-Miguel Guédez-
La reciente película colombiana, Un poeta, no solamente destaca por el acierto del protagonista para un papel tan complejo y lleno de matices, sino que el film se sustenta en un guion que revela un nivel de análisis y comprensión de la sociedad en la que se desenvuelve la historia.
Pero para entender Un poeta, tenemos que viajar un poco en el tiempo y revisar las virtudes que nos dejó para la historia del cine el Neorrealismo italiano. El protagonista de Ladrón de bicicletas fue un hombre simple, de pueblo y no actor, aunque en un principio a Victtorio De Sica le propusieron trabajar con actores de renombre, él rehusó las propuestas, porque sabía que el rostro que daría la talla de la tragedia popular de la postguerra, debía hallarlo entre la gente común que más había sufrido, era un rostro que ya estaba configurado por las carencias y que no debía sobreactuar para dar con la emoción, el despojo y la miseria, pero conservando lo más frágil, a pesar de todo, la honestidad, el honor y la humildad inherente a su clase.
Fellini también nos dejó una anécdota interesante para la construcción de personajes realistas, en La Strada, con la búsqueda de la chaqueta de Zampanó. El productor le llevaba chaquetas todos los días para su protagonista, Anthony Quinn, pero Fellini las rechazaba por ser muy nuevas, o de estilos muy refinados, y el personaje era un cirquero nómada que viajaba de pueblo en pueblo, por lo que la prenda debía ser cónsona con esa vida desgastante. Hasta que un día iban por la calle y se consiguieron a un campesino que llevaba una chaqueta llevada por el sol y el trabajo duro, y Fellini no dudo en que había conseguido la prenda ideal. El campesino no la quería vender porque era su atuendo de toda la vida, así que el director tuvo que redoblar la oferta para conseguirla.
Estos pequeños detalles, entre muchísimos otros, que nos ha legado el Neorrealismo italiano están presentes en Un poeta, una película de bajo presupuesto latinoamericana, pero con un gran acierto en la historia, en la construcción del personaje y en configuración del universo del mismo.
¿Qué es el arte sino un continuo tomar riesgos sobre la marcha? Bien sabemos que la repetición de fórmulas consabidas y manidas no llevan sino a la postura acomodaticia del realizador y a la complacencia del público. Tomar riesgos significa abrir el compás a un conjunto de posibilidades expresivas, que son infinitas, por cierto, más aún en Latinoamerica donde está todo por contar, y salir del molde que impone la industria. A todos nos gusta Un poeta, la película, pero pocos serían capaces de tenerlo como amigo en la vida real, porque estos personajes existen. ¿Qué arriesgamos al hacer una película? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar, en términos creativos me refiero?
Un poeta es mucho más que un personaje disímil, que no encaja, cuestionado en su vida personal y profesional, pero auténtico hasta la muerte, hasta la médula y es esa franqueza del personaje la que nos conmueve, la que nos hace interesarnos por su desdicha. Esto sumado a la radiografía social que hace el director de la sociedad colombiana, las familias populares y los círculos de poetas que representan pequeños feudos de poder. Entonces, entender el film, es conectar con un universo sumamente analizado y pensado desde un inicio, para dar como resultado este hermoso y complejo entramado histórico que hoy nos conmueve.
En Venezuela nos falta tomar esos riesgos. Este es un país lleno de personajes vitales, complejos e indescifrables a primera vista, pero que, si nos tomamos el tiempo de hacer la tarea, y de penetrar acuciosamente en nuestra realidad, vamos a descubrir un mundo fascinante por contar, un mundo distante y alejado de los clichés en los que han encasillado al cine venezolano por décadas y del que solo algunos pocos cineastas, en sus momentos de destello, han logrado librarse de ello. Compañero de viaje, País portátil, El iluminado, Jericó, Diles que no me maten, El Amparo, son buenos ejemplos de una interpretación del país desde una óptica sincera, con personajes auténticos, no provenientes de una telenovela o de la vulgarización estandarizada del cine. Estas obras han sido el reflejo de una sociedad y de unos personajes que aún laten en las calles, en los barrios, en el campo y en los pueblos. Obras que nos han permitido entendernos en nuestras contradicciones, como Un poeta, que habita en la mayor de las desavenencias sociales e internas.
Hay un camino de posibilidades demostrado históricamente que ha dejado su huella en el cine nacional, y que nos demuestra que un cine distinto al impuesto por los grandes mercados es posible. Queda de parte de los realizadores proponerse o no, abocarse o no, a indagar, investigar e ir más allá de los convencionalismos. Un poeta demostró al mundo y a Latinoamérica que las posibilidades del cine son abismales, que las historias y los personajes diferentes están ahí frente a nosotros todos los días, pero, ¿será que no los queremos ver o qué nos lo impide?

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Rafael Ortega