Título: Déjame tocar para ti (2017)
Autor: Asdrúbal Farías
El poeta es libre por naturaleza; la poesía, que es su vida, es su dignidad.
César Seco
1.
Aparecido
Quien me vea por estos sitios
sabrá que sigo siendo otro.
No el que vieron en el café
saludando a un par de amigos
melenudos sonriendo desde
un viejo poster de los sesenta.
Estaré adelante, desvanecido,
con la huella del hacha en el
entrecejo y la mirada quieta
de quien elegía el encierro
dado del todo al silencio.
Sentado entre las líneas que
esa mudez iba dejando en
una caligrafía entrecortada.
Quien me vea andando ya a
otra parte, siga el rastro sin
darse por enterado que soy el
soplo fugaz que arrastra y eleva
esta hoja. Sin nada ni nadie
por asunto, desentendida de la
bocina de los autos.
2.
Jazz epilepsial
Una clara melodía escurre el viento.
Las arenas arremolinan
la carrera de la previa quietud.
El brazo izquierdo y su breve temblor.
La cabeza perdida en la distancia
desconocida donde no se pertenece.
Los pies en el aire bailan la danza
del salto a otro lugar.
Llueve en no sé dónde
y en no sé qué está escampando.
Solo sé que volveré a mis huesos.
A los que llevo esta luz para desalojar.
Iniquidad dejo en manos del redentor.
El cielo estrena una piel
que no puedes ver,
antes que todo sea bebido de un sorbo
por el convulsionado saxo de Coltrane
y hable el temblor todo
con sus tuercas desajustadas.
3.
Nadie
Volveré por esa calle donde nadie
me recuerda y todos me conocen.
Caminaré por esta otra donde me
ignoran y ninguno sabe nada de mí.
Atravesaré aquel callejón oscuro y
tal vez el ojo que me sigue sólo vea
la sombra que la escasa luz de ese
poste fija en la esquina pensando
a dónde ir.
Estaré allí esperando
nada o esperando todo. Acaso sea
la calle contigua la que me lleve a
ese otro lugar distinto a donde iba
y no llegué.
La vida no se detiene
a esperar a nadie.
Sólo puede mirarme
de reojo mientras paso, pero no es
su ojo lo que anhelo, lo que persigo
es el olvido que no aparece mientras
sigo, aunque lo presienta caminando
adelante distraído o sospeche ya que
no existe porque no me ha visto.
4.
Actor
Ando por la piel del día
en que me espero sentado a la puerta
de un café, con el cuaderno abierto en la
página donde no hay nada escrito aún.
Lo que ha de ocurrir sucederá en tan sólo
unos segundos.
Hay alguien dentro de mí,
alguien que no soy, que me ocupa y dice
lo que jamás diría yo.
Llega y no me puedo
resistir.
Sólo escuchará si hablo de él.
Es cosa de ya, pero sólo él sabe que ha estado
ocurriendo.
La escena ha de quedar bien
ante el ojo luminoso que nos proyecta en
la pared, ahora, sueño visible, acción.
No la bala directa que viene a mi cuerpo
y se aloja antes que tú puedas verme caer,
sino, a un mismo tiempo, ese que cierra
la puerta.
Puedo ver su silueta desgajada
en la ventana, así.
Estoy en ninguna parte
hablando a nadie sobre nada.
5.
Calle
Puedo vivir en cualquier ciudad,
pero mi calle es esta.
Vengo de ella, me hice en sus escondrijos
y aceras, en ella corrí por primera vez
y di con otros la vuelta
un día de lluvia que mis manos se volvieron
viejas. Aquí tuve perro, trompo y metras.
Subí al techo a ver pasar los ángeles
en silencio, con en el alcanfor que madre me puso
en el pecho. La calle me sigue a donde vaya.
Ahora que cruzo una avenida del mundo.
Ahora que estoy lejos y apunto el color de sus
casas. No se me olvidan las negras altas
que subían y bajaban con una cesta de flores
en la cabeza. Ahora que se borran
los compadres que en la esquina
se apuñalaban por ellas, como aquél que sostuvo
sus vísceras tal un pliego escrito afuera
hasta que besó suelo, o aquél otro que limpió
el filo del cuchillo con el puño
de su camisa blanca. A esta calle vuelvo
cada vez que soy el niño que iba de la mano
de su madre, despierto.
6.
En medio de la nada
Una carretera parece no terminar
sin que una estación de gasolina aparezca.
El murmullo de la ciudad ya no se oye.
Sólo tunas, abrojo, polvo, rocas.
A quien buscas no está y quien responde
es tu propia voz en tu cabeza.
Cuánta sospecha trajo el zigzagueo
de los saurios cuando te desnudabas
para ir al baño no sin antes silbar
la canción de Bobby Vinton
Plees love me for ever,
con ese desgano en que no reconocías
paredes ni espejos.
Quizá, puede ser, tal vez, acaso.
La lengua es aquí indeterminada.
¿Quién es ese que te persigue?
¿Qué quiere de lo que queda de ti?
¿Podrías decir que se trata de tu igual?
¿Él y tú, uno delante del otro?
¿Puedes ver en su pupila tu miedo?
Todo esto te aguardaba. Llegado aquí
solo la oración puede devolverte
a donde estabas antes de venir.
Nadie te puede ver, nadie sabe quién eres.
Todo fue sin que te percataras,
estás vivo y muerto, lo mismo da.
Conténtate con saber que esto no existe,
que no hay nada donde fijar tu ojo,
que todos se han ido para olvidarte.
7.
Jazz de las gandolas
Las gandolas atraviesan la noche
llevando la necesidad puntual
o la más onerosa vanidad.
Las he visto partir haciendo sonar
la orquesta de sus motores
al lado de somnolientos autobuses.
