil, soy deseo y angustia y necesidad de ti.


¿Por qué eres tan hermosa? ¿Te acunaron en versos? ¿Leche de flor bebiste? ¿Quién te modeló sobre mi corazón, quién te tatuó sobre mis ojos?


Apareces en mi vida, de repente, como coronando un ideal, como concretando a todas las mujeres que he deseado, y no puedo dejarte ir, ni puedo detenerte. Te llamo, sí, te llamo y no me escuchas. Desde mi corazón te llamo; arrojo mis ojos a tu paso; trato de alcanzarte con mi silencio, inútilmente. Siempre has sido ligera y fugitiva, ajena e imposible.


Pero no puedes dejar de ser mía en ese instante en que pasas. Te poseo con todos mis anhelos, con todos mis sueños, y basta la fugacidad de tu presencia para hacerte mía de mi carne, propiedad de mi alma, habitante de mi dolor y mi esperanza.


Te quiero. Pero te quiero y te deseo; y eres inquietud, dolor, angustia; y muero y nazco todos los días para verte pasar.


Y siempre eres la misma, espejismo para mi corazón, distancia y lejanía para mi sed de ti.


No sé hasta dónde me lleve este camino, este difícil camino de tu espera. No sé hasta dónde te persiga mi sangre, hasta dónde se prolongue tu encuentro. Si yo pudiera rogar, te rogaría; si supiera pedir te pediría; te diría que pronto, que vinieses a mí ahora mismo, que te necesito, que esto es urgente, imprescindible. Pero me he acostumbrado a aguardarte en silencio, deseándote, deseándote nomás; y allí en el fondo de mi alma te espero, íntimamente confío en ti, creo en ti —porque creo en mi amor, porque sé que no hay amor baldío—, y estoy como si esperara madurar una fruta, como si esperara que cayese un beso, como si esperara florecer un sueño.


“Porque te quiero, linda, porque te quiero, amor. Porque eres distinta a todas las mujeres, en tu cuerpo, en tu andar, en lo que eres para mis ojos, en lo que sugieres a mi corazón.


Quisiera estar junto a ti, para decir sobre tu oído: te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y repetirlo constantemente, infinitamente, hasta que te cansaras tú de oírlo pero no yo de pronunciarlo. ¿Cómo marcártelo en un brazo? ¿Cómo sellártelo en la frente? ¿Cómo grabártelo en el corazón?


Escúchalo otra vez: te quiero. Y déjame soñar contigo indefinidamente… ¡Si supieras cómo ya eres mía hasta mi muerte!


Te esperaré mañana. Siempre te estaré esperando…”


Jaime Sabines


***


Amén


Me dicen que tengo que hacer ejercicios para adelgazar,

que alrededor de los cincuenta son muy peligrosos la grasa y el cigarro,

que hay que conservar la figura 

y dar batalla al tiempo, a la vejez.


Cardiólogos bienintencionados y médicos amigos 

me recomiendan dietas y sistemas 

para prolongar la vida unos años más.


Lo agradezco de todo corazón, pero me río 

de tan vanas recetas y tan escaso afán.

(La muerte se ríe también de estas cosas).


La única recomendación que considero seriamente 

es la de buscar una mujer joven para la cama 

porque a estas alturas 

la juventud sólo puede llegarnos por contagio.


(Revista Plural, nro. 48; sep. 1975)

Un buen poema lo escribe cualquiera


-Guillermo Piro-


Hay una mala noticia para los que todavía creen que la poesía es una especie de don místico, una bendición que desciende como una paloma a nuestros pies, o que se desliza como una factura de luz debajo de la puerta: cualquiera puede escribir un buen poema. Sí, cualquiera. Usted, yo, el tipo que ahora mismo está leyendo esto en el colectivo mientras decide si baja en la próxima parada o se resigna a vivir para siempre en ese asiento pegajoso que tan bien lo ha acogido durante la última media hora. No hace falta haber sufrido una infancia particularmente desdichada, ni haber sido abandonado por una soprano en Viena, ni haber pasado una temporada en la cárcel de Devoto. Hace falta, en principio, nada más que sentarse y escribir. Hasta Borges, mal poeta, escribió algún buen poema.

Porque el buen poema –el que de pronto parece decir algo que no sabíamos que sabíamos– es, en muchos casos, un accidente. Una alineación fortuita de palabras que, por una vez, deciden comportarse como si tuvieran sentido. A veces basta con un verso que cae donde tiene que caer, como una moneda en la ranura exacta de un metegol que jamás habíamos logrado hacer funcionar. Y entonces sucede: escribimos cuatro o cinco líneas que no nos avergüenzan del todo, que incluso podríamos leer en voz alta sin que se nos cierre la garganta y sin que sintamos vértigo y ganas de vomitar. Hemos escrito, sin querer, un buen poema.

