jueves, 8 de octubre de 2026

Tres microrrelatos de Julio César Pérez

 


Muchachadas


Había llovido copiosamente, la vía estaba empantanada. Decidimos competir como en motocros. Al principio tomé la delantera, pero su bicicleta estaba en mejores condiciones que la mía y me rebasó fácilmente. Vimos el promontorio de tierra y hacia allí nos dirigimos emocionados por la posibilidad volar como en los videos. Casi lo alcanzaba cuando subió por el promontorio y desapareció al otro lado. Habían excavado para una toma de agua, suerte que el hueco estaba lleno de agua de lluvia y solo fueron raspones.


***


Adiós 


Mi perro fue el primero en percibir que algo ocurría. Se me acercó, me miró y lanzó unos quejidos. Reculó y se fue a echar lejos. Algo extraño si se quiere, ya que siempre lo hacía a mis pies. 

La sensación de vacío no me abandonaba y la inquietud del perro terminó por interesarme en saber qué me ocurría. Intenté levantarme de mi silla especial, esa que tiene el espaldar seminclinado, con unos posabrazos que hacen que sentarme en ella sea placentero por su comodidad. No tuve apoyo, mis manos pasaron de largo como si ya no estuvieran los posabrazos. Mire mis manos transparentes, igual que mis brazos y el resto de mi cuerpo, entonces supe que ya era un fantasma. No me quedó de otra que asustarme de mí mismo.


***


¡Sorpresa!


Después de hora y media sin luz, decidí acariciarle las piernas. Al principio se inquietó, pero en vista que el racionamiento eléctrico dura seis horas, terminó aceptando las caricias. De allí a acariciar su intimidad fue cosa de unos quince minutos; aún más, extraje mi miembro, erecto desde que le rozaba las piernas y coloqué su mano para que correspondiera a mi accionar. La oscuridad era total, de tal manera que su madre, que le daba a la sinhueso sin parar, no se percataba de nuestro placentero manoseo. 

Pero como en el primer día de la creación, se hizo la luz. Era una falla, no el Plan de Administración de Carga que tocaba ese día.

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Rafael Ortega