martes, 23 de junio de 2026

El contexto de Ifigenia

-Victorino Muñoz- 


Me han pedido que hable un poco sobre el contexto en el cual surge, se escribe, se publica y se edita Ifigenia de Teresa de la Parra[1], obra que ve la luz, como bien sabemos todos, en 1924, hace exactamente cien años y un año más, motivo este por el cual se ha renovado el interés y el fervor del público en general y de la crítica especializada.

Pues, bien, al tratar de pensar en eso del contexto de Ifigenia me han venido a la cabeza un par de ideas, tal vez tres, que quiero comentar aquí con ustedes, como si estuviera pensando en voz alta, cosa que cada vez hacemos más a menudo conforme nos adentramos en eso que se llama de manera eufemística “la tercera edad”.

La primera de esas ideas que me vino a la mente fue la consabida frase de José Ortega y Gasset: yo soy yo y mi circunstancia; si bien a veces más bien puede ser un yo soy yo a pesar de mi circunstancia. Y ambas formas aplican en el caso de Teresa de la Parra y su obra; aunque es menester partir del hecho de que nuestra autora era una persona que vivió entre dos mundos y dos circunstancias.

Nació, como seguramente ustedes saben, en París, en 1889. Se vino a Venezuela, con su familia por supuesto, cuando tenía dos años. Volvió a irse a la edad de once; vivió en Valencia, la otra Valencia, y regresa a nuestra tierra en 1920. O sea, que al llegar a los veinte años tenía más de la mitad de su vida fuera. Me recuerda un poco otra frase, ahora de Facundo Cabral: No soy de aquí ni soy de allá. Le habría venido muy bien a nuestra Teresa como título de su autobiografía.



Posiblemente, valga la acotación, esta es una de esas situaciones condicionantes desde las que se empieza a entretejer en un autor o autora la necesidad de querer comprender-aprehender el mundo que le rodea a través de lo escrito. Digo, tal vez en ella haya surgido todo por esa necesidad de explicarse por qué aquí es así y por qué allá es asá.

Ahora bien, aunque se ha tendido a ver la obra Ifigenia como una ruptura paradigmática con respecto a la tradición literaria venezolana de su tiempo, yo creo que este hecho más bien la hermana con cierta tendencia, presente entonces y presente también ahora: la diáspora. En tal sentido, debemos reconocer que hay alguna afinidad con otros autores que hablaron desde afuera o, más bien, desde el regreso. Sería, para buscarle una etiqueta, una literatura del repatriado. Menciono, a vuelo de pájaro, un par de ejemplos, conocidos y emblemáticos de nuestras letras: Vuelta a la patria de Pérez Bonalde e Ídolos rotos de Díaz Rodríguez, ambos también autores que se fueron y volvieron, para vivir y padecer, y escribir luego sobre ello.

Así, pues, Teresa habla un poco como extraña, porque lo de aquí le resulta a veces raro, a veces incómodo. Pero también habla como alguien de aquí, porque se nota que le duelen las cosas. Y habla a menudo de manera crítica y hasta con desencanto, por lo menos en Ifigenia, no tanto en las Memorias de Mamá Blanca. De este modo, el personaje de María Eugenia Alonso vendría a sumarse a la lista de personajes pesimistas de nuestra literatura, que están desengañados por la situación social y por las rémoras de ciertas ideas, a su juicio encadenadas en el pasado. Me refiero a personajes como Alberto Soria, de la mencionada obra de Díaz Rodríguez, y un largo etcétera, antes y después.

Uslar Pietri, en un ensayo titulado El carácter de la literatura venezolana, es de este parecer, cuando señala que: “Si pudiéramos hacer un censo de los personajes de la novela venezolana, resultaría impresionante el número de añorantes, abúlicos, soñadores y fracasados que la pueblan. Todos los que encarnan las ideas de reforma terminan en fracaso o en repudio”. Yo no diría que María Eugenia sea abúlica o fracasada, pero sí es añorante y soñadora, sobre todo cuando se preguntaba por cómo podría cambiar algo que resulta tan difícil de cambiar: un modo de pensar arraigado en una sociedad.

Luego, continuando con el ensayo de Uslar Pietri, este añade: “En el período más reciente, tampoco cambia en lo esencial esta actitud del novelista ante la realidad. La María Eugenia de Teresa de la Parra no es, a su manera, menos frustrada que el Reinaldo Solar de Gallegos. Son gentes que no parecen hechas para el país que las aguarda, que tratan de defenderse ante él con la sátira o el vano sueño y que, finalmente, parecen repudiarlo”. (Aclaro que el ensayo que cito es de 1949 y por eso, para él, Ifigenia es una obra aún reciente).

Esta era la primera idea en la que pensé. Un poquito larga, dirán ustedes. Pero es que cuando estaba en mi cabeza no se veía así. De hecho, lo pensé en un segundo y luego tardé unas cuantas horas en escribirla. Así es el mundo que vivimos en nuestra cabeza. En fin, pasemos a la otra idea, que tiene que ver con la manera como desde la obra se presenta ese contraste aquí-allá, siguiendo un poco la técnica de los deconstruccionistas, porque precisamente este contraste se manifiesta a manera de antinomias u oposiciones entre parejas de ideas o rasgos, a menudo irreconciliables.