El problema empieza después.

Porque el verdadero drama no consiste en escribir un buen poema: consiste en escribir otro. Y después otro más. Y luego uno que no sea la repetición apenas disimulada del primero, que no dependa de ese mismo truco, de esa misma imagen, de ese mismo hallazgo que la vez anterior nos hizo sentir –durante unos minutos– poetas. El problema es que el azar tiene mala memoria, y la inspiración, cuando advierte que la estamos esperando, decide no venir.

Ahí comienza la parte menos poética de la poesía: la insistencia. La escritura como una práctica que se parece más a cepillarse los dientes que a recibir la visita de un ángel contrahecho, de esos que viven en las sombras. Escribir cuando no hay nada que decir, cuando todo lo que aparece en la página es torpe, previsible o directamente inútil. Escribir sabiendo que nueve de cada diez veces el resultado será mediocre, y que el décimo poema –ese que acaso valga la pena– sólo existe gracias a los otros nueve, que cumplen la función ingrata de allanarle el camino al décimo. Wittgenstein decía  –hablando de filosofía, no de poesía–: “Muchos de mis fragmentos son como los tijeretazos que da el peluquero en el vacío antes de asestar un corte perfecto”. El asunto es que sin esos tijeretazos en el vacío el corte perfecto nunca llega. La escritura de poesía como una práctica de laboratorio, llena de ensayos infructuosos y lamentos.

De modo que sí: cualquiera puede escribir un buen poema. Lo difícil es escribir dos sin que el segundo parezca un primo desdichado del primero. Lo difícil es sostener en el tiempo esa combinación improbable de oído, atención y desconfianza que hace falta para que las palabras no suenen a palabras. Lo difícil es escribir una poesía que no suene a poética. Lo difícil, en definitiva, es seguir escribiendo después de haber tenido, una vez, la prueba de que era posible.

Y sin embargo, no queda otra. Porque si el primer buen poema fue un mero accidente, el segundo será, con suerte, el resultado de habernos quedado en la escena del choque el tiempo suficiente como para entender qué fue lo que pasó. Y así, a fuerza de presenciar accidentes, entender su lógica y cómo podemos producirlo. Algunos pocos lo logran.

lunes, 23 de marzo de 2026

Laar's de variada poética


-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje

 J.S.P.



Con el transcurrir de los años, desde el principio de aquellos 80 en que el joven poeta Luis Alberto Angulo participara en los Talleres de Creación Literaria del antiguo Celarg y que publicara su primer libro en solitario, pues antes de que comenzara esa década nuestro amigo ya había visto su nombre impreso junto al de su padre en Viento Barinés, (UC, 1978), bajo el título de Antología de la Casa Sola (Fundarte, 1981) ha corrido desde entonces mucha agua y muchas páginas hasta llegar a esta compilación.

Laar's poética (Complejo Editorial Batalla de Carabobo, 2026) se presenta como una antología de textos de opinión publicados en diario digital Ciudad Vlc, pero en realidad es mucho más que eso: se trata de un campo abierto a la palabra cruzado por sutiles veredas donde el poeta Angulo va dejando rastros acerca de su andar en la literatura. 

Podríamos desgranarlo de la siguiente manera: como su título anuncia hay una profunda reflexión acerca del ejercicio poético partiendo de la experiencia del autor, lo que le permite afirmaciones como:

El poeta, desde el mismo estatuto de la creación, habla de su hacer. A veces de manera no deliberada, un poema pregunta y responde desde sus propios signos. 

Sin embargo, no se trata de un libro teórico en absoluto, es algo menos y algo más que una reunión de reflexiones: es una mirada amorosa hacia la poesía como expresión de la vida y celebración de la vida a través de la poesía. 

En estas páginas Angulo nos da testimonio de su lar nativo: Barinitas, pueblo de piedemonte donde la sombra de los hermanos Arvelo Larriva planea sobre el deslumbramiento de un muchacho que a través de su familia se va abriendo a los dones de la palabra. 

De sus años de formación en la solariega Valencia, la de Venezuela (como reza el poema de José Rafael Pocaterra) y su encuentro con los grupos y poetas de la época y muy especialmente a los vinculados a la benemérita revista Poesía.

Es también un reencuentro con aquellos poetas que han guiado su andar y se han gerenciado su afecto más allá de la simple lectura crítica.

