-Ingrid Chicote-
Los límites de mi lenguaje son los limites de mi mundo
Wittgenstein
La subjetividad siempre ha sido una de las ventanas por las cuales nos asomamos al mundo. Gracias a ella hemos logrado, como humanidad, acercarnos a la observación que dio nacimiento al Método Científico, pero antes de éste la humanidad ya observaba, clasificaba y explicaba. Sin embargo, la ciencia, tal como la conocemos hoy, no nos explica muchos de los fenómenos personales y sociales del mundo moderno. Esto siempre ha sido así. Por eso nos refugiamos en los mitos y en las creencias para hacer más llevadera la época en que transitamos.
Muchas veces me he preguntado porqué, a pesar del rigor científico por el cual han sido tamizadas muchas creencias, seguimos buscando en conocimientos ancestrales esa rendija por la cual asomarnos para serenar nuestra ansiedad o nuestra angustia. ¿Por qué han sobrevivido estas creencias a pesar de que a partir de la Revolución Industrial y la Revolución Científica de los siglos XVII y XVIII, el pensamiento académico adoptó el método empírico y el principio de falsabilidad para degradar estas observaciones ancestrales?
La ciencia habla de falta de mecanismo causal probatorio y de sesgos cognitivos y reproducibilidad, demostrados por el efecto Forer (o Barnum): "la tendencia humana de aceptar descripciones imprecisas y generales como si fueran altamente científicas y el sesgo de confirmación".
Quizás el rigor científico necesita imponer sus razones sobre esas relaciones que aún nos quedan como remanentes de nuestras creencias primitivas, que nos hicieron sobrevivir a catástrofes naturales, hambrunas, epidemias, guerras, persecuciones, muerte. Quizás la humanidad conserva dentro de sí, esa llama interior que la sujeta a la esperanza de que las cosas pueden ser extraordinarias, esperanzadoras o pueden ser más vivibles.
La vida es breve y para ella no hay un guión: es experimental.
A pesar de la descalificación científica la Astrología y el Tarot están más vivos que nunca en la actualidad. También lo descalifican las religiones. En estos actos de supremacía del conocimiento ¿Acaso existe alguna intención política de amasar la verdad dentro de sus parámetros? ¿La verdad tiene un solo lado? ¿Para qué nos sirve la observación? ¿para qué nos sirve la subjetividad? ¿La religión que descalifica la existencia de las creencias, tiene una línea directa de autoridad con lo superior?
Son preguntas que siempre me hago porque todos estamos en este mundo intentando darle sentido a nuestra trama existencial y cada quien busca la manera de nutrir sus expectativas hacia la esperanza o hacia el miedo para sobrevivir en la maraña que nos asfixia. Vivir en el miedo también nos hace sobrevivir ¡pero a qué costo!
Carl Jung nos habló de los arquetipos y del mecanismo de proyección psicológica por medio de los cuales las figuras del tarot y los signos zodiacales funcionan como espejos arquetípicos del inconsciente humano. De esa manera y a través de ellos, podemos estructurar relatos internos, procesar dilemas emocionales y dotar de sentido a la incertidumbre.
Creo que todos queremos darle significado a la existencia: a la nuestra.
La ciencia describe cómo funciona el Universo pero no responde para qué estamos aquí, no nos explica cuál es nuestro propósito en la vida, por lo cual los lenguajes simbólicos ancestrales nos ofrecen un marco de sentido que nos conecta individualmente con el cosmos. Es por ello que las creencias perviven en el inconsciente colectivo humano; nos permiten conservar ese espacio donde lo poético, lo intuitivo y lo metafórico conviven con el pensamiento lógico-racional y abren un espacio de esperanza: donde la religión genera miedo, incertidumbre y pesimismo ante el futuro, el mito y el rito nos permiten la libertad de generar nuevos lenguajes, basado en la conciencia espiritual que viaja de generacion en generacion.
Cada quien lo hace a su manera, desde el respeto. Creo que allí está la clave.
Creo que la rigurosa observación empírica de la naturaleza, permitió a los astrónomos babilonios, hace más de 3000 años, registrar con precisión matemática los movimientos de los astros y su correlación con los eventos naturales: las estaciones, los eventos climáticos, los eclipses y todo lo que pasaba en el cielo. Creo que ellos observaron que todo lo que sucedía en el cielo también ocurría con los seres vivos, incluyéndonos y por ello también comenzaron a observar la naturaleza humana a partir de los ciclos celestes.
Gracias a los griegos y a sus sistematizaciones de esta observación babilónica, en el siglo II-I a.C. integraron conceptos filosóficos y matemáticos y dieron origen a la carta astral. Podemos decir entonces que el origen de la astrología es el punto de partida para estudiar el comportamiento de los grupos humanos y constituye una de las puertas de entrada más reveladoras hacia la psicología social, la antropología y la sociología de la religión.
Nos sitúa en la sincronización grupal ya que la astrología primitiva permitió regular la agricultura, las migraciones y las festividades.
Al compartir el mismo calendario cósmico, el grupo humano coordinaba sus conductas, lo que fortalecía la pertenencia y la estructura social.
La astrología permitía - y sigue permitiendo - la reducción de la angustia colectiva porque las sociedades arcaicas enfrentaban los embates naturales (las estaciones con sus consecuencias) y aún nosotros vivimos en esa misma angustia, aunque no hacemos caso de las advertencias que vienen con los ciclos. Asì pues, la astrología nació como un intento de proyectar orden en el caos; si el cielo tiene leyes y ciclos, la Tierra también.
Esa certidumbre compartida, disminuía la ansiedad colectiva y al permitir la organización social.
Los astrólogos helenísticos - griegos - fueron los primeros en realizar un modelo de clasificación psicosocial, caracterizando el comportamiento del otro, ordenándolos dentro de un lenguaje, basado en los elementos de la naturaleza: agua, aire, fuego y tierra, lo que permite darle explicación a las individualidades y estructurar roles sociales o expectativas de conductas.
Así surge el pensamiento simbólico: Como es arriba, es abajo, dice el Kybalion. Así fue que aprendimos a vincular fenómenos distantes con dinámicas internas y desarrollamos - como sociedad - un lenguaje común, una capacidad abstracta para el arte, la cultura y el mito.
Entonces ese lenguaje astrológico y tarotista es una antigua semilla que aún crece dentro de la humanidad y en las èpocas más nefastas, es el conocimiento ancestral lo que nos permite sobrevivir a tanta guerra, inopia y anomia, vinculándonos con la esperanza y la construcción de nuevos ritos que nos permitan mirar el presente mediante la abstracción, que en lugar de hundirnos, nos pueda salvar.
Los antiguos y sus conocimientos, sus metáforas, sus investigaciones, sus observaciones siguen viviendo en nosotros, anclados en el inconsciente colectivo.


















