viernes, 3 de julio de 2026

Cinco postales de William Osuna


Postal del Cristo Caraqueño


Cristo entra en un burrito a Jerusalén.

Predicaba entre los nadie un mundo de iguales,

amor donde no había amor.

Transitaba caminos de leprosos, 

expulsaba demonios, los arrojaba a los basurales 

de la gran ciudad, comía y trasegaba vino entre los

malandros de Santa Rosalía y evitaba el 

apedreamiento de las muchachas del Casco 

Central; no juzgues clamaba contra aquellos

que acumulan basura sobre basura y guardan 

culebras en sacos de lona; si caía una

tormenta podría caminar sobre el temporal 

porque él era el temporal.

En las bodas de Canaán cuando le habían

echado el aserrín y talco al piso y aquellas 

trompetas sonaban hermosas como las de 

Ricardo Rey en Cabo E., Madre María, esposos 

e invitados se divertían, la noche alumbraba 

de cocuyos y aquella luna se alzaba detrás de un

enramado de dátiles, panderetas y claves 

dominaban la fiesta.

Hacía los confines del desierto las voces de

los profetas se unían en coro, bajaban ángeles

y arcángeles por la escala de Jacob con 

pimpinas de vino para que continuara la boda.

Aquel guateque terminó días después.

Nadie vio cuando se marchó, solo unos pocos, 

llevaba su madero por la avenida Lecuna hacia 

abajo, negado entre gallos y turbas, besado 

el rostro, coronado de espinas. Recostado en el

semáforo, esperando el cambio de luces,

decía: dale de comer al hambriento,

dale de beber al sediento,

justicia al que clama por ella,

en los límites de la buena tierra.


****


Postal del poema que viene


En medio de la página en blanco 

apareció el poema.

Daba vueltas en redondo 

como un gran pájaro oscuro.

No quería saludar al público, se escondía 

detrás de los árboles, gustaba de mirar la

ciudad montado en las azoteas, 

miraba dentro de las casas.

Se metía en el abismo de las conversaciones.

Dije que apareció, pero no, sonaba como 

tuercas apretando el aire, sujetas al paso de

nubes.

A veces se iba saltando por la orilla, nunca 

vio un cunaguaro, tampoco el aletear de un

caballito del diablo trémulo en cobre 

perderse entre la lluvia.

Murmuraba. 

Ciudad Ciudad.

Y todo quedaba sin movimiento 

sin forma

aquello giraba a mayor velocidad, algo

parecido a un encuentro de luces.

Escondido en sus alas no quería asistir

a los recitales.

En el recinto el público observaba en silencio 

algo así como el aletear

de un pájaro oscuro, 

metido en una jaula de hierro, detrás del

escenario.


****


Postal del amigo


Tengo un amigo.

Nació frente al mar.

Mi amigo tenía un burrito 

que lo llevaba a la escuela; el

burrito era color humo azul tirando 

a gris con las cejas buscando 

espacio hacia el cielo. Cenizo, que

así se llamaba, lo iba a buscar 

todas las tardes a la hora de la

salida

para ir a jugar béisbol muy cerca

de la playa. Decía mi amigo:

Mi mamá enjaezaba a Cenizo con 

unas telas finas venidas de 

Curazao y unas alforjas de cuero

donde me traían de merienda: 

torrejas azucaradas, torta burrera

y agua de panela.

Al final del partido, el burrito me 

subía al peñasco más alto de

Irapa para ver el descenso del sol

Como una lámpara de miel entre 

cordeles púrpura y moradas

crinejas y era la luna, de pronto

asomada frente a la ventana de mi

cuarto.

Desde allí escuchaba el tremolar 

de olas del mar Caribe y aquello 

tan hondo y hermoso como los

sueños de mis siete años.

Un día tuvimos que marcharnos a 

la capital

y Cenizo se vino con la familia a

vivir en Caricuao, era mi

compañero de cuarto dormía en la 

litera de abajo y aquello sí que era 

echar cuentos hasta caer vencidos

por el sueño.

Ya crecido nos metimos en el 

Kansas City a beber cerveza y a 

escuchar a los poetas que venían

de los bloques de arriba, Cenizo

me decía ya es hora y pagaba la cuenta.

Hora de irse.

Mi amigo se fue a las Europas 

llevando correo por los Alpes. 

Tiene una novia muy linda en 

Suiza y una que olvidó en la finca

de Dolores.

Me escribe largas cartas 

nocturnas de pianos, coñac y 

gente que resume su vida en el

abismo de los puentes.

Ángel Custodio me dices que el

burrito vendrá para diciembre.

Necesito sea cierto si no viene no

puedo terminar

este poema.


****


Postal de la mujer


Aquella mujer atravesaba la ciudad

montada en unas largas botas de cuero.

Yo iba a su encuentro todas las tardes, 

volaba por los cables de las lavanderías

metido en una cabina telefónica.

Al pasar por la ventana de su apartamento

un último piso metido en las nubes 

hacía piruetas, toneles en mi aeroplano,

sacaba la cabeza y le gritaba:

Quiubo mujer obséquiame un dulce.

Ella abría la ventana, afuera el cielo era hermoso

como una bota lustrada.

Entonces buscaba el dulce de su dulcería

y me lo daba en la boca:

manjares de leche y turrones de maní, 

mistelas y guayabas almibaradas en licor, 

humitas deliciosas, cocidas a fuego lento, 

rojo del rojo enamorado que agradece la vista.

Yo me alegraba en mi aeroplano.

Ejecutaba acrobacias en el firmamento.

Esa mujer era hermosa contra el cielo de mi boca. 

Ardía como cien espadas en los hornos de la mañana.

Su cuerpo es tinta larga e infinita.

Un cántaro de miel en las noches del jinete. 

Le recuerdo, ayudaba a los balleneros del cielo

a escribir cartas de amor, letras heladas,

hacia los mares del sur.

Bordaba pañuelos para la guerra

envueltos en hojas de tabaco y oro.

La recuerdo aquella mujer de pólvora sagrada,

se la pasaba lejos de casa.

Aparecía en los sitios de Pichincha y Ayacucho.

Y de cuando en cuando en los poemas de Pablo Neruda.

Así lo escribí en mi bitácora de vuelo

separado de tus colinas:

el universo se expande en jalea rosa.

A lo lejos se oye la música de las esferas.

Dios nos mira boca abajo.

Mi Coronela mi Generala

vivías en un campo de batalla.


****


Postal del militante


Una extraña militancia.


En aquel entonces 

se iba al cine Baby 

De 3 a 5.


Siempre pasaban una de Cantinflas.


Él se salía de la pantalla 

en su globo aerostático 

con David Niven.


Una espesa niebla 

cubría toda la sala.


El globo flotaba entre paredes estrechas y lámparas de neón


hasta la venta de cotufas rosadas y de ese caramelo interminable 

llamado Cafetera.


En la oscuridad

las muchachas besadas tenían labios de mandarina

y luna de gasa.

Dentro de ellas todo brillaba en esferas de colores como la rocola 

del bar Las Tres Columnas.


El globo no se iba muy lejos, daba la vuelta por la intendencia naval, la iglesia La Milagrosa, el edificio Arrate y regresaba al cine cargado de nicotina y humo de la calle.


Se metía de nuevo en la pantalla y allí continuaba

en viaje sereno sobre cielos de rojas aberturas y nubes de miel derramada, perseguido por una luna quieta.


El rostro de Cantinflas se volteaba y nos hada un guiño, eso era la locura, silbaban, lanzaban aviones de papel, hasta que el globo se convertía en un punto diminuto en la pantalla cinemascope.

En la salida te esperaban

los muchachos de la guerra, farolitos de la seis de la tarde y pelotica de goma, pinta y campana.


Una luz de uva mojada

detrás de los Telares de los Andes reflejaba dos letras temblorosas

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Rafael Ortega