-Victorino Muñoz-
Se me ha pedido que hable de la trascendencia de la obra de José Rafael Pocaterra y, al momento de comenzar a redactar estas líneas, me doy cuenta de que lo que es un tema, es en realidad varios, tal vez tres o cuatro: la obra de José Rafael Pocaterra; lo que significa trascender o trascendencia, referida a los términos de una obra literaria; y lo que nos podría hacer afirmar que, de manera específica, la obra literaria de José Rafael Pocaterra ha trascendido, es trascendente o es trascendental, que no es lo mismo ni se escribe igual.
¿Qué significa trascender?
Ahora bien, siempre que me toca hablar de un tema, me gusta ir a la raíz del asunto, comenzando por la etimología de la palabra. En este caso sería de la palabra trascender. Leo en la tercera edición del Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, que la palabra trascender deriva de scandere, subir o escalar en latín, unida además al prefijo tras. Sería, en su sentido original, algo así como rebasar, o rebasar al subir.
En la actualidad, el término tiene básicamente tres acepciones: despedir un olor o aroma que se percibe a distancia o que trasciende (valga la redundancia) el recipiente en que está encerrado algo. En un sentido figurado esto adquiriría sentido de conocerse algo que está oculto o está encerrado. En segundo lugar, aunque un poco relacionado con la primera acepción, tendría sentido de extenderse el efecto de una cosa hacia otra. Y tercero, también relacionado, sobrepasar ciertos límites.
¿Qué significa, entonces, trascender, en el caso de un escritor?
Lo natural con toda obra literaria sería o debería ser el trascender del recipiente en que están contenidas las palabras (léase: libro) hacia los lectores. En este caso no hablaríamos de un aroma que se percibe, sino de algo más inmaterial: la esencia del pensamiento del autor. Ya el mero hecho de haber escrito y luego ser leído significa, ni más ni menos, trascender de esto que soy a esto que son ustedes, otros, distintos, pero semejantes.
El segundo sentido que podemos dar a la palabra trascendencia, en términos de una obra literaria, sería, como se recordará, el extenderse el efecto de una cosa hacia otra. Podríamos interpretar esto también como el efecto de la obra en otras. Para decirlo con una palabra sencilla: la influencia que genera (pensando un poco en lo que decía Harold Bloom), la presencia efectiva de la obra en otras (pensando ahora en Gerard Genette). Imitarlo, en el buen sentido, usar epígrafes de un autor, citarlo, parafrasearlo, escribir ensayos o tesis sobre su obra, entre otras, serían los distintos mecanismos para hacer esto, para trascender en esta vía.
Y en tercer lugar, recordamos, el trascender guarda relación con sobrepasar ciertos límites. Dado que somos entidades supeditados a las leyes del universo físico, podríamos conjeturar que tales límites tienen que ver con el espacio-tiempo. Trascender, literariamente, sería la presencia en un autor en lugar distinto del suyo, lo cual implicaría la edición de sus libros en otros ámbitos y la traducción de su obra a otras lenguas.
Pero, por otro lado, está la presencia del escritor, o más bien, de la obra del escritor, en un tiempo que no es el suyo, en un tiempo posterior al suyo. Porque, como ustedes seguramente saben, no podemos vivir por siempre. Pero nuestras palabras pueden trascender el tiempo en que vivimos, sobre todo si están escritas, por aquello de verba volat scripta manent. Sin embargo, hubo personas que no escribieron y también trascendieron: Sócrates, Cristo, Buda...
¿Por qué pensamos que la obra Pocaterra ha trascendido?
Ahora arribo al centro inefable de mi relato, como decía un personaje de Borges. Aunque tal vez lo más justo sea decir el centro inexacto, en fin. En cierto modo, ya hemos ido respondiendo la pregunta, si es que era una pregunta, acerca de por qué pensamos que la obra de Pocaterra ha trascendido.
La primera y mejor prueba sería que hoy, a cien años de la publicación de sus Cuentos grotescos y a 67 cumplidos del fallecimiento del autor, estamos aquí recordándolo y hablando de él. Ha trascendido su tiempo vital. Ha rebasado, incluso duplicado, la prueba de fuego de la que hablaba Schopenhauer, quien aconsejaba no leer un libro que tuviera menos de 50 años de haberse publicado. Doble o nada, podría haberle replicado el escritor valenciano al filósofo de origen polaco.
Y en cuanto al espacio, si bien estamos en el mismo país en que vivió Pocaterra, sí podemos decir que ha habido ediciones de los cuentos grotescos en otros países; por ejemplo, recuerdo haber visto una selección publicada en Lima. Además, ha sido parcialmente traducido al francés y al inglés, particularmente su obra de denuncia del gobierno de Juan Vicente Gómez.
Ahora, debo aclarar que quizás toda la obra de Pocaterra no ha trascendido en la misma medida ni de la misma manera. Para explicar esto, habría que dividir, no tan arbitrariamente, sus escritos en tres grandes grupos:
- En primer lugar, los nombro de primero porque para mí siempre lo están, tenemos los Cuentos grotescos; olvidando por un momento que yo también soy valenciano, me atrevo a afirmar que es la mejor colección de relatos escrita y publicada en este país.
