Ante la pérdida no hay consuelo, sólo el dolor. Se acepta el dolor y la realidad poco a poco va apareciendo, poco a poco.
Alejandro Jodorowsky
En estos tiempos turbulentos se fermenta buen material para la creación. A donde mires algo está pasando y eso, aunque parezca malo, al final es savia elemental para el creador. Estamos viviendo tiempos venturosos...
Marcos Veroes Vegas
Escribir levanta los escombros del olvido. Escribir mantiene viva la memoria.
Skarlet Boguier
***
Los días han transcurrido desde aquella tarde de junio de 2026 que fracturó nuestra geografía, pero el eco de los 80 segundos que transformaron a Venezuela sigue resonando. Si la primera edición de esta antología nació como un refugio de urgencia frente al caos inmediato, esta segunda entrega se levanta como un testimonio de permanencia: la prueba irrefutable de que las cicatrices, lejos de olvidarse, se transforman en memoria viva.
En esta edición se profundiza en el mapa de la resiliencia nacional. A las voces originales se suman nuevos textos, crónicas y poemas que ya no sólo miran el impacto del colapso, sino el milagro de la reconstrucción y el arraigo indomable de quienes levantaron los escombros. Con una mirada más reposada pero igual de conmovida, estos textos registran la maduración de nuestro duelo colectivo y el triunfo de la solidaridad sobre el olvido.
Cuando la tierra calla, queda la palabra; pero cuando el tiempo avanza, la palabra se convierte en historia. El rugido de la tierra sigue siendo ese puente necesario hacia el encuentro y la sanación de un país que se niega a la amnesia. Estas palabras son la certeza de que, aunque el suelo falle bajo nuestros pies, la memoria y el abrazo fraterno de los venezolanos siguen siendo nuestro cimiento más inquebrantable.
Rafael Ortega
Corrección de textos: Manuel Cabesa
***
7
Siete días con el alma suspendida,
siete noches de mirar al suelo,
reclamándole a la tierra la vida
que nos arrancó de golpe, sin consuelo.
No hay resignación en este llanto,
lo que hay en el pecho es pura furia,
un coraje sordo que duele
ante la muerte, el lodo y la penuria.
Dos mil nombres que se volvieron viento,
dos mil historias que el polvo sepultó,
no hay rezo que calme este tormento
ni olvido para el día en que todo tembló.
La tierra ruge, pero el pueblo grita,
con las manos rotas de tanto escarbar,
esta tristeza, es la fuerza que nos habita
la que entre las ruinas nos va a levantar.
Gersilmar Araujo
***
Título: Señal carmín (2026)
Autor: Leonardo Blanco
Acto de miedo II
Fue descomunal e inaudito
San Juan Bautista lloró
no hubo fiesta, nadie bailó,
el tambor quedó sordo,
el mar se alejó,
las casitas de colores
cayeron hechas terrón.
Arriba en el cerro El Cristo
Redentor se fracturó
y en sus pies
su cabeza cayó.
Alguien movió el dial de la tierra,
el reloj se congeló.
La tierra enfurecida tembló.
Dos golpes bastaron
para que brotara
un monstruo invisible
que se comía
el concreto y el cristal.
Ella desesperada tomó
mi mano y me abrazó,
en una sola voz
hicimos oraciones
al padre nuestro
para la protección de los hijos.
Una herida se nos hizo,
en las costillas,
por donde el miedo se derramó
Un nudo ciego se apoderó
de la maqueta del mundo
sufrió mucho junto
a los que partieron
y sobrevivieron.
Ahora vamos camino
a bajar nuestro destino,
que de una rama aún cuelga,
buscaremos un rato
de luz que nos guíe
adonde tiene origen el arcoiris.
Una señal viste de carmín
la infinitud del firmamento
ya no me preocupó más,
siempre habrá alguien
que despeje las interrogantes.
César Blanco
***
Dos zamuros meditan bajo la lluvia
el apamate es su asiento chamánico
desde allí contemplan el precipicio
que hace tres días fue grito
Dos veces se estremeció la tierra
y sus hijos se agitaron con ella
en un solo llanto
lleno de réplicas
Tres días duró el apamate
sin recibir visitas
al tercer día
resucitaron las aves de su luto
refugio secreto donde escuchan
las entrañas del suelo
tres días
dos zamuros
una sola grieta
Skarlet Boguier
***
La timidez de los árboles
Nacieron en el mismo baldío, uno frente al otro y fueron creciendo paulatinamente como extraños. Apenas si notaban que llevaban un ritmo de vida parecido; concentrados cada uno en lo suyo dejaban pasar los días mirando a su alrededor y el allende: pero no se veían entre sí. Eran indiferentes porque eran parecidos y se preguntaban ¿para qué necesito alguien parecido a mí? Necesito de las aves y sus trinos, del viento que bate mis hojas, de la lluvia que humedece mi raíz, pero no de otro como yo. Y en silencio sus troncos se ensanchaban y se volvían robustos, pero ellos no intercambiaban ninguna impresión al respecto.
