domingo, 16 de agosto de 2026

Estación Plaza Venezuela


 A María José y

a Victoria de Stefano


-Alejandro Ramírez-


La enorme bola de hierro golpeó la pared del edificio, los ventanales estallaron y se desprendieron.La máquina de demolición continuó sus potentes y sistemáticos golpes, levantaba una nube de polvo y esparcía escombros. El viejo edificio se desplomó.

Yo salía del CELARG todos los jueves y caminaba hasta la estación del metro Altamira. Mientras contemplaba el espectáculo de destrucción recordaba la tertulia que hubo luego de la lectura, reunidos en torno a una mesa en el sexto piso del nuevo edificio que ostentaba el nombre del patriarca de los escritores de este país. Se había comentado que en muchas ocasiones el escritor regresa a las primeras herramientas de sus inicios como creador de ficción. Una suerte de regreso a las primeras intuiciones de sus pasos iniciales. Esto significaba que yo volvería a Borges, Kafka y Cortázar en algún momento. Y mis pensamientos seguían un curso anárquico como si imitara el movimiento de las calles de esta ciudad.

El sol tejía un crepúsculo escarlata y naranja sobre Caracas cuando dejé atrás la máquina de demolición que seguía en su labor de enfatizar que lo único permanente es el aparente cambio. Una música exquisita salía de un restaurante y se mezclaba con el ruido de los automóviles. Nunca me había explicado la fascinación que siento por la música hasta que Beatriz, una amiga astróloga, me develó el misterio. Es Neptuno en sextil con Mercurio en tu carta natal, me dijo en una ocasión.

Había emprendido el regreso a Maracay. Y mientras caminaba me envolvía un lúgubre pensamiento, era un desasosiego y una sospecha de que la verdadera vida estaba esperándome en otra ciudad, entre gente desconocida, a veces pronunciaba nombres de ciudades en las que se cumpliría mi destino si alguna vez la visitara. Me propuse cambiar el curso de mis pensamientos a otras ideas más alegres. Recordé la conversación en el cafetín luego de la lectura. Se había planteado una interrogante algo frívola: qué país de Europa albergaba a las mujeres más bellas. Francesas y suecas las primeras nacionalidades mencionadas. Luego se refirieron a las españolas e italianas.

Pero alguien que nos estaba escuchando, un señor mayor, nos dijo: yo he viajado por toda Europa y puedo opinar con propiedad, las mujeres más hermosas son las de Europa del Este. Me imaginé de inmediato aprendiendo idiomas de consonantes complicadas y vocales explosivas, las lenguas eslavas, porque nada mejor que comunicarse en su idioma nativo y vinieron a mi mente imágenes de hermosos rostros femeninos: checas, polacas, húngaras, rumanas, serbias, croatas, bielorrusas, ucranianas, búlgaras. Y también la posible explicación de mi amiga: te asaltan esos pensamientos porque tienes a Marte en el signo de Escorpio. Y esto lo hubiera dicho con un brillo de picardía en sus ojos de gitana anglosajona.

En el viaje hasta la estación de La Hoyada recordé algunos lugares de Caracas que fueron mi domicilio en el comienzo de mi vida. En el tren subterráneo había pensado que encontrar vínculos con el pasado había tomado prioridad de urgencia en mi vida. Motivado de esta manera tomaba mi línea de recuerdos semejante a una línea ferroviaria. En ella yo transitaba el recuerdo de un zaguán largo en una casa donde yo encendí por primera vez una luz de bengala, luego llegaba hasta el recuerdo de mi madre cuando me tomó en sus brazos para sacarme una foto junto a un árbol recién plantado. Y seguía hasta que la línea de mi memoria se detenía ante un muro infranqueable. Escribir es una forma de meditación, es imaginar con el ritmo de la respiración y de la memoria. Vivimos con la esperanza de llegar a ser un recuerdo. ¿Es eso lo que se busca cuando se escribe? No espero nada de la literatura, pero le aposté la vida.

En busca de un vínculo con los recuerdos, no me bajé en la estación de costumbre. Seguí hasta la estación Capitolio. Iba a la plaza de La Concordia. Allí estaban los recuerdos más hermosos junto a mi hermana: en aquellos lejanos días cuando la memoria debuta. Nos deleitaba correr por los jardines. Subir las enormes escaleras de mármol, para deslizarnos por los pasamanos, a manera de un tobogán de parque. Y muy especialmente, meternos en la pérgola que nos parecía gigantesca, para gritar y gritar y dejar que el eco nos envolviera. Porque se producía un eco celestial e inolvidable. En la imagen que he evocado por un instante he parado de jugar para saludar con la mano al hombre con canas en el cabello que le sonríe y desde el ahora le responde con la mano al saludo.

Iba con una gran expectativa. Aceleré un poco más mis pasos. Pero al doblar la esquina veo que no hay nada, hay un estacionamiento, la plaza dejó de ser. Como una abierta conspiración contra la memoria y todo lo que vale el esfuerzo de recordar han colocado en su lugar un adefesio, han abierto una cicatriz en un rostro hermoso.


Tomado de El vendedor de vapor ©henderalejandroramirez (Caracas, 2017). Premio Nacional de Literatura Ramón Palomares, mención Crónica 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega