miércoles, 1 de julio de 2026

El rugido de la tierra | Antología post sísmica venezolana

Diseño: César Blanco 

Ante la pérdida no hay consuelo, sólo el dolor. Se acepta el dolor y la realidad poco a poco va apareciendo, poco a poco.

Alejandro Jodorowsky


El acto de escribir es más que plasmar palabras; es un gesto de abrazo hacia aquello que no podemos ver

 María Negroni


Frente a la violencia, el verso ofrece un refugio.

Czeslaw Milosz


***


Minutos después de las 6:00 de la tarde del miércoles 24 de junio de 2026, nuestro país resultó afectado por causa de dos sismos consecutivos -de 7.2 y 7.5 en la escala de Richter- que en 80 segundos trastocaron de manera radical la geografía de nuestras ciudades, el silencio de nuestras calles y la tranquilidad de nuestros hogares. Ante el rugido de la tierra y el posterior desconcierto de las réplicas, las estructuras colapsaron, pero la memoria colectiva y la necesidad de arraigo se mantuvieron firmes entre las grietas.

Cuando la tierra calla, queda la palabra. Esta selección de textos reúne las voces de diversos poetas, narradores y cronistas venezolanos que, conmovidos por el dolor, el asombro y la pérdida, recurrieron a la palabra escrita como el único refugio capaz de ordenar el caos. A través de sus obras, el lector será testigo de testimonios de la noche oscura que envolvió a nuestras regiones, el eco de los llamados de auxilio, la mirada puesta sobre el polvo de los edificios caídos y, sobre todo, el abrazo solidario que surge en medio de los escombros.

Los textos de El rugido de la tierra no pretenden sólo registrar la herida de aquel junio que nos marcó para siempre, sino también tender un puente hacia la reconstrucción emocional de un país que, aún tambaleante, vuelve a levantarse. Estos escritos son la prueba de que, cuando el suelo falla bajo nuestros pies, la palabra nos sostiene.


Rafael Ortega



***


Tarde de crepúsculos caídos 


Un viento de sal amarga 

apuró las horas de la tarde.

Borró los retoños de la hierba.


Una fuerza ciega 

cerró los ojos de la vida.

Estremeció lo plantado,

como sinuosa serpiente 

en una danza macabra.


Tembló la tierra.

Nada se sostuvo 

en la trémula ribera,

en esa hora desierta.


Sonaron a Requiem,

los pórticos, paredes y sueños.


Un dolor encarnado 

como púrpura saeta,

deambula entre las ruinas 

de un tiempo maligno.


Quedamos como un árbol 

desgajado en el otoño.

Aterrados en medio de las sombras.


Me sale un llanto triste y seco,

como esa tarde de crepúsculos caídos.


Guillermo Battes Barrios 


***


Mi gato enloquece 

trae un pez en los dientes 

Eso quisiera 

Limpio y saco las entrañas


Agallas rosas

Maniobras rosas

Mi gato salta a la ventana 

el pez se mete por su oreja

muerde su garganta 


Debe notar la diferencia 

Lame sus patas 

Estruja su bigote 

Maúlla

Piensa que los peces 

salen del grifo


La réplica 

vuelve a azotar la casa 

Mi gato salta al vacío 

Mi mano no lo alcanza

Ahora llora como un niño 


En una oración interminable

mi gato comienza a contar las horas

Los peces muerden sus ojos


Freddy Borges


***


Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el suelo, que es necesario saber que de un momento a otro todo puede venirse abajo.

Alejandro Zambra, Formas de volver a casa 



Estoy parada en la grieta,

ante un espejo de mi fisura. 

El derrumbe de piedras,

piedras

     rodantes 

              sobre nuestros cuerpos 

                                                    ya abollados.

Hoy miramos con perplejidad la grieta.

Ver fuera lo que está dentro

nos quiebra de espanto.

Callo y trago grueso,

no hay palabra que sostenga.

Esa grieta que suma kilómetros,

aumenta los pasos,

                  me quiebra 

y me aproxima. 

