jueves, 5 de noviembre de 2026

Poemas de Miguel Ramón Utrera


Título: Mujer vegetal (1954)

Autor: Mario Abreu


***


Los nombres de la noche


 I


Alguien debía volver de aquel país de sombra. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, caminaba a tiendas, procurando recordar nombres olvidados en la sombra.


 Quizás pensó en el silencio nocturno de los árboles.


Y volvió a caer en la sombra. Otra silenciosa sombra.


Quizás tocó los labios dormidos del agua. Y descubrió que la sed es otra sombra. Otra dormida sombra



Quizás llamó a la puerta de alguna choza abandonada. Y sólo halló la respuesta de la sombra. Otra abandonada sombra.


 II


Alguien debía volver de aquel país de sueño. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, trataba de alcanzar los caminos donde siempre descansa el último sueño.


Quizás tomó la senda de los frágiles cocuyos. Y tropezó una vez más con las espinas del sueño. Su desgarrado sueño.


Quizás trató de seguir el vuelo de las hojas. Y se encontró, de sorpresa, ante la fronda de otro sueño. Otro abatido sueño.


Quizás palpó las piedras que ocultan los secretos de la noche. Y junto a ellas pudo escuchar los ecos de aquel sueño. Aquel desvelado sueño.


 III


Alguien debía volver de aquel país de silencio. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, pretendía trepar a las grutas donde moran las arañas del silencio.


Quizás buscó el abrigo de algún recóndito jardín. Y en él contempló, ya deshojada, la rosa del silencio. Aquel mustio silencio.


Quizás descubrió los hilos de otro remoto manantial. Pero en ellos también dormía el silencio. El más callado silencio.


Quizás volvió a hollar los tenues espejos de la lluvia. También en ellos había huellas desvaídas. Las huellas del más callado silencio.


 IV


Alguien debía volver de aquel país de soledad. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, descansa ahora a la vera de su cansada soledad.


Quizá vació sus lágrimas en el cálido surco de la sombra. Y allí creció, entonces, el árbol de la soledad. La más armoniosa soledad.


Quizás dejó caer sus voces en el cálido río del silencio. ¿Recuperó allí la clave de sus pasos? Desde entonces quedó poblada de música la soledad de las palabras.


***


Ha pasado una sombra


Ha pasado una sombra a nuestro lado,

sin voz ni aliento, como flor caída.

Pensamos en los nombres olvidados;

en los días perdidos;

en los árboles muertos, en los raros

celajes que cubrieron las distancias

por donde huyeron aves sin descanso.


¿De quién es esta sombra?, nos decimos.

Y de nuevo pensamos

en el hondo país de los ausentes

y en aquel derruido campanario

cubierto de hojas secas.


¿De quién es esta sombra?, preguntamos.

Nadie responde. En el ocaso apenas,

se divisa los humos del verano.

La sombra no se aleja.


La vemos caminar a nuestro lado.

Y otra vez con angustia,

retornamos al aire del verano.


***


Última lluvia


Llega un anuncio plácido del campo:

la crisálida pura recomienza

su aventura pueril; y la mañana

abre el infolio azul de las consejas.


El último silencio

sobre los ecos de la brisa lenta.

Un cerco de cristales se desprende

de otra nube viajera.


Y surge la encendida chupa─chupa,

como enjoyando el alma de la tierra.


Alguien puede ascender hasta la nube

donde mora la tímida azucena;

alguien puede apurar todas las mieles

que dan a las palabras savia eterna.


Bajo el opaco cielo

se derrama la mínima odisea.


***


Los días del verano


Sabemos lo que ocurre en estos días.

El espejo del agua, ya cegado,

no podrá recibir el fiel mensaje

desprendido del campo,

cuando el campo descubre los fulgores

que han de aliviar su rostro resignado.


Allí están los matices:

a través de los días más amargos

engalanan el monte; y los caminos

recogerán con aire desvelado

la diáfana visión de esos reflejos.


