Título: Una noche sin luz (2021)
Autor: Johnny Mendoza
-Roberto Santana-
Como en el Gatopardo, todo muta para que el núcleo de la parálisis permanezca inalterado. La creencia de que flotamos en un vacío de eventos aislados es, quizás, la primera de nuestras ilusiones. Todo lo que sucede en el tablero geopolítico —esa coreografía de potencias y mercados— está intrínsecamente conectado con la gestión de nuestra propia realidad. El Orden Mundial actual no busca la estabilidad; requiere de una crisis permanente, un estado de asfixia controlada que nos mantenga demasiado exhaustos para reclamar la soberanía sobre nuestras propias vidas.
Mientras algunos sectores de la humanidad son borrados por la violencia directa del bombardeo, la vasta mayoría habitamos una zona intermedia: la de la angustia por el desamparo y la inseguridad alimentaria. Aquí, la supervivencia no es una meta, sino una carrera de desgaste que nos obliga a vivir en un presente perpetuo, despojado de horizonte. En las zonas que aún se perciben como privilegiadas, el terror es de otra naturaleza, pero igualmente efectivo: una ansiedad sistémica ante el colapso de un sistema tecnológicamente omnipotente que, sin embargo, ha perdido el control de su propia dirección.
La búsqueda de alternativas individuales, como el retorno a la tierra o la autosuficiencia, se desmorona ante la realidad de un tejido urbano y comercial que devora cualquier resquicio de autonomía. No es sólo que el campo haya sido absorbido por la lógica del mercado invasivo, es que la violencia simbólica nos ha convencido de que la única vía es la huida hacia adelante, siempre buscando un refugio que, al alcanzarlo, resulta estar igual de secuestrado por la angustia.
Es aquí donde el mecanismo se vuelve sofisticado. Mientras que en los países de alto consumo el sufrimiento social se etiqueta y se diluye en la medicalización del sufrimiento social —convirtiendo un problema sistémico en una responsabilidad química privada—, en nuestra realidad, este sufrimiento, junto a la decepción política, deriva en una desintegración ética. Cuando la vida se reduce a la gestión del hambre o de la escasez, el individuo no necesita ser medicado: basta con la angustia del mañana para que su capacidad de reflexión se atrofie.
Nos enfrentamos a una estructura que ha diseñado nuestra talla. Para muchos, la sola idea de una transformación social profunda y el rescate de aspiraciones que han sido traicionadas parece "mucho camisón pa' Petra": un desafío que excede nuestras fuerzas porque nos han adiestrado para medirnos con una vara de derrota. Existe una desconexión fundamental entre nuestra capacidad de comprensión y nuestra voluntad de acción; es como si la mera subsistencia, el acto de mantenerse vivo, hubiera consumido nuestra capacidad de llegar a ser.
Sin embargo, comprender el mecanismo no es un ejercicio estéril de cinismo, sino un acto de higiene mental. El secuestro de nuestra realidad sólo se sostiene mientras ignoremos que la opresión es, en su raíz, un robo de consciencia. La salida no reside en la adhesión a un dogma que sólo divide el campo de juego, ni en la espera de una epifanía colectiva. La salida comienza cuando el sujeto decide, en el silencio de su propia determinación, que la dignidad no es negociable.
La acción real, aquella que tiene el peso de la historia y la profundidad de lo sagrado, surge de la unión entre la lucidez analítica y la voluntad. No se trata de alzar banderas, sino de recuperar la capacidad de actuar fuera de los límites que nos han impuesto. Estamos ante la urgencia de entender que la transformación social no es un evento externo, sino el resultado de individuos que han dejado de ser "pacientes" de su propia historia para convertirse en agentes de la misma. Si la supervivencia de la especie parece exceder nuestra capacidad ética, es solo porque aún no hemos reconocido que la verdadera fuerza reside en la soberanía del ser, y que la transformación colectiva es, en última instancia, el fruto inevitable de una conciencia que se niega a seguir siendo secuestrada.

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Rafael Ortega