sábado, 4 de julio de 2026

El rugido de la tierra (II) | Antología post sísmica venezolana

Diseño: César Blanco


Ante la pérdida no hay consuelo, sólo el dolor. Se acepta el dolor y la realidad poco a poco va apareciendo, poco a poco. 

Alejandro Jodorowsky


El acto de escribir es más que plasmar palabras; es un gesto de abrazo hacia aquello que no podemos ver. 

 María Negroni


Frente a la violencia, el verso ofrece un refugio.

Czeslaw Milosz



***


Los días han transcurrido desde aquella tarde de junio de 2026 que fracturó nuestra geografía, pero el eco de los 80 segundos que transformaron a Venezuela sigue resonando. Si la primera edición de esta antología nació como un refugio de urgencia frente al caos inmediato, esta segunda entrega se levanta como un testimonio de permanencia: la prueba irrefutable de que las cicatrices, lejos de olvidarse, se transforman en memoria viva.

En esta edición se profundizan las voces originales y se suman nuevos textos, crónicas y poemas que ya no sólo miran el impacto del colapso, sino el milagro de la reconstrucción y el arraigo indomable de quienes levantaron los escombros. Con una mirada más reposada pero igual de conmovida, estos textos registran la maduración de nuestro duelo colectivo y el triunfo de la solidaridad sobre el olvido.

Cuando la tierra calla, queda la palabra; pero cuando el tiempo avanza, la palabra se convierte en historia. El rugido de la tierra sigue siendo ese puente necesario hacia el encuentro y la sanación de un país que se niega a la amnesia. Estas palabras son la certeza de que, aunque el suelo falle bajo nuestros pies, la memoria y el abrazo fraterno de los venezolanos siguen siendo nuestro cimiento más inquebrantable.


Rafael Ortega


Corrección de textos: Manuel Cabesa 


Foto: Donaldo Barros Velásquez

***


7


Siete días con el alma suspendida,

siete noches de mirar al suelo,

reclamándole a la tierra la vida

que nos arrancó de golpe, sin consuelo.


No hay resignación en este llanto,

lo que hay en el pecho es pura furia,

un coraje sordo que duele 

ante la muerte, el lodo y la penuria.


Dos mil nombres que se volvieron viento,

dos mil historias que el polvo sepultó,

no hay rezo que calme este tormento

ni olvido para el día en que todo tembló.


La tierra ruge, pero el pueblo grita,

con las manos rotas de tanto escarbar,

esta tristeza, es la fuerza que nos habita

la que entre las ruinas nos va a levantar.


Gersilmar Araujo


***

Título: Señal carmín (2026)

Autor: Leonardo Blanco



Acto de miedo II


Fue descomunal e inaudito 

San Juan Bautista lloró 

no hubo fiesta, nadie bailó, 

el tambor quedó sordo,

el mar se alejó, 

las casitas de colores 

cayeron hechas terrón.


Arriba en el cerro El Cristo 

Redentor se fracturó 

y en sus pies 

su cabeza cayó.

Alguien movió el dial de la tierra, 

el reloj se congeló.


La tierra enfurecida tembló.

Dos golpes bastaron 

para que brotara

un monstruo invisible 

que se comía 

el concreto y el cristal.


Ella desesperada tomó 

mi mano y me abrazó, 

en una sola voz 

hicimos oraciones

al padre nuestro 

para la protección de los hijos.


Una herida se nos hizo, 

en las costillas, 

por donde el miedo se derramó 

  

Un nudo ciego se apoderó 

de la maqueta del mundo 

sufrió mucho junto 

a los que partieron 

y sobrevivieron.


Ahora vamos camino 

a bajar nuestro destino, 

que de una rama aún cuelga, 

buscaremos un rato 

de luz que nos guíe 

adonde tiene origen el arcoiris.


Una señal viste de carmín 

la infinitud del firmamento

ya no me preocupó más,

siempre habrá alguien 

que despeje las interrogantes.



