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Las palabras leídas, escuchadas, escritas, borroneadas, dichas, olvidadas, encontradas, donadas, regaladas, robadas, que conforman el mundo que nos ha recibido y que hemos ayudado a confirmar, son testigos sonoros de una vida en proyecto que nunca deja de fluir, de asomarse ante lo incierto de un mundo que solo espera una promesa por hacerse: la de cuidar de sí, la de cuidar del otro y de lo otro.
Gladys Madriz: Amor, vivencia y formación: hermenéuticas de escrituras y lecturas, 2012
-Ingrid Chicote-
Ante las circunstancias sociales, económicas, culturales o familiares, siempre emerge una pregunta: ¿Qué hago con esto que pasa? Es allí donde entran en juego las palabras, ese puente indispensable de comunicación con uno mismo, con el otro y con los otros. Las palabras son las que nos estructuran. Ya lo decía Augusto Mijares en Lo de aquí y lo de allá (o en sus ensayos): "hay que quitarse la mala sombra atada a los pies por las palabras que, como cepos, nos anclan al abismo de nosotros mismos".
Escribir, por lo tanto, también es cuidar al otro; es expresar nuestro mundo interno y ponerlo al servicio de los demás. Sin embargo, las palabras puestas al servicio de la verdad tienen sus detractores, y está bien. El miedo es libre y comprensible en entornos cerrados y rígidos donde una palabra puede derrumbar o construir. Entiendo que no se puede renunciar a lo que somos, a lo que hacemos ni a nuestra autenticidad. Cuando somos hechura de palabras, habitamos también ese "discurso elocuente y mudo" al que se refería Eduardo Gasca cuando hablaba de Trilce.
No me imagino a las mujeres que han cambiado el mundo, o que ya son inmortales, autocensurándose. En un mundo donde los valores se han trastocado, donde la propaganda pesa más que el pensamiento crítico y donde escribir, pensar o expresar ideas con libertad se convierte en una amenaza, las palabras tienen que ser recogidas. Es necesario darles el autocuidado que necesitan y transformarlas en banderas limpias.
Cuidar del otro requiere una comprensión profunda. No se puede detener un río cuando crece desde la cabecera; de igual forma, las palabras nos alertan, nos convierten en blanco o se transforman en los dardos para el juego del ego. No podemos renunciar a nuestro decir. No podemos sellar nuestra conciencia para complacer a los que han sido promovidos por el Principio de Peter. Quienes tenemos las palabras de nuestro lado siempre vamos a estar construyendo con ellas: a veces puentes, a veces distancias.
Cuando la palabra se silencia, se gesta un volcán interno que hará erupción en algún momento. Ojalá que el humo no cegue y que la lava no queme. Ojalá, sí, que arda la conciencia y que el pensar por sí mismos nunca deje de ser nuestra más genuina práctica de libertad.

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Rafael Ortega