sábado, 13 de junio de 2026

Este latido secreto permanece | Comentarios sobre El largo día ya seguro de Antonia Palacios


Antonia Palacios es una figura entrañable dentro de la literatura venezolana, no sólo por ser autora del clásico Ana Isabel, una niña decente (1949), sino también por ser la fundadora del mítico Taller de Literatura Calicanto cuyos aportes a nuestro espacio literario aún siguen vigentes. En esta ocasión ofrecemos en ZdT un acercamiento realizado por la narradora Carolina Álvarez Arocha, autora de Las trinitarias y Barba Azul (2010) y Algunos delitos mínimos (2022), a uno de sus trabajos menos conocidos, partiendo de una lectura acuciosa y muy personal que complementamos con uno de los relatos incluidos en el libro comentado. 


(mcabesa)


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-Carolina Álvarez Arocha-


El largo día ya seguro de Antonia Palacios es un libro poco conocido. Sin embargo, en esta colección de relatos, se aprecia el trabajo maduro y consciente de una la mujer que escogió la escritura como oficio. Atrás quedó Ana Isabel una niña decente su novela más conocida y difundida pero que apenas marcó el comienzo de una trayectoria, un recorrido en donde nuestra autora fue creciendo y superándose.


El libro


El largo día ya seguro fue publicado por Monte Ávila Editores en 1975, y su autora recibió el Premio Nacional de Literatura de 1976 gracias a esta publicación. Lo curioso es que El largo día no ya seguro nunca tuvo una segunda edición y conseguir el libro es una tarea casi arqueológica.

El texto contiene once relatos cortos en su mayoría de naturaleza intimista donde en algunos casos con delicadeza y en otros de manera directa o descarnada, se explora el universo de los sentimientos y las sensaciones además de la denuncia y la crítica social.

Las alusiones a lo que es real o no, la conciencia sobre el cuerpo que nos pertenece, la obligación de estar en un lugar que no ha sido elegido, la ausencia, la muerte, la desilusión, las casas, los muros, el cuerpo, el amor profundo son temas recurrentes a lo largo de este volumen.


El estilo


Los relatos del libro son cortos, ocupan entre dos y seis páginas, la mayoría en sólidos bloques con ausencia de párrafos; ochos de los textos se presentan sin un solo punto y aparte. Uno solo de los textos, “Un caballero en el tren”, posee diálogos y muestra una estructura si se quiere tradicional; curiosamente este es el único cuento en donde lo que se narra realmente no ocurre.

Imagínense estar en un lugar, desde allí observan todo lo que está a su alrededor durante unos minutos. En esta observación, o producto de ella, comienzan a evocar miles de recuerdos, sensaciones, pues así está escrito el libro. Parece que quisiera recoger en palabras la velocidad del pensamiento, esa premisa que dice “vi pasar mi vida en unos segundos”.

Se trata de un libro que hay que leer poco a poco. No porque sea difícil o tenga palabras complicadas, no; sino porque hay mucho que procesar. No es acción lo que se nos cuenta o lo que predomina. Los cuentos tratan de lo que se siente, más que de lo que pasa.

En este sentido me recuerda ciertos textos de Clarice Lispector. Pero a diferencia de la autora brasileña, en Palacios no presenciamos el momento de epifanía o descubrimiento que experimentan los personajes, sino que aquí, quien debe descubrir lo que ocurre es quien lee el cuento. En relatos como “Un caballero en el tren” o “Algo había sido movido de su sitio", al final, dos o tres líneas antes que termine al texto, la autora de alguna manera explica qué está pasando; sin embargo, en la mayoría de los cuentos la narración nos va llevando poco a poco y se requiere un esfuerzo mayor. Terminamos de leer y necesitamos revisar y buscar un poco más. Descubrir de qué se trata, qué está pasando ahí, o lo que creemos que ocurre, dependerá en gran medida de la experiencia personal, de lo que conocemos de la ciudad, de la historia contemporánea, de la situación concreta de la época en que fueron escritos los textos, en fin, de multitud de elementos que no necesariamente están en el relato.

