viernes, 3 de julio de 2026

Como ánimas en pena

-Gabriel García Márquez-

Tomado de El País 

11/may/1981


¿De dónde salen las historias que a veces recordamos o a veces contamos sin darnos cuenta de que llegaron a nuestra memoria venidas de otro lugar? Uno de los grandes contadores de historias de nuestro idioma es Gabriel García Márquez, en el presente artículo, que hoy compartimos, recrea algunas de ellas, oídas o leídas pero que forman parte de ese bagaje que todo narrador lleva dentro y al cual acude desde la nostalgia y la felicidad del reencuentro. Pues como ha escrito el propio Gabo: "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".


(mcabesa)


***


Hace ya muchos años que oí contar por primera vez la historia del viejo jardinero que se suicidó en Finca Vigía, la hermosa casa entre grandes árboles, en un suburbio de La Habana, donde pasaba la mayor parte de su tiempo el escritor Ernest Hemingway. Desde entonces la seguí oyendo muchas veces en numerosas versiones. Según la más corriente, el jardinero tomó la determinación extrema después de que el escritor decidió licenciarlo, porque se empeñaba en podar los árboles contra su voluntad. Se esperaba que en sus memorias, si las escribía, o en uno cualquiera de sus escritos póstumos, Hemingway contara la versión real. Pero, al parecer, no lo hizo.Todas las variaciones coinciden en que el jardinero, que lo había sido desde antes de que el escritor comprara la casa, desapareció de pronto sin explicación alguna. Al cabo de cuatro días, por las señales inequívocas de las aves de rapiña, descubrieron el cadáver en el fondo de un pozo artificial que abastecía de agua potable a Hemingway y a su esposa de entonces, la bella Martha Gelhorm. Sin embargo, el escritor cubano Norberto Fuentes, que ha hecho un escrutinio minucioso de la vida de Hemingway en La Habana, publicó hace poco otra versión diferente y tal vez mejor fundada de aquella muerte tan controvertida. Se la contó el antiguo mayordomo de la casa, y de acuerdo con ella, el pozo del muerto no suministraba agua para beber, sino para nadar en la piscina. Y a ésta, según contó el mayordomo, le echaban con frecuencia pastillas desinfectantes, aunque tal vez no tantas para desinfectarla de un muerto entero. En todo caso, la última versión desmiente la más antigua, que era también la más literaria, y según la cual los esposos Hemingway habían tomado el agua del ahogado durante tres días. Dicen que el escritor había dicho: «La única diferencia que notamos era que el agua se había vuelto más dulce».

Esta es una de las tantas y tantas historias fascinantes -escritas o habladas- que se le quedan a uno para siempre, más en el corazón que en la memoria, y de las cuales está llena la vida de todo el mundo. Tal vez sean las ánimas en pena de la literatura. Algunas son perlas legítimas de poesía que uno ha conocido al vuelo sin registrar muy bien quién era el autor, porque nos parecía inolvidable, o que habíamos oído contar sin preguntarnos a quien, y al cabo de cierto tiempo ya no sabíamos a ciencia cierta si eran historias que soñamos. De todas ellas, sin duda la más bella, y la más conocida, es la del ratoncito recién nacido que se encontró con un murciélago al salir por primera vez de su cueva, y regresó asombrado, gritando: «Madre, he visto un ángel». Otra, también de la vida real, pero que supera por muchos cuerpos a la ficción, es la del radioaficionado de Managua que, en el amanecer del 22 de diciembre de 1972, trató de comunicarse con cualquier parte del mundo para informar que un terremoto había borrado a la ciudad del mapa de la Tierra. Al cabo de una hora de explotar un cuadrante en el que sólo se escuchaban los silbidos siderales, un compañero más realista que él le convenció de desistir. «Es inútil», le dijo, «esto sucedió en todo el mundo». Otra historia, tan verídica como las anteriores, la padeció la orquesta sinfónica de París, que hace unos diez años estuvo a punto de liquidarse por un inconveniente que no se le ocurrió a Franz Kafka: el edificio que se le había asignado para ensayar sólo tenía un ascensor hidráulico para cuatro personas, de modo que los ochenta músicos empezaban a subir a las ocho de la mañana, y cuatro horas después, cuando todos habían acabado de subir, tenían que bajar de nuevo para almorzar.

Entre los cuentos escritos que lo deslumbran a uno desde la primera lectura, y que uno vuelve a leer cada vez que puede, el primero para mi gusto es La pata de mono, de W. W. Jacobs. Sólo recuerdo dos cuentos que me parecen perfectos: ése, y El caso del doctor Valdemar, de Edgar Allan Poe. Sin embargo, mientras de este último escritor se puede identificar hasta la calidad de sus ropas privadas, del primero es muy poco lo que se sabe. No conozco muchos eruditos que puedan decir lo que significan sus iniciales repetidas sin consultarlo una vez más en la enciclopedia. como yo lo acabo de hacer: William Wymark. Había nacido en Londres, donde murió en 1943, a la modesta edad de ochenta años, y sus obras completas en dieciocho volúmenes -aunque la enciclopedia no lo diga- ocupan 64 centímetros de una biblioteca. Pero su gloria se sustenta completa en una obra maestra de cinco páginas.

Por último, me gustaría recordar -y sé que algún lector caritativo me lo va a decir en los próximos días-, quiénes son los autores de dos cuentos que alborotaron a fondo la fiebre literaria de mi juventud. El primero es el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde un décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida. El otro cuento es el de dos exploradores que lograron refugiarse en una cabaña abandonada, después de haber vivido tres angustiosos días extraviados en la nieve. Al cabo de otros tres días, uno de ellos murió. El sobreviviente excavó una fosa en la nieve, a unos cien metros de la cabaña, y sepultó el cadáver. Al día siguiente, sin embargo, al despertar de su primer sueño apacible, lo encontró otra vez dentro de la casa, muerto y petrificado por el hielo, pero sentado como un visitante formal frente a su cama. Lo sepultó de nuevo, tal vez en una tumba más distante, pero al despertar al día siguiente volvió a encontrarlo sentado frente a su cama. Entonces perdió la razón. Por el diario que había llevado hasta entonces se pudo conocer la verdad de su historia. Entre las muchas explicaciones que trataron de darse al enigma, una parecía ser la más verosímil: el sobreviviente se había sentido tan afectado por su soledad que él mismo desenterraba dormido el cadáver que enterraba despierto.

