Palabras que son flores que son frutos que son actos...
Octavio Paz: La estación violenta
Edición y nota:
Manuel Cabesa
***
Ciudad
La materia oscura es teoría
o es poesía de los centros ateridos
donde la tierra se ensimisma
detectores de particulas exóticas
taladran el centro de la tierra
donde habite la ciudad original
galería de galaxias iniciales
Manuel Vázquez Montalban, 1997
1.
Desde una ventana azul,
el color de mi infancia,
recuerdo la ciudad
con las líneas del tren
que ya no existen.
La de los deliciosos
almendrones
levantadores de aceras.
La de los papagayos multicolores.
La de los mangos con sal.
La de los juegos en las aceras,
los solares y calles en libertad.
La de los apamates,
araguaneyes y tamarindos.
Desde una ventana blanca
como las canas de mis cabellos
observo otra ciudad
bordeada por un río que siempre
abraza el mar.
Dilcia Zamora
***
2.
Yo he respirado ciudades
en la espesura del campo,
con el humo del fogón,
y el olor de la mañana,
sin entender este ruido
que confunde,
no es canto de pájaros
ni de gallos.
El ambiente trae olores
contaminantes,
transeúntes por doquier...
en verdad respiro
algo nuevo
Julio César Pérez
***
3.
Ciudad en sombras,
mi deseo no duerme,
soy luz y vía.
Kreysi Dersi
***
4.
La ciudad nunca se va,
permanece ahí,
en tu mirada taciturna,
en esas noches llenas de insomnio
y de imágenes en fuga,
por eso no importa
si estás en Santiago,
en Lima, en Caracas,
o aquí cerca, en Cagua,
en Palo Negro o Turmero,
la ciudad está ahí,
donde tú estás,
donde te espero...
Cipriano Castro
***
5.
La ciudad duerme
mientras mis deseos
circulan las vías
de tu cuerpo.
Emalida Viloria
***
6.
Busco una ciudad
donde pueda encontrarte,
una ciudad donde las calles
tengan tu nombre
y el aire me envuelva
con el rocío de tu transpiración;
donde las farolas se enciendan
con el brillo de tu mirada,
y en los jardines
encuentre disperso tu perfume
entre el follaje y los helechos;
una ciudad sin direcciones
para poder seguir tu rastro
de embriagadas huellas
sin destino;
una ciudad donde extraviarme
cada vez que estés cercana,
prendada fugazmente
a un horizonte sin paisaje
ni distancia.
Manuel Cabesa
***
7.
Gris al cobijo
del movimiento citadino
espejo colonial
sin modernidad.
Los recuerdos
de este hogar sin dueños.
Aimée Torres
***
8.
Sólo transito
ciudad fuera cansada como jaguar en celo
ciudad inventada para la multitud
que se agolpa en plazas de toros y casinos
sólo transito los huesos
y la sangre que pulso
en otras épocas
sólo transito
como el abrevadero de palabras
y voy preso
de cuando en cuando por vago,
lo que transito no perdona,
apuñala, roba, se casa,
se orina, se suicida
por desgracia Lee
y se orienta entre la noche
con las pistolas de la maldad
y vence
transito sólo transito
en estas multitudes
de cementerios con bríos
y veo a pocos caminar
hacia su abismo
estoy dentro de mí
caminando
y tomando cada palabra
por las patas
incesante, solemne,
disconforme
pueden deshacer el cielo voy sobre mis huesos al futuro.
Helio Uzcátegui
***
9.
La ciudad nunca me abandona,
está presente:
en sus calles polvorientas,
en las esquinas extraviadas
en los semáforos a la espera
del cruce de los transeúntes
en los perros vagabundos
que conversan con las moscas.
En las casas que esconden
la vergüenza y los sollozos
en la brisa que barre
los escombros y la mugre
en el borracho
que perdió el sentido
y nunca lo encontró
en las lágrimas que ruedan
por las calles sin ser vistas.
La ciudad vive y respira.
Liris Miyares
***
10.
Cruzo dos ciudades
con una veleta en la mano
y la brújula en los labios.
Ysbel Mejías
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11.
El eco del suelo crudo.
A veces el cuerpo se siente como una ciudad vieja,
donde ya no fluye el río,
sino el residuo de lo quemado;
llevo cenizas bajo la piel,
un roce constante de áspero cilicio,
mientras los años se encargan
de levantar el asfalto.
Es curioso cómo el tiempo,
al desgastarse,
nos devuelve la verdad del suelo,
esa tierra desnuda
que siempre estuvo ahí,
esperando a que dejáramos de correr.
Me detengo en las esquinas
de lo que no supe decir,
allí donde las calles
ya no tienen nombre ni remedio.
Cuento mis errores
como quien cuenta
piedras en el zapato:
sin prisa,
con una punzada
que ya es casi costumbre.
Es la nostalgia de la madera
que no se pulió a tiempo,
el arrepentimiento
que no busca el perdón,
sino el descanso,
entendiendo que lo que se rompió
hace diez inviernos
forma ahora parte
del diseño de mi propia sombra.
No hay tragedia en este peso,
solo una claridad tardía.
Me miro las manos y veo las grietas
de los caminos que elegí,
sin la urgencia de volver atrás
para borrarlos.
Simplemente acepto
este pulso de polvo y memoria,
este caminar por lo irregular,
por lo que nunca fue liso.
Al final, somos esto:
un suspiro que reconoce sus deudas
y sigue andando,
aunque el mapa ya no coincida con el paisaje.
Rebeca Morales Vitas


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Rafael Ortega