domingo, 21 de junio de 2026

Microrrelatos de Rafael Ortega


Autor (fotografía): Rafael Ortega 


Del libro inédito Fábulas infames y otros relatos absurdos


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La cita


El rugido. El terrible rugido del motor ensordece la autopista. Las sirenas se abrazan a mis espaldas y una caravana de automóviles rodea lo que antes fue mi cuerpo. No tengo remedio. Hoy faltaré a la cita. Mi récord de impuntualidad continúa intacto.


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Final de la Copa en el bar



Tiene ese secreto el humo: estar ausente y cercano (...) Tiene ese secreto el humo: Estar presente y lejano

Miguel Ramón Utrera



Sorbía una taza de café mientras miraba por la ventana. La lluvia había cesado, pero las aceras y las calles estaban tan húmedas como un orgasmo.

El partido final de la Copa Mundial se disputaba a dos cuadras en la pantalla de un bar de ambiente "deportivo".

Por causa de mi ubicación no podía ver nada, pero escuchaba los aullidos de gol que se esparcían en el aire como el humo de mi taza de café.

Sin nada qué hacer en casa, me debatía entre salir o no a la calle. Solo tomaba mi café a breves sorbos, así de lento, para sentir en rostro las caricias del humo, que resguardaba de mí su secreto de estar ausente y cercano.

Desde mis coordenadas escuchaba los gritos de entusiasmo y furor de la jauría que estaba frente a la pantalla del bar. El partido había terminado.

Entre la algarabia, el estruendo de los fuegos artificiales (eso creía yo que eran) y el ruido de distintos cilindrajes se inundaron las calles.

De pronto el escenario me resultaba repetitivo y banal. El aburrimiento se transformaba en agotamiento y me alejaba de la ventana con dirección al sofá para darle los últimos sorbos a mi café.

No estaba equivocado. Fueron los últimos sorbos. Lo supe al sentir en mi cuerpo una corriente de lava que entraba por mi espalda e invadía mi humanidad.

No hubo tiempo de gritar. No hubo tiempo de indagar qué había sucedido en ese momento cuando mis ojos descubrieron -al ras del suelo - el secreto del humo: de estar presente y lejano, elevándose desde mi café derramado hacia la ventana con la intención de ganar la calle para celebrar el resultado del partido final de la Copa Mundial.


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El vuelo de la mosca



El malestar la despertó, un eco terrible de la pesadilla que había interrumpido su sueño durante la noche y la madrugada. 

Aún con el cuerpo entumecido, Justina se levantó. El ritual de aseo y desayuno era un acto necesario. 

Tenía dos horas hasta las nueve en punto, tiempo suficiente para no sentir prisa. 

En ropa de trabajo, encendió la hornilla. El olor del café se esparció en el ambiente mientras dos arepas se tostaban sobre el budare.

Ya sentada, la advirtió. Una mosca verde, insistente, rondaba su comida. 

De un manotazo instintivo la ahuyentó, pero la intrusa regresó. El desayuno de Justina se veía amenazado, obligándola a una acción más drástica.

Decidida a acabar con ella, se armó: matamoscas en una mano, veneno en espray en la otra. La cocina se convirtió en un escenario de danza frenética. 

El insecto, con un zumbido denso, casi ajeno a este mundo, esquivaba cada golpe con una agilidad fantasmal.

Desesperada, roció una nube plateada de veneno justo cuando la mosca aterrizó en el espejo del pasillo. El aire se cargó, denso, con un olor a almendras amargas, a olvido. 

Pero la mosca no cayó. En lugar de eso, atravesó el cristal como si fuera una brisa, sumergiéndose en el reflejo.

Atónita, Justina se acercó al espejo y contempló una escena desoladora: la habitación vacía, las dos arepas y la taza de café humeando sobre la mesa desierta, el reloj marcando las nueve en punto. Una mañana que ya no le pertenecía. 

Fue entonces, al sentir el peso ligero de sus propias alas y la irresistible atracción por el aroma del café tostado que emanaba del otro lado del vidrio, que comprendió la pesadilla.

Dio un sutil aleteo verde contra el cristal, un último intento por advertir a la mujer que acababa de despertar en la cama.


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La noche de los gatos



Los humanos antes, como nosotros ahora, empleaban la palabra para hablar en privado dentro de un grupo y la telepatía para larga distancia

Lobsang Rampa. Mi vida con el Lama



Los gatos del barrio sabían que los martes a la medianoche se celebraba una reunión en el parque para contar historias.

Ni los felinos más antiguos recordaban cuándo comenzó esa tradición, pero todos acudían con entusiasmo a la cita con la oralidad.

Como éramos nuevos en esa comunidad, Benny se sentía nervioso no sólo por ser su debut ante el público, sino que además era algo tímido y desconfiado, cosa que no es común entre los gatos nacidos en el Caribe.

Pese a que habíamos ensayado en casa un amplio repertorio de anécdotas, adivinanzas y chistes subidos de tono, Benny aún no estaba seguro de lograr el principal objetivo de la reunión: agradarle a las felinas más jóvenes del barrio.

Al llegar el día acordado -exactamente a las once y cincuenta y ocho-, cuando el primer maullido rasgó el aire para anunciar el inicio de la jornada, el recinto se llenó de siluetas felinas de distintos tamaños y colores de pelaje.

El silencio que siguió al maullido inicial fue tan denso que Benny juró escuchar el zumbido de los piojos del gato de enfrente.

El presidente del cónclave, un siamés bizco que afirmaba haber sido el consejero espiritual de un político en Caracas, dio tres golpes con la cola contra el pavimento. Era el turno de los novatos.

Benny avanzó hacia el centro del círculo, con las patas temblorosas y la dignidad pendiendo de un hilo de pescar. 

Las felinas jóvenes, un grupo de angoras con aires de divas de telenovela, lo miraron con un desdén tan afilado que podría haber rebanado una lata de sardinas.

Olvidando por completo las adivinanzas refinadas que habíamos repasado, Benny carraspeó, tragó saliva y comenzó a relatar la vez que persiguió a un ratón que resultó ser el fantasma de un antiguo conquistador español.

A medida que avanzaba en su relato, el aire del parque empezó a oler a agua de coco y pólvora vieja, y la luna, contagiada por el ritmo de su prosa, comenzó a titilar al compás de un bolero invisible.

El clímax llegó cuando Benny recreó el chiste subido de tono sobre el veterinario y el termómetro de oro. Fue un éxito rotundo. Las gatas jóvenes no sólo ronronearon de la risa, sino que la gravedad del parque se alteró tanto por el misticismo del relato que tres de ellas comenzaron a flotar a unos centímetros del suelo, agitando sus colas con una elegancia ingrávida.

Al amanecer, la sesión se dio por terminada. Benny regresó a casa caminando con el pecho inflado y dos gatas calicós flotando a su lado a modo de cortejo.

Había conquistado el barrio. Eso sí, el precio de la fama literaria fue alto: pasó todo el miércoles durmiendo en el sofá, exhausto, y con una resaca mística que ni siete tazones de agua fría lograron curar.


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La profecía


El nido permanecía vacío en la copa del árbol más alto desde tiempos inmemoriales, seguro de que -en cualquier momento- una pareja de aves ancestrales vendría a arrasar con su pasado.


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Pérdidas y ganancias


El camión me arrolló a mitad de la avenida y lo supe de inmediato: el infarto no sólo me costaría la vida, sino también el depósito de la garantía de las patillas que jamás llegué a devolver.


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Hotel Ccs



a S.B.


Porque beber canelita jamás será lo mismo...

6 comentarios:

  1. Mis favoritos: Final de la Copa en el Bar y El Vuelo de la Mosca que también son los más extraños, los que permanecen en esa transición entre lo cotidianidad y el absurdo.

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  2. Me han gustado mucho. En especial, los cortos... La sorpresa, en los desenlaces, el trato de las situaciones y las atmósferas, me parecen geniales.

    Si surgieron de beber canelita con SB... Entonces, no pares! ☺️

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  3. Estos relatos están asesinos, verga que bueno leerte en ese tono ácido y oscuro.

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  4. Gracias por la lectura y por el feedback ✍🏽

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  5. Muy bueno, Rafael. José Graterol

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  6. Fino, hermano. Pedro Luis Velázquez

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Un abrazo,
Rafael Ortega