Un repaso autorreferencial a una poética que se va formulando con los años y que se transforma en su evolución en lo que el mismo Angulo denomina "una poética del decir": expresión limpia del poema para que desde lo profundo del habla se transforme en permanencia.

Una doble antología poética: la del afanado lector que comenta a los poetas de su afecto y los comparte en generosas muestras de su arte.

Y la del autor mirándose a sí mismo y realizando un balance perentorio de sus palabras esparcidas en los diversos títulos que ha tenido a bien publicar. 

Pocas veces tenemos la oportunidad de ver como un autor muestra sus piedras (imagino que sabe jugar dominó) sin ningún narcisismo autocomplaciente, sólo leyéndose como si de otro poeta se tratara para dar carta de creencia a su trabajo.

Afortunadamente Angulo ha podido mantenerse al margen de los festines de la crítica laudatoria y vacía que enaltece el ego y enturbia la relación con el trabajo, lo que permite que hable de sí mismo sin falsa modestia ni aspavientos.

Porque para Luis Alberto Angulo la palabra es expresión de vida que se manifiesta en la lectura y la creación:


poesía 

presencia iluminada 

gota de agua 

para la sed del mundo...

domingo, 22 de marzo de 2026

El hombre que habitaba el silencio


-Manuel Rivas-


Tenía un hoyuelo en la barbilla. Era presumido, a su manera, y no le perjudicaba que lo comparasen con Kirk Douglas. No nació con él. Iba a decir que no era natural, el hoyuelo, pero tampoco sería exacto. Una cicatriz de su época de niño vaquero, hecha con la voluntad de estilo propia de la naturaleza. Lo recordaba de tal manera que el hoyuelo tenía la forma de un cuento. Era hijo de Dominga, costurera, y Manuel, carpintero. Dominga enfermó y hubo que repartir la prole en casas familiares. A mi padre lo llevaron con sus abuelos campesinos. Estaba un día al cuidado de las vacas, cuando oyó que crujían las vigas del cielo. La primera vez que veía un avión y de qué manera. El bimotor volaba tan bajo, tan a ras, que mi padre aseguraba que, por un instante, cruzó la mirada con el piloto. Y la misma curiosidad tuvo la vaca que pacía a su lado. Levantó la testa y el pitón de un cuerno justo acertó en la barbilla del chaval. Cuando recobró el sentido, tenía el hoyuelo.

No fue a la escuela. Trabajaba duro, hasta que los pies pisaban el sol. Hablaba de aquel tiempo de posguerra como quien desmiga un pan duro. Como él decía, aún no se había inventado la infancia. Ni la cena.

Yo quería mucho a aquel muchacho del hoyuelo y que dormía a solas con el hambre y el carillón del viento. Y con el miedo merodeando entre las tejas.

El padre había estado  fuxido (huido) en el monte después del golpe del 36. Como casi todos los trabajadores en la comarca coruñesa As Mariñas, había pertenecido al “sindicato”. A la CNT. Y eso significaba, de entrada, ser sospechoso de anarquista. En la República, llegó a la parroquia una Santa Misión para recristianizar a aquellos paganos. En el sindicato acordaron una acción para mostrar el desacuerdo y a mi abuelo le tocó, por sorteo, ser el protagonista de lo que hoy llamaríamos "performance". Presentarse en burro, vestido de nazareno, e irrumpir la prédica al grito de “¡viva Cristo Rey!”.

El abuelo carpintero supo que el apocalipsis estaba al caer por otro episodio que tenía que ver con el clero. A principios de julio del 36, iba al trabajo con otros compañeros en el remolque de un camión. Lloviznaba. Adelantaron a un sacerdote en sotana que se cubría con un gran paraguas negro. Los ocupantes del remolque no pudieron resistirse a aquella escenografía perfecta y soltaron una estela de graznidos de cuervo. Y la voz del cura atronó en el alba, con una información de alto calibre: “¡Ya veremos quien ríe dentro de 15 días!”.


—¡Lo sabía! Sabía lo que iba a pasar —murmuró el abuelo en la penumbra del taller. Parecía que estaba allí, absorto, en aquella carretera rural del oeste. Los graznidos de burla y aquel cura feroz anunciando el infierno.


Habitaba el silencio y fue una de las pocas veces que lo rompió. Tenía un pelo muy blanco, luminoso, que alumbraba más que la lámpara. Me gustaba estar allí con él, hipnotizado por esa relación afectuosa que tenía con la madera y las herramientas. De vez en cuando, exclamaba: “¡Boh!”. Una enmienda a la totalidad. La última vez que lo rompió, el silencio, fue en el lecho terminal. Yo ya era un adolescente con pájaros en la cabeza y balbuceé algo consolador sobre la primavera. Pero él me regaló un poema de verdad, popular, algo de lo mucho que el silencio había sepultado: “Se o cuco non cucou en marzo ou en abril, ou o cuco está morto ou o fin está a vir” (si el cuco no cantó en marzo o en abril, o el cuco está muerto o ya viene el fin).

