-Mario Amengual-
Vayan ustedes a saber en cuáles recovecos de la memoria se pueden contar la cantidad de bares, taguaras y licorerías donde alentamos el espíritu festivo aquel sábado, hace unas cuantas décadas en Maracay, mis hermanos de sangre Alberto y Luis Alain, nuestro hermano de crianza Omar Cardozo y yo.
Serían entre las ocho y las nueve de la noche cuando nos anclamos en la barra del bar restaurante El Ruedo, en la avenida 19 de Abril, muy cerca del Museo Aeronáutico. A uno y otro lado de la barra en U había dos salones con mesas para cuatro o más comensales. En uno de ellos dos parejas en sendas mesas y en el otro una sola pareja. Las tres se disponían a disfrutar la cena que habían ganado en un concurso de quién sabe qué en una emisora de radio local.
Aparte de nosotros en la barra estaban tres tipos, de los que supimos después que se trataba de un reconocido y prestigioso abogado, un profesor de la Facultad de Agronomía de la UCV y un hermano de este, cuya reputación consistía en haberse hecho de unos cuantos reales por vender como joyas a los chinos del centro de la ciudad los juegos de dominó que repartía Rafael Caldera en una de sus tantas campañas presidenciales.
Para entonces nuestros modestos sueldos permitían que pidiéramos un servicio de Cacique, que era el estribo para cerrar en buena ley el periplo etílico. Hablábamos de cualquier cosa como corresponde a bebedores de buena estirpe cuando, sin razón ni pretexto alguno, los otros tres tipos de la barra comenzaron a tirarnos puntas y sobre todo a mí y en diminutivo insinuando que se me mojaba la canoa.
Insistieron en la provocación y alzando la voz como para que no quedaran dudas de sus ánimos pendencieros y ya obstinado, no por lo de la canoa mojada sino por la alteración de nuestra alegre disposición, me paré y le dije al vendedor de los dominós calderistas:
-¿Qué coño e madre te pasa a ti?
Se plantó ante mí como si fuera el propio Mano e Piedra Durán y nos cruzamos varios golpes fallidos y con alguno le rocé la cara y en respuesta él rozó la mía y mis hermanos se plantaron entre nosotros. El abogado, como aquel famoso torero Cagancho ante los cuernos de los toros de casta, hizo de la cocina su burladero. El profesor y su hermano intercambiaron empujones y coñazos fallidos con mis hermanos y con la misma volaban a uno y otro lado vasos, ceniceros y cuanta vaina encontrábamos a mano, y a todas estas los mesoneros procuraban que no se cayeran unas supuestas esculturas talladas en troncos de árboles, como si fueran de Rodin y en mármol quebradizo. Y las parejas ganadoras salieron disparadas cuando estaban a punto de darse gusto con la entrada del cóctel de camarones.
El dueño del restaurante y los mesoneros no ocultaron su parcialidad por nuestros rivales de indudable prestigio para ellos y asiduidad a aquel ruedo que aquella noche fue más bien cuadrilátero. Ha debido ser el dueño quien llamó a la policía y cuando nosotros, apenas apaciguados los ánimos, estábamos saliendo por el breve pasillo que separaba la salida de la calle nos flanquearon al menos ocho funcionarios de la Disip y llegamos al carro, estacionado muy cerca, y rematamos el Cacique en el porche de la casa montonera comentando lo sucedido.
Como Maracay era entonces, y sigue siendo ahora, un pueblo con ínfulas de ciudad, la trifulca de El Ruedo cobró fama y abundó en comentarios callejeros y en tertulias familiares, la mayoría de ellos aliñados con el pasar de boca en boca.
Fue así que nos enteramos de que los Disip, que no sabemos por qué llegaron ellos y no los mangas meadas de la policía regional, en ningún momento nos vieron aunque pasamos entre ellos y retuvieron por una hora y un poco más a nuestros rivales porque no entendían con quiénes se habían peleado si los únicos clientes en el local eran ellos.
Se las pasaron mal ese buen rato porque los Disip no les creían y estos aseguraban una y otra vez que cuando ellos llegaron no vieron salir a nadie. Total que el dueño de El Ruedo, según nos dijeron, le cargó la cuenta de los daños y destrozos al abogado, al profesor y al tracalero, que seguramente quedó en el aire porque la alianza entre el vendedor de dominós calderistas y el abogado era suficiente para pagar esa cuenta en cómodas y olvidadizas cuotas.


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Rafael Ortega