-Mario Amengual-
Nada parecido a una razón obsesiva entre dos paredes sobrevive a las vituperaciones cotidianas, pero los legisladores prodigan argumentos entre sus ritos de perdones inalcanzables.
Sabrán ellos si una mano levantada puede superar cualquier anuencia mal escrita, si es que pergeñan leyes y no caprichos, en medio de esa voltariedad agazapada cuyo nombre resume la política.
Darán ellos sus palabras en compromiso consanguíneo, mientras las paredes y las calles se vuelven lúcidas delatoras de los abiertos y trabados desconciertos previstos en gotas de sangre acuosa.
En este país, en el supuesto tino vigente en las calles, las yerbas de los sinsabores han crecido bajo las huellas afincadas de la angustia. Se han levantado muros de alegatos inquebrantables para desembocar en pantanos de desilusiones.
Aquí mucha gente parece saber, hurgando entre láminas de dolores inéditos, que en los espejos se desvanecen sus simulacros.
Pero quienes tienen la retórica y las pantallas tomadas por su influyente cuello, quieren empezar o creen inaugurar auspiciosas prefiguraciones, ajenos a las alucinaciones repetidas, creyendo abrir un camino por donde ya hay una carretera.
Es su destino insistir en los despropósitos, es su insistencia cavar tumbas abiertas y como si se miraran en el fondo de un pozo inconcluso, desconocen el alcance de sus dedos empobrecidos.
La sangre se avecina como una lluvia sin fecha y no importa cuántas ventanas la esperen: igual azotará los techos y doblegará los ánimos.
Para muchos las predicciones se derriten como esperanzas maltratadas por las oportunidades, mientras se desmaya un demiurgo a punto de nacer.
Volverán en términos de oleaje terco, se revolcarán en la poca agua de las miserias barajadas, cayendo y cayendo, cayendo y cayendo, cayendo, en el silencio de abundantes palabras presuntuosas.
¿Quién puede levantarse en una calle sin nombre ni rasgos definitivos para acusar a la sombra que lo persigue valiéndose de la madrugada y de las preguntas rebotando en las piedras de ríos secos?
Estamos desfalleciendo de tanta energía confiados a los números y a las cuentas bancarias, suponiendo que la palabra pueblo quebranta fronteras y decide destinos.
Desfallecemos de tanto querer tal vez vida y suposiciones cristalinas, en respuesta a la locura de plata y palabras alebrestadas.
Cuando la sangre se avecina el miedo escondido insiste en calentar las orejas con bondades perdurables, mientras todos los sentidos anuncian y saben que las palabras ya no son escondites inocentesvdonde los cráneos flagelados no pueden soportar las inconstancias fulgurantes de los deseos disfrazados.
¿Adónde irá a parar la desazón convertida en hazañas? ¿Hasta dónde llegará el tumulto de suposiciones libertarias, envueltas en frases sedantes y engreídas?
Aquí y allá y más allá se desdibujan los márgenes de la serenidad y se ahogan los reclamos y se pierden futuros en los vasos de aguardiente y en el humo de la piedra enloquecedora y en el polvo dador de la jactancia y en la propina de las felaciones precoces y por el plomo de las armas rabiosas.
A la hora de los gallos arrecian los sueños descalabrados y cada amanecer es la continuación de los desencuentros enervantes también al servicio de los saldos favorables.
Ya la espiga de cobre se inclina sobre los cultivos abandonados, ya las hachas amelladas se oxidan en los barrancos de greda y en las zanjas de moho, y eso sería poco o no valdría ni una queja si no estuviesen quebrantándose los flacos linderos de la mesura.
Los devotos apuran la letra desjuiciada, atizados por la voz imponente y contentos por su mejorada hacienda.
El mañana es para ellos una plantilla de números y letras acordes con sus pasiones enquistadas. Prefieren ignorar que los preceptos pueden volverse cadalso o cilicio.
Sobre los escombros de su monolengua rasante más le importa a los afanosos escribientes sus satisfacciones partidarias y su tasada obediencia.
Apuestan a una perpetuidad sin espíritu, abonan un porvenir de piedras quebradizas casado con sus epítetos monacales. Reciben de su contraparte, no menos ansiosa de cámaras y mando, el veneno compartido en mesas separadas e indistintas.
Ojalá pudiéramos decir con inocencia sacrificial que venga a nosotros el Reino, pero ni siquiera sabemos si hay un Reino. Ya ni sabemos, entre suposiciones temerosas, si acaso algún Reino puede acogernos.
Lemas y fusiles se entrecruzan en rituales bélicos siguiendo el curso de frases discordantes y en los cuarteles, sobre almohadas acuciosas, se preguntan algunos si la valentía debe tener un nuevo precio.
Y en la calle, donde la inconformidad no sigue reglas ni órdenes superiores ni quiere saber de jerarquías estrelladas, la voz se rige por los mandatos de la necesidad y así dice y desdice en contra del credo insistente.
Ese color como buen negocio propagado, con pretensiones de volverse alma y conciencia, se vuelve espuma de resabios en los rompeolas de la docta ignorancia.
No venga a nosotros ese Reino prometido: sus promesas quebrantan el pulso del día a día, por más que unos y otros, esos unos amparados en sufragios y esos otros empeñados en ganarlos, pretendan ablandar pareceres con papeles renovados o privilegios de gloria al instante. Sólo la muerte iguala, nunca a juro las leyes y las arengas.
Sobran rigores y esmero si sólo en los discursos se trazan los derechos, ¿acaso puede regirse el corazón con notas a pie de página? Palabras enconadas si traen provecho es pasajero: apenas respiran el aire del perjurio reptan entre la hojarasca de razones aventadas.
Un buen día, en los folios polvorientos donde se traman los destinos, se delatan las intenciones de resentimientos ilustrados para la venganza y enceguecidos por sus complicidades.
Si la sangre llega a los ríos solicitada por el odio cultivado, ya sabrán mañana, tal vez muy pocos, que la inmemorial serpiente del destino siempre se muerde la cola y nunca estará de más advertir que aflicciones ayuntadas a promesas deslumbrantes suelen traer aprovechados endiosamientos y llevar más gente caída a las fosas comunes. ¿Sobreviviremos a las leyes del ímpetu y al frenesí de la arrogancia?
Maracay, Venezuela, 2007

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Rafael Ortega