Título: Estudio para un paisaje
Autor: Pablo Gómez
1.
Voces adelantadas
Aquella mañana, el viejo volvía de dejar a su nieto en la escuela. Entró al edificio y ya frente a la puerta de su apartamento, y por aquello de la reciente pandemia, se detuvo a quitarse los zapatos. Oía las voces de su esposa quien hablaba con su hermana y vecina, que acostumbraba visitarla a diario de camino al gimnasio.
Entró y no las vio, curioseó por todo el apartamento y, definitivamente, no estaban. Se dijo: de aquí en adelante las llamaré las adelantadas. No se han muerto y ya salen.
2.
Yo y mi perro
Vi al perro. Peló su hocico amenazante. Por un momento me quedé de pie, frente a él, desafiándolo. Me agaché y con la mano abierta golpeé tres veces el piso. Dio dos vueltas a mi alrededor y, de repente, se abalanzó sobre mí. Cómo pude, lo cargué y me levanté. Entré a la casa con el en brazos.
Le enseñé ese truco cuando él era apenas un cachorro y yo un hombre maduro, pero sano.
Ahora no admite que yo entre a la casa sin cumplir ese ritual. No entiende que ya me cuesta agacharme y levantarme con él encima y que él ya no asusta a nadie, renqueando y con un hocico sin dientes. Un día de estos, permanecemos en el piso.
3.
Rosal premiado
Impuesta por las redes sociales, la moda de "ser como una rosa" triunfó en las mentes infantiles y juveniles.
El hijo menor de la señora Eleuteria, desafiando el enfado de su madre, decidió salir a diario disfrazado de aquella flor para lo cual cubría su cuerpo y cara con pétalos rosados.
Un anochecer sombrío, la señora Eleuteria se hartó y decidió sembrarlo. Armada con una chícura, cavó un hoyo lo suficientemente profundo y enterró al chico de pies y hasta las rodillas.
Aplanó la tierra alrededor del hueco para asegurarse de que la "mata de rosas" no pudiera escapar de aquella siembra.
Desarmó su rosal, tantas veces premiado, y adornó al joven con pétalos de diversos colores y espinas de distintos tamaños, pero de puntas igual de filosas que clavó cuidadosamente en ese débil tallo de carne injerta.
Esa noche llovió y el nuevo híbrido fue la única planta que, al parecer, no disfrutó de la llovizna.
La señora Eleuteria obtuvo, según contaba, dos éxitos por aquél accionar: 1) descubrió que ese tipo de injerto se autorregaba (lo supo al probar el agua que lo rodeaba y notar su sabor salado), 2) el muchacho jamás volvió a disfrazarse.
4.
La dama del suelo
La señora del suelo me mira muy seguido con su granítica cara adusta. Reprueba sin ambages mi devoción por el ron medicinal.
Nunca la he visto sonreír pero tampoco me abandona. Acompaña mis puntuales insomnios sin recetarme cura alguna para ese mal.
Levanto mi copa para ofrecerle un brindis, Pero se mantiene imperturbable. No he logrado atraerla ni con gracias ni con textos poéticos.
Tal vez ya estoy muy viejo para ciertos juegos que prefiero practicar lejos del reproche de su mirada. No sé si lo sabe.
5.
Culpas
Qué culpa tengo yo si cuando nací ya el mundo estaba hecho. Son palabras de un perezoso conservador.
Qué culpa tengo yo de haber nacido para tener que componer el mundo. Son palabras de un revolucionario delirante.
Qué culpa tiene el mundo de ser hechura del hombre; ente aborrecible y sanguinario. Son palabras de un antihumanista.
Qué culpa tiene el hombre de haber sido hecho a imagen y semejanza de un Dios tan feo. Son palabras de un hereje.
6.
El vicio
Eran las nueve de la noche y el fantasma, recostado de la pared del patio de la casa que colindaba con el caminito anexo a la quebrada de Valle Seco fumaba un cigarrillo.
Los muchachos nos atrevíamos a transitar de noche ese camino a pesar de la oscuridad, de los ruidos producidos por la abundante fauna de insectos locales y de los socorridos cuentos pueblerinos y superticiosos en torno al sitio, que eran parte de las cotidianas conversaciones de los vecinos del lugar.
Lo encontré y le dije: Fantasma, todavía no son las diez de la noche, no debes estar aquí; tu horario para asustar a la gente es desde las diez a las tres de la madrugada.
No me contestó, pero desapareció refunfuñando algo como "estos pendejos vivos como que creen que nunca se van a morir".
Se desvaneció y vi caer al cigarrillo; lo apagué restregando la suela del zapato derecho sobre la débil llama.
El Fantasma sabe que en el Purgatorio, lugar lleno de normas y reglas, está prohibido fumar. Y sabe también que a quienes están purgando sus culpas, al cielo ni por asomo y a fumar, menos.
7.
A veces
He descubierto que he pasado la vida peleando conmigo mismo y creyendo que mis adversarios estaban entre los demás. Siempre he perdido.
Se puede derrotar a los otros tornándose en peores que ellos, ¿vale la pena?
A veces quisiera descansar de las ilusiones sin esperanzas.
A veces quisiera flotar sobre el agua mansa de un río, transformado en tronco falleciente de un árbol otrora majestuoso, y dejarme llevar rendido ante la corriente liviana.
A veces quisiera soltarme al viento y que este, en sus vaivenes naturales, me depositara donde a bien tuviera
A veces quisiera dejar que mi destino se cumpliera sin interponerme para nada o en forma alguna.
8.
Dioses olvidados
El muchacho se iba aterrorizado a lo profundo obligado por la resaca de aquél mar embravecido de pronto.
Logré asirlo por los alborotados y largos cabellos, solo para comprender que me iría con él. Entonces invoque el auxilio del Dios Poseidón.
El mar se calmó y el muchacho y yo volvimos a la orilla con una nueva historia que contar.
Reencontrándonos, además, con un viejo Dios al cuál elevarle en el futuro nuestras plegarias marinas y submarinas.
9.
Nube
Aquella nube no quería precipitarse sobre el pueblo.
En vano, enviaba desesperadas señales luminosas al viento para que intercediera con su fuerza y la ayudará a mudarse del cielo del peligro.
Pero el viento, cansado o perezoso, había decidido detenerse a reposar y desatendió los mensajes.
La pesada preñez de la nube la agobiaba cada vez más y, derrotada, rompió fuentes sobre el pueblo que se inundó por enésima vez.
Cuando comprendió que con su arrepentimiento lacrimoso solo empeoraba la situación, aprovechó su livianidad para abandonar presurosa el lugar.
10.
Bucle
Me levanté de la cama y volví a ver al viejo señor del liquiliqui blanco y gastado.
Estaba de espaldas a mí con sus brazos pasados sobre la reja.
Era alto, blanco y delgado como yo, sólo que algo encorvado por los años, y parecía esperar a alguien que nunca llegaba.
De regreso del baño me cruce con él, me volvió a ignorar como siempre que nos encontrábamos en noche cerrada.
Aproveché mi insomnio para revisar mi equipaje, ahí estaba mi flameante liquiliqui de estreno, al día siguiente saldría para las fiestas de Las Mercedes del Llano, serían tres días continuos de parranda.
El carro estaba en el garage, listo para el largo viaje.

Estos relatos nos colocan frente a la posiblidad de ficción perpetua de la realidad, a través de una voz que muestra intriga y sarcasmo. Excelente selección.
ResponderEliminarMi comentario no puede ser otro que una manifestación de agradecimiento por la publicación. Así es que recíbanla con cariño.
ResponderEliminarLeerlos es como revivir mi infancia
ResponderEliminarVoces adelantadas y Nube me parecieron excelentes. Gracias por compartir,
ResponderEliminarLos relatos cortos son un subgénero literario en ascenso y los del respetado amigo Eliezer me agradan mucho. Abrazos.
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