Ante la pérdida no hay consuelo, sólo el dolor. Se acepta el dolor y la realidad poco a poco va apareciendo, poco a poco.
Alejandro Jodorowsky
El acto de escribir es más que plasmar palabras; es un gesto de abrazo hacia aquello que no podemos ver.
María Negroni
Frente a la violencia, el verso ofrece un refugio.
Czeslaw Milosz
***
Los días han transcurrido desde aquella tarde de junio de 2026 que fracturó nuestra geografía, pero el eco de los 80 segundos que transformaron a Venezuela sigue resonando. Si la primera edición de esta antología nació como un refugio de urgencia frente al caos inmediato, esta segunda entrega se levanta como un testimonio de permanencia: la prueba irrefutable de que las cicatrices, lejos de olvidarse, se transforman en memoria viva.
En esta edición se profundizan las voces originales y se suman nuevos textos, crónicas y poemas que ya no sólo miran el impacto del colapso, sino el milagro de la reconstrucción y el arraigo indomable de quienes levantaron los escombros. Con una mirada más reposada pero igual de conmovida, estos textos registran la maduración de nuestro duelo colectivo y el triunfo de la solidaridad sobre el olvido.
Cuando la tierra calla, queda la palabra; pero cuando el tiempo avanza, la palabra se convierte en historia. El rugido de la tierra sigue siendo ese puente necesario hacia el encuentro y la sanación de un país que se niega a la amnesia. Estas palabras son la certeza de que, aunque el suelo falle bajo nuestros pies, la memoria y el abrazo fraterno de los venezolanos siguen siendo nuestro cimiento más inquebrantable.
Rafael Ortega
Corrección de textos: Manuel Cabesa
***
7
Siete días con el alma suspendida,
siete noches de mirar al suelo,
reclamándole a la tierra la vida
que nos arrancó de golpe, sin consuelo.
No hay resignación en este llanto,
lo que hay en el pecho es pura furia,
un coraje sordo que duele
ante la muerte, el lodo y la penuria.
Dos mil nombres que se volvieron viento,
dos mil historias que el polvo sepultó,
no hay rezo que calme este tormento
ni olvido para el día en que todo tembló.
La tierra ruge, pero el pueblo grita,
con las manos rotas de tanto escarbar,
esta tristeza, es la fuerza que nos habita
la que entre las ruinas nos va a levantar.
Gersilmar Araujo
***
Título: Señal carmín (2026)
Autor: Leonardo Blanco
Acto de miedo II
Fue descomunal e inaudito
San Juan Bautista lloró
no hubo fiesta, nadie bailó,
el tambor quedó sordo,
el mar se alejó,
las casitas de colores
cayeron hechas terrón.
Arriba en el cerro El Cristo
Redentor se fracturó
y en sus pies
su cabeza cayó.
Alguien movió el dial de la tierra,
el reloj se congeló.
La tierra enfurecida tembló.
Dos golpes bastaron
para que brotara
un monstruo invisible
que se comía
el concreto y el cristal.
Ella desesperada tomó
mi mano y me abrazó,
en una sola voz
hicimos oraciones
al padre nuestro
para la protección de los hijos.
Una herida se nos hizo,
en las costillas,
por donde el miedo se derramó
Un nudo ciego se apoderó
de la maqueta del mundo
sufrió mucho junto
a los que partieron
y sobrevivieron.
Ahora vamos camino
a bajar nuestro destino,
que de una rama aún cuelga,
buscaremos un rato
de luz que nos guíe
adonde tiene origen el arcoiris.
Una señal viste de carmín
la infinitud del firmamento
ya no me preocupó más,
siempre habrá alguien
que despeje las interrogantes.
César Blanco
***
La timidez de los árboles
Nacieron en el mismo baldío, uno frente al otro y fueron creciendo paulatinamente como extraños. Apenas si notaban que llevaban un ritmo de vida parecido; concentrados cada uno en lo suyo dejaban pasar los días mirando a su alrededor y el allende: pero no se veían entre sí. Eran indiferentes porque eran parecidos y se preguntaban ¿para qué necesito alguien parecido a mí? Necesito de las aves y sus trinos, del viento que bate mis hojas, de la lluvia que humedece mi raíz, pero no de otro como yo. Y en silencio sus troncos se ensanchaban y se volvían robustos, pero ellos no intercambiaban ninguna impresión al respecto.
Llegaron con el tiempo a rodearse de frágiles casas hechas con cualquier material y personas de distintas edades; y allí donde antes era un baldío ahora se escuchaban voces humanas, risas de niños, el paso aletargado de los ancianos y el llanto de los amantes nocturnos. Cada uno tenía su propia opinión de lo que acontecía pero no la compartía con su semejante. Eran dos árboles tímidos, sentían pena de haber envejecido sin conocer otra atmósfera que la del humilde baldío, ahora habitado, donde habían crecido hasta volverse fuertes y frondosos.
Pero cierta tarde sucedió un terrible temblor y sus ramas batieron con un furor enloquecido; las gentes salían de sus casas que se venían abajo como castillos de naipes en medio de gritos y desesperación.
Los dos árboles quedaron solos a la intemperie como cuando nacieron. No sintieron miedo, sin embargo, porque cada uno sabía que el otro estaba allí. Y aunque nunca habían intercambiado palabras se tenían. De pronto un golpe de viento hizo que sus ramas se cruzaran, se rozaron por primera vez en toda su vida... Había faltado aquel roce para darse cuenta que habían estado siempre juntos sin saber cómo o para qué. Mirando lejos hacia el paisaje, cuando el paisaje de sus miradas nunca había sido pintado por mano alguna.
El sismo pasó y ellos quedaron allí, un poco resquebrajados, mirándose en silencio, tímidamente, como si fuera la primera vez. Las gentes fueron llevadas hacia los albergues, y ellos los miraron partir dejando los escombros atrás; habían quedado solos como cuando nacieron, pero ahora se tenían mutuamente: dos tímidos árboles hermanados en la soledad del mundo.
Manuel Cabesa
***
La asfixia es tenebrosa
al abrir descomunalmente
el suelo su boca
Somos el eco del cosmos
en la lengua del globo terráqueo
Los cuerpos atrapados en él
no logran sostener la vida
y el desespero rechina
cuando se presenta
la condena infinita
de toda la tierra
La vida insiste en salir
entre las grietas
mientras lo edificado
por las manos del hombre
se vuelve polvo
escombro y ceniza
Se clama a Dios
con Mayúscula
y el cielo remotamente
guarda silencio
Sentimos el rugido
de un no sé qué
de un bombardeo geográfico
Todo se calla
no hay piedad alguna
ni milagro de origen
y el susto se presenta sin filtros
El horror no es un suceso aislado
se torna en ciclo indetenible
y el universo mientras tanto
nos muestra su indiferencia
Guillermo Cadrazco
***
Los ojos de la tarde
lloran inconsolables
las heridas de la tierra.
Elí Caicedo
***
Día 9
Afuera y adentro es lo mismo: Dios sea entre nosotros. Hemos visto rescatar personas, hemos enterrado gente querida, hemos sido impulsivos y pacientes, solidarios y egoístas, brutales e inteligentes pero estamos juntos y en todas partes. Hemos logrado unirnos en una misión: la vida de los afectados.
Lidiamos entre la verdad y la mentira, entre la miseria humana y la inteligencia, entre nuestras convicciones y las ajenas. Está dicotomia nos hace un poco difícil centrarnos en lo obvio: la vida y la muerte.
Quienes estamos aquí, miramos de cerca. Quienes están afuera, también sufren mirando. No podemos seguir profundizando a través de las brechas emocionales. Bastantes pensadores han dicho y estudiado (Kurt Lewin y Goebbels ) que las emociones colectivas son un caldo de cultivo para desenfocarnos de lo esencial: la esperanza.
Hermanos de aquí y de allá:
Cualquiera que sea tu convicción la verdad es que estamos de tránsito por esta vida. Colabora haciendo el bien. No caigamos en provocaciones. Bastante daño hemos sufrido en lo colectivo con el odio que separa, con el egoísmo y las mentiras.
Estamos aquí para ser útiles. Qué Dios, la energía divina, los Orishas, Buda, aquello dónde pongas tu fé, te de paz. Y si no crees en nada, que en tu corazón vibre el amor y respeto por los sufrientes. Son ellos quienes nos necesitan...
Ingrid Chicote
***
Techo intacto, alma rota
Ninguna teja de mi techo cayó,
ninguna herida abierta
está en mi piel,
y sin embargo,
estoy rota de alivio.
Estoy herida de saber
que estamos a salvo.
Miro mis manos
y están intactas.
Miro mis paredes
y sostienen mi hogar.
Pero dentro de mí,
el miedo se ha quedado trabado,
como un gatillo que teme
el próximo movimiento,
reteniendo un nudo
de lágrimas que no se desata.
¿Cómo se llora la casa ajena
sin que parezca un exceso?
¿Cómo se administra
la incertidumbre
en este valle que parece
estar a punto de crujir?
Es una tristeza
que no hace ruido
para no molestar,
es un miedo que camina
de puntillas por la sala
para no alterar la frágil
calma de los que amo.
Mido los daños
con la vara de la ternura.
Sana la tierra, sana la casa,
con paciencia de artesana,
trato de dibujar
los bordes de nuestro mundo,
haciendo de mi propia calma
el suelo firme
donde todos caminan.
Catherine Fagúndez
***
Foto: Patrizia Ulloa
Pequeña elegía para La Guaira
Si la madrugada desarropa y los grillos la acuchillan
es la distancia que alberga la sobrevivencia
¿cómo se puede continuar?
Escribiendo sobre la frente cada noche
como un mantra de otro tiempo que viene a decirnos algo que olvidamos:
Del parto al sepulcro
la vida conmueve en su multiplicación del gesto humano.
Ahora
digamos las palabras que sostienen el duelo
porque el cordón que une vida y muerte
se puede plantar en la tierra removida
y vaticinar:
Escombro es el nombre de la ciudad más bella
aquella alegría persistente como tambor de santo
hijos y amantes se entrelazan con el polvo
bajo la respiración y la lluvia de quienes rescatan.
Los cuerpos no dejarán de florecer
porque la ciudad que abraza la curva del Caribe
seguirá rezando por cada uno
en su repique y en su llanto
en la próxima cría que nacerá
y gritará de vida
recordando al cielo y a la tierra
nuestra pequeña y hermosa humanidad.
Giordana García Sojo
***
Al día siguiente
Ayer, cuando todo vibraba,
muchos descubrieron
que estaban desnudos,
no de ropa, sino de principios
y valores donde resguardarse.
Caer así no es romperse
sino multiplicarse en el reflejo.
El sismo sólo fue el espejo:
de lo que el soborno y el descaro
intentaban hacer invisible
No fue un castigo del cielo,
fue la corteza terrestre
que ya no soporta
el peso muerto
de nuestra indiferencia.
Se agrietan las paredes de concreto,
pero ya veníamos rotos por dentro.
Revisamos con manos temblorosas
las alertas del teléfono
buscando culpables
Pero la verdadera alarma
suena hace años
en las aulas desiertas,
en los hogares donde
el ejemplo se extinguió.
porque nos acostumbramos a vivir
con la ética invertida.
Por eso ayer, el día de San Juan,
la tierra tembló,
intentando despertar
a una juventud desorientada
por la risa de una conciencia
que no aprende a madurar.
Toca barrer los escombros
infancias desgarradas
en el altar del libertinaje.
Menos cinismo y más mirada limpia.
para enderezar la columna vertebral
de esta sociedad
que parpadea al compás
de un vals dormido.
Ojalá no olvidemos el temblor
cuando regresemos
a los viejos hábitos
de la ventaja y el engaño.
Manuel García (Max Bembo)
***
Job recorre las calles de La Guaira.
Con el cuerpo herido
se desliza entre escombros.
Había superado una vaguada,
el maltrato de un exilio
y una pandemia.
Job busca con desespero a su familia.
Sólo Dios sabe el amor que siente por su hijo.
