-Manuel Cabesa-
(A la mystérieusse)
Hay poetas con quienes mantenemos un diálogo permanente, pocos en realidad aunque imprescindibles, pero que a través de su obra nos parece vislumbrar una tenue luz sobre el misterio que nos ofrece la existencia y la poesía misma. Tal es mi relación con la escritura de Yves Bonnefoy, descubierto hace muchos años gracias a la generosa amistad de Alfredo Silva Estrada.
La imperfección es la cima
Era necesario destruir
y destruir y destruir.
Era necesaria
la salvación a ese precio.
Arruinar el rostro desnudo
surgido del mármol.
Martillar toda forma de belleza.
Amar la perfección
porque ella es el umbral,
pero negarla al conocerla,
olvidarla después de muerta.
La imperfección es la cima.
A principios de diciembre de 2013, durante la realización de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (México) se le otorgó a Yves Bonnefoy el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Este reconocimiento convalidaba la importancia de una obra y una presencia ineludible dentro de la poesía occidental de nuestros tiempos y cuya obra lamentablemente ha sido poco leída en nuestra comarca. Una figura que considera que la poesía está: “en la vida misma de las palabras, y es en esa profundidad de la palabra donde hay que encontrar la acción de la poesía y, a partir de ahí, su importancia. Comprender que la poesía es el fundamento de la vida en sociedad. Comprender que la sociedad sucumbirá si la poesía se extingue, poco a poco, en nuestra relación con el mundo”, según sus palabras en el momento de recibir el mencionado galardón.
El invernadero de los naranjos
Así marcharemos sobre las ruinas de un cielo inmenso
el sitio a lo lejos se cumplirá
como un destino dentro de la viva luz.
El país más bello largo tiempo buscado
se extenderá frente nosotros, tierra de salamandras.
Mira, dirás, esa piedra:
ella porta la presencia de la muerte.
Lámpara secreta que brilla en nuestros gestos,
así marchamos nosotros, esclarecidos.
Del movimiento y inmovilidad de Douve, 1953.
Yves Bonnefoy es sin duda uno de los poetas mayores del siglo XX, uno de los que con mayor vigilancia, mayor rigor se entregó al oficio de la escritura. De 1953 data su primer trabajo poético, Del movimiento y la inmovilidad de Douve donde la presencia de la muerte se manifiesta en un canto a la amada desaparecida. A este libro seguirían Desierto ayer reinante (1958), Piedra escrita (1965), En la trampa del umbral (1975) y Principio y fin de la nieve (1991) y algunos otros, todos conocidos parcialmente, clandestinamente en nuestro idioma.
La primera nieve
temprano esta mañana.
El ocre, el verde,
se refugian bajo los árboles.
La segunda, a mediodía.
Sólo queda del color,
las agujas de los pinos
que de a ratos caen también
más tupidas que la nieve.
Después, atardeciendo,
la barra de luz se inmoviliza.
Las sombras y los sueños
tienen el mismo peso.
Un poco de viento
escribe con la punta del pie
una palabra fuera del mundo.
Principio y fin de la nieve, 1991.
En un ensayo de su libro L’Improbable (Mercure de France, 1959), Bonnefoy escribe: “El lugar verdadero es un fragmento de duración consumido por lo eterno; en el lugar verdadero, el tiempo se deshace en nosotros. Puedo escribir también, lo sé, que no existe, que no es más que un espejismo, sobre el horizonte temporal, de las horas de nuestra muerte -pero ¿tiene ahora todavía algún sentido la palabra realidad, y puede apartarnos del compromiso contraído con el objeto de la memoria, que es búsqueda perpetua? Pienso que nada es más verdadero y, por lo tanto, más razonable, que la errancia, pues no hay método para regresar al lugar verdadero. Se halla quizás infinitamente cerca. Está, también, infinitamente alejado… Para el que busca, incluso si sabe que ningún camino le guía, el mundo en torno será una morada de signos.”
