miércoles, 20 de mayo de 2026

La travesía de un poeta

-Alis Velasco-



I. La partida: el peso del silencio


Partió cuando la noche era un folio en blanco,

sin más equipaje que un tintero de sombras

y la urgencia de buscar aquello que no se nombra.

Dejó atrás el muelle, el reloj y el banco,

donde los días morían en una rutina perfecta,

y se lanzó al camino, persiguiendo la línea recta

de un horizonte tejido de puras preguntas.

Llevaba en los bolsillos, todas juntas,

las palabras que aún no se atrevía a decir:

un abismo, un destello, el temor de partir.

Miró hacia atrás una sola vez, al espejo del puerto,

y vio que su antiguo mundo ya estaba muerto.


II. El camino: la geografía del verbo


Cruzó desiertos donde la arena era olvido,

y cada duna, una página dorada por el sol.

Aprendió el idioma del viento sutil, el bemol

con que canta la lluvia sobre el árbol herido.

En las ciudades de piedra, entre el ruido y la prisa,

el poeta buscó la grieta, la leve sonrisa,

el rincón donde el tiempo se detiene a mirar.

Se hizo amigo del náufrago que no sabe rezar,

y en la mesa del paria, entre el pan y la pena,

comprendió que la poesía no es una voz ajena,

sino el eco del otro que habita en nuestro pecho,

el puente invisible que cruzamos bajo el mismo techo.


III. La tormenta: el filo de la hoja


Pero todo viaje conoce su noche oscura.

Llegó a la orilla de un mar de tinta brava,

donde el ritmo se pierde y la voz encalla,

y la duda golpea con su mano dura.

—¿Para qué la palabra? —gritó la tempestad—.

¿Qué vale un verso frente a la inmensidad?

El poema tembló como cristal bajo el granizo,

los acentos se rompieron, el rumbo se deshizo.

Allí, en el centro mismo de la herida abierta,

donde la metáfora parece una puerta muerta,

el poeta no gritó: dejó que el silencio mordiera,

y descubrió que la luz nace cuando todo espera.


IV. El retorno: el mapa en la mirada


No regresó al principio, porque ya era otro.

Llegó al viejo pueblo con las manos vacías,

pero con los ojos llenos de geometrías,

con el pulso sereno de quien domó al potro.

No traía oro, ni coronas, ni laureles de abrigo,

solo una libreta gastada como único testigo

de que el viaje no era el destino ni el mapa trazado.

La travesía habitaba en el roce de la arena,

en el costado donde la vida duele y, al mismo tiempo, florece.

Al final del camino, cuando la tarde fenece,

el poeta se sienta, abre la página y suspira...

Y el mundo, que lo escucha, por fin respira.

1 comentario:

Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en el mío.
Un abrazo,
Rafael Ortega