La historia que más me ha impresionado en mi vida, la más brutal y al mismo tiempo la más humana, se la contaron a Ricardo Muñoz Suay en 1947, cuando estaba preso en la cárcel de Ocaña, provincia de Toledo, España. Es la historia real de un prisionero republicano que fue fusilado en los primeros días de la guerra civil en la prisión de Ávila. El pelotón de fusilamiento lo sacó de su celda en un amanecer glacial, y todos tuvieron que atravesar a pie un campo nevado para llegar al sitio de la ejecución. Los guardias civiles estaban bien protegidos del frío con capas, guantes y tricornios, pero aun así tiritaban a través del yermo helado. El pobre prisionero, que sólo llevaba una chaqueta de lana deshilachada, no hacía más que frotarse el cuerpo casi petrificado, mientras se lamentaba en voz alta del frío mortal. A un cierto momento, el comandante del pelotón, exasperado con los lamentos, le gritó:


-Coño, acaba ya de hacerte el mártir con el cabrón frío. Piensa en nosotros, que tenemos que regresar.


Copyright 1981 Gabriel García Marquez/ACI.

Entonces el dolor cambia de forma

-Noely Duarte-


 

Es impactante

cómo la vida puede cambiar en 37 segundos,

cómo años de historia,

recuerdos,

pueden esfumarse

en tan solo segundos,

y cómo el mundo,

nuestro mundo,

pasó a derrumbarse

en tan poco tiempo.


En la calle,

las miradas se miden

por lo que dicen los ojos:

algunos buscan consuelo,

otros buscan un nombre,

y otros solo anhelan

que haya sido un mal sueño

del cual ya desean despertar.


Todos aprendimos

a leer el temblor

como un idioma nuevo

y a cargar el dolor

como un peso

que no se va.

Los niños recogen

los pedazos de memorias

que parecen haberse detenido;

las abuelas reparten agua

con manos que aún tiemblan por dentro,

y el sol parece preguntarnos

por qué nuestro mundo ha cambiado de lugar.


Hay un apagón de certeza

que no se enciende

una geometría de grietas,

que dibuja nuestras noches,

y aun así

un hilo de aliento se

teje entre desconocidos:

un pañuelo para el llanto,

una manta para el frío,

la ofrenda mínima

que caben en dos manos temblorosas,

y un abrazo que calma el alma 

después de tanto caos.


No es solo la casa la que se desploma;

se cae la confianza 

de creer que todo seguirá igual,

se desploman los planos que escribimos

para vivir sin miedo,

Y aún tenemos miedo,

porque esto parece no acabar.

Y en medio de ese miedo,

la calle se vuelve refugio 

y herida

al mismo tiempo.

Se oyen voces que llaman,

pasos que regresan,

silencios que pesan

más que las palabras,

y corazones que se aprietan

ante lo que ya no está.


Quisiéramos tener manos grandes

para sostenerlo todo,

para levantar lo caído,

para borrar el susto

de los ojos ajenos,

pero a veces

solo podemos mirar

y sentir esa impotencia

que atraviesa el pecho

como un viento frío.


Hay casas

que quedaron en silencio,

como si guardaran todavía

el eco de quienes las habitaron.

Hay fotos cubiertas de polvo,

objetos partidos,

recuerdos

que ahora caben en las palmas de la mano

y duelen más por lo que fueron.

Sin embargo,

entre ruina y ruina,

aparece la dignidad de los que se ayudan

sin pedir nada.

Una voz llama a otra voz,

una mano encuentra otra mano,

y en ese gesto pequeño

se sostiene lo poco que todavía 

no se ha caído.


Entonces el dolor cambia de forma

y se vuelve recuerdo compartido.

Y en las noches

repetimos las preguntas

que no piden respuesta:

¿dónde quedó la risa de ayer?

¿dónde se escondió el tiempo tranquilo?

Caminamos por ruinas

que guardan historias,

por puertas abiertas como bocas

que ya no hablan,

y en cada escombro

palpita un recuerdo

que reclama un nombre.


Los perros buscan

entre sombras y polvareda,

su olfato insiste

en lo que nos falta;

los vecinos se convierten

en mapas, en brújulas

que señalan manos amigas.


Aprendimos a nombrar el dolor

con voces ásperas,

a pronunciar la incertidumbre

en voz alta para que no se vuelva un silencio mortal.


Hay noches

en que el miedo se sienta a la mesa

y mastica nuestras esperanzas; al igual que

hay mañanas

en que la luz parece tomar partido

y nos devuelve el valor

para pararnos otra vez.


Cada gesto sencillo

se vuelve rito:

una taza de café compartida,

una linterna que atraviesa el humo,

una canción que alguien entona para no olvidar que aún respiramos.


Nos miramos las heridas

como quien cuenta

costillas rotas del alma;

no todas duelen igual,

pero todas pesan.


La impotencia es una larga fila

que espera respuesta,

y en esa fila hay manos

que no alcanzan,

ojos que imploran,

y la pesada certeza

de que no siempre podremos salvarlo todo.

Sin embargo,

en medio del desorden, hay nombres

que aparecen repetidos en las listas:

voluntarios, que cumple con su labor con el corazón en la mano,

estudiantes, que dejaron sus apuntes para buscar entre escombros y 

mujeres;

que sacan con las uñas

lo que el tiempo quiso enterrar.


Esos nombres son puentes

que nos sostienen cuando todo tiembla.


Aprendimos a medir la solidaridad

en latidos por minuto;

la ayuda no se calcula

en promesas

sino en cucharadas de sopa,

en techo compartido,

en un mensaje

que dice: “estoy aquí”.

Y aunque la ayuda llegue

a cuentagotas,

cada gota es océano

para el que tiene sed de consuelo.


La ciudad herida,

aprende a hablar

en murmullos:

el claxon que aprueba,

la risa contenida

que se escapa entre escombros,

los pasos que ya no corren

como antes

sino con cuidado nuevo.


Hay una memoria colectiva

que ahora incluye

la noche del temblor,

un punto de no retorno

que nos une a la fuerza

y a la fragilidad.


Nos pesa

la sensación de haber sido testigos

y no siempre actores;

queremos sostener más manos,

abrir más puertas, saber decir

las palabras correctas.

Pero a veces

las palabras se rompen al salir,

y sólo queda

el silencio compartido

que, paradójicamente,

aligera la carga.


Cuando el día se asoma

entre polvaredas,

encontramos fotos

con caras que siguen sonriendo

como si nada;

las abrazamos como reliquias

y les damos un sitio nuevo en el pecho.


Cada foto

es un juramento:

reconstruir, aunque sea con lo poco que tengamos,

para que esas sonrisas

vuelvan a caminar sin miedo.


El miedo no se va de repente;

se queda de visita,

nos enseña a revisar ventanas,

a contar piezas de cerámica,

a no prometer certezas

que no tenemos.


Pero también nos enseñó

una lección inesperada:

que la comunidad

puede ser curita y sostén,

que la vulnerabilidad

abre puertas que la rutina

había cerrado.


