-Manuel Cabesa-
(A la mystérieusse)
Imposible no acordarse de Carlos Antonio Silva (CAS) cuando celebramos nuevamente el Día del Periodista, ya que este personaje marcó con su presencia una pauta en lo mejor del periodismo cultural que se hizo en Aragua a partir de los años 80.
Junto a otros fablistanes de aquel tiempo: José Aloise Abreu, Santiago Rojas, Mélido Estaba, Omaira Ochoa, José Rosario Delgado y otros veteranos de la página diaria, quienes construyeron el imaginario de una ciudad y una época de la que queda en la memoria apenas nostálgicos vestigios.
A CAS lo conocí en septiembre de 1975 y hasta su muerte en septiembre de 2014 compartimos casi cuarenta años de férrea amistad: juntos fundamos grupos teatrales y suplementos literarios; leímos con fervor los mismos poetas; nos enamoramos de varias y hermosas mujeres para luego consolarnos mutuamente en nuestros respectivos despechos; le dimos batalla a innumerable noches de bohemia y dedicamos cientos de horas a conversar sobre proyectos que al final nunca llevamos a cabo.
Gracias a CAS conocí, apenas adolescente, la Cinemáteca Nacional, asistí por primera vez a un concierto de jazz en vivo, nos coleamos en el Aula Magna de la UCV para ver a Marcel Marceau y en otra ocasión para escuchar a Pablo Milanés y en el Teatro Municipal de Caracas para el concierto de Preservetion Hall Jazz Band, nos fuimos de Perecito sin pagar la cuenta para poder asistir al taller que dictaba Eugenio Montejo en el viejo Ateneo de Valencia y fue él quien tuvo la ocurrencia de buscarle conversación a Francisco Massiani, escritor al que yo admiraba y con el que mantuve larga amistad a partir de ese día.
Como Virgilio conduciendo a Dante, en muchos aspectos CAS fue mi guía a través de los círculos infernales de la cultura y la bohemia.
Amante empedernido de la música, CAS se dio a la tarea de acumular una inmensa discoteca donde convive toda suerte de géneros musicales en perfecta armonía. Pero no sólo escuchó y compartió todas esas melodías de su agrado, sino que también testimonió las vivencias y las anécdotas que giraban en torno a esas viejas canciones, en una serie de sabrosas crónicas compiladas en dos libros de grata lectura: En un disco la vida (2007) y Crónicas transitorias de la vida cotidiana (2014).
En ambos libros hay toda una celebración de la vida y sus alegrías o tristezas vividas a través de los acordes de una canción: "Escribir crónicas musicales proporciona no sólo el placer de volver escuchar la música que una vez nos cautivó, sino establecer un balance justo de ese pasado que en algunos casos sobrevaloramos", nos dice en el primer volumen.
En todo caso se trata de una suculenta ensalada de historias de aquel tiempo en que éramos irresponsablemente felices, crónicas que son grato recuerdo de otra época, de un tiempo que revivo cada vez que regreso a estas páginas mientras escucho aquellas viejas canciones del amor adolescente.

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Rafael Ortega