Nesfran González
***
Desde este otro horizonte
miro rugir la lejanía
desde este punto
desde esta ventana cerrada
convulsiona la tierra
se mueve el párpado tectónico
la luz que se apronta
a cobrar sus cuentas.
Mi ojo,
los ojos ajenos
transitan entre el polvo
la ceguera el ahogo
las costillas rotas de los ángeles
y un miedo que se inserta
en el aire.
Una voz
debajo de mi voz
Un grito,
el eco del tiempo en 38 segundos
arbitrados por la angustia.
Aquí donde estoy llueve
veo el desastre a través
de esta ventana iluminada,
estas noticias que roen el espíritu
y recorren la carne aporreada
la mía ausente adolorida.
La tierra se arrastra como un lagarto
se conmueve también ruge
muerde como un perro rabioso
y sus dientes rompen paredes
esperanzas
y el miedo el miedo el miedo
y un brazo que emerge del trastorno telúrico.
Aparece el abismo,
el que nos ve
de aquel poema
que no dejamos de decir.
Ahora tiemblan nuestras carnes
el corazón de mi barro se detiene
vuelvo hecho estragos
como la tierra misma
como la grieta
que atraviesa los huesos
y sigue su camino.
Desde aquí
desde mis tantas muertes,
broto como árbol vivo
sonoro para seguir
sembrado en la tierra.
La misma que hace poco
alborotó el silencio.
Ahora nos queda
esperar la otra tierra.
Alberto Hernández
Arauca, Colombia, 2 de julio del 2026
***
Cuando aquí
Cuando aquí,
en cien años,
crezcan flores
y recuerdos
Cuando el mar
regrese a los muertos
por las tardes,
como a peces.
Y el polvo
sea un lodo doloroso.
Alguien pasará
por aquí y preguntará,
sin escuchar
los gritos de los muertos,
¿Cómo vine a parar
a estos lugares tristes
donde mi alma
se escurre entre las piedras?
Juan Francisco Lara
***
La pantalla dio aviso y sin embargo lo incomprensible se abrazó al algoritmo.
Una campanilla delgada tuvo el poder de poner mi equilibrio a jugar entre tres y dos.
Unos santos del pequeño altar levantado por las manos de mi madre van a dar al piso en medio de un intento fallido de permanecer solemnes.
Mis piernas endebles y embobadas recordaban un video clip de Jamiroquai. Virtual insanity empieza a sonar en mi mente, mientras la habitación de mi madre vuelve a ser un útero sacudido por lo raro de esa tarde.
Un rato después, me costó desatar los nudos que el miedo hizo en las manos de quien siento ahora es la parida. Tullida, asustada, niñita desvalida, nudes de cuerpo abandonado, un llanto que no termina de ser y los gritos en la calle como banda sonora del horror.
Nunca antes. Nunca tan fuerte. Nunca tan largo.
Después, un eco de inmenso llanto recorre una geografía que no se acostumbra a tanto golpe y porrazo.
No hago preguntas.
No tengo respuestas.
Sólo este momento en que la palabra vuelve a ser guía y esperanza.
El luto se hace inevitable.
El silencio es la mejor canción.
César León-ladagaOxidada
***
Y no queda más remedio que irse
I
He mirado castillos y palacios caer,
millares de ciudadanos del reino,
bajo los escombros van a lo eterno,
nobleza no morirá sino trascender.
II
Bajo esas piedras y cadáveres,
bañados de aquel rojo carmesí,
mucho oro y plata yo conseguí,
que poco valdrán para los ángeles.
III
¡Qué ironía de esta cruel vida!
Tanta fortuna uno puede hacer,
pero el oro ha de despedirse.
IV
Al final tanta triste despedida,
Las morocotas se pueden deshacer,
y no queda más remedio que irse.
