miércoles, 28 de octubre de 2026

Breves y siniestros: Microrrelatos para leer con la luz apagada

Hay misterios que no necesitan grandes preámbulos para manifestarse. A veces, una puerta que cruje, una sombra que parpadea o una presencia furtiva al borde de la cama caben perfectamente en un par de líneas y eso es suficiente para erizar la piel.

En esta edición especial de ZdT para celebrar Halloween, compartimos una selección de microrrelatos nacidos en el taller de escritura creativa Mínima expresión, dictado por quien suscribe estas líneas en los espacios de la Librería del Sur de Maracay, Venezuela. En estos textos, los participantes han explorado lo paranormal en su forma más concentrada: historias cortas, incisivas y directas a la columna vertebral.


Rafael Ortega


Un homicidio


Veo una luz incandescente. No sé qué está pasando a mi alrededor. Entre las luces observo sombras caminando en esta gran biblioteca. Una mirada, un grito ensordecedor, el murmullo del camino final. Me convertí en una sombra.

Antes de irme, vi la mirada de mi asesino. La belleza de un homicidio, mi género favorito. Estaba en la biblioteca sentada frente a la sección de ficción.

Irónico, convertí mi vida en una de las historias que tanto me gustan. La última página que leí la recuerdo borrosa. Solo diré: tenía el libro entre mis manos cuando el punzón atravesó mi alma.


Angélica Leal

***


El misterio del alma errante


Me levanté del escritorio y subí las escaleras para cerrar la ventana que la tormenta batió. El frío penetraba mis huesos, mi cuerpo tiritaba. En busca de un suéter me dirigí a la habitación. Frente al espejo un escalofrío me recorrió al no encontrar con mis manos la forma de mi rostro ni escuchar mi corazón. Mi sombra atemorizada corría hacia la biblioteca tras haber escuchado aquel alarido ensordecedor. Mi libro ahí estaba, cubierto de sangre, con una nota entre las páginas: “Ella te mató”.


Sofía Vargas


***


Fantasmal   


Ding-dong ding-dong la biblioteca ha cerrado, es la hora de buscar a mi hijo. Allí lo voy encontrar. Ding-dong ding-dong todos los días es igual. Ding-dong ding-dong y ¿si dejara de intentar? Ding-dong ding-dong aquella persona al verme se ha asustado, ¿qué le habrá pasado? Ding-dong ding-dong Dios mío, Dios mío, ese espejo mostró a un ser atroz. Sin piernas y sin la voluntad para ser. Dispuesto a vagar por toda eternidad.


Cipriano Castro (Hijo)


***


Desvarío


Este libro me enloquece, jamás me muestra las pruebas que necesito.

Sí, ya todos me olvidaron, pero sigo aquí.

La noche se hace corta luego del cierre de esta maldita biblioteca.

Y mientras mi asesino sigue libre, yo sigo viendo esta página que un día me hace sentir culpable y otro día víctima.


Olga C. Robles R.


***


Terror circunstancial 


Bajo una atmósfera de incertidumbre total, a solo segundos de descender ante la más profunda e inevitable locura, una sombra solitaria contempla con aire melancólico la página final de un libro gastado.

Sacando provecho de la quietud que le obsequia una biblioteca tras su hora de cierre, mira con detenimiento una y otra vez cada párrafo final de una historia tan trivial que el solo hecho de haberla impreso ya representa un desperdicio. Mientras en la última tumba del mausoleo, un autor sin mérito suelta una silente carcajada para despedirse de un mundo que jamás valoró su ingenio.


Bernardo Vernáez


***


Tierna despedida 


Ella pensaba que la muerte era poética, el final perfecto a una vida sin sentido. Por eso no se sorprendió cuando el asesino de la biblioteca, entre el revoltijo de libros, hojas, sangre y vísceras, dejó una rosa blanca como tierna despedida.


Cipriano Castro


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Gemelas


Diana y yo éramos gemelas. En la biblioteca agarramos un libro al azar. El mío parecía tenebroso, el de ella no tanto. Rápidamente lo leí. Diana no estaba a mi lado. Fui a buscarla. 

Yacía desmayada en un pasillo, traté de levantarla, pero tenía sangre por todas partes. Ya no le quedaba hálito de vida. Apenas escuchaba lo que le decía: Cierra el libro, van a venir por ti y se extinguió. Corrí a la mesa y el libro no estaba, cuando me di vuelta para huir, el libro apareció como un gigante, me abrazó e inmediatamente se cerró.


Julia Yasmina Liendo


***


La última visita


Érase una noche en la calurosa ciudad de La Habana, el aire de la habitación era un manto pesado que dificultaba la respiración. De pronto, el silencio fue interrumpido por los ladridos frenéticos y agudos de Niña, una pequeña perra que había recogido días antes en la calle.

