A María José y Victoria de Stefano
Bill Gates caminaba por un parque que bordea una plaza de toros en una remota y cálida ciudad sudamericana. Lejos quedaba su lujosa mansión en la querida Seattle.
Se había alojado en una buhardilla de emigrante pobre y salió a caminar sin saber que estaba soñando.
El hombre taciturno prolongó el paseo un tiempo indefinido poseído por esa inercia del caminante solitario que mide el desamparo de las calles como si midiera su propio vacío, que el azar o la pura insistencia de los ojos le devolvieron un hallazgo providencial: una lata de sardinas y una bolsa con restos de pan rancio, áspero al tacto pero asombrosamente valioso en mitad de aquella intemperie. Bill Gates comió despacio, no tanto por saciar su estomago sino por el puro asombro de sentirse vivo, experimentando la urgencia callada de quien mitiga un hambre vieja. Mientras masticaba, sintió bajo los párpados la presencia expectante de una bandada de pájaros minúsculos que aguardaban a unos pasos de él. Una oleada de inesperada compasión -ese deseo tan humano de no sentirse el único náufrago en el mundo- lo impulsa a desmenuzar las sobras y arrojar al suelo, buscando una suerte de comunión secreta con aquellas criaturas.
La tregua de los pájaros duró apenas un instante. De pronto, la llegada de unas aves más grandes y voraces rompió la armonía con un estrépito de picos y aletazos violentos que dispersó a las aves más pequeñas. Se desató entonces una de esas disputas feroces que ocurren en los márgenes de la vida. Las criaturas pequeñas insistían con terquedad, conformándose con las briznas que saltaban cada vez que un pájaro grande picoteaba el pan; otros más astutos y calculadores observaban el combate desde la seguridad de las ramas, esperando el descuido ajeno para arrojarse en un vuelo veloz, robar el botín y regresar de inmediato a su refugio. Él miraba todo aquello con melancolía, fascinado y herido a la vez, creyendo descubrir a la vez en aquel desorden algo más que el simple instinto animal. Su mente, habituada a buscar orden o alguna condena en lo que observa, vio allí el teatro invariable del mundo, la eterna comedia humana o acaso el modo implacable de la lucha de clases. Se quedó allí, suspendido en una larga reflexión, abrumado por la certeza de que los hombres no eran distintos a aquellos pájaros hambrientos.
Cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a astillar el aire, sacudiéndolo de su letargo, inició el regreso hacia la penumbra protectora de su buhardilla. Antes de partir, realizó un gesto que revela su obsesión por el orden y la dignidad en medio de la miseria; dobló la bolsa de papel con parsimonia casi sagrada. Resguardándola de la humedad en una rendija del banco público. No era un acto mecánico, era un pacto silencioso con el porvenir. Dejaba aquella bolsa de papel intacto para el próximo desdichado que lo necesitara. Sabiendo bien que el papel higiénico se había convertido en un lujo incansable. La previsión era la única forma de resistencia que le quedaba.
Tomado de El vendedor de vapor ©henderalejandroramirez (Caracas, Venezuela, 2017). Premio Nacional de Literatura Ramón Palomares, mención Crónica

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Rafael Ortega