domingo, 25 de octubre de 2026

Seis poemas de Emira Rodríguez (1929-2017)

La poesía de Emira Rodríguez se distingue por su riqueza sensorial y por una voz que indaga en el arraigo, el desierto, la memoria y el paisaje. Sus versos entrelazan la oralidad, las visiones insulares y una profunda atmósfera ritual. En esta selección para ZdT presentamos una muestra de su trabajo poético que invita a sumergirse en una obra de sugerente belleza y misterio.


Rafael Ortega

@rafedort


***


Un mercado


El día tenía un sabor

de colina sedienta

la plaza parecía un hormiguero de maíz

en Corpus Domini


pero fue sobre todo el mercado

—como introducido por la fuerza

en aquella construcción temporal—

que nos llevó por las alteradas rutas de las migraciones

mientras pasando perforamos las piedras

con sus olores verdecidos

saliendo de los puestos

donde se alineaban en clara simetría del color

los dátiles los otros frutos y la menta

las esteras enrolladas

que de un momento a otro comenzarían

el ovillado de los cuentos

transmitidos en palabras pronunciadas

sin la perturbación de los sonidos

sin apresuramiento

en miradas que asienten

continuando el recorrido de los bancos


aquella mujer engranaba las cuentas

en un hilo de algodón

mientras el ademán de su relato permanecía en el aire

como grabado en cuero


no se sabe cómo pudo haber sido

en otro tiempo

su cara de barro desecado

—los glifos de su rostro no tenían historia—

ni cuando la parió su madre

o un cardón o cualquier cosa

en la casa de maíz

o el desierto con agua que baila los olivos estériles

vendía platos de barro

por piezas y el silencio formaba parte

de los tratos

moneda de intercambio con que la tierra va contando

las cosas de más antes


el mercado

—como un bosque en lunación

con incensarios vegetales

y esqueletos como aldabas batiendo contra el sueño

presintiendo el hecho primario

lo inapresable

donde no existe una medida para la soledad

y los sentidos se abaten como murciélagos—

deja pasar

con el dorso inclinado bajo el peso leve

de una gran jaula de cardenales

un hombre de rostro antiguo

fijando las imágenes


*


regresé al puerto

cuando los alcatraces

volvían al farallón

                               aquella noche


olí despacio los aromas que

cortaban el aire

el hombre de los ojos rasgados

me dijo:

tú eres la hija de gaudio


yo no sabía por qué

después de tantos años

cuando los faroles encendían

las esquinas

frente a las cancelas

                               me eché a reír conmigo



De La casa de Alto (1972)



déjala. deja esa luna frente a su espejo

como un acto fallido como una iniciación

ya sé me lo dijeron la otra tarde cuando encontramos

las iguanas estaban todas alineadas parecían

pajaritos o flores moradas del desencuentro. cuando

hallo pajaritos azules o morados o iguanas me subo

a la piedra grande la piedra del conejo

hombre, tú, el ungido eterno inmemorial y abundante

me dan ganas de ponerte mercurocromo

copas prostitutas bajaras hasta un chucho quizá.

está lloviendo a cántaros a chuzos a hojillas

de afeitar llueve como si no tuvieras más nada

que decir como lavando las espumas sucias

que recubren las fuentes como las fuentes que se

secaron hace diecisiete días al salir la luna nueva

había un montón de nubes rodeándola ella no sabía

nada de lo que tenía que pasar

y se puso más amarilla que nunca luna de ictericia

traía muchos colmillos de jabalí colgando

catorce veces uno son dos siete

baja de los barrancos malencuentro ahora

estamos escuchando las historias de los muertos


*


los hombres que parecían estrellas se fueron

al cielo en un caballo

por aquellos días las aguas estaban desatadas

los cabellos sueltos greñudos con mucha furia

no era sino en las zonas paludosas donde se

sumergían las palumelas no sabíamos aún cuando

tenía que comenzar la cuenta

todos esperando el paso de la bora y los mogotes

aguas abajo

desde que lo contaron aquellos hombres

con señal escondida en las piedras del agua

la de las dos hermanas de los castillos

a la entrada del río la que bajaba caudalosa

era de tiento el remolino de la laja

las burbujas violentas todo limos el fondo como lago

una leyenda de mujer protegía

los encuentros engaño decían ellos

ninguna furia desatada sino con mansendumbre

creíamos morir de frío

sin ver aquellos hombres en la corriente

dijeron que todos los colores se juntan en la muerte

no lo sabíamos


De Malencuentro pero tenía otros nombres (1975)



tu regalo tremendo

de palabras señor

yo pago asiduamente

S.G.


IX


hoy es un día de dibujar palabras

de cantar a la risa del altillo

del beso              del retablillo del señor


naufragados de beso

de palabras dibujadas en la brisa

del aquel hecho único irrepetible de primera mirada

palabras       el gesto insólito la mirada grave

un silencio profundo de palabras

atrapadas para siempre en el descarado mundo

de la belleza

en el desterrado mundo de la palabra

huyes         como lago en el fondo del mar

asilado de antiguas desventuras

como el perdón a cuestas ungido solitario del perdón

de los hechos fortuitos

en este mentidero que llamamos vida


pidiendo un poco de clemencia

para seguir viviendo


“se paga muy poco por morir”


*


XII


quiero hablar ahora sobre cosas del amor

decir que una luz diferente me envuelve

diferencia de aquella, cegadora y blanquísima

de la meseta que me hirió el porvenir

diferente de la de los espejos negros

en que reflejándome presentí

palabras que no fueron oídas

por los vendedores de naranjas

ni frente al banco de las pescaderías

del azafrán y de las otras especias

y he aquí que en la hora de los trenes

en la huida que intento

mientras está lloviendo sobre los puertos

y pasa este camino ciego

temblando sin saber si afuera hace frío

hallo circunstancias anudando

una cadena de palabras que pueda detener

el curso de las cosas

de modo que no llegue a deslizarse

ninguna escoria que altere el mecanismo

del agresivo retiro voluntario

hasta notar con pánico

que seguimos amarrados por ella a la destrucción


entonces profanamente ungida por los ritos

permanezco

y el amor

como cuchillo azul cortando el tiempo

me confirma



De Como sueños ajenos (2001)


***

Emira Rodríguez. Poeta, narradora, pintora y artesana venezolana. Nacida en Porlamar, isla de Margarita (Venezuela), el 13 de enero de 1929. Desde muy joven residió por largo tiempo en Italia donde comenzó a escribir a escondidas de su primer esposo. En 1963 regresa a Caracas y trabaja como administradora hasta 1967, en la revista “Zona Franca”. Se casa por segunda vez con el poeta, crítico y folclorista venezolano Juan Liscano y a partir de 1970 empieza a publicar poemas y relatos en revistas españolas y venezolanas. Publicó los poemarios: La casa de Alto (1972), Malencuentro, pero tenía otros nombres (1975) y Como sueños ajenos (2001). Murió en Porlamar, isla de Margarita (Venezuela), el 16 de febrero de 2017.

1 comentario:

  1. Conocer voces de mujeres poetas venezolanas es maravilloso, esta mujer surge con palabras hechas de barro, pintura y una mirada cotidiana para la poesía y el poema. Gracias.

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Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega