-Manuel Cabesa-
Hoy, esta noche, me reúno a solas con todo lo perdido...
José Emilio Pacheco
Edad, henos aquí. Cita concertada, y desde antaño, con esta hora de gran significado.
Saint John Perse
(A la mystérieusse)
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Fondo sin tiempo de los años
Conforme pasan el tiempo y el cuerpo se embarca hacia su último quebranto, la memoria parece detenida en ciertos instantes.
Alguna mirada postergada en la fijeza, algún estremecimiento que confundimos con la felicidad, algunos amores ahora sin nombre.
Conforme pasan las edades y el cuerpo se subordina a un paisaje por siempre devastado, la memoria gana en espesura, se abre hacia la noche, oyendo crecer la hierba insomne.
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Los de entonces
Aquí estamos nuevamente, detenidos en el tiempo estático de una imagen. Al parecer somos los mismos: los de siempre: los de entonces. Pero al detallar los rostros vemos que los de entonces ya no están, sus gestos quedaron detenidos en otro lugar, en otro tiempo.
Nos buscamos en el fondo del espejo donde está guardada la vida detenida, quizás se oculte allí nuestro verdadero rostro: los gestos perdidos en la profundidad del tiempo, dormidos en ese sueño que inventamos para evadir el paso del tiempo.
Porque éstos de ahora son otros, somos otros. Los mismos, pero diferentes: distancias, heridas, olvidos, cicatrices, ausencias que nos acompañan a la mesa ocupando el puesto de los que ya no volverán para estar de nuevo juntos, y volver entonces a ser los de entonces.
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Todos somos soledades
No me preguntes cómo pasa el tiempo, sus horas lentas se escapan entre ensoñaciones y falsos consuelos, como máscaras fantasmales hilando sus rosarios en la hojarasca del tiempo. Tiempo corto y mezquino que resta vidas y alarga nostalgias; distinto al tiempo de la añorada juventud, promesa de soles y esperanzas. Efímera edad danzando en la volátil intimidad del sueño, mostrando en medio de su ronda la pálida blancura de sus pies alados.
Llamo edad a esta claridad desnuda que enceguece: este derrumbe de los días: este desprendimiento de los sentidos: esta dislocación del deseo. Camino sin término entre un sendero de retamas y ortigas, de flores que hablan entre sí un idioma desconocido. Camino para alterar la secuencia del tiempo: volver a la simiente donde sólo el recuerdo ocupa la inevitable desdicha de la distancia.
El tiempo pasa y todo se pierde, no hay salida. Tampoco hay ilusión con la edad: la única evidencia del tiempo es el deterioro. ¿Qué nos queda entonces? Sólo la compasión de quienes aún nos aman y todavía son capaces de darnos el santo alivio de un abrazo; pausa anhelada en la penúltima estación de la vida: respirar acompañado con el alma repartida entre dos.
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Ordenación fugaz de la memoria
He aquí que mi sombra se mira en el espejo y me devuelve la imagen del que ya no soy. Del que vive a extramuros, a expensas de los recuerdos, ajeno a toda circunstancia. Perdido en el gesto, disperso entre las cenizas y las palabras.
Inmóvil aleteo de días acumulados: el tiempo se entreabre como párpados de la memoria, como flores evaporadas en la transitoria claridad: abismo nocturno donde reposa la existencia.
Toda palabra es un despertar, fragmento sumergido que la transparencia ensombrece. Espacio escrito/descrito sobre la línea abierta. Frágil vínculo apenas percibido a ras de la tiniebla cotidiana.
Qué rasgo separa la sombra de la memoria. El pasado revive fugaz en la calidez del reencuentro. Algo/¿alguien?, voz o presencia, nutre las estaciones del tiempo transcurrido.
También la amistad se resguarda en el misterio; y el amor como el pasado nos resulta trágico o imposible: ambos una especie de secreto compartido (como el poema). Aun así una imagen los contiene y una palabra nos recuerda que somos efímeros. Como el amor/como la vida.

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Rafael Ortega