Llegaron con el tiempo a rodearse de frágiles casas hechas con cualquier material y personas de distintas edades; y allí donde antes era un baldío ahora se escuchaban voces humanas, risas de niños, el paso aletargado de los ancianos y el llanto de los amantes nocturnos. Cada uno tenía su propia opinión de lo que acontecía pero no la compartía con su semejante. Eran dos árboles tímidos, sentían pena de haber envejecido sin conocer otra atmósfera que la del humilde baldío, ahora habitado, donde habían crecido hasta volverse fuertes y frondosos.
Pero cierta tarde sucedió un terrible temblor y sus ramas batieron con un furor enloquecido; las gentes salían de sus casas que se venían abajo como castillos de naipes en medio de gritos y desesperación.
Los dos árboles quedaron solos a la intemperie como cuando nacieron. No sintieron miedo, sin embargo, porque cada uno sabía que el otro estaba allí. Y aunque nunca habían intercambiado palabras se tenían. De pronto un golpe de viento hizo que sus ramas se cruzaran, se rozaron por primera vez en toda su vida... Había faltado aquel roce para darse cuenta que habían estado siempre juntos sin saber cómo o para qué. Mirando lejos hacia el paisaje, cuando el paisaje de sus miradas nunca había sido pintado por mano alguna.
El sismo pasó y ellos quedaron allí, un poco resquebrajados, mirándose en silencio, tímidamente, como si fuera la primera vez. Las gentes fueron llevadas hacia los albergues, y ellos los miraron partir dejando los escombros atrás; habían quedado solos como cuando nacieron, pero ahora se tenían mutuamente: dos tímidos árboles hermanados en la soledad del mundo.
Manuel Cabesa
***
La asfixia es tenebrosa
al abrir descomunalmente
el suelo su boca
Somos el eco del cosmos
en la lengua del globo terráqueo
Los cuerpos atrapados en él
no logran sostener la vida
y el desespero rechina
cuando se presenta
la condena infinita
de toda la tierra
La vida insiste en salir
entre las grietas
mientras lo edificado
por las manos del hombre
se vuelve polvo
escombro y ceniza
Se clama a Dios
con Mayúscula
y el cielo remotamente
guarda silencio
Sentimos el rugido
de un no sé qué
de un bombardeo geográfico
Todo se calla
no hay piedad alguna
ni milagro de origen
y el susto se presenta sin filtros
El horror no es un suceso aislado
se torna en ciclo indetenible
y el universo mientras tanto
nos muestra su indiferencia
Guillermo Cadrazco
***
1.
Los ojos de la tarde
lloran inconsolables
las heridas de la tierra
2.
El silencio de los pájaros
sobrevuela todos los días
el dolor de los escombros
Elí Caicedo
***
Fragmentos de diario
1.
Sueño con mis muertos
miran a la nada y nada dicen
los otros quieren
volverlos al mundo prosa
cada palabra
es un bloque que los hunde
2.
Las palabras se contraen
y aparece Dios desnudo
le pasan una toallita húmeda
por su divinidad
nadie le reconoce
nadie le pide milagros
3.
Un mundo de palabra
para el resto del silencio.
Raquel Camacho
***
Día 9
Afuera y adentro es lo mismo: Dios sea entre nosotros. Hemos visto rescatar personas, hemos enterrado gente querida, hemos sido impulsivos y pacientes, solidarios y egoístas, brutales e inteligentes pero estamos juntos y en todas partes. Hemos logrado unirnos en una misión: la vida de los afectados.
Lidiamos entre la verdad y la mentira, entre la miseria humana y la inteligencia, entre nuestras convicciones y las ajenas. Está dicotomia nos hace un poco difícil centrarnos en lo obvio: la vida y la muerte.
Quienes estamos aquí, miramos de cerca. Quienes están afuera, también sufren mirando. No podemos seguir profundizando a través de las brechas emocionales. Bastantes pensadores han dicho y estudiado (Kurt Lewin y Goebbels ) que las emociones colectivas son un caldo de cultivo para desenfocarnos de lo esencial: la esperanza.