Pero el cristal opaco

no llega a ver la límpida presencia.

Aquí están los matices, azotados

por el hondo fragor de las edades

ardorosas y lentas del verano.


Y pasan al recinto de la sombra

las sangres, las cenizas, los dorados

vasos plenos de mieles y de aromas.


Con el bravo clamor de las cigarras

se prolonga el letargo

que paraliza al corazón del monte.


Por escalas de humo van viajando

hacia medrosos lares las corolas

que un antiguo pastor habrá guardado.


Cuando vuelva la luz al ojo de agua

descenderá hasta el campo

otro caudal de pétalos recientes.


Y puede ser, entonces, que veamos

tornar hacia la luz, ya redimida,

la imagen de aquel tiempo derramado.


¿Sabemos lo que ocurre en estos días?

Puede ser que veamos,

sobre el cristal opaco de los cielos,

trocarse en flor la sangre del verano.


***


La otra claridad


Tomaremos el cauce de estas voces

que nos llegan de lejos,

pidiéndonos asiento a nuestro lado

para un viaje de múltiples senderos.


¿Qué misterioso río

podría conducir nuestro desvelo

hacia el campo deseado

de inusitada luz y claro acento?


¿En qué tierras de olvido

podría refugiarse el mustio sueño?

Todo es oscuro ahora, hasta los rumbos

que hubieran sido, al fin, los verdaderos.


Y así caminaremos, como a tientas,

bajo el fragor del viento.

Que no nos llame nadie en el camino;

que no nos mire en sed el arroyuelo;

que no salgan al paso para herirnos

los pálidos deseos.


Tomaremos el cauce de estas voces:

claridad esperada, dulce fuego,

aroma del acento que redime

y debe ser eterno.


***


Plenitud


Ya no hay más aires para el eco puro

que estuvo aquí, elevando

cuanto quedaba en sosegada huída,

detrás de los veranos.


Ya no hay más nombres para el tierno aroma

que deslumbró el acento recobrado.


Bajo el tibio silencio de la noche

ya no hay más lumbre para el suave rastro.


Si dijéramos niebla,

pudiera derrumbarse el cielo manso

y una lágrima azul descendería

a la cuenca del día desgajado

Si dijéramos sombra,

pudiera el día derramarse en llanto

sobre el surco vacío donde yacen

los días, esperando.


Pudiera abrirse el cauce del silencio;

y del torrente claro

pudiera renacer otro universo,

aunque sin voces en ningún espacio.


Porque en los mansos aires

ya no hay más nombres para el dulce llanto.


***


La voz infinita


Puede ser un eco limpio

a orillas de la alborada,

junto al ámbito sereno

que diera albergue a sus alas.


puede ser otro silencio

la voz azul que resbala

sobre el silencio y las voces

de una infinita distancia.


Puede ser un eco limpio

a orillas de la alborada.


***


La flor ignorada


Alguien torna a buscar aquel aroma

mientras bulle el verano

en cruento, desalado torbellino.


Cuando ese hálito puro

colmaba las fecundas primaveras,

nadie alcanzó a medir sus leves hilos.

Nadie pensó que aquella aldea opaca

guardaría la lumbre del hechizo.


Alguien va a penetrar ese misterio,

volviendo a desandar el tiempo mismo

tras el aroma claro

que ahora es otro tiempo fugitivo.


Y encontrará, como la imagen cierta,

una ignorada flor que duerme, casta

junto al cristal del río.


***


Caminos del alba


Los ecos de la brisa

van señalando surcos en el alba.


Al norte desvelado,

la cristalina voz de una campana;

al sur de los veranos,

el mito de otra huella desgarrada;

al este del recuerdo,

el roce sigiloso de la lluvia

que vuelve ya con un rumor de alas.


En el ocaso, apenas

dejarían su aroma las palabras

para guardar, quizás la dulce historia

de aquella aldea opaca.


