miércoles, 22 de julio de 2026

Los sueños de Yubraska

-Claudio González Luna


Apenas tenía 14 años cuando Yubraska, quien ya tenía formas de mujer, luego de mucho rogar consiguió que su padre y sus dos hermanos le ayudaran a cumplir su gran sueño. Ella no era de ese tipo de chamitas caprichosas que todo lo quieren. Y aunque así fuera, no hubiera tenido éxito en su misión porque sus padres no transigían fácilmente ante deseos irracionales de sus hijos. Sólo insistía. Como la mayoría de los chamos de hoy y, también debemos confesarlo, los de ayer, con la marca de los jeans Bebé y las zapatillas Adidas Sansón, que se parecen pero no son. Para lo demás se adaptaba a las circunstancias sin protestar. 

Su sueño no era material. Pero para acceder a él hacía falta reunir el dinero suficiente para comprar unas entradas al beisbol. Ocurre que esta muchachita lo único que deseaba en la vida era estar cerca del caballero que le quitaba el sueño. Verlo. Quizás poder saludarlo. Esto era algo normal para su edad. Pero no era uno de los compañeros de escuela o alguien que conoció en un baile. Tampoco tenía una edad afín a ella, sino el doble. Lo más llamativo de este señor era su cuerpo atlético, la ropa y el peinado a la moda y su aire de triunfador. Era sin duda el campocorto más importante del momento.

Aquella niña pensaba todo el día en él. Lo veía por todos los rincones, con su frondoso pelo rubio y su cara de comercial Gerber. Era su ídolo. La persona que más admiraba. Por todas partes tenía fotos y afiches del pelotero del momento. En su habitación y en los cuadernos del colegio. Hasta compró un portarretrato para colocarlo sobre su pupitre escolar. 

Para ella, pensar en él y suspirar eran una sola cosa. Este amor la convirtió en compinche de sus hermanos porque ella, quien jamás había cambiado los programas de concursos televisivos, ahora no quería otra cosa que no fuera beisbol. Todo lo que informara sobre “él” cautivaba su atención.

 Poco le importaba a ella que este señor de caminar desenfadado, gruesas piernas y poderosos brazos fuera un recién casado muy feliz. Este amor irracional provocó en su padre reacciones más propias de los celos que del puritanismo. A pesar del respeto que le tenía, Yubraska no lo escuchaba. En cambio, su madre sonreía cuando recordaba en silencio su ilusión de adolescente con los actores José Bardina y Raúl Amundaray.

Gracias a unas utilidades decembrinas guardadas con recelo, ella iba a cumplir su sueño. Su padre compró cinco plateas “palco terreno”, para llevar a toda la familia al estadio de pelota. Jugaría el equipo del catire, cara de comercial Gerber, contra otro de poca convocatoria. Esto le permitiría a la niña tener por cerca a alguien que conocía de memoria, aunque sólo por fotografías. Sus hermanos, fanáticos del equipo del ídolo, querían ir a los bleachers para poder despacharse a gusto en insultos hacia el árbitro y equipo rival sin la vigilancia de los mayores. Pero papá dijo: “Todos juntos o nada”. Y los muchachos aceptaron.

Toda la familia gustaba del beisbol, pero ella era la invitada de honor. Había que buscar su comodidad y seguridad. Cuando Yubraska se enteró que iban al partido no pudo concentrarse en más nada. Se lo contó a sus amiguitas del colegio. Olvidó la prueba de biología avisada con una semana de antelación por el profesor “Coyote”. 

Era la primera vez que iría a un estadio y lo más importante era que ahí estaría el mediático shortstop. La niña soñaba despierta con la posibilidad que el rubio de cara linda y fuertes brazos podría verla. Y sobre todo sentir que no había nadie que pudiera estar más cerca de su alma que ella. 

Cuando llegó el gran día, el sol la ayudó a que pudiera lucir con orgullo la camisa de la divisa local con el número del ídolo en la espalda y un prendedor con su foto. También llevó una pequeña bandera y estaba prolijamente peinada como si fuera a esa cita que se tiene una sola vez en la vida. 

Se sintió un poco afligida cuando se dio cuenta que no podría acercarse al autobús que transportaba a su ídolo. Y mucho más al notar que su ubicación no estaba demasiado cerca del campo de juego. Sin embargo, todo aquello se borró cuando entre una nube de gritos ensordecedores lo distinguió. No pudo oír los cánticos ni el estruendo de los fuegos artificiales. Sólo escuchó los latidos de su corazón e imaginó los del estelar campocorto.

Lo siguió con la mirada. Como es obvio, él no pudo notarlo. Todo lo que ella veía por televisión cada fin de semana se le puso delante. Aunque la distancia lo hacía menos nítido que las pantallas de televisión.

 Él se persignó después de pisar el terreno de juego. Trotó ágilmente hacia las cercanías del montículo y levantó los brazos para saludar. Ella no pudo darse cuenta si los demás jugadores hicieron lo mismo porque sólo veía a él y sentía que en el mundo no había nadie más que ellos dos. Aunque nada entendía de técnica deportiva, igual pudo percatarse que esa tarde no fue feliz para “El Ídolo”.

 Esa jornada, el versátil pelotero cometió seis errores. Se equivocó mentalmente en infinidad de jugadas hasta caer en la intrascendencia absoluta. Por si fuera poco, se ponchó en cuatro ocasiones y su popular equipo sufrió una derrota inolvidable ante el colista de la tabla. Yeiferson, el menor de los hermanos de Yubraska, a pesar de la mirada atenta de mamá, no pudo evitar emitir insultos como si fueran lanzallamas contra el equipo local, el visitante, el árbitro y sobre todo contra el rubio campocorto de cuerpo atlético y poderoso brazo de lanzar.

 La miraron con descaro y le dijeron: “Ese es un jugador mediocre. Dile que se corte el pelo para que se le aclaren las ideas y piense un poco menos con la pinta, que con ello no se ganan partidos”.

 Ella no los escuchó porque su atención continuó sobre “El Ídolo”. Hasta que tomó conciencia de la realidad.

 Sus ilusiones se fueron perdiendo con el correr de la tarde. Comprendió que no podía tener cerca al romance de su novela y que aquella salida familiar no era la punta del paraíso, sino sólo una tarde de beisbol. 

Al terminar el partido sintió los silbidos. Apreció la imagen que reflejan los derrotados. En ese momento, una furtiva lágrima corrió por su mejilla. Todavía no sabe si fue por la derrota de su adorado equipo o por darse cuenta que su ídolo, de cabeza gacha y andar despacio, seguía siendo el rubio cara de comercial Gerber.

Comprendió que él era mucho más que una foto que adornaba su habitación. Era un hombre que sufría, se equivocaba y perdía al igual que ayer ganaba. Y eso le dio miedo. 14 años no son muchos a la hora de ver la realidad. 

A esa edad lo mejor es soñar. Su madre le tomó la mano y no le dijo nada. Ella se mantuvo en silencio hasta la mañana siguiente, cuando al salir para el colegio se dio cuenta de que “El Ídolo” le sonreía desde la foto de la revista deportiva pegada en su libro de matemáticas. 

Entonces dijo a su madre: “¿Qué te parece si el domingo vamos al circo? Viene un mago alucinante”. La madre le preguntó sabiamente: “¿Qué pasa. No quieres volver al estadio?”. “No, el domingo no. Otro día. Mami, fíjate si en el diario aparece una foto del campocorto y me la recortas para guardarla”, contestó la triste Yubraska.

Su madre sonrió complaciente. Sabía que la tarde anterior sería inolvidable para su niña con formas de mujer. Por varias razones, pero sobre todo por una: había descubierto que el caballero de la foto en la pared y de la portada de los cuadernos era un hombre como cualquier otro. Con sus virtudes y defectos. Con capacidad para el triunfo y la derrota. 

Pero también sabía que ese amor puro e ideal que se siente a los 14 años no se derrumba así nomás. Que no hay realidad que lo venza. El amor de Yubraska no era ante un muchacho cualquiera, sino ante alguien capaz de conmover multitudes y capaz de sacar a su equipo campeón. Su amor estaba dirigido hacia un ídolo cara de comercial Gerber. Hacia alguien que sólo puede verse en fotos o sueños, pero que ni el tiempo ni la realidad permiten olvidar jamás.

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Rafael Ortega