- En segundo lugar, Memorias de un venezolano de la decadencia, cuya trascendencia habría que buscarla no solo en lo estrictamente literario, es decir, en lo que está en libro escrito, sino en lo que el autor representa como hombre mito o como hombre símbolo, junguianamente hablando. Y es que en este caso, como suele suceder con la literatura testimonial, es difícil separar la gesta de la obra, al hombre del texto. En realidad una es la otra: la lucha es el libro, el libro es la lucha. No hay página de las Memorias... que no rezume el padecer, no de la cárcel, sino de la vida en su país. Porque a menudo es la impresión que da con la lectura: más que el dolor de estar preso, duele y le duele saber que Venezuela es así y ha sido así.
- En tercer lugar están sus novelas; es lo que menos ha trascendido de la obra de Pocaterra. Y si las leemos tal vez es un poco por la fama que le han prestado al nombre del autor las otras obras mencionadas (los cuentos grotescos y las memorias). Sus novelas, quizás con excepción de El doctor Bebé y Tierra del sol amada, no tienen la intensidad y la vehemencia que percibimos en otros momentos de su prosa. Aquí me atrevo a hacer una conjetura: en El doctor Bebé, el personaje real que inspiró la novela (Samuel Niño, gobernador de Carabobo para esos tiempos), posiblemente le resultaba muy antipático a Pocaterra, de manera que escribió en estado de ánimo algo exaltado. Lo mismo sucedería, pero por razones exactamente opuestas, con Tierra del sol amada, una novela ambientada en el Zulia, donde seguramente Pocaterra se sintió bien tratado. De modo que, en un caso por el odio y en otra por el amor, dos novelas de Pocaterra trascienden o sobresalen del montón.
¿Pero, cómo ha trascendido?
Ahora bien, me quedo por un momento con los Cuentos grotescos, que son el objeto del homenaje y motivo de celebración, por haber cumplido sus primeros cien años, de continuada y fervorosa lectura por parte de los venezolanos. Hace unos días, desde las cuentas de redes sociales de la página que coordino, hicimos algo así como una pequeña encuesta, preguntando a los lectores cuáles eran los cuentos que más les gustaban o recordaban de Pocaterra. Fueron miles las respuestas, y mucho el entusiasmo al responder, recordando títulos como: La I latina, Los comemuertos, Matasantos, La casa de la bruja, Las frutas más altas, Panchito Mandefuá, entre otros.
Algunos pensarán que esto se debe a que los cuentos de Pocaterra tienen el dudoso privilegio de formar parte del canon en las escuelas y liceos de nuestro país (léase: programa de literatura). Sin embargo, me permito recordarles o recordarnos que son muchas las cosas que nos dijeron los maestros en la escuela, pero que ya hemos olvidado. El hecho de que recordemos haber leído un cuento, que recordemos el título y el nombre de quien lo escribió, dice mucho del autor. Nos dice que ha trascendido también en nuestra memoria. Y para ser sinceros, muchos seguimos leyéndolo, aun cuando ya hace rato pasamos la edad de estar sentados en un pupitre, vistiendo una camisita azul o blanca.
De hecho, los cuentos de Pocaterra no son solo lectura escolar obligatoria, también despiertan el interés de estudiosos sobre el tema. No tengo un catálogo completo de la bibliografía indirecta sobre el autor; pero es tan abundante como para llenar un tomo, quizás varios. En estos momentos que escribo tengo frente a mí (pero ustedes no pueden verlas) varias antologías del cuento que se han publicado en Venezuela: en la Antología del cuento venezolano, elaborada por Guillermo Meneses; en El cuento venezolano, de José Balza; 46 cuentos, un país, trabajo de recopilación realizado por Carolina Álvarez y Elisa Maggi; La vasta brevedad, Antonio López Ortega, Carlos Pacheco y Miguel Gomes; Relatos venezolanos del siglo XX, de Gabriel Jiménez Emán... en todas ellas aparece un texto de José Rafael Pocaterra.
¿Por qué ha trascendido?
A mí no deja de parecerme curioso que siendo un país con tan pocos lectores, en el que muchos leen solo por obligación las cosas que mandan en la escuela (entre las cuales, para bien o para mal, está Pocaterra), sea este autor una de las lecturas que más recuerda la mayoría. Lo digo con conocimiento de causa, porque solía sondear a mis estudiantes sobre el tema. Recordaban algún cuento, el nombre del autor, el título del libro... Y créanme que esta es una suerte de la que no disfrutan muchos de nuestros autores.
