-Anangeel Terán Barcos-
Nombro a la piel florecida de mi tierra y a la paz sustentada /en el arado nombro al camino donde duerme la esperanza / y a la espiga besada por un viento latinoamericano
Alí Primera
Este libro empieza donde otros terminan: cuando el dolor ya no cabe en el pecho. Ninfa lo hace semilla, y lo sopla de cara al viento, hasta anidarse en las conciencias del mundo.
Lo primero que hay que decir de este libro es lo que no es: no es poesía de museo. Es poesía que defiende la vida.
En esta obra donde el canto es al hombre colmado de libertad, en libre interconexión con la naturaleza y el cosmos mismo, dándole fuerza y poder a la palabra y al versar, escribiendo desde su sentir con pensamiento crítico.
La autora rinde tributo a la vida, a la existencia universal y a la esencia misma del Ser como principio de todo, que no es más que humanismo puro.
Diente de león, en cuatro vertientes (Fondo Editorial Nos Une la Poesía, 2024) es un poemario de 96 páginas que va de la intimidad a la denuncia sin perder el hilo, organizado en cuatro capítulos:
"Encuentros" donde la voz poética se entrega al placer y a la naturaleza como protagonista; "Cotidiana Vida" donde el tono baja a la tierra y refleja el cuerpo cargado de dolor; "Despedidas" es el invierno, en la noche oscura del alma donde la autora se vuelve semilla; "Violencias" donde denuncia la violencia machista, la del capitalismo depredador y la del colonialismo.
Ninfa baja la poesía del pedestal donde la pusieron los que creen que la buena poesía “solo rima, habla de cisnes y se escribe en lenguaje culto.” Ella, la baja a su barro, a la sábana arrugada, al petricor después de la lluvia, a la fila del dolor. Y al bajarla, la devuelve a quien le pertenece: a las negras cimarronas, a las campesinas sembradoras, a las que cargan a cuestas pesada carga y siguen.
Con un verso libre, directo, sin eufemismos, confirma que la poesía también se escribe con barro y con ternura. Por eso incomoda. Porque no pide permiso.
¿Qué hace este libro? Tres cosas que la poesía que transforma hace.
Primero, ve y nombra lo que otros prefieren no ver. No adorna, registra: registra el goce de un cuerpo de mujer negra que se reconoce tierra madre y tierra hija; registra el cansancio de ponerse una máscara para salir a la ciudad; registra el vacío de un abrazo atascado por la distancia.
Y cuando ya nos enseñó a ver lo de adentro, nos obliga a ver lo de afuera: a las que no vuelven, a la fauna necrofílica, a Palestina bombardeada, a Afganistán silenciada. Pone fecha, lugar y rostro. No hay metáfora que esconda el crimen.
Segundo, no te deja leer desde lejos. Este libro te obliga a sentir en carne propia. No es lo mismo decir “migración” que decir “faltan tus labios diciendo adiós y los míos diciendo hasta luego”. No es lo mismo decir “femicidio” que decir “ellas no vuelven”. Ninfa no te informa, te rompe la indiferencia.
Te hace entender que tu dolor y el mío son el mismo, cuando dice “esto de vivir con el cuerpo inundado de dolor no es fácil”, no está haciendo catarsis, te está pasando la mano para que sepas que no estás sola sosteniendo.
Tercero, no se rinde. Y esa es su mayor insurgencia. Cada capítulo podría haber sido el final, después de florecer, después de sostener, después de soltar y quedarse vacía, cualquier otra se hubiera callado.
Ninfa hace lo contrario, hace de su duelo una semilla: ese es el diente de león, la flor que se deja arrancar porque sabe que se vuelve vuelo: “Me voy para volver a mí. Ceniza y semilla.”
Resiste no gritando más duro, sino negándose a normalizar. Dice: seguimos vivos, seguimos amando, seguimos denunciando. Aunque borren los murales, la palabra queda en la pared.
¿Contra qué lucha y a quién defiende? Lucha contra dos robos, el robo de adentro: el que nos roba la ternura, nos mete miedo, nos hace sentir frustración y decepción por amar, por sentir, por ser mujer caribe y rebelde...
...y el robo de afuera: el que nos roba el cuerpo, la tierra, la vida, la libertad; defiende a los mismos de siempre, a los que la historia oficial no nombra: a la campesina, al pantera negra, a la transeúnte de la ciudad, a la que hace el voto de silencio porque no le queda más, a la madre que busca a Lucía, a la niña que quiere ser libre.
Por eso el recorrido del libro es perfecto. No es casual que empiece floreciendo y termine denunciando. No se puede denunciar afuera con verdad si no te atreviste primero a denunciar lo que te duele adentro.
Ninfa florece adentro, sostiene adentro, suelta adentro, y solo entonces tiene la autoridad moral para denunciar afuera.
Es poesía necesaria, como decía Celaya, como el pan de cada día. No es lujo cultural para neutrales que se lavan las manos. Es poesía que se mancha, que toma partido, que carga el arma y dispara futuro.
Al cerrar el libro no te queda la sensación de haber leído poemas bonitos. Te queda la sensación de haber sido testigo, y de que ahora te toca a ti no olvidar.
Es poesía que evoca y rinde culto a Gabriel Celaya, Walt Whitman, Bertolt Brecht, Frida Kahlo, Alí Primera. Poesía Ontológica Femenina, Poesía Ontológica Humanista y Poesía Social Crítica.
En este libro los encuentras a todos pero en voz de mujer caribeña: ¡De la cama al mundo, del petricor a Palestina… ese es el vuelo del diente de león!
En síntesis, Diente de león, en cuatro vertientes, es eso: el viaje completo de una mujer que se atreve a florecer, a sostener el dolor, a soltar lo que pesa y a denunciar lo que mata.
Colectivizando sus inquietudes y dolores. Es poesía que va del cuerpo a la tierra escrita con barro del caribe, con memoria negra, con rabia digna y con arrechera lúcida.
Les invito a recorrer estos caminos de Ninfa Monasterios Guevara, por las vertientes de su bien amada semilla de diente de león. No es un poemario para adornar un librero. Es un libro para tener a mano, como se tiene el agua y la palabra.

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Rafael Ortega