viernes, 29 de mayo de 2026

Doce poemas de César Seco


Título: Déjame tocar para ti (2017)

Autor: Asdrúbal Farías 


El poeta es libre por naturaleza; la poesía, que es su vida, es su dignidad.

César Seco 


1.


Aparecido


Quien me vea por estos sitios

sabrá que sigo siendo otro.

No el que vieron en el café

saludando a un par de amigos

melenudos sonriendo desde

un viejo poster de los sesenta.

Estaré adelante, desvanecido,

con la huella del hacha en el

entrecejo y la mirada quieta

de quien elegía el encierro

dado del todo al silencio.

Sentado entre las líneas que

esa mudez iba dejando en

una caligrafía entrecortada.

Quien me vea andando ya a

otra parte, siga el rastro sin

darse por enterado que soy el

soplo fugaz que arrastra y eleva

esta hoja. Sin nada ni nadie

por asunto, desentendida de la

bocina de los autos.


2.


Jazz epilepsial


Una clara melodía escurre el viento.

Las arenas arremolinan

la carrera de la previa quietud.

El brazo izquierdo y su breve temblor.

La cabeza perdida en la distancia

desconocida donde no se pertenece.

Los pies en el aire bailan la danza

del salto a otro lugar.

Llueve en no sé dónde

y en no sé qué está escampando.

Solo sé que volveré a mis huesos.

A los que llevo esta luz para desalojar.

Iniquidad dejo en manos del redentor.

El cielo estrena una piel

que no puedes ver,

antes que todo sea bebido de un sorbo

por el convulsionado saxo de Coltrane

y hable el temblor todo

con sus tuercas desajustadas.


3.


Nadie


Volveré por esa calle donde nadie

me recuerda y todos me conocen.

Caminaré por esta otra donde me

ignoran y ninguno sabe nada de mí.

Atravesaré aquel callejón oscuro y

tal vez el ojo que me sigue sólo vea

la sombra que la escasa luz de ese

poste fija en la esquina pensando

a dónde ir.

Estaré allí esperando

nada o esperando todo. Acaso sea

la calle contigua la que me lleve a

ese otro lugar distinto a donde iba

y no llegué. 

La vida no se detiene

a esperar a nadie. 

Sólo puede mirarme

de reojo mientras paso, pero no es

su ojo lo que anhelo, lo que persigo

es el olvido que no aparece mientras

sigo, aunque lo presienta caminando

adelante distraído o sospeche ya que

no existe porque no me ha visto.


4.


Actor


Ando por la piel del día

en que me espero sentado a la puerta

de un café, con el cuaderno abierto en la

página donde no hay nada escrito aún.

Lo que ha de ocurrir sucederá en tan sólo

unos segundos. 

Hay alguien dentro de mí,

alguien que no soy, que me ocupa y dice

lo que jamás diría yo. 

Llega y no me puedo

resistir. 

Sólo escuchará si hablo de él. 

Es cosa de ya, pero sólo él sabe que ha estado

ocurriendo. 

La escena ha de quedar bien

ante el ojo luminoso que nos proyecta en

la pared, ahora, sueño visible, acción.

No la bala directa que viene a mi cuerpo

y se aloja antes que tú puedas verme caer,

sino, a un mismo tiempo, ese que cierra

la puerta. 

Puedo ver su silueta desgajada

en la ventana, así.

Estoy en ninguna parte

hablando a nadie sobre nada.


5.


Calle

 

Puedo vivir en cualquier ciudad, 

pero mi calle es esta.

Vengo de ella, me hice en sus escondrijos 

y aceras, en ella corrí por primera vez 

y di con otros la vuelta

un día de lluvia que mis manos se volvieron 

viejas. Aquí tuve perro, trompo y metras.

Subí al techo a ver pasar los ángeles 

en silencio, con en el alcanfor que madre me puso 

en el pecho. La calle me sigue a donde vaya.

Ahora que cruzo una avenida del mundo. 

Ahora que estoy lejos y apunto el color de sus 

casas. No se me olvidan las negras altas 

que subían y bajaban con una cesta de flores 

en la cabeza. Ahora que se borran 

los compadres que en la esquina 

se apuñalaban por ellas, como aquél que sostuvo 

sus vísceras tal un pliego escrito afuera

hasta que besó suelo, o aquél otro que limpió 

el filo del cuchillo con el puño  

de su camisa blanca. A esta calle vuelvo 

cada vez que soy el niño que iba de la mano 

de su madre, despierto.


6.


En medio de la nada


 

Una carretera parece no terminar

sin que una estación de gasolina aparezca.

El murmullo de la ciudad ya no se oye.

Sólo tunas, abrojo, polvo, rocas.

A quien buscas no está y quien responde

es tu propia voz en tu cabeza.

Cuánta sospecha trajo el zigzagueo 

de los saurios cuando te desnudabas 

para ir al baño no sin antes silbar 

la canción de Bobby Vinton

Plees love me for ever, 

con ese desgano en que no reconocías 

paredes ni espejos.

Quizá, puede ser, tal vez, acaso.

La lengua es aquí indeterminada.

¿Quién es ese que te persigue? 

¿Qué quiere de lo que queda de ti?

¿Podrías decir que se trata de tu igual? 

¿Él y tú, uno delante del otro?

¿Puedes ver en su pupila tu miedo?

Todo esto te aguardaba. Llegado aquí

solo la oración puede devolverte

a donde estabas antes de venir.

Nadie te puede ver, nadie sabe quién eres.

Todo fue sin que te percataras,

estás vivo y muerto, lo mismo da.

Conténtate con saber que esto no existe,

que no hay nada donde fijar tu ojo,

que todos se han ido para olvidarte.


 7.


Jazz de las gandolas


Las gandolas atraviesan la noche 

llevando la necesidad puntual 

o la más onerosa vanidad.

Las he visto partir haciendo sonar 

la orquesta de sus motores 

al lado de somnolientos autobuses. 

Acelerando el saxo de sus bujías, 

el clarinete de sus radiadores, 

el trombón de su pesada carrocería.

A sus choferes se les conoce el ángel 

por la abismada pupila, por sus ropas 

impregnadas de monóxido y gasoil, 

por el desdén en el trato con los que 

les son indiferentes en las desveladas 

estaciones que aguardan en el camino. 

Hablan una jerga de pedestres palabras. 

Silban canciones si el destino se alarga 

y el monótono bostezo de la brisa 

los inunda de sueño o descompone. 

Llevan por valija recuerdos de cuando 

no eran tránsito y era grato el calor 

de los hijos y la mujer que los espera. 

Pernoctan donde la noche los venza, 

en colgaduras de chasis y remolques.

Son antiguos guerreros despeñados,

gente que habita un solo lugar: 

la carretera. Habrá fiesta cuando 

regresen, si regresan, si la promesa 

de Ulises era cierta.


8.


Blanco


Saber que no se puede escribir es una forma de escribir.

Robert Walser



No estoy diciendo lo que voy escribiendo. 

No voy escribiendo lo que estoy diciendo. 

Escribir nada delante de nada que pide ser 

llenada de nada. Nada escribo y, esto, ya, 

es nada, nada: escritura de nada, nada, sin  

nada escribiendo nada.


9.


Jazz de la valija


En esta esquina he de abrirla.

Tal vez esté allí un tibio sol 

esperándome callado.

Le hablaré de cuánto anduve 

o dejé de andar en el propósito.

La verdad que obtuve de la noche

y su invisible gravedad tal una leve

composición escrita en mis huesos: 

letra que nombra a mi sentido.

Sílabas que dieron paso a esta frase. 

Aprehensiva velocidad de cuanto 

no dijimos en ella o guardamos.

Elegido humo de lo precario,

adolescente brisa y su miga de nada.

Subiste al ring envestido por tu peor 

enemigo: turbina de una enfermedad 

que tregua no te ha dado desde niño. 

