Título: Mujer vegetal (1954)
Autor: Mario Abreu
***
Los nombres de la noche
I
Alguien debía volver de aquel país de sombra. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, caminaba a tiendas, procurando recordar nombres olvidados en la sombra.
Quizás pensó en el silencio nocturno de los árboles.
Y volvió a caer en la sombra. Otra silenciosa sombra.
Quizás tocó los labios dormidos del agua. Y descubrió que la sed es otra sombra. Otra dormida sombra
Quizás llamó a la puerta de alguna choza abandonada. Y sólo halló la respuesta de la sombra. Otra abandonada sombra.
II
Alguien debía volver de aquel país de sueño. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, trataba de alcanzar los caminos donde siempre descansa el último sueño.
Quizás tomó la senda de los frágiles cocuyos. Y tropezó una vez más con las espinas del sueño. Su desgarrado sueño.
Quizás trató de seguir el vuelo de las hojas. Y se encontró, de sorpresa, ante la fronda de otro sueño. Otro abatido sueño.
Quizás palpó las piedras que ocultan los secretos de la noche. Y junto a ellas pudo escuchar los ecos de aquel sueño. Aquel desvelado sueño.
III
Alguien debía volver de aquel país de silencio. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, pretendía trepar a las grutas donde moran las arañas del silencio.
Quizás buscó el abrigo de algún recóndito jardín. Y en él contempló, ya deshojada, la rosa del silencio. Aquel mustio silencio.
Quizás descubrió los hilos de otro remoto manantial. Pero en ellos también dormía el silencio. El más callado silencio.
Quizás volvió a hollar los tenues espejos de la lluvia. También en ellos había huellas desvaídas. Las huellas del más callado silencio.
IV
Alguien debía volver de aquel país de soledad. Y por haber olvidado la clave de sus pasos, descansa ahora a la vera de su cansada soledad.
Quizá vació sus lágrimas en el cálido surco de la sombra. Y allí creció, entonces, el árbol de la soledad. La más armoniosa soledad.
Quizás dejó caer sus voces en el cálido río del silencio. ¿Recuperó allí la clave de sus pasos? Desde entonces quedó poblada de música la soledad de las palabras.
***
Ha pasado una sombra
Ha pasado una sombra a nuestro lado,
sin voz ni aliento, como flor caída.
Pensamos en los nombres olvidados;
en los días perdidos;
en los árboles muertos, en los raros
celajes que cubrieron las distancias
por donde huyeron aves sin descanso.
¿De quién es esta sombra?, nos decimos.
Y de nuevo pensamos
en el hondo país de los ausentes
y en aquel derruido campanario
cubierto de hojas secas.
¿De quién es esta sombra?, preguntamos.
Nadie responde. En el ocaso apenas,
se divisa los humos del verano.
La sombra no se aleja.
La vemos caminar a nuestro lado.
Y otra vez con angustia,
retornamos al aire del verano.
***
Última lluvia
Llega un anuncio plácido del campo:
la crisálida pura recomienza
su aventura pueril; y la mañana
abre el infolio azul de las consejas.
El último silencio
sobre los ecos de la brisa lenta.
Un cerco de cristales se desprende
de otra nube viajera.
Y surge la encendida chupa─chupa,
como enjoyando el alma de la tierra.
Alguien puede ascender hasta la nube
donde mora la tímida azucena;
alguien puede apurar todas las mieles
que dan a las palabras savia eterna.
Bajo el opaco cielo
se derrama la mínima odisea.
***
Los días del verano
Sabemos lo que ocurre en estos días.
El espejo del agua, ya cegado,
no podrá recibir el fiel mensaje
desprendido del campo,
cuando el campo descubre los fulgores
que han de aliviar su rostro resignado.
Allí están los matices:
a través de los días más amargos
engalanan el monte; y los caminos
recogerán con aire desvelado
la diáfana visión de esos reflejos.