Hay una historia latente, hay una esencia que nos llega a todas y a todos, pero creo no equivocarme si afirmo que cuentos como “Un reborde de acero color violeta”, “Un extraño animal bocabajo” o “Nueve minutos veintitrés segundos” pueden tener más de tres explicaciones distintas, o tantas interpretaciones como personas que lo lean y seguramente todas serán válidas.


Los relatos


La contraportada de nuestro libro señala “Si hubiera de dar una definición de estos relatos de Antonia Palacios, nada más aproximativo que afirmar sus nexos con el sueño. Surgen de la urgencia de reproducir ese universo intemporal, frágil inasible, que nos habita fuera de la vida consciente.” No obstante, me separo totalmente de esta percepción. Quizás los dos primeros cuentos pertenezcan a este mundo onírico que se menciona en la contraportada. Como señalamos anteriormente el tema sobre lo que es real o no es un asunto que abordan los personajes del libro, pero, aun así, El largo día ya seguro es un libro que va mucho más allá de la ensoñación. Es un libro donde Antonia Palacios se pone en el lugar de otras y de otros para contar las angustias reales que viven estos personajes donde se mezclan igualmente, recuerdos, esperas, encuentros, desencuentros, melancolías, añoranzas (saudades), luchas ideológicas, fracasos. 

Desde el primer cuento “Una lenta oscilación”, donde vemos a Alcira balanceándose en su mecedora, hasta el último texto, donde hombres armados irrumpen en la habitación de una joven subversiva; se muestra la intención de la autora de mostrarnos qué siente cada personaje colocándose ella en la piel de la otra, del otro. Puede ser hastío y decepción en “El sitio de la espera”, desarraigo, en “La llegada” y “Una bandera ondeando al viento”, dolor por la ausencia como en “Regiones indeterminadas” y “Algo había sido movido de su sitio"; frustración ante el fracaso de un proyecto político derrotado en “Una bandera ondeando al viento”, “Nueve minutos veintitrés segundos” o “El largo día ya seguro”. Los sentimientos y sensaciones son reales, no soñados.

Para resumir este punto tomaré las palabras el poeta chileno Díaz Casanueva –citado por Luis Alberto Crespo en el prólogo de Ficciones y aflicciones: 

"Hemos de hacer hincapié en que Antonia Palacios no se fuga de la realidad, ni utiliza incoherencias como método, ni lo insólito, ni la fabulación caprichosa, ni siquiera invierte o desordena lo temporal. Solo tiende al ahondamiento de la realidad, la revelación de lo profundo del ser humano, para convencernos de que la realidad es más rica y enigmática y la personalidad humana más interior".

Por su parte la escritora argentina-colombiana Marta Traba en el prefacio de la obra señala:

"Antonia Palacios, que siempre fue una escritora desalojada de la realidad por los golpes de la imaginación, ahora es, de manera verídica, trágica y majestuosa, una escritora realista que no tiene más remedio que fijar la imagen con precisiones inesperadas. Pero esas imágenes precisas se gestaron en décadas de sueños, dolor y desvarío. También en el amor que, como la vida, está, para ella, polarizado entre cima y abismo, emergencia y naufragio".

De manera que, más que sueños o textos oníricos encontraremos la reflexión consciente del mundo que rodea a los personajes. La necesidad de mostrarnos lo que ocurre o lo que se ve desde lo sensorial en todos sus aspectos: aromas, colores movimientos, roces, dolores. Por este énfasis en lo sensorial, por sus reiteraciones e imágenes líricas y emotivas, hay momentos en que algunos de sus textos podrían percibirse como prosa poética, sin embargo, la anécdota está ahí, juega un papel importante.


No sé si es un secreto


Un detalle que descubrí, y que no he leído en los artículos que revisé, es la estrecha relación que existe entre la persona a quien dedica sus cuentos y el mismo texto. De los once relatos, ocho tienen una dedicatoria y al menos en seis de estos se hacen desde la perspectiva de este familiar, amiga o amigo a quien se dedicó el trabajo. En otras palabras, el personaje que observa y reflexiona es la persona a quien se dedica el cuento. Claro que no es la primera vez que un narrador hace esto, pero debido al estilo empleado, no deja de sorprender este ejercicio de empatía total que realiza la autora. Ella se pone en el lugar de la otra, del otro, se pone en su piel, habla con su voz y contempla al mundo desde esos otros ojos.

Lo percibí en el primer texto, “Oscilación”, dedicado a Ana Enriqueta Terán, porque trata de una señora que traslada su mecedora a la entrada de su casa: “Allí está Alcira (¿Ana Enriqueta?) meciéndose en la mecedora, más allá de la yerba, más allá de la casa. Balanceándose lentamente, acompasadamente, como si nada tuviese prisa en el mundo de los vivos…” Leo esto y no puedo evitar ver a la imponente Ana Enriqueta Terán sentada en una mecedora reflexionando al ir envejeciendo, sintiendo cómo el hogar se va transformando de “casa refugio en casa prisión” (p. 21).

En el relato dedicado a su hijo Fernán y su nuera Elizabeth, pone en la voz de su hijo Fernán una descripción de su hermana ausente. Es decir, Palacios describe a su querida María Antonia, pero es su hermano quien habla: “Pienso en mi hermana lejana y me siento libre de tocar lo vulnerable (…) Puedo pensar que las manos de mi hermana, aquellas manos aladas que se abrían y cerraban en un vuelo fugaz, copiarían las complicadas maniobras que reflejaban sus ojos…” (p.63). Antonia Palacios crea esta elegía que reconstruye el paso de la joven pianista por el mundo, como dijimos, no desde su tragedia como madre, sino desde la voz de su otro hijo, tal vez tratando de cuidarse y no dejar que el dolor sobrepase la escritura.


Un latido común


A medida que iba leyendo este libro, sentía que estos cuentos podían haber sido escritos ayer, cada uno me brindaba un mensaje personal. Me hablaban a mí, Antonia Palacios estaba escribiendo algo que yo quería escribir y ella había encontrado las palabras exactas. 

La escritora sabe lo que siento cuando dice “La espera es una cosa larga. Una cosa que se agranda, y las gentes se achican y bajan la cabeza, se encorvan, mientras esperan. Esperar es zozobra, angustia, vacío. Esperar es rencor, odio, desprecio” (p 43). Y recuerdo la letra de una canción de Silvio Rodríguez que dice “Ya no te espero, porque de esperarte hay odio” y ambos se conjuran para recordarme lo que significa esperar a alguien que no llega o no termina de dar una respuesta.

Me detendré un poco en el cuento “Una bandera ondeando al viento” dedicado a Juan Larrea, poeta exilado de España (1895-1980). Es posible que, en su origen al estar dedicado a Juan Larrea, Palacios remita su reflexión a la guerra civil española, pero pienso que puede tratarse de cualquier enfrentamiento que tenga lo ideológico como tela de fondo, de ahí la alusión a las banderas.

En este texto hay dos personajes: Ella y Yo. Este es uno de los pocos textos que posee párrafos claramente definidos. Pero aquí la intención es justamente diferenciar cuando interviene cada uno de los dos personajes principales. Ella es una mujer que llega a “…Una ciudad a medias donde de pronto hay solares vacíos y la yerba crece alta, y los perros rastrean y viejos periódicos son alzados por el viento y las calles se inundan cuando llueve… Una ciudad a medias y sin embargo la gente se aprieta y nadie tiene tiempo de pensar en su propia circunstancia sino simplemente la vive, la respira, la carga…” (p.56)

Palacios, por medio de Ella dice ‘eso’ relacionado con cualquiera de mis dos hermanas que tuvieron que migrar y se encuentra en un país que no es suyo: “Había llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo (…) Ella no tiene nada que mirar. Ella no tiene a dónde ir, no tiene dónde ocultarse. Quizás busca compañía. La multitud no acompaña… Allí donde ha llegado es apenas una ciudad a medias…" (p 53). Es ella quien piensa al ver una inmensa bandera ondeando al viento “Las banderas cubren a los muertos, animan a los vivos”.

El otro personaje, Yo, es un hombre tal vez un soldado que está en ese otro lugar, ese otro país posiblemente el que abandonó Ella. (es, me imagino, la voz de Juan Larrea) que presencia un país devastado por el enfrentamiento entre hermanas y hermanos “…y yo pienso en las grandes multitudes donde me pierdo, en los desamparados que van perdidos conmigo en la multitud, los que van empujados por algo no elegido”. (p. 53).