Hermanos de aquí y de allá:
Cualquiera que sea tu convicción la verdad es que estamos de tránsito por esta vida. Colabora haciendo el bien. No caigamos en provocaciones. Bastante daño hemos sufrido en lo colectivo con el odio que separa, con el egoísmo y las mentiras.
Estamos aquí para ser útiles. Qué Dios, la energía divina, los Orishas, Buda, aquello dónde pongas tu fé, te de paz. Y si no crees en nada, que en tu corazón vibre el amor y respeto por los sufrientes. Son ellos quienes nos necesitan...
Ingrid Chicote
***
80 segundos bastaron...
Ocho días de duelo profundo… que surgieron luego de apenas 80 segundos de un estremecimiento que no sólo movió la tierra, sino que fracturó los corazones de los venezolanos para dejar salir de ellos la represión de valores sepultados en el alma.
Rugió el alma en apenas 80 segundos y fluyen sentimientos de dolor, angustia, tristeza y hasta rabia, sentires que hoy nos llevan a abrazarnos desde las entrañas y nos convertimos en un solo ser, que vibra en sintonía perfecta.
80 segundos que nos permitieron hoy volver a nuestra esencia: la solidaridad, el amor por lo nuestro y la firmeza de lo que queremos y la certeza de saber hacia dónde vamos, luego de este rudo sacudón terrenal que estremeció el espíritu.
Con esa misma fuerza de 80 segundos, o quizás más intenso, violento, enérgico e impetuoso se moverán los palpitantes corazones de los venezolanos para resurgir de los escombros … que desde ahora son la base de un futuro prominente para las generaciones que están saliendo y creciendo en un nuevo aire para Venezuela.
Yajaira Díaz, periodista
***
Techo intacto, alma rota
Ninguna teja de mi techo cayó,
ninguna herida abierta
está en mi piel,
y sin embargo,
estoy rota de alivio.
Estoy herida de saber
que estamos a salvo.
Miro mis manos
y están intactas.
Miro mis paredes
y sostienen mi hogar.
Pero dentro de mí,
el miedo se ha quedado trabado,
como un gatillo que teme
el próximo movimiento,
reteniendo un nudo
de lágrimas que no se desata.
¿Cómo se llora la casa ajena
sin que parezca un exceso?
¿Cómo se administra
la incertidumbre
en este valle que parece
estar a punto de crujir?
Es una tristeza
que no hace ruido
para no molestar,
es un miedo que camina
de puntillas por la sala
para no alterar la frágil
calma de los que amo.
Mido los daños
con la vara de la ternura.
Sana la tierra, sana la casa,
con paciencia de artesana,
trato de dibujar
los bordes de nuestro mundo,
haciendo de mi propia calma
el suelo firme
donde todos caminan.
Catherine Fagúndez
***
Foto: Patrizia Ulloa
Pequeña elegía para La Guaira
Si la madrugada desarropa y los grillos la acuchillan
es la distancia que alberga la sobrevivencia
¿cómo se puede continuar?
Escribiendo sobre la frente cada noche
como un mantra de otro tiempo que viene a decirnos algo que olvidamos:
Del parto al sepulcro
la vida conmueve en su multiplicación del gesto humano.
Ahora
digamos las palabras que sostienen el duelo
porque el cordón que une vida y muerte
se puede plantar en la tierra removida
y vaticinar:
Escombro es el nombre de la ciudad más bella
aquella alegría persistente como tambor de santo
hijos y amantes se entrelazan con el polvo
bajo la respiración y la lluvia de quienes rescatan.
Los cuerpos no dejarán de florecer
porque la ciudad que abraza la curva del Caribe
seguirá rezando por cada uno
en su repique y en su llanto
en la próxima cría que nacerá
y gritará de vida
recordando al cielo y a la tierra
nuestra pequeña y hermosa humanidad.
Giordana García Sojo
***
Cómo llamarte al día siguiente
cuando esto haya pasado
nuestra tarde deja encinta
esta naturaleza muerta
el viento la ha olvidado
de esa tierra, una cruel cesárea
cercena la canción de vida
ya no arde en sus manos
de sus colmenas aplastadas
el concreto desprende
la luz de las almas
frente al mar Caribe
un pueblo silenciado
gesta en una grieta
una nueva costra del mundo
La carne muerta
de una fruta acribillada de sol.
Jorge García
***
Al día siguiente
Ayer, cuando todo vibraba,
muchos descubrieron
que estaban desnudos,
no de ropa, sino de principios
y valores donde resguardarse.
Caer así no es romperse
sino multiplicarse en el reflejo.
El sismo sólo fue el espejo:
de lo que el soborno y el descaro
intentaban hacer invisible
No fue un castigo del cielo,
fue la corteza terrestre
que ya no soporta
el peso muerto
de nuestra indiferencia.
Se agrietan las paredes de concreto,
pero ya veníamos rotos por dentro.
Revisamos con manos temblorosas
las alertas del teléfono
buscando culpables
Pero la verdadera alarma
suena hace años
en las aulas desiertas,
en los hogares donde
el ejemplo se extinguió.
porque nos acostumbramos a vivir
con la ética invertida.
Por eso ayer, el día de San Juan,
la tierra tembló,
intentando despertar
a una juventud desorientada
por la risa de una conciencia
que no aprende a madurar.
Toca barrer los escombros
infancias desgarradas
en el altar del libertinaje.
Menos cinismo y más mirada limpia.
para enderezar la columna vertebral
de esta sociedad
que parpadea al compás
de un vals dormido.
Ojalá no olvidemos el temblor
cuando regresemos
a los viejos hábitos
de la ventaja y el engaño.
Manuel García (Max Bembo)
***
Job recorre las calles de La Guaira.
Con el cuerpo herido
se desliza entre escombros.
Había superado una vaguada,
el maltrato de un exilio
y una pandemia.
Job busca con desespero a su familia.
Sólo Dios sabe el amor que siente por su hijo.
Nesfran González
***
Tembló y el pueblo dio la cara
Si algo nos ha dejado como constancia los trágicos sucesos provocados por el terremoto del 24 de junio es que la opinión pública ha sido dictada, orientada y gestionada por el pueblo.
Atrás parecen haber quedado los tiempos en que los grandes medios de comunicación social, o las cadenas oficiales del Gobierno surtían algún impactado decisivo en la orientación y toma de decisiones de la población. El doble terremoto detonó un arma temida por cualquier poder, y es la capacidad del pueblo de hacer sentir su voz, de dirigir la opinión pública y, al mismo tiempo, de reclamar justicia.
El poder constituido, económico y político, quedó rebasado por el corazón y la voluntad de un pueblo que, con organización o sin ella, no titubeó en establecer prioridades "¡HAY VIDA!", "¡SOMOS SERES HUMANOS!" "Necesitamos palas y mandarrias, no metralletas!". Y por primera vez, el país y el mundo entero, conoció de qué esta hecho el alma de este pequeño y hermoso territorio que llamamos Venezuela.
No hizo falta que ningún teórico, científico, filósofo, filántropo, humanista, de izquierda o de derecha, nos explicara qué estaba sucediendo. Esta vez el pueblo se convirtió en rescatista, comunicador, policía, altruista, defensor de los derechos humanos, esos que los países dizque desarrollados proclaman. El pueblo, para unos y la historia, un subgenero de la humanidad, que muchos ven como una cifra, que muchos nombran pero sin verle el rostro, esta vez se plantó ante el mundo, ante el país, ante el poder y los sacudió a todos, barrió con todos los manuales de emergencia de desastres y con cualquier estrategia politiquera de costumbre.
"Yo también tuve mi primer rescate", mencionó un experimentado rescatista extranjero, halagando la gestión que han logrado los brazos de hombres y mujeres venezolanos que se entregaron desinteresadamente a salvar a sus familiares y vecinos.
No hay un esfuerzo menor o mayor para quienes decidieron remover escombros en busca de vida, ni para quienes decidieron comunicar la verdad de lo que estaban viviendo, no las medias verdades, no la verdad con intereses, no la verdad con risa cínica, sino la verdad así, a secas, guste o no, la verdad de frente y mirando a los ojos.
Hoy me siento como nunca venezolano, orgulloso de pertenecer a esas miles de voces que claman justicia, que rogan por ayuda, y que, a pesar de estar extenuados, no descansan ni de día ni de noche, porque un aliento de esperanza bajo los escombros, vale el sacrificio.
Octavio Paz, el poeta mexicano, escribió estos nobles versos que bien nos invito a reflexionar:
Pelear por la vida de los vivos,
dar la vida a los vivos, a la vida,
y enterrar a los muertos
y olvidarlos como la tierra
los olvida: en frutos.
Y en frutos los olvidaremos, dentro de cada uno de nosotros, siendo parte de nuestro fuero interno, daremos cada paso y cada gesto junto a ellos, por siempre.
Miguel Guédez
***
Desde este otro horizonte
miro rugir la lejanía
desde este punto
desde esta ventana cerrada
convulsiona la tierra
se mueve el párpado tectónico
la luz que se apronta
a cobrar sus cuentas.
Mi ojo,
los ojos ajenos
transitan entre el polvo
la ceguera el ahogo
las costillas rotas de los ángeles
y un miedo que se inserta
en el aire.
Una voz
debajo de mi voz
Un grito,
el eco del tiempo en 38 segundos
arbitrados por la angustia.
Aquí donde estoy llueve
veo el desastre a través
de esta ventana iluminada,
estas noticias que roen el espíritu
y recorren la carne aporreada
la mía ausente adolorida.
La tierra se arrastra como un lagarto
se conmueve también ruge
muerde como un perro rabioso
y sus dientes rompen paredes
esperanzas
y el miedo el miedo el miedo
y un brazo que emerge del trastorno telúrico.
Aparece el abismo,
el que nos ve
de aquel poema
que no dejamos de decir.
Ahora tiemblan nuestras carnes
el corazón de mi barro se detiene
vuelvo hecho estragos
como la tierra misma
como la grieta
que atraviesa los huesos
y sigue su camino.
Desde aquí
desde mis tantas muertes,
broto como árbol vivo
sonoro para seguir
sembrado en la tierra.
La misma que hace poco
alborotó el silencio.
Ahora nos queda
esperar la otra tierra.
Alberto Hernández
Arauca, Colombia, 2 de julio del 2026
***
Cuando aquí
Cuando aquí,
en cien años,
crezcan flores
y recuerdos
Cuando el mar
regrese a los muertos
por las tardes,
como a peces.
Y el polvo
sea un lodo doloroso.
Alguien pasará
por aquí y preguntará,
sin escuchar
los gritos de los muertos,
¿Cómo vine a parar
a estos lugares tristes
donde mi alma
se escurre entre las piedras?
Juan Francisco Lara
***
La pantalla dio aviso y sin embargo lo incomprensible se abrazó al algoritmo.
Una campanilla delgada tuvo el poder de poner mi equilibrio a jugar entre tres y dos.
Unos santos del pequeño altar levantado por las manos de mi madre van a dar al piso en medio de un intento fallido de permanecer solemnes.
Mis piernas endebles y embobadas recordaban un video clip de Jamiroquai. Virtual insanity empieza a sonar en mi mente, mientras la habitación de mi madre vuelve a ser un útero sacudido por lo raro de esa tarde.
Un rato después, me costó desatar los nudos que el miedo hizo en las manos de quien siento ahora es la parida. Tullida, asustada, niñita desvalida, nudes de cuerpo abandonado, un llanto que no termina de ser y los gritos en la calle como banda sonora del horror.
Nunca antes. Nunca tan fuerte. Nunca tan largo.
Después, un eco de inmenso llanto recorre una geografía que no se acostumbra a tanto golpe y porrazo.
No hago preguntas.
No tengo respuestas.
Sólo este momento en que la palabra vuelve a ser guía y esperanza.
El luto se hace inevitable.
El silencio es la mejor canción.
César León
***
Dolor es una palabra queriendo pasar con la mirada, la tierra. Sin saber a quién preguntar... hoy quisiera escribir por los caídos en Venezuela, pero no... mi tinta llora cuando me encontré en el reloj de las seis de la tarde de aquel fatídico día, recogiendo flores para ellos.
Virgilio León
***
No quiero despertar a los titanes
Los titanes yacen
en tumbas faraónicas,
cubiertos de nublada conciencia.
Hijos de la furia y la blasfemia,
sus voces retumban,
agrietan la calma.
Sólo un grito,
un grito inmanente de urgencia,
resquebraja los cascarones
vacíos de humanidad.
Laura Luque
***
Y no queda más remedio que irse
I
He mirado castillos y palacios caer,
millares de ciudadanos del reino,
bajo los escombros van a lo eterno,
nobleza no morirá sino trascender.
II
Bajo esas piedras y cadáveres,
bañados de aquel rojo carmesí,
mucho oro y plata yo conseguí,
que poco valdrán para los ángeles.
III
¡Qué ironía de esta cruel vida!
Tanta fortuna uno puede hacer,
pero el oro ha de despedirse.
IV
Al final tanta triste despedida,
Las morocotas se pueden deshacer,
y no queda más remedio que irse.
Jesús Rafael Marcano Guzmán
***
Llevo días tratando de escribir algo y no sé por dónde comenzar, surgen ideas vagas que revolotean en mi cabeza, nada concreto. Sin embargo siento la necesidad de plasmar lo que pienso en medio de esta incertidumbre.
Aparecen como destellos fugaces que no logro precisar, hay un caos que me impide seguir el hilo de lo que asoma. Me encuentro aturdida, con un no sé qué, que no logro definir.
Después de lo ocurrido tras una tragedia de gran magnitud hay una sensación a nivel individual y colectivo que se percibe en el ambiente.
Algunos especialistas afirman que es normal por la magnitud de lo ocurrido. Se escuchan informaciones de todo tipo que alteran la siquis por las expectativas que se generan, aunque no me encuentro en el lugar de los acontecimientos ni tengo familiares involucrados y evito ver información alarmante, no deja de afectarme.
Converso con personas y todas refieren sentir lo mismo. Pareciera que hubiese una sombra que nos arropa y no nos deja respirar.
Nada es predecible en este mundo de formas, nos creemos superiores y actuamos como si tuviéramos el control de todo y ante cualquier evento que se presenta nos damos cuenta lo vulnerable que somos.
Hay un quiebre y desconocemos la profundidad, ante tanta incertidumbre debemos respirar para no colapsar y si nos sentimos relajados prestar la ayuda a quien lo requiere.
Después de la tormenta aparece la calma, se regulan las emociones y podemos apreciar lo que tal evento nos viene a mostrar. Nada ocurre por casualidad sino que es el resultado de las acciones que hemos provocado de manera consciente o inconsciente.
Liris Miyares
***
en la cornisa del alma
un lamento
la raíz de sangre
se niega a despegarse de su tierra
el sueño se hace leve, imposible, fugaz
el recuerdo aparece
tapiado de escombros y gritos
en un abrazo de extraña ternura
tras dos sacudidas inesperadas
la sonrisa aflora
escudo grandioso ante el dolor
alegría de luceros asomando en alborada
la raíz
se hunde más en la corteza
en la savia vital de su linaje
respira
la vida
amalgama de sudores y caminos
resurge
Ninfa Monasterios Guevara
La poeta descalza
***
El despertar
Escucho el lamento
en la lluvia que no cesa,
como si el cielo llorara también.
Siento el dolor en la mirada
de aquel que vive,
pero por dentro
ya no siente nada.
Los escombros no pesan tanto
como la esperanza
de quien busca una señal.
El cansancio no tiene lugar,
rendirse ha perdido
todo significado.
«¡Hay alguien aquí con vida!»
Resuena como un canto
lleno de amargo y dulzor,
una consigna
que espera respuesta.
Y desde el silencio,
las voces responden:
«¡Aquí estamos!»
No hay tiempo para el llanto.
Nos hemos despojado de todo,
incluso del dolor propio,
solo por conseguir
a uno más con vida.
El padre que lo perdió todo
y sigue cavando
para salvar a otros,
la abuela que,
recién rescatada,
prepara arepas
para los necesitados,
la niña que con su sonrisa
conmovió al mundo.
La tierra tembló
y Dios la detuvo.
La tierra tembló
y el pueblo despertó,
una vez más,
con más fuerza,
con más voluntad.
Somos el escombro del pasado,
hemos resucitado
para salvar vidas.
La esperanza es un soplo,
resiliencia es resistencia:
es gritar fuerte
y decirle no a la muerte.
La tierra tembló,
y cambió el domicilio de miles
que ahora, desde las estrellas,
nos contemplan.
Rebeca Morales Vitas
***
No siempre la casa estará allí/ no siempre el sonido del río es el mismo/ ni el sabor de las caricias/ el ímpetu de juventud se va desvaneciendo/suena todo a nube gris/ sí podrá parecerlo/ pero es realidad/ y se acepta/ duele sí duele/ pero seguimos/ de la mejor manera/ de la que cada quien pueda/ asumo debilidades/ y a la vez me aplaudo/ lo que está a mis ojos me enternece o me hiere/ dos caras de la moneda de los días/ de algo estoy segura/ continuaré erguida frente a los veloces vientos del destino
Susana Potente
Menorca, 30 de junio de 2026
***
Los que se fueron
visten blancas túnicas
Van más allá del ocaso
a reunirse con el Padre
No sabían
que tenían que irse por la tarde
sin despedirse
y dejarnos
con la mirada perdida
en el horizonte
Isabel Rivas
***
¡¡¡Aquí estoy!!!
Sin salir de casa, paralizada, en completo silencio, profunda reflexión, escuchando mi dolor y viviendo mi tristeza.
Mi familia y conocidos saben que estoy bien, sin lesiones físicas y mis grietas emocionales ruedan por el rostro sin reproches ni consuelos.
Busco respuestas que nadie contesta, mi fe camina de la mano de Dios, pido perdón por pecados propios y ajenos, piedad por el sufrimiento individual y colectivo.
Hago inventario de tantas pruebas y errores, luchas, victorias y derrotas, raspones en la piel, raspaduras de rodillas; mis ojos agradecen al cielo este nuevo día para entender y aceptar lo sucedido.
Pido misericordia por los que sufren carencias inesperadas, niños que dejan de serlo, aplastados por una realidad inexplicable, ancianos sin apoyo ni abrazos, madres desgarradas y padres desesperados, personas con dolor tatuado de impotencia, todo perdido en cuestiones de segundos.
Mi corazón late a la par de mi conciencia, sentada en la acera evocando lo vivido: tembló la tierra, llora mi país, se agrieta mi espíritu, se fortalece mi alma.
Estoy en calma por fuera, rota por dentro, lágrimas rocían mi cansancio, vulnerable, quebrada, llena de miedos y vacía de quietud.
Mi voz se hace eco del dolor y la esperanza tomados de la mano, en la crudeza desnuda del presente y la fe de este pueblo que resiste sus derrotas y tardanzas.
Comparto mi sentir aquí y ahora, con mis raíces rotas adheridas al mañana incierto y breve, mi gentilicio cargado de caridad y añoranza.
Trato de gritar sin mover mis cuerdas vocales, escucho noticias sin abrir mis ojos que lloran despacito y oran sin descanso.
Mis manos se deshacen bordando este momento en mi memoria, mis palabras se quiebran con el eco de ambulancias, rescatistas y doctores, con manos anónimas y humildes, unidas por el amor al segundo mandamiento del creador del universo.
Mi pueblo sigue con ganas de vivir y no morir en el intento... porque en este concierto de ayes, hasta el dolor sabe cómo somos los vencedores del temblor que nos embarga...
Elizabeth Romero V.
***
1.
Un rugido sordo nació del suelo.
Arriba, las láminas del techo cantaron su pánico de hierro.
De pronto, fuimos hojas desprendidas en la tormenta,
balanceándonos sin rumbo,
suspendidos en un suelo que olvidó cómo sostenernos.
2.
Crujió la madera, tembló el cemento.
La gravedad se volvió un hilo delgado
y nos mecimos en el aire como ramas frágiles.
El mundo entero balanceándose
en el párpado de un segundo que pareció eterno.
3.
La tierra firme se hizo oleaje.
Crujieron los techos con rabia sorda
y nos despojaron de la fijeza:
caíamos hacia los lados, leves, flotantes,
como hojas que el viento arranca sin pedir permiso.
María Fernanda Romero (Sophia)
***
¡Malvado terremoto!
La tierra se abrió
como un libro de sombras,
un rugido seco,
un doble latido
que fracturó el silencio
y convirtió la arquitectura
de los sueños en escombros.
Venezuela, hoy tu nombre
sabe a polvo y a sal,
a llanto contenido en el hueco,
bajo escombros,
unas manos que buscan,
entre los restos de un edificio,
la señal de una vida
que se resiste a apagarse.
Hay ausencias
que pesan más que el concreto,
nombres que ahora son ecos
bajo las ruinas,
y una tristeza que se filtra
por las grietas del alma,
como el agua que busca salida
en la montaña herida,
mira cómo se levanta la esperanza:
son manos desconocidas
que se vuelven una sola
cadena humana,
desafiando el miedo,
rescatistas que ignoran el cansancio
y el abrazo del vecino que,
aunque lo perdió todo,
todavía encuentra fuerzas
para ofrecer un poco de luz.
Es el pueblo que resiste,
que se sacude el polvo
de los ojos para seguir buscando,
que llora sus muertos en voz alta
mientras sostiene,
con una entereza que asombra,
el hilo invisible de la vida
que aún les queda.
Que el dolor nos una,
que la fe nos guíe,
que el amor sea faro
en la noche oscura.
Venezuela resiste,
su espíritu no muere
y en cada corazón
renace la ternura
Esta tierra no solo tiembla
por la falla geológica,
tiembla también
por la fuerza de su gente,
por la dignidad
que sobrevive al desastre,
porque incluso
en la noche más cerrada,
la solidaridad es el único mapa
que nos queda para volver a casa,
con la tristeza y el dolor a cuesta,
pero con la fortaleza
de seguir venciendo
y construyendo un futuro mejor...
Efrén Ruiz
Desde la Mesa de Guanipa, edo. Anzoátegui, Venezuela
***
"¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!"
En el número 11 del Paseo Marqués de Zafra hoy no hay barullo. A las venezolanas del barrio nadie les gana en risas. Pero ahora, justo ahora, están apagadas. Les han bajado el volumen de golpe. «¿Cómo está tu familia?». «¿Están bien los tuyos?», preguntan los clientes. También los que se asoman al local solo para interesarse por ellas. A Luisa, a Mayerlin y a Jennifer no hay quien les borre la arruga del entrecejo. Tienen la cabeza en San Bernardino, donde se desplomó el edificio de una; en Los Corales, de donde es la suegra de una, o en Maracay, adonde mandaron a la familia de la otra después del desalojo. Como ellas, cientos y miles de ciudadanos de la diáspora lucen una grieta en el semblante. Vivan en Madrid, Málaga, Barcelona, París, Londres o en Berlín, comparten el mismo gesto: la mirada se les queda pegada a la pantalla del móvil.
A los venezolanos se les cayó el mundo, dentro y fuera de Venezuela. Acostumbrados a la demolición, este terremoto los sorprende con la mano en el corazón. A los que están dentro -reporteando, llevando agua y comida o tan solo sobreviviendo- la vida los agarra por la pechera y les recuerda qué aspecto tiene el mundo cuando se pone del revés. Sus vidas se nos aparecen en conversaciones, los grupos de Whastapp y las peticiones de ayuda. La reportera Goizeder Azúa no se ha movido de Barajas, desde donde sigue el minuto a minuto de quienes intentan ir a ayudar. En la Terminal 4 entrevistó a un padre venezolano que intentaba viajar de urgencia a Venezuela tras enterarse de que su hijo había quedado atrapado bajo los escombros del terremoto. El hombre relató que llevaba horas intentando conseguir un asiento en un vuelo. Como él, decenas de personas se organizan, pegan carteles con la dirección de centros de acopio o intentan ser útiles, aunque no tengan ni idea cómo.
En Venezuela, de Catia La Mar hacia adentro, quedan a la vista las grietas de la casa grande. El futbolista argentino Lucas Trejo, del Sport Marítimo La Guaira, pasó 74 horas removiendo escombros con sus propias manos con la esperanza de encontrar con vida a su esposa, Yanina Maranella, y a sus hijos, Aarón y Ainhoa; finalmente, los tres fueron recuperados sin vida. Mabel Hernández permanece frente al edificio donde quedaron sepultados su hermano, su cuñada, sus dos sobrinos y sus padres, mientras denuncia la falta de maquinaria para acelerar las labores de rescate y observa cómo vecinos y familiares excavan con las manos. En la pantalla del móvil, también en los informativos, un padre remueve escombros con el peluche favorito de su hijo fallecido. En el conjunto residencial Oppe33, en La Guaira, otros familiares permanecen día y noche. El tiempo corre en dirección contraria a la vida y hay quienes intentan sacarle ventaja para ganarle unos pasos a la muerte. Desde que ocurrieron los terremotos, todos los días un joven acude a un refugio en La Guaira para repartir zumos a los niños afectados. Cuando regresó en su siguiente visita, varios pequeños corrieron hacia él y uno le dijo emocionado: «¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!». La vida parece normal cuando la gente sonríe. De momento a esos más de quinientos niños que se han quedado sin padres ni madres les urge un simulacro de alegría venga de donde venga y lo ofrezca quien lo ofrezca.
Karina Sainz Borgo
Fuente: ABC de Madrid (01/07/2026)
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La noche cae
La noche cae y con ella,
las angustias de oír
gritos y gemidos ahogados
tras toneladas de concreto.
La noche cae y con ella,
el temor de ver llorar el cielo
sobre los crujientes hierros.
La noche cae y con ella,
los párpados cansados
de no dormir...
de tanto llorar.
La noche cae y con ella,
la angustia de mi
pueblo se hace eterna.
La noche cae, ¡Dios!
pero que no caigan
las esperanzas.
Emalida Viloria
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Pájaros ruidosos
sobrevuelan los tejados
en aparente desorden
No alcanzas a descifrar
la ruta de ese viaje
en una tarde que se despide
con un estruendoso
y estremecedor rugido
que convierte en polvo
la existencia...
Apareces
entre los escombros
de un laberinto de ladrillos
y concreto fracturado...
Un silencio mortuorio
te acompaña en medio
de la triste soledad
de bloques rotos
Esperas...
Tu voz florecerá
entre las ruinas
porque ángeles sin alas
te encontrarán
Dilcia Zamora























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Rafael Ortega