Me levanté con el corazón golpeándome el pecho. Al asomarme a la ventana, no vi nada. La ciudad parecía muerta, devorada por una densa oscuridad.

Sin embargo, observé que el animal tenía la vista fija en un rincón vacío del cuarto, así que erizada y en silencio regresé a la cama intentando calmar el pulso, pero apenas apoyé la cabeza en la almohada, sentí con espantosa claridad cómo alguien se sentaba justo a mi lado.

No hubo ruido. No hubo pasos. Solo una presión sutil en las sábanas y un escalofrío violento que me recorrió la espina dorsal y congeló el sudor de mi frente. Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos en la penumbra, atrapada entre el miedo y la curiosidad. No sé cuánto tiempo pasó antes de que el cansancio me venciera.

El amanecer trajo la respuesta en el timbre estridente del teléfono, cuando una voz quebrada al otro lado de la línea me daba la noticia: Luisa, una gran amiga había muerto esa misma madrugada.

No bastó la distancia geográfica para la despedida, y es que el alma no entiende de fronteras.

Ahora sé, con una certeza que me estremece y me consuela, que ella antes de marcharse definitivamente, cruzó el océano para sentarse a mi lado y darme su último adiós.



Emalida Viloria 


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La otra llamada


El teléfono fijo de la sala comenzó a sonar a las tres de la mañana. Me desperté con el corazón acelerado, frotándome los ojos en la oscuridad. Al levantar el auricular, solo escuché una respiración temblorosa al otro lado de la línea.

—¿Quién es? —pregunté con voz ronca.

Una voz idéntica a la mía, susurrando con terror, me respondió desde la bocina:

—No cuelgues... entra rápido al dormitorio. Acabo de ver a alguien parado junto a tu cama.

Un segundo después, escuché que el teléfono celular, que había dejado olvidado sobre la mesa de noche de mi habitación, comenzó a vibrar con una llamada entrante.


Leila Sosa


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El Sr. H.Q.


Cuando la biblioteca está cerrada el Sr. H.Q. se sienta a escribir su libro de relatos en el que la selva es su enemiga y los cazadores mueren en accidentes. Dibuja animales y monstruos al ritmo del reloj. Cada noche cambia el final de alguno de los cuentos para evitar vivir. En la habitación de un hotel su hijo lee este libro; se inquieta al escuchar el cascabel de una serpiente en la página 66, prepara su escopeta y se esconde detrás del árbol dibujado en la siguiente hoja. Su cuerpo fue encontrado dentro de un gran almohadón de plumas. 


Ysbel Mejías 


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Ese espeluznante sonido


No sé la hora que era, solo que era noche cerrada. El toque en la puerta me despertó otra vez. En mi casa familiar, allá en Puerto Cabello, solo mi mamá tenía llave. Cualquier habitante de la misma (excepto la mencionada) que llegara después de las nueve de la noche, tenía que tocar a la puerta, incluso mi papá. Pero la puerta que tocábamos era la del fondo, la del patio, la que mi mamá podía oír más fácilmente. Además, a quién se le ocurriría visitar a altas horas de la noche.

Ese espeluznante sonido: toc, toc, toc, toc, toc, toc, lo oía y me arropaba hasta la coronilla. Más nadie parecía oírlo. Nunca alguien atendió a ese llamado. No me atrevía a comentarlo. Me preocupaban las burlas, la incomprensión, la incredulidad. Así que me callé por años.

Una vez, serían las tres de la tarde, yo leía en el porche y me sobresaltó el dichoso sonido, giré mi cabeza hacia su origen y descubrí a mi torturador: Kaiser, el perro de la familia, lamía extasiado sus genitales, mientras su cola golpeaba acompasadamente la puerta: toc, toc, toc...


Eliezer Salinas Delpino


***


Amor paranormal 


a Evelyn E.


Al salir del trabajo me senté en un banco de la plaza para leer el diario, luego llegó ella, dijo llamarse Carmen Rosa, era hermosa, traía esa belleza etérea de las flores secas.

Se sentó a mi lado, conversamos como conocidos de siempre. Me enamoré de aquella mujer en las dos horas que pasamos juntos.

Nos despedimos con un beso, volveríamos a vernos el viernes en la alameda.

En casa abrí el periódico, por azar lo hice en la página de los obituarios, allí vi su fotografía, abajo una leyenda rezaba. “Carmen Rosa a cinco años de tu partida”.

Era febrero y aún estoy muy triste.


Juan Francisco Lara

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Rafael Ortega