Título (fotografía): Atardecer en el barrio (2018)
Autor: Ramón Hernández
-Liris Miyares-
A través de mi ventana observo un cielo azul colmado de espumas, blancas, multiformes; la brisa suave y fresca que acaricia mi piel trae buenas nuevas desde lugares lejanos.
Las personas transitan, algunas sonríen mostrando su alma libre, otras conversan sobre situaciones cotidianas, los niños juegan tejiendo sus sueños que vuelan al aire en papagayos multicolores. No faltan los que distraídos conversan bajo la sombra de un árbol, sobre las soluciones a los diferentes problemas que enfrenta el país sin aportar nada para ello.
Los árboles frondosos cobijan con gracia un universo de aromas, alimento, canto, color y frescor a diversidad de especies.
Las casas cuentan historias, cada una encierra en su esencia el alma de quien la habita, se escuchan voces, son nuestras propias voces y la de aquellos que alguna vez la habitaron. Todo en ellas tiene vida: el color de sus paredes, los cuadros, los muebles, las habitaciones... cada detalle.
La calle, mi calle marca las huellas del continuo peregrinar de transeúntes asiduos y alguno que otro foráneo. Los perros saludan con la cola a los amables vecinos y ladran mostrando sus colmillos a los maleducados y a las personas no gratas.
Esta es mi urbanización que para 1985, época en la que me mudé, se respiraba aire fresco, (exceptuando la llegada de las lluvias en la que circulaban los fuertes olores de las polleras de "Los Tanques" e impregnaban el ambiente acompañado de un enjambre de moscas).
El verde de sus montañas, fieles guardianas del valle, que como gigantes saurios permanecen en letargo a la espera del despertar de sus atribulados coterráneos.
Se escuchan a lo lejos la voz de algún niño que en su inocencia no entiende por qué suben cada día los precios, por qué su madre debe hacer largas cosas para adquirir alimentos, medicinas o retirar efectivo de las entidades bancarias.
Así transcurre la vida en mi comunidad, de gente sencilla, a la que en tiempos no muy lejanos era fácil sacarle una sonrisa, la de los chistes ligeros, sentarse en la puerta de las casas, contar las incidencias del día, tomarse un cafecito recién colado y hasta algún dulce o galletas eran cosa común.
Esa misma ventana me exorciza y me lleva a tiempos lejanos a buscar mis raíces, donde siendo niña, en mis primeros años de escuela dibujaba un mundo con virginales trazos a veces de colores vivos, brillantes y otras en tonos blancos y grises. Esa niña que aún vive en mí tenía mucho miedo. La niña crecía, se hizo mujer y seguía callada, oculta.
Vienen a mi memoria recuerdos gratos de juegos en el patio bajo la sombra de dos hermosos y frondosos tamarindos: la ere (r), el avión... entre muchos otros.
Esa niña reclamaba atención, en ocasiones la reprendían por armar berrinches y ella callaba para evitar conflictos. Por muchos años, aún siendo mujer, vivíamos en una constante lucha ella queriendo salir y yo dándole palmadas y algún consuelo.
El paisaje se desdibuja en mi memoria: nubes grises cargadas de nostalgia acompañan los días felices de mi infancia que ya no están, muchos amigos y vecinos alzaron el vuelo peregrino de no retorno.
Los largos y extensos caminos bordados de algarrobos y apamates se perdieron en el recuerdo.
Regreso, encuentro un crecimiento urbanístico desproporcionado en cada rincón de las diferentes ciudades. Los ríos perdieron su caudal producto de la tala indiscriminada y la quema en sus nacientes, convirtiéndose por lo tanto en receptáculos de desperdicios.
Las grandes ciudades convertidas en monstruos gigantescos han pasado a ser cárceles particulares donde los ciudadanos se protegen de todos y de todo, no se respetan los derechos de los vecinos, prevalece la ley del más fuerte por lo que sobrevivir es una especie de suerte.
Contemplo a través de mi ventana y me pregunto ¿dónde nos perdimos?
2018

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega