domingo, 29 de marzo de 2026

Palabras bajo libertad (X / 2026)


Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


Ciudad


La materia oscura es teoría

o es poesía de los centros ateridos

donde la tierra se ensimisma

detectores de particulas exóticas

taladran el centro de la tierra

donde habite la ciudad original

galería de galaxias iniciales


Manuel Vázquez Montalban, 1997


1.


Desde una ventana azul,

el color de mi infancia, 

recuerdo la ciudad

con las líneas del tren

que ya no existen.


La de los deliciosos

almendrones

levantadores de aceras.


La de los papagayos multicolores.


La de los mangos con sal.


La de los juegos en las aceras, 

los solares y calles en libertad.


La de los apamates, 

araguaneyes y tamarindos.


Desde una ventana blanca

como las canas de mis cabellos

observo otra ciudad 

bordeada por un río que siempre

abraza el mar.


Dilcia Zamora


***


2.


Yo he respirado ciudades

en la espesura del campo,

con el humo del fogón,

y el olor de la mañana,

sin entender este ruido

que confunde,

no es canto de pájaros

ni de gallos.


El ambiente trae olores

contaminantes,

transeúntes por doquier...


en verdad respiro

algo nuevo


Julio César Pérez


***


3.


Ciudad en sombras,

mi deseo no duerme,

soy luz y vía.


Kreysi Dersi


***


4.


La ciudad nunca se va, 

permanece ahí,

en tu mirada taciturna, 

en esas noches llenas de insomnio 

y de imágenes en fuga,

por eso no importa 

si estás en Santiago,  

en Lima, en Caracas,

o aquí cerca, en Cagua, 

en Palo Negro o Turmero,

la ciudad está ahí,

donde tú estás,

donde te espero...


Cipriano Castro


***


5.


La ciudad duerme 

mientras mis deseos 

circulan las vías 

de tu cuerpo.


Emalida Viloria


***


6.


Busco una ciudad 

donde pueda encontrarte,

una ciudad donde las calles 

tengan tu nombre 

y el aire me envuelva 

con el rocío de tu transpiración;

donde las farolas se enciendan

con el brillo de tu mirada,

y en los jardines 

encuentre disperso tu perfume 

entre el follaje y los helechos;

una ciudad sin direcciones 

para poder seguir tu rastro

de embriagadas huellas 

sin destino;

una ciudad donde extraviarme 

cada vez que estés cercana, 

prendada fugazmente 

a un horizonte sin paisaje 

ni distancia.


Manuel Cabesa


***


7.


Gris al cobijo

del movimiento citadino 

espejo colonial 

sin modernidad. 


Los recuerdos 

de este hogar sin dueños.


Aimée Torres


***


8.


Sólo transito 

ciudad fuera cansada como jaguar en celo 

ciudad inventada para la multitud 

que se agolpa en plazas de toros y casinos 

sólo transito los huesos 

y la sangre que pulso 

en otras épocas 

sólo transito 

como el abrevadero de palabras 

y voy preso 

de cuando en cuando por vago, 

lo que transito no perdona, 

apuñala, roba, se casa, 

se orina, se suicida 

por desgracia Lee 

y se orienta entre la noche 

con las pistolas de la maldad 

y vence 


transito sólo transito 

en estas multitudes 

de cementerios con bríos 

y veo a pocos caminar 

hacia su abismo 


estoy dentro de mí 

caminando 

y tomando cada palabra 

por las patas 


incesante, solemne, 

disconforme 


pueden deshacer el cielo voy sobre mis huesos al futuro.


Helio Uzcátegui


***


9.


La ciudad nunca me abandona, 

está presente: 


en sus calles polvorientas, 

en las esquinas extraviadas 


en los semáforos a la espera 

del cruce de los transeúntes 

 

en los perros vagabundos 

que conversan con las moscas.


En las casas que esconden 

la vergüenza y los sollozos 


en la brisa que barre 

los escombros y la mugre 


en el borracho 

que perdió el sentido 

y nunca lo encontró 


en las lágrimas que ruedan 

por las calles sin ser vistas. 


La ciudad vive y respira.


Liris Miyares


***


10.


Cruzo dos ciudades 

con una veleta en la mano 

y la brújula en los labios. 


Ysbel Mejías


***


11.


El eco del suelo crudo.


A veces el cuerpo se siente como una ciudad vieja,

donde ya no fluye el río, 

sino el residuo de lo quemado;

llevo cenizas bajo la piel, 

un roce constante de áspero cilicio,

mientras los años se encargan 

de levantar el asfalto.


Es curioso cómo el tiempo, 

al desgastarse,

nos devuelve la verdad del suelo, 

esa tierra desnuda

que siempre estuvo ahí, 

esperando a que dejáramos de correr.


Me detengo en las esquinas 

de lo que no supe decir,

allí donde las calles 

ya no tienen nombre ni remedio.


Cuento mis errores 

como quien cuenta 

piedras en el zapato:

sin prisa, 

con una punzada 

que ya es casi costumbre.


Es la nostalgia de la madera 

que no se pulió a tiempo,

el arrepentimiento 

que no busca el perdón, 

sino el descanso,

entendiendo que lo que se rompió 

hace diez inviernos 

forma ahora parte 

del diseño de mi propia sombra.


No hay tragedia en este peso, 

solo una claridad tardía.


Me miro las manos y veo las grietas 

de los caminos que elegí,

sin la urgencia de volver atrás 

para borrarlos.


Simplemente acepto 

este pulso de polvo y memoria,

este caminar por lo irregular, 

por lo que nunca fue liso.


Al final, somos esto: 

un suspiro que reconoce sus deudas

y sigue andando, 

aunque el mapa ya no coincida con el paisaje.


Rebeca Morales Vitas

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