César Blanco


***


La timidez de los árboles


Nacieron en el mismo baldío, uno frente al otro y fueron creciendo paulatinamente como extraños. Apenas si notaban que llevaban un ritmo de vida parecido; concentrados cada uno en lo suyo dejaban pasar los días mirando a su alrededor y el allende: pero no se veían entre sí. Eran indiferentes porque eran parecidos y se preguntaban ¿para qué necesito alguien parecido a mí? Necesito de las aves y sus trinos, del viento que bate mis hojas, de la lluvia que humedece mi raíz, pero no de otro como yo. Y en silencio sus troncos se ensanchaban y se volvían robustos, pero ellos no intercambiaban ninguna impresión al respecto.

Llegaron con el tiempo a rodearse de frágiles casas hechas con cualquier material y personas de distintas edades; y allí donde antes era un baldío ahora se escuchaban voces humanas, risas de niños, el paso aletargado de los ancianos y el llanto de los amantes nocturnos. Cada uno tenía su propia opinión de lo que acontecía pero no la compartía con su semejante. Eran dos árboles tímidos, sentían pena de haber envejecido sin conocer otra atmósfera que la del humilde baldío, ahora habitado, donde habían crecido hasta volverse fuertes y frondosos. 

Pero cierta tarde sucedió un terrible temblor y sus ramas batieron con un furor enloquecido; las gentes salían de sus casas que se venían abajo como castillos de naipes en medio de gritos y desesperación.

Los dos árboles quedaron solos a la intemperie como cuando nacieron. No sintieron miedo, sin embargo, porque cada uno sabía que el otro estaba allí. Y aunque nunca habían intercambiado palabras se tenían. De pronto un golpe de viento hizo que sus ramas se cruzaran, se rozaron por primera vez en toda su vida... Había faltado aquel roce para darse cuenta que habían estado siempre juntos sin saber cómo o para qué. Mirando lejos hacia el paisaje, cuando el paisaje de sus miradas nunca había sido pintado por mano alguna. 

El sismo pasó y ellos quedaron allí, un poco resquebrajados, mirándose en silencio, tímidamente, como si fuera la primera vez. Las gentes fueron llevadas hacia los albergues, y ellos los miraron partir dejando los escombros atrás; habían quedado solos como cuando nacieron, pero ahora se tenían mutuamente: dos tímidos árboles hermanados en la soledad del mundo. 


Manuel Cabesa


***


La asfixia es tenebrosa

al abrir descomunalmente 

el suelo su boca


Somos el eco del cosmos 

en la lengua del globo terráqueo 


Los cuerpos atrapados en él 

no logran sostener la vida 

y el desespero rechina 

cuando se presenta 

la condena infinita 

de toda la tierra 


La vida insiste en salir 

entre las grietas

mientras lo edificado 

por las manos del hombre 

se vuelve polvo 

escombro y ceniza 


Se clama a Dios

con Mayúscula 

y el cielo remotamente 

guarda silencio 


Sentimos el rugido 

de un no sé qué 

de un bombardeo geográfico 


Todo se calla

no hay piedad alguna 

ni milagro de origen 

y el susto se presenta sin filtros 


El horror no es un suceso aislado

se torna en ciclo indetenible

y el universo mientras tanto 

nos muestra su indiferencia 


Guillermo Cadrazco


***


Los ojos de la tarde

lloran inconsolables

las heridas de la tierra.



Elí Caicedo


***


Día 9


Afuera y adentro es lo mismo: Dios sea entre nosotros. Hemos visto rescatar personas, hemos enterrado gente querida, hemos sido impulsivos y pacientes, solidarios y egoístas, brutales e inteligentes pero estamos juntos y en todas partes. Hemos logrado unirnos en una misión: la vida de los afectados.

Lidiamos entre la verdad y la mentira, entre la miseria humana y la inteligencia, entre nuestras convicciones y las ajenas. Está dicotomia nos hace un poco difícil centrarnos en lo obvio: la vida y la muerte.

Quienes estamos aquí, miramos de cerca. Quienes están afuera, también sufren mirando. No podemos seguir profundizando a través de las brechas emocionales. Bastantes pensadores han dicho y estudiado (Kurt Lewin y Goebbels ) que las emociones colectivas son un caldo de cultivo para desenfocarnos de lo esencial: la esperanza.


Hermanos de aquí y de allá:


Cualquiera que sea tu convicción la verdad es que estamos de tránsito por esta vida. Colabora haciendo el bien. No caigamos en provocaciones. Bastante daño hemos sufrido en lo colectivo con el odio que separa, con el egoísmo y las mentiras.

Estamos aquí para ser útiles. Qué Dios, la energía divina, los Orishas, Buda, aquello dónde pongas tu fé, te de paz. Y si no crees en nada, que en tu corazón vibre el amor y respeto por los sufrientes. Son ellos quienes nos necesitan...


Ingrid Chicote


***




Techo intacto, alma rota


Ninguna teja de mi techo cayó,

ninguna herida abierta 

está en mi piel,

y sin embargo, 

estoy rota de alivio.

Estoy herida de saber 

que estamos a salvo.


Miro mis manos 

y están intactas.

Miro mis paredes 

y sostienen mi hogar.

Pero dentro de mí, 

el miedo se ha quedado trabado,

como un gatillo que teme 

el próximo movimiento,

reteniendo un nudo 

de lágrimas que no se desata.


¿Cómo se llora la casa ajena 

sin que parezca un exceso?

¿Cómo se administra 

la incertidumbre 

en este valle que parece 

estar a punto de crujir?


Es una tristeza 

que no hace ruido 

para no molestar,

es un miedo que camina 

de puntillas por la sala

para no alterar la frágil 

calma de los que amo.


Mido los daños 

con la vara de la ternura.

Sana la tierra, sana la casa,

con paciencia de artesana,

trato de dibujar 

los bordes de nuestro mundo,

haciendo de mi propia calma 

el suelo firme 

donde todos caminan.


Catherine Fagúndez


***


Foto: Patrizia Ulloa


Pequeña elegía para La Guaira


Si la madrugada desarropa y los grillos la acuchillan

es la distancia que alberga la sobrevivencia

¿cómo se puede continuar?

Escribiendo sobre la frente cada noche 

como un mantra de otro tiempo que viene a decirnos algo que olvidamos:

Del parto al sepulcro

la vida conmueve en su multiplicación del gesto humano.

Ahora 

digamos las palabras que sostienen el duelo

porque el cordón que une vida y muerte

se puede plantar en la tierra removida

y vaticinar:

Escombro es el nombre de la ciudad más bella

aquella alegría persistente como tambor de santo

hijos y amantes se entrelazan con el polvo

bajo la respiración y la lluvia de quienes rescatan.

Los cuerpos no dejarán de florecer

porque la ciudad que abraza la curva del Caribe

seguirá rezando por cada uno

en su repique y en su llanto

           en la próxima cría que nacerá 

            y gritará de vida

recordando al cielo y a la tierra

nuestra pequeña y hermosa humanidad.



Giordana García Sojo


***


Al día siguiente


Ayer, cuando todo vibraba,

muchos descubrieron 

que estaban desnudos,

no de ropa, sino de principios

y valores donde resguardarse.


Caer así no es romperse

sino multiplicarse en el reflejo.


El sismo sólo fue el espejo:

de lo que el soborno y el descaro

intentaban hacer invisible


No fue un castigo del cielo,

fue la corteza terrestre 

que ya no soporta

el peso muerto 

de nuestra indiferencia.


Se agrietan las paredes de concreto,

pero ya veníamos rotos por dentro.


Revisamos con manos temblorosas

las alertas del teléfono

buscando culpables


Pero la verdadera alarma

suena hace años 

en las aulas desiertas,

en los hogares donde

el ejemplo se extinguió.

porque nos acostumbramos a vivir 

con la ética invertida.


Por eso ayer, el día de San Juan,

la tierra tembló,

intentando despertar 

a una juventud desorientada

por la risa de una conciencia 

que no aprende a madurar.


Toca barrer los escombros

infancias desgarradas 

en el altar del libertinaje.


Menos cinismo y más mirada limpia.

para enderezar la columna vertebral 

de esta sociedad

que parpadea al compás 

de un vals dormido.


Ojalá no olvidemos el temblor

cuando regresemos 

a los viejos hábitos 

de la ventaja y el engaño.


Manuel García (Max Bembo)


***


Job recorre las calles de La Guaira.

Con el cuerpo herido

se desliza entre escombros.

Había superado una vaguada,

el maltrato de un exilio

y una pandemia.

Job busca con desespero a su familia. 

Sólo Dios sabe el amor que siente por su hijo.



Nesfran González

  

***



Desde este otro horizonte 


miro rugir la lejanía

desde este punto 

desde esta ventana cerrada

convulsiona la tierra

se mueve el párpado tectónico

la luz que se apronta 

a cobrar sus cuentas.


Mi ojo,

los ojos ajenos

transitan entre el polvo

la ceguera el ahogo

las costillas rotas de los ángeles

y un miedo que se inserta 

en el aire.


Una voz

debajo de mi voz


Un grito, 

el eco del tiempo en 38 segundos 

arbitrados por la angustia.


Aquí donde estoy llueve

veo el desastre a través 

de esta ventana iluminada, 

estas noticias que roen el espíritu

y recorren la carne aporreada

la mía ausente adolorida.


La tierra se arrastra como un lagarto

se conmueve también ruge

muerde como un perro rabioso

y sus dientes rompen paredes

esperanzas

y el miedo el miedo el miedo

y un brazo que emerge del trastorno telúrico.


Aparece el abismo, 

el que nos ve

de aquel poema 

que no dejamos de decir.


Ahora tiemblan nuestras carnes

el corazón de mi barro se detiene

vuelvo hecho estragos

como la tierra misma 

como la grieta 

que atraviesa los huesos

y sigue su camino.


Desde aquí

desde mis tantas muertes,

broto como árbol vivo

sonoro para seguir 

sembrado en la tierra.

La misma que hace poco 

alborotó el silencio.


Ahora nos queda 

esperar la otra tierra.


Alberto Hernández

Arauca, Colombia, 2 de julio del 2026


***


Cuando aquí


Cuando aquí, 

en cien años, 

crezcan flores 

y recuerdos 


Cuando el mar 

regrese a los muertos 

por las tardes, 

como a peces.


Y el polvo 

sea un lodo doloroso.


Alguien pasará 

por aquí y preguntará,

sin escuchar 

los gritos de los muertos,


¿Cómo vine a parar 

a estos lugares tristes 

donde mi alma 

se escurre entre las piedras?


Juan Francisco Lara



***


La pantalla dio aviso y sin embargo lo incomprensible se abrazó al algoritmo. 

Una campanilla delgada tuvo el poder de poner mi equilibrio a jugar entre tres y dos. 

Unos santos del pequeño altar levantado por las manos de mi madre van a dar al piso en medio de un intento fallido de permanecer solemnes. 

Mis piernas endebles y embobadas recordaban un video clip de Jamiroquai. Virtual insanity empieza a sonar en mi mente, mientras la habitación de mi madre vuelve a ser un útero sacudido por lo raro de esa tarde. 

Un rato después, me costó desatar los nudos que el miedo hizo en las manos de quien siento ahora es la parida. Tullida, asustada, niñita desvalida, nudes de cuerpo abandonado, un llanto que no termina de ser y los gritos en la calle como banda sonora del horror.

Nunca antes. Nunca tan fuerte. Nunca tan largo. 

Después, un eco de inmenso llanto recorre una geografía que no se acostumbra a tanto golpe y porrazo.

No hago preguntas. 

No tengo respuestas. 

Sólo este momento en que la palabra vuelve a ser guía y esperanza. 

El luto se hace inevitable. 

El silencio es la mejor canción. 


César León-ladagaOxidada 


***


Y no queda más remedio que irse 


I


He mirado castillos y palacios caer,

millares de ciudadanos del reino,

bajo los escombros van a lo eterno,

nobleza no morirá sino trascender.


II


Bajo esas piedras y cadáveres,

bañados de aquel rojo carmesí,

mucho oro y plata yo conseguí,

que poco valdrán para los ángeles.


III


¡Qué ironía de esta cruel vida!

Tanta fortuna uno puede hacer,

pero el oro ha de despedirse.


IV


Al final tanta triste despedida,

Las morocotas se pueden deshacer,

y no queda más remedio que irse.



Jesús Rafael Marcano Guzmán


***


‎en la cornisa del alma

‎un lamento

‎la raíz de sangre

‎se niega a despegarse de su tierra 

‎el sueño se hace leve, imposible, fugaz

‎el recuerdo aparece

‎tapiado de escombros y gritos 

‎en un abrazo de extraña ternura

‎tras dos sacudidas inesperadas

‎la sonrisa aflora

‎escudo grandioso ante el dolor

‎alegría de luceros asomando en alborada

‎la raíz 

‎se hunde más en la corteza

‎en la savia vital de su linaje 

‎respira

‎la vida

‎amalgama de sudores y caminos

‎resurge 

‎Ninfa Monasterios Guevara 

La poeta descalza




***


El despertar


Escucho el lamento 

en la lluvia que no cesa,

como si el cielo llorara también.

Siento el dolor en la mirada 

de aquel que vive, 

pero por dentro 

ya no siente nada.


Los escombros no pesan tanto 

como la esperanza 

de quien busca una señal.

El cansancio no tiene lugar, 

rendirse ha perdido 

todo significado.


«¡Hay alguien aquí con vida!»


Resuena como un canto

lleno de amargo y dulzor, 

una consigna 

que espera respuesta.


Y desde el silencio, 

las voces responden:

«¡Aquí estamos!»


No hay tiempo para el llanto.

Nos hemos despojado de todo,

incluso del dolor propio, 

solo por conseguir 

a uno más con vida.


El padre que lo perdió todo 

y sigue cavando 

para salvar a otros, 

la abuela que, 

recién rescatada, 

prepara arepas 

para los necesitados, 

la niña que con su sonrisa 

conmovió al mundo.


La tierra tembló 

y Dios la detuvo.

La tierra tembló 

y el pueblo despertó,

una vez más, 

con más fuerza, 

con más voluntad.


Somos el escombro del pasado,

hemos resucitado 

para salvar vidas.

La esperanza es un soplo, 

resiliencia es resistencia: 

es gritar fuerte 

y decirle no a la muerte.


La tierra tembló,

y cambió el domicilio de miles 

que ahora, desde las estrellas, 

nos contemplan.


Rebeca Morales Vitas 


***

Autor: Astolfo Funes (2026)


No siempre la casa estará allí/ no siempre el sonido del río es el mismo/ ni el sabor de las caricias/ el ímpetu de juventud se va desvaneciendo/suena todo a nube gris/ sí podrá parecerlo/ pero es realidad/ y se acepta/ duele sí duele/ pero seguimos/ de la mejor manera/ de la que cada quien pueda/ asumo debilidades/ y a la vez me aplaudo/ lo que está a mis ojos me enternece o me hiere/ dos caras de la moneda de los días/ de algo estoy segura/ continuaré erguida frente a los veloces vientos del destino


Susana Potente

Menorca, España, 30 de junio de 2026


***


Los que se fueron

visten blancas túnicas 

Van más allá del ocaso

a reunirse con el Padre


No sabían 

que tenían que irse por la tarde 

sin despedirse

y dejarnos 

con la mirada perdida 

en el horizonte 


 Isabel Rivas


***


Un rugido sordo nació del suelo.

Arriba, las láminas del techo cantaron su pánico de hierro.

De pronto, fuimos hojas desprendidas en la tormenta,

balanceándonos sin rumbo,

suspendidos en un suelo que olvidó cómo sostenernos.



María Fernanda Romero (Sophia)


***

Foto: Donaldo Barros Velásquez


"¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!"


En el número 11 del Paseo Marqués de Zafra hoy no hay barullo. A las venezolanas del barrio nadie les gana en risas. Pero ahora, justo ahora, están apagadas. Les han bajado el volumen de golpe. «¿Cómo está tu familia?». «¿Están bien los tuyos?», preguntan los clientes. También los que se asoman al local solo para interesarse por ellas. A Luisa, a Mayerlin y a Jennifer no hay quien les borre la arruga del entrecejo. Tienen la cabeza en San Bernardino, donde se desplomó el edificio de una; en Los Corales, de donde es la suegra de una, o en Maracay, adonde mandaron a la familia de la otra después del desalojo. Como ellas, cientos y miles de ciudadanos de la diáspora lucen una grieta en el semblante. Vivan en Madrid, Málaga, Barcelona, París, Londres o en Berlín, comparten el mismo gesto: la mirada se les queda pegada a la pantalla del móvil.

A los venezolanos se les cayó el mundo, dentro y fuera de Venezuela. Acostumbrados a la demolición, este terremoto los sorprende con la mano en el corazón. A los que están dentro -reporteando, llevando agua y comida o tan solo sobreviviendo- la vida los agarra por la pechera y les recuerda qué aspecto tiene el mundo cuando se pone del revés. Sus vidas se nos aparecen en conversaciones, los grupos de Whastapp y las peticiones de ayuda. La reportera Goizeder Azúa no se ha movido de Barajas, desde donde sigue el minuto a minuto de quienes intentan ir a ayudar. En la Terminal 4 entrevistó a un padre venezolano que intentaba viajar de urgencia a Venezuela tras enterarse de que su hijo había quedado atrapado bajo los escombros del terremoto. El hombre relató que llevaba horas intentando conseguir un asiento en un vuelo. Como él, decenas de personas se organizan, pegan carteles con la dirección de centros de acopio o intentan ser útiles, aunque no tengan ni idea cómo.

En Venezuela, de Catia La Mar hacia adentro, quedan a la vista las grietas de la casa grande. El futbolista argentino Lucas Trejo, del Sport Marítimo La Guaira, pasó 74 horas removiendo escombros con sus propias manos con la esperanza de encontrar con vida a su esposa, Yanina Maranella, y a sus hijos, Aarón y Ainhoa; finalmente, los tres fueron recuperados sin vida. Mabel Hernández permanece frente al edificio donde quedaron sepultados su hermano, su cuñada, sus dos sobrinos y sus padres, mientras denuncia la falta de maquinaria para acelerar las labores de rescate y observa cómo vecinos y familiares excavan con las manos. En la pantalla del móvil, también en los informativos, un padre remueve escombros con el peluche favorito de su hijo fallecido. En el conjunto residencial Oppe33, en La Guaira, otros familiares permanecen día y noche. El tiempo corre en dirección contraria a la vida y hay quienes intentan sacarle ventaja para ganarle unos pasos a la muerte. Desde que ocurrieron los terremotos, todos los días un joven acude a un refugio en La Guaira para repartir zumos a los niños afectados. Cuando regresó en su siguiente visita, varios pequeños corrieron hacia él y uno le dijo emocionado: «¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!». La vida parece normal cuando la gente sonríe. De momento a esos más de quinientos niños que se han quedado sin padres ni madres les urge un simulacro de alegría venga de donde venga y lo ofrezca quien lo ofrezca.


Karina Sainz Borgo

Fuente: ABC de Madrid (01/07/2026)


***



La noche cae


La noche cae y con ella, 

las angustias de oír 

gritos y gemidos ahogados 

tras toneladas de concreto.


La noche cae y con ella, 

el temor de ver llorar el cielo 

sobre los crujientes hierros.


La noche cae y con ella, 

los párpados cansados 

de no dormir... 

de tanto llorar.


La noche cae y con ella, 

la angustia de mi 

pueblo se hace eterna.


La noche cae, ¡Dios! 

pero que no caigan 

las esperanzas.


Emalida Viloria


***


Pájaros ruidosos

sobrevuelan los tejados

en aparente desorden

No alcanzas a descifrar

la ruta de ese viaje 

en una tarde que se despide 

con un estruendoso 

y estremecedor rugido 

que convierte en polvo

la existencia...  


Apareces

entre los escombros 

de un laberinto de ladrillos

y concreto fracturado...


Un silencio mortuorio

te acompaña en medio

de la triste soledad

de bloques rotos


Esperas...

Tu voz florecerá

entre las ruinas

porque ángeles sin alas

te encontrarán


Dilcia Zamora


4 comentarios:

  1. Telúrico aún vibra el cuerpo en 39 segundos de nuestra memoria.

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  2. Agradezco con infinitud la invitación a esta segunda intervención. Te felicito y te deseo muchos éxitos por tu loable iniciativa. Un abrazo y muchas bendiciones, hermano Rafael.

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  3. Estas palabras de tristeza, animo, de fe y esperanza quedarán como testimonio de lo inesperado de ese día atroz 24 de junio de 2026... Excelente Rafael Ortega, Manuel Cabesa.. Julia Yasmina Liendo...

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  4. Felicitaciones a Rafael

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Un abrazo,
Rafael Ortega