jueves, 4 de junio de 2026

Quince textos de Ysbel Mejías

Título: Comunión de infieles (1979)

Autor: Antonio Cabezas


1.


Una mujer se acerca a la cuerda floja

y la tensa con los dedos meñiques

se acuesta en la alfombra de espinas.

Vomita palabras

 -su garganta estalla en una tormenta de estrellas-

baila al ritmo de los lobos en el viento.

Una mujer cosecha trigo, siembra semillas, come frutos: es la tierra.

Una mujer escribe, lee, canta, alza vuelo: va saltando planetas.

Una mujer llueve en poesía.


2.


Secretos


Esta mañana el viento

ha llegado con su voz,

susurrando los secretos

de una niña que observa al mar.

Los oídos se enrojecen

y los labios tiemblan

frente a las olas de carcajadas

chocando contra los riscos.

Con ojos llenos de agua

la niña señala los puntos

de luces intermitentes

en el cielo nocturno.

El vaivén del cuerpo

flotando en el mar

ha soltado el último soplo de vida.

Las penas se han ahogado

en la vergüenza del abandono.

Ya no hay anclas

la luna acompaña el viaje perpetuo

del alma peregrina en altamar.

Salir del cascarón

es un trabajo de parto.

Vuelve el cuerpo a la orilla

a bañarse en la arena blanca

y susurrar en mis oídos

los secretos del viento

y la luna,

los secretos de las estrellas

y las mareas,

los secretos de los fósiles

y el tiempo.


3.


Contrastes


Una niña recorre la calle

con ojos curiosos.

Transita

entre vagones

de trenes

detenidos.

-mientras escucha-

Pequeñas piezas musicales

de una vendedora de globos

cuando los infla.

Los ofrece

a caminantes apurados

por llegar a ningún lugar

a tiempo.

La ciudad es ese concreto herido por la guerra.

-los trenes hacen huelga

en el subsuelo-.

Arriba carriolas en movimiento

y cielo con papagayos,

anuncian

la huida de los

bombarderos.

-llegan las verbenas-

La única nota de gracia

en medio de un paisaje gris;

lleno de humo y escombros.


4.


La ciudad es un cóctel con sabor caótico.

Imagino bailar

entre grandes colas de vehículos

al calor de motores ansiosos.

Las mujeres

de pieles marcadas

por el tiempo

buscan caricias

de manos suaves.

Hombres vestidos con elegancia femenina

exhalan sensualidad

a través

de miradas cómplices

reflejadas en copas de vino.

La noche en los bares es ascenso y descenso de voces alteradas con licor.


5.


Sombras


El ruido intenso

nubla cualquier sonrisa.

Las nubes mueven

el monóxido

respirado por transeúntes

embebidos

entre el tiempo y la pantalla.

Sobre ruedas

transitamos

hacia las máquinas

demoledora de almas.


6.


7 máscaras


Descubrí una mañana

en la lírica de un rapero,

lo esclavizante de la rutina

cuando las metáforas

se aíslan en los rincones de mi cerebro.

Los beat suenan repetidos

bajo el compás 4/4,

esa métrica es sinónima

de una cárcel

en movimiento.

En ella dioses industriales

se visten de calle,

envuelven los caminos:

bendecidos por el smog

-transpirado en las pieles

de cada desenmascarado. -

Ya no tengo 7 máscaras

para los días de la semana.

Mi rostro está expuesto

en los charcos después de la lluvia.

Estoy loca y camino hacia el sol en la punta del universo.

Ruedo por el asfalto carcomido de amargura.

Con mirada de una niña cazadora

-busco formas en las nubes-.

Tengo ganas de asaltar el cielo

y repartirlo entre miradas solitarias.

Suelto la sensación oscura

de un vallenato empecinado

en acabar con el trino de las aves.

El vaivén de las olas

sigue instalado en la mirada de una niña

apretada en edades fogosas.


7.


Demencia masiva


Tras el monóculo de cualquier pantalla

se transmite la información

dirigida hacia el recorrido

hecho por las presas

del tiempo y la tecnología.

Sigo mutando entre el encierro y la libertad controlada.

Me muevo

a través de ventanas

en la casa de locos

-de reojo observo el mundo-

dentro y fuera.

Las mentes se diluyen en tenazas especializadas

-los fármacos son adecuados-.

Continúo la travesía.

La sensibilidad está distraída en la industria

de la demencia masiva.


8.


Me despido del mar


Incompresible espíritu a veces faro a veces mar.

Molloy, Samuel B.


El viento sopla de norte a sur sobre mi cuerpo.

Apenas logro mover un dedo.

Es casi imperceptible.

Mis órganos

se van secando

hasta pulverizarse.

Dentro soy arena a orillas del mar.

En el verano las ramas de los árboles resisten,

suspendidas se observan pequeñas hojas amarillas

a la espera de las primeras gotas de lluvia

a la espera del olor a hierbas frescas.

Sigo aquí en este pequeño lugar de paredes húmedas

agrietadas -observo el techo-

iluminado con luces de alerta frente al arrecife.

Mi cuerpo ha enmudecido,

una crisálida me envuelve

cierro los ojos; extiendo mis alas

a media noche

saldré a buscar el polen en flores nocturnas

y me despido del mar.

Comparto la falsa turbulencia del mundo exterior.


9.


Fronteras


Me resbalo

por toboganes de hojas secas,

el agua no alcanza jamás

a tocar esta forma amorfa

dando vueltas sobre sí misma

unas noches más y otras menos.

La piel reseca muestra grietas

y brotan espinas,

sigo el camino de las rocas

cayendo eternamente.

Una voz a lo lejos grita mi nombre,

me confundo entre ladridos de perros,

a la media noche cierro los ojos.

Sigo cayendo en picada.

Del cielo caen virutas de estrellas

y se clavan en mis pies inmóviles

que se entierran poco a poco

acariciados por orugas ciegas,

ellas me invitan a mirar

la tierra de relleno en mis uñas.

De repente una de las piernas crece,

puedo soltar las muletas

a toda prisa mientras

mis brazos desaparecen

y respiro con dificultad.

Se abre una puerta

hacia la sala de la casa de mis hijos

camino con lentitud,

mi bata está sucia

y con un olor peculiar,

veo espejos cubiertos

con sábanas de nuevo

he caído al suelo

me arrastro con la ayuda de un tronco

lo empujó con mi cabeza.

Los brazos se han ido

sólo me queda esta pierna crecida,

mientras la otra desaparece

y mis ojos enceguecen.

Intento dar vueltas

en las cortinas colgadas

de los ventanales de la casa,

estoy colgando de las telas

todo sigue marchando en el tiempo

cómo le dije a mis hijos.

Ellos no están,

solo escucho sus recuerdos,

sus carcajadas

y el sonido de un piano a lo lejos

anunciando la partida de este mundo.

El cuerpo se fragmenta cuando como.

He dejado de comer.

Ahora solo tomo un líquido viscoso,

el agua se escapa de mí

y reseca mi piel quejumbrosa,

agrietada y sin color.

Vuelvo a rodar por senderos

llenos de hojas verdes

y azules ya no están secas.

Mi cuerpo está roto,

aun así, avanzo hasta las fronteras

del mundo que conozco,

uno donde la lluvia

refrescaba las pieles

y llenaba de aromas gratos los paisajes.

Con el cuerpo despedazado

lleno de esquirlas caigo al vacío.

Dibujo mi propia frontera,

ya no hay más agua,

ni hojas verdes o azules

es un mundo donde mis hijos no están;

solo sus carcajadas

y pedazos de mi cuerpo

que algún día alguien decidirá recoger

y lanzar al mar.


10.


Solo es posible la ciudad exterior a través de la ciudad interior.

L. Wittgenstein


Cruzó dos ciudades

con una veleta

en la mano

y la brújula en sus labios.


11.


Lejos

con los ojos

cerrados

quedó el cuerpo,

he dejado

ir

a

mi

memoria.


12.


La poesía surge de las rabias irracionales,

se desnuda en el dolor.

Macera su cuerpo poema dentro del licor de las dudas

y amasa palabras en la tristeza.

La poesía se mueve entre pensamientos

y baila con la razón,

vuela

entre el decir y el hacer cotidiano.

La poesía se despliega en esencia

con la fuerza de observar sentir pensar, razonar.

La poesía es también filosofía.


13.


Narcosis


El clavel me había poseído...

por más que intentara no podía dejar de bailar.

Amparo Dávila. El Desayuno

Cada aro de humo es un escalón

por el que descienden

millones de animalitos transparentes.

Sus cuerpos

son gotas de agua.

En el centro de la habitación

un hombre recostado sobre un sofá,

observa absorto aquel desfile

de pequeños seres.

Caballos, ranas, grillos, peces, gatos, perros

y otros animales

continúan bajando

a través de las bocanadas del hombre.

Las graciosas criaturas

se congelaban alrededor del sofá;

ahora son figuritas de cristal.

Comienzan a aparecer

entre las grietas

de las paredes

saxofones, trombones, trompetas, flautas y tubas

todos en dirección al hombre.

Con el sonido

la habitación tiembla

y los animalitos

de cristal

-estallan-.

Partículas pequeñas

de vidrio se juntan

para clavarse en el pecho.

El corazón vibra

entre sonidos estruendosos.

El olor ferroso

inunda el lugar.

Mi madre enciende

la luz.


14.


Mandrágora


Sentada frente a la taza de café observa las tijeras, piqueta, pala y otras herramientas para limpiar el jardín. Saborea el último sorbo con los ojos cerrados, todo en la casa huele a café; antes de salir hacia el jardín toma las tijeras de cortar flores las limpia cuidadosamente, saca filo de las hojas que están un poco oxidadas y amelladas.

Agarra la piqueta y la pequeña pala camina hacia el patio delantero de la casa y observa; cuenta las veces que pasan las motocicletas a esa hora de la mañana. Las plantas y flores se encuentran a la espera de la jornada de limpieza. La mujer, se sienta con parsimonia frente a su pequeño jardín y recoge las tijeras del piso, sus dedos caen uno a uno como pétalos secos sobre la tierra húmeda. La mandrágora se alimenta y el embarazo aún no llega.


15.


El susto de las arañas


Había allí delante de ellos

una vida que se acababa,

desangrándose día a día

El almohadón de plumas, Horacio Quiroga


Sobre un almohadón de plumas, caminan las arañas asustadas con un rosario colgando en sus cuellos.

Todos sus tejidos han desaparecido de las paredes y lámparas y ellas no encuentran explicación a esta extraña situación. Prefieren orar a la viuda negra, moviendo sus ocho patas sobre ese almohadón en el que entre sus plumas las observa un sigiloso insecto de grandes colmillos afilados.

Él se alimenta de tejidos de araña, prepara grandes platillos y deja a las dueñas sin hogar. Se esconde como un niño travieso que acaba de comer chocolate mezclado con algodón de azúcar.

Las arañas atemorizadas y sin hijos inician nuevamente el tejido para desovar en la gran tela y criar a sus pequeños. Rezan para que los huevos eclosionen antes que desaparezcan de nuevo los tejidos

El insecto vampiro, las observa con un telescopio a través de las plumas del almohadón, con su lengua saborea los huevos envueltos en chocolate hirviendo mientras afila sus colmillos con una lima de hierro.

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Rafael Ortega