Cifraste la melodía entre las vueltas

que daba tu rostro entre caída y caída, 

levantamiento que deleita todo derribo.

Me dijiste que no era grande 

ni pequeño, que sólo era.

El instrumento estaba ahí.

Esperaba la voz que le atendiera.


10.


El río


El río me deshace la voz.

Yo entro. Yo salgo. Yo soy el tiempo.

La boca se me hace agua.

Estoy llegando por un camino largo 

que lleva a los azules del cerro.

Un mango: dulce su pulpa

y adentro la semilla discreta.

Yo entro. Yo salgo. Yo soy el tiempo.

Los ojos se me vuelven barro.

Para el clavado la piedra más alta.

Estoy en el fondo de sus aguas revueltas.

El quiebre de cuerpo ha de ser antes que 

el rostro vencido de los ahogados

se me adelante y pida me quede 

a cantarle al musgo, a los peces, 

la canción titilante del recuerdo.

Mis brazos se hunden en el tiempo,

cuentan las pisadas de Pedro

antes que fuera hecho.

Yo entro. Yo salgo. Yo soy el agua. 

Tinta invisible sobre un papel dejo. 

Mi río está muerto. Ya no es el mismo

que desnudaba lentamente mi cuerpo.

Sólo vuelve a la ciudad cuando llueve

vestido de escombros dando vueltas.

Mis pasos sobre él andan inversos. 

Ayer que sólo tendrá hoy en este poema.

 

11.


Voz


Permíteme unas palabras ahora cuando callas

y te demoras en venir.

Entre tú y yo hay un pacto de oído y boca.

Debo silenciarme cuando hablas y ser tu escucha.

Es el temblor de estas manos lo que te anuncian.

Esta sed irrecusable de verdad lo que te atiende.

Dime si me he desentendido de tu eco.

Si por serte fiel te he faltado.

Callarme en lo que callas. Decir lo que dices.

No es solo a mí a quien te diriges

y la verdad que me obsequias incluye al Otro.

El fogón donde mi madre tuvo lumbre de brasa

cuando el brillo de sus ojos se apagó.

O bien, el árbol que plantó mi padre con sus manos

y el polvo del camino por donde un día 

sus pasos de largo siguieron hasta no sé.

Tú te dices en las cosas, muda. Tú me dices.

Volvamos al principio, cuando no existía

y tú sólo eras el rumor de los astros lejos.

El fuego que el tiempo escindió.

Déjame seguir escuchándote. Déjame.

Sólo tú dirás hasta cuándo.

Y yo callaré contigo, sin afán, sin asombro ya.

Agradecido.

 

12.


Palabras


 Was sich in der Sprache spiegelt kann ich nitch mit ihr ausdrucken*

Wittgenstein, Diario, 1915


            

Hay palabras que nos desdicen y a su 

vez son las que mejor nos dicen. 

Me doy a oír lo que dejan al callar y, 

no obstante, revelan el tránsito que

las trajo a mí, solas y pronunciantes.

Las palabras hablan desde el silencio 

que las precede. Espero de ellas sólo

el breve decir de lo que nombran. 

Mirar las estrellas desalojando su brillo 

y, lo invisible, traduzca en infinito lo 

visible, asible, a partir de una sílaba. 

Amo este decir, puede asistirme en la 

oscuridad, servirme de lámpara en el 

camino por el que voy unas veces y 

otras vuelvo, amparado en ellas. Sí. 

Las palabras flamean antes de apagar 

el espectral vacío por donde vuelven. 

Si me pregunto de dónde vienen, diría 

que de lo que impronunciables revelan_ 

este claro en que puedo decir lo que 

dejan en mí viajando por dentro. La voz

que sigo leyendo en la página/ en la 

anterior/ la que estuvo/ y en la siguiente/ 

como lo hará, sin que llegue a saber 

cómo y cuándo.



*No puedo expresar con el lenguaje lo que se refleja en el lenguaje

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega