-Manuel Cabesa-
(Para la mystérieuss)
De pronto uno se acuerda de Woody Allen y su delicioso libro de cuentos Como acabar de una vez por todas con la cultura, porque parece que eso es lo que estamos viviendo: una inversión de los conceptos y valores disfrazando con un lenguaje aleatorio el trasfondo de banalidad en que vivimos inmersos.
Pero a diferencia de la sonrisa que producía aquel volumen con sus paradojas hoy no sabemos si lamentarnos más bien por la alocada confusión que nos rodea.
Ahora resulta que entre las novedades que se insertan en esta era de "discursos transversales", está la de insinuar que los escritores deberían hacer "una dieta de lecturas" para mantener pura su "voz creativa", evitando cualquier influencia que les impida lograr una obra "original".
Esta idea de la "originalidad" que parecía descartada porque, entre otras cosas, no existe la originalidad en la literatura: todo cuanto hay que decir sobre la existencia ha sido escrito antes o colateralmente, parece cosa de niños que rechazan las reglas del juego.
No es coqueteando con la ignorancia que se logra una obra de valor, sino todo lo contrario, es absorbiendo las nutrientes de la cultura que nos antecede como podemos definir una voz: la voz que corresponde a la obra y a la época que la engendra; del resto es megalomanía pensar que se puede ser distinto a las pautas que nos impone el ambiente en donde nace nuestra imaginación.
Pero aun así veamos algunos detalles al respecto...
Hace muchos años, Harold Bloom, expuso en su libro La angustia de las influencias esa especie de autonomía que tienen ciertos temas de sobrevivir al tiempo y arraigarse de manera fluctuante en el cambio de las generaciones: cada verdadero autor recibe en herencia la influencia de las voces que le anteceden; sin embargo, lo importante de una influencia no es que exista y de alguna manera "contamine" nuestro proceso, sino la capacidad de transformarla en algo novedoso, en lograr "Repetir cosas ya dichas y hacer creer a las gentes que las leen por primera vez. En esto consiste el arte de escribir", como dijera el poeta Odysséas Elýtis.
Por su parte a comienzos de los años 80, Gerard Genette nos regaló la idea del "palimpsesto" con sus múltiples categorías y pudo de esa manera abrir una nueva brecha para el manejo de las influencias, demostrando que en toda literatura (al menos en la occidental) hay una relación de co-presencia entre los textos, mucho más allá de la intención de los autores, creando una red infinita de relaciones en donde es posible leer en lo contemporáneo su trasfondo escrito en las paredes del profundo pasillo de los tiempos.
De allí la permanencia del mito (no la mitología, que es otra cosa) en las culturas de todos los tiempos y todos los lugares, aunque de antiguo era impensable la comunicación entre ellas.
Siendo que esto es así, resulta mucho más provechoso, mientras estamos embarcados en un proyecto de escritura, leer cuanto podamos o al menos todo cuanto nos pueda alimentar mientras dicho proceso prosigue su curso.
Aclaremos un punto, si bien es cierto que es una patraña que para escribir hace falta leer ingentes cantidades de libros al año, también lo es creer que no hacerlo te asegura la inocencia suficiente para ser original; en todo caso en la relación leer-escribir lo ideal es asumir una posición parecida a la del poeta Nesfran González: "Yo me he manejado siempre desde un ángulo intuitivo, sin presión por tener que leer tal o cual libro, ni la cantidad por mes o año. El placer por el placer. Como dice Isabel Bono: escribir por y no para".
Para José Emilio Pacheco:
"todo escritor debe honrar el idioma
que le fue dado en préstamo,
no permitir su corrupción ni su parálisis,
ya que con él se pudriría
también el pensamiento.
Su obligación primera consiste
en escribir prosa o verso
de la mejor manera posible".
Y queda la duda ¿cómo cumplimos con esta obligación, si mientras realizamos nuestro trabajo dejamos de leer a aquellos que lo han realizado mejor que nosotros y pueden ir allanando nuestro camino?
En el caso de nuestro idioma, el desconocimiento de los trovadores medievales, del Mío Cid, Fernando de Rojas, el Conde de Lucanor, Francisco Delicado, Quevedo, Tirso, Galdós, Machado o Darío no nos exime de estar conscientes de que su obra está en el ADN del lenguaje que usamos para escribir, y aunque no hayamos tenido trato directo con ellos su presencia existe en los genes de la lengua a través de eso que se llama "tradición" y que, querámoslo o no, lo sepamos o no, nos guste o no, termina por hacer acto de presencia en la obra de todos nosotros.
Desde todo punto de vista resulta inconcebible mencionar autores que han sido relevantes en nuestro idioma, que han dejado grandes aportes a nuestra cultura sin pensar en ellos como autores-lectores: Cervantes, Borges, nuestro Ramos Sucre, de quién escribió Alba Rosa Hernández es: "un poeta lector, detrás de su escritura está casi siempre un texto que él varía, recrea, transforma. Escribía reescribiendo modificando -y aun invirtiendo- la tradición".
De todo esto resulta que "La originalidad consiste en el retorno al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones", como dijo Antonio Gaudí, o sea que la originalidad está en el uso innovador de los recursos que nos brinda la tradición, no en obviarlos para mantener la pureza de una supuesta "voz", tristemente auntenticada por un sistema de Inteligencia Artificial.
Cerrando su libro Mientras escribo, Stephen King comparte una serie de títulos que considera le han sido útiles en la conformación de varios de sus relatos y novelas con la siguiente advertencia: "Son sólo títulos que me han servido a mí. También es verdad que no son de lo peor, mucho menos, y hay bastantes que pueden enseñarte nuevas maneras del oficio. En todo caso, aunque no te enseñen nada, seguro te hacen pasar un buen rato". Por eso es que nunca dejamos de leer, estemos escribiendo o no.
Y por último nos preguntamos: si dejamos de leer a nuestros semejantes, entonces ¿cómo vamos a aspirar que alguien lea lo nuestro?... Como dice Nesfran: "al final terminas con más libros publicados que con lectores de tu obra".

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Rafael Ortega