miércoles, 28 de octubre de 2026

Los pretendientes de la señorita inspiración | Luis Britto García

La historia de los pretendientes de la señorita inspiración es a menudo más interesante que las obras que conciben con ella. Pues la inspiración, como la mujer, huye cuando la perseguimos, acosa cuando no la buscamos, da esperanzas para después eludirnos, atormenta con su ausencia, con su presencia nos reduce a la nada. ¿Es de extrañar, entonces, que la conquista de la inspiración presente todas las miserias y grandezas de un cortejo? 

La señorita inspiración rehúye al pretendiente higiénico, metódico, puntual y madrugador. La musa escapa del buen partido que pretende domesticar lo invisible acumulando signos visibles: nombramientos, condecoraciones, homenajes, reconocimientos y galardones ganados como escalafón de cargos diplomáticos o burocráticos. Pues de las elucubraciones del buen partido sólo salen aumentos de la tasa de interés, rutinas de gimnasia, perfeccionamientos de la bomba sólo-mata-gente.

Mujer al fin, la señorita inspiración compadece al infortunado: de allí los arrebatos de genio del presidiario Dostoievsky y de su enamorada Sonia Kovalevska, que sólo en medio de la desventura podía sondear los misterios de la matemática. De allí los fulgores del hambriento Vallejo y del tuberculoso Kafka, los tropeles de visiones del ciego Milton, los abstractos paisajes del invidente Borges. Loca de la casa, la musa sólo se encapricha con los casos perdidos: el niño Lautreamont que juega con pulpos de mirar de seda, el adolescente Rimbaud que considera un deber cultivar el sagrado desorden de los sentidos, los subversivos García Lorca y Roque Dalton, fusilados de nuevo todas las madrugadas del mundo. 

La señorita inspiración reduce a su pretendiente a las servidumbres del enamorado. Hay quienes la convidan a un café, como Voltaire y Buffon y Fontenelle y Balzac; Juan Sebastián Bach además le compone una Kofee Cantata. Colette la engolosina con comilonas de ternera; Georges Simenon se propasa hasta la botella de Bourdeaux por capítulo; Flaubert, hasta la pipa y media por página. Poe pretende pescarla con una red de razonamientos abstractos ahogándose en un remolino de whisky barato. Diderot aspira a hechizarla envuelto en su bata de casa. Wagner y Oscar Wilde la tientan con aposentos de raso. Rodin recurre a los espectáculos, haciendo pasearse y moverse al azar una multitud de modelos desnudos hasta que una actitud le parece interesante. Nietzsche recomienda escribir con sangre, para descubrir que la sangre es espíritu. Como haciéndole caso, Ramón Gómez de la Serna redacta con ocho estilográficas, todas sangrando tinta roja. Guy de Maupassant le coquetea aspirando éter; Thomas de Quincey la convoca comiendo opio; Baudelaire, fumándolo hasta envolverla en sahumerios de Paraísos Artificiales. Artaud la convida con hongos alucinantes; Huxley con dietilamida del ácido lisérgico; Agustín Lara, con tequila. Pero no hay que engañarse. La gracia hiere el corazón, no el hígado. Ni la musa ni la inspiración caen con estratagemas baratas. Es a pesar de ellas, y no por ellas, que la iluminación encuentra el camino hacia sus elegidos. 

La señorita inspiración, como el flechazo, hiere de una sola puñalada; como el amor, no es inmune a la paciencia. Un asedio puede durar toda la vida, como el de Goethe escribiendo el Fausto, o traducirse en centenares de bosquejos desechados, como los de Picasso preparando Guernica.

La musa acude a veces a quien la invoca con rituales inútiles, como los de Dostoievsky al dibujar obsesivamente rostros y arquitecturas fantásticas antes de escribir, o el de García Márquez al mecanografiar de nuevo toda la página en donde se había colado un error. John Steinbeck sacaba punta a sesenta lápices blandos. La señorita inspiración se deja ablandar a veces por el metódico uso del trasero, pues para escribir, según Cabrujas, no hay mejor método que sentarse a hacerlo.

Joven salaz, la inspiración gusta de la alcoba y la oscuridad. Pues como dice Cocteau, el poeta es el sirviente de la noche. La imaginación nos visita disfrazada de sueño, y es entonces cuando con más violencia debemos poseerla. En una pesadilla vislumbra el químico Kekulé la imagen de la serpiente alquímica que se muerde la cola: de ella extrae la fórmula de los anillos bencénicos, clave de la química orgánica. Cuando la amante arriba, llega el momento de la encerrona: Flaubert planea anunciar su propia defunción para que no lo molesten, Balzac se esconde, más que de los acreedores, de los importunos. Goethe se encierra hasta agotar el asunto, se levanta a media noche a escribir sus ocurrencias en creyón, pues el rasgueo de la pluma las espantaría.

Amante posesiva, la señorita inspiración no consiente ser compartida con tertulias, montoneras ni mafias. La única utilidad posible del agavillamiento literario es el bombo mutuo y el saqueo de prebendas. Toda aglomeración es contraria al idilio. Dios creó porque estaba solitario.

Como en el amor, creemos que todo alejamiento de la señorita inspiración se debe a un malentendido, sin saber que es culpa nuestra: somos nosotros quienes nos separamos de nosotros mismos. Puesto que, mujer sabia, la señorita inspiración desprecia a quien no se le entrega enteramente. Así como hay misóginos, hay musóginos, que parecen odiar la inspiración. Nada tan matapasiones para un amorío o una obra maestra como la interrupción o la flojera. Las obligaciones, los deberes, las deudas, la sociabilidad y las mil diligencias menudas disipan tan rápidamente la inspiración como el amor. Todo abandono es peligroso. Coleridge deja inconclusa su obra maestra “Kluba Kan” porque un idiota lo interrumpe. Balzac describe que ante la pereza de Steinbock, su personaje de La prima Bette, “la inspiración, esta locura de la generación intelectual, huía con alas desplegadas del aspecto de este amante enfermo”. 

La señorita inspiración colma de dicha a sus adeptos y juega malas pasadas a quienes la cortejan sin el debido respeto. ¿Para qué quedan los vírgenes de la inspiración? Para firmadores de manuales que otro ha escrito, hazmerreír en escándalos de plagio, galardonados sin obra y premiados en función del cargo burocrático. Lo que inspiración no da, mafia no presta. Todo se sabe.

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Rafael Ortega