Hay quien te dice
vuela alto
pero nadie vuela
todos se quedan aquí
en lo profundo del ser
como un ancla.
***
En la banca
A Carolina Uzcátegui
Nos distraíamos
olvidando el ocaso
y ellos creían
que no
nos dábamos cuenta
mientras la grama
ardía a lo lejos
grandes aves
sobrevolaban
y era la tarde
un murmullo fugaz
palabra
se iba y venía
como un timón
de esos que no puedes olvidar
es la forma del agua
reía el viejo turpial
mientras la clave
yacía intacta
por toda la eternidad.
***
A mirar se aprende mirando
a vivir
también se aprende
así
como si desde arriba
como si desde abajo
se indicasen direcciones
mientras el tiempo corre
y uno anota
lo que puede
y uno deja
sobre todo deja
extrañas siluetas
marcando
la más certera
de las devociones
somos
aunque no lo creamos
el infinito
incrustado
en el vasto universo
de lo posible.
***
Esta es la taza de la tarde
guarda
la palabra madre
su eco de luz
respira mi nombre.
***
En la casa de todos los nombres
En la casa de todos los nombres acecha un eco diáfano como de voces reunidas, nos despierta antes de que los pájaros del alba empiecen a cantar y uno corre las cortinas y abre las ventanas para escuchar mejor aquellas melodías como si intentáramos ponernos de acuerdo con nuestro propio temblor y alzamos la vista tal vez buscando una huella celeste cuando aun la noche no se ha despedido y nuestro aliento intenta marcar con otro ruido o más bien el más nítido silencio nuestra imagen que ha salido del sueño para que la tierra ahonde su horizonte en aquél instinto y todo adquiera su inusitada forma más allá de la casa y es cuando los nombres vuelven a nacer porque para eso han llegado a nosotros como si el mismo tiempo fuese un cuerpo recién bautizado y la ofrenda de todos los seres en aquél coro fuese la más ligera de las invocaciones y levantara la casa en cada sílaba y comprendiéramos finalmente de qué estamos hechos.

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Rafael Ortega