-Ingrid Chicote-
Ustedes creen que yo conocí a Kristel, que fue mi amiga, pero no es así. Corrían los años ochenta y en Villa de Cura hubo un movimiento llamado Gente del Común al que sí pertenecí. Villa de Cura, también llamada la Atenas de Aragua, tenía fama de ser una encrucijada cultural, y cuando se apagaba, volvía a surgir la llama. En esa época veníamos de escuchar al grupo Fogata y de ver obras del Grupo Gexzam (Grupo Experimental Zamora), mucho antes de que existiera el Teatro Estable, que tan buenos actores invitó y formó, y tantos premios trajo al municipio y al país.
En ese marco resonaron dos nombres: Omar Gutiérrez y Kristel Guirado. Ambos eran unos muchachitos inquietos que buscaban la luz por las rendijas. Estaban poseídos por las metáforas, por la actuación: uno se encargaba de llevar los títeres a los barrios, especialmente a Manuare, en Las Mercedes, donde hoy vive la familia de Kristel; y ella —la voluptuosa, la sinérgica, la impetuosa— se formaba en las tablas con el Teatro Nacional Juvenil.
Entonces la llamó la UCV, y qué alegría más grande que ella y Omar pudieran pasearse por los salones de la Casa que Vence las Sombras, mientras nosotros —los artistas, poetas y teatreros— nos reuníamos a organizar nuestras actividades con el solo hecho de soñar una transformación, de fomentar la sensibilidad.
Para hablar de Kristel también hay que hablar de Rosana Hernández y de Angélica Llovera. También hay que nombrar la palabra como un bastión que se encuentra entre la nostalgia, la calle Montenegro y el cerro Los Chivos. Ellas son parte de las mujeres que no se negaron a seguir el legado de la vida pueblerina: se transformaron en torbellino luminoso para ser guardianas de una memoria viva, presente en las formas de relacionarse con la existencia humana y en la exigencia de la palabra.
Kristel Guirado, Oswaldo González, Adolfo Tosta, Omar Gutiérrez y Aly Pérez pertenecen a ese momento luminoso de los ochenta donde la cultura era esperanza. Soy parte de ese movimiento junto con muchos más. Luego de consolidarlo, surgieron en Villa de Cura otras visiones de lo mismo, como el Movimiento Cultural Zamora, que dió paso a la Casa de la Cultura, siendo Rosana Hernández una de sus primeras directoras.
Kristel, mientras tanto, se formaba y actuaba; se hizo madre y luego contadora de cuentos infantiles, narradora y poeta. Una vez coincidimos en un autobús hacia Caracas: ella iba con su niña y conversamos un rato. En sus ojos estaba el hambre de conocer, de admirarse por la hermosura y por el amor a todo lo visible.
Sabíamos de la existencia de la una y de la otra.
Kristel era de mucho hacer. La ciudad era para ella: le proporcionó lo necesario para su creación, para su crecimiento y para sostenerse en medio de la vida. Hablamos hace unos años porque me enteré de que estaban vendiendo la casa de la Montenegro, pero llegué tarde. Ella me dijo con mucha tristeza que sabía que en mis manos el samán del patio estaría resguardado, así como las paredes que la vieron crecer.
Nunca coincidimos en un encuentro o en una lectura: o ella faltaba o faltaba yo. Sin embargo, coincidimos felizmente en el proyecto de Giordana García, Dijo: «Yo misma fui mi ruta», dedicado a Julia de Burgos. Dice la presentación:
«No creemos que haya una literatura "femenina", pero sí en la necesidad acuciante de mostrar, visibilizar y dar espacios propios a la escritura realizada por mujeres, dada la desproporción sistemática en la mayoría de los espacios del circuito de legitimación literaria: editoriales, premios, programas de estudio, jurados, etc.».
Su plaquette llevó a Caracas el río de aguas espumantes de su infancia, el río Tucutunemo. Allá, en la ciudad, la memoria del agua la guio en su hermoso texto. Yo, en su ciudad, rememoré la historia del lugar de mi primera infancia en Caracas: Cotiza: _De_ parque a forestal.
Hoy pertenecemos a la misma ruta trazada por Giordana García. Kristel es una deuda de los encuentros. Tampoco coincidimos en el Taller La Cigarra del Trópico, donde Aly Pérez nos ofrecía libros, modos de engullir el arte, la literatura, la poesía, la música, los colores, la vida.
Con el título de estas palabras quiero expresar que la creación y la vida de los poetas no tienen fronteras. Un artista integral no puede tener por norma la grima ni los purismos. Una cosa es la ética y otra la estupidez humana. Yo agradezco que hoy podamos tener a mano la obra de Kristel, de Aly Pérez, de José Manuel Morgado.
La calidad narrativa en la obra de Kristel, sus obras teatrales y sus conceptos eran universales; Alberto Hernández dio fe de ello en la reseña de Amada Begonia. De Kristel aprendí a seguir entre la luz y la oscuridad, porque siempre nos llega la sombra. Sin embargo, no debemos dejarnos apagar.
Una cosa es que nos llegue la noche oscura del alma y otra que nos quiten la luz.
Hoy escribo para iluminar y dar un lugar en la historia a la cultura villacurana, que se volvió nacional e internacional.
Nunca debemos olvidar nuestros orígenes, y ella volvió a su pueblo transformada en la luz infinita del agosto plural.
Creo que Angélica, Rosana, ella y yo sufrimos de la misma nostalgia por esa Villa de Cura donde la cultura fue prodigio en la Biblioteca Ezequiel Zamora, en las plazas públicas donde se exponían las obras de nuestros creadores y en los lugares pequeños donde se leía poesía: en los patios de las casas, bajo samanes centenarios que seguirán de pie para florecer al sol, como hoy lo hace Kristel Guirado.

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Rafael Ortega