“La regla de oro”
Aunque para muchos la idea de reglas en los tiempos de las cavernas resulte un poco abstracta, la verdad es que existían pequeños códigos de conducta que les daban a nuestros antepasados una idea bastante aproximada de dónde, cómo, cuándo y sobre todo qué hacer ante una determinada situación.
Pero, como la mayoría de las cosas en los primeros años de existencia de los seres humanos, estos códigos de conducta conservaban un cierto encanto. Y este se encontraba profundamente ligado a la combinación entre sencillez y practicidad, dos aspectos claves para garantizar una de las cosas más valiosas de aquellos tiempos; la cochina supervivencia.
Mucho antes de que al sapiens le diera por embellecer estos códigos poniéndolos por escrito y llamándolas “leyes”, ya las primeras sociedades contaban con un método infalible y didáctico para poder transmitir estas enseñanzas a las nuevas generaciones, la palabra. Ya sea que se tratara de un virtuoso como Uhk que comprendía a la primera, o algunos un poco más “lentos” como Ohk que necesitaban un refuerzo adicional, preferiblemente algo que le dejara un chichón que le ayudaba a recordar, al final todos entendían, practicaban e integraban con eficiencia a su vida.
Y de entre todas las que se tenía o se fueron incorporando, principalmente por conveniencia, pocas eran universales como “la regla de oro”.
“Si te paras continúas, si no, te dejo”. Una norma que no solo reflejaba la importancia de la locomoción y su relevancia como reflejo del estado anímico de la persona, sino también lo poco práctico del hábito, transformado en código moral por los sapiens, del placer de llorar por aquello que no contribuye en nada.

Una grata sorpresa leer a Bernardo por aquí en Zona de Tolerancia, abriendo puertas hacia el saber sobre el mono y el monolito.
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