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Crónica del concreto inútil
En esta calle de aceras rotas y bombillos quemados, mis hermanos tienen el honor de ser marcados por cada animal realengo a libre voluntad. Yo, en cambio, sufro la peor de las humillaciones: soy el poste que menos mean los perros. Un desprecio sistemático, casi elegante. Tal vez sea por mi inclinación de quince grados hacia el hombrillo o por la mancha de pintura vieja que simula una cara de pocos amigos. Anoche, un callejero desnutrido se me acercó, me olió con desdén, me miró a los ojos y prefirió cruzarse a mear la rueda de un carro sin cauchos. No hay dolor más grande para el concreto urbano que ser ignorado por la fauna local.
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Anatomía de la sintaxis
Les diagnosticaron exceso de adjetivos y falta de puntos suspensivos. Dijeron que dos sustantivos colisionando con tanta fuerza terminan por romper la orquesta, pero olvidaron que ella es un verbo en presente continuo: algo que no se queda quieto y transforma el espacio por donde pasa.
Dijeron que la S es una culebra que se devora a sí misma, pero se equivocaron de animal: la S también es el lomo arqueado de un gato justo antes de saltar. Y si él es lo que es sin saberlo, ellos son los únicos seres de este universo que intentan nombrar lo que sienten para convencerse de que existe.
Aceptaron el cartílago de la contradicción y el idioma propio que construyeron. Si la gramática les quedaba corta, preferirían no ser sustantivos, sino una conjunción: de esas que juntan dos oraciones que, por separado, no tendrían ningún sentido.
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El testamento de la tajada
Llevo tres meses exiliada entre la pared y el espaldar de la cocina, cubierta por una envoltura mística de pelusa, polvo y grasa fosilizada. Mis hermanas terminaron ahogadas en queso blanco sobre un pabellón; yo, en cambio, alcancé la inmortalidad. Desde esta penumbra contemplo la tragedia cotidiana de la casa. Me he vuelto sabia. Sé quién se roba el dinero de la cartera de la abuela y cuándo la cachifa decide no barrer por pura pereza. El verdadero estatus en esta esquina no lo da el origen, sino el aguante, y aquí yo soy la reina indiscutible del hollín.
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Réquiem para un fruto ignorado
El mamón de la esquina del patio llevaba tres semanas ofreciendo sus carnes verdes y apretadas al implacable sol de la tarde. No era un fruto cualquiera: pulpa transparente, ácida en su punto exacto, perfecto para dejar la lengua rasposa y la garganta satisfecha. Estaba programado por la naturaleza para cumplir el destino supremo de su especie: ser arrancado de un manotazo por un carajito descalzo, pelado a morder con los incisivos y chupado con avaricia hasta que la pepa quedara blanca y peluda como un gusano de algodón.
Ese era el sueño de todo mamón que se respetara. Ser víctima de la voracidad popular. Pasar por el ritual glorioso donde alguien arriesga la vida atragantándose con la pepa mientras la mamá le grita desde la cocina que se va a ahogar.
Pero los muchachos de la casa crecieron. Ahora solo miraban pantallas y comían porquerías importadas que no dejaban la ropa manchada de resina.
Pasaron los días. La piel verde y tersa del mamón se arrugó como cuero viejo; el dulzor se convirtió en fermento ácido y la pulpa picó como aguardiente malo. Vio pasar de largo a los pajaritos, a las iguanas y hasta a los bachacos, que prefirieron ignorarlo por decadente. Nadie quiso darle el tiro de gracia. Ninguna boca venezolana vino a sacarle el jugo.
Una madrugada de viento frío, la gravedad hizo el trabajo que la indiferencia pospuso. El mamón cedió, cayó sobre la tierra seca del patio con un chasquido sordo y quedó allí, al lado de una chapa de refresco oxidada.
Morir es natural, pensó mientras las hormigas empezaban a desmembrarlo sin entusiasmo. Pero morir virgen de boca, sin haber hecho sudar a nadie por sacarle la pulpa... eso sí es una verdadera tragedia tropical.
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El dinotróleo
Cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí, se hizo fósil y después mene.
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Cosas veredes
Un perro es un perro porque nació perro. Un gato es un gato porque nació gato. Un dinosaurio es un dinosaurio porque nació dinosaurio. Un hombre nació hombre, pero aún anda en su búsqueda.
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Ortografía del cangrejo
Pasó tres horas puliendo el mensaje. No quería redundancias; la repetición es el refugio de los que no tienen vocabulario. Cuidó cada coma como si fuera un centinela defendiendo su orgullo. Quería decirle que era su paz, su lugar seguro, pero sin sonar como una tarjeta de felicitación barata. Ella le contestó rápido, ignorando olímpicamente la sintaxis: "Qué bonito cuando te expresas de corazón, poco me importan las redundancias... Me has dejado sin palabras". Mientras leía su respuesta, una punzada de pánico ortográfico le subió por la espalda. ¿Había puesto "te amo" con tilde? Fue a revisar el chat, desesperado.
—No te compliques, hermano. Una tilde de más o de menos no mata a nadie —Tiburcio, su amigo, dio un trago a su cerveza—.
—No jodas. Si no matan a nadie, ¿por qué siento que me estoy desangrando? —contestó, cerrando la aplicación.
Miró la servilleta en la mesa de la tasca, donde había garabateado la confesión que acababa de enviar por WhatsApp: "A ella poco le importan las redundancias... ¿y a mí? ¿Qué carajo hago con este caparazón de cangrejo que se llama ortografía?". Tiburcio la tomó y empezó a abanicarse con ella. "Con este calor", dijo, "lo único que importa es que la cerveza esté fría".

Me gusta la redondez, el humor y la infame fabulación de estos cuentos. Felicidades! 🐟🦀❤️🔥
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