Alguien debe volver sobre sus pasos

a iluminar los días

con el cándido albor de las palabras.


***


Colibrí




¿Dónde se esconde?

¿Dónde lo vi?

Saeta de raso

el colibrí.


Se ha zambullido en el iris

muy temprano, de mañana.


Las gemas de su plumaje

luce ahora en tu ventana.


¿En qué flor habita?

¿Dónde lo vi?

Saeta en el alba

el colibrí.


***


La sombra temeraria




Esta sombra nos sigue, de puntillas;

se oculta en todas nuestras horas claras;

y así mismo se infiltra en nuestras voces

con leves ademanes de fantasmas.


La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,

y trepando por todas las palabras;

inasible, fugaz, sin rumbo fijo,


pero presente siempre y siempre extraña.

Guardemos ya nuestras mejores voces.

Deshilando las hebras de este sueño,

esperemos la luz de la mañana.


Cuando el día retorne con sus sones,

en el diálogo puro -lumbre y sueño-

se rasgará la sombra temeraria.


***


Tiene ese secreto el humo:

estar ausente y cercano;

dejar huellas en el aire

sin que se note su paso.


Ser imagen de la vida

Y estar de su muerte ufano;

Andar siempre fugitivo

Y a la vez encarcelado.


Tiene ese secreto el humo:

Estar presente y lejano.


***


Ronda del arroyuelo


Arroyuelo claro,

arroyuelo raudo

que, a través del norte,

huyes del verano;

tras de ti, un grito

por cerros y campos:

—No huyas tan de prisa!—

claman los rebaños.


Pasos de cristal

quiebran por el prado

huellitas de armiño

y musgos plateados.


Corre el arroyuelo

con pasos de espanto:

—No huyas tan de prisa!—

gimen los rebaños.


Las mudas espigas

se visten de llanto;

sus rizos de lumbre

ya están enlutados.


Lloran las espigas,

lloran los guijarros:

—No huyas tan de prisa!—

lloran los rebaños.


Columpios de aljófar

el sol ha estrenado;

sus garras de sed

perdiera el verano.


Corre el arroyuelo

entre los sembrados:

—Viniste tan pronto!—

cantan los rebaños.


A sendas de nácar

pasos aromados.


***


El bosque fugaz



Puede convertirse en ave

el azahar de la niebla.


En humo puede trocarse

su arquitectura viajera.


Pero en una fronda blanca,

suave, pura, blanca y fresca:

un bosque frágil que huye

del vaho gris de la tierra.


Puede convertirse en ave

el azahar de la niebla.


***


Cantiga del infante dormido


Van hilando los caminos

menudos sueños lejanos.


Por el sendero en vigilia

pasan las sombras, trotando.

Se miran sus tres andares

como tres silenciosos claros,

como tres quejas en fuga,

sin abrigo y sin descanso.

Aros de fuego marchito

les van ciñendo los pasos:

arriba, miel y espuma,

color de penas, abajo.


Por el sendero en vigilia

los tres viajeros cruzaron.

La noche aldeana —nodriza

de luceros y rebaños—

dejó sus sandalias nuevas

a la vera del establo.

Al ovillo de las horas

le salen hebras de llanto,

mientras los caminos hilan

menudos sueños lejanos.


La noche aldeana, cansada,

lavó en su tibio remanso

los filos de las estrellas,

las espinas de los cardos

y los pañales del niño

que está en las pajas llorando.

Leche de cielos maduros

los alcores derramaron.

El chiquitín de la aurora


Está en las pajas, llorando.

¿Dónde estarán sus luceros?

Sus cabras, ¿dónde quedaron?


¿Dónde escondieron las sombras

Sus vellones fatigados?

¿En qué vergel escondido

se abrió su nombre de nardo?


La noche aldeana, impaciente,

colgó su lumbre de estaño

sobre el sopor que vacila

en el humo de los ranchos.


Tres sombras, tres sombras mudas

y un camino desvelado.

Por el camino en vigilia

tres sombras van, caminando.



***


Balada del alba virgen


Mañana de sueños niños

trajeada para leyendas:

blondos zapatos de bruma

y risa de lluvia lenta.


Mañanita balbuciente

que jugabas a tristeza,

vistiendo recuerdos pobres

en tu retablo de pena,


cuántas cosas te dijeron


los ojos de la miseria!


Mientras buscabas, rendida,

más sueños para tu rueca,

añorando lobos buenos

en leves voces abuelas;

y tus pasos irisados

iban labrando tus huellas

para el sendero encantado

de una encantada conseja,

qué dolor el de los ojos

que te supieron doncella!


Hierbas de azules congojas

se asomaban a las sendas;

lejos, buscaba tu rostro

las mariposas viajeras.


Más allá de la campiña

la brisa rasgó sus sedas

y colgó regios aromas

al palacio de la niebla.


¡Cuánto tardaron los ojos

que te creyeron enferma!


En la corte de horas blancas

se vio la fuga discreta:


sobre lejanos armiños

adioses de primavera…


Calló sus voces la lumbre,

quedó en silencio la rueca,

las alas de la esperanza

se estrenaron en la ausencia.


¿Quién vio las perlas amargas

de tus ojos en la espera?


Después llegó aquel mensaje

del país de las estrellas:

un rico príncipe ardiente

con una ardiente promesa.


Cuando encontró los vestigios

de tus diminutas huellas

y la soledad ignota

de aquella escondida senda,

cómo lloraron de sombra

los ojos que no te vieran.


***


La casa


Sumida en el fragor de otro silencio,

que es mudo cerco de interior morada,

está la casa sola. Y es un cruento

y lánguido penar su paz callada.


Adusta soledad nimba el momento

en que la leve imagen ensoñada

rasga la transparencia de su cielo,

en mágico fulgor transfigurada.


Pálida mensajera de otros días,

¿cubrirá la nostalgia este recinto

como la sombra el alma atribulada?


El silencio es guardián de cosas idas,

desde el umbral en que lanzó el olvido

desnudo cerco de interior morada.


***


Miguel Ramón Utrera (San Sebastián de los Reyes, Venezuela, 1908-1993). Poeta, periodista, educador. Su infancia transcurrió en su pueblo natal donde estudió primaria, trasladándose en 1927 a Caracas para cursar estudios de normal y medicina sin concluir ninguna de las dos carreras. En 1932 regresó a San Sebastián de los Reyes y continuó sus labores como educador, siendo designado en 1937 director de la escuela Pedro Aldao, cargo que ejerció ininterrumpidamente hasta 1950. Fundó el periódico Crisol y fue jefe de redacción del diario La Caridad, ambos de San Sebastián de los Reyes. Publicó sus primeros escritos en la revista Viernes, órgano divulgativo del grupo literario homónimo, así como en el suplemento «Artes y letras» luego «índice literario» de El Universal. Antes de publicar su primer libro recogió, escritos a máquina, un conjunto de breves poemas de contenido nativista que en forma de cuadernillo circuló entre sus amigos de San Sebastián, San Casimiro y otras poblaciones vecinas. En 1940 publicó su primer poemario, Nocturnal y en 1944 el segundo, Rescoldo. En 1967 compiló una antología de la Poesía de Aragua. En 1981 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura, el cual rechazó. Su obra poética fue recopilada en diversas ediciones, destacando La otra claridad: antología 1928-1982, publicada en 1993.


***

Este documental exhibe al poeta y maestro Miguel Ramón Utrera Galindo desde su lar nativo en el año 1993. La entrevista realizada por Jesús Enrique Guédez muestra la voz del poeta, surcando cuatro siglos de historia en San Sebastián de los Reyes.


Realización: Jesús Enrique Guédez 

Cámara: Rafael Guédez 

Edición: César Bigott

Remasterización: Miguel Guédez 

Archivo Documental de Sanse Entertainment

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