sábado, 28 de marzo de 2026

Los elegidos


-J.M. Llerena-


I

La siguiente pregunta fue algo más sencilla, así que accedí a responder con la condición de que se me otorgaran algunos minutos para pensar. La voz indicó que subiera a la nave extraterrestre mientras razonaba mi respuesta, cosa que me sorprendió: a nadie, hasta ese momento, se le había otorgado tal privilegio.

Subí por una rudimentaria escalera de mano. Me encontré en una habitación amplia y muy bien iluminada. En su interior se hallaban algunas personas de pie, otras sentadas en muebles, formando grupos. Al contrario de lo que imaginé, el mobiliario no era nada futurista, más bien humilde, al más puro estilo terrestre.

Me acomodé en un sillón cercano a una escalera que permitía el acceso a una segunda planta. Me devanaba los sesos pensando en qué tipo de tecnología podía mantener a semejante nave suspendida en el aire en perfecto estacionario, cuando de improviso se abrió una puerta en lo alto de la escalera.

La silueta de una criatura de baja talla, que me era difícil distinguir, apareció en el umbral. Al bajar unos escalones se definió por completo: se trataba de un ave gallinácea, un pavo, tocada con un extravagante casco plateado, coronado con un par de antenas divergentes entre sí. Me miró directo a los ojos y, en un gesto imposible de explicar, creí ver el esbozo de una sonrisa.

-Esta nave, y toda su tecnología, inconcebible para ti, está basada en su totalidad en conchas y hebras del fruto que ustedes llaman coco –me comunicó telepáticamente, con tono comprensivo y paternal.

Y luego, dirigiéndose al grupo, concluyó:

-Es todo lo que necesitan saber. Ustedes son los elegidos.

Los astros estaban alineados y marcaban el rumbo. Era hora de partir. Mi intuición me indicó que no volveríamos, y que la única forma de hacerlo, sería metamorfoseados en una raza superior hasta ahora desestimada.

II

El saque inicial, el toque de pelota, las piernas robustas, las chicas en las gradas, una sensación de abandono deslizándose por el tobogán en el parque de niños sin niños, las luces en el bosque y ese coro de voces apremiantes, amos del falsete, que nadie más parecía percibir.

Algo llegaste a sospechar en el autobús de venida, como cuando una noche, allá en lo alto, viste puntos luminosos que en un principio confundiste con estrellas, hasta que comenzaron a comportarse de manera extraña.

Ese mismo desconcierto te invadió al atravesar la ciudad, esa visión asfixiante: tanta ropa colgada en los balcones de los edificios, tanta gente colgada de los mismos balcones, tanto concreto, tanto tráfico, tanta furia.

Todo muy oscuro para continuar leyendo en el autobús, las cortinas cerradas, el sol moribundo que a intervalos irregulares irrumpía por los resquicios, de modo que era inútil seguir sosteniendo el libro a la altura del rostro.

¿Qué te inquietaba? No podías precisarlo. ¿Qué era eso de pararse en la piedra angular -la misma que rechazaron los arquitectos- cada vez que arreciaran los tiempos? ¿Y acaso ya no habías aceptado -como ley universal- que con un libro de Miller en la mano y un disco de Los Beatles en los audífonos eras capaz de comprenderlo todo?

Y cuando menos lo esperabas, al entrecerrar los ojos y apoyar la cabeza en el respaldo del asiento, ¡zas!:

¿De dónde viene la imagen de este señor de cabello entrecano que come espaguetis sentado a una mesa de un salón de banquetes desolado? Varios viejos vestidos de bailarinas del can-can, que tras alguna presentación se dirigen presurosos a sus camerinos, pasan cerca de él. El último de ellos se detiene y voltea a mirarlo. Le desea buen provecho con tono de voz divertido y gesto afeminado en extremo, y después sigue su camino.

Así como sobrevino la imagen, se fue. Te pareció inexplicable. Igual al día en que, en medio de la práctica, sentiste la imperiosa necesidad de ponerte a flotar delante de los demás, como si tal cosa, emprender el vuelo, dejar atrás el asombro y las bocas abiertas.

Asimismo el hecho -todavía más reciente- de confundir en un duermevela el sonido producido por una lavadora desajustada y a punto de estropearse, con el sonido de un tren en marcha. Y más preciso y angustiante aún: con el sonido del último tren que se pierde para siempre en la distancia.

III

Todo comenzó con el pitazo inicial en el partido de fútbol de la división súperveterana, disputado esa noche en el club de la fábrica. Yo jugaba último hombre. Sentí un cosquilleo en la espalda, miré hacia el bosque lindante, más allá de las gradas, y me pareció ver luces, como si algunas personas trataran de orientarse con linternas. Luego escuché un coro en falsete que nadie más parecía oír: cantaba mi nombre.

En un ataque fallido del equipo contrario, la pelota fue a dar lejos del campo. No tuve reparos en internarme en el bosque con el pretexto de traerla de vuelta. Invadido por una súbita energía, me dirigí corriendo al sitio de procedencia del coro.

Ya bastante alejado, trepé a la copa de un árbol. Sobre un pequeño claro gravitaba una nave espacial construida en madera y revestida con una especie de felpa marrón. No estaba solo, a mi alrededor, sobre el mismo árbol, había otras personas. Todos muy tranquilos.

En ese momento escuché una potente voz en mi cabeza. Provenía de la nave. Los demás se miraron entre sí. Era evidente que también la escuchaban, sin embargo, nadie se alteró. La voz comenzó a plantear toda suerte de problemas matemáticos y de razonamiento. Lo supimos de inmediato: al que acierte, se le concede el permiso de ingreso.

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Rafael Ortega