De donde se concluye que para Yves Bonnefoy el poeta debe estar en permanente vigilia a fin de encontrar a su alrededor los signos que revelen la trascendencia de lo existente: todo es presencia y, a la vez, todo es ausencia. Sólo lo escrito permanece más allá de la existencia efímera de las cosa:
Más lo que yo miro, es la nieve
endurecida, que se desliza por el enlozado
y se acumula en la base de las columnas
a la derecha, a la izquierda y allá delante de la penumbra.
Principio y fin de la nieve, 1991.
Según Silva Estrada: "Yves Bonnefoy pertenece a esa generación de poetas de la posguerra que, en la década de los cincuenta, dio a la poesía francesa un nuevo tono de interioridad, de búsqueda dramática, de gravedad y despojamiento en el lenguaje, experiencias que se alejan por igual de los excesos del surrealismo, de la investigación casi científica y aparentemente objetivista de un Francis Ponge y de la exuberancia y suntuosidades de un Saint John Perse. La exigencia de Bonnefoy ante el hecho poético puede palparse no sólo en la conmovedora autenticidad de cada uno de sus poemas, sino también en la honda parquedad que ha mantenido a lo largo de más de treinta años de vigilancia, de desvelo, de continua tensión interrogante hacia la poesía". (Poesía Vertiente Continua. El Universal: 15 de junio de 1980).
Catedral de Valladolid
«Devoción» es un poema solitario dentro de la obra de Bonnefoy, fue incluido en el mencionado libro de ensayos L’Improbable. Se trata de un texto de enorme religiosidad, donde el poeta dedica sus palabras a aquellos elementos que han revelado ante sus ojos la belleza del mundo, la justificación para permanecer en él.
Devoción
-1-
A las ortigas y a las piedras.
A las «matemáticas severas».
A los trenes malamente esclarecidos de la tarde.
A las calles de nieve bajo la estrella sin límite.
Yo me iba, yo me perdía.
Y las palabras turbiamente encontraban su vía en el terrible silencio.
A las palabras pacientes y salvadoras.
-2-
A «Madame du Soir».
A la gran mesa de piedra sobre las riveras venturosas.
A los pasos que una vez se unieron y después se separaron.
Al invierno de oltr’Arno.
A la nieve y todos los pasos.
A la capilla Brancacci, cuando cae la noche.
-3-
A las capillas de las islas.
A la «Galla Placidia».
Los muros estrechos portan la medida de nuestras sombras.
A las estatuas sobre la hierba; y que, posiblemente como yo, carecen de rostro.
A la puerta amurallada de ladrillos de color sangre sobre la fachada gris, Catedral de Valladolid.
A los grandes círculos de piedra.
A un «paso» cargado de negra tierra muerta.
A un palacio desierto y cercado por los árboles.
A Sainte-Marthe de d’Aglié, en el Canavese.
El ladrillo rojo y envejecido proclama su alegría barroca.
(A todos los palacios de este mundo, por la hospitalidad con que reciben a la noche).
A mi domicilio en Urbin entre el número y la noche.
A Saint Yves de la Sagasse.
A Delfos, donde es posible morir.
A la villa de las cometas volantes y las grandes mansiones en cuyos vidrios se refleja el cielo.
A los pintores de la escuela de Rimini.
Yo quería su historiador por angustia de su gloria.
Yo quería abolir la historia por la pasión de su absoluto.
-4-
Y siempre a aquellos muelles de la noche, a los pubs, a una voz que pronuncia «Yo soy la lámpara. Yo soy el aceite».
A esa voz consumida en su fiebre ancestral.
Al tronco del arce.
A una danza.
A esas dos salas comunes, donde los dioses permanecen entre nosotros.
(Versiones de Manuel Cabesa)



Hay una delicada y elegante respuesta de Yves Bonnefoy para comprender que la poesía es la vida misma.
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