jueves, 9 de abril de 2026

El día que Loyola nos vaciló

-Harry Almela-


Picasso es comunista, yo tampoco.

 Salvador Dalí


La tarde remota en que el Coronel Aureliano Buendía conoció el hielo, le rogó encarecidamente a su padre que lo llevara al Museo de Arte para ver la inauguración de la exposición de Juan Loyola. Maracay era entonces una aldea de casas hechas de caña brava y bahareque, fundada al borde de la ciénaga por un General andino. 

Las cosas del mundo eran tan recientes, que todos los habitantes se conocían por sus nombres propios. La muchedumbre ansiosa, parada en la puerta del museo, esperó pacientemente media hora hasta que Loyola apareció vestido como Blacaman, el Bueno, luciendo un vistoso liqui-liqui de lino negro.

Los adláteres, emocionados, celebraban el acontecimiento condecorando a los asistentes con banderitas nacionales, mientras Isabel, la novia, veía caer la lluvia más allá de la Cordillera, en el propio Macondo.

El discurso de orden, a cargo del artista, cubrió las expectativas. Rodeado de luces y de las cámaras de televisión, que transmitían el importante acontecimiento a más de ciento diez países, conectados a la inmensa antena parabólica instalada en el techo del museo para la ocasión. 

Loyola echó mano de una verba que recordaba los tiempos del cometa, cuando Douglas andaba por esos montes de Dios pregonando el advenimiento del reino de los pobres y Carlos Blanco todavía incendiaba el aula magna de la universidad aquella, hablando de la renovación.

Entre las muchas novedades que trajo a Maracay, Loyola defendió la libertad en el arte, habló mal de los burócratas de turno, mientras "un alto personero de la cultura oficial" lo observaba desde el bunker, vestida apropiadamente con una falda roja, una blusita transparente y azul, cerrando el atuendo con una boinita amarilla. 

Los fotógrafos no se daban abasto. Uno de ellos, el hombrecito de la bicicleta que acompañaba a Eréndira y a su abuela por esos andurriales de Dios, pidió mil excusas al artista por haberlo encandilado varias veces con su flash. 

Loyola cerró su intervención hablando de las altas propiedades del papel toillet y de las necesidades de la cultura. Seguidamente, la muchedumbre corrió escaleras abajo, pues el acto cultural se estaba celebrando en un segundo piso, para ver, en vivo y en directo, la transmutación alquímica de una camionetica FIAT en obra de arte, por obra y gracia de lo que los especialistas llamaban hace dos décadas "Performance" y los más recién llegados, "intervención urbana". 

El Coronel, quien todavía no era, ni por pienso, ducho en batalla y guerras perdidas de antemano, le pidió a su padre que lo acercara al carrito aquel para colaborar también con un brochazo.

Por el módico precio de un peso, señores, solamente por un peso, usted podrá pintar utilizando cualquiera de los colores primarios, señor, señora, niños y niñas, solamente por este precio y en esta única oportunidad, usted podrá fotografiarse al lado de Blacaman, el Bueno, el único pintor venezolano condecorado por la Reina de Holanda y comentado y recomendado por Le Parc y Adalberto Pérez Ramírez, el bardo del Turimiquire.

La gente a sabiendas de que asistía a un evento que no volvería a repetirse en varias generaciones, hizo su democrática cola a la espera de una brocha, por favor, una brochita, que quiero ser partícipe de este acto único en el Universo y sus alrededores: Juan Loyola, el irreverente, el cáustico que tiempo ha era víctima de la policía y sus cuerpos paramilitares allá en Porlamar y que ahora, gracias a Dios, podría presentar sus obras condecoradas con la enseña tricolor en cualquier buen museo del país.

Isabel, quien ya se aburría de esperar la lluvia, aprovechó un instante de lucidez en medio de semejante vaporón demoníaco y subió al edificio del museo para descubrir que las fotografías expuestas en el primer piso eran unas tomas del carajo, con mucho "charme" y volumen y que superaban en esplendor y gracia a los cuadros expuestos en el otro piso que, a no ser por la banderita tricolor que adornaba todos y cada uno de los lienzos, le recordaba el discurso plástico del chino Hung. 

Comprobado este asunto, Isabel, preocupada por sus múltiples compromisos, se asomó a la ventana para ver al populacho dirigiendo el pantagruélico festín de pasa palos, compuestos de lomo de cordero con piña, paticas de cochino en salsa Guamita, tequeños de queso de hembra de mamut, cráneos de avispa en salsa de vertical vibrante, sopa de letras de la revista FABLAS y paticas de cachicamo en su concha. 

La gente ya se estaba retirando de las cercanías del FIAT, no sin antes pedirle a Loyola por favor, píntame un angelito negro aquí, en el cuello, o dame aunque sea una estampita con tus señales particulares y firmada por tu gracia, Juan, para ver si consigo un pasaje en autobús para Brasil y huyo para siempre de estos cien años de soledad y provincianismo macerado, porque seguimos comportándonos como los indios quienes en el siglo XV cambiaban espejitos por oro, creyendo además que estaban desplumando a los españoles.

Isabel, en un arranque súbito de amor y de decencia, agarró al niño Aurelianito de la manito derecha y le dijo:

-Mira, Aurelianito, ¿por qué tú y yo no nos vamos a tomar un batido ahí mismo en "El Arepanito" y nos dejamos de estas pendejadas?

Suplemento Cuartillas (pág. B-20 - Diario el siglo - domingo 31 de julio de 1988)

2 comentarios:

Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en el mío.
Un abrazo,
Rafael Ortega