Hay quienes oran

en voz baja y quienes gritan

hacia el cielo buscando respuestas;

Y entre plegarias y sollozos

florece

una resistencia humana

que no pide reconocimiento.


Nos levantamos

con manos callosas

y ojos resilientes,

Pues sabemos que reconstruir

es, además de levantar paredes,

aprender a confiar de nuevo.


Y en ese volver a confiar

hay gestos pequeños

que son templos:

la mano que guía a un niño,

el vecino que comparte su colchón y 

la madre que canta para calmar el miedo.

Esos gestos son arquitectura nueva,

una ciudad hecha de actos mínimos

que sostienen el mañana.


Seguiremos contando los días

desde aquel 24 de junio

como quien anota una herida

en el calendario;

pero también contaremos los nombres

de aquellos que dieron todo,

las historias que nos enseñan a no rendirnos.


Porque el dolor nos marcó,

pero no nos definirá por completo.


Si vuelves a mirar las calles,

verás que entre grietas

nacen plantas obstinadas;

no es consuelo fácil, es un testimonio:

la vida insiste en su derecho a continuar.

Y nosotros,

con manos

temblorosas

y voces ásperas,

vamos haciendo de la pérdida

un camino posible para la ternura.


Al final,

quizá no podamos ayudar

como quisiéramos,

quizá aún brote impotencia

en la madrugada.

Pero existimos en compañía:

somos pellejos que cicatrizan juntos,

brújulas prestadas que enseñan el norte.


Y en esa compañía,

aunque el miedo vuelva de vez en cuando,

sabemos cómo sostener la llama

para que no se apague.

Cinco poemas de Alexis Escalona Santana

 


Autor: Danilo Seijas (2022)


***


Amanecer


Hay que habitar los instantes,

  llenarlos

con la fisionomía de la memoria

en el recogimiento de la tarde,

  encontrarnos

en el tiempo exacto de la piel y los afectos

para evitar los extravíos.


Debemos confiarnos la vida

a través de ese recorrido detallado y el fuego

por los parajes de este territorio que somos

entre el canto de aves y amanecer.


***


Reconozco



Te conozco hasta en cada uno de tus demonios,

desde las alturas a lo subterráneo

de esta ciudad,

de atrás hacia adelante y viceversa

entre los claros que otorga la mañana

y más allá con el arribo de la noche

en los claros de la luna

ante la obertura cadenciosa de tu cuerpo.


Y estoy allí adherido por convicción

para ungirte a través de otras lecturas de los años

entre fogones y alquimias

para instituir la emancipación en el cielo de tus ideas

y crecer en ti con las caricias de lo apaciguado.


Te conozco hasta en cada uno de tus ángeles,

de lo anhelado a lo notorio,

de la madrugada a ese titilar de cocuyos

que juguetea en la alegría de la vida

para hallarte en otras luminosidades.


Te conozco en la desnudez de tu espíritu,

en la templanza de tus resoluciones para dar cada paso y avanzar

o lo infalible de tus palabras ante los tiempos difíciles.


Te conozco en cada uno de tus ángeles,

en cada uno de tus demonios

y aquí estoy.


 ***


Por cuenta propia



Busco el peligro

    y en consecuencia

  arriesgo

   todo o la nada

como si tuviese

una única oportunidad


Hago Bushido

que ha de purificar el espíritu

para acercarme a tu paisaje

       a tus aguas

     casi en rendición

y beber hasta la saciedad


Busco el peligro

 y en consecuencia

      sucumbo.


 ***


Contra pronóstico



No poseo precedentes tácticos

ante lo inaccesible de la situación

   de lo impenetrable de tus defensas


Hago proyecciones

defino escenarios con sus respectivas estrategias

calculo milimétricamente las probabilidades de triunfo

doy un paso

en contra de los pronósticos o el desastre

con una firme intención

doy vuelta y vuelta en mi mente

sin permitir espacio al azar

ni un tantico

como pudiera suponerse

para avanzar con un reducido

   margen de error

y con mayor efectividad

concentrar todo el poder de fuego

y derribar los muros de Jericó.


***


Tengo el peor de los oficios



Tengo el peor de los oficios para vivir

y sigo la configuración de las señales cósmicas

en los intentos de aproximarme a la otra orilla de las constelaciones

de los entendimientos, las comprobaciones y las posibilidades;

donde se puede habitar la vastedad con los ojos cerrados

en la escucha de lo insospechado y el conjuro,

y caminar

a través de la edificación de las ideas

con el hálito de las palabras

que se transforman en sus recorridos

como quien trae resplandores desde las profundidades a este mundo,

porque no hay olvido que se vaya con la muerte

mientras venimos a la vida.


Tengo el peor de los oficios,

un rito que se extiende en eternidades para nombrarte

y escribo.


***


Alexis Escalona Santana (Caracas, Venezuela, 1973). Fue integrante de Senderos Literarios (El Consejo, estado Aragua). Fue integrante de Despágina (El Consejo, estado Aragua), ganador en el VI Concurso Nacional de Literatura Poeta Pedro Rafael Buznego Martínez (El Consejo, estado Aragua, 1996), con el poemario Inferno. Obtuvo mención honorífica en el X Concurso Nacional de Literatura Poeta Pedro R. Buznego M. (El Consejo, estado Aragua, 2000), con el poemario Bondades de hábito. Ha participado en algunas publicaciones colectivas. Su obra poética, permanece inédita. En la actualidad es facilitador de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla en el estado Aragua.

Cinco postales de William Osuna


Postal del Cristo Caraqueño


Cristo entra en un burrito a Jerusalén.

Predicaba entre los nadie un mundo de iguales,

amor donde no había amor.

Transitaba caminos de leprosos, 

expulsaba demonios, los arrojaba a los basurales 

de la gran ciudad, comía y trasegaba vino entre los

malandros de Santa Rosalía y evitaba el 

apedreamiento de las muchachas del Casco 

Central; no juzgues clamaba contra aquellos

que acumulan basura sobre basura y guardan 

culebras en sacos de lona; si caía una

tormenta podría caminar sobre el temporal 

porque él era el temporal.

En las bodas de Canaán cuando le habían

echado el aserrín y talco al piso y aquellas 

trompetas sonaban hermosas como las de 

Ricardo Rey en Cabo E., Madre María, esposos 

e invitados se divertían, la noche alumbraba 

de cocuyos y aquella luna se alzaba detrás de un

enramado de dátiles, panderetas y claves 

dominaban la fiesta.

Hacía los confines del desierto las voces de

los profetas se unían en coro, bajaban ángeles

y arcángeles por la escala de Jacob con 

pimpinas de vino para que continuara la boda.

Aquel guateque terminó días después.

Nadie vio cuando se marchó, solo unos pocos, 

llevaba su madero por la avenida Lecuna hacia 

abajo, negado entre gallos y turbas, besado 

el rostro, coronado de espinas. Recostado en el

semáforo, esperando el cambio de luces,

decía: dale de comer al hambriento,

dale de beber al sediento,

justicia al que clama por ella,

en los límites de la buena tierra.


****


Postal del poema que viene


En medio de la página en blanco 

apareció el poema.

Daba vueltas en redondo 

como un gran pájaro oscuro.

No quería saludar al público, se escondía 

detrás de los árboles, gustaba de mirar la

ciudad montado en las azoteas, 

miraba dentro de las casas.

Se metía en el abismo de las conversaciones.

Dije que apareció, pero no, sonaba como 

tuercas apretando el aire, sujetas al paso de

nubes.

A veces se iba saltando por la orilla, nunca 

vio un cunaguaro, tampoco el aletear de un

caballito del diablo trémulo en cobre 

perderse entre la lluvia.

Murmuraba. 

Ciudad Ciudad.

Y todo quedaba sin movimiento 

sin forma

aquello giraba a mayor velocidad, algo

parecido a un encuentro de luces.

Escondido en sus alas no quería asistir

a los recitales.

En el recinto el público observaba en silencio 

algo así como el aletear

de un pájaro oscuro, 

metido en una jaula de hierro, detrás del

escenario.


****


Postal del amigo


Tengo un amigo.

Nació frente al mar.

Mi amigo tenía un burrito 

que lo llevaba a la escuela; el

burrito era color humo azul tirando 

a gris con las cejas buscando 

espacio hacia el cielo. Cenizo, que

así se llamaba, lo iba a buscar 

todas las tardes a la hora de la

salida

para ir a jugar béisbol muy cerca

de la playa. Decía mi amigo:

Mi mamá enjaezaba a Cenizo con 

unas telas finas venidas de 

Curazao y unas alforjas de cuero

donde me traían de merienda: 

torrejas azucaradas, torta burrera

y agua de panela.

Al final del partido, el burrito me 

subía al peñasco más alto de

Irapa para ver el descenso del sol

Como una lámpara de miel entre 

cordeles púrpura y moradas

crinejas y era la luna, de pronto

asomada frente a la ventana de mi

cuarto.

Desde allí escuchaba el tremolar 

de olas del mar Caribe y aquello 

tan hondo y hermoso como los

sueños de mis siete años.

Un día tuvimos que marcharnos a 

la capital

y Cenizo se vino con la familia a

vivir en Caricuao, era mi

compañero de cuarto dormía en la 

litera de abajo y aquello sí que era 

echar cuentos hasta caer vencidos

por el sueño.

Ya crecido nos metimos en el 

Kansas City a beber cerveza y a 

escuchar a los poetas que venían

de los bloques de arriba, Cenizo

me decía ya es hora y pagaba la cuenta.

Hora de irse.

Mi amigo se fue a las Europas 

llevando correo por los Alpes. 

Tiene una novia muy linda en 

Suiza y una que olvidó en la finca

de Dolores.

Me escribe largas cartas 

nocturnas de pianos, coñac y 

gente que resume su vida en el

abismo de los puentes.

Ángel Custodio me dices que el

burrito vendrá para diciembre.

Necesito sea cierto si no viene no

puedo terminar

este poema.


****


Postal de la mujer


Aquella mujer atravesaba la ciudad

montada en unas largas botas de cuero.

Yo iba a su encuentro todas las tardes, 

volaba por los cables de las lavanderías

metido en una cabina telefónica.

Al pasar por la ventana de su apartamento

un último piso metido en las nubes 

hacía piruetas, toneles en mi aeroplano,

sacaba la cabeza y le gritaba:

Quiubo mujer obséquiame un dulce.

Ella abría la ventana, afuera el cielo era hermoso

como una bota lustrada.

Entonces buscaba el dulce de su dulcería

y me lo daba en la boca:

manjares de leche y turrones de maní, 

mistelas y guayabas almibaradas en licor, 

humitas deliciosas, cocidas a fuego lento, 

rojo del rojo enamorado que agradece la vista.

Yo me alegraba en mi aeroplano.

Ejecutaba acrobacias en el firmamento.

Esa mujer era hermosa contra el cielo de mi boca. 

Ardía como cien espadas en los hornos de la mañana.

Su cuerpo es tinta larga e infinita.

Un cántaro de miel en las noches del jinete. 

Le recuerdo, ayudaba a los balleneros del cielo

a escribir cartas de amor, letras heladas,

hacia los mares del sur.

Bordaba pañuelos para la guerra

envueltos en hojas de tabaco y oro.

La recuerdo aquella mujer de pólvora sagrada,

se la pasaba lejos de casa.

Aparecía en los sitios de Pichincha y Ayacucho.

Y de cuando en cuando en los poemas de Pablo Neruda.

Así lo escribí en mi bitácora de vuelo

separado de tus colinas:

el universo se expande en jalea rosa.

A lo lejos se oye la música de las esferas.

Dios nos mira boca abajo.

Mi Coronela mi Generala

vivías en un campo de batalla.


****


Postal del militante


Una extraña militancia.


En aquel entonces 

se iba al cine Baby 

De 3 a 5.


Siempre pasaban una de Cantinflas.


Él se salía de la pantalla 

en su globo aerostático 

con David Niven.


Una espesa niebla 

cubría toda la sala.


El globo flotaba entre paredes estrechas y lámparas de neón


hasta la venta de cotufas rosadas y de ese caramelo interminable 

llamado Cafetera.


En la oscuridad

las muchachas besadas tenían labios de mandarina

y luna de gasa.

Dentro de ellas todo brillaba en esferas de colores como la rocola 

del bar Las Tres Columnas.


El globo no se iba muy lejos, daba la vuelta por la intendencia naval, la iglesia La Milagrosa, el edificio Arrate y regresaba al cine cargado de nicotina y humo de la calle.


Se metía de nuevo en la pantalla y allí continuaba

en viaje sereno sobre cielos de rojas aberturas y nubes de miel derramada, perseguido por una luna quieta.


El rostro de Cantinflas se volteaba y nos hada un guiño, eso era la locura, silbaban, lanzaban aviones de papel, hasta que el globo se convertía en un punto diminuto en la pantalla cinemascope.

En la salida te esperaban

los muchachos de la guerra, farolitos de la seis de la tarde y pelotica de goma, pinta y campana.


Una luz de uva mojada

detrás de los Telares de los Andes reflejaba dos letras temblorosas

Ocho poemas de Manuel García (Max Bembo)

Autor: Hernán Méndez Delgado (2023)


1.


Quien ama sufre

el viento de las tempestades

y el alivio del amor divino


Tu pudor no es distancia,

es música sutil 

que me obliga a la cordura.


Prefiero la penumbra de tu entorno

el misterio de tus senos

que se asoman bajo tu blusa

la línea perfecta de tu cuello 

donde el aire se detiene

cuando estás en la computadora


e imagino la seda de tu piel escondida

como un manuscrito 

que se lee en voz baja,


no hay vulgaridad 

en lo que sea que nos arrastra,

porque esta atracción nació 

de las lecturas y la calma.

Es un erotismo del pensamiento,

donde nuestros cuerpos 

son una página en blanco

y la tentación de escribir

una fuerza libre y desatada.


Con la solemnidad de quién sabe

que el verdadero amor 

es una forma de justicia.


Un milímetro apenas nos separa

ante el miedo inocente que me tienes,

ese que es mitad respeto 

y mitad deseo contenido.


La inspiración sigue fluyendo

como para tentar a un santo


2.


Tu cuerpo es una patria hermosa 

que se defiende con el silencio.


Yo no soy el invasor 

que busca aprovecharse

soy el caminante que admira 

el relieve de tus colinas.

Y la pureza de tus recursos

Bajo el pliegue de tu blusa 

late el universo,

un latido de emoción

que se repliega cuando me acerco.


Por eso me quedo aquí

en la orilla de tu paz

ofreciendo un fuego que reconforta

pero no consume.


3.


Había una línea perfecta entre nosotros,

una distancia de cortesía y años acumulados.


Bastaron unos segundos de trepidación,

un crujido ronco 

viniendo desde el fondo de la tierra,

para que la caja de Pandora se abriera


y por esa grieta se nos escapó el secreto:


estoy irrevocablemente roto por ti,

y ya no hay muro de contención

que me detenga.


4.


Poeta de linaje

malandro a carta cabal

Un auténtico Dios

en su dimensión humana


Puedo volverme invisible

rezando una oración

suspenderme en el aire

caminar sobre el agua


O transmutarme y resurgir

con un nuevo orden de ideas

quizás un rostro distinto

inmaculado

sin mayores adjetivos.


5.


Para llegar hasta ti


tuve que arrastrarme

como si hubiera

fuego cruzado

sobre mi cabeza


Tus ojos

me confunden con alguien

esperando en la frontera


Detrás de esta sonrisa

no hay un solo recuerdo

que no me duela

en alguna parte.


6.


Llevaba siempre

un libro en la mano


Como una vela

para iluminarse


Como un arma

para defenderse.


7.


Cuando leo mis poemas

en voz alta

Mi perro

pleno de curiosidad

se sienta y presta atención


Unas veces ladra

otras aúlla, gruñe

bosteza o mueve la cola


Mi mejor psiquiatra

siempre fue la poesía


Mi mejor crítico

mi perro.


8.


Entre tanto libro de cocina

Métodos de autoayuda

y manuales para el orgasmo


Tranquilos


Mi poesía

no representa

un peligro

para nadie.


***


Manuel García (Max Bembo). Nacido el 5 de julio de 1958 en la ciudad de Los Teques, desde 1967 reside en Las Tejerías, municipio Santos Michelena del estado Aragua, Venezuela. A finales de octubre de 1975 abandonó los estudios para dedicarse a las actividades culturales. Empezó componiendo canciones con los maestros Torres Molina y Juan R. Martínez y como poeta tiene las siguientes publicaciones; Psituaciones, Perredad, Inventario, Meta(Amor)Fosis, Con todo y gran cantidad de material inédito, aparte de varias antologías y ha contribuido como facilitador de talleres literarios en la formación de jóvenes y adultos durante varias generaciones. Desde el 2000 al 2006 fue director de Cultura de su pueblo y actualmente es coordinador del Sistema de Orquestas de su localidad.

jueves, 2 de julio de 2026

Siete textos de Alejandro Ramírez

Foto: Félix Barreto


1.


El aspirante


El aspirante cada noche se arrodilla frente a su cama y comienza a orar. Se levanta, se mira en el espejo. Cuidadosamente observa su espalda. El resultado es invariable, nada.

Reflexiona sobre su fracaso, descarta algunos aspectos. Una vez identificado el problema, se siente más tranquilo, se concentra más en su resolución. Después de muchas noches, mientras el aspirante duerme, el ángel baja desde el cielo. Entra por la ventana y se posa junto a su cama. El aspirante lo sueña tal cual es en ese instante. El ángel suavemente levanta las sábanas y le observa las alas que comienzan a despuntar. El ángel emprende el vuelo para regresar a la noche, pero va rogando por las alas del aspirante que no se rompan con la primera ventolera.


2.


Lluvia


Veo las espinas del sol 

a través de las espinas de la lluvia 

ella horada la piel 

y beso la herida

cuerpo 

del sagrado animal 

la lluvia se mueve con el cielo arriba 

camina sobre las calles de la ciudad 

mira a través de los espejos 

el frío viento que golpea.



3.


Discurso del ángel


Hubo un tiempo en que hubiera querido retroceder la historia hasta el punto en que se ha iniciado esta bifurcación malévola. Ahora nada es igual, se ha revocado mi sentencia a contar y a repetir infinitamente mi falta. Se me ha devuelto el inicio del camino: ya puedo volver a las paredes blancas, a los juegos aéreos de angeles huérfanos. Y pensar que por un momento quise abandonar mi nombre y mi sombra como restos de una dignidad inservible. Tal vez, en algún día de posible futuro, en algún lugar recóndito, una historia, una leyenda, palabras... hablarán de un ángel que recobró sus alas y ahora puede contemplar la tierra desde arriba. El remordimiento ha desaparecido. Mas no lo hice por las ilimitadas promesas de un esquivo paraíso de miel y vino. Fue la mujer que encontré parada en una esquina, me propuso una algarabía en mis sentidos cuando dijo: hago las posiciones que tú quieras, vamos al hotel. 

Ella, frágil, víctima y victimaria, casi transparente, capaz de romper el aire sin tocarlo, casi azul, toda feminidad. Silencio para ser preñado.

Ella pasó sin bajar los ojos y con la mirada pidió oro y mis alas a cambio de su cuerpo.


4.



Meditación antes del amanecer


Es como si el tiempo estuviera en el corazón de las cosas

el rocío que se evaporó esta mañana volverá con el alba

la brisa fresca hace murmurar las flores del apamate

la caída de los pétalos es innumerable

esta noche es como una de mayo

en el cielo hormiguean las estrellas 

el río irrepetible 

es lento y suave.


5.


Otra vez


Otra vez las playas ilimitadas 

los sueños y los pájaros 

y yo preguntándome 

si el amor está sembrado en el jardín 

si va a soltar su aroma de naranja y granada

solo me pregunto

si sabré reconocerlo en la plena desnudez del día de

su luz de canela y ámbar

su dulce aliento.