La tierra que piso está firme,

no sé hasta cuándo.

La tierra que vive en mí 

está rota, 

                fragmentada.

El mundo sigue,

el país sigue,

yo sigo,

camino, consciente de la grieta

en 

     cada 

             paso. 

Y aunque no se entienda,

el quiebre me acerca.



Oriana Brando


***


Un perro ladra entre los escombros 

un taladro y unas manos escarban

y cosechan el milagro de la vida



Elí Caicedo


***


Sé que donde estás

te diste cuenta de que tembló 


Sé que me viste 

y no te asombró mi actitud,

porque en instantes anteriores

de suaves movimientos de la tierra,

me comporté 

como si no estuviera ocurriendo nada.


Pero por dentro 

mi corazón se quebraba

ante esa amonestación de la naturaleza.


Sé que ella nos marcó

con una cruz de ceniza indeleble

como símbolo de reconocimiento

entre los que este 24 de junio

estábamos en nuestro país,

en nuestra casa.


Hoy, al declinar la tarde

en decúbito supino,

miro los tabelones

y las vigas del techo

de mi habitación 

y vuelvo a recordar

este nefasto día de junio;

día del Santo de mi papá,

cómo mi cama y la lámpara

que pende del techo,

se movían con furia indescriptible

durante esos segundos interminables.


Mercedes Carmona


***



Una ciudad 

llena de escombros 

pide silencio.

Ysbel Mejías


***


Lloran las almas 

después de la tragedia 

hay esperanzas.


Liris Miyares


***



Entre santos, héroes y escombros 


El 24 de junio en Las Tejerías siempre ha sido una jornada donde el misticismo y la historia se abrazan sin pedir permiso. Desde las primeras luces del alba, el repique del tambor despertó al pueblo. Las cofradías de San Juan Bautista, con sus pañuelos rojos y altares floridos, tomaron las calles en un sangueo cadencioso. El ritmo parecía brotar del asfalto mismo, un latido colectivo que celebraba la vida, la fe y la herencia indomable de la costa.

Mientras en Las Tejerías el santo bailaba al son de los cueros, en el oriente del país, en la población de El Tigre, el aire vibraba con una solemnidad distinta. El Día del Ejército y el aniversario de la Batalla de Carabobo se conmemoraban con un imponente desfile cívico, militar y estudiantil. El paso firme de las botas, el brillo de los uniformes y las banderas ondeando al viento rendían tributo a la gesta que fundó la patria. Dos realidades venezolanas, la sagrada y la heroica, transcurrían en un espejo perfecto de identidad. Hacia las dos de la tarde, el recorrido de los sanjuaneros alcanzó su clímax frente a la Alcaldía. El calor de la tarde no amilanó a la multitud; al contrario, los tambores retumbaban con una fuerza frenética que guiaba el movimiento libre y alegre de las caderas de las muchachas, cuyo baile hipnotizaba a los presentes.

Ese repique fue el puente perfecto para conectar con otra gran celebración del día: el cumpleaños del Alcalde. Las puertas de la Casa de la Cultura se abrieron de par en par para recibir al pueblo. Adentro, la atmósfera era de pura algarabía. La música en vivo contagiaba a todos, mientras las bandejas de comida y los vasos de bebida circulaban sin cesar. El alcohol, la risa y el júbilo colectivo crearon una burbuja de desconexión total donde el mundo exterior simplemente dejó de existir. 

A eso de las seis de la tarde, la fiesta popular rozaba su momento más tierno y tradicional. 

La cronista Carmen Rojas, respetada por salvaguardar la memoria del pueblo, se acomodaba frente a la piñata, con el palo en la mano y la sonrisa dispuesta, lista para desatar las risas de los presentes.

Entonces, el tiempo se congeló. Un bramido subterráneo, sordo y violento, ahogó la música. El suelo de la Casa de la Cultura se sacudió con una furia imprevista. Para quienes ya sentían el peso del alcohol en las venas, los primeros segundos parecieron una pérdida pasajera del equilibrio, un vaivén mareado que pasaría rápido. "No es nada, una sacudida más", pensaron algunos entre la bruma del festejo. El temblor cesó en un suspiro, dejando tras de sí un silencio espeso, interrumpido solo por el tintineo de las botellas y los murmullos nerviosos.

Pero la ilusión de la normalidad se pulverizó en menos de una hora. La realidad irrumpió como un golpe seco en el pecho. Los teléfonos, las transmisiones de radio y las voces desesperadas comenzaron a tejer una crónica de terror que nadie quería creer. Lo que en Las Tejerías se sintió como un susto pasajero, en el resto del país se había transformado en un cataclismo.

Las noticias que llegaban de la costa eran devastadoras: el suelo firme se había convertido en una trampa mortal. En La Guaira, las estructuras no resistieron; el dolor se multiplicó al confirmarse que más de 200 edificios se habían derrumbado, transformados en montañas de escombro, polvo y lamentos. La línea del horizonte caribeño se desfiguraba entre columnas de humo y el eco de las sirenas.

El pánico se extendió como la pólvora por toda Venezuela. De oriente a occidente, los reportes repetían la misma pesadilla de infraestructuras colapsadas y vidas sepultadas bajo el concreto. En la Casa de la Cultura de Las Tejerías, la música ya no volvió a sonar. Los rostros, antes encendidos por la fiesta y el licor, se tornaron pálidos y desencajados. El 24 de junio, que había comenzado con el canto devoto a San Juan y el orgullo de Carabobo, cerraba sus cortinas envuelto en el luto, la incertidumbre y el llanto de una nación sacudida hasta sus cimientos.


Ana María Rodrigues Macedo, cronista


***


1.


Tiembla la tierra 

respondiendo con rencor

el hombre corre.


2.


Sufre la tierra

con heridas profundas 

y grandes daños.


3.


La tierra llora

siente graves heridas

pide ayuda.


4.


Honda tristeza

circula por sus venas

crece el dolor


5.


Se perdió la sonrisa

sólo existe dolor

no brilla el sol.


6.


No cantan las flores

sus pétalos se duermen

se opaca el sol.


Marina Sandoval


***


Cruje la costura que amarra los dos edificios gemelos y el aire se llena de un silbido denso, vertical, geométrico. Atrapado en el núcleo de la estructura, bajo el ángulo ciego del marco de la puerta, mido el abismo en metros y segundos. A quince metros de altura el tejado se desgarra a dos aguas, liberando una granizada furiosa de proyectiles de arcilla. Son veloces hachas de tierra, cuchillos de fuego frío que descienden en picada libre, acelerando su gravedad asesina a setenta kilómetros por hora. Estallan a mi izquierda, trituran la piedra a mi derecha, rozan el límite exacto donde termina mi piel y empieza la nada. El tiempo se estira, se deforma, se vuelve una masa interminable de estrépito y polvo rojo. Y sin embargo, en el centro mismo de esa tormenta letal, bajo el umbral que resiste, el terror se disuelve en puro asombro. La cercanía de la muerte no congela; al contrario, es un chispazo eléctrico, un recordatorio violento y absoluto de la propia carne, un saludo del abismo que, de pronto, vuelve la experiencia más vital. Nunca estuve tan expuesto, nunca estuve tan despierto. Esto no es un poema todavía; es el pulso que regresa, el miedo transformándose en canto, poco a poco, de temblor a temblor.


Roberto Santana


***


Para los que partieron sin despedirse


No te conocí.

No supe el color de tus ojos,

ni el tono exacto de tu risa,

ni qué sueño te desvelaba la noche anterior.


Pero la tierra tembló,

y dolió en el mismo pecho.

Porque el dolor no pide cédula,

ni el luto necesita conocer el rostro.


Somos la misma raíz que se sacude, el mismo suelo que, al abrirse, nos arranca un pedazo de futuro.


Hoy no lloro una estadística.


Lloro la taza de café que quedó llena, la puerta que no volvió a cerrarse, el abrazo que se quedó a mitad de camino.


No son cifras que borra el viento, son luces que cambiaron de altar.


La tierra se movió un momento...

¡Y ellos se mudaron al mar!

Vuelen alto, almas sin nombre,

vecinos de la misma herida.


No los conocí en la vida,

pero los guardo en el alma

para que no los toque el olvido.


Alis Teresita Velasco


***


Esperanzas


Manos que se buscan 

entre los escombros,

olvidando el miedo,

levantando el alma;

el peso del mundo 

se carga en los hombros;

el esfuerzo compartido

nos devuelve la calma.


No hay extraños 

en esta tierra herida,

solo hermanos que tejen 

una red de acero,

cada vida salvada 

es luz bendecida,

cada rescate, 

un abrazo sincero.


Del polvo brotan  

fuerzas latentes,

un lazo invisible 

que el sismo no quiebra,

ver al pueblo unido y valiente,

que de los escombros renace 

y la vida celebra.


Emalida Viloria


15 comentarios:

  1. Las palabras también muestran imágenes y el dolor profundo que ha vivido un pueblo y describe desde lo sagrado y heroico de una celebración como puente de partida hacia lo sagrado de la vida y lo heroico del rescate de un pueblo que salva al pueblo
    Belén María Pacheco Ayala

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  2. Todo se hizo mucho, cuando sentiamos tanto.

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  3. Pero de esto saldremos porque somos VENEZOLANOS!!

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  4. Roberto Santana1/7/26 3:31 p. m.

    Fuerza y Luz

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  5. ¡Excelente selección! Hermano Rafa."Obviar lo vivido, es negar que existimos, que sentimos y que somos frágiles mortales, entender que estamos exentos de sentir la mordida feroz , sorpresiva de la madre naturaleza. César Blanco. Miércoles , 1 julio de 2926.

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  6. La palabra nos sostiene con esa frase finaliza la presentación de esta selección de textos que hilvanan el impacto de esperar cuando pase el temblor.

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  7. Wow! Gracias 🫂 Reconforta drenar lo que se siente y sin saber cómo llevarlo al lenguaje otros por nosotros nos ayudan en poemas traducir y sanar lo vivido...ls porfis sabadira.Bendiciones!

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  8. Renazco en la esperanza del peor momento de mi existencia

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  9. Cuantas emociones en estos textos pero todos con un mismo sentimiento.
    Dejar testimonio de ese momento desgarrador del 24 de junio 2026..
    Venezuela unida resurgira de nuevo como el ave Fénix. Muy bueno. Rafael.
    Julia Yasmina Liendo...

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  10. Un agradecimiento inmenso y especial a Rafael Ortega, cuya sensibilidad y dedicada labor editorial hicieron posible esta antología indispensable. Gracias, Rafael, por tender este puente de resiliencia, por reunir nuestras miradas dispersas entre los escombros y por rescatar del olvido la herida y el renacer de nuestra patria.
    Cuando la tierra calla, sus palabras nos sostienen. ¡Un honor coincidir con ustedes en este canto de fe y reconstrucción!
    Con profundo respeto.
    Alis Teresita Velasco

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  11. Muchas gracias por estos espacios de reflexión y poesía, en estos momentos donde la crudeza y el dolor embarga nuestro país. Un fuerte abrazo Rafael. Ana María Rodrigues Macedo

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  12. Valiosa antología de nuestros poetas de Aragua. Juan Francisco Lara

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  13. La palabra, nos ayuda a vencer la tristeza y la soledad. Con ella, nos sentimos parte de un todo, sabemos que hay otras almas interconectadas con la nuestra, avanzamos firmes hacia un futuro colectivo, nos descubrimos frágiles pero resilientes.

    La palabra, nos hermana y consuela.

    Gracias, Rafael. Buena selección de palabras
    Gracias, poetas... sus palabras, nos sostienen

    Ninfa

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  14. La tierra borracha nos llenó de dolor y luto.
    Miguel Mora Alviárez

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Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega