martes, 8 de septiembre de 2026

Después de agosto nos seguimos leyendo / XI

Selección y nota: Manuel Cabesa


Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista.

Luis Goytisolo: "La parte del lector", 2001



Conan Doyle no sólo es el creador de Sherlock Holmes, sino también quien diera al método deductivo inventado por Poe sus características definitivas que han de seguirse durante toda la historia del relato policial. Además de historias de misterio y terror poco conocidas y por si fuera poco fiel creyente en el más allá. El texto que hoy compartimos se refiere a sus reflexiones sobre este extraño tema...


(mcabesa)


***


Sombras en la pantalla 


-Sir Arthur Conan Doyle-


No hay nada más maravilloso, más increíble y, al mismo tiempo, tan cierto me parece, como que los eventos pasados puedan dejar un registro en nuestro entorno capaz de ha­cerse sentir, oír o ver mucho tiempo después. He puesto las impresiones en orden de frecuencia, porque es más común sentir el pasado que escucharlo, y más común escucharlo que verlo. Las casas que están embrujadas por ruidos vagos son más frecuentes que aquellas que poseen apariciones, y familias han sido perseguidas durante años por poltergeists, aunque nunca han visto una sola vez a sus torturadores.

Una mente sensible se ve fácilmente afectada en cual­quier lugar donde ha habido problemas recientes. Una dama que conozco visitó recientemente a la directora de un hos­pital y encontró que no estaba en su despacho. «La señora Dodson ha salido», dijo la enfermera. «¿Ha recibido malas noticias?». «Sí, acaba de recibir un telegrama de que su es­poso está muy enfermo». ¿Cómo supo mi amiga que había malas noticias? Lo sintió por un hundimiento en su propio corazón al entrar en la estancia, antes de que llegara la en­fermera. «¡Telepatía!», dice el loro. Bueno, si telepatía puede estirarse hasta significar que un pensamiento o emoción no solo puede transmitirse de cerebro a cerebro, sino que pue­de permanecer estacionario durante una hora y luego im­primirse en cualquier sensible que se acerque, entonces no discutiré la palabra. Pero si por una hora, ¿por qué no por un año? Y si por un año, ¿por qué no por un siglo? Hay un registro en la pantalla: cuando este pequeño espacio cúbico de éter, si el profesor Einstein aún permite la expresión, pue­de retener indefinidamente algún cambio íntimo y durade­ro que marque e incluso reproduzca débilmente la emoción que un ser humano ha experimentado dentro de él.

Tuve un amigo que vivía en una casa centenaria. Su esposa, que era sensible, percibía continuamente un empu­jón al bajar las escaleras, siempre en el mismo peldaño. Más tarde se descubrió que una anciana que había vivido antes en la casa había recibido un empujón juguetón de un niño travieso y perdió el equilibrio, cayendo por la escalera. No es necesario creer que algún duende permaneciera en ese peldaño repitiendo la acción fatal. La explicación probable parece ser que la mente sobresaltada de la anciana, al sen­tirse caer, dejó algún efecto permanente que todavía podía percibirse de esta extraña manera.


"Efectos de los campos de batalla antiguos"


Los registros invisibles del aire de este tipo explicarían muchas cosas que ahora son inexplicables. Se sabe que hom­bres de nervios fuertes han sido aterrorizados en ciertas loca­lidades sin poder dar explicación alguna. Algún horror del pasado, invisible a sus ojos, puede haber impresionado sus sentidos. No se necesita ser muy psíquico para obtener el mismo efecto en un antiguo campo de batalla. No soy para nada psíquico, y sin embargo soy consciente, más allá de la imaginación, de un efecto curioso, casi un oscurecimiento del paisaje con un marcado sentido de pesadez, cuando estoy en un antiguo campo de batalla. Lo he percibido especial­mente en Hastings y Culloden, dos batallas donde grandes causas fueron finalmente destruidas y donde la amargura extrema pudo llenar los corazones de los vencidos. La som­bra aún permanece. Un ejemplo más familiar de la misma facultad es la penumbra que se acumula sobre la mente de alguien convencional al entrar en ciertas casas. El agitador más rabioso no necesita envidiar a nuestra nobleza sus an­tiguos castillos, pues es más feliz pasar la vida en la más sen­cilla cabaña, no contaminada por perturbaciones psíquicas, que vivir en la mansión más grande que aún conserva las marcas sombrías de habitaciones que quizás fueron escenario de crueldad u otros vicios.

Si alguien sensible puede percibir algún registro de un evento pasado, entonces hay evidencia de que, por exten­sión, alguien aún más sensible podría ver realmente a la per­sona que dejó dicha impresión. Que se trate de la persona misma en espíritu me resulta, en la mayoría de los casos, ab­solutamente increíble. Que la víctima de alguna villanía cen­tenaria deba aún en su vestimenta antigua frecuentar en per­sona la escena de su martirio pasado es, de hecho, difícil de creer. 

Es más creíble, aunque poco entendamos los detalles, que alguna forma-pensamiento se desprenda y permanezca visible en el lugar donde se ha soportado un gran sufrimien­to mental. Cómo y por qué son preguntas que resolverán nuestros descendientes. Si pudiéramos concebir que tene­mos una forma dentro de otra, como las capas de una ce­bolla, que la capa exterior se desprendiera bajo la influencia de la emoción y continuara una existencia mecánica en ese lugar mientras el resto del organismo continúa adelante sin siquiera notarlo, tal suposición, absurda como parece, con­cordaría mejor con los hechos registrados que cualquier otra explicación que conozca. Cada nueva capa descartada de la cebolla sería una nueva forma-pensamiento, y nuestro paso por la vida estaría marcado en sus crisis más emocionales por un largo rastro de tales formas. Por grotesca que parezca la idea, puedo afirmar con confianza que la verdadera explica­ción, cuando llegue, no será menos grotesca.


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Tomado de Zendalibros.com 

08 de septiembre, 2026


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Rafael Ortega