La poesía de Emira Rodríguez se distingue por su riqueza sensorial y por una voz que indaga en el arraigo, el desierto, la memoria y el paisaje. Sus versos entrelazan la oralidad, las visiones insulares y una profunda atmósfera ritual. En esta selección para ZdT presentamos una muestra de su trabajo poético que invita a sumergirse en una obra de sugerente belleza y misterio.
Rafael Ortega
@rafedort
***
Un mercado
El día tenía un sabor
de colina sedienta
la plaza parecía un hormiguero de maíz
en Corpus Domini
pero fue sobre todo el mercado
—como introducido por la fuerza
en aquella construcción temporal—
que nos llevó por las alteradas rutas de las migraciones
mientras pasando perforamos las piedras
con sus olores verdecidos
saliendo de los puestos
donde se alineaban en clara simetría del color
los dátiles los otros frutos y la menta
las esteras enrolladas
que de un momento a otro comenzarían
el ovillado de los cuentos
transmitidos en palabras pronunciadas
sin la perturbación de los sonidos
sin apresuramiento
en miradas que asienten
continuando el recorrido de los bancos
aquella mujer engranaba las cuentas
en un hilo de algodón
mientras el ademán de su relato permanecía en el aire
como grabado en cuero
no se sabe cómo pudo haber sido
en otro tiempo
su cara de barro desecado
—los glifos de su rostro no tenían historia—
ni cuando la parió su madre
o un cardón o cualquier cosa
en la casa de maíz
o el desierto con agua que baila los olivos estériles
vendía platos de barro
por piezas y el silencio formaba parte
de los tratos
moneda de intercambio con que la tierra va contando
las cosas de más antes
el mercado
—como un bosque en lunación
con incensarios vegetales
y esqueletos como aldabas batiendo contra el sueño
presintiendo el hecho primario
lo inapresable
donde no existe una medida para la soledad
y los sentidos se abaten como murciélagos—
deja pasar
con el dorso inclinado bajo el peso leve
de una gran jaula de cardenales
un hombre de rostro antiguo
fijando las imágenes
*
regresé al puerto
cuando los alcatraces
volvían al farallón
aquella noche
olí despacio los aromas que
cortaban el aire
el hombre de los ojos rasgados
me dijo:
tú eres la hija de gaudio
yo no sabía por qué
después de tantos años
cuando los faroles encendían
las esquinas
frente a las cancelas
me eché a reír conmigo
De La casa de Alto (1972)
déjala. deja esa luna frente a su espejo
como un acto fallido como una iniciación
ya sé me lo dijeron la otra tarde cuando encontramos
las iguanas estaban todas alineadas parecían
pajaritos o flores moradas del desencuentro. cuando
hallo pajaritos azules o morados o iguanas me subo
a la piedra grande la piedra del conejo
hombre, tú, el ungido eterno inmemorial y abundante
me dan ganas de ponerte mercurocromo
copas prostitutas bajaras hasta un chucho quizá.
está lloviendo a cántaros a chuzos a hojillas
de afeitar llueve como si no tuvieras más nada
que decir como lavando las espumas sucias
que recubren las fuentes como las fuentes que se
secaron hace diecisiete días al salir la luna nueva
había un montón de nubes rodeándola ella no sabía
nada de lo que tenía que pasar
y se puso más amarilla que nunca luna de ictericia
traía muchos colmillos de jabalí colgando
catorce veces uno son dos siete
baja de los barrancos malencuentro ahora
estamos escuchando las historias de los muertos
*
los hombres que parecían estrellas se fueron
al cielo en un caballo
por aquellos días las aguas estaban desatadas
los cabellos sueltos greñudos con mucha furia
no era sino en las zonas paludosas donde se
sumergían las palumelas no sabíamos aún cuando
tenía que comenzar la cuenta
todos esperando el paso de la bora y los mogotes
aguas abajo
desde que lo contaron aquellos hombres
con señal escondida en las piedras del agua
la de las dos hermanas de los castillos
a la entrada del río la que bajaba caudalosa
era de tiento el remolino de la laja
las burbujas violentas todo limos el fondo como lago
una leyenda de mujer protegía
los encuentros engaño decían ellos
ninguna furia desatada sino con mansendumbre
creíamos morir de frío
sin ver aquellos hombres en la corriente
dijeron que todos los colores se juntan en la muerte
no lo sabíamos
De Malencuentro pero tenía otros nombres (1975)
tu regalo tremendo
de palabras señor
yo pago asiduamente
S.G.
IX
hoy es un día de dibujar palabras
de cantar a la risa del altillo
del beso del retablillo del señor
naufragados de beso
de palabras dibujadas en la brisa
del aquel hecho único irrepetible de primera mirada
palabras el gesto insólito la mirada grave
un silencio profundo de palabras
atrapadas para siempre en el descarado mundo
de la belleza
en el desterrado mundo de la palabra
huyes como lago en el fondo del mar
asilado de antiguas desventuras
como el perdón a cuestas ungido solitario del perdón
de los hechos fortuitos
en este mentidero que llamamos vida
pidiendo un poco de clemencia
para seguir viviendo
“se paga muy poco por morir”
*
XII
quiero hablar ahora sobre cosas del amor
decir que una luz diferente me envuelve
diferencia de aquella, cegadora y blanquísima
de la meseta que me hirió el porvenir
diferente de la de los espejos negros
en que reflejándome presentí
palabras que no fueron oídas
por los vendedores de naranjas
ni frente al banco de las pescaderías
del azafrán y de las otras especias
y he aquí que en la hora de los trenes
en la huida que intento
mientras está lloviendo sobre los puertos
y pasa este camino ciego
temblando sin saber si afuera hace frío
hallo circunstancias anudando
una cadena de palabras que pueda detener
el curso de las cosas
de modo que no llegue a deslizarse
ninguna escoria que altere el mecanismo
del agresivo retiro voluntario
hasta notar con pánico
que seguimos amarrados por ella a la destrucción
entonces profanamente ungida por los ritos
permanezco
y el amor
como cuchillo azul cortando el tiempo
me confirma
De Como sueños ajenos (2001)
***
Emira Rodríguez. Poeta, narradora, pintora y artesana venezolana. Nacida en Porlamar, isla de Margarita (Venezuela), el 13 de enero de 1929. Desde muy joven residió por largo tiempo en Italia donde comenzó a escribir a escondidas de su primer esposo. En 1963 regresa a Caracas y trabaja como administradora hasta 1967, en la revista “Zona Franca”. Se casa por segunda vez con el poeta, crítico y folclorista venezolano Juan Liscano y a partir de 1970 empieza a publicar poemas y relatos en revistas españolas y venezolanas. Publicó los poemarios: La casa de Alto (1972), Malencuentro, pero tenía otros nombres (1975) y Como sueños ajenos (2001). Murió en Porlamar, isla de Margarita (Venezuela), el 16 de febrero de 2017.




Conocer voces de mujeres poetas venezolanas es maravilloso, esta mujer surge con palabras hechas de barro, pintura y una mirada cotidiana para la poesía y el poema. Gracias.
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