Sí, escuchaba conmovido los recuerdos de mi padre como un camarada. La liberación que supuso ir a trabajar de pinche de albañil en la ciudad. Con qué alegría saltaban sobre el vagón del tren en el puente de Cambre. Cómo, por las noches, aprendió a solfear antes que a leer libros. A su padre, Manuel de Sigrás, mi abuelo carpintero, le habían pagado un trabajo en especies. En este caso, un viejo saxofón. Y en la red de favores solidarios, encontró un maestro que le enseñó a tocar. Así que el joven albañil iba a animar los fines de semana en salones de baile, muchas veces improvisados en galpones o alpendres rurales. No adornaba en especial aquella experiencia. Para él, insistía, era un trabajo más. Y el saxofón, una herramienta. Tan era así, que se fue de casa, el saxofón, cuando mi padre se lo dio a un compañero. Lloramos.


—¡Lo necesita más que yo! —dijo mi padre desconcertado.


Y vimos al hombre marchar apesadumbrado como si el estuche fuera un pequeño ataúd.

Tocando en uno de los salones rurales, el joven del hoyuelo había conocido a Carmiña. Mi madre. Ella era de una familia campesina muy numerosa y muy humilde, los Barrós de Corpo Santo, pero con una gran riqueza: los mil años de risa popular. “¡Pobres, pero no pobrecitos!”, decía mi madre. El padre, mi abuelo Manuel de Corpo Santo, enviudó con una gran prole de 10 chicas y chicos. Él era un demócrata de los de Azaña y se salvó de milagro, por un párroco, cuando iba a ser “paseado” por una Brigada de la Noche. Su refugio histórico no fue el silencio, sino hablar sin parar. Hablar con la gente. Hablar solo. Hablar con los árboles. Mi madre, Carmiña, trabajaba de lechera en el barrio coruñés de Monte Alto y allí se estableció la pareja, en un bajo de alquiler, donde nacimos las dos primeras criaturas, María y yo. Los otros dos, Paco y Sabela, nacieron en el “ranchito” que autoconstruyó mi padre en la tierra comprada gracias a la emigración en una ladera del monte de Elviña.

Sí, yo admiraba como un héroe al albañil atlante que en 1957 emigró a Venezuela con la voluntad de ahorrar para construir una casa propia. Cuando escucho decir que la emigración española en el franquismo era diferente, que los “nuestros” iban con papeles y en perfecto estado de revista, me viene a la cabeza el relato irónico de mi padre: el billete gestionado por un prestamista y las instrucciones para identificarse como ingeniero, en viaje de turismo a la llegada a puerto venezolano. Y así lo hizo: “¡Que sepáis que, durante un día, yo fui ingeniero de Obras Públicas!”. En la misma ciudad portuaria, en La Guaira, al poco de llegar, lo contrataron en una obra. El acuerdo incluía una litera para dormir en un barracón colectivo. Un día de mucho calor, trabajando, descamisado, en el tejado de un edificio, un compañero venezolano le avisó: “¡Gallego, hueles a llanta quemada!”.


—Y era verdad. El Negro tenía razón. Me estaba ardiendo el cuerpo. ¡Echaba humo por la espalda!


Bajó al muelle, se refrescó, y le dejaron beber de un cubo con hielo. Aquella noche comenzó el peor viaje de su vida. El barracón giraba como una hormigonera donde se mezclaba hielo y fuego. Durante aquellos días interminables de irrealidad febril, su único contacto con la realidad era una voz chillona que llamaba por una mujer: “¡Mercedes, Merceditas!”. Un día, por fin, se paró la máquina de desesperar. Le visitó el Negro, con algo de comida.


—¡Pensé que te ibas para siempre, gallego!


Cuando se recuperó, mi padre preguntó por la vecindad del barracón que si conocían a alguna Mercedes. Y le contaron que era una mujer que tenía un loro real, chévere y parlanchín. Y que se habían marchado, Mercedes y el loro real, unos días atrás.

Sí, yo admiraba como un héroe al hombre del hoyuelo que se parecía a Kirk Douglas.

