jueves, 5 de febrero de 2026

Vicente Paúl Rondón: ¡Nuestro eterno campeón!

-Claudio González Luna-


Nada parece importar demasiado cuando recordamos la vida y hazañas deportivas de Vicente Paúl Rondón, cuyos avatares existenciales son capaces de conmovernos mucho mas allá de todo el rigor profesional que asomará en las próximas líneas, con sus memorables peleas, títulos, horas triunfales y dramáticas.

Un talentoso deportista convertido en bisagra histórica del pugilismo venezolano.

La sensación es única e intransferible. Con este artículo intentaré rendir justo homenaje al campeonísimo, a ese muchacho humilde que terminó siendo un hombre duro y golpeado por la vida misma.

Rondón fue un profesional ante todas las cosas. Esa es la imagen que llevo grabada para siempre en mis retinas.

El hombre que sobre el ring venció en casi todas sus batallas y quien al bajarse, difícilmente pudo superar esa gran guerra llamada vida.

Signado por un trágico destino, Vicente Paúl murió como vivió, a cielo abierto, en el barrio, a toda velocidad, y siempre apurado sin saber por qué.

Al dejar atrás su Barlovento natal, en busca de un mejor porvenir económico para su familia, no faltó nunca quien le dijera: “Ha sido un gusto conocerte, campeón”.

Encrucijadas del destino llevaron a Rondón a emplearse como policía en Río Chico, mientras realizaba 22 peleas en el boxeo amateur, donde propinó 19 nocauts fulminantes.

Su debut en el profesional se produjo bajo tutela de Rafito Cedeño, el 28 de junio de 1965 cuando enfrentó al recio José Caraballo, y luego de conseguir 11 triunfos aplastantes, el mirandino afrontó sus primeros problemas judiciales al golpear a un ciudadano en la parroquia 23 de Enero.

Luego de una serie de disputas contractuales, el gladiador criollo pasó a integrar la escuadra del promotor cubano Tuto Zabala, para comenzar a hilvanar una llamativa cadena de 8 victorias consecutivas que finalmente lo catapultaron en el ranking de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB).

En aquella época, Rondón acotaba luego de cada triunfo: “Bendición a mi mamá y que me traigan a Foster” en busca de un chance titular.

Al momento de hilvanar una historia, se mezclan recuerdos y sensaciones. El hombre nacido en piso de tierra, se codeó con figuras renombradas de la farándula y la política nacional, contrastando tiempos cuando arrastraba una pesada carretilla cargada con láminas de zinc y cemento para arreglar su humilde ranchito.

Vicente Paúl confesaría a los años que no podía manejar un automóvil sin antes detallar minuciosamente a los lujosos Mercedes Benz que pasaban a su lado.

El icónico boxeador, de dudoso hablar y rústica pronunciación, fue tentado por el éxito. Amigotes prestos a ser brindados. Mujeres de reputación dudosa. Trabajadoras de lujosos cabarets caraqueños y periodistas deportivos de medios comerciales de comunicación, para quienes “la bola de billete” que cargaba encima el campeón minimizaba sus urgentes necesidades de ayuda verdadera. De una mano amiga capaz de aconsejarlo sobre perversas alienaciones del capitalismo y sus terribles herramientas de mortal seducción.

El hombre, acostumbrado a ganar peleas sin necesidad de jurados, debió inclinar su cabeza cuando escuchó decir: “La juventud es una enfermedad que se cura con el paso del tiempo".

Contra todo pronóstico, Rondón demolió en el Nuevo Circo de Caracas al estadounidense Jimmy Dupree, con soberbias combinaciones de jabs y uppercuts que todavía hoy, al revivirlas en el icónico blanco y negro de viejas filmaciones caseras, estremecen y conmueven.

Así era su filosofía de vida. Odiar al rival porque venía a intentar quitarle parte de su vida.

Rondón apretaba los dientes antes de cada campanazo y salía al centro del cuadrilátero con la sola intención de terminar el combate lo más rápido posible.

Y no era para menos, ya que en su infancia, transcurrida en los barrios más bravos del estado Miranda, aprendió desde chamito a pelear para defender lo suyo.

Era guapo, obediente y callado. Belicoso cuando hacía falta.

Luego de ganar el campeonato mundial de los semi pesados el 27 de febrero de 1971 ante Dupree, Vicente Paúl comenzó a mostrar cambios en su cotidianidad. Más formales que internos.

Comenzó a vestirse bien, le agarró el gustico a ciertas marcas lujosas como Ted Lapidus, Christian Dior, Rolex, Ferrari o Aramis, que tal vez no podía pronunciar muy bien, pero que plasmaron su mundo existencial, todo mientras aprendía a catar el delicioso champagne francés, siempre acompañado por llamativas y sensuales vedettes de la época.

Por dentro, el pugilista barloventeño siguió manejando sus viejos códigos de vida. Amigo de sus amigos y para los otros, nada de piedad.

Rondón no fue ciertamente amado por la gente del boxeo, pero sí respetado.

Leonino y altivo, imponía su presencia como genuino campeón mundial. Si necesitaba algún requerimiento especial de entrenamiento, volvía su mirada altiva y amenazante, torva y desconfiada, que sus rivales no podían contener.

Sin embargo, Rondón nunca olvidó a su familia. La protegió como una bestia herida.

Vicente Paúl Rondón, novela de joven pobre, nacido en la miseria y el hambre, alojado luego en lujosas habitaciones del hotel Hilton o Tamanaco.

La historia de un campeón que recorrió el mundo demoliendo a sus rivales. De vida veloz. Tomando atajos. Bebiéndose todo de un sorbo. Con un final trágico que se veía venir. Una lágrima breve quiere asomar por mis mejillas, tal vez para recordarme el momento preciso para rendir sentido tributo al legendario Vicente Paúl Rondón, el primer campeón mundial afro-venezolano del boxeo.

1 comentario:

Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en el mío.
Un abrazo,
Rafael Ortega