Diosa silvestre
Flor que desemboca en el cauce
fuerza que mueve montañas
tormenta que nadie espera
la tormenta que no se va
sonrisa etérea,
suave y delicada.
Mar bravío
que desborda pasiones
agüita de río
para calmar el alma
madre que camina sobre piedras
que azota las estrellas
y hasta el firmamento
le rinde honores.
Mujer hecha tierra
mujer hecha raíces
mujer hecha de costas
mujer de pies descalzos
que sollozas en silencio
y solo la noche
conoce tus lágrimas.
Mujer de pechos firmes
para amamantar,
madre de uno,
madre de todos,
con tu piel canela
con aroma a cacao,
cafecito de la mañana
a veces oscuro
a veces claro
buena arepa del llano.
En tu canto el tiempo se detiene
y la luna ilumina tu zaguán,
te has vuelto dueña de los parajes,
una diosa salvaje,
una fruta silvestre,
de tu vientre nacen flores,
dulce néctar que da vida.
***
Bendita senectud
Está bendita senectud se refleja en el espejo y se desnuda dejándose ver tal
y cómo es,
sin la máscara de cristal
que cubre
su verdadero rostro
Dulce paz mirar
lo que nadie ve,
y amar el paso del tiempo
que agresivamente
ha dejado sus garras
enterradas en esta piel,
me acompañan sólo mis manos
para sostener el peso
de la gravedad.
Las líneas curvas
y las anchas grietas de éstas,
mis arrugas,
se han convertido en mi deleite.
Como un susurro,
mis canas, experiencia
que me vuelve ajena,
indiferente y perpetua.
****
No te amo
No te amo.
Ni por las montañas
que derribé en tu nombre,
ni por las lágrimas
que hoy inundan mis pies.
No te extraño.
Miento al mirar la luna
cada noche,
evitando el recuerdo
de tus brazos salvando
mis huesos del frío invierno.
No te amo.
Aunque jamás
vuelva a conjurar el verbo,
porque en tus manos
dejé mi última promesa.
No te amo,
repito, mientras el eco
me traiciona.
Nadie morderá el polvo
como yo por ti.
Nadie guardará
este incendio
en la memoria.
No te amo.
Lo firmo con la sangre
de este olvido
que no llega.
****
Cuando grito
se detiene el mundo.
Me quedo inerte,
fría, adolorida.
Cuando grito no pienso.
No respiro.
No late mi corazón;
la sangre se recoge
en el centro del pecho.
Cuando grito
salgo al fin del baúl.
Me presento ante las cosas.
Me encuentro.
Rompo en llanto.
Cuando grito
es el desespero.
La angustia pura,
la rabia viva.
Cuando grito
camino con clavos
en los pies,
rompiéndome los tendones,
desgarrando el alma
contra el suelo.
Cuando grito
agarro vuelo.
Me elevo.
Lloro por la piel,
sudo, desaparezco.
Cuando grito...
***
Desaparición
Empecé a irme
sentada a la mesa,
con el café en la mano,
ignorando tus palabras.
Empecé a irme
acostada en la cama,
mirando el techo sucio
de polvo y telarañas.
Empecé a irme
camino al supermercado,
comprando comida
con la mente en otra parte.
Empecé a irme
silenciando los labios,
callando,
opinando menos,
sin quejas,
sin mentiras,
sin hipocresía.
Empecé a irme
y no te diste cuenta.
Me fui de ti,
me fui de mí,
me fui de todo,
y tú, clavado
en tu propio ego.
Ya no era yo,
ya no estaba,
aunque mi cuerpo
siguiera presente.
Ya no estoy,
ni para ti,
ni para mí,
ni para nadie.
Dejé de existir,
y nadie se dio cuenta.

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Rafael Ortega