Pero había unos días al año en que lo detestaba. El buen hombre que era mi padre se convertía en un ser perverso. Los domingos de fútbol. Más en concreto, los domingos de fútbol en el estadio de Riazor. El campo del Deportivo. Donde se ejercía el derecho a soñar y donde podríamos enterrar nuestro corazón. Y yo tenía la oportunidad de estar allí. Había un vecino, el señor Gregorio, técnico de la emisora de Radio Coruña, EAJ 41, situada en lo alto del monte donde teníamos nuestra casa y huerto, que era socio del club y se ofrecía a llevarme. Y justo, cada domingo de partido, era el día de la plantación. El día de la patata. El día de los repollos. El día de las cebollas. El día de los tomates. Los sábados por la tarde me afanaba en adelantar el trabajo. Aprendí a abrir los surcos con voluntad caligráfica, colocaba cada plantón con un tacto quirúrgico. Llegaba el domingo, después de comer, y el auto del señor Gregorio bajaba la cuesta y se detenía ante nuestra casa. Yo tenía siempre la secreta esperanza de que el orden mundial hubiese cambiado y de que la negociación llegaría a buen fin. Pero el señor Gregorio arrancaba el auto y yo quedaba plantado, en tierra, hundido en el estiércol del rencor y la rabia. Mi padre, silencioso, sin explicaciones, reanudaba el ciclo agrícola. Me había tocado. Estaba ante el bastión de lo inexplicable. Había una persona, una sola persona en el mundo, que odiaba el fútbol de esa forma. Y esa persona resultó ser mi padre.

No se trataba de desinterés o indiferencia. Si estaba en un bar y la conversación derivaba al fútbol, él pagaba y se iba. Ni un mal gesto. No confrontaba. No era algo que mereciese la pena ni siquiera para llevar la voz contraria. Su rechazo era ontológico. El fútbol era una gran bobada. Una majadería. Y los gritos del estadio, el ruido de una estupidez global.

Un día de domingo. Había partido en Riazor. Jugaba el Deportivo con el Rayo Vallecano. Mi padre estaba sentado en un escalón del porche. Al lado, disponibles, un plantel de pimientos de Padrón. Mi madre me dijo: “¡Ponte el pantalón y los zapatos nuevos!”. El señor Gregorio detuvo el coche. Bajó. Saludó sonriente. Y me hizo un gesto para que subiera rápido. Cuando miré hacia atrás, mi padre ya no estaba.

No quería ser testigo de aquel fracaso de la humanidad.

Por la noche, cuando regresé, estaba escuchando la radio a oscuras. Le gustaba oír música así: “¡Estos negros tocan como Dios!”. Y además se la tenía jurada, por ladrones, a la compañía eléctrica.


***


(Tomado de El país digital / 15-03-2026)

El resurgir de Aimée Torres

Fotografía: Marcos Veroes Vega


-Ninfa Monasterios Guevara-


(Palabras de presentación del libro digital Resurgencias de Aimée Torres / Panamá, 2026)


***


Aimée se encuentra y se reencuentra con su esencia vital, donde resurge clara, apacible, conectada íntimamente con la divinidad del ser...Es un asombro, frente al misterio… su escritura cada vez más sublime y concentrada.

Ella vive “viviendo” y lo hace con los cinco o más sentidos que ha desarrollado y que le permiten asir en un verso la magia de un lirio o el destello de una palabra.

Aimée nos convoca a un viaje introspectivo, en el que descubrimos la calidez de un alma que florece sin cesar y ofrece de sí, la ingenua entrega del amor, la vital caricia de miradas inesperadas, la sublime fascinación en la esperanza de su Dios –que es también refugio- y el verde esmeralda que todo lo observa. Ella, se entrega toda y espera que la reciprocidad del amor, la mantenga viva, ubicable en una imagen que la traiga de nuevo a su centro, por si se extravía o por si pierde su identidad.   

Para Aimée, todos somos galaxia y estrellas que a su luz vamos, en Súper Nova. Ella nos pasea por un laberinto en el que confluyen sus tímidos temores, sus amplias certezas en la bondad de la gente que la acompaña y guía en la incertidumbre de una vida sin brújulas, ni mapas. Una experiencia alucinante en que la entrega sin medida, es el sino del amor romántico que enarbola como estandarte permanente.

Hay una sincera y clara reivindicación de la inocencia, de la libertad que nos puede aportar el encuentro con nuestra niñez interior, y toda su capacidad de asombro y disfrute, ante las simples cosas...

Leer a Aimée, en este nuevo momento de sus letras, es descubrir su risa entreverada en los silencios del poema y en la imagen impenitente de quien trastea en las subidas, pero llega, siempre llega a su objetivo, luminosa… aunque el día se presente gris...


***


Biblioteca Pública Central Agustín Codazzi, Maracay, Venezuela (21/03/2026)