6.


Viene la noche


Viene la noche

y trae la brisa fría en los cabellos sueltos 

la noche viene dando tumbos en el cielo

carmín rojo en sus labios y sobre todo haciéndome sentir su latido cóncavo

Llega y hace un llamado de arena en mi ventana 

Se desliza por debajo de la puerta

y se levanta como una ola que emerge interminablemente del fondo del océano

Es un instante cuando el silencio es la melodia más asombrosa.


7.


Gota de nube 

amapola florece

es primavera

(Haiku)

miércoles, 1 de julio de 2026

El rugido de la tierra | Antología post sísmica venezolana

Ante la pérdida no hay consuelo, sólo el dolor. Se acepta el dolor y la realidad poco a poco va apareciendo, poco a poco. 

Alejandro Jodorowsky


En estos tiempos turbulentos se fermenta buen material para la creación. A donde mires algo está pasando y eso, aunque parezca malo, al final es savia elemental para el creador. Estamos viviendo tiempos venturosos...

Marcos Veroes Vegas


Escribir levanta los escombros del olvido. Escribir mantiene viva la memoria.

Skarlet Boguier


***


Minutos después de las 6:00 de la tarde del miércoles 24 de junio de 2026, nuestro país resultó afectado por causa de dos sismos consecutivos -de 7.2 y 7.5 en la escala de Richter- que en 39 segundos trastocaron de manera radical la geografía de nuestras ciudades, el silencio de nuestras calles y la tranquilidad de nuestros hogares. Ante el rugido de la tierra y el posterior desconcierto de las réplicas, las estructuras colapsaron, pero la memoria colectiva y la necesidad de arraigo se mantuvieron firmes entre las grietas.

Cuando la tierra calla, queda la palabra. Esta selección de textos reúne las voces de diversos poetas, narradores, cronistas y periodistas venezolanos que, conmovidos por el dolor, el asombro y la pérdida, recurrieron a la palabra escrita como el único refugio capaz de ordenar el caos. A través de sus obras, el lector encontrará un mapa de la resiliencia: testimonios de la noche oscura que envolvió a nuestras regiones, el eco de los llamados de auxilio, la mirada puesta sobre el polvo de los edificios caídos y, sobre todo, el abrazo solidario que surge en medio de los escombros.

Los textos de El rugido de la tierra no pretenden sólo registrar la herida de aquel junio que nos marcó para siempre, sino también tender un puente hacia la reconstrucción emocional de un país que, aún tambaleante, vuelve a levantarse. Estos escritos son la prueba de que, cuando el suelo falla bajo nuestros pies, la palabra nos sostiene.


Rafael Ortega



***



Mi gato enloquece 

trae un pez en los dientes 


Eso quisiera 


Limpio y saco las entrañas


Agallas rosas


Maniobras rosas


Mi gato salta a la ventana 

el pez se mete por su oreja

muerde su garganta 


Debe notar la diferencia 


Lame sus patas 


Estruja su bigote 


Maúlla


Piensa que los peces 

salen del grifo


La réplica 

vuelve a azotar la casa 


Mi gato salta al vacío 


Mi mano no lo alcanza


Ahora llora como un niño 


En una oración interminable

mi gato comienza a contar las horas


Los peces muerden sus ojos


Freddy Borges


***


1.


Un perro ladra entre los escombros 

un taladro y unas manos escarban

y cosechan el milagro de la vida


2.


La convulsión del horizonte 

rompió el músculo de 

la tarde 

y nos hirió de angustia y de dolor


Elí Caicedo



***


Los pájaros, 

los invisibles, 

pueden huir 

del temblor de la tierra, 

ser otra morada, 

ser aire,

otro tipo de verdad.


Cristóbal Camejo


***


Sé que donde estás

te diste cuenta de que tembló 


Sé que me viste 

y no te asombró mi actitud,

porque en instantes anteriores

de suaves movimientos de la tierra,

me comporté 

como si no estuviera ocurriendo nada.


Pero por dentro 

mi corazón se quebraba

ante esa amonestación de la naturaleza.


Sé que ella nos marcó

con una cruz de ceniza indeleble

como símbolo de reconocimiento

entre los que este 24 de junio

estábamos en nuestro país,

en nuestra casa.


Hoy, al declinar la tarde

en decúbito supino,

miro los tabelones

y las vigas del techo

de mi habitación 

y vuelvo a recordar

este nefasto día de junio;

día del Santo de mi papá,

cómo mi cama y la lámpara

que pende del techo,

se movían con furia indescriptible

durante esos segundos interminables.


Mercedes Carmona


***


Lo inesperado


Gritos y llantos 

ahogan el paisaje 

de la creación


Padecimiento

sin hogares familiares

vidas marcadas


Pequeños somos

ante la furia

 de la naturaleza


El ser humano

es insignificante

para su poder


El templo fuerte

se llenó de miseria

Ruinas, escasez


Fue un oasis

Hoy transitan escombros

sombras, demencia


En el susurro

de la brisa quedarán

lamentaciones


Pasarán años

Brindar sueños después 

de la intemperie


Desde la unión

surgirán lazos 

que no se podrán romper


Forjaremos de nuevo 

un jardín con fe

y esperanza


Julia Yasmina Liendo



***


El libro 


Tras la ardua jornada

la señora busca consuelo o resignación 

en las páginas del libro

 

La realidad le espera

al final de la línea 

no obstante se quiebra 

en el trayecto del Metro 

donde consigue asomarse a la promesa 

de un paraíso por recobrar 

o a la advertencia de un destino de tormento


Saca el libro 

le es necesario

lo llevaba en la cartera

celosamente resguardado en polietileno

 

El libro contiene

una suerte de contrato

en caso de que quieras ser salvado


Rescataron

de entre los escombros 

el cuerpo sin vida 

aferrado al libro

lo entregaron a su madre

el hijo había firmado.


J.M. Llerena




***


Breves


Fui borrada 

por las manos 

de un fantasma.


II


Mi sombrero

fue lanzado 

a los campos 

del olvido.


-con calma-.


III


Una llama se extingue 

al crujir 

de hojas secas

en el viento.


IV


El reloj se paraliza 

en la soledad 

interminable 

de un jardín.


V


Palpitan corazones

en mares 

gelatinosos

de concreto.


VI


Chibchachum

sacude sus hombros

por 39 segundos.


VII


Una ciudad 

llena de escombros 

pide silencio.

Ysbel Mejías



***


Aquí en el ambiente hay confusión, una mezcla de sentimientos, tal vez algunos son nuevos. Todos vivimos en incertidumbre, caminan con miedo; miran con asombro, dolor, desconfianza del piso que tocamos. Todo se nos mueve, no sólo por las réplicas, también por el shock no superado de dos terremotos de 7.2 y 7.5, así como las más de 400 réplicas que se han producido. 

Mi adrenalina ha estado a millón y no me ha permitido asentar los sentimientos, full trabajo en el canal. Informamos lo que pasó, pero tratamos de difundir calma ante el desasosiego.

Subir y bajar los 17 pisos hasta mi apartamento no ha sido lo más difícil, lo ha sido ver las grietas de las paredes de las áreas comunes en los pisos inferiores, tener la percepción de que se abren cada vez más... quizás lo imagino, no lo sé.

Para nosotros, los venezolanos, el humor es parte de nuestra existencia, pero hoy, al entrar a un establecimiento a comprar pan, alguien bromeó con la frase "morir todos" y nadie sonrió. Creo que después del 24 de junio de 2026, día en que conmemorábamos los 205 años de la batalla que selló nuestra independencia, corroboramos que siempre seremos dependientes de la incertidumbre de la naturaleza.

No hemos cumplido el año desde el bombardeo del 3 de enero, cuando todo vibró por helicópteros y bombas, y nos damos cuenta de lo vulnerables que somos, no sólo por las fuerzas extranjeras, sino también por nuestra posición geográfica. "Doblete sísmico" le llaman, "doble terremoto", en fin, el nombre que sea dejó una herida en el alma, por quienes murieron, por quienes aún luchan entre escombros o sobre los escombros con la esperanza encendida; por aquellos que el pasado 24 de junio se les desdibujaron sus recuerdos, sus sueños, su vida... Hay que construir de nuevo, como aquel 3 de enero, como el 15 de diciembre de 1999, como el 11 de abril de 2001, como el 27 y 28 de febrero de 1989, como entre 2013 y 2017 por toda la escasez, como los deslaves del 2011, como los disturbios, como tantos...

Aquí, en la capital, algunos siguen aferrándose al Mundial para darle respiro al alma. El sonido de Google, lejos de alertarnos del terremoto, nos dejó un estímulo condicionado que hace sobresaltarnos cada vez que suena el celular. Tal vez esto es cotidiano en Chile, México, Filipinas, para nosotros no, para nosotros no. La generación que vivió el terremoto de 1967 dice que aquel año no fue igual. Como en el deslave del 99 todos tenemos a alguien que pereció en La Guaira o que aún está entre los escombros.

Venezuela, la nación de la alegría, hoy está asustada, agradecida por las manifestaciones de apoyo, pero inevitablemente aterrada. Un río en Portuguesa clama su espacio y una montaña en Trujillo se quema, mientras tanto en el norte las placas no dejan de ajustarse y el corazón se acelera.

Vamos avanzando y con la mano en el pecho confiando en que todo esto pasará rápido, por lo menos en el plano real pues en nuestras mentes pasarán décadas para que nuestra placa tectónica interna cese...


Natcha Méndez, periodista


***


1. 



Cae la tarde 

triste como la sombra 

pesan las nubes


2.


Lloran las almas 

después de la tragedia 

hay esperanzas.


3.


Hay mucho dolor 

se respira tristeza 

la muerte ronda.



Liris Miyares



***


Era un 24 de junio

en Venezuela,

el día cerraba su puerta,

la noche abría su cuerpo...

La tierra gemía 

estremecida

tembló y volvió 

a temblar

y quedamos 

tan impactados,

desesperados...

El llanto corrió 

como río crecido 

por lo que vivimos 

nosotros y otros

vecinos y compatriotas, 

víctimas y fallecidos

hermanos de la patria.


Belén María Pacheco Ayala


***


El asfalto convertido

en oleaje imposible,

trae ruido, trae pánico,

el cielo derrumba

certezas

gritos, clamores, 

derrumbes de la

esperanza

Silencios nerviosos,

miradas buscando

explicaciones,

la incertidumbre

de la muerte

es lo único que sabemos


Julio César Pérez 



***


Entre santos, héroes y escombros 


El 24 de junio en Las Tejerías siempre ha sido una jornada donde el misticismo y la historia se abrazan sin pedir permiso. Desde las primeras luces del alba, el repique del tambor despertó al pueblo. Las cofradías de San Juan Bautista, con sus pañuelos rojos y altares floridos, tomaron las calles en un sangueo cadencioso. El ritmo parecía brotar del asfalto mismo, un latido colectivo que celebraba la vida, la fe y la herencia indomable de la costa.

Mientras en Las Tejerías el santo bailaba al son de los cueros, en el oriente del país, en la población de El Tigre, el aire vibraba con una solemnidad distinta. El Día del Ejército y el aniversario de la Batalla de Carabobo se conmemoraban con un imponente desfile cívico, militar y estudiantil. El paso firme de las botas, el brillo de los uniformes y las banderas ondeando al viento rendían tributo a la gesta que fundó la patria. Dos realidades venezolanas, la sagrada y la heroica, transcurrían en un espejo perfecto de identidad. Hacia las dos de la tarde, el recorrido de los sanjuaneros alcanzó su clímax frente a la Alcaldía. El calor de la tarde no amilanó a la multitud; al contrario, los tambores retumbaban con una fuerza frenética que guiaba el movimiento libre y alegre de las caderas de las muchachas, cuyo baile hipnotizaba a los presentes.

Ese repique fue el puente perfecto para conectar con otra gran celebración del día: el cumpleaños del Alcalde. Las puertas de la Casa de la Cultura se abrieron de par en par para recibir al pueblo. Adentro, la atmósfera era de pura algarabía. La música en vivo contagiaba a todos, mientras las bandejas de comida y los vasos de bebida circulaban sin cesar. El alcohol, la risa y el júbilo colectivo crearon una burbuja de desconexión total donde el mundo exterior simplemente dejó de existir. 

A eso de las seis de la tarde, la fiesta popular rozaba su momento más tierno y tradicional. 

La cronista Carmen Rojas, respetada por salvaguardar la memoria del pueblo, se acomodaba frente a la piñata, con el palo en la mano y la sonrisa dispuesta, lista para desatar las risas de los presentes.

Entonces, el tiempo se congeló. Un bramido subterráneo, sordo y violento, ahogó la música. El suelo de la Casa de la Cultura se sacudió con una furia imprevista. Para quienes ya sentían el peso del alcohol en las venas, los primeros segundos parecieron una pérdida pasajera del equilibrio, un vaivén mareado que pasaría rápido. "No es nada, una sacudida más", pensaron algunos entre la bruma del festejo. El temblor cesó en un suspiro, dejando tras de sí un silencio espeso, interrumpido solo por el tintineo de las botellas y los murmullos nerviosos.

Pero la ilusión de la normalidad se pulverizó en menos de una hora. La realidad irrumpió como un golpe seco en el pecho. Los teléfonos, las transmisiones de radio y las voces desesperadas comenzaron a tejer una crónica de terror que nadie quería creer. Lo que en Las Tejerías se sintió como un susto pasajero, en el resto del país se había transformado en un cataclismo.

Las noticias que llegaban de la costa eran devastadoras: el suelo firme se había convertido en una trampa mortal. En La Guaira, las estructuras no resistieron; el dolor se multiplicó al confirmarse que más de 200 edificios se habían derrumbado, transformados en montañas de escombro, polvo y lamentos. La línea del horizonte caribeño se desfiguraba entre columnas de humo y el eco de las sirenas.

El pánico se extendió como la pólvora por toda Venezuela. De oriente a occidente, los reportes repetían la misma pesadilla de infraestructuras colapsadas y vidas sepultadas bajo el concreto. En la Casa de la Cultura de Las Tejerías, la música ya no volvió a sonar. Los rostros, antes encendidos por la fiesta y el licor, se tornaron pálidos y desencajados. El 24 de junio, que había comenzado con el canto devoto a San Juan y el orgullo de Carabobo, cerraba sus cortinas envuelto en el luto, la incertidumbre y el llanto de una nación sacudida hasta sus cimientos.



Ana María Rodrigues Macedo, cronista



***


1.


Tiembla la tierra 

respondiendo con rencor

el hombre corre.


2.


Sufre la tierra

con heridas profundas 

y grandes daños.


3.


La tierra llora

siente graves heridas

pide ayuda.


4.


Honda tristeza

circula por sus venas

crece el dolor


5.


Se perdió la sonrisa

sólo existe dolor

no brilla el sol.


6.


No cantan las flores

sus pétalos se duermen

se opaca el sol.


Marina Sandoval



***


Cruje la costura que amarra los dos edificios gemelos y el aire se llena de un silbido denso, vertical, geométrico. Atrapado en el núcleo de la estructura, bajo el ángulo ciego del marco de la puerta, mido el abismo en metros y segundos. A quince metros de altura el tejado se desgarra a dos aguas, liberando una granizada furiosa de proyectiles de arcilla. Son veloces hachas de tierra, cuchillos de fuego frío que descienden en picada libre, acelerando su gravedad asesina a setenta kilómetros por hora. Estallan a mi izquierda, trituran la piedra a mi derecha, rozan el límite exacto donde termina mi piel y empieza la nada. El tiempo se estira, se deforma, se vuelve una masa interminable de estrépito y polvo rojo. Y sin embargo, en el centro mismo de esa tormenta letal, bajo el umbral que resiste, el terror se disuelve en puro asombro. La cercanía de la muerte no congela; al contrario, es un chispazo eléctrico, un recordatorio violento y absoluto de la propia carne, un saludo del abismo que, de pronto, vuelve la experiencia más vital. Nunca estuve tan expuesto, nunca estuve tan despierto. Esto no es un poema todavía; es el pulso que regresa, el miedo transformándose en canto, poco a poco, de temblor a temblor.


Roberto Santana


***


Sismo


Oleaje de lo rígido 

en casa

fractal en vitrales 

de vidas caen 

y a su vez se salvan.


Somos marionetas 

con hilos cortados 

al azar.


Un curso de milagros

tenía razón:

"Lo material tiene vibras 

y lo rígido se vuelve flexible".


Amo y perdono 

sin miedo 

me voy 

entre los escombros...


¡Ya no vivo 

en tensa calma!


¡Es mi paz certera 

QEPD yo!


Revivo en solidaridad 

entre cadenas 

de oración y de favores


Somos todos 

constelaciones estelares, 

donde Dios 

vive la experiencia 

en nosotros:

duelo en todos sus prismas,

vamos digiriendo

el nuevo sistema 

de nuestra cadena 

alimenticia fraternal.


Canto a mis células

para sanar:

 tu en mí y yo en ti.



Aimée Torres


***


1.


Tsunami de cuatro patas


En medio del gran dolor que invade al venezolano, ha surgido un Súper Héroe en labores de rescate, que no usa casco duro ni gruesos ni largos mecates, se trata de un animal vestido de blanco y negro, que es el mejor rescatista mencionado hasta el momento, se trata de un noble perro con nueve años de edad, que en estos dos terremotos ha sido de gran ayuda en la golpeada ciudad, en Caracas fue vital para olfatear atrapados, en La Guaira su labor ampliamente difundida, por la forma tan veloz como ubicó gente herida, Tsunami lleva por nombre, su raza viene del Border Collie, entrenado por bomberos y cuerpos profesionales, que han hecho de este canino el miembro más efectivo en cuestión de salvamento, Venezuela aplaude en pleno la actuación del gran Tsunami, por ser ejemplo viviente en esta hora tan triste, dando muestras increíbles de valentía y coraje.


2.


La voz del dolor


En el dolor hay vacíos, no existe entendimiento, la duda nos invade y el llanto habla el lenguaje del débil corazón, todo parece oscuro, el alma se nos nubla y tan sólo preguntas desfilan en la voz.



Luis Valero, escritor y periodista 


***


Para los que partieron sin despedirse


No te conocí.

No supe el color de tus ojos,

ni el tono exacto de tu risa,

ni qué sueño te desvelaba la noche anterior.


Pero la tierra tembló,

y dolió en el mismo pecho.

Porque el dolor no pide cédula,

ni el luto necesita conocer el rostro.


Somos la misma raíz que se sacude, el mismo suelo que, al abrirse, nos arranca un pedazo de futuro.


Hoy no lloro una estadística.


Lloro la taza de café que quedó llena, la puerta que no volvió a cerrarse, el abrazo que se quedó a mitad de camino.


No son cifras que borra el viento, son luces que cambiaron de altar.


La tierra se movió un momento...

¡Y ellos se mudaron al mar!

Vuelen alto, almas sin nombre,

vecinos de la misma herida.


No los conocí en la vida,

pero los guardo en el alma

para que no los toque el olvido.


Alis Teresita Velasco


***


Esperanzas


Manos que se buscan 

entre los escombros,

olvidando el miedo,

levantando el alma;

el peso del mundo 

se carga en los hombros;

el esfuerzo compartido

nos devuelve la calma.


No hay extraños 

en esta tierra herida,

solo hermanos que tejen 

una red de acero,

cada vida salvada 

es luz bendecida,

cada rescate, 

un abrazo sincero.


Del polvo brotan  

fuerzas latentes,

un lazo invisible 

que el sismo no quiebra,

ver al pueblo unido y valiente,

que de los escombros renace 

y la vida celebra.


Emalida Viloria