Jesús Rafael Marcano Guzmán
***
en la cornisa del alma
un lamento
la raíz de sangre
se niega a despegarse de su tierra
el sueño se hace leve, imposible, fugaz
el recuerdo aparece
tapiado de escombros y gritos
en un abrazo de extraña ternura
tras dos sacudidas inesperadas
la sonrisa aflora
escudo grandioso ante el dolor
alegría de luceros asomando en alborada
la raíz
se hunde más en la corteza
en la savia vital de su linaje
respira
la vida
amalgama de sudores y caminos
resurge
Ninfa Monasterios Guevara
La poeta descalza
***
El despertar
Escucho el lamento
en la lluvia que no cesa,
como si el cielo llorara también.
Siento el dolor en la mirada
de aquel que vive,
pero por dentro
ya no siente nada.
Los escombros no pesan tanto
como la esperanza
de quien busca una señal.
El cansancio no tiene lugar,
rendirse ha perdido
todo significado.
«¡Hay alguien aquí con vida!»
Resuena como un canto
lleno de amargo y dulzor,
una consigna
que espera respuesta.
Y desde el silencio,
las voces responden:
«¡Aquí estamos!»
No hay tiempo para el llanto.
Nos hemos despojado de todo,
incluso del dolor propio,
solo por conseguir
a uno más con vida.
El padre que lo perdió todo
y sigue cavando
para salvar a otros,
la abuela que,
recién rescatada,
prepara arepas
para los necesitados,
la niña que con su sonrisa
conmovió al mundo.
La tierra tembló
y Dios la detuvo.
La tierra tembló
y el pueblo despertó,
una vez más,
con más fuerza,
con más voluntad.
Somos el escombro del pasado,
hemos resucitado
para salvar vidas.
La esperanza es un soplo,
resiliencia es resistencia:
es gritar fuerte
y decirle no a la muerte.
La tierra tembló,
y cambió el domicilio de miles
que ahora, desde las estrellas,
nos contemplan.
Rebeca Morales Vitas
***
Autor: Astolfo Funes (2026)
No siempre la casa estará allí/ no siempre el sonido del río es el mismo/ ni el sabor de las caricias/ el ímpetu de juventud se va desvaneciendo/suena todo a nube gris/ sí podrá parecerlo/ pero es realidad/ y se acepta/ duele sí duele/ pero seguimos/ de la mejor manera/ de la que cada quien pueda/ asumo debilidades/ y a la vez me aplaudo/ lo que está a mis ojos me enternece o me hiere/ dos caras de la moneda de los días/ de algo estoy segura/ continuaré erguida frente a los veloces vientos del destino
Susana Potente
Menorca, España, 30 de junio de 2026
***
Los que se fueron
visten blancas túnicas
Van más allá del ocaso
a reunirse con el Padre
No sabían
que tenían que irse por la tarde
sin despedirse
y dejarnos
con la mirada perdida
en el horizonte
Isabel Rivas
***
Un rugido sordo nació del suelo.
Arriba, las láminas del techo cantaron su pánico de hierro.
De pronto, fuimos hojas desprendidas en la tormenta,
balanceándonos sin rumbo,
suspendidos en un suelo que olvidó cómo sostenernos.
María Fernanda Romero (Sophia)
***
"¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!"
En el número 11 del Paseo Marqués de Zafra hoy no hay barullo. A las venezolanas del barrio nadie les gana en risas. Pero ahora, justo ahora, están apagadas. Les han bajado el volumen de golpe. «¿Cómo está tu familia?». «¿Están bien los tuyos?», preguntan los clientes. También los que se asoman al local solo para interesarse por ellas. A Luisa, a Mayerlin y a Jennifer no hay quien les borre la arruga del entrecejo. Tienen la cabeza en San Bernardino, donde se desplomó el edificio de una; en Los Corales, de donde es la suegra de una, o en Maracay, adonde mandaron a la familia de la otra después del desalojo. Como ellas, cientos y miles de ciudadanos de la diáspora lucen una grieta en el semblante. Vivan en Madrid, Málaga, Barcelona, París, Londres o en Berlín, comparten el mismo gesto: la mirada se les queda pegada a la pantalla del móvil.
A los venezolanos se les cayó el mundo, dentro y fuera de Venezuela. Acostumbrados a la demolición, este terremoto los sorprende con la mano en el corazón. A los que están dentro -reporteando, llevando agua y comida o tan solo sobreviviendo- la vida los agarra por la pechera y les recuerda qué aspecto tiene el mundo cuando se pone del revés. Sus vidas se nos aparecen en conversaciones, los grupos de Whastapp y las peticiones de ayuda. La reportera Goizeder Azúa no se ha movido de Barajas, desde donde sigue el minuto a minuto de quienes intentan ir a ayudar. En la Terminal 4 entrevistó a un padre venezolano que intentaba viajar de urgencia a Venezuela tras enterarse de que su hijo había quedado atrapado bajo los escombros del terremoto. El hombre relató que llevaba horas intentando conseguir un asiento en un vuelo. Como él, decenas de personas se organizan, pegan carteles con la dirección de centros de acopio o intentan ser útiles, aunque no tengan ni idea cómo.
En Venezuela, de Catia La Mar hacia adentro, quedan a la vista las grietas de la casa grande. El futbolista argentino Lucas Trejo, del Sport Marítimo La Guaira, pasó 74 horas removiendo escombros con sus propias manos con la esperanza de encontrar con vida a su esposa, Yanina Maranella, y a sus hijos, Aarón y Ainhoa; finalmente, los tres fueron recuperados sin vida. Mabel Hernández permanece frente al edificio donde quedaron sepultados su hermano, su cuñada, sus dos sobrinos y sus padres, mientras denuncia la falta de maquinaria para acelerar las labores de rescate y observa cómo vecinos y familiares excavan con las manos. En la pantalla del móvil, también en los informativos, un padre remueve escombros con el peluche favorito de su hijo fallecido. En el conjunto residencial Oppe33, en La Guaira, otros familiares permanecen día y noche. El tiempo corre en dirección contraria a la vida y hay quienes intentan sacarle ventaja para ganarle unos pasos a la muerte. Desde que ocurrieron los terremotos, todos los días un joven acude a un refugio en La Guaira para repartir zumos a los niños afectados. Cuando regresó en su siguiente visita, varios pequeños corrieron hacia él y uno le dijo emocionado: «¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!». La vida parece normal cuando la gente sonríe. De momento a esos más de quinientos niños que se han quedado sin padres ni madres les urge un simulacro de alegría venga de donde venga y lo ofrezca quien lo ofrezca.
Karina Sainz Borgo
Fuente: ABC de Madrid (01/07/2026)
***
La noche cae
La noche cae y con ella,
las angustias de oír
gritos y gemidos ahogados
tras toneladas de concreto.
La noche cae y con ella,
el temor de ver llorar el cielo
sobre los crujientes hierros.
La noche cae y con ella,
los párpados cansados
de no dormir...
de tanto llorar.
La noche cae y con ella,
la angustia de mi
pueblo se hace eterna.
La noche cae, ¡Dios!
pero que no caigan
las esperanzas.
Emalida Viloria
***
Pájaros ruidosos
sobrevuelan los tejados
en aparente desorden
No alcanzas a descifrar
la ruta de ese viaje
en una tarde que se despide
con un estruendoso
y estremecedor rugido
que convierte en polvo
la existencia...
Apareces
entre los escombros
de un laberinto de ladrillos
y concreto fracturado...
Un silencio mortuorio
te acompaña en medio
de la triste soledad
de bloques rotos
Esperas...
Tu voz florecerá
entre las ruinas
porque ángeles sin alas
te encontrarán
Dilcia Zamora



















Telúrico aún vibra el cuerpo en 39 segundos de nuestra memoria.
ResponderEliminarAgradezco con infinitud la invitación a esta segunda intervención. Te felicito y te deseo muchos éxitos por tu loable iniciativa. Un abrazo y muchas bendiciones, hermano Rafael.
ResponderEliminarEstas palabras de tristeza, animo, de fe y esperanza quedarán como testimonio de lo inesperado de ese día atroz 24 de junio de 2026... Excelente Rafael Ortega, Manuel Cabesa.. Julia Yasmina Liendo...
ResponderEliminarFelicitaciones a Rafael
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