-Manuel Cabesa-
(A la mystérieusse)
Para el asiduo lector, aquel que vive desde edad temprana bajo el yugo de ese "vicio impune" como le llamaba Valéry Larbaud existen obras y autores que aparecen y marcan ciertas etapas de la vida.
En la edad de los descubrimientos pueden ser Hesse, Francisco Massiani, Hemingway, García Márquez quienes nos deslumbran y se convierten en compañeros de ruta para toda la vida; más adelante y mientras nuestros paladares se abren a nuevas sensaciones la variedad de lecturas es casi infinita, incluyendo los subgéneros y alguno que otro inevitable clásico: El Quijote, Bovary, Dostoievsky...
Pero hay libros y autores que, aun cuando sepamos de su existencia desde muy temprano y de vez en cuando hayamos intentado asaltarlos, se resisten en espera que el incipiente lector adquiera la madurez necesaria para acceder a ellos, aunque a veces el momento nunca llega como le ha pasado a la gran mayoría con el bendito Ulises de James Joyce.
En este grupo hay que incluir libros como Terra Nostra de Fuentes, La vida, instrucciones de uso de Georges Perec, Los sonámbulos de Hermann Broch y las novelas de madurez de los hermanos Goytisolo, entre otras que llegan (si es que llegan) a ser comprendidas en la edad otoñal ya que exigen de sus lectores cierta madurez y algunos conocimientos, como dije en un artículo anterior.
En ese sentido debo confesar que aunque poseo los cuatro volúmenes de Antagonía desde hace más de cuarenta años, hasta el momento no los he leído como Dios manda: uno por uno y de principio a fin; en realidad, en todo este tiempo he leído el primer capítulo de cada uno y partes salteadas de los cuatro para irme haciendo idea del estilo y el contenido mientras llegaba el momento de enfrentarse a ellos; aparte de su primera novela Las afueras, que sí he disfrutado un par de veces.
Aun así, tras la reciente muerte del menor de los Goytisolo decidí rendirle homenaje póstumo leyendo uno de sus libros más breves: Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza (Anagrama, 1985) creyendo que por breve (apenas 100 páginas) y dejándome llevar por el título, se trataba de alguna parodia de relato policial de fácil lectura. He aquí lo que encontré:
El volumen está integrado por varios textos: "-textos, sí; qué otro nombre podría darles-" (pag. 7) que navegan entre la crónica y el relato publicados con antelación en el diario El País y la Nueva Estafeta. Ahora bien estos trabajos vienen precedidos por un ensayo elaborado por el Claudio Mendoza del título, especie de heterónimo de Goytisolo, en donde éste personaje nos habla de su amistad y el carácter elusivo del autor del libro que estamos leyendo, como una parodia de distanciamiento que nos ofrece una imagen poco afortunada de Goytisolo; aparte de la inevitable introducción a los textos que a continuación vamos a leer. Quisiera detenerme en uno de ellos.
El llamado "Joyce al fin superado" es un ensayo de interpretación sobre la novela Gigamesh de un tal Patrick Hannahan en donde el reseñista va descubriendo para nosotros las claves ocultas del libro mientras comenta los señalamientos que de la misma novela hace el novelista polaco Stanislaw Lem. En ese momento suena una alarma en la mente del lector y vamos hasta la biblioteca para extraer un viejo ejemplar de El vacío perfecto de Stanislaw Lem (Bruguera: 1981) y ahí está: Patrick Hannahan es un autor inexistente cuya obra, Gigamesh, no existe.
Pues resulta que El vacío perfecto, es una colección de reseñas a libros que nunca se han escrito de autores que jamás existieron empezando por el propio Lem y el libro que tenemos en las manos del cual también el autor niega su existencia en un decidido homenaje a Jorge Luis Borges: "La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos no sólo en un escritor contemporáneo como J. L. Borges (por ejemplo Examen de la obra de Herbie Quain en el tomo ficciones), sino en otros muchos más antiguos..." (p. 7).
La lectura de ambos textos producen en el lector un vértigo de parodias disfrazadas de comentarios eruditos: Goytisolo a Lem; Lem a Hannahan y finalmente Hannahan a Joyce, ya que Gigamesh es (supuestamente) la "superación" del Finnigan's Wake joyceano de inconcebible lectura, tal como lo pretendía Pierre Menard; en este caso, "Patrick Hannahan autor del Finnigan's".
Como vemos en un solo texto de apenas pocas páginas, el lector acusioso se ha visto arrastrado a demorar su lectura mientras viaja por este mar de referencias.
Ya me he extendido mucho, pero este pequeño libro da todavía para más; por ejemplo la parte llamada "Acotaciones" donde Luis se da a la tarea de comentar y discrepar de las memorias de su hermano Juan recogidas en su libro Coto vedado (Seix-Barral, 1985) lo cual implicaría leer o releer al menos la primera parte del mencionado libro donde se habla de la infancia compartida, cosa que todavía no he hecho, pero lo estoy pensando.
Cierra estas Investigaciones... otro texto de Claudio Mendoza esta vez dedicado a comentar las "acotaciones" de Luis al libro de Juan: lectura sobre la lectura de una lectura en donde el autor nuevamente se parodia a sí mismo y en general al libro que acabamos de leer, que como el Libro de Arena borgeano parece no tener final.

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Rafael Ortega