Una de estas es la inevitable tendencia a pensar a Venezuela en términos de atraso social, económico, tecnológico y hasta cultural, en comparación con la Europa que conocía la autora. De aquí surge la primera antinomia que se hace presente en la obra de Teresa de la Parra: atraso versus desarrollo. Venezuela en la década de 1920, años para los cuales nuestra autora gesta, escribe y publica Ifigenia, era como una aldea, el país entero. Se dice que era casi totalmente rural, con algunos pequeños brotes de población urbana. Pensando en esto, me imagino un inmenso hato (todo el país), con una casa de hacienda (la ciudad de Caracas) y un hacendado mandón (Gómez).

Según el censo de 1920, Venezuela no llegaba a los dos millones y medio de habitantes. Más o menos lo que hoy día tiene este estado donde nos encontramos. Siguiendo con los contrastes, para ese entonces, nada más la ciudad de París tenía tres millones. Y nuestra población se encontraba tan dispersa como se pueda imaginar. Caracas era apenas un poblado de 100 mil habitantes.

En este panorama, más allá de cuestiones demográficas, la literatura y el arte en general estaban tan atrasadas como la tecnología: iban a la zaga, recogiendo algunas ideas dispersas que llegaban. Mientras en Europa el Surrealismo y el Dadaísmo andaban poniendo el mundo patas arriba, aquí imperaba aún el modo criollista de ver y contar las cosas; aunque hay que hacer la salvedad de que hubo atisbos de modernismo, con el mencionado Díaz Rodríguez. Y es que si bien pueden resultar aún de nuestro agrado obras como Reinaldo Solar de Gallegos o Cuentos grotescos de Pocaterra, publicadas en 1920 y 1922, respectivamente, hay que reconocer que estas no dejan de estar escritas un poco a la manera naturalista de Zola, o sea, son obras del siglo XIX pero escritas en el siglo XX.

Así surge otra dicotomía, que tiene que ver con el afuera y el adentro. Dicha literatura de la que hablamos tendía a lo sociológica, era bastante política, y en ocasiones simbólica. Pero no es muy dada a la intimidad. De hecho, es más frecuente el uso de la tercera persona y muy poco el de la primera. Uno de los primeros atisbos de asomarse a cierta intimidad la constituye Julián de José Gil Fortoul, a quien se atribuye el haber sido pionero en el uso del monólogo interior o el rumor de conciencia. Pero, a diferencia de esta obra, Teresa de la Parra en la suya opta por la primera persona y además emplea el recurso epistolar, lo que nos permiten sentirnos más cerca de su personaje, casi como si estuviéramos viendo desde dentro lo que piensa y lo que vive, un poco a la manera de eso que en cinematografía se llama cámara subjetiva.

Otra antinomia en la que es inevitable pensar al leer Ifigenia es el enfrentamiento entre la visión machista de la sociedad y la de la mujer que reclama para sí más derecho a su autodeterminación y a su participación en la toma de decisiones, tanto con respecto a lo que le concierne directamente, entendiendo por tal matrimonio, familia, hijos, etc., como en lo que concierne al mundo social y político. Ya se sabe que para la época no había participación de esta en el sufragio, mucho menos en los cargos públicos; apenas para 1915 se registra por primera vez el ingreso de mujeres en la Universidad Central de Venezuela.

Y ya para cerrar nuestra participación, podemos observar que, de alguna manera, estas tres dicotomías (atraso/desarrollo, naturalismo/intimismo y machismo/feminismo) estarían relacionadas en Ifigenia, pues la novela parte de una situación de incomodidad que vive la protagonista-narradora con respecto al atraso en lo social y al atraso en las ideas (¿puede haber uno sin el otro?, tal vez) y la autora recurre, para plantear tales conflictos, a una manera que no era la tradicional en nuestras letras, como hemos podido ver, creando así una obra singular para su tiempo y que sigue siendo de interés para el nuestro, como lo prueba el hecho de que estemos hoy aquí reunidos para hablar de ello, aún a cien años de su publicación.

Hoy, precisamente, pensaba en esto, en su permanencia o en qué es la que ha hecho trascender. Tengo para mí que el drama que vive María Eugenia en cierto modo es el nuestro de siempre o el nuestro de toda la vida: enfrentar situaciones que no nos parecen, que no concuerdan con nuestros ideales, y no poder hacer nada para cambiarlas. María Eugenia ni siquiera encuentra el modo de decirlo, de expresar su desacuerdo. Pero, por suerte tiene la escritura y recurre a ella. La escritura la salva un poco o le alivia la carga, como muy seguramente sucede con muchos de nosotros.



[1] Texto escrito para ser leído en el cineforo especial sobre Ifigenia, que tuvo lugar en el Cinearte Patio Trigal el 20 de junio de 2025, con motivo del centenario de la obra de Teresa de la Parra.

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Rafael Ortega