Pero, por contrapartida, no he encontrado tanto esta trascendencia en la instauración una tradición literaria o aun cuentística en nuestro país. Quiero decir, la impronta que ha dejado Pocaterra en nuestra literatura es más con los lectores, cara a cara, antes que con los escritores o a través de otros escritores. Si bien hay bibliografía indirecta sobre nuestro autor (estudios y monografías, como mencioné), haciendo esfuerzo de memoria o de imaginación, me llegan a la mente pocos cuentistas que podamos decir que claramente han sido influidos por los relatos de los que hablamos hoy. Tal vez el caso del Garmendia de Los pequeños seres, sea uno de ellos, aunque su parafernalia verbal se aleja mucho de la prosa cáustica, ascética, del valenciano.
No parece, pues, haber tanta continuidad en el presente de su obra. Parece que muy pocos siguieron ese su camino. Con la cuentística de Pocaterra yo diría que en cierto modo se cierra un ciclo en el cuento breve, que inició con nuestros escritores costumbristas, con Bolet Peraza, Sales Pérez y Rafael Bolívar. El hacer una estampa, el retrato del personaje típico o emblemático, son comunes en ambos, en Pocaterra y en los costumbristas. Claro que en Pocaterra hay más elementos, hay más drama... pero.
Después de nuestro autor, nuestra cuentística se iría por otros derroteros: de la mano de Uslar Pietri y autores como Guillermo Meneses, el cuento venezolano se transformaría definitivamente, alejándose cada vez del costumbrismo pocaterriano. Este perduraría por un tiempo, pero en forma de novela, en Gallegos, aunque con un acento muy distinto, porque Pocaterra no parecía tan optimista o positivista como el autor de Doña Bárbara.
Sin embargo, allí quedan los cuentos grotescos de Pocaterra, con sus personajes como testigos mudos, a menudo absortos, y víctimas de unas circunstancias que no siempre consiguen explicarse bien. La mayoría de estos cuentos, como se sabe, fueron escritos durante la dictadura gomecista. Aunque hay algunos ambientados en épocas anteriores (como La mista, que transcurre en el guzmancismo). A dicha época pertenecen y de ella no han podido escapar, ni el autor ni los personajes, mas sí la obra. No podría uno imaginarse a un personaje de Pocaterra actuando y hablando de otra manera, viviendo en otro tiempo, vistiendo de otro modo o, aún, siendo feliz.
Empero, permanecen ellos, personajes, textos, precisamente porque eran exactamente como debían ser de acuerdo con su tiempo; un tiempo del cual a su vez son prisioneros, así como lo son de las formas y de los prejuicios, que son los mismos del autor (presumimos). En alguna ocasión Rimbaud dijo: hay que ser absolutamente modernos. Tal vez los personajes de Pocaterra dijeron: tenemos que ser absolutamente provincianos, absolutamente desencantados, absolutamente pocaterrianos.
De ese modo y gracias a eso, los cuentos de Pocaterra permanecen en nuestra memoria, personal y colectiva, como recuerdo de un tiempo que no parece fluir sino estancarse; como un daguerrotipo sepia, algo desvaído, de un pasado que no vuelve y un modo de escribir que ya tampoco será. Hoy día incluso se nos antojan un poco arcaicos sus conflictos. Pero, qué se le va a hacer, eran así. Y así han permanecido, hasta llegar a nosotros.
En una ocasión dijo Uslar Pietri: “Acaso sean los cuentistas venezolanos los que mejor pueden reflejar, en su obra breve e intuitiva, la realidad fluida, atormentada y contradictoria de la nación. Sin ellos, el rostro de Venezuela estaría incompleto y mucho de su misterio no habría empezado a expresarse. No tienen manifestación más alta la literatura venezolana, ni en ninguna otra forma se ha revelado con más poderosa y varia espontaneidad su genio propio.” A menudo he creído que cuando Uslar escribió esto estaba leyendo los cuentos de Pocaterra o pensando en él. Quién sabe.
Por lo menos parece que sin los cuentos grotescos estaría a medio desdibujar el rostro de esa Venezuela de principios del siglo XX, siglo al cual entramos dando un paso hacia el pasado, que no hacia el futuro. Y para entender la pequeña historia detrás de la historia, durante la oscura noche del gomecismo, que es como nuestro Medioevo nacional, faltaría la pluma de Pocaterra y sus personajes, en su pequeñez y en sus desencantos, en esas vidas oscuras (tomando prestado el título de otra novela del autor).
Así, lo que ha trascendido a través de sus letras, a través de esas líneas, es la visión de una gran amargura, un desencanto, tal como presumimos debió sentirse el autor en vida. No sabría decir por qué recordamos tanto a esos personajes, que más bien mueven a sentir honda pena. Tal vez seguimos sintiéndonos un poco así en ocasiones y no nos hemos dado cuenta.
Pero lo importante es que lo que pasa con la literatura cuando permanece: de algún modo trasciende con su tiempo y hace que este trascienda hacia nosotros, lo cual es una paradoja. ¿Ocurriría la guerra de Troya? No lo sabemos. Pero lo creemos. Y el pasado lo recordamos o imaginamos en la medida que ha sido literalizado. Y trasciende solo en la medida en que es texto.




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Rafael Ortega