Acelerando el saxo de sus bujías,
el clarinete de sus radiadores,
el trombón de su pesada carrocería.
A sus choferes se les conoce el ángel
por la abismada pupila, por sus ropas
impregnadas de monóxido y gasoil,
por el desdén en el trato con los que
les son indiferentes en las desveladas
estaciones que aguardan en el camino.
Hablan una jerga de pedestres palabras.
Silban canciones si el destino se alarga
y el monótono bostezo de la brisa
los inunda de sueño o descompone.
Llevan por valija recuerdos de cuando
no eran tránsito y era grato el calor
de los hijos y la mujer que los espera.
Pernoctan donde la noche los venza,
en colgaduras de chasis y remolques.
Son antiguos guerreros despeñados,
gente que habita un solo lugar:
la carretera. Habrá fiesta cuando
regresen, si regresan, si la promesa
de Ulises era cierta.
8.
Blanco
Saber que no se puede escribir es una forma de escribir.
Robert Walser
No estoy diciendo lo que voy escribiendo.
No voy escribiendo lo que estoy diciendo.
Escribir nada delante de nada que pide ser
llenada de nada. Nada escribo y, esto, ya,
es nada, nada: escritura de nada, nada, sin
nada escribiendo nada.
9.
Jazz de la valija
En esta esquina he de abrirla.
Tal vez esté allí un tibio sol
esperándome callado.
Le hablaré de cuánto anduve
o dejé de andar en el propósito.
La verdad que obtuve de la noche
y su invisible gravedad tal una leve
composición escrita en mis huesos:
letra que nombra a mi sentido.
Sílabas que dieron paso a esta frase.
Aprehensiva velocidad de cuanto
no dijimos en ella o guardamos.
Elegido humo de lo precario,
adolescente brisa y su miga de nada.
Subiste al ring envestido por tu peor
enemigo: turbina de una enfermedad
que tregua no te ha dado desde niño.
Cifraste la melodía entre las vueltas
que daba tu rostro entre caída y caída,
levantamiento que deleita todo derribo.
Me dijiste que no era grande
ni pequeño, que sólo era.
El instrumento estaba ahí.
Esperaba la voz que le atendiera.
10.
El río
El río me deshace la voz.
Yo entro. Yo salgo. Yo soy el tiempo.
La boca se me hace agua.
Estoy llegando por un camino largo
que lleva a los azules del cerro.
Un mango: dulce su pulpa
y adentro la semilla discreta.
Yo entro. Yo salgo. Yo soy el tiempo.
Los ojos se me vuelven barro.
Para el clavado la piedra más alta.
Estoy en el fondo de sus aguas revueltas.
El quiebre de cuerpo ha de ser antes que
el rostro vencido de los ahogados
se me adelante y pida me quede
a cantarle al musgo, a los peces,
la canción titilante del recuerdo.
Mis brazos se hunden en el tiempo,
cuentan las pisadas de Pedro
antes que fuera hecho.
Yo entro. Yo salgo. Yo soy el agua.
Tinta invisible sobre un papel dejo.
Mi río está muerto. Ya no es el mismo
que desnudaba lentamente mi cuerpo.
Sólo vuelve a la ciudad cuando llueve
vestido de escombros dando vueltas.
Mis pasos sobre él andan inversos.
Ayer que sólo tendrá hoy en este poema.
11.
Voz
Permíteme unas palabras ahora cuando callas
y te demoras en venir.
Entre tú y yo hay un pacto de oído y boca.
Debo silenciarme cuando hablas y ser tu escucha.
Es el temblor de estas manos lo que te anuncian.
Esta sed irrecusable de verdad lo que te atiende.
Dime si me he desentendido de tu eco.
Si por serte fiel te he faltado.
Callarme en lo que callas. Decir lo que dices.
No es solo a mí a quien te diriges
y la verdad que me obsequias incluye al Otro.
El fogón donde mi madre tuvo lumbre de brasa
cuando el brillo de sus ojos se apagó.
O bien, el árbol que plantó mi padre con sus manos
y el polvo del camino por donde un día
sus pasos de largo siguieron hasta no sé.
Tú te dices en las cosas, muda. Tú me dices.
Volvamos al principio, cuando no existía
y tú sólo eras el rumor de los astros lejos.
El fuego que el tiempo escindió.
Déjame seguir escuchándote. Déjame.
Sólo tú dirás hasta cuándo.
Y yo callaré contigo, sin afán, sin asombro ya.
Agradecido.
12.
Palabras
Was sich in der Sprache spiegelt kann ich nitch mit ihr ausdrucken*
Wittgenstein, Diario, 1915
Hay palabras que nos desdicen y a su
vez son las que mejor nos dicen.
Me doy a oír lo que dejan al callar y,
no obstante, revelan el tránsito que
las trajo a mí, solas y pronunciantes.
Las palabras hablan desde el silencio
que las precede. Espero de ellas sólo
el breve decir de lo que nombran.
Mirar las estrellas desalojando su brillo
y, lo invisible, traduzca en infinito lo
visible, asible, a partir de una sílaba.
Amo este decir, puede asistirme en la
oscuridad, servirme de lámpara en el
camino por el que voy unas veces y
otras vuelvo, amparado en ellas. Sí.
Las palabras flamean antes de apagar
el espectral vacío por donde vuelven.
Si me pregunto de dónde vienen, diría
que de lo que impronunciables revelan_
este claro en que puedo decir lo que
dejan en mí viajando por dentro. La voz
que sigo leyendo en la página/ en la
anterior/ la que estuvo/ y en la siguiente/
como lo hará, sin que llegue a saber
cómo y cuándo.
*No puedo expresar con el lenguaje lo que se refleja en el lenguaje