“Yo recuerdo la planicie desierta, el muro integrado a la sombra, recuerdo el toque del corneta, el sonido doliente retumbando en la tarde… recuerdo la bandera, la bandera cerrándose en la tarde sin viento…” (p. 60). 


Una denuncia


El último cuento del libro, el que le da su título se separa un poco del resto por la rapidez de la acción y los acontecimientos. Un grupo de agentes “del orden” allanan la habitación de Cristina, una joven militante de un grupo subversivo y mientras le apuntan con un arma en su pecho, recibe los insultos de los hombres que le exigen que delate a Daniel, su compañero, el cual se encuentra realizando una misión. Simultáneamente ella va recordando cómo y por qué se involucra en el movimiento, cómo es vista por los otros, cómo es vista por Daniel, cómo se siente con él, cómo es ser mujer en ese medio.

La protagonista recuerda la despedida de Daniel y su angustia en el momento del allanamiento: “ ‘Regreso de madrugada… No tengas miedo…’, Todo adquiriendo nuevas proporciones los ruidos ya precisos, el largo día ya seguro, firme. Y ella esperando, deseando ahora que no llegue ¡que no llegue!... integrándolo a la vida con la ausencia, prefiriéndolo preso, detenido, detenido por mucho tiempo, mucho tiempo, pero vivo…” (p. 122).

Es curioso que sea este texto y una frase, lanzada aparentemente al vuelo, la que haya escogido la autora para dar nombre al libro. Es una frase extraña, difícil de memorizar. Pero la escogió para que el cuento no pasara desapercibido, para que la represión, no pasara desapercibida.

Los demás cuentos serán ustedes quienes descubran su secreto, donde acompasen ellos latido y encuentren su propia letra y ritmo en las historias. Porque la palabra de Antonia Palacios sigue allí, viva, latiendo y revelándose.

Antonia Palacios


Una bandera ondeando con el viento


A Juan Larrea


Había llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo, Había balcones, balcones abiertos, balcones cerrados, Mucha gente. Gentes que iban y venían por la calle, Algunos se detenían, Gentes asomadas a los balcones, balcones vacíos, balcones sin gente. Una inmensa bandera ondeaba con el viento. Quizás alguien la sostenía desde abajo, por encima de las cabezas. Las banderas cubren a los muertos, animan a los vivos. El tiempo estaba en todas partes, entre la gente, bajo los balcones, en el vacío del aire. Había llegado sin proponérselo. La calle acaso pertenece a una ciudad. Todos los que van por la calle parecen ciudadanos, ciudadanos serios, circunspectos, Todos se han dado cuenta que ya ha amanecido, que no hay necesidad de levantar la cabeza hacia arriba para mirar la luz. Ella no tiene nada que mirar. Ella no tiene adónde ir, no tiene dónde ocultarse. Quizás busca compañía. La multitud no acompaña…

…y yo pienso en las grandes multitudes donde me pierdo, en los desamparados que van conmigo perdidos en la multitud, la multitud que avanza y a veces se detiene, acaso por un exceso de tiempo, un tiempo que no tiene fin, porque el tiempo no cuenta para los que van empujados por algo no elegido, porque el tiempo no cuenta para los que van a ciegas… Y pienso en el tiempo como en una eternidad, una eternidad fija, detenida para siempre… y comienzo a buscarle una salida al tiempo mientras miro la bandera ondeando con el viento, la bandera levantada desde abajo, impulsada hacia lo alto por manos que no se ven, manos perdidas, ocultas en la muchedumbre… comienzo a imaginar distancias… y me encuentro de pronto en sitios muy lejanos, me encuentro con gentes distintas que también ondean banderas en el viento o gentes sin banderas, que van tristes, solitarias… y pienso en las largas sequías, en el sol de verano, y las gentes parecen felices con esa  belleza inmemorial que el tiempo les ofrece, esa claridad que apenas se nubla momentáneamente y ya está de nuevo abierta, sostenida… y comienzo a añorar las brumas, los aires fríos, las tardes grises… y pienso de pronto en la felicidad…

Ella no sabe muy bien todavía en qué consiste para ella la felicidad y piensa en el mañana como si ya supiese su contenido, como si el mañana se hallase encerrado en el sitio soñado, un sitio donde todo acontece semejante a los sueños, los sueños que resplandecen llenos de luz, de increíbles hallazgos… Pero los sueños no tienen consistencia, son inconsistentes y fugaces y van a parar quién sabe dónde… ¿dónde, sí, dónde van a parar los sueños? … ¿dónde se detienen, dónde dejan definitivamente de ser sueños, de tener corporeidad para que la memoria los aprese y podamos recordarlos?… Pero nunca son los mismos al recordarlos, la memoria los desvaloriza o los exalta según su propia conveniencia… y ella se deja convencer por la memoria y hasta llega a creer que la imagen que la memoria le presenta es la fiel imagen de su sueño que se ha conservado intacto en su enigma, en su custodiado secreto… Allí donde ha llegado es apenas una ciudad a medias y sin embargo todos tienen prisa como en las grandes ciudades, todos corren, ¿hacia dónde? ¿hacia qué dirección? .,. ella también corre hacia una dirección imaginaria siguiendo a la gente que no sabe adónde va, ella corre por seguir a los demás… Una ciudad a medias que consiente en que una bandera ondee alta con el viento y que haya manos ocultas, sepultadas en la multitud, que sostienen en el aire una bandera… Una ciudad a medias donde de pronto hay solares vacíos y la yerba crece alta, y los perros rastrean, y viejos periódicos son alzados por el viento, y las calles se inundan cuando llueve y solo transita libre, violenta, desatada, el agua, y el río, ¡tan delgado! el río se crece y se pone a rememorar un tiempo de márgenes abiertas, de aguas levantadas en un espesor considerable donde el fondo estaba lejos, muy lejos… el río lleno de olores muertos, aquellos que estaban estancados, apaciguados en lo hondo, y de pronto resurgen y en el aire flota un vaho a cloaca, a podredumbre… Una ciudad a medias y sin embargo la gente se apretuja y nadie tiene tiempo de pensar en su propia circunstancia sino simplemente la vive, la respira, carga con ella y a veces la engalana y la saca a pasear en día feriado, un día donde el ocio impera y todos caminan lentamente, una lentitud que parece desgano y es la gana de dejarse ir sin apremio, de gozar ese tiempo tan efímero en el que pueden detenerse en cualquier sitio largamente, y piensan que la vida es calma, beatitud, silencio, algo como insistir en que no tienen nada que hacer, que tienen todo el día para el ocio… Pero de pronto aparece, por la calle de esa ciudad a medias a la que ella ha llegado inesperadamente, sin pensarlo, sin proponérselo… aparece el entierro, muy pomposo, muy soberano, el gran carro negro, cortinas con flecos detrás de los cristales, el cortejo que sigue al entierro, los deudos enlutados, familiares, amigos, y el carro donde desbordan las coronas… El paso del entierro, el entierro que tantas veces ha pasado, tantos entierros, tantos difuntos, tantos vehículos que arrastran por las calles los cadáveres, que arrastran por las calles los que ya no participan del ocio, del día feriado, de la luz que se extiende por la tarde de estío… Y ella piensa que algún día pasará su cuerpo, su cuerpo que habrá dejado de pertenecerle, pasará por una calle cualquiera, en algún carro humilde, sin cortinas con flecos, sin cristales, sin cortejo, sin deudos enlutados, sin amigos y sin flores, pasará solitario por alguna calle oscura y lo llevarán lejos, lejos y olvidado… Su cuerpo que acaso recuerde todavía el olor y los rumores de la tierra, y ella preferiría que lo lanzasen al mar, su cuerpo, que lo dejasen descender lentamente hasta el fondo, allí donde el silencio crece, donde la luz se apaga, su cuerpo entre medusas y corales, entre peces voraces que perforarán su cuerpo y el agua circulará libremente por entre los orificios abiertos en su cuerpo y pequeñas burbujas subirán muy alto, estallando en el aire, más allá del nivel de las aguas …Pero ya la calle está limpia de entierros, de cortejos fúnebres, limpia y clara, y las gentes se olvidan de la muerte, y piensan que es otro quien ha muerto, alguien que nadie ha visto, y comienzan a hablar de otras cosas y todo lo reducen a la vida…

…y yo pienso que acaso pueda sucederme algo imprevisto, fuera del diario acontecer, alguna cosa extraña, extraordinaria, que pudiera sucederme, algo más allá o más acá de la muerte, pienso, mientras miro la bandera ondeando con el viento, el viento la levanta, la doblega, y de pronto la bandera se inclina… tal vez las manos que la sostienen están cansadas, manos escondidas, manos ocultas entre la muchedumbre, tal vez están cansadas y piden un relevo…

Y aunque ya la calle está limpia de entierros, de cortejos fúnebres, ella sigue pensando en la muerte… la muerte que puede llegar inesperadamente y no le dará tiempo a pensar en nada, ni en la muerte misma, la muerte penetrando en ella, concentrándose en ella, derribando lo que de ella queda, porque acaso estará ya muerta cuando la muerte, o el viento, o el impulso que la muerte arrastra, derriben su cuerpo, su cuerpo ya invadido por la muerte… La bandera se levanta, quizás las manos han tomado nuevas fuerzas o quizás son otras manos las que la sostienen abajo, manos escondidas, ocultas en la multitud y la bandera flota de nuevo alta, ondeando con el viento. Y ella respira… El viento le entra por la boca… Ella respira el viento, el viento que es impulso, el viento que es la vida…

…y yo pienso en otros países donde el viento sopla leve, países donde los días cambian, se alargan y se acortan, y hay noches infinitas… países donde existe el otoño y una luz violeta apenas arrebola las nubes y las hojas navegan en el aire y siento que podría irme con ellas, irme sin saber de tiempos ni de muertes… y siento que el otoño está dentro de mí, resbalando hacia adentro en los giros de tantas cosas desprendidas, de tantas cosas arrancadas adentro, muy adentro, allí donde soplan los grandes vendavales que desprenden, que arrancan…

Y aunque el mar está lejos, el mar donde su cuerpo estará inmóvil en el fondo cuando ya nada sienta, nada pueda imaginar, aunque el mar está lejos, ella siente el aliento marino que le pasa por la cara, el salitre detenido en su piel, la sombra de los barcos anclados en el puerto, el puerto que está cerca, muy cerca, y ella se sienta en el quicio de cemento de cara hacia los barcos y los mira desplazarse, tan lentos… y tan lejos que se marchan…

…y yo pienso en otros barcos frágiles que se hacían a la vela en días tormentosos de aguas enlodadas, pequeños veleros zozobrando, mientras miro la bandera flotando con el viento…

Ha llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo, arrojada allí, a las orillas de una ciudad que quiere ser ciudad de bares y prostíbulos, de grandes cementerios, con inmensos mataderos donde cientos de bueyes degollados dejan su sangre aposentada, ciudad de gente sometida, de gente sin refugio, ciudad de realidades que saben tan poco de su vida, y las gentes se encuentran, se miran y se hablan, se saludan, se despiden… y ella sin adioses, sin pañuelos desplegados, en un sitio desproporcionado, demasiado limitado para los silencios, demasiado vasto para los encuentros…

 …y yo recuerdo la ciudad lejana, los saludos asomando desde todas las ventanas, los pañuelos abiertos con rumbo hacia el encuentro… recuerdo las vibraciones de un tiempo duradero, las gotas de la lluvia mojando los tejados, los días estirados en la curva del sol…

El edificio le cierra el paso. Ella quiere penetrar al vestíbulo, atravesarlo todo, el gran vestíbulo, las luces desde lo alto iluminando el inmenso vestíbulo, ella con el desea de penetrarlo, con el deseo de recorrerlo, de atravesarlo todo, de detenerse en el centro del inmenso vestíbulo, la luz cayendo desde lo alto, ella imaginando el desamparo del inmenso vestíbulo totalmente iluminado, las gentes en el centro del inmenso vestíbulo solitario, y ella antes de haberlo penetrado, antes de recorrer los espacios tensos, la luz cayendo desde lo alto, el roce de la Iuz sobre el inmenso vestíbulo desierto… Ella cambia de dirección, toma el sitio abierto de la calle, una calle sin estatuas y sin fuentes, la estatua del héroe elaborada con un huevo material, un material sin peso, y el héroe está flotando, bamboleando en el aire… Ella tiene todo el sitio para ella, para su inmovilidad, porque se ha quedado inmóvil en medio de la calle…

…y yo comienzo a imaginar presencias… a darle forma a las presencias… y pienso en lo que fueron las calles y la estatua del héroe saltando con nosotros los peldaños de piedra… y siento que la piedra ha crecido, que el tiempo nos ahoga…

Ya no tiene todo el sitio para ella. El tráfico se reanuda y ella salta entre los vehículos esquivando la muerte, sintiendo la muerte cerca, sintiendo la muerte lejos, midiendo cada gesto… y la gente que grita, la multitud que avanza, y la bandera crecida ondeando con el viento. La velocidad está en todo, en los vehículos que devoran el espacio, los gritos en oleadas que estremecen el aire… y ella piensa que es difícil amar, que es más fácil morir, piensa en el consentimiento hacia el amor que está en su cuerpo, en el rechazo de su cuerpo hacia la muerte …y la invaden las bruscas sacudidas de la ciudad sin reposo, su cuerpo respirando sin apoyo, su cuerpo a igual distancia de la vida y de la muerte, su cuerpo a igual distancia de la muerte y del amor…

… y yo recuerdo las calles tan angostas, gatos echados al pie de los pilares, ancianas recogiendo las yerbas más fragantes… recuerdo los vecinos que hablaban de la luna… recuerdo nombres, recuerdo las miradas, recuerdo los silencios…

Los balcones llenos de gente que se mueve, ella mirando lo animado, el desenfreno que lleva consigo lo animado, las gentes en los balcones sin miedo a desplomarse se inclinan hacia afuera… Un gran claro se establece de pronto, un espacio vacío, y la tarde se proyecta sin sombra y es como si fuese el silencio, como si el movimiento se hubiese detenido en esa pausa efímera donde queda la tarde suspendida…

…y yo recuerdo las tardes sin fatigas, sentados todos juntos bajo el cielo de agosto, la sombra tan liviana, recuerdo el aire que caía, la noche despuntando, estelas luminosas cruzando los espacios…

Todos son desconocidos, todos, o tal vez ella no reconoce a ninguno, todos están perdidos en la inmensa muchedumbre donde las manos se ocultan y sostienen desde abajo una bandera, una bandera ondeando sobre el mundo… A ella la cansa el mundo, la fatiga caminar por el mundo esperando los encuentros que nunca se producen, esperando la vida desprendida de algún sitio… Hay gentes extenuadas allá en la muchedumbre, gentes inánimes que se han quedado atrás, y los que van compungidos, con inmensos deseos de llorar, de sollozar a oscuras, la cabeza sumergida en la compacta muchedumbre, y abajo, allá en el fondo, hay manos que sostienen la bandera, manos que la levantan, y la bandera se abre, se despliega en el viento… Ella quiere escapar, correr sobre los puentes que apenas la sostienen, los puentes congelados… Gélido, estacionado, el aire de la tierra…

…y yo pienso en la tierra sin edad, en las espesas aguas que envuelven a la tierra, en las luces lejanas que rielan en las aguas, las luces que iluminan extraviados navegantes… y sueño con voces detrás del horizonte, con las húmedas piedras de los tiempos sin hombres, sueño con el espacio, los abiertos balcones que ocupan el espacio…

La gente a la deriva, ella a la deriva con la gente, ocupando el espacio. Ella confundida con la gente, confundida en el espacio. Ella en el vacío de la gente, ocupando el vacío de la gente… La multitud avanza… Espectros de la noche se mezclan a los vivos, a los seres vivientes… La multitud avanza… La bandera se inclina… Abajo, allá en el fondo, hay un largo abandono, las manos desfallecen…

…y yo recuerdo la planicie desierta, el muro del cuartel integrado a la sombra, recuerdo el toque de corneta, el sonido doliente retumbando en la tarde… recuerdo la bandera, la bandera plegándose, la bandera cerrándose en la tarde sin viento…


***


Cuento tomado del libro El largo día ya seguro (1975). Transcripción: Carolina Álvarez Arocha

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Rafael Ortega