Postal del Cristo Caraqueño
Cristo entra en un burrito a Jerusalén.
Predicaba entre los nadie un mundo de iguales,
amor donde no había amor.
Transitaba caminos de leprosos,
expulsaba demonios, los arrojaba a los basurales
de la gran ciudad, comía y trasegaba vino entre los
malandros de Santa Rosalía y evitaba el
apedreamiento de las muchachas del Casco
Central; no juzgues clamaba contra aquellos
que acumulan basura sobre basura y guardan
culebras en sacos de lona; si caía una
tormenta podría caminar sobre el temporal
porque él era el temporal.
En las bodas de Canaán cuando le habían
echado el aserrín y talco al piso y aquellas
trompetas sonaban hermosas como las de
Ricardo Rey en Cabo E., Madre María, esposos
e invitados se divertían, la noche alumbraba
de cocuyos y aquella luna se alzaba detrás de un
enramado de dátiles, panderetas y claves
dominaban la fiesta.
Hacía los confines del desierto las voces de
los profetas se unían en coro, bajaban ángeles
y arcángeles por la escala de Jacob con
pimpinas de vino para que continuara la boda.
Aquel guateque terminó días después.
Nadie vio cuando se marchó, solo unos pocos,
llevaba su madero por la avenida Lecuna hacia
abajo, negado entre gallos y turbas, besado
el rostro, coronado de espinas. Recostado en el
semáforo, esperando el cambio de luces,
decía: dale de comer al hambriento,
dale de beber al sediento,
justicia al que clama por ella,
en los límites de la buena tierra.
****
Postal del poema que viene
En medio de la página en blanco
apareció el poema.
Daba vueltas en redondo
como un gran pájaro oscuro.
No quería saludar al público, se escondía
detrás de los árboles, gustaba de mirar la
ciudad montado en las azoteas,
miraba dentro de las casas.
Se metía en el abismo de las conversaciones.
Dije que apareció, pero no, sonaba como
tuercas apretando el aire, sujetas al paso de
nubes.
A veces se iba saltando por la orilla, nunca
vio un cunaguaro, tampoco el aletear de un
caballito del diablo trémulo en cobre
perderse entre la lluvia.
Murmuraba.
Ciudad Ciudad.
Y todo quedaba sin movimiento
sin forma
aquello giraba a mayor velocidad, algo
parecido a un encuentro de luces.
Escondido en sus alas no quería asistir
a los recitales.
En el recinto el público observaba en silencio
algo así como el aletear
de un pájaro oscuro,
metido en una jaula de hierro, detrás del
escenario.
****
Postal del amigo
Tengo un amigo.
Nació frente al mar.
Mi amigo tenía un burrito
que lo llevaba a la escuela; el
burrito era color humo azul tirando
a gris con las cejas buscando
espacio hacia el cielo. Cenizo, que
así se llamaba, lo iba a buscar
todas las tardes a la hora de la
salida
para ir a jugar béisbol muy cerca
de la playa. Decía mi amigo:
Mi mamá enjaezaba a Cenizo con
unas telas finas venidas de
Curazao y unas alforjas de cuero
donde me traían de merienda:
torrejas azucaradas, torta burrera
y agua de panela.
Al final del partido, el burrito me
subía al peñasco más alto de
Irapa para ver el descenso del sol
Como una lámpara de miel entre
cordeles púrpura y moradas
crinejas y era la luna, de pronto
asomada frente a la ventana de mi
cuarto.
Desde allí escuchaba el tremolar
de olas del mar Caribe y aquello
tan hondo y hermoso como los
sueños de mis siete años.
Un día tuvimos que marcharnos a
la capital
y Cenizo se vino con la familia a
vivir en Caricuao, era mi
compañero de cuarto dormía en la
litera de abajo y aquello sí que era
echar cuentos hasta caer vencidos
por el sueño.
Ya crecido nos metimos en el
Kansas City a beber cerveza y a
escuchar a los poetas que venían
de los bloques de arriba, Cenizo
me decía ya es hora y pagaba la cuenta.
Hora de irse.
Mi amigo se fue a las Europas
llevando correo por los Alpes.
Tiene una novia muy linda en
Suiza y una que olvidó en la finca
de Dolores.
Me escribe largas cartas
nocturnas de pianos, coñac y
gente que resume su vida en el
abismo de los puentes.
Ángel Custodio me dices que el
burrito vendrá para diciembre.
Necesito sea cierto si no viene no
puedo terminar
este poema.
****
Postal de la mujer
Aquella mujer atravesaba la ciudad
montada en unas largas botas de cuero.
Yo iba a su encuentro todas las tardes,
volaba por los cables de las lavanderías
metido en una cabina telefónica.
Al pasar por la ventana de su apartamento
un último piso metido en las nubes
hacía piruetas, toneles en mi aeroplano,
sacaba la cabeza y le gritaba:
Quiubo mujer obséquiame un dulce.
Ella abría la ventana, afuera el cielo era hermoso
como una bota lustrada.
Entonces buscaba el dulce de su dulcería
y me lo daba en la boca:
manjares de leche y turrones de maní,
mistelas y guayabas almibaradas en licor,
humitas deliciosas, cocidas a fuego lento,
rojo del rojo enamorado que agradece la vista.
Yo me alegraba en mi aeroplano.
Ejecutaba acrobacias en el firmamento.
Esa mujer era hermosa contra el cielo de mi boca.
Ardía como cien espadas en los hornos de la mañana.
Su cuerpo es tinta larga e infinita.
Un cántaro de miel en las noches del jinete.
Le recuerdo, ayudaba a los balleneros del cielo
a escribir cartas de amor, letras heladas,
hacia los mares del sur.
Bordaba pañuelos para la guerra
envueltos en hojas de tabaco y oro.
La recuerdo aquella mujer de pólvora sagrada,
se la pasaba lejos de casa.
Aparecía en los sitios de Pichincha y Ayacucho.
Y de cuando en cuando en los poemas de Pablo Neruda.
Así lo escribí en mi bitácora de vuelo
separado de tus colinas:
el universo se expande en jalea rosa.
A lo lejos se oye la música de las esferas.
Dios nos mira boca abajo.
Mi Coronela mi Generala
vivías en un campo de batalla.
****
Postal del militante
Una extraña militancia.
En aquel entonces
se iba al cine Baby
De 3 a 5.
Siempre pasaban una de Cantinflas.
Él se salía de la pantalla
en su globo aerostático
con David Niven.
Una espesa niebla
cubría toda la sala.
El globo flotaba entre paredes estrechas y lámparas de neón
hasta la venta de cotufas rosadas y de ese caramelo interminable
llamado Cafetera.
En la oscuridad
las muchachas besadas tenían labios de mandarina
y luna de gasa.
Dentro de ellas todo brillaba en esferas de colores como la rocola
del bar Las Tres Columnas.
El globo no se iba muy lejos, daba la vuelta por la intendencia naval, la iglesia La Milagrosa, el edificio Arrate y regresaba al cine cargado de nicotina y humo de la calle.
Se metía de nuevo en la pantalla y allí continuaba
en viaje sereno sobre cielos de rojas aberturas y nubes de miel derramada, perseguido por una luna quieta.
El rostro de Cantinflas se volteaba y nos hada un guiño, eso era la locura, silbaban, lanzaban aviones de papel, hasta que el globo se convertía en un punto diminuto en la pantalla cinemascope.
En la salida te esperaban
los muchachos de la guerra, farolitos de la seis de la tarde y pelotica de goma, pinta y campana.
Una luz de uva mojada
detrás de los Telares de los Andes reflejaba dos letras temblorosas

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega