jueves, 4 de junio de 2026

Pasolini: una voz que se apagó

-Manuel Cabesa-


A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje

J.S.P.

‎En noviembre del año pasado se cumplieron cincuenta años del asesinato de Pier Paolo Pasolini; asesinato que todavía nos conmueve no sólo por la virulencia del acto en sí, sino por sus connotaciones: se asesinaba en Pasolini un determinismo vital, una forma de criticar la hipocresía escondida en las instituciones, una manera nada complaciente de expresar al mundo. Días después de consumado el hecho la periodista Oriana Fallaci le dirigió una carta póstuma en donde comparte algunos de los rasgos más resaltantes de este polémico cineasta y escritor. 


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Una carta de Oriana Fallaci


‎Roma, 14 de noviembre de 1975


‎En cualquier parte, Pier Paolo, mezclada entre las hojas de los periódicos y apuntes, debo tener la carta que me escribiste hace ya más de un mes. Aquella carta era cruel, despiadada, en la que me golpeabas con la misma violencia con la que te han asesinado; pero la he llevado conmigo durante dos o tres semanas, la he hecho dar la vuelta a medio mundo, hasta Nueva York; luego la he puesto no sé dónde y me temo que algún día la encuentre. Espero que no. Verla de nuevo me hará más mal que cuando la leí y quedé interesada en fijar sus palabras, esperando poder olvidarlas. No, no las he olvidado; por el contrario casi puedo reconstruirlas de memoria. Dice más o menos así.

‎"He recibido tu último libro. Te odio por haberlo escrito. No he pasado de la segunda página. No quiero leerlo más. No quiero saber qué hay dentro del vientre de una mujer. Perdona, pero aquel disgusto lo llevo desde que era un bambino, cuando tenía tres años, me parece, o quizás seis y oí a mi madre susurrar que..." 

‎No te respondo. ¿Qué se responde a un hombre que llora su desesperación de ser hombre, su dolor de haber nacido del vientre de una mujer? No era una carta dirigida a mí, sino a ti mismo, a la muerte que ha puesto fin para siempre a tu rabia por haber venido al mundo del vientre inflado, unido a un cordón umbilical que se desata en la sangre. ¿Y cómo consolarte? Las palabras estaban en el libro que tú rechazaste con ira, el único modo de aplacarte hubiera sido tenerte entre mis brazos y amarte como sólo una mujer puede amar a un hombre. Pero tú no le has permitido nunca a una mujer que te tome en sus brazos y te ame.

‎Porque tú amabas a tu madre, como a una virgen puesta encinta por el Espíritu Santo, olvidándote que habías estado unido a ella por el cordón umbilical. 

‎¿Soy cruel diciéndote esto?... Quizá, pero tú me enseñaste a ser sincera aun a costa de parecer odiosa, honesta a costa de resultar incómoda y siempre valiente diciendo aquello en que se cree, aunque resulte cruel, escandaloso o peligroso. Tú escribiendo insultabas, herías directamente en el corazón. Y yo no te insulto, diciéndote que no ha sido ese muchacho de diecisiete años quien te ha asesinado, porque has sido tú quien se ha suicidado sirviéndote de él.

‎Yo no te hiero diciéndote que invocabas la muerte como otros invocan a Dios, que deseabas encontrar a tu asesino, como otros buscan el Paraíso.

‎Eras tan religioso, que te presentabas a ti mismo como ateo. Tenías tal necesidad de lo absoluto, que te obsesionabas con la palabra "humanidad". Sólo con la muerte pudiste desprenderte de tu angustia y apagar tu sed de libertad. Y no es cierto que detestaras la violencia; con el cerebro la condenabas, pero con el alma la invocabas, como único medio para complacer y castigar al demonio que ardía en ti. No es cierto que maldijeras el dolor; te servía en cambio como un bisturí para extraer el ángel que había en ti.


‎Yo me acuerdo del primer encuentro que tuvimos en Nueva York, hace ya diez años. Y lo que más me impresionó fue tu genio exultante, tu cultura irritante, tu fantasía desencadenada. Escapabas cada noche a los barrios bajos, donde la policía no se atrevía a entrar sin estar armada. Te gustaba desafiar el peligro, tocar lo horrendo, mezclarte con los adictos a la droga, con los invertidos.

‎Recuerdo aquel día en Nueva York; llegaste a mi apartamento; te sentaste sobre el viejo diván, bebiste una Coca Cola (no te he visto nunca borracho) y me dijiste que аmabas Nueva York porque era "un porquerizo sin alma". 

‎De aquella ciudad extraordinaria viste solamente la miseria moral, de ex colonia, decías, de subproletarios y de una pobreza que se parangonaba con Calcuta, Casablanca y Bombay. 

‎Una tarde exclamaste: "Me disgusta no haber venido veinte o treinta años antes para quedarme. No me había ocurrido nunca enamorarme así de un país. Sí, tal vez en Africa; pero en Africa quería quedarme, pero no morir; Africa es como una droga que prende, pero no mata... Nueva York, en cambio, es una guerra en la que te juegas la vida". 

‎¿Convertirnos en amigos?... ¿Nosotros amigos?... ilmposible! Yo, la mujer normal y tú el hombre anormal; al menos eso dicen los cánones hipócritas de la considerada sociedad; yo, enamorada de la vida; tú, enamorado de la muerte. Yo tan dura y tú tan suave. Había una dulzura femenina en ti; una gentileza femenina. Tu misma voz tenía algo de femenino y resultaba extraño, porque todo en ti era de hombre, seco, feroz y todo ello se transmitía a tu cuerpo pequeño y delgado; pero cuando hablabas o reías, o movías las manos, había algo femenino en ti, gentil como una mujer, suave como una mujer. Y yo me sentía embarazada por no poder descifrar aquel misterio que llevabas en ti. 

‎Dicen que tú fuiste capaz de ser alegre, gracioso y que por eso te gustaba la compañía de la juventud; jugar al fútbol, por ejemplo, con los muchachos de las barriadas. Pero yo nunca te he visto así. La melancolía la llevabas también como perfume y la tragedia era la única situación humana que tú entendías verdaderamente. Si una persona no era infeliz, a ti no te interesaba.

‎El destino hizo que nos encontráramos otra vez, un año después. Fue en Río de Janeiro, donde habías llegado de vacaciones con María Callas. 

‎Los diarios escribían que eran amigos. ¿Lo eran?... Sé que sólo dos veces en la vida has tratado de amar a una mujer, pero no creo que una de estas mujeres fuera María. Eran demasiado distintos, demasiado diferentes, estéticamente, psicológicamente y culturalmente, y al mismo tiempo parecían unidos por una misteriosa complicidad. Mis sospechas era de que tú la habías adoptado como hermana, para hacerla olvidar el abandono de Onassis, siempre paciente, siempre indulgente, como un enfermero de Lambarené. 

‎Ningún sacerdote me ha hablado de Jesús como tú lo has hecho, de Jesucristo y de San Francisco. Una vez me hablaste también de San Agustín, del pecado y de la salvación. He comprendido en esa ocasión que buscabas el pecado, buscando la salvación; cierto es que la salvación puede venir sólo del pecado y cuanto más profundo es el pecado tanto más libertadora es la salvación. ¿Por qué tal himno de amor en un hombre que no cree en la vida?

‎Cuanto me has dicho lo he puesto en el libro que no has querido leer; lo he puesto en boca del bambino cuando interviene en el proceso contra su madre.

‎Tu virtud más espontánea era la generosidad; no sabías decir no; la regalabas a manos llenas a quien la quisiera, se tratara de dinero, de trabajo o de amistad; a Panagulis, por ejemplo, le regalaste el prefacio de su libro de poesías.

‎Pertenecías a todos nosotros y nosotros no te pertenecíamos a ti. No había otro en Italia capaz de desvelar la verdad, tal como tú la desvelabas, capaz de hacernos pensar, de educarnos en la conciencia civil, como te educabas tú. ¡Y te odiaba!... Y te maldecía, con admiración, diciéndome... "Qué hombre tan valiente"...

‎Veinticuatro horas antes de que te despedazaran, llegué a Roma con Panagulis. Venía decidida a verte, a responderte directamente a aquello que habías escrito. Era un viernes, y Panagulis te telefoneó a tu casa, pero al marcar la tercera cifra, se oyó una voz que decía: "Atención, a causa del sabotaje está interrumpida la central del EUR; los servicios cuyo número comiencen en 59 están suspendidos por el momento".

‎Nos disgustó, porque queríamos cenar contigo el sábado a la noche, pero nos consolamos pensando que podríamos hacerlo el domingo a mediodía. 

‎El domingo nos encontramos con Giancarlo Pajetta y Miriam Maffei, en Plaza Navona, tomaríamos un aperitivo y luego nos iríamos a almorzar. A eso de las 10 te telefoneamos de nuevo; pero escuchamos el mismo mensaje "el teléfono no funciona, etc...", y allí estábamos en Piazza Navona, sin ti. 

‎Era una bella mañana, una mañana llena de sol; un muchacho que vendía _L'Unitá_ se acercó a Pajetta y le dijo: "han matado a Pasolini"; lo dijo sonriendo, como si anunciara un resultado de fútbol. Pajetta no entendió o no quiso entender... "¿Qué, que han asesinado a quién?" y el muchacho repitió... "A Pasolini"; y absurdamente preguntamos... ¿A qué Pasolini?... ¿Cómo qué Pasolini? "¿Cuál va a ser?... ¡Pier Paolo!" 

"‎¡No es cierto!"... dijo Panágulis... "Es una broma" -apuntó Miriam-, pero corrió a telefonear para comprobar si de verdad era una broma; regresó pálida y dijo: "Es verdad, lo han asesinado, lo han matado en Ostia esta noche". En la Plaza la gente cantaba y reía. No fuimos a comer y nos pusimos a caminar sin saber adónde ir.

‎En una calle desierta encontramos un bar desierto, entramos, seguidos por un jovencito que preguntaba... "¿Pero es cierto?... ¿Es cierto?"... "¿Cierto qué?", preguntó la patrona del bar... "iQue Pasolini ha muerto, ha sido asesinado!", "Jesús, ¿Pasolini?... ¿Pier Paolo?... ¡Jesús! asesinado, iserá cosa de política!", se lamentaba la patrona. 

‎Después la televisión dio la noticia oficial, dicen que desde lejos no parecías un cuerpo, por la forma en que habías sido masacrado, parecías un montón de inmundicia. Después se dieron cuenta que bajo ese montón de inmundicias estaba el cuerpo de un hombre. ¿Me matarías ahora si te digo que no eras un hombre, sino una luz, y que la luz se apagó?


Oriana Fallaci

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Rafael Ortega