lunes, 19 de octubre de 2026

Sobre prestar libros | Ingrid Chicote

«Nunca prestes libros, nadie los devuelve jamás; los únicos libros que tengo en mi biblioteca son libros que me han prestado otros.»

Anatole France


Una de las discusiones más viejas y amargas en el mundo de la lectura gira en torno a ese acto de fe que se resume en prestar un libro. Durante décadas, la frase de Anatole France ha servido como una coartada perfecta, un salvoconducto cínico que convirtió la deshonestidad en una suerte de "tradición literaria". Con esa ironía de salón, muchos justificaron quedarse con lo ajeno, amparándose también en aquel dicho popular que sentencia: «Es tonto quien presta un libro, pero más tonto es quien lo devuelve». 

Yo me niego a aceptar esa lógica perversa. Pienso que quien no devuelve un libro no es un bibliófilo astuto ni un heredero de la ironía de France: es un traidor a la confianza empeñada, un deshonesto y un ladrón.

He perdido libros al prestarlos. Libros míos, únicos, preciosos. Nunca pude negarme a compartir la lectura porque para mí leer es una experiencia colectiva, un fuego que no se puede apagar ni guardar en soledad. Al entregarlos en manos ajenas, siempre dije:


—Por favor, léelo y devuélvemelo. Me lo regaló el autor.


—Por favor, cuídalo y devuélvemelo, es mi único ejemplar.


Pero fue en vano. Presté libros autografiados por sus autores, dedicados por mis amores más entrañables y por mis familiares. A pesar de la fe que deposité en esas personas —cuyos nombres me reservo, aunque les haré llegar esta entrada—, jamás los regresaron a mis manos. El costo de esa pérdida no fue solo material: acabó con el respeto que les tenía y liquidó, de golpe, la amistad.

No devolver lo prestado no es una distracción inocente ni un olvido excusable; es una forma de apropiación indebida amparada en la condescendencia. El deshonesto se escuda en la frase «es solo un libro» o en la gracia prestada de Anatole France para disfrazar un hurto, ignorando que se está quedando con la memoria, el afecto y el patrimonio emocional de otra persona.

Yo, que no puedo comprar todos los libros que quisiera leer, devuelvo religiosamente los que me prestan como un acto elemental de gratitud y decencia, aunque confieso que he perdido libros ajenos. Cuando tengo un libro de papel ajeno entre las manos, uso un cuaderno para tomar notas de lo que más me impacta, de las frases que me hacen pensar, de mis propias reflexiones. Tengo cuadernos llenos de poemas y epígrafes que tal vez use algún día. 

Con esas anotaciones he construido mis propios cuadernos, que hoy son parte vital de mi biblioteca personal sin necesidad de despojar a nadie.

Con el tiempo me he percatado de que prestar un libro es como ceder un riñón, un pedazo de hígado o una bolsa de sangre. Sin embargo, quien lo recibe a menudo no lo aprecia; es incapaz de entender esa sensación de desgarro y miedo que sólo es vencida por la promesa empeñada: «Te lo devolveré».

Borges decía que, mientras la espada o el arado son extensiones de nuestras manos o de nuestros brazos, el libro es algo mucho más sagrado: es la extensión de la memoria y de la imaginación. Por eso, haber perdido libros me ha dolido en las entrañas, porque perderlos es sufrir una mutilación. 

Para mí, ese despojo es un duelo real: un dolor metafísico, como si me hubieran quitado la bombona de oxígeno o el marcapasos. No es una exageración: es una herida auténtica. Quien ha recibido un libro de mis manos y no lo devolvió, se quedó con un fragmento de mi propia memoria, dejando un vacío afectivo y una decepción profunda.

Prestar un libro era mi forma de celebrar la amistad como «el invento más bello del hombre», como decía Aquiles Nazoa. Pero la amistad, como todo bello invento, también tiene sus disfraces, sus grietas y sus calibraciones. Quien no devuelve lo que le fue confiado, además de ser un ladrón de papel, es un traidor de la fe humana.

Pese a todo, yo seguiré apostando a la lectura y a la fraternidad. Seguiré compartiendo mi biblioteca, pero de ahora en adelante me reservaré los libros únicamente para mi corazón.


15 de octubre de 2026

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Rafael Ortega