-Manuel Cabesa-
A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje.
J.S.P.
Creo que todos tenemos conciencia de que el Mal existe, el Mal como esa parte oscura que gobierna al mundo y que no sabemos evitar.
Pero, generalmente, también pensamos que el Mal es algo que está fuera de nosotros, algo que sucede a expensas de nosotros, en otro lugar, lejos de nuestro habitat.
Un síndrome que sólo vive en la literatura o el cine: Lex Luthor, Jack Torrence, Dark Vader, Hannibal Lecter, el doctor Moriarty, el teniente Ramírez Hoffman representan para nosotros los rostros del Mal.
Creemos que el Mal se manifiesta en las guerras, los genocidios, las formas totalitarias del poder, sólo en el crimen abierto y directo.
Pero resulta que no es así, leyendo Algunos delitos mínimos de Carolina Álvarez (Monteavila, 2022) me ha dado por pensar que el Mal somos nosotros; cosa que, por otra parte, ya sospechaba desde hace tiempo.
A través de dieciocho solventes relatos divididos en el libro en dos partes, la autora hace un inventario de esos momentos, esos gestos y palabras que parecieran no hacer daño pero en cuyo trasfondo se oculta esa parte oscura que nos acompaña.
Pequeños miedos dormidos como en "Maigualida", inocentes confusiones que develan nuestra suspicacia como en "A que los chinos", confusos arrepentimientos como en "El patio de los tíos", lo nefasto del "empoderamiento" como en "La reina de corazones" o el simplemente negarse a aceptar la condición de un ser querido condenándolo a un discreto ostracismo en "Humberto", etcétera son sutilmente develados en estos relatos con mucho tino y cierta ternura que no deja de conmovernos.
Porque si algo resulta atrayente en este libro es la forma en que la autora conduce sus historias, sin espasmos ni altisonancias, todo hilvanado en un lenguaje sutil, coloquial la mayor parte de las veces, sin que por ello haya ningún descuido en la forma. A través de estas historias viven seres comunes, que son incapaces de distinguir las formas del Mal: del que son víctimas o el que generan muchas veces sin darse cuenta.
Son a la vez relatos de una actualidad espeluznante, cada vez que leemos o vemos en los informativos todas las manifestaciones de violencia cotidiana que somos capaces de ejercer, desde las más sutiles hasta las más cruentas cuando ya la conciencia deja de ejercer su dominio y somos víctimas de los arrebatos.
En este sentido, el libro de Carolina Álvarez es merecedor de una lectura que vaya más allá de lo meramente literaria para entrar en el campo de lo sociológico: importante para discutir sobre esa capacidad que tenemos todos para generar múltiples formas de violencia; para ser, muchas veces, víctimas o emisarios del Mal.


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Rafael Ortega