-Victorino Muñoz-
En una ocasión leí en Kundera algo así como: “no somos lo que somos, sino lo que los demás piensan que somos”. No estoy seguro de en cuál de sus libros está la frase, o una similar; tal vez sea en La inmortalidad o en La insoportable levedad del ser, que fueron dos que leí y releí por mis años de adolescencia. Tengo la mala costumbre de citar de memoria y acaso añado algo para que la cita se parezca más a la idea que yo también tengo sobre el asunto.
Ahora bien, de alguna manera, esta idea se ha ido reforzando a lo largo de mi vida con otras, fusionando o acaso creando redes, como una suerte de micelio, con otras lecturas. Entonces la mezclo y la discuto un poco con la de Ortega y Gasset según la cual “yo soy yo y mi circunstancia”, frase que nos lleva a suponer que toda persona está moldeada por los paradigmas de su tiempo, y que no se puede ser o no se debería pensar que seríamos los mismos, si hubiéramos nacido en otro lugar y momento.
Pese a esto, considero que la persona también contribuye, y mucho, a modelar la idea que sobre ella se hacen o harán los demás. Y creo que los escritores son, precisamente, los primeros que ponen en práctica esta tercera variante del asunto. Entonces, no seríamos ni lo que los demás piensan de nosotros, ni lo que las circunstancias han moldeado, sino lo que decimos y decidimos. Fíjense, qué curioso, en lo cercanas que son, fonética y semánticamente, estas palabras: decimos, decidimos.
Y es que desde su universo ficcional, hecho de palabras, los creadores van construyendo la imagen de lo que quieren ser y lo que quieren vendernos, en una suerte de storytelling, a la manera de los políticos y religiosos y otras figuras públicas. He usado la palabra ficcional en un sentido bastante amplio, pero no tan vago; considero que tanto la poesía, como la prosa (sea narrativa o ensayo) crean algo nuevo: crean imágenes, metáforas, símbolos, historias, sistemas de pensamiento, que no existen propiamente tales en la realidad. Y en esa medida resultan ficcionales (invenciones), lo cual no significa falsedades, sino todo lo contrario: verdades otras, versiones hechas de otra materia, pero sobrepuestas, superpuestas y hasta impuestas a la realidad.
La creencia de que existe, en efecto, algo llamado el ego, de que las personas pueden tener un complejo de Edipo (aún aquellos que nos criamos sin la figura del padre), ¿no viene a ser una especie de ficción aceptada? ¿Y no es una suerte de mitología, que demanda mucha fe de parte de quien lo supone, que un trastorno de cierto tipo es tan real como el rostro de la persona? Es otra forma de creencia, no religiosa, pero creencia al fin; y tal vez no sea tan diferente como aquella que me puede llevar a emocionarme, a llorar incluso, cuando veo una ficción en la pantalla o cuando leo un libro.
Entonces, tomamos como premisas que: primero, desde lo que escribimos podemos moldear la forma como seremos o queremos ser percibidos-recibidos, nosotros y lo que escribimos: autor y obra; segundo, que la recepción de lo escrito se asumirá real en la medida que teje una historia, no sólo sobre el asunto de lo que se habla, sino sobre aquel que habla, lo cual a menudo puede resultar difícil de separar, como ya veremos; tercero, esta hipótesis acerca del mito del escritor contado por sí mismo se reforzará cuando: 3.1 ciertas metáforas y símbolos se hacen recurrentes; 3.2 el autor emplea técnicas de autoficción, introduciéndose como personaje, empleando preferentemente la primera persona, usando con toda intención personajes que se le parecen, tienen nombres parecidos, etc.
Un ejemplo de esta tendencia o práctica (no tengo una mejor manera de llamarla por ahora) es Charles Bukowski, quien con sus seres desarrapados, inestables emocional y laboralmente, pendencieros, dipsómanos, no sólo se convirtió a sí mismo en su mejor personaje, nos hizo creer que él era su personaje, que él era Chinaski. Así, la obra de Bukowski es doble: escribió sus libros y se reescribió a sí mismo, escribió el guion de su vida tal como quería ser recordado. Más bien diría que su obra es él mismo.
Pero, su caso no es el único. Esto es más abundante de lo que suponemos. Oscar Wilde sería otro ejemplo: elegante, irónico, mordaz; así son sus personajes (por lo menos Dorian Gray), así es su prosa; así querría ser él recordado, supongo. ¿Y qué decir del atildado Marcel Proust? La imagen que se ve en las fotografías que de él se han conservado, nos muestran que era como su prosa: acicalado, pulcro, aseado, limpio, elegante, cuidadoso, impecable, minucioso, primoroso, esmerado… todo eso dice el diccionario de la Real Academia Española cuando buscamos la palabra atildado.
En Venezuela tenemos un caso que para mí es más que emblemático, es tal vez el más emblemático de todos en los que se presenta esta fusión autor-obra: Teresa de la Parra, una escritora que hizo de su vida un mito, sin querer o queriéndolo, hasta el punto tal de que ni podemos separar muy bien su vida de ese mito ni podemos diferenciar hasta dónde llega la ficción en su personaje María Eugenia Alonso, o dónde comienza la vida de Teresa, si es que hay una diferencia en la vida o la forma de pensar de una y de la otra.
Y es que son tantos los paralelismos entre lo que se sabe de Teresa de la Parra y lo que se cuenta de María Eugenia Alonso que cualquiera se confundiría. A saber (menciono algunos):
- Teresa de la Parra nunca se casó; María Eugenia se oponía al matrimonio, aunque al final sí termina casándose con un papanatas (no tengo mejor manera de llamarlo), lo que tal vez sería una forma de no darle ninguna importancia al matrimonio.
- María Eugenia regresa de Europa y se encuentra con una ciudad y una sociedad caraqueñas que se le antojan provincianas, demodés, pacatas, entre otras cosas; Teresa también regresa de Europa, más joven (de 11 años) y luego viaja al viejo continente, más o menos a la edad de su protagonista; un viaje inverso y a la vez convergente.
- María Eugenia se autopresenta como moderna y sofisticada, e innovadora (por lo menos en las formas), aunque encerrada por la tradición familiar y social; y según Julieta Fombona, Teresa “confesaba preferir mil veces la vanidad de los trapos a la otra, la literaria” (un detalle superficial que no desdice su condición de intelectual).
¿Se parecían Teresa y María Eugenia? ¿Quería ser ella como su personaje, o que se creyera que era tal como su personaje? ¿Quería Teresa que se le considerara una abanderada del feminismo? Sí, no, tal vez un poco. Sin dudas, Teresa de la Parra abogaba por la igualdad entre los géneros, pero se mostraba moderada, sin radicalismos. La creadora y su creación se parecían y eran diferentes, como sucede con las hermanas.
Ahora bien, el problema es que este mito de Teresa de la Parra según Ifigenia se ha ido convirtiendo con el tiempo en una cuestión en la que resulta cada vez más difícil separar el grano de la paja: dónde termina el mito y dónde comienza la escritora, dónde comienza la persona real, de carne y hueso. Y podría uno preguntarse, también, volviendo al asunto del inicio, si en los escritores hay, en efecto, un ser de carne y hueso, cuando lo que mostramos es más bien una imagen hecha de palabras, una máscara acústica, como dijo Elías Caneti, hablando acerca de su Auto de fe.
Teresa y María Eugenia vienen a ser, entonces, como dos siamesas. Y la cuestión, la confusión o la indiferenciación se ha ido agrandando con el correr de los años y el añadido de más y más ensayos y estudios, así como de nuevas teorías: el neocolonialismo, las ideologías feministas, etc. Pero dentro de este proceso pueden surgir equívocos, tergiversaciones y variaciones.
Aclaro que no estoy reivindicando que haya o deba haber una lectura correcta, de esta, o de cualquier obra, sino que la óptica del lector, o el enfoque que asume para leer la obra, hacen que a veces la trompa del elefante se vuelva tan importante, que termine por pensarse que este es un ser de forma tubular, recordando la metáfora de Keynes sobre la economía, la cual puede aplicarse a casi cualquier cosa (por lo menos yo lo hago).
Así, el mito de la Teresa-Ifigenia reformista, que quería cambiar su sociedad y su tiempo, es uno que ha tenido grande resonancia en los estudios y escritos sobre la novela. Sin embargo, en su momento Julieta Fombona pareciera haberlo desmentido: “Con Ifigenia, Teresa de la Parra no pretende reformar nada, y ni siquiera denunciar (la denuncia se da por añadidura, como un subproducto): simplemente compara, calladamente, con un modelo interior, el del recuerdo, a sus hombres y mujeres, y luego los deja ir rodeados por la aureola piadosísima de la equivocación, mientras los escolta en silencio como un can fiel e invisible el ridículo”.
Y tal parece, leyendo entre líneas las Memorias de mamá Blanca y algunas de sus conferencias, que más bien Teresa daría de antemano por perdida la batalla contra las normas sociales, y que en lugar de una lucha por la reforma, hubiera preferido entonces la apartada senda de la que habla Fray Luis: un ambiente bucólico, anhelando y añorando la naturaleza. El hecho podría confirmarlo el orden cronológico de sus novelas y la dinámica sociedad-oposición-desencanto (En Ifigenia) versus naturaleza-añoranza-anhelo (en las Memorias) que constituyen la clave en cada una de estas obras.
Así, podríamos conjeturar que tal vez Teresa comienza por parecerse a María Eugenia, buscando innovar, cambiar, con ese ímpetu propio de los años mozos que todos tenemos. Esto me recuerda algo que decía Borges (y nuevamente cito de memoria, aunque sé que lo leí en Otras inquisiciones); más o menos era algo como que, filosóficamente, todos comenzamos por ser destructores de sistemas; y al final pasamos a ser constructores de un sistema. Un poco iconoclasta es la juventud, añado yo. Luego, Teresa-Ifigenia se olvida de querer cambiar el orden social y busca un orden otro, más armonioso: el de la naturaleza o el de la familia.
Es más o menos esto de lo que habla en Memorias de Mamá Blanca. Curioso que al final ella, Teresa, también buscara en espacios de la naturaleza recuperar el equilibrio de la salud y que terminara muriendo rodeada de su familia… De este modo, para cerrar nuestra pequeña disertación, Teresa habría dejado de parecerse a Ifigenia, para pasar a ser un poco más como la Blanca Nieves que cuenta la historia en la última de las novelas que publicara.
Qué misterioso empeño el que tiene la vida de tratar de parecerse a las letras (y esta vez me estoy citando a mí mismo, para no equivocarme más y que no vengan después a criticarme por mis inexactitudes).



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Rafael Ortega