miércoles, 28 de enero de 2026

El oso de la plaza: una defensa

-Manuel Cabesa-


Con permiso de todos y con el mayor respeto por el pensamiento de los demás, asumo hoy el papel de abogado del diablo.

Existe una tendencia que desconfigura elementos que pertenecen a ese acervo popular que fue creado y permanece arraigado en el inconsciente colectivo del venezolano como parte de el proceso de asimilación que termina por suscitar en la sociedad lo que Néstor García Canclini llamó hace tiempo una "cultura híbrida".

Siguiendo la tesis de Ludovico Silva, llamo popular, esta vez, a todo aquello que es de dominio público, lo que todos sin excepción conocemos y disponemos a nuestro antojo; y dejo para nuestro folklore el término autóctono que mejor le calza porque es cultura nacida de la profunda raíz ancestral de las comunidades, y en razón de que, paradójicamente, muchas de estas manifestaciones son desconocidas por la mayoría de los venezolanos quedando circunscritas al terruño que las engendra, así que lamentablemente muchas fiestas y cantos nacionales carecen de la popularidad que merecen, como el joropo central desarraigado de las emisoras maracayeras.

Sin embargo, el oso polar ha estado en cada rincón de Venezuela hace ya mucho tiempo, y es parte integral del esparcimiento criollo e inevitable presencia en fiestas autóctonas o privadas, conversaciones, bautizos, matrimonios, funerales, graduaciones, cumbites, saraos, o simplemente para aplacar el calor, por lo que su estancia en una plaza pública no extraña a nadie y hasta pasa desapercibida de tanto repetirse en el imaginario popular. Sólo basta llegar hasta Las Delicias para encontrarnos con su majestuosa presencia en medio del jardín de nuestra principal casa de estudios magisteriales y dígame usted, ante su vista ¿cuántos buenos recuerdos no saldrán a flote en la mente de estudiantes y egresados que circulan por la populosa avenida?

Pretender cambiarlo por una especie autóctona implicaría hacer una revisión de los símbolos que nos rodean para darnos cuenta que aquello que es popular y representación del gentilicio tampoco es autóctono, como sucede con el tigre de bengala que forma parte integral de la imagen de nuestro principal equipo de béisbol sobre todo cuando muchos cronistas deportivos insisten en llamar a los integrantes del equipo "los bengalíes"; incluso la misma pelota, nuestro deporte nacional, tampoco es criolla como dicen, aunque sea muy popular.

Ni las águilas sobrevuelan nuestros cielos aunque el equipo de béisbol zuliano lleve su nombre y su imagen represente la cerveza más popular de la región que con la bendición de la Chinita ya cumplió los cien años. 

El oso polar, que no vino del Polo Norte, llegó hasta nuestras costas desde Cuba donde realmente nació en 1911 y donde sigue vigente en cualquier fonda de El Vedado y La Rambla habanera, con su sabor ríspido al paladar del que la prueba por primera vez pero que ya en la segunda ronda termina por acostumbrarse.

Con nosotros convive desde 1941, o sea que es más venezolano que yo porque nací 1960 lo que indica que llegó 19 años antes: era mayor de edad cuando llegué a este país por vía de parto. 

Pienso que después de 85 años compartiendo con los venezolanos ya es hora de darle carta de naturalización como se ha hecho con todos los ciudadanos honestos que han llegado a nuestro territorio, han arraigado en él y han apoyado el proceso de modernización que comenzó a vivir Venezuela a partir del gobierno del General Medina Angarita. 

Sobre todo viniendo de la entrañable isla caribeña con la que nos unen tantos lazos desde la época en que nos visitara Martí.

En su libro "Mitologías", Roland Barthes señala una serie de elementos que pasan a ser patrimonio de la colectividad pero que no nacieron en la antigua Grecia sino en medio de la sociedad de consumo moderna y entran en el imaginario colectivo como parte de sus vivencias, en muchos casos volviéndose entrañables, alimento de alegrías y amables recuerdos: ¿quién no recuerda con cariño al toronto?

En ese sentido el oso polar y la bebida que representa tienen lugar de privilegio en mi memoria afectiva como sinónimo de grato compartir, símbolo de amistad, enriquecedoras conversaciones y amargos desvelos amorosos: "el champán de los pobres" como llamó a la cerveza el chef argentino Gato Dumas.

No hay sorbo que por bien no venga, ni tristeza que no muera con cerveza.

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Rafael Ortega