domingo, 16 de agosto de 2026

Cinco poemas de Rebeca Morales Vitas

Diosa silvestre


Flor que desemboca en el cauce

fuerza que mueve montañas

tormenta que nadie espera

la tormenta que no se va

sonrisa etérea, 

suave y delicada.


Mar bravío 

que desborda pasiones

agüita de río 

para calmar el alma

madre que camina sobre piedras

que azota las estrellas 

y hasta el firmamento 

le rinde honores.


Mujer hecha tierra

mujer hecha raíces 

mujer hecha de costas

mujer de pies descalzos 

que sollozas en silencio 

y solo la noche 

conoce tus lágrimas. 


Mujer de pechos firmes 

para amamantar, 

madre de uno, 

madre de todos,

con tu piel canela

con aroma a cacao,

cafecito de la mañana 

a veces oscuro 

a veces claro

buena arepa del llano.


En tu canto el tiempo se detiene 

y la luna ilumina tu zaguán, 

te has vuelto dueña de los parajes, 

una diosa salvaje, 

una fruta silvestre,

de tu vientre nacen flores, 

dulce néctar que da vida.


***


Bendita senectud


Está bendita senectud se refleja en el espejo y se desnuda dejándose ver tal 

y cómo es,

sin la máscara de cristal 

que cubre 

su verdadero rostro


Dulce paz mirar 

lo que nadie ve, 

y amar el paso del tiempo 

que agresivamente 

ha dejado sus garras 

enterradas en esta piel, 

me acompañan sólo mis manos 

para sostener el peso 

de la gravedad.


Las líneas curvas 

y las anchas grietas de éstas, 

mis arrugas, 

se han convertido en mi deleite.

Como un susurro, 

mis canas, experiencia 

que me vuelve ajena,

indiferente y perpetua.


****


No te amo


No te amo.

Ni por las montañas 

que derribé en tu nombre,

ni por las lágrimas 

que hoy inundan mis pies.


No te extraño.

Miento al mirar la luna 

cada noche,

evitando el recuerdo 

de tus brazos salvando

mis huesos del frío invierno.


No te amo.

Aunque jamás 

vuelva a conjurar el verbo,

porque en tus manos 

dejé mi última promesa.


No te amo, 

repito, mientras el eco 

me traiciona.


Nadie morderá el polvo 

como yo por ti.

Nadie guardará 

este incendio 

en la memoria.


No te amo.

Lo firmo con la sangre 

de este olvido 

que no llega.


****


Cuando grito 

se detiene el mundo.


Me quedo inerte, 

fría, adolorida.


Cuando grito no pienso. 

No respiro.

No late mi corazón; 

la sangre se recoge 

en el centro del pecho.


Cuando grito 

salgo al fin del baúl.

Me presento ante las cosas. 

Me encuentro.

Rompo en llanto.


Cuando grito 

es el desespero.

La angustia pura, 

la rabia viva.


Cuando grito 

camino con clavos 

en los pies,

rompiéndome los tendones,

desgarrando el alma

contra el suelo.


Cuando grito 

agarro vuelo. 

Me elevo.

Lloro por la piel, 

sudo, desaparezco.


Cuando grito...


***


Desaparición


Empecé a irme 

sentada a la mesa,

con el café en la mano, 

ignorando tus palabras.


Empecé a irme 

acostada en la cama,

mirando el techo sucio 

de polvo y telarañas.


Empecé a irme 

camino al supermercado,

comprando comida 

con la mente en otra parte.


Empecé a irme 

silenciando los labios,

callando,

opinando menos,

sin quejas,

sin mentiras,

sin hipocresía.


Empecé a irme 

y no te diste cuenta.


Me fui de ti,

me fui de mí,

me fui de todo,

y tú, clavado 

en tu propio ego.


Ya no era yo,

ya no estaba, 

aunque mi cuerpo 

siguiera presente.


Ya no estoy,

ni para ti,

ni para mí,

ni para nadie.


Dejé de existir,

y nadie se dio cuenta.

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Rafael Ortega