Pero el cristal opaco
no llega a ver la límpida presencia.
Aquí están los matices, azotados
por el hondo fragor de las edades
ardorosas y lentas del verano.
Y pasan al recinto de la sombra
las sangres, las cenizas, los dorados
vasos plenos de mieles y de aromas.
Con el bravo clamor de las cigarras
se prolonga el letargo
que paraliza al corazón del monte.
Por escalas de humo van viajando
hacia medrosos lares las corolas
que un antiguo pastor habrá guardado.
Cuando vuelva la luz al ojo de agua
descenderá hasta el campo
otro caudal de pétalos recientes.
Y puede ser, entonces, que veamos
tornar hacia la luz, ya redimida,
la imagen de aquel tiempo derramado.
¿Sabemos lo que ocurre en estos días?
Puede ser que veamos,
sobre el cristal opaco de los cielos,
trocarse en flor la sangre del verano.
***
La otra claridad
Tomaremos el cauce de estas voces
que nos llegan de lejos,
pidiéndonos asiento a nuestro lado
para un viaje de múltiples senderos.
¿Qué misterioso río
podría conducir nuestro desvelo
hacia el campo deseado
de inusitada luz y claro acento?
¿En qué tierras de olvido
podría refugiarse el mustio sueño?
Todo es oscuro ahora, hasta los rumbos
que hubieran sido, al fin, los verdaderos.
Y así caminaremos, como a tientas,
bajo el fragor del viento.
Que no nos llame nadie en el camino;
que no nos mire en sed el arroyuelo;
que no salgan al paso para herirnos
los pálidos deseos.
Tomaremos el cauce de estas voces:
claridad esperada, dulce fuego,
aroma del acento que redime
y debe ser eterno.
***
Plenitud
Ya no hay más aires para el eco puro
que estuvo aquí, elevando
cuanto quedaba en sosegada huída,
detrás de los veranos.
Ya no hay más nombres para el tierno aroma
que deslumbró el acento recobrado.
Bajo el tibio silencio de la noche
ya no hay más lumbre para el suave rastro.
Si dijéramos niebla,
pudiera derrumbarse el cielo manso
y una lágrima azul descendería
a la cuenca del día desgajado
Si dijéramos sombra,
pudiera el día derramarse en llanto
sobre el surco vacío donde yacen
los días, esperando.
Pudiera abrirse el cauce del silencio;
y del torrente claro
pudiera renacer otro universo,
aunque sin voces en ningún espacio.
Porque en los mansos aires
ya no hay más nombres para el dulce llanto.
***
La voz infinita
Puede ser un eco limpio
a orillas de la alborada,
junto al ámbito sereno
que diera albergue a sus alas.
puede ser otro silencio
la voz azul que resbala
sobre el silencio y las voces
de una infinita distancia.
Puede ser un eco limpio
a orillas de la alborada.
***
La flor ignorada
Alguien torna a buscar aquel aroma
mientras bulle el verano
en cruento, desalado torbellino.
Cuando ese hálito puro
colmaba las fecundas primaveras,
nadie alcanzó a medir sus leves hilos.
Nadie pensó que aquella aldea opaca
guardaría la lumbre del hechizo.
Alguien va a penetrar ese misterio,
volviendo a desandar el tiempo mismo
tras el aroma claro
que ahora es otro tiempo fugitivo.
Y encontrará, como la imagen cierta,
una ignorada flor que duerme, casta
junto al cristal del río.
***
Caminos del alba
Los ecos de la brisa
van señalando surcos en el alba.
Al norte desvelado,
la cristalina voz de una campana;
al sur de los veranos,
el mito de otra huella desgarrada;
al este del recuerdo,
el roce sigiloso de la lluvia
que vuelve ya con un rumor de alas.
En el ocaso, apenas
dejarían su aroma las palabras
para guardar, quizás la dulce historia
de aquella aldea opaca.
Alguien debe volver sobre sus pasos
a iluminar los días
con el cándido albor de las palabras.
***
Colibrí
¿Dónde se esconde?
¿Dónde lo vi?
Saeta de raso
el colibrí.
Se ha zambullido en el iris
muy temprano, de mañana.
Las gemas de su plumaje
luce ahora en tu ventana.
¿En qué flor habita?
¿Dónde lo vi?
Saeta en el alba
el colibrí.
***
La sombra temeraria
Esta sombra nos sigue, de puntillas;
se oculta en todas nuestras horas claras;
y así mismo se infiltra en nuestras voces
con leves ademanes de fantasmas.
La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,
y trepando por todas las palabras;
inasible, fugaz, sin rumbo fijo,
pero presente siempre y siempre extraña.
Guardemos ya nuestras mejores voces.
Deshilando las hebras de este sueño,
esperemos la luz de la mañana.
Cuando el día retorne con sus sones,
en el diálogo puro -lumbre y sueño-
se rasgará la sombra temeraria.
***
Tiene ese secreto el humo:
estar ausente y cercano;
dejar huellas en el aire
sin que se note su paso.
Ser imagen de la vida
Y estar de su muerte ufano;
Andar siempre fugitivo
Y a la vez encarcelado.
Tiene ese secreto el humo:
Estar presente y lejano.
***
Ronda del arroyuelo
Arroyuelo claro,
arroyuelo raudo
que, a través del norte,
huyes del verano;
tras de ti, un grito
por cerros y campos:
—No huyas tan de prisa!—
claman los rebaños.
Pasos de cristal
quiebran por el prado
huellitas de armiño
y musgos plateados.
Corre el arroyuelo
con pasos de espanto:
—No huyas tan de prisa!—
gimen los rebaños.
Las mudas espigas
se visten de llanto;
sus rizos de lumbre
ya están enlutados.
Lloran las espigas,
lloran los guijarros:
—No huyas tan de prisa!—
lloran los rebaños.
Columpios de aljófar
el sol ha estrenado;
sus garras de sed
perdiera el verano.
Corre el arroyuelo
entre los sembrados:
—Viniste tan pronto!—
cantan los rebaños.
A sendas de nácar
pasos aromados.
***
El bosque fugaz
Puede convertirse en ave
el azahar de la niebla.
En humo puede trocarse
su arquitectura viajera.
Pero en una fronda blanca,
suave, pura, blanca y fresca:
un bosque frágil que huye
del vaho gris de la tierra.
Puede convertirse en ave
el azahar de la niebla.
***
Cantiga del infante dormido
Van hilando los caminos
menudos sueños lejanos.
Por el sendero en vigilia
pasan las sombras, trotando.
Se miran sus tres andares
como tres silenciosos claros,
como tres quejas en fuga,
sin abrigo y sin descanso.
Aros de fuego marchito
les van ciñendo los pasos:
arriba, miel y espuma,
color de penas, abajo.
Por el sendero en vigilia
los tres viajeros cruzaron.
La noche aldeana —nodriza
de luceros y rebaños—
dejó sus sandalias nuevas
a la vera del establo.
Al ovillo de las horas
le salen hebras de llanto,
mientras los caminos hilan
menudos sueños lejanos.
La noche aldeana, cansada,
lavó en su tibio remanso
los filos de las estrellas,
las espinas de los cardos
y los pañales del niño
que está en las pajas llorando.
Leche de cielos maduros
los alcores derramaron.
El chiquitín de la aurora
Está en las pajas, llorando.
¿Dónde estarán sus luceros?
Sus cabras, ¿dónde quedaron?
¿Dónde escondieron las sombras
Sus vellones fatigados?
¿En qué vergel escondido
se abrió su nombre de nardo?
La noche aldeana, impaciente,
colgó su lumbre de estaño
sobre el sopor que vacila
en el humo de los ranchos.
Tres sombras, tres sombras mudas
y un camino desvelado.
Por el camino en vigilia
tres sombras van, caminando.
