-J.M. Llerena-
Sus amigos se alejaron con dificultad a través del barro y la lluvia. Condiciones desfavorables para la pesca. Miró la navaja que sostenía en la mano, luego las toscas letras recién esculpidas en la corteza del árbol.
A último momento se le ocurrió rodearlas con un corazón. De pronto, en medio del fragor de la tormenta, oyó su nombre. No hay tiempo para el corazón, alguien puede venir.
El aire se colmó con el olor a hierba y tierra mojada. La copiosa lluvia saturó la fronda del árbol, y las pesadas gotas se confundieron con sus lágrimas. Es tan distinta y tan parecida a todo. Cada rostro me recuerda el suyo. Cada nombre tiene algo de ella.
- ¿Qué haces? – lo sorprendió uno de sus amigos -. ¿Acaso no la dejaste partir?
- Yo la dejé ir, pero ella a mí no. Vamos.
Y allí, en ese lago olvidado por Dios y por la mayoría de los hombres, grabada en grotescos caracteres sobre la corteza de un árbol, quedó su felicidad resumida.
* * *
Al concluir la lectura, Manuel despidió a los asistentes al taller de poesía que, por alguna extraña razón, se congregaron en este cruce. Recogió sus cosas (incluyendo unas latas vacías de cerveza) y las guardó en la mochila.
Permaneció un rato más, intercambiando impresiones con algunos que se resistían a irse. Después, como aún tenía trabajo pendiente, propuso seguir la conversación en la oficina.
A cierta altura, 360 grados de campo visual podría considerarse una ventaja. En realidad, es una molestia permanente, y más si se está fijo en un sitio y la mayor parte del horizonte es concreto.
Constituye un alivio tremendo posar la atención de vez en cuando en algo tan placentero como el letargo de la lluvia o la voz de los poetas en medio del caos citadino.
Más tarde, Manuel y un par de muchachos pasaron por la acera de enfrente, tembleques, tropezando unos con otros, quizá borrachos de ordinario, o extáticos, embriagados por visiones angélicas, quién sabe.
Pero algo se llega a intuir, sobre todo si Manuel prometió mostrar a los muchachos un poema vivo y un ángel terreno.
En la ciudad, como en todas partes del mundo, existen accesos celestes, portales dimensionales que se abren en lugares inesperados, a menudo frecuentados por seres maravillosos. Sólo hay que permanecer atentos. Eso lo saben los poetas.
De esto ya hace mucho, sin embargo, jamás olvido el relato que leyó Manuel aquel día.
Hace poco se acercó a mí un muchacho, un arlequín de semáforo, talló un corazón y un par de nombres, uno femenino y otro masculino (lo sé por la intensidad del contacto y los trazos del vidrio). Desde entonces me siento más próximo a la historia. Ahora es la más hermosa de mis cicatrices.
Manuel casi ya no pasa por aquí, camina por la acera de enfrente, dónde está su oficina, no muy lejos, allá en un bar - insólita ubicación para una oficina, por cierto -, pero cuando lo hace, y si el viento está a mi favor, le dejo caer una hojita encima de un hombro, o en la calva. Es mi manera de saludarlo, aunque él no lo note.

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Rafael Ortega