Título: Felino
Autora: Luz Valero
***
Quiero
Quiero verte tan solo por sentir
que tus ojos son mi horizonte
y se encienden
en la llama de los míos.
Quiero que tu boca
camine por mis hombros,
impregnados por la fragancia
de la orquídea que evoca
otros momentos.
Quiero escribirte,
el último mensaje nocturno
para recibir tus palabras
que me endulzan
el preámbulo del sueño.
Quiero abrir las puertas
de tu silencio
y dormir en tus susurros
para oír el rocío de tus sentimientos.
Quiero ser el sol de tu vida
y alma que te inspira,
la aurora que te alumbra
y que esperas cada día.
Quiero ser la miel en tu piel
y el ave que te cuida
minuto a minuto
y te guarda solo para mí
en mi santuario.
***
Lluvia
La lluvia desabotona
su traje,
vierte sobre el mundo
su tela de gotas
que se extiende
al vaciarse las nubes
y caen largas líneas,
delgadas, transparentes,
lavando el Universo.
Huele a tierra húmeda,
a flores que desprenden
sus pétalos y sus fragancias.
Los caminos desvestidos
resisten la fuerza del agua
mientras se llenan
sus episodios mojados.
¿Cuándo será mañana
si solo veo el hoy?
¿Cuándo estaremos donde sea?
¿Cuándo llegaremos al pronto?
¿Cuándo atraparemos
la promesa del después
en el sendero donde el árbol
disperse sus hojas
que se desprendieron
de tanta espera?
¿Cuándo será el mañana
del Ayer desvestido
del tal vez?
¿Cuándo nuestro hoy
será para siempre
tuyo, mío, de nosotros?
Ya no estás,
pero siento qué aún te amo
tanto, tanto.
Mi casa era un palacio
cuando me trajiste,
pero no casa sin ti,
es sólo estructura.
Camino por los espacios,
recorriendo nuestros pasos...
me asomo al pasado
y disfruto recordarlo.
Te amo para siempre
desde aquellos tiempos
en qué aprendimos
juntos el uno del otro,
hasta el momento de luz
en que partiste a otro plano
Ya no lees mis versos,
ya no me visitas
en sueños,
pero aún te amo para siempre.
***
El mar
Veo tus jardines
cuando florecen los nomeolvides
sobre los cristales de las olas.
Llega hasta mí
la fragancia del salitre.
El cielo ve sus azules
en tus aguas,
donde se ven la luna
y las estrellas
hasta quedarse dormidas.
Los azules se tiñen
de negra tinta
porque la noche
se cuela entre sus ondas,
se confunde con sus granjas
y en su falda de espuma se cobija.
***
El tornillo
Los giros iban atando
ambos elementos,
la presencia horadaba ese ámbito,
se posesionaba de su memoria,
penetraba en vueltas
su erguida figura,
estrechando las evocaciones
que penden en el vacío,
cada vuelta suscitaba
un eslabón donde se relacionaban
el todo con la nada,
el grito con el silencio,
el vacío con el peldaño,
aferrados como un espiral
de anheladas secuencias
en una historia presente.
***
Si te vas
Si te vas
si algún día decides irte,
caminaré bajo la sombra de los árboles
y te buscaré entre las flores, levantaré el rostro al cielo
y te buscaré en la luz del sol, entre las gotas de lluvia y admiraré
tus ojos húmedos...
Si te vas,
si decides irte
me quitaré el sombrero
y dejaré que tus versos
habiten mis recuerdos.
***
La palabra mágica
- ¡Adioooo!
Era el saludo en cada encuentro caminando por la carretera de Choroní, ese saludo era como oír: adiós, amor.
Ese gentil voceo hacía de su presencia una armonía, una oferta de amistad, una promesa de volverse a encontrar en aquellos parajes de flores y plantas de fragancias y rayos de sol.
Una sola palabra que pronunciaba el transeúnte negro desconocido y no era la palabra en sí, era su música, su ritmo, su tono, era la voz que florecía en sus labios.
Era el ángel que lo seguía y eran los pasos que marcaban sus huellas como campanas en el campanario, como luz en la inmensidad, como graznidos de gaviotas sobre el mar.
- ¡Adioooo!
Nunca la sencillez fue tan plena como cuando esa palabra se pronunció. En ese encuentro casual, el Universo se hizo aliado y su cosmos era esdrújulo, siempre acentuado y resaltado entre los dos, como muestra gentil de la esencia del nativo habitante que en una palabra te da la bienvenida y te invita a compartir el entorno.
- ¡Adioooo!
***
Salto atrás
Santiago se quedaba absorto en su salón de clases, sus dedos se envolvían con sus cabellos, los giraba entre los rizados hilos.
Una y otra vez su dedo índice enrollaba y desenrrollaba el bucle que caía sobre su frente mientras su pensamiento se elevaba lejos del salón de clases donde le enseñaban a descifrar las palabras para leer.
En su mente se preguntaba por qué su piel era oscura y la de sus dos hermanos era diferente, por qué sus cabellos parecían una pelambre que crecía hacia arriba y sus hermanos ostentaban cabellos lisos como mazorcas de maíz.
Un día, revisando unas fotografías familiares, se vio retratado, pero no era él. Sintió miedo de saber, pero se atrevió a preguntar.
"¿Por qué me parezco yo a este viejo?" y la abuela le respondió: "Ese es mi abuelo y se parece a ti porque tú eres un salto atrás. La genética, Santiago, es como un juego de azar, nos parecemos a los más cercanos o a los más lejanos".
- Pero yo no quise ser negro, abu...
- Sí, hijo, lo sé. ¡Solo tuviste suerte!

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Rafael Ortega