***
Balada del alba virgen
Mañana de sueños niños
trajeada para leyendas:
blondos zapatos de bruma
y risa de lluvia lenta.
Mañanita balbuciente
que jugabas a tristeza,
vistiendo recuerdos pobres
en tu retablo de pena,
cuántas cosas te dijeron
los ojos de la miseria!
Mientras buscabas, rendida,
más sueños para tu rueca,
añorando lobos buenos
en leves voces abuelas;
y tus pasos irisados
iban labrando tus huellas
para el sendero encantado
de una encantada conseja,
qué dolor el de los ojos
que te supieron doncella!
Hierbas de azules congojas
se asomaban a las sendas;
lejos, buscaba tu rostro
las mariposas viajeras.
Más allá de la campiña
la brisa rasgó sus sedas
y colgó regios aromas
al palacio de la niebla.
¡Cuánto tardaron los ojos
que te creyeron enferma!
En la corte de horas blancas
se vio la fuga discreta:
sobre lejanos armiños
adioses de primavera…
Calló sus voces la lumbre,
quedó en silencio la rueca,
las alas de la esperanza
se estrenaron en la ausencia.
¿Quién vio las perlas amargas
de tus ojos en la espera?
Después llegó aquel mensaje
del país de las estrellas:
un rico príncipe ardiente
con una ardiente promesa.
Cuando encontró los vestigios
de tus diminutas huellas
y la soledad ignota
de aquella escondida senda,
cómo lloraron de sombra
los ojos que no te vieran.
***
La casa
Sumida en el fragor de otro silencio,
que es mudo cerco de interior morada,
está la casa sola. Y es un cruento
y lánguido penar su paz callada.
Adusta soledad nimba el momento
en que la leve imagen ensoñada
rasga la transparencia de su cielo,
en mágico fulgor transfigurada.
Pálida mensajera de otros días,
¿cubrirá la nostalgia este recinto
como la sombra el alma atribulada?
El silencio es guardián de cosas idas,
desde el umbral en que lanzó el olvido
desnudo cerco de interior morada.
***
Miguel Ramón Utrera (San Sebastián de los Reyes, Venezuela, 1908-1993). Poeta, periodista, educador. Su infancia transcurrió en su pueblo natal donde estudió primaria, trasladándose en 1927 a Caracas para cursar estudios de normal y medicina sin concluir ninguna de las dos carreras. En 1932 regresó a San Sebastián de los Reyes y continuó sus labores como educador, siendo designado en 1937 director de la escuela Pedro Aldao, cargo que ejerció ininterrumpidamente hasta 1950. Fundó el periódico Crisol y fue jefe de redacción del diario La Caridad, ambos de San Sebastián de los Reyes. Publicó sus primeros escritos en la revista Viernes, órgano divulgativo del grupo literario homónimo, así como en el suplemento «Artes y letras» luego «índice literario» de El Universal. Antes de publicar su primer libro recogió, escritos a máquina, un conjunto de breves poemas de contenido nativista que en forma de cuadernillo circuló entre sus amigos de San Sebastián, San Casimiro y otras poblaciones vecinas. En 1940 publicó su primer poemario, Nocturnal y en 1944 el segundo, Rescoldo. En 1967 compiló una antología de la Poesía de Aragua. En 1981 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura, el cual rechazó. Su obra poética fue recopilada en diversas ediciones, destacando La otra claridad: antología 1928-1982, publicada en 1993.
***
Este documental exhibe al poeta y maestro Miguel Ramón Utrera Galindo desde su lar nativo en el año 1993. La entrevista realizada por Jesús Enrique Guédez muestra la voz del poeta, surcando cuatro siglos de historia en San Sebastián de los Reyes.
Realización: Jesús Enrique Guédez
Cámara: Rafael Guédez
Edición: César Bigott
Remasterización: Miguel Guédez